sábado, 31 de julio de 2010

octavio paz

El premio Nobel de Literatura 1990
por Jesús Chávez Marín

En medio de la crisis económica que nos asfixia, aún podemos mirar de lejos una historia como ésta: en una suite del Hotel The Drake, de Manhattan, suena el teléfono, a las siete de la mañana de un jueves. Allí se hospeda un hombre de 76 años, de ojos azules y pelo rizado, casi blanco, que se llama Octavio Paz. Él contesta la llamada: le avisan que la Academia Sueca le otorga el Premio Nobel de Literatura 1990.
Desde ese momento, el nombre de aquel poeta mexicano aparecerá en las pantallas de todas los televisores del mundo, las letras de ese nombre se imprimirán en millones de páginas de todos los periódicos. Se dirá que es el primer Nobel de Literatura que gana un mexicano. El presidente de su país le hablará ese mismo jueves para felicitarlo de parte suya y de parte de ocho presidentes latinoamericanos que lo acompañan en ese momento en una junta cumbre en Caracas. El consulado mexicano de Nueva York instalará en la suite cinco teléfonos que repicarán todo el día con llamadas de larga distancia. Octavio Paz las contestará personalmente, interrumpiendo a cada rato el diálogo con los quinientos periodistas que desfilarán esa mañana, para entrevistarlo en persona.
El próximo 10 de diciembre será la ceremonia de premiación. El cheque del premio será de dosmil millones de pesos. En las reseñas que inundan de información instantánea las páginas desechables de los periódicos se anota que este año los candidatos para el Nobel de Literatura fueron Carlos Fuentes, Milan Kundera, Marguerite Duras, Nadine Grodimer y Günter Grass, autores famosos cuyos libros, en todos los idiomas, se venden en librerías de muchas naciones, al lado de los muchos libros que Paz ha escrito.
Hoy esta frase se repetirá hasta que su sonido y su sentido se gasten por completo: “La Academia Sueca premia a Octavio Paz por su obra literaria, una obra apasionada, abierta sobre vastos horizontes, impregnada de sensual inteligencia y de humanismo íntegro”.
En Chihuahua, los lectores de Paz sentimos que la luz de nuestro poeta nos mejora el día. Y festejamos este Premio Nobel tan merecido para la literatura mexicana, para Octavio Paz.
jchavezm@uach.mx octubre 1990, publicado en Armario, editores José Manuel García et Adriana Candia.

viernes, 30 de julio de 2010

la depresión

La depresión: enfermedad individual y social
por Jesús Chávez Marín

La depresión es la muerte de todos los deseos. Así lo afirma el escritor Federico Campbell en su libro Post scrptum triste, donde cuenta algunas historias personales acerca de ese padecimiento.
Cuando un hombre, o una mujer, entran en una etapa depresiva, las noche son terribles, muchas veces de insomnio atormentado. El pensamiento se llena de asuntos pendientes, inconclusos, que se presentan simultáneos, todos de golpe, y hasta los más sencillos parecen terribles y sin solución alguna. Jirones de sueño hacen más confusa esa mezcla con pesadillas extrañas, con temores y rencor sin fundamento.
Pero las mañanas son aún más dolorosas: el depresivo no tiene ganas de nada; la luz del sol es un tormento porque hay que levantarse de la cama sin hallarle ningún sentido a iniciar ninguna acción. Los compromisos y las obligaciones se imponen y al fin el sujeto, quien no tiene ánimo ni de bañarse, ni de comer, ni de salir de su casa, ni de ver a nadie, realiza penosamente sus actividades, como quien acepta un castigo.
Estudios recientes de psicología y de neurología afirman que la depresión es un padecimiento físico. El padecimiento tiene origen químico que afecta ciertas conexiones nerviosas, lo que origina esta alteración de la energía vital. Además se afirma, cada vez con mayor seguridad, que algunas sustancias pueden curar este padecimiento de una forma casi definitiva, siempre y cuando esos medicamentos se tomen de por vida, de la misma manera que los diabéticos tienen que controlar su padecimiento mediante dosis constantes de insulina, durante el resto de sus días.
Lo que no se sabe es el origen de este padecimiento. Se afirma con mucha seguridad que hay una clara tendencia hereditaria en la depresión. Los hijos de padres depresivos tienen gran riesgo de adquirir la enfermedad. Por otro lado, la depresión no necesita de ninguna causa terrible en la vida del paciente para desencadenarse, aunque claro que puede haberla. Una gran pena sufrida, una pérdida enorme, un dolor intenso puede ser antecedente, o puede no serlo, del pasado inmediato o lejano del depresivo.
Lo que también se ha observado, es que en la fase más grave y peligrosa de esta enfermedad existen muy claras tendencias suicidas en las personas depresivas. Podría afirmarse, con cierto dramatismo, que la etapa terminal de la depresión es la muerte por suicidio. En muchas de las notas sobre suicidas que aparecen, cada vez con más frecuencia, en los periódicos, se habla de que el protagonista de tan triste final anduvo en los días previos a su muerte cargando una gran tristeza, una melancolía pesada y oscura, con causa conocida o causa desconocida.
Los casos de depresión parecen haber aumentado en los recientes años. El índice de frecuencia de este padecimiento es más alto que en décadas anteriores. No resulta aventurado imaginar que nuestros tiempos son propicios para que esta enfermedad se desarrolle.
La crisis económica es, sin duda, un ambiente propicio para este mal tan insidioso. La sobrepoblación. El desempleo. El trabajo, que se paga cada vez más barato. La desintegración familiar, porque ahora las necesidades obligan a que cada vez más miembros de la familia, hombres y mujeres, trabajen una mayor cantidad de tiempo. La contaminación ambiental: el ruido y el humo.
Puede afirmarse que la depresión también tiene un origen social, no sólo orgánico y químico. La falta de oportunidades para tener una vida digna, la pérdida de las ilusiones de mejoramiento social y económico. También influye mucho el aumento masivo del consumo de alcohol en nuestra sociedad, que inicia en edades cada vez más tempranas, en todos los espacios, conducta social muy estimulada por un gran aparato publicitario y mercantil, que de esto también podría hablarse largamente.
Por otro lado, las conductas depresivas parecen ser contagiosas. Cuando se convive con personas depresivas, se va creando una atmósfera de tristeza en el que otras personas se van involucrando, sobre todo si esas personas tiene una influencia importante para los otros: un padre depresivo es imitado, consciente o inconscientemente, por sus hijos, por su esposa, y se van formando espacios de descuido, por la actitud indolente de todo el grupo.
El aislamiento y la creciente individualización de la vida social es también un ambiente propicio para este padecimiento. Parece que enmedio de las ciudades, cada vez más pobladas, la soledad crece para un mayor número de personas.
Para finalizar estas breves reflexiones sobre la depresión, pueden proponerse algunas soluciones sencillas e iniciales. Para empezar, se recomienda que no se deje solo y aislado a quien padece esta enfermedad. Debe dialogarse con él, o con ella, para que atienda de inmediato su mal. Convencerlo de que consulte a un médico, de preferencia con un especialista, un psiquiatra. No dejarlo a su suerte pensando que su mal es pasajero y circunstancial. En esto es muy importante la comunicación. Dejarlo hablar de sus problemas, crearle un ambiente propicio y comprensivo, que se sienta escuchado y despertar interés para que encuentre las claves de su mejoramiento.
Es muy útil tomar conciencia, junto con el enfermo, de que su mal tiene remedio y hay que buscarlo. Pero sobre todo, pensar junto con él de que su mal es una enfermedad verdadera, no una simple etapa de tristeza. Y de que las soluciones suelen ser sencillas y definitivas, de que mal es controlable con una cierta actitud y disciplina. Tomar en serio las posibles insinuaciones de suicidio del paciente, no echar en saco roto este tipo de afirmaciones, por superficiales que parezcan.
Para terminar, hace falta insistir en que cuando veamos a alguien que padece una tristeza que parece sin remedio, nos interesemos por esa persona sabiendo que su sufrimiento es real y no una simple conducta caprichosa.
De esta manera, podemos ser muy útiles para esa persona que, muy cerca de nosotros, sufre una etapa dolorosa, que, sin atención, podría repetirse durante el resto de su vida.
jchavezm@uach.mx junio 1999, publicado en Armario, editores: José Manuel García et Adriana Candia.

jueves, 29 de julio de 2010

elko, liliana y juan armando

Tres poetas, dos ciudades: Elko, Liliana y Juan Armando (Cantina, bohemia y poesía: un espectáculo de J.Ch.M.)

Guión: Jesús Chávez Marín

Actores: Elko Omar Vázquez Erosa, Juan Armando Rojas, Liliana Pedroza y Martín Chávez Bejarano

Personajes:
Elko: poeta
Juan Armando: poeta
Liliana: cuentista
Martín: cantinero

Tramoya:
Escenografía: El Foro del Arte
Dirección: Jesús Ramírez
Producción: Foro del Arte

Análisis de personajes:
Elko: 28 años, poeta, nació el 9 de julio de 1974, estudió ciencias de la información en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua y ha sido profesor de literatura en el Centro de Asesoría y Servicios Culturales y en el Colegio de Educación Media Superior. Participó como redactor en la producción editorial de Voces de viajeros, antología donde también aparecen textos suyos, y es autor de los libros Cantos de vampiros, El refugio y Jardín de luna. Fue reportero de El Heraldo de Chihuahua y actualmente lo es de Televisa. En esta obra, platica con dos amigos suyos en el bar.

Juan Armando: 29 años, poeta, estudió licenciatura y maestría en letras en la Universidad de Texas en El Paso, y el doctorado en la Universidad de Arizona. Es autor de los libros Lluvia de lunas y Río vertebral. Algunos de sus textos aparecen en la Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI: el turno y la transición, compilado por Julio Ortega, y en Cuentistas de Tierra Adentro III. Actualmente es becario de la fundación Andrew W. Mellon en Amherst College, Nueva Inglaterra, donde es profesor invitado. En esta obra, vino a Chihuahua aprovechando sus vacaciones de Navidad, se reúne con dos amigos en el bar Molotov y al día siguiente presentará su nuevo libro.

Liliana: 26 años, cuentista, es egresada de la Universidad Autónoma de Chihuahua y actualmente escribe su tesis de doctorado por la Universidad Complutense de Madrid, donde estudió tres años. En esta obra, se reúne con dos amigos. Al día siguiente viajará al Distrito Federal, donde radicará un año.

Martín: Estudiante de ingeniería industrial, hace en esta obra el papel de El cantinero del bar Molotov.

Unidad de tiempo: la acción de las 8:30 a las 9:45 de la noche.

Unidad de espacio: Bar Molotov

Unidad de acción: La obra tiene 4 personajes, 3 de ellos platican y leen poesía. El cantinero lleva copas de vino tinto.

Escena 1
La acción sucede el miércoles 8 de enero de 2003, en el bar. Liliana entra a donde había quedado de verse con sus dos amigos. Ellos aún no han llegado:

Liliana: Chin, ninguno de los dos ha llegado. ¡Qué tipos! Me citan en esta cantina de mala muerte, repleta de señores parranderos y luego me salen con su caraja puntualidad mexicana. Bueno. Mientras pediré algo. (Le hace una seña al cantinero).

Voz en off: (Biografía breve de Liliana)
Liliana Pedroza tiene 26 años, es cuentista, egresada de la Universidad Autónoma de Chihuahua y actualmente escribe su tesis de doctorado por la Universidad Complutense de Madrid, donde estudió tres años. Esta tarde decidió reunirse con dos amigos. Mañana se va al Distrito Federal, donde radicará un año.

Al terminar la voz en off, Liliana mira el reloj con impaciencia, busca en su bolsa y saca de allí unos papeles.

Liliana: Mientras llegan estos cabrones, voy a revisar otra vez mi cuento:
Lee la mitad del cuento “Ladrar a la luna”

(Entra Elko, encandilado buscándola. Ella interrumpe su lectura y le grita:)

Liliana: ¡Elko! Acá estoy.

Elko: Maestra, Qué gusto verte. ¡Feliz año! (La abraza).

Liliana: Cómo son mendigos, aquí me tienen de su pendeja esperándolos en el club de Tobi.

Elko: híjole, perdóname, Liliana. Es que el cabrón de mi jefe me puso a redactar una nota de última hora y se me colgó el tiempo.

Liliana: Bueno, ya ni modo. Oye, estuve leyendo el libro que me mandaste a Madrid: El Refugio. Me gustó mucho el poema “X”

Antes de leer el poema, entra voz en off. Breve biografía de Elko:

Elko Omar Vázquez Erosa es un poeta de 28 años. Nació el 9 de julio de 1974, estudió ciencias de la información en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua y ha sido profesor de literatura en el Centro de Asesoría y Servicios Culturales y en el Colegio de Educación Media Superior. Participó como redactor en la producción editorial de Voces de viajeros, antología donde también aparecen textos suyos, y es autor de los libros Cantos de vampiros, El refugio y Jardín de luna. Fue reportero de El Heraldo de Chihuahua y actualmente lo es de Televisa. Esta tarde, platica con dos de sus amigos suyos en el bar.

Al terminar la voz en off, Elko lee el poema “Antes de llegar a ti”

Liliana: Qué bueno que escribes mejor que como lees. ¡Ah!, mira: hasta que al fin llega Juan Armando.

Juan Armando entra discretamente y se sienta a la mesa.

Juan Armando: Dispénsenme la tardanza, es que tuve que encargar al bebé con una amiga de Jennifer y además se me reborujó la calle Luis Pasteur.

Liliana: Pos ya ni modo. Oye, mañana presentas tu libro, ¿verdad?

Juan Armando: Sí. Mañana en Cuauhtémoc y el viernes en la Quinta Gameros.
Quiero leerles este poema, a ver qué les parece.

Voz en off. Biografía breve de Rojas:
Juan Armando Rojas es un poeta de 29 años, estudió licenciatura y maestría en letras en la Universidad de Texas en El Paso, y el doctorado en la Universidad de Arizona. Es autor de los libros Lluvia de lunas y Río vertebral. Algunos de sus textos aparecen en la Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI: el turno y la transición, compilado por Julio Ortega, y en Cuentistas de Tierra Adentro III. Actualmente es becario de la fundación Andrew W. Mellon en Amherst College, Nueva Inglaterra, donde es profesor invitado. Acaba de llegar de Massachussets ahora para Navidad, esta tarde platica con dos amigos en el bar Molotov.

Al terminar voz en off, Juan Armando lee “El palpitar el eco”

Cantinero: Oiga, señorita, pero nos dejó picados con el cuento que estaba leyendo. ¿Qué pasó después?

Liliana lee la segunda parte de su texto.

Elko: Voy a leerles otro poema, a ver si ahora sí te gusta como leo, Liliana.

Elko lee el poema “Aguardo con paciencia”

Juan Armando: ¿Cómo estructuraste tu libro?

Elko: (respuesta)

Liliana: Ahora tú, Juan Armando, léenos otro.

Juan Armando lee “Nube negra”

Liliana: ¿Por qué escogiste este tema para tu libro?

Juan Armando: (respuesta)

Elko: Hay otro texto mío que todavía me duele. Voy a leérselos.

Elko lee “Nadie pasa por las calles del pueblo”

Liliana: Qué padre descripción haces allí del espacio chihuahuense. Por cierto, Juan Armando, tú tienes uno parecido que se llama “Responso”.

Juan Armando lee “Responso”

Elko: Ahora tú léenos algo, Liliana.

Liliana lee “Congregación de palomas”

Juan Armando: bueno, vamos a pedir la del estribo, y mientras cada uno de nosotros lee su poema final.

Cada uno de los tres lee el texto que él escoja.

Se levantan. Toman sus cosas, uno de ellos va al baño, los demás lo esperan y luego salen juntos.

Telón.

Æ     Espectáculo presentado en enero 2003, en el Foro del Arte de la ciudad de Chihuahua.

miércoles, 28 de julio de 2010

macín

Presentación del libro Psicodrama a las seis y media, de Enrique Macín
por Jesús Chávez Marín

Muchos de quienes se inscriben en una escuela de filosofía y letras quieren ser escritores: es su propósito en la vida. Y también su sueño. Cuando en 1976 entré a estudiar letras españolas en esta Universidad Autónoma de Chihuahua, el único de mis profesores que era un escritor profesional era Enrique Macín. Algunos otros habían publicado algún poema de lo más estudiantil en alguna revista de circuito cerrado; otros pocos iban a congresos de literatos y presentaban tremendas ponencias de 25 cuartillas con un buen “corpus” de notas a pie de página y con una biografía deveras espeluznante, que seguramente habrían transcrito de algún catálogo bibliográfico: todos sabemos esos trucos.
Pero Enrique Macín era un dramaturgo de éxito regional: su obra Los nuevos bizantinos había llenado a reventar los que eran entonces los grandes teatros de esta ciudad, y los únicos: el paraninfo de la Universidad y el pent house del Hotel Presidente, en todas las funciones. La obra fue producida por Francisco Flores, dirigida por Manuel Talavera, y los actores fueron Hildeberto Villegas, María Elena Pérez Rodríguez y Huidobro Gaxiola, además de los artistas de reparto.
Como la obra trataba de curas que cuelgan la sotana; protestantes pragmáticos y millonarios; mariguanos en la onda del existencialismo necio y audaz, y testigos de Jehová que venden el Atalaya y el Despertad a precios populares, el obispo Almeida asistió con su plana mayor y todos estaban a punto del infarto de tanta risa y carcajada clerical.
No tardó la Universidad Autónoma Metropolitana de la ciudad de México en publicar la pequeña joya de ironía y humor negro que Macín escribió, según nos contó después a quienes luego de haber sido sus discípulos tuvimos el honor de ser sus amigos, mientras acariciaba los dulces senos de una señora que en aquel tiempo era su novia.
Diez años después vino Adán se despide. Macín la estrenó en el teatro de cámara, que por mal nombre ahora se llama Teatro Saavedra: otra vez llenos totales, a pesar de que el teatro en esta ciudad siempre ha sido de precaria salud. Polémico como siempre ha sido, puso en escena preocupaciones filosóficas demasiado densas para esta sociedad que en algunos asuntos suele ser frívola y superficial: fracaso en escena: una actriz histérica que se aferró a ser la dama joven a pesar de sus 55 años cumplidos, Elisa Ames Russek, reborujó todo el asunto; el talento del gran actor Jesús Ramírez no pudo salvarla.
A pesar de esto, la obra de Macín fue publicada por una universidad de los Estados Unidos y en esta ciudad el libro fue presentado con bombo y platillo por Gaspar Gumaro Orozco en el antiguo Cidech, mala imitación de biblioteca pública de aquellos tiempos. Otra vez la gente llenó el lugar: este escritor es el único de este pueblo que convoca multitudes.
Pasaron otros 10 años y salió su primera novela, Sueños sin epílogo, editada en esta ciudad: era el primer libro que le publicaban en su tierra, aunque le costaron una lana las dos ediciones. Recuperó su dinero a los dos meses y hasta con ganancia porque las dos ediciones se agotaron.
Este es su cuarto libro: la Universidad Autónoma de Chihuahua, donde ahora él es casi el decano, tiene orgullo de contarlo desde hoy entre su catálogo de autores.
jchavezm@uach.mx diciembre 2002. Publicado en Armario, editores: José Manuel García et Adriana Candia.

martes, 27 de julio de 2010

josé antonio garcía pérez

Haikú en la ciudad de Chihuahua
Presentación del libro Haikú: Bonsai de poesía, de José Antonio García Pérez
Por Jesús Chávez Marín

Un sabio mexicano de nombre estepario llamado Abraham Oceranski me dijo que Latinoamérica tiene más cercanía cultural con las tierras orientales que con el occidente aparatoso y vencedor. Otra tarde de otoño también me dijo, mientras caminaba tranquilamente por la plaza de armas: Observa bien esta estatua del aventurero Antonio de Deza y Ulloa, ahora muy famoso porque fundó la ciudad de Chihuahua junto con otros pelafustanes de igual calaña. Mira el diseño de este bulto de bronce: fíjate bien en esa arrogancia agresiva y muy poco elegante: el hombre de bronce mira con ojos de lumbre hacia el templo: en un reto de lo más absurdo le indica a la Catedral y a todo lo que ella simbolice que la ciudad tiene qué edificarse precisamente aquí, en donde apunta el dedo índice de su mano derecha: aquí: bajo sus testículos.
En aquel momento de hace 15 años y también en este momento cuando tengo el alto honor de participar en la presentación del libro Haikú: Bonsai de poesía escrito por mi compañero de la escuela de letras José Antonio García Pérez, vuelvo a ver aquellas dos figuras en la memoria: el filósofo samurai Oceranski pensando muerto de risa me parece la viva estampa de la cultura oriental; el muy poco relajado pero quizá muy respetable Deza y Ulloa en su estatua desafiando a la Catedral me parece un bronce que podría muy bien ser uno de los innumerables símbolos de nuestra cultura occidental.
El libro recién nacido de Antonio, quien además es tocayo del ilustre fundador y colega de Oceranski en el arte del pensamiento, es muy semejante a la síntesis de esas dos culturas no tan lejanas que forman la estirpe de nuestro extenso y milenario origen espiritual.
El título de este discurso quizá pudiera parecer injusto: “El inicio del haikú en la ciudad de Chihuahua”, porque antes hubo otras cinco personas que escribieron y publicaron en revistas y folletos algunos textos semejantes al poema haikú en esta región: Gaspar Gumaro Orozco, Arturo Rico Bovio, Rogelio Treviño, Enrique Servín y Lilly Blake.
Sin embargo, este es el primer libro que aparece con una esencia y unas circunstancias que lo señalan como libro de iniciación:
Es el primero que asume el riesgo de aparecer con ese sólo género de poesía: haikú. Los libros y plaketes de los anteriores sólo se atrevieron a poner uno que otro poema haikú un tanto cuanto asfixiados entre textos más largos con versos y estrofas en la estricta retórica de la tradición literaria española.
Por otro lado, la estructura de este libro de García Pérez tiene tres ambientes: en el primero asume la preceptiva clásica de la tradición japonesa, cultivada en español por unos cuantos autores, unos con mayor y otros con menor acierto. El segundo se atreve a dar un mayor énfasis a la temática amorosa y erótica, respetando siempre el espacio y el tiempo a que obligan la contemplación de la naturaleza y las señales de estación, pero asumiendo un lirismo risueño y edonista. Y en el tercero el autor resulta aún más audaz: el haikú narrativo, la densidad de una fábula y la ligereza de un viaje estético.
Para terminar quiero compartir con los lectores los que más me gustaron: al leer el libro cada quien pudiera elegir los suyos:

Cielo y tormenta:
El mar hace hara-kiri
en su rabieta

El horizonte,
gran beso ancestral
entre cielo y monte

De madrugada
el frío y la acuarela:
Luz sonrosada

Cruzan en el cielo
constelaciones negras,
¡llegan las aves!

Tímida tarde,
que nos muestra su rubor
después que arde

Flores jóvenes:
¡me pegan los colores
tan vivamente!

Volátil rumor,
zumba hastío y tedio:
Es un moscardón

jchavezm@uach.mx diciembre 2002. Publicado en Armario, editores: José Manuel García et Adriana Candia.

lunes, 26 de julio de 2010

yermo

Te buscarás en mis ardientes ojos
Presentación del libro Yermo, de Alfredo Jacob
por Jesús Chávez Marín

Desde hace siglos la Iglesia Católica tiene entre sus más altas políticas extender elaboradísimos homenajes a quienes considera modelos de las conductas y virtudes que considera propios de su ideología. A quienes dieron la vida por la fe, los mártires; a quienes propagaron por lejanas tierras sus doctrinas, los misioneros; a quienes con su vida de sacrificios y abnegación erigieron con sangre, pudor y lágrimas la pureza de su hogar como si fuera un monumento de granito, las mujeres virtuosas. La iglesia los beatifica, los bendice, los glorifica y los canoniza en medio lo que ahora suele denominarse intensas campañas de publicidad.
También los gobiernos civiles y militares mantienen la interesada costumbre de encumbrar las figuras de los héroes muertos, incluso algunos de los que ellos mismos hayan mandado matar, para mostrar a los niños de escuela y a los señores y señoras de buena educación los altos valores del civismo, la valentía y lealtad de los próceres que nos dieron Patria, los generales que perdieron cinco batallas pero que murieron en el intento de alcanzar aunque fuera una victoria; los caudillos que ya estaban a punto de tomar el poder o de levantarse en armas para tumbar a otros del poder y que murieron en una emboscada de la que nunca se supo quien fue el autor intelectual; las señoras que organizaron en su casa la conspiración de los que luego serían los padres de la independencia. El gobierno los pone como la gran cosa en los libros oficiales de historia, manda construir estatuas con sus figuras en bronce montados sobre caballos briosos, imprime estampitas civiles con su foto y su maquillada biografía escrita al reverso.
Sin embargo los verdaderos artistas de las ciudades, quienes realizan obras más importantes y más trascendentes para las vidas privadas y para la vida pública de los pueblos que las acciones de los guerreros, los políticos o los santos, casi no aparecen en la historia universal.
Porque como una vez lo dijo Alfredo Espinosa: la obra de los artistas es obra pública, tanto o más necesaria que las carreteras, los puentes, las siembras, las plantas hidroeléctricas, y su trabajo hace más falta para que la gente viva que los actos, muchas veces tenebrosos, de los políticos y los clérigos.
Esta noche tenemos el honor de reunirnos en torno a uno de nuestros más preclaros artistas, Alfredo Jacob, quien ha dedicado su vida entera al difícil oficio de la poesía.
Lo que quiero decir es que en esta ciudad quizá nadie como Alfredo encarna en su vida la figura legendaria de lo que es un poeta: lee casi todo el día, sobre su mesa del comedor de su casa hay libros de autores recientes, autores clásicos, todas las revistas literarias y culturales importantes del país y los periódicos del día. Junto a esa mesa, Alfredo Jacob Lee durante la mañana entera y a veces también en las tardes. A un lado de esa misma mesa, está su máquina de escribir, antes era una Rémington modelo 1953 y hace cuatro años la cambió por una Olimpia 1997, en ella escribe su refinado y cuidadoso artículo mensual para una revista local y antes escribió también comentarios sobre todos los libros que aparecían en Chihuahua; todos los autores nuevos le pidieron prólogos, estudios preliminares y presentaciones para sus obras y Alfredo siempre los favorecía con su brillante prosa, con sus claras ideas. Alfredo también ha sido un gran amigo y una grata compañía para sus amigos, su vida bohemia también ha sido intensa a pesar de su férrea disciplina de trabajo como profesor de literatura en el Colegio Palmore y en la Bellas Artes de la Universidad Autónoma de Chihuahua o cuando fue más que bibliotecario era un verdadero maestro cuando nos atendía con su gentileza acostumbrada en la Biblioteca del Parque Lerdo. En fin: su vida ha sido plena y fecunda y ha sido una vida de poeta, con todos los dolores, con todos los desaforados trabajos, con las grandes y privilegiadas amistades y con la satisfacción de hallar el verso preciso, la palabra exacta, el sonido musical de las palabras, todo y muchas otras aventuras que enfrenta y que goza quien se atreve a ser ese hombre misterioso, extraño y abierto: un poeta.
La escritura de Alfredo Jacob, pulida y brillante, ha sido sin duda uno de los patrimonios artísticos más valiosos de nuestra ciudad. Sus versos forjados en las formas más puras de la poesía en español tienen una sonoridad bellísima y en sus estrofas van formando conceptos poéticos, figuras, imágenes donde nuestros recuerdos más remotos, nuestras ilusiones más secretas y nuestras esperanzas de más largo futuro cristalizan con una ritmo que parece casi natural.
El libro tiene cinco partes: Elementos de mi alma, Cantos al amor, Sonetos de la ciudad, Dunas y Memoria. No sólo es su temática la base de esta estructura, sino también sus formas poéticas, ya que el autor maneja con gran habilidad casi todas las métricas: el soneto, las décimas, el romance, el himno, la redondilla y otros más.
Aunque Alfredo Jacob es un gran lector de poesía moderna, desde hace varios años el adoptó como textura de su expresión personal y metal de su estilo las formas clásicas. No le dio la gana sumarse a las modas nuevas, ni en el léxico, ni en las ideas ni en el verso libre de los poetas más recientes, muchos de los cuales por “novedosos” de su año ya pasaron al olvido mientras muchos de los sólidos versos de Alfredo Jacob hoy cobran vigencia y expresan con claridad la época que ahora compartimos. Para muestra voy a señalar un solo ejemplo: Anda ahorita una moda, a veces bastante farisaica, de hablar de la ecología. Por otro lado, casi nadie ha protestado por las agresivas y alevosas acciones con las que algunos comerciantes coludidos con arquitectos y por supuesto con gobernantes han destruido el centro de la ciudad de Chihuahua, el Cerro Coronel, el Cerro Santa Rosa y, poquito a poco, también el Cerro Grande. Con sabiduría y sencillez, Alfredo Jacob escribe poemas como este:

Calle Libertad

Calle de Libertad, bullanguería,
mercado del piropo y la sonrisa,
feria de la ilusión que sintetiza
de mi ciudad su ambigua geometría.

Trampolín de la cita; joyería
donde escoger la joya es ilusorio;
imperio de lo frágil, avalorio
que se muestra en cualquier estantería.

Estás enferma de inquietud mundana;
quiero verte más bella y más humana,
como antaño lucías tu aristocracia,

pues cegada no sabes que algún día
vas a perder tu noble simpatía
como has perdido para mí tu gracia.

Como este texto, pueden verse en el libro muchos otros donde está con claridad la silueta de un pensamiento novedoso y bien informado, el pensamiento de Alfredo Jacob, escrito en versos bien rimados y bien medidas, en estrofas que tiene aún el oro del Siglo de Oro español.
El tono más presente en el libro es la tristeza, la melancolía, la nostalgia, la evocación en silencio, un silencio físico y también metafísico. Desde el primer poema que abre el libro, una especie de autorretrato poético llamado “Décimas de mi angustia” donde el paisaje es...

esta soledad inmensa

...cuyos elementos, nombrados...

son el mundo que yo sueño

...dice el poeta, en otras palabras, este es el material de mi escritura. Entonces nombra su identidad...

Soy la voz en el desierto

...que va muy bien para un poeta de Chihuahua, aunque también este desierto es espiritual, metafórico, sin dejar de ser profundamente físico en el cuerpo y en el paisaje. Enseguida, se indica el rumbo y la Ítaca de esta odisea...

El silencio es mi sendero
hacia moradas mayores

...veamos también este bellísimo retrato de lo que es el desierto, una de las muchas expresiones de la atinada originalidad de Alfredo Jacob:

soy lo que no soy, reseco
clima de un silencio humano

Este libro da para muchas lecturas, hay poemas que le son útiles a la intimidad de cada lector o lectora como espejo de su tristeza, como impulso de sus amores, como empeño de sus ideas. Por razones muy personales me gusta coleccionar textos que definan o dibujen la depresión, esa enfermedad que se define como la muerte de todos los deseos. Esta que hallé en el libro de Jacob es una de las mejores que he leído:

Mi noche no tiene día,
ni mengua el terrible trance;
vivo en un continuo lance
con mi gran melancolía.

Quiero terminar estas palabras diciéndole a Alfredo Jacob que desde 1975, cuando lo conocí, él ha sido uno de mis mejores héroes; como siempre quise ser escritor y este señor era un escritor que trabajaba como bibliotecario en la Biblioteca del Parque Lerdo y me prestó el libro El lenguaje, de Eduard Sapir que yo necesitaba para un trabajo escolar, despertó mi admiración para siempre porque hablaba con mucha inteligencia y corrección. Después fui lector de la “Columna de Alfredo Jacob” que aparecía todos los días en el periódico Novedades. Después tuve el privilegio de ser amigo suyo hasta hoy, pero lo admiro igual que entonces, o sea muchísimo, siempre.

También quiero darme el lujo de cerrar esta intervención con uno de los grandes textos del libro:

Yermo

Tu sombra –roca en luz, silencio mío–
me indaga este minuto consumido;
arde mi corazón, arde vencido
cuando en las venas me transita el frío.

Va la tarde amistando con el río
y el valle me devuelve mi alarido;
vago por mi penumbra, dolorido,
bajo la luz difusa de mi estío...

Sembré en el yermo y coseché guijarro;
agua bebió mi sed –mi sed de barro–
y el camino acorté con suelta brida...

Me sorprendió el dolor, solo y desierto;
quise vivir sintiéndome ya muerto
y alcé la frente y me lancé a la vida.

jchavezm@uach.mx febrero 2001, publicado en Armario: editores José Manuel García et Adriana Candia.

domingo, 25 de julio de 2010

ignacio solares

El sitio, una dramatización de la angustia
Presentación de El sitio, novela de Ignacio Solares

Por Jesús Chávez Marín

Las visiones desoladoras y la vibración de la tristeza son hilos de colores muy intensos, difíciles de manejar en un texto narrativo sin caer en el melodrama o en la comunicación fácil y chantajista con los lectores, en la manipulación de su sentimentalismo y en la crueldad vacía y absurda. Por eso mismo es una gratísima sorpresa esta novela de Ignacio Solares, El sitio, donde con el tono sobrio y estoico de su escritura y la sabiduría estructural de su trama, el texto se convierte en un territorio donde el lector vive, sufre al lado de los personajes, es él mismo un personaje que escucha y que de pronto parece estar involucrado en los hechos que suceden, los cuales están demasiado cercanos a su vida cotidiana, que siente suyo el lenguaje de la desesperación y se ve afectado por el agua ardiente de la angustia.
Ignacio Solares, quien nació en Ciudad Juárez, Chihuahua, es un hombre que ha escrito quince novelas que han dejado huellas profundas, intensas, en la literatura mexicana, en la fabulación de nuestra alma colectiva y, sobre todo, en la identidad de sus lectores. Sus visiones de la realidad son vibrantes y complejas, porque surgen de la vida cotidiana y de la realidad histórica e incluyen todos los hilos de la fantasía que el hombre ha elaborado, y experimentado, para explicarse y expresar los secretos de la vida y de su propia muerte.
En El sitio, su novela recién publicada, Solares construye un mundo narrativo de brillante expresividad a partir de una trama que ofrece múltiples niveles de significación que corren simultáneas en la escritura. Las líneas iniciales abren con fuerza varios hilos de intriga. Así inicia la novela, en la voz del narrador personaje:

Temo no estar a la altura de mi sufrimiento, Monseñor.
De las innumerables acusaciones que se me hacen una es cierta, lo confieso abiertamente: bebía demasiado a últimas fechas. Sobre todo a raíz de la muerte de mi madre. Aunque no tengo por qué engañarlo a usted, cuál es el caso: desde antes bebía demasiado.

El hombre que expresa estas palabras es un sacerdote con problemas de alcoholismo y se inicia de esta manera un relato donde hay un contrapunto entre el discurso subjetivo del atribulado personaje y una mayor objetividad en otras secuencias narradas en tercera persona gramantical que, sin embargo, permanecen cercanas al punto de vista del narrador personaje e inculuso mantienen el diálogo con el Monseñor a quien se le escribe y se le habla en voz directa esta larga confesión.
El personaje cuenta la historia de un pasado reciente y sombrío, en el climax de su problema de alcoholismo, cuando también suceden en su delirio extremo, o en la realidad de lo que está contando, estos hechos: el edificio de departamentos donde él vive con una tía anciana es tomado por unos soldados que impiden a los inquilinos la salida a la calle. Afuera, en la calle, marchan batallones de soldados y pasan tanques de guerra. Nadie sabe si se trata de un golpe militar o de una invasión, ya que en el sitio fueron cortados el teléfono y la electricidad y queda impedida cualquier forma de comunicación con el exterior.
Los dos niveles de lectura concentrados en un mismo punto de vista narrativo son, queda claro, el delirio o el relato realista. Lo interesante de este tejido narrativo es que ambos niveles corren simultáneos en la escritura, se alimentan mutuamente enriqueciendo la significación del discurso y creando una atmósfera de poderosa originalidad.
El lector halla en el texto indicios para guiarse por ambos niveles de lectura. La hipersensibilidad auditiva que sus estados alcoholicos le producen al personaje hacen que el pueda percibir con intenso registro las vidas de todos los habitantes del edificio sofocado por el sitio militar, y así lo dice él mismo: “como si mis nervios se ramificasen por todo el edificio y recogieran sus más secretas resonancias”.
Pero en el nivel realista de otra lectura tembién sabemos que el sacerdote aquel tenía una intensa comunicación con los otros inquilinos, que incluso algunos de ellos se confesaban con él, lo cual da indicio de la intimidad con la cual éste conoció de cerca las historias de sus vecinos.
Por eso en la trama principal hay varias historias contenidas, independientes en el tiempo y el espacio del presente del relato, pero que agregan esferas de significación, a la manera de las novelas clásicas. Incluso Solares, el autor, recrea de forma muy ágil varias de las anécdotas de otras novelas suyas, entre ellas de Puerta del cielo, Anónimo y Columbus, como una especie de señales de presencia de toda su novelística anterior, recurso que es muy característico de este autor desde su primer volumen de cuentos El hombre habitado, donde en varios de los textos aparecen exactas varias de las historias que después serán desarrolladas en novelas posteriores, en una especie de espiral narrativa.

Æ     Junio 2001, publicado en Armario: editores José Manuel García y Adriana Candia.

jueves, 22 de julio de 2010

alfonso reyes siáñez

Una extraña atmósfera de sensaciones.
Presentación del libro Rocío de sentimiento, de Enrique Alfonso Reyes Siáñez.

por: Jesús Chávez Marín

De todos los textos que un autor puede escribir, el más riesgoso es el poético. Las zonas más secretas de la intimidad, la claridad más intensa de los pensamientos, la visión más personal, las palabras más cercanas al propio cuerpo son los materiales del poema. Pero no basta sólo con ese fulgor de la propia vida para construirlo. Hace falta armonizarlo con las ideas colectivas, con las voces múltiples de la expresión universal de la tradición.
Enrique Alfonso Reyes Siáñez construye en éste, su segundo libro de poesía, una atmósfera plena de sensaciones sonoras, olfativas, visuales donde sus versos líricos iluminan no solamente historias de diversos momentos de su infancia, de su escuela, de sus amores, sino además nos conecta con imágenes muy reconocibles por todos nosotros que nos miramos en el espejo de esta escritura forjada con nostalgia, con ternura, con dolor, y con la fuerza que da la meditación constante, el ejercicio de pensar.
En el primer texto, titulado “El valor de vivir”, el autor habla de los contrastes físicos y espirituales con los que batallamos todos los días, nuestra presencia en medio del mundo, entre nuestros semejantes, y en las claves que el poeta va iluminando con su búsqueda espiritual, tal como dice en uno de sus versos:

Alba de esperanzas
que voy abriendo en la misteriosa selva del destino.

La estructura de este libro tiene una secuencia existencial que se va rebelando en el orden en que vienen los poemas. La historia se inicia en la primera infancia, donde las palabras son objetos tangibles, importantes para forjar una identidad que se conecta al presente de la escritura y al presente de cada lector. Así vemos que el poeta evoca la voz del padre, en el momento mágico del ensueño. Así lo expresan estos dos versos:

El cuento que mi padre me relataba,
antes de cerrar mis ojos

En ese mismo poema también se habla de las “canciones de infancia, que aún viven”. De una manera muy atinada, el texto juega con esos jirones de sueño que se proyectan para siempre en la vida de los hombres y de las mujeres, esos sonidos y palabras luminosas que son para todos el sustento de la propia identidad.
Con gran intuición, Reyes Siáñez forja en sus textos esas imágenes del pasado que surgen vigorosas en la reflexión de un presente cristalizado en cierto momento de la propia existencia. Les voy a leer dos versos de un mismo texto, donde se forja esa piedra de toque. Primero, la voz poética habla de la “nostalgia de mis juegos que volaron” y, dos estrofas después, aparece esta otra metáfora: “La misteriosa huella del amor”. Las dos vías de la sensibilidad, el recuerdo y la experiencia intensa del presente, se armonizan en el texto para construir un lenguaje de gran expresividad.
En otro poema hallamos un retrato de gran originalidad de lo que, para el autor, es la amistad: El fulgor de un arcoiris que a veces, por descuido, guardamos en los bolsillos rotos de los sueños.
Los poetas, los pensadores, son personas de sensibilidad muy viva. Su vida espiritual es muy dinámica y muchas veces navegan, como lo indica uno de los versos de este libro, en “la misteriosa soledad”. A pesar de eso, los poemas de Enrique Alfonso Reyes Siáñez suelen tener una sencillez y una ternura de gran dulzura, de profunda humanidad. Como cuando se refiere al amor de la madre y le canta a su “amor sin condición”, al “consuelo oportuno”, al “arrullo que solía oír” desde el vientre de la mujer, aún antes de nacer. De esa mujer que se entrega entera y no espera ninguna otra recompensa que ver alegre a su hijo.
En el paisaje de este libro, escrito con la reflexión y la sensualidad del presente en contrapunto con los colores de los recuerdos, se habla de la escuela donde todos fuimos niños. Uno de los textos se refiere, según las palabras de uno de sus versos, de “la cotidiana tarea de aprender la lección”. Quienes son o han sido maestros, maestras, hallarán en este poema un homenaje de gran cortesía y cariño.
El autor hace también una sutil reflexión de su propio oficio de escritor, y se refiere en otro texto a

La facultad de expresarme que la vida me otorga

facultad que es ejercicio constante desde la infancia del poeta, según lo indican estos dos versos, donde habla de su actividad de pensar e imaginar que parecían tan naturales, desde el refugio del amor:

la ternura de mi madre, cuando me miraba,
con mis ojos cerrados y mi mente volando.

Me parece muy hábil la escritura de Reyes Siáñez en el trazo de gran precisión con que suele describir figuras y personas en unos cuantos versos. Como es el caso de este bello retrato de una joven mujer:

muchacha, que detrás del maquillaje
cubre sus sentimientos,
que son el tesoro de su intimidad

Hay también en este libro, como una trama de hilos muy finos, un afán siempre constante de seducción: al lector, a la amada, a la musa. Incluso se atreve a revelar sus intenciones en palabras muy explícitas, según lo indica este verso:

tal vez estas palabras humedezcan tu corazón

Quizá el tono más constante en todo el libro sea la ternura, ese sentimiento tan difícil de expresar. Vivimos tiempos tan ásperos, fríos y violentos, que las lecciones de amor que también hay en esta escritura sin duda serán para nosotros como un poco de agua fresca. Así se expresa en esta parte del libro, donde se habla de

Este amor, inmensa ternura solitaria
en lo profundo de la noche

Algunas de las palabras con las que están forjados estos poemas, según el poeta, “se refugian en tu piel de mujer”, así se lo expresa a una de sus amadas, a quien también le dice esto:

se desvaneció mi pudor frente a tus ojos

El riesgo de la propia intimidad esa uno de los componentes más difíciles pare el poeta. En la apuesta va todo: el cuerpo, los pensamientos secretos, la crueldad, el sufrimiento, la alegría, la fe. Para tener a la amada, la voz del poema habla de:

la ansiedad de robarme tu sombra,
que es el consuelo de mi desvelada vida

Y en otro poema, también le expresa el triunfo de esta aventura poética:

Saber que te llevo tatuada

Leer este nuevo libro de Enrique Alfonso Reyes Siáñez es una experiencia estimulante. Los colores de la infancia iluminan con alegría y ternura zonas oscuras de nuestro presente. La temblorosa inseguridad ante la primera experiencia amorosa, cuando somos protagonistas de la intensidad amorosa y la repentina conciencia del propio cuerpo, se queda grabada en nuestra identidad, nuestra conciencia, con una mezcla confusa de placer y temor, de ilusión y dolor, pero son en la memoria sensaciones tan llenas de nuestra propia vida que las guardamos como uno de los mayores tesoros. De todo esto habla este libro: habla de nosotros, de los juegos, de las canciones, de los amores, de nuestra propia respiración.
jchavezm@uach.mx publicado en Armario: editores José Manuel García et Adriana Candia.

miércoles, 21 de julio de 2010

rodrigo pérez rembao

Tan jovencitos y ya tan amargados
Presentación de la novela Alguien se está
muriendo, de Rodrigo Pérez Rembao

Por Jesús Chávez Marín

En Chihuahua hay pocos novelistas. Alfredo Espinosa, Jesús Gardea, Enrique Macín, Isauro Canales, Carlos Chavira Becerra, Víctor Bartoli, Willivaldo Delgadillo, César Francisco Pacheco Loya, Guillermo Hernández Orozco y algún otro que escape a una rápida nómina de memoria. Por eso resulta notable que este noche se presente aquí la novela titulada Alguien se está muriendo, la primera de Rodrigo Pérez Rembao, el joven escritor de 26 años que, junto con su amigo Jaime Romero Robledo, fundó la revista Artificios, donde varios de su generación iniciaron una carrera literaria.
Alguien se está muriendo es una novela breve muy bien escrita. Desde el primer párrafo se nota la fuerza de un lenguaje narrativo bien estructurado, el tono definido, la mezcla temática que nos propone, a los lectores, un pacto narrativo bien trazado que, desde el arranque, nos mete de lleno en una atmósfera de extrañamiento.
¿Quién es este personaje llamado Víctor, que tiene tan sólo veintitantos años, reflexivo y solitario, y enfrenta la vida con tanto desaliento?
Para que ustedes se ambienten, escuchen el tercer párrafo, que inicia así: “Un día como cualquier otro, notó que su ánimo se encontraba opaco. Sintió fastidio sólo de pensar en tramitar las siguientes horas. Le pareció absurda la rutina que seguía de tiempo atrás a la fecha: el despertador a las seis, el baño, gotas de loción; la corbata al cuello; un café con dos de azúcar y salir a la calle. Ingresar al tráfico primero y luego a un edificio donde un pequeño espacio habría de confinarlo la mayor parte del día. ¿Para qué? Para conseguir el sustento y prolongar la rutina. Le pareció insensato; le pareció una mera lucha por la superviviencia. ¿Consiste la vida únicamente en batallar por la preservación? Tal vez sí”.
La aventura de este personaje tiene este arranque. El proceso de degradación o de mejoramiento así inicia en esta historia. Más tarde, los lectores conoceremos a Rebeca, una bella muchacha que trabaja en una oficina y se inscribe en una agencia de modelos. A Gustavo, un ex compañero de universidad de Víctor, con quien éste confronta sus propios pensamientos desde la superioridad burlona de su escepticismo y capacidad reflexiva. A Carmen, una mujer de 50 años, clienta frecuente de videocentro, cuya ternura y buena fe han forjado la entrega para cuidar a su sobrino, a quien ama como a lo mejor de su vida.
Pero lo más intrigante de estas historias tejidas es la atmósfera que las envuelve. Por los pensamientos y por las palabras de Víctor asistimos, casi escandalizados al vacío existencial y autocomplaciente de algunos jóvenes de nuestro tiempo. Nada los salva. Ni ideales, ni esperanzas, ni ilusiones. El futuro está perdido, confundido con un presente sin asideros espirituales ni intelectuales. Jóvenes sin fe, sin padre, se enfrentan, en esta novela, al ruido constante de los mensajes que anuncian la moda y lo nuevo. El futuro está cancelado y el presente sólo se sostiene con dinero. Los niños y adolescentes que en los cruceros son payasitos trágicos en cuyas manos flotan, por el precario arte de sus malabarismos, tres naranjas, como espectáculo único de su vida miserable, éstos, digo, no son siquiera dueños del presente, de la dignidad mínima para vivir. En esta novela, como en la vida real de nuestros días, de nuestras calles, solamente son objetos de escenografía, parte del decorado de las ciudades de este supermercado sin piedad que todos hemos constituido.
En cierta forma, Alguien se está muriendo es una novela de terror. Porque ver la vida de estos jóvenes, tan precaria de sueños, tan llena de ruido, tan intranquila y egoísta, sin contacto con la naturaleza, sin árboles, sin flores, sin libros, sin agua; sin más paisaje que los alambres de la luz y los semáforos; sin más aire que el humo de los carros y de las plantas maquiladoras; sin recintos nobles ni lugares sagrados; metidos en antros viciosos y en oficinas monocromáticas donde la competencia es la única misión de la excelencia (palabras nuevas, injertadas en la ideología autoritaria de la administración pública de la globalización, este mito ridículo que se nos ha impuesto), ver todo esto en la fría y serena prosa de Rodrigo Pérez Rembao, pone los pelos de punta. Es doloroso enfrentar el espejo de esta novela con la vida real donde muchos jóvenes de hoy parecen tan semejantes a los personajes de sus páginas, donde el único vestigio de idealismo es la conducta impostadísima de Gustavo que, sin embargo, es uno de los retratos más trágicos, por atenerse tan cómodamente a una fe que, desde luego, se ve simplista y artificial.
Este mundo tan bien reflejado es la expresión de que su autor tiene, sin duda, un talento poco común para contar historias, y también para establecer con el lector un abanico floreciente de ideas. Que el personaje principal sea un joven solitario y reflexivo no hubiera bastado. Las situaciones en que se presentan los personajes, en espacios narrativos bien construidos con unas cuantas frases; la evolución neurótica de Víctor, que presenta todas las gamas de la angustia y la depresión perfectamente observables en las noches de claridad morbosa y en los días de doliente aburrimiento; los encuentros con otras personas que, sin embargo, no le importan realmente al obsesivo pensador; son todas ellas factores narrativos de amplio registro, de fuerte impresión. Deveras sorprende que un escritor tan joven pueda construir este enredo con tanta verosimilitud.
Escuchen, como ejemplo, el breve relato de alguna de las noches atormentadas del protagonista: “No tenía la certeza de que estas visiones fueran sueños auténticos, pues no dormía del todo mientras se llevaban a cabo. No lograba definir hasta qué punto intervenía su voluntad en la construcción de semejante pesadilla”.
La estructura de la novela tiene tres partes, que corresponden distintos procesos mentales del protagonista más cercano al narrador, el cual conduce el punto de vista del relato; con un total de 32 capítulos breves, que se forjan con cierta independencia pero que están bien ceñidos a un hilo narrativo bien firme. El transcurso del tiempo narrativo, con varios planos de la memoria y con presagios del futuro cercano, se extiende con una lógica muy precisa de causas y efectos. Artesanía narrativa mezclada con ideas. No se trata aquí sólo de la anécdota brillante y efectiva que se queda hueca en sí misma queriendo competir con el lenguaje cinematográfico, situación de la que adolecen tantas novelas de moda, llamadas light, sino la mezcla certera de conceptos y escenas, de estructura y lenguaje, de buena prosa y claro pensamiento. Las conductas de los personajes evolucionan con secuencias bien tramadas, la atmósfera es nítidamente reconocible; en fin, los aciertos son abundantes.
Por todo esto, es una buena noticia para la literatura nuestra, la salida de este libro de Rodrigo Pérez Rembao. Como lectores, podemos esperar de él muchas otras buenas novelas que han de salir de sus manos de artista. Podría ser que, en el futuro, su talento narrativo traiga otras historias donde también sea posible la felicidad como en este lo fue tanto la tristeza; donde en sus páginas leamos la plenitud del amor y la alegría de la amistad, como en esta vimos tan bien contado el vacío espiritual y la soledad inaudita en personajes de tan poca edad. Donde el futuro pueda mirarse con un horizonte abierto y no sólo esta nube de humo que mancha, que oscurece, nuestra identidad colectiva, tan frágil siempre y tan rodeada de asechanzas, igualito que en esta limitada vida real en la que nos hemos metido todos, como imbéciles, y donde ya no hallamos la puerta.
Muchas gracias a Rodrigo Pérez Rembao, por invitarme a presentar su novela. Gracias a ustedes, por su atención.

Æ     Julio 2000, publicado en Armario: editores José Manuel García et Adriana Candia.