lunes, 17 de agosto de 2026

Whisky


 

Whisky

 

Por JChM

 

Me gusta venir a este bar porque desde la ventana se mira hacia abajo la plaza del centro.

En la noche los árboles son manchas negras y la estatua prepotente del fundador oficial Deza y Ulloa queda reducida a monito de vaqueros. Por el reflejo del vidrio se asoman luces a un lado y al fondo resulta que en el vislumbre el fragmento de un edificio se volvió transparente y pasa el viento a través del vacío.

Al segundo whisky ya estoy acordándome de ti, a pesar de que vengo acompañado de una guapa mujer que me gusta y me ama, dice.

Me acuerdo de los primeros meses luego de nuestra separación, el impulso de llamarte, la necesidad de tu voz, alguna palabra tuya hubiera bastado para sanarme, como dice la clásica oración.

Pero nunca te llamé.

Ni en aquellas noches de parranda con canciones necias de dolor y desolación.

Ni los domingos eternos y vacíos.

Ni en tu cumpleaños, cuya fecha recordaba todo el año.

Ni en la fiebre con el tren del insomnio, ni en las madrugadas delirantes cuando ya mejor me hubiera muerto si vivir lejos de tu cuerpo era el único fin que me esperaba.

Ahora ya pasaron años. Por imposible que parezca, sigo vivo y tranquilo.

Por eso no me explico por qué escribo estas líneas tan dramáticas, y sobre todo tan ciertas.

domingo, 16 de agosto de 2026

El hogar vacío

 

El hogar vacío

 

Por JChM

 

Fui a la casa de Ernesto por un pendiente del trabajo. A mediodía estábamos en la cocina revisando las cuentas cuando entró el papá desde la sala, donde conversaban la madre y las hermanas de Ernesto.

Vestía una bata raída y un sucio pantalón de pijama. A nadie saludó y los demás ni lo miraban, caminó muy lento hasta el refrigerador, sacó una cazuela con sopa de fideo y la puso en la mesa. De una vitrina tomó un plato que se miraba algo polvoso y se sirvió una porción de comida, sin calentarla. Se veía verde aquella pasta, pero aún así comió sin hacer ningún gesto; no parecía que le gustara, solo se trataba de llenar el hueco del hambre con ese desayuno tardío.

Luego regresó a su recámara en silencio, con la misma indiferencia y abandono.

miércoles, 12 de agosto de 2026

El sapo

 

El sapo

 

Por JChM

 

Un hombre estaba dormido cerca del arroyo, cuando un sapo se le metió en la boca abierta. Despertó desesperado. No alcanzaba respiración y sentía el viscoso cuerpo del animal ahogándosele en la garganta, pataleando con violencia, casi le rasgaba el cuello por dentro.

Trataba de arrojarlo, pero el sapo, al sentirse oprimido, intentaba avanzar hacia delante. El hombre corría de un lado a otro sin poder gritar, se convulsionaba tratando de jalar aire, pero no podía, a pesar de la fuerza con que su nariz se plegaba sobre sí misma. Hubiera muerto, de no ser porque, para su buena suerte, llegó un vecino suyo a quien le llamaban Mano Chiquita.

El Mano Chiquita le salvó la vida.

Primero lo tiró al suelo con un golpe en la espalda, luego lo sujetó del pelo y le levantó la cabeza, le abrió la boca lo más que pudo y metió sus pequeños, sus delicados dedos, hasta el fondo de la garganta. La pequeña mano cabía entera. Atrapó al sapo y lo jaló con mucho cuidado.

El animal salió vivo. Aquel ya casi se había desmayado, pero entonces alcanzó a respirar, jadeando, bocanadas de angustia y aire; casi a gritos inflaba y desinflaba todo el cuerpo y así estuvo largo tiempo, hasta que se fue calmando poco a poco mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

martes, 11 de agosto de 2026

Registro de propiedad


 

Registro de propiedad

 

Por JChM

 

Todos los días, a las 7 de la tarde, al llegar del trabajo, Joel daba un vistazo a su sitio de Facebook. Un martes de enero miró en pantalla la foto de un Volkswagen cubierto de hojas amarillas, en medio del jardín de una casa abandonada; uno de sus contactos había subido la fotografía con una frase: “Hojas que se van”. Joel estaba lejos de imaginar que aquella estampa lo llevaría una semana después a un hallazgo muy significativo.

Para nada tomó en cuenta la frase que acompañaba la foto, lo que llamó su atención fue aquel viejo automóvil verde con la pintura gastada por la intemperie y con placas de color azul, Chihuahua 84/85, que conservaba intacta la carrocería y la dignidad de su diseño. Joel no era fetichista de carros ni de nada, a sus 36 años era hombre equilibrado y dueño de los hilos de la vida, pero aquel carro de verdad le había gustado y se propuso conseguirlo. Como era hombre práctico, le puso un mensaje a la persona que subió la foto: “¿Lo vendes?”. Inmediata llegó la respuesta: “No es mío, y no sé si está en venta; por InBox le pongo el domicilio”.

Al día siguiente se dirigió al lugar. Era una casa ubicada en el centro de la ciudad, deshabitada, cubierta de polvo y hojas secas; a simple vista parecía abandonada, pero no del todo, ya que no había hierba crecida y los árboles del frente y del jardín estaban cuidados, se notaba que alguien le daba sus vueltas a la finca para ver que todo estuviera bien. No había letrero de venta, parecía que el Volkswagen estuviera guardado en la cochera como si alguien hubiera llegado treinta y tres años antes y lo hubiera dejado allí antes de entrar a casa, como de costumbre.

Joel preguntó a los vecinos, nadie supo darle información, algunos le respondían con evasivas y otros le decían que eran inquilinos nuevos. Al fin halló a una señora muy amable que lo invitó a pasar a su cocina a tomar un café para platicar lo que sabía. En esa casa había vivido hacía mucho tiempo un matrimonio ya grande; el señor tendría en ese entonces unos cincuenta años y ella más o menos la misma edad. No habían tenido hijos, pero se querían mucho y se trataban con tiernas muestras de cariño; los muchachos del barrio les decían de burla los periquitos del amor. Él tenía un buen puesto en una oficina de gobierno; todas las tardes llegaba en ese Volkswagen y se llevaba a pasear a su señora. El carro era nuevo, lo cambiaba cada año, siempre de la misma marca. Un sábado nadie los vio salir, ni el domingo, ni el lunes; sencillamente ya nadie volvió a manejar ese carro, allí nomás se quedó como usted lo ve.

Y entonces ¿por qué está todo tan cuidado?, preguntó Joel. No hay en el porche basura ni hierba, ninguna de las cuatro llantas está ponchada, se ven cortinas en la casa, aunque bastante percudidas. La finca no está en ruinas luego de tantos años de permanecer deshabitada.

La señora le contestó: No sabría responderle con certeza. Seguramente alguien trae llave y se encarga algunas veces de darle una manita de gato a la casa y al carro, algunos han visto a un joven que llega y nadie sabe cuándo se va; sigue habiendo agua y luz, nunca llegan requerimientos del predial, señal de que alguien paga todo eso. Cantidad de gente llega preguntando por el Volkswagen, ya ve que esos carritos tuvieron siempre mucha demanda, y todavía, aunque ya estén descontinuados. Pero nadie les sabe dar razón.

Joel le agradeció a la señora su amabilidad, apuntó las placas y se fue muy pensativo. Lo tenía muy sin cuidado la historia de ese auto que treinta y tres años antes había dejado de circular, lo que le importaba era hallar a quien fuera el dueño, para tratar de comprarlo. Antes de llegar a casa ya se le había ocurrido la idea de buscar un tío suyo que trabajaba en Tránsito, a lo mejor con el número de placas podría dar con los datos del propietario.

Lo que halló era de no creerse. La factura original del carro, de la cual su tío le proporcionó una copia, decía claramente el nombre del comprador: Joel Ramírez Pedroza. La coincidencia fue que el 11 de diciembre de 1984 se había tramitado un cambio de propietario a favor de Joel Fuentes Lozano ¡su propio nombre! Daba vértigo suponer que alguien había puesto el carro a nombre un niño justo en la fecha en que cumplía dos años.

*

Joel había crecido en un hogar estable, a pesar de que era hijo de madre soltera. Alma tenía buen salario, una vez al año salían juntos de vacaciones, vivían en una casa cómoda de la Panamericana y cada año cambiaban de carro. Lo consentía mucho, sin descuidar su formación ni la disciplina; estudió ingeniería mecánica en el Tecnológico de Chihuahua. Su vida era diáfana y la única causa de intriga para él eran algunos temas que surgían en la conversación con la madre, quien lo trataba con una mezcla de camaradería y ternura, pero a veces le contestaba con evasivas cuando preguntaba por el padre, hasta se molestaba cuando insistía.

Joel tenía ocho años cuando Alma se casó con un tipo que muy pronto dio a notar un ángulo virulento, para ella imposible de tolerar: trataba mal a su hijo. En cuanto se dio el primer incidente, ella tomó de inmediato la decisión de divorciarse. Desde entonces su divisa fue la de que más vale sola que mal acompañada. Jamás le traería a su hijo ningún padrastro. Sus esporádicas relaciones de pareja decidió mantenerlas al margen y ninguna fue tan valiosa como para volver a intentarlo, siguió manejándolas con discreción, aunque sin cerrarse al amor. Todo esto lo supo Joel, pues el nivel de confianza permitía esas confidencias, pero ella cancelaba toda conversación en cuanto él intentaba saber quién había sido el papá. 

Al pasar de los años, Joel se acostumbró a que su padre no formaba parte de los recuerdos, y ahora que surgía un nombre de alguien que en la fecha exacta de su nacimiento firmaba un cambio de propietario a favor de otro que se llamaba igual que él mismo, Joel Fuentes Lozano, la coincidencia era inquietante. Tendría que ser imposible creer que él hubiera buscado adquirir el mismo automóvil que al menos nominalmente ya fuera suyo. Esta vez su madre tendría que contestarle algunas preguntas en lo que antes había sido tan enigmática.

Le puso un mensaje para invitarla a desayunar al día siguiente, ella aceptó encantada, siempre le daba mucha alegría cuando su muchacho tenía atenciones con ella, lo cual era muy seguido, pues era cariñoso y espléndido.

Desayunaron en El Retablo. Casi al terminar, ella le dijo:

―Bueno, Joel, ahora sí dime qué te traes, por qué tan misterioso.

―Ay, Alma, se ve que me conoces bien. Pues mira, yo contigo nunca me ando con rodeos y quiero platicarte algo rarísimo que me sucedió.

―A ver, dime.

―Primero que nada, quiero preguntarte algo, y esta vez necesito que me hables claro, mamá, porque es de un tema que hace mucho no tocamos y del cual no te gustaba hablar.  Primero que nada, dime el nombre de quien fue mi padre.

―Siempre te he dicho que tu no tuviste padre, Joel, te crié yo sola, y punto. Por qué insistes ahora con lo mismo.

―Está bien, lo que pasa es que no quería hacerte esta otra pregunta tan directa: Dime quién es Joel Ramírez Pedroza.

La mujer se quedó inmóvil, mirando fijamente a su hijo. Durante un largo momento permaneció callada, en aparente calma, mientras conseguía dominar la sorpresa y una cascada de recuerdos. Joel tuvo suficiente sensibilidad para quedarse quieto y esperar a que ella saliera de su intensa cavilación. La respuesta llegó en forma de pregunta:

―¿De dónde sacaste ese nombre?

Con toda claridad, Joel le contó lo del carro, la casa deshabitada, el registro de propiedad donde venían los nombres; el suyo no podría ser un homónimo porque ese tipo de coincidencia es casi imposible que suceda, y luego la fecha del registro, todo lo que ahora, al mirar la reacción de ella, parecía confirmarse. Pidió que le resolviera el acertijo.

Está bien, mi rey, le dijo ella: para empezar, me da escalofrío que hallaras el hilo de la madeja, hasta parece cosa del destino. Te voy a platicar la historia completa; todo lo que te voy a decir, aquí queda entre nosotros, ¿de acuerdo?

Como sabes, fui la mayor en una familia de ocho hijos, empecé a trabajar desde chica para ayudar a mi papá en el sostenimiento de la casa; como estudié comercio en la Escuela Industrial para Señoritas, conseguí un trabajo muy bueno en el Banco Comercial Mexicano, primero de secretaria, luego como cajera y más adelante llegué a ser jefa de crédito. Al igual que todas las muchachas de antes, pensé que me casaría con un buen hombre, tendría mis hijos y mi hogar, pero cuando cumplí 20 años murió mi papá y me quedé sola con toda la carga, mis hermanos estaban chicos, todos en la escuela y no quise que se salieran, aunque en las vacaciones conseguían empleo y sí me ayudaban.

Ya casi para cumplir los 30, estaba convencida de que me había quedado para vestir santos, ni esperanzas de casarme, a pesar de que dos de mis hermanos ya trabajaban y me sentía más desahogada; por lo pronto, ya disponía de una parte de mi dinero, me vestía mejor y hasta había comprado un carro. Fue por ese entonces que conocí al señor ese del nombre que hallaste.

Me llevaba algunos años, diez o quince, nunca lo supe con claridad, pero llegaba muy guapo, todo un caballero. Era cliente del banco, en ese entonces las personas que no tenían empresa usaban las cuentas de ahorro y los depósitos a plazo fijo; Joel siempre fue cuidadoso en todos sus asuntos y manejaba con mucho orden las propiedades y el dinero, una fortuna modesta. Trabajaba como jefe de departamento en la Secretaría de Obras Públicas. Sin que yo me lo propusiera, fui el único asunto que no pudo acomodar en la lógica de su cerebro.

Empezó con timidez llevándome regalitos: Mire, Almita, le traje un pequeño detalle de Puerto Vallarta; y me dejaba un vestido artesanal de buen gusto y muy lujoso; de vez en cuando cajas de chocolate exquisito, una pulsera de plata que todavía conservo, una vez hasta zapatos me trajo. Yo me sentía halagada, aunque siempre tuve la sensación de que no debía aceptarle regalos, pero él parecía tan tímido y rendido, que nunca hallé manera de rechazarlo. Siete meses de regalitos y atenciones pasaron antes de que se animara a invitarme, Almita, fíjese que hoy me autorizaron un proyecto muy importante en la Secretaría y quisiera que me acompañara a festejar. ¿Podríamos ir mañana a cenar en el restaurante del Hotel Fairmont? Allí es muy sabrosa la comida.

Lo que sigue es la típica historia de todas las parejas, claro que no te voy a dar detalles, pero el caso es que un año después de aquella cena, quedé embarazada de ti. Me parecía algo raro que él nunca me hubiera hablado de matrimonio, a pesar de que yo lo sentía enamorado de veras. Se desvivía en complacerme, me abrazaba con dulzura desfalleciente, decía palabras bonitas; con tanto amor no tuve el cuidado de ver el panorama competo, su manera secretosa de ser, el hecho de que no mencionara a su familia, los viajes a los que jamás me invitaba, lo que no era raro porque en ese entonces las parejas de novios nunca salían juntos de la ciudad. En fin, yo también estaba enamorada y no me fijaba en detalles.

Cuando le anuncié que estábamos esperando un hijo, se alegró muchísimo. Durante tres días anduvimos muy alegres y más enamorados que nunca. Pero luego llegó muy serio, necesito hablarte de algo, dijo. Me llevó al Fairmont, el mismo lugar de nuestra primera cita. Yo estaba contenta, pero me inquietaba su cara de solemnidad, en la sonrisa se le formaba un gesto afligido que nunca le había visto.

Alma. Mi amor. Yo sé que lo que voy a decir va a dolerte mucho, me dijo el imbécil. Tengo esposa, desde hace 20 años estoy casado. No le di tiempo de que dijera nada más; lo intentó desesperadamente tratando de que no se armara escándalo en lugar tan elegante. Con toda calma salí del lugar, aunque por dentro me estaba ahogando. Y desde entonces tomé la determinación de jamás dirigirle la palabra.

Meses y meses me buscó, escribió mensajes y los mandaba por correo, me buscaba en el banco y siempre había gente, las pocas veces que pudo hablarme permanecí muda; se plantó en mi casa tardes enteras para ver si lo recibía, pero eso nunca sucedió. Lo que sí leí fueron las cartas. Primero me propuso que viviéramos juntos, que compraría una casa, la que yo quisiera, y que allí criáramos a nuestro hijo, nunca le faltaría nada; al muy cínico se le hacía fácil tenerme de querida, de seguro pensó que no me quedaba de otra. Como nunca le contesté, me llegó la segunda proposición, ahí si ya de plano bien abusiva: Que cuando naciera le diera yo al bebé, en adopción; con él y su esposa, el niño tendría buena crianza y un respaldo en la vida para todo, que al fin y al cabo él era su padre y yo recuperaría mi libertad de soltera, ¿te imaginas? El hombre que me amaba se había vuelto un patán de la lógica y el egoísmo absoluto.

Por un capricho absurdo del que a veces me arrepentí, te puse su mismo nombre, Joel, y aunque de golpe le perdí el respeto, el amor es más lento de borrarse, muchos meses lo seguí queriendo a pesar de mi voluntad; recordaba nuestras tardes juntos, los detalles cariñosos, el olor de su loción; me daba enorme tristeza que me hubiera traicionado desde el principio, pero no podía olvidarlo. Lo que compensaba todo era la ilusión de esperarte. Mi familia me trató con respeto y en el trabajo nadie me molestó, seguí cumpliendo con mis funciones, y aunque hubo algunos intentos para obligarme a renunciar, me mantuve firme durante el embarazo, tomé el permiso de maternidad, y regresé al banco con mucho ánimo, pues ahora tenía que mantenerte y darte yo solita la mejor vida que pudiera.

Joel murió casi tres años después de que naciste, le pegó un cáncer muy invasivo desde el estómago y se consumió en menos de un mes. Siempre mantuvo contacto conmigo, por más que traté de impedirlo, pero era muy terco. Me pidió perdón por un montón de cosas de las que con justa razón se sentía culpable; me hizo toda la lucha para que te registrara con su apellido, pero eso no lo permití; me suplicó que lo dejara conocerte y frecuentarte en las condiciones que yo quisiera, y en eso sí doblé las manos: cada semana te visitaba en mi casa y se fascinaba contigo. También insistió en mantenerte y yo me resistí, por orgullosa y porque me bastaba yo sola para todo, pero él me presentó los hechos consumados: hizo a tu nombre un contrato de fideicomiso con el banco por una buena cantidad, creo que eran todos sus ahorros o muy buena parte. Allí quedó establecida que tú recibirías una cantidad mensual bastante generosa hasta que cumplieras 25 años; a los 18 la cantidad aumentaría al doble, para que pagaras tus estudios de universidad, y al final te sería entregada una suma suficiente para que compraras una casa y un automóvil de buen modelo, que son los que te escrituré cuando te titulaste de ingeniero. Tengo que reconocerle que en eso fue muy responsable y hasta generoso.

Sospecho que el asunto del Volkswagen fue un último gesto sentimental, cuando le avisaron que le quedaba poco de vida. Nunca supimos bien a bien si le habrá confesado a su esposa que tenía un hijo y que había tenido otra mujer. Una compañera suya de la Secretaría, que nos conoció de pareja, me siguió frecuentando de vez en cuando, le gustaba platicar conmigo y me traía chismes de Joel, a pesar de que no me encantaba el tema; cuando menos pensaba ella metía poco a poco el asunto. Por ella supe que no había tenido hijos con su señora, yo creo que por eso tú te convertirse en alguien tan hermoso para su vida. También que al final dejó sus pendientes muy bien organizados, los papeles, los bienes, todo eso. A ti ya te había heredado en vida con el fideicomiso, como te dije, y eso cuando todavía ni se imaginaba que se fuera a morir tan pronto. A ella le dejó la casa, un ranchito que tenía, otras dos propiedades de renta y muy buena pensión. Seguramente ha de haber pensado que también el carro, que en ese año era nuevecito, pero se ha de haber llevado la sorpresa de su vida en el testamento, al ver que se lo había dado a su hijo, al hijo de “la otra”, qué horror. Lo más seguro es que para ese entonces ya supiera la historia completa, y si no, allí se vino a enterar.

Pobre mujer. La misma amiga que te digo me platicó que desde entonces se encerró a piedra y lodo en su casa, jamás volvió a salir. El duelo por la muerte de su esposo lo volvió perpetuo; dicen que todavía vive allí; en más de treinta años no ha visto el sol de la calle; hay un joven, y a veces una muchacha, que le llevan alimentos y artículos de limpieza; que por dentro mantiene todo limpiecito como un espejo, pero por fuera solo se ven las mismas cortinas viejas cayéndose de raídas y unas persianas que dan lástima. Eso suponen, porque no se ven señales de nada, ni luces de noche, aunque fijándose bien, muy al fondo del pasillo parece relampaguear una televisión prendida, de las grandes y modernas. Ninguno de los vecinos ha visto llegar visitas, ni ambulancias o servicios funerarios, por eso creen que no ha muerto; para estas alturas ha de tener como 17 años más que yo, pero pobrecita allí encerrada, sepultada en vida, qué manías tan raras.

Así que tú sabrás si te ocupas de reclamar tu carro, el que te dejó tu padre desconocido, o mejor allí lo dejas en su jardín marchito. Es lo que yo te aconsejo, no es bueno perturbar la paz de los sepulcros, ni la de los vivos, y menos a esa pobre mujer que decidió retirarse del mundo.

lunes, 10 de agosto de 2026

The Master


 

The Master

 

Por JChM

 

No sé qué tanto supiera Coyazo de medicina, o de alguna otra ciencia; en su casa hacían fila montones de gente, enfermos y alucinados buscando alivio. En el barrio nos fuimos acostumbrando a los milagros, algunos llegaban arrastrándose o en silla de ruedas y salían de pie; cuerpos llenos de llagas y laceraciones se limpiaban a los pocos días; locos furiosos que se volvían hermanitas de la caridad.

La fama de Coyazo se extendía lejos, corría su fama de espiritista, y muchos hombres que venían hasta él quejándose de vértigo, ya curados regresaban por más de la yerbita mágica; mujeres desesperadas porque no quedaban encinta, al poco rato hasta tres hijos uno por uno alumbraban. Muchos de ellos sureños, o del otro lado, y hasta un día trajeron de Rusia a un paralítico gigante que apenas respiraba.

A Coyazo se le consideraba un hombre que era bendecido con poder y gloria, algunos creyentes lo catalogaban de iluminado, y hasta le hicieron un altar. Cosas de gente que se santigua y a cualquiera lo hace santo.

En los poblados mentaban sus dichosos milagros. Esto llegó a oídos de un hombre adinerado, poderoso, que venía arrastrando una desdicha: su primogénito tenía paraplejia desde que se cayó de un caballo. Don Rodolfo, padre del desafortunado, prometió gastar hasta el último quinto de su fortuna con tal verlo sano. Un viernes por la noche mandó a su gente a buscar al curandero.

Todavía era de madrugada cuando llegaron tres hombres a la Colonia Rosario, a la casa de Coyazo. Se pensó que eran de la judicial o algo, porque venían en una camioneta grande último modelo, con placas de Tamaulipas. Preguntaron por el brujo, así dijeron, sin el mejor respeto. Lourdes, la esposa de Coyazo, les abrió la puerta.

―Buscamos al señor Juan Coyazo, ¿aquí es su domicilio?

―Sí, es mi esposo, ¿para qué lo necesitan?

―¡Háblele!, el patrón lo quiere ver.

Atrás de su mujer apareció él.

―Señores, ¿qué se les ofrece?

―¿Juan Coyazo?

 

―El mismo que vista y calza, ¿para qué soy bueno?

De estatura normal, moreno, cabello lacio, con ropa sencilla pero mirada profunda. En aquel entonces tenía cuarenta y tres años de edad.

―Venimos de parte de mi patrón. Él tiene un hijo que está muy malo y quiere que usted lo cure.

―Pues por ahi dicen que no hay peor lucha que la que no se hace, vamos a verlo. Dígale al muchacho que entre.

―Él no viene con nosotros, tiene que ir usted para allá.

―Díganle a su patrón que no acostumbro salir; si realmente le urge, ya saben dónde hallarme.

―Mejor ni le busque; no sabe a quién le está negando el favor. Don Rodolfo está dispuesto a darle lo quiera con tal de que le cure al chamaco.

―Yo no necesito más de lo que ven, y ya les dije; no puedo dejar a tanta gente solo para ir a curar a uno solo, tráiganlo y aquí lo atenderé.

Uno de ellos quiso sacar la pistola y quebrárselo allí mismo, por renuente y respondón. Pero su compañero lo detuvo.

―¡Espérate! Vamos a ver si lo convencemos de otra manera.

Sacó un fajo de billetes, le dijo que eso y más era para él y que cargara con lo indispensable para irse con ellos.

Esto a Coyazo no le estaba gustando nada, no pensaba en el dinero sino en que era la primera vez que le pasaba algo así; hasta los más millonarios hacían fila ante su puerta por varias horas, esperando que los recibiera.

La mujer del curandero ya estaba desesperada y le aconsejó que mejor se fuera con ellos, al cabo que para él ningún mal era imposible; además era mucho dinero el que le ofrecían.

―Vete, m’hijo, revisa al chamaco. A lo mejor nada más está empachado y ellos creen que está grave, ya ves cómo es la gente rica, todo se les hace delicado. Aprovecha para que les saques todo lo puedas, no toda tu vida vas a andar de curandero pobretón, mi cielo.

Coyazo se llevó las manos a la cabeza, su mujer lo estaba haciendo dudar. Él ya tenía sus años y a lo mejor esta era la buena para retirarse. Tomó el dinero y sin contarlo se lo dio a ella.

Agarró un maletín de médico, alguna ropa, y subió a la camioneta. En sus ojos negrísimos brillaban chispas de inteligente cautela, nada escapaba de su vista, pero iba nervioso, debía andarse con cuidado, pues según las pláticas entre los que iban en la camioneta, el tal don Rodolfo era el hombre poderoso de una vasta región; había sido gobernador y se había enriquecido de manera escandalosa, por eso ahora sus pistoleros andaban tan bien armados.

Quince horas después, llegaron al casco de una hacienda; se abrió una puerta de metal y la camioneta recorrió dos hectáreas de jardines. El mismo don Rodolfo salió a recibirlo, iba acompañado con algunos guardianes, uno de ellos revisó el maletín que llevaba Coyazo en las manos.

―Con que usted es el famoso galeno, por ahi me dijeron que se negaba a venir, sépase que a mí nadie me dice que no, y mucho menos si es para curar a mi hijo.

―¿Dónde está el muchacho? Déjeme revisarlo para ver qué puedo hacer por él.

―Usted lo va a curar, por eso lo mande traer. Y no coma ansias, mañana lo verá. ¿O me va a salir chambón como los demás? Ya le traje doctores eminentes, santeros y hasta magos y nada. Como no pudieron, se quedaron a vivir aquí, ¿quiere conocerlos?

Coyazo no sabía de qué carajos hablaba ese hombre; si aquellos se habían quedado a vivir en ese lugar, para qué requería entonces de sus servicios.

Le dieron de comer y después lo pasaron a una habitación inmensa, pero antes de cruzar el último pasillo, miró de reojo un salón decorado en forma de calabozo, con torreones y construido con canteras enormes. Del altísimo techo colgaba cinco pequeñas cabezas reducidas en la técnica de los jíbaros africanos y barnizadas con cuidado y arte. “Sala de médicos”, decía una placa de bronce en el arco de la entrada.

Coyazo era un hombre valiente y educado en el yoga, esos gestos aparatosos estaban muy lejos de asustarlo, le parecían ingenuos, de gente vulgar que le sobra el oro. Su verdadera preocupación era la de cómo ayudaría al hombre joven que vivía postrado en una cama sombría, en lugar de andar por los campos como un tigre, al aire libre.

Al día siguiente, muy temprano, luego de un desayuno abundante, lo llevaron a la habitación del muchacho. Estaba sobre una cama lujosa y de esmerada pulcritud, pero él era un desastre. Luego de meses de inmovilidad, la piel se caía en pedazos de brazos y piernas, maceradas en cremas finas. Desde cada brazo se prendían triperío de cables y zondas conectadas en las venas, en el vientre, en la boca, en el ano, en el pene. La cama estaba rodeada de aparatos quirúrgicos muy sofisticados, pantallas prendidas, computadoras, tanques y bombas de oxígeno: el espectáculo de la muerte aplazada a punta de técnica y billetes.

―¿Cuál es el nombre del joven ―preguntó Coyazo a la mujer que le habían asignado como su asistente, una enfermera eficiente y guapa.

―Se llama Rodolfo también, como su padre.

Con firmeza y respeto, el taumaturgo habló al joven.

―Rodolfo, despierta. Vine a visitarte.

Con esas puras palabras sucedió un leve milagro: tres dedos de la mano izquierda vibraron, un movimiento tan ligero que nadie supo verlo pero que para Coyazo no pasó desapercibido.

―Voy a pasar una hora contigo, quiero saber mucho de ti. Para sanarte, para que recuperes las acciones de tu cuerpo. Vendré a verte también a media tarde, y así todos los días hasta que podamos hablar con calma. ¿Quieres hacerlo?

Ya no se registraron movimientos.

El visitante pasó el resto del día revisando con cuidado las entradas y salidas de aquel muchacho que había sido tan vigoroso, pero que el destino le jugó una mala pasada. Ahora parecía un saco de huesos descoyuntados. Estuvo con él por largo rato, todos sabían que el chamaco tenía una lesión medular y obvio que necesitaba un trasplante, eso de seguro rebasaba los conocimientos del forastero.

Según don Rodolfo, su hijo ya había pasado quien sabe por cuantos hospitales sin resultados buenos, y si esta vez el espiritista recién llegado no le atinaba, tendría que conseguir una médula por la mala, pero ese trabajito se lo dejaría a un cirujano, al fin que la gente aquí se pierde a cada rato, o se desaparece para siempre. Esa sería la siguiente estrategia de don Rodolfo, secuestrar gente hasta conseguir la médula que conseguiría para su hijo los nuevos pasos de su vida. Pero antes quería ver con sus propios ojos qué tan bueno era el espiritista que, se supone, tendría que dejarlo sano otra vez.

No tan espiritistas eran los métodos de Coyazo, pero él se dejaba querer: que le dijeran espiritista o médico o taumaturgo le daba lo mismo. Lo cierto es que había aprendido a combinar el vasto conocimiento sobre las yerbas medicinales que le había enseñado con paciencia y años su padrino Alfonso Arámbula, de quien había sido ayudante en su comercio y en muchos viajes de ventas por casi todos los poblados de México y, sobre todo, con su entrenamiento militar en un monasterio chino, donde su padre lo había abandonado de niño luego de arrebatárselo de los brazos a su madre, por una venganza pasional. Allí había aprendido secretos de la santería y trucos de lo que en Occidente se le llama meditación trascendental. Era eso y también su natural capacidad de observación de la conducta humana.

Al día siguiente volvió a subir a la habitación donde Rodolfo yacía, pero ahora él parecía distinto, como que hubiera recuperado la esperanza. Tomándolo de ambas manos, con firmeza y dicción perfecta, el visitante lo saludó con estas palabras:

―Allá afuera hace una bonita mañana, Rodolfo. El sol te espera.

Se quedó quince minutos en silencio, como esperando una respuesta.

La única que llegó fue un leve latido que se sintió en el torso de la mano izquierda.

Al sentirla, Coyazo volvió a hablar:

―Muy bien, amigo. Ya supe que estamos en contacto. Qué bueno, hijo, porque en esto la comunicación es de vida o muerte.

Pasaron diez minutos y llegó otro latido, ahora en la mano derecha.

―Eso es, amigo. Ya nos vamos entendiendo. Te voy a platicar cosas y a veces te voy a preguntar algunas dudas que yo tenga. Solo me tendrás que contestar sí o no. Cuando sea sí, me harás una seña como tú puedas con la mano derecha. Cuando sea no, me lo dices sintiendo la mano izquierda. ¿Estás de acuerdo?

Con toda paciencia esperó la respuesta, que efectivamente llegó muy tenue con el dedo pulgar de la mano derecha.

Con palabras muy claras y elevando la voz, Coyazo le platicaba al muchacho todo lo que se le ocurría que estuviera sucediendo en su estado de postración, en los días anteriores al accidente, le preguntaba su opinión de cualquier cosa: ¿te gusta el color de las paredes de este cuarto?, ¿tienes deseos de comer carne?, ¿amas a tu novia, quien te visita todas las tardes?, ¿tienes alguna querella contra tu papá?, ¿crees que saldrás de esta?

Así pasaron los días. El curandero espiritista le explicaba los ejercicios y masajes que le iría aplicando, le preguntaba si había dolor, placer, miedo, nada, en cada movimiento que le marcaba, a veces con mucho cuidado y muy lentamente, otras con brusquedad, casi de manera agresiva.

La respiración del joven se fue restableciendo, los movimientos de sus intestinos se fueron haciendo regulares, disciplinados. Poco a poco aumentaba la capacidad móvil de los dedos y las articulaciones se hacían más sensibles; día con día se estaba construyendo el milagro. En el diálogo supo que no había nada torcido ni psicosomático en el estado de salud de su paciente, todo era mecánico y bioquímico. De su alforja sacaba frasquitos y hierbas que nadie conocía con polvos, gotas, pócimas que él mismo preparaba algunas madrugadas.

Don Rodolfo vivía muy atento a los avances de su muchacho y tenía accesos de entusiasmo. A veces cenaba con Coyazo y le llevaba regalos valiosos, una hebilla de oro puro, un collar de esmeraldas para que le mandara a su mujer, un montón de billetes en una caja de zapatos. Todo lo recibía Coyazo con naturalidad y sencillez, como si fuera cosa normal y cotidiana. Sabía que esto no era asunto de riquezas, sino de paciencia y disciplina, sobre todo del muchacho, que por lo demás era un maravilloso colaborador.

Tres meses después, en la sesión de la mañana, Coyazo le dijo:

―Muy bien, mi amigo. Este es el día en el que tienes que incorporarte tú solo. Si necesitas, apóyate en mi brazo, pero, ante todo, tienes que doblarte tú mismo, aunque duela. Ya estás listo para hacerlo: quiero ver cómo lo consigues.

Temblando el cuerpo completo, haciendo alguna que otra mueca dolorosa, el enfermo se incorporó en la cama. Parecía un milagro, el de un muerto que regresa. Pero era parte de un entrenamiento riguroso.

―Exacto así, Rodolfo. Ahora tienes que decirme algunas palabras, recuerda el lenguaje y dime lo primero que se te venga a la mente.

Esperó media hora. La boca del joven oscilaba, el círculo de sus ojos era intenso, pero solo hubo silencio.

―No importa. Mañana lo intentarás de nuevo, no te apures. Bastante conseguiste por ahora.

Pasaron otros tres meses. A la siguiente semana Rodolfo consiguió hablar y pidió agua fresca, más adelante pudo bajarse de la cama y apoyarse en sus dos piernas, todavía casi inmóviles, después ya logró comer sin sondas y recuperar el sabor y la energía de los alimentos. Un año había pasado Coyazo en aquella mansión, como una especie de gurú del paralítico que poco a poco dejaba de serlo. Un caso difícil, sin duda, y quizá milagroso. Ejercicios, medicamentos naturales y comunicación intensa.

Lo despidieron como a un héroe. Rodolfo chico lo abrazaba como a su propio padre, el que de nuevo le dio la vida. Don Rodolfo hizo a su nombre un fideicomiso abundante para que los gastos del resto de su vida estuvieran resueltos. Los ayudantes lo regresaron a Chihuahua en otra camioneta grande, con lujos y consideraciones.

Su fama ya no existía, un año de ausencia es demasiada para que perduren las leyendas; la memoria colectiva es frágil. Lourdes, su mujer, lo recibió con cariño y sencillez, muy contenta con el regreso de su marido y de que ya no fuera tan famoso ni milagrero.

domingo, 9 de agosto de 2026

El box

 

El box

 

Por JChM

 

Los sábados en la tarde, cuando llegaba de la obra, Manuel ponía la hielera con cervezas y hielo, se sentaba fuera de la casa al aire libre, viendo pasar la gente. También miraba su hijo, quien jugaba en la tierra con sus primos. Le habló:

―Chumel.

―¿Qué pasó, papá?

―Te voy a dar un peso si te das un tiro con Chuy y le ganas. Y dos, si le sacas el mole.

―Pero papá, andamos jugando. Además, no me ha hecho nada; tú me enseñaste a que me defendiera en la escuela, pero Chuy es mi primo.

―No seas rajado, ¿a poco le tienes miedo?

Para nada me tenía miedo. Chumel tenía ocho años, yo era un año mayor que él y estaba más alto, pero él era ligero y fuerte, más vago y peleonero.

Entre más se emborrachaba, más necio se ponía Manuel con el muchacho. Quería verlo pelear, lo valiente que era, muy hombre como su padre. Lo fregaba cada rato.

―Órale, m’hijo, no le saque. ¿A poco porque es más grande?, entre más altos son, más recio caen. Si no, voy a pensar que eres culey.

Por mala suerte, me tocó ganarle en la rayuela; fue casualidad, porque él siempre ganaba, era hábil para todo. Pero esa vez le atiné a la lanzada y le partí su trompo en dos, sin querer, uno de encino bien bonito que le había traído de Guadalajara su padrino.

Me dio un empujón contra una barda de piedra, me raspé los brazos y salió sangre. Pero no era suficiente mole, en cuanto me levanté me apaño con un golpe en la cara y, al cruce, con el otro puño. La nariz es escandalosa, mi camisa quedó pintada de rojo. Y así le hubiera seguido, si no llega Pablo, mi hermano, y me aliviana por lo menos a que ya no me siguiera surtiendo.

Cuando terminó el pleito, Manuel se sentía orgulloso de su hijo, qué muchacho tan bueno para los trancazos.

También vio con tristeza que ya nada más quedaban dos cervezas en la hielera. Y como le había dado lo del chivo a su señora, ya no traía ni un centavo para las otras.

sábado, 8 de agosto de 2026

La ciudad encantadora

 

La ciudad encantadora

 

Por JChM

 

Salgo a la calle en la mañana fresca, con los colores realizados en el azul del horizonte, señalado por el sol desde el Cerro Coronel. La gente camina tranquila o apresurada rumbo al trabajo, o circula en su automóvil. Algunos nos congregamos en la estación Catedral del Metrobús, donde a esa hora hay dos filas.

La gente es allí bien educada, respeta el espacio y el turno de los demás, aunque a veces llega algún ansioso o ansiosa que se mete en la fila de forma abusiva, pero nadie muestra enojo con ellos, los dejan pasar con indiferente paciencia.

Las horas pasan distintas para cada quién; un extenso ambiente de individualismo se ha instalado en las relaciones sociales y hasta familiares, de tal forma que ahora las personas viven más tiempo solas que acompañadas, aunque en su soledad muchos andan conectadas con otras a través de teléfonos celulares o computadoras. Una vivacidad llena de fotos y de palabras circula en las redes sociales, donde se inventan formas nuevas de las ideas y de los sentimientos.

Al final de la jornada laboral, otra vez se inicia el peregrinaje: llegan autobuses llenos; en las calles más transitadas pasan hileras de automóviles donde van personas impacientes, algunas, otras muy tranquilas y relajadas.

Yo me bajo en el centro y recorro la Calle Libertad, que todos los días parece una feria pueblerina. Un montón de ancianos deambulan por allí todo el día y ocupan las bancas de la calle y de la Plaza de Catedral, leyendo periódicos y mirando de reojo cada persona que desfila frente a sus ojos. Se me ocurre pensar que nada se les escapa y que conocen o inventan vida y milagros de los que van pasando.

Como es martes, la Presidencia Municipal instala un foro con sonido y micrófono para los artistas que quieran presentarse.

Invita a todos, pero como no les ofrece pago por su trabajo, se presentan puros improvisados que no cuidan la calidad de su música ni el espectáculo. Casi todos se acompañan con grabaciones de canciones viejas, el lugar común del romanticismo. Bésame mucho, Lloviendo está, Quiero dormir cansado para no pensar en ti, etcétera.

El de hoy es un señor como de unos 70 años con canciones del viejo rockanrol mexicano. En las bocinas suena la pista de Popotitos. En el micrófono, el viejo canta con voz desafinada, pero con ritmo. Ni siquiera pretende vestirse con alguna galanura antigua o de moda, no sé, cierto decoro. Al contrario, trae un pantalón de gabardina gris, tenis y un suéter azul marino deslavado, como de quien ya no espera nada.

El único toque de elegancia es que, en la hora y media que duró su show, nunca se puso a bailotear con ninguna de las canciones, sino que muy serio se concretaba a mirar firmeza a su auditorio, y caminaba de vez en cuando frente al proscenio. Se aventó las obras completas de César Costa, Enrique Guzmán, Johnny Laboriel, Los Hermanos Carreón, Alberto Vázquez.

Cuando me voy de la plaza ya va empezando a oscurecer. La gente va un poco más apresurada por llegar a casa, como yo mismo. A pesar de toda una vida en la ciudad, seguimos teniendo costumbres campesinas, muy sensibles al tiempo, al clima, a la luz del sol y a la sombra de la noche.