lunes, 27 de julio de 2026

La noche en blanco

 

La noche en blanco

 

Por JChM

 

Esteban despertó a las dos de la mañana, el foco de 5000 wats del insomnio iluminó el aire antes de que prendiera la luz del cuarto.

No sabía si levantarse o quedarse tirado en la cama como un bulto en llamas.

Prefirió levantarse. Del archivero de su estudio sacó una carpeta que decía “varios”. Allí aparecieron las tres novelas que no había escrito, vida en jirones, relatos inconclusos como tantas cosas de su inútil vida. También la redacción cuidadosa de varios proyectos con los que había concursado y perdido y guardado por si más adelante.

Nunca se decidía a tirar nada a la basura y se llenaba de papeles almacenados mientras su propia vida era la que se iba a la basura, a la vejez, hacia el absurdo.

Todo resplandecía cuando llegaba la euforia de la manía, pero para estas alturas ya sabe que eso no era el placer sencillo de la vida feliz, sino el quebradizo filo del infierno.

Por suerte ya no le hacía daño, por lo menos en forma cercana, a nadie más que a sí mismo.

Y a pesar de todo, la vida que este día inicia antes de la tormentosa madrugada estaría muy bien, si no tuviera a las nueve de la mañana que iniciar la labor cotidiana del trabajo en la oficina, todo para seguir subsistiendo y pagando la modesta vida de su soledad.

domingo, 26 de julio de 2026

El yonke


 

El yonke

 

Por JChM

 

Había juntado cuarenta mil pesos y un amigo que es filósofo, de los que para todo dan consejos, me sugirió que los diera de enganche para un Honda nuevo, que salen muy económicos de gasolina.

Yo le había echado el ojo a este Volkswagen, que lo tenían abandonado en un patio, lleno de óxido y casi hecho garras, a ver si me lo vendían para repararlo poco a poco y dejarlo bien bonito, como lo ves.

Y sí me lo vendieron, pero se despacharon con el cucharón del pozole, me lo dieron bien caro, pero ni modo.

Yo tenía ganas de tener este tipo de automóvil y ahi la llevo; una amiga que tiene un yonke en la colonia Rosario me consigue las piezas, porque le faltaban hasta las manijas de las dos puertas y un fénder delantero.

Me encanta mi carro, todo mundo me lo chulea; aunque a veces falla y me deja tirado a mitad de la calle, y entonces luego luego le llamo a mi amiga que si tiene equis refacciones o me las pudiera conseguir.

Ya hasta nos hicimos medio novios, hemos ido al cine dos o tres veces y un domingo salimos de paseo fuera de la ciudad; allí sí me sentía muy seguro en carretera porque ella lo sabe todo de mecánica, llevó su caja de herramientas que la trae súper equipada: pinzas, desarmadores de todos, taladro, cables, una batería nueva, frascos de aceite, líquido de frenos, bandas y cuanta madre.

Ando muy a gusto con esta mujer, pienso comprarle un anillo carísimo para ver si me da el sí.

martes, 21 de julio de 2026

La jardinera

 

La jardinera

 

Por JChM

 

Este arbusto ocre fue lo último que dejó mi tía Oralia antes de irse; los pocos meses que vivió en nuestra casa también sembró en el patio de atrás un árbol de manzanas, un rosal de flores blancas, una granada y una planta de sábila muy vigorosa, como ella.

Ejercitaba una energía increíble, a pesar de que ya tenía 63 años cuando enviudó. Su hermana, mi madre, la invitó a vivir con ella mientras pasaba el duelo y se arreglaban los asuntos de la herencia, porque mi tío Dimas la dejó literalmente en la calle, con una pensioncita del seguro social y la modesta casa donde vivieron los 41 años juntos y solos, pues no tuvieron hijos.

Él era buena gente, pero la celaba mucho, siempre estaba molestándola con historias que se inventaba de miradas, sonrisas, albur de amor de pasado y futuro; la obligaba a vestirse casi de monja, la separó de sus amigas, de la familia, la quería tener encerrada, nunca la llevó de viaje ni le compró un automóvil, ni joyas ni perfumes, era un miserable.

Y por supuesto que jamás la dejó trabajar.

Nadie se explica cómo un señor que era tan poquito y necio consiguió doblegar a una mujer tan esplendorosa como mi tía, que además era muy guapa, eso se ve en las fotos de la familia y en lo que platican de ella.

Pues a ver cómo le va ahora que se fue a vivir a Denver. Vendió su casa, mi primo Jacinto le enseño a usar la computadora y a navegar en Internet, tramitó su visa, se contactó con mi prima Iris, que vive allá, consiguió un empleo muy bueno en una empresa de jardinería del marido de Iris, y hasta rentó desde aquí un departamento en el centro.

A principios de año se fue, ojalá le vaya bien.

sábado, 18 de julio de 2026

Un éxito de librería


 

Un éxito de librería

 

Por JChM

 

Andaba feliz el escritor Beto porque el viernes siguiente se presentaría un libro suyo; la invitación ya estaba en todas las casas del pueblo. En una de ellas, Porfirio miraba con rencor el mamotreto de 700 páginas; allí se narraba el idilio de Iris con Calixto, quien supo salvarla del agiotista que tenía agarrado de los estos a su padre y estaba a punto de arrojarlo al abismo financiero, pero en eso llegó Calixto como si fuera El Llanero Solitario y arregló la bronca con su destreza de abogado fiscal.

También se casó con la muchacha, se ganó a puños la simpatía de todo el pueblo, etcétera, todo eso contado con lujo de detalles, historias de alcoba de La Pareja del Año francamente en los linderos de la pornografía, me van a perdonar, pero estos escritores con tal de vender libros son capaces de, estee, ya me salí del tema.

El caso es que Porfirio miraba enojadísimo la novela; la leyó de un tirón, porque desde la primera página se dio cuenta de que la bella Iris no era otra que Tencha, la esposa del autor, y exnovia secreta suya; de esas novias secretas que todo mundo sabe. Así que en cuanto terminó de leer urdió un plan terrible: vendería unas vacas para comprar en la noche de la presentación todos los libros que sacaran a la venta, para al día siguiente destruirlos.

Vacas tenía muchas, así que le valía madre, siguió comprando todo en cuanto llegaba a la librería.

Fue el libro más vendido del año, pero Beto no pudo darse el gusto de firmar ni medio autógrafo. No le hace, decía muerto de risa en los cenáculos literarios donde tomaba café los jueves; gracias al comprador compulsivo pude poner al día las tarjetas y me fui de vacaciones a la Riviera Maya con Tencha y los niños.

No estaba muy seguro de que esto hubiera sido precisamente un éxito literario, pero la verdad es que nunca había tenido un fan tan entusiasta.

miércoles, 15 de julio de 2026

Menú del día: violencia


 

Menú del día: violencia

 

Por JChM

 

Cuando la violencia se hizo cotidiana en la ciudad de Chihuahua, el periódico líder de la ciudad quitó de su página principal las notas policiacas y formó una sección especial con imágenes de sangre y pólvora. Desde ese día, no ha faltado información y carne destrozada, cabezas arrancadas a machetazo limpio y muertos colgados de los puentes.

Dos años antes, la editorial de El Diario de Chihuahua había iniciado un matutino descarado y cínico que no tiene empacho en publicar a todo color fotos atroces y crueles de muertos tirados en el llano, brazos arrancados de raíz y madres llorando a gritos. Se llama El Peso. Tampoco dudan en poner frases como: Les dieron chicharrón a pleno mediodía. Entraron al Oxxo a comprar cigarros y hallaron fuego a punta de balazos. Frenesí en la plaza de los descabezados.

Sin embargo, la violencia es asunto antiguo, su sino trágico tal vez sea parte de la esencia humana. Escenarios de la crueldad y la ira son a veces los recintos más íntimos, el hogar, los lugares donde los niños miran las cosas del mundo por vez primera, con ojos asombrados e inocentes. Un amigo mío contó la historia que a continuación les relato.

En 1961 Esteban era un niño de 8 años; estaba en segundo de la primaria; su hermano Pablo tenía cuatro y Carmela era una bebé de dos. Una mañana de octubre estaban almorzando muy temprano; a la mesa los acompañaba su papá mientras Carmen, la madre, preparaba los alimentos de pie frente a la estufa de leña y platicaba con sus niños asuntos de la escuela de Esteban, de la ropa que Pablo habría de estrenar el día de su cumpleaños.

La vivienda de solo dos habitaciones colindaba, a través de un patio interior, con la casa de Manuel, hermano de Carmen, un tío terrible y borrachín consuetudinario de aquellos niños de periferia; todos vivían en la colonia Rosario, la última orilla hacia el sur de aquella pequeña ciudad casi rural que era Chihuahua a principios de los años sesenta.

La serenidad de aquel almuerzo se quebró de pronto con la entrada violenta de Manuel, quien sin decir ni media palabra, como un traidor veloz empujó con fuerza a Pablo, el padre, y lo derribó de un puñetazo en la mejilla.

Ágil y fuerte, Pablo se incorporó en un relámpago de músculos y brazos. Con voz muy baja, aunque crispada por la ira, le dijo a su violento cuñado: si quieres arreglar algún asunto conmigo, Manuel, o quizá morirte, vámonos afuera, donde no estén los niños.

Aquel traidor de baja estatura y alta cobardía se quedó paralizado un instante, pero luego el alcohol con mezcla de adrenalina trajo de nuevo el brío confuso de los ebrios: De aquí me salgo pura chingada; esta es la casa de mi hermana y a mi ningún ojete me corre.

No terminó de pronunciar las tres últimas palabras. Pablo saltó un metro con vuelo de pantera y sujetó al petimetre en menos que un gallo canta. Sin llegar a quebrárselo, torció un brazo hacia atrás. Luego, en concentrada energía, le cerró un nudo irrompible sobre el cuello con la mano derecha. Con el torpe y furioso Manuel así prisionero, caminó despacio hacia la salida del frente, donde pasa el arroyo de los Álamos, y lo arrojó al barranco como si arrojara un bulto de basura. Y en aquellas grotescas condiciones de alcoholismo y madrugada, Manuel no tenía otra condición que la de basura.

Carmen, la madre, había presenciado la escena desde el principio, primero paralizada de terror, luego aullando de angustia y después suplicando a su marido que no le hiciera daño al hermano, que no destrozara aquel monigote rijoso. Los niños en cambio miraban en silencio, con fascinación y susto, la violencia, la acción rápida y precisa de su padre. Escucharon los gritos sin consuelo de la mujer, a quien el sartén de los huevos estrellados se le había deslizado de las manos y a la caída un sonido como tañido de campana tronó en el suelo.

Pablo regresó en el sonido de su agitada respiración, trataba de calmar su cuerpo y su corazón para devolver tranquilidad a la familia, para buscar desesperado el equilibrio de la casa, para que la herida brutal de la violencia no hiciera más daño a sus tres hijos que esa mañana habían aprendido de golpe que la sangre y los alaridos también forman parte de la vida.

lunes, 13 de julio de 2026

Es tan bonito amarte en pantalla


 

Es tan bonito amarte en pantalla

 

Por Araceli Loya y JChM

 

Neftalí vivía en Chiclayo felizmente casado, como se dice vulgarmente. Su entretenimiento principal era el Internet, donde halló la tierra prometida de su existencia: conseguirse novias virtuales. Como era hábil con las palabras y tenía facilidad para compartir fotos, música y videos de todos los ambientes del espacio cibernético, resultaba atractivo para mujeres soñadoras que también andaban en lo mismo: en esa búsqueda de amor a distancia, ante el hastío de la propia realidad territorial y social y buscaban en otros países una relación, un futuro, pero que, al igual que sus corresponsales, se mentían con ansiedad a sí mismas negando su real intención de sacarle la vuelta a todo compromiso.

Pero una vez a Neftalí se le complicaron las cosas. Una de sus novias, Isabel, con la que ya tenía un año de intensa comunicación, no se conformó con el habitual intercambio de frases amorosas, las sesiones de desnudos frente a la cámara de la computadora y el besito diario de las buenas noches, mi amor, sino que decidió viajar hasta Chiclayo a conocerlo en persona. Trágame tierra.

Le inventó mil pretextos: que había tenido un accidente gravísimo y entonces ella más quiso ir, para cuidarlo, pues lo amaba con devoción. Que viajaría varias semanas a Ecuador: no hay problema, hasta allá lo alcanzaría. Agotó Neftalí todos los recursos de a mentiras y no lograba vencer a la empeñosa y bella Isabel. Ella gastó sus ahorros en llegar desde ciudad Juárez, donde vivía, hasta la república de Chile, a buscar a su hombre. Entonces él tuvo que emplear métodos más concretos: convenció a un grupo de amigos a que se hicieran pasar por agentes de migración, y entre que la ayudaban y otro tanto la amenazaban, así lograron controlarla e impedir que conociera a su amado Neftalí, quien le tenía tanto miedo a su esposa real que se hizo ojo de hormiga hasta que a Isabel se le acabaron los recursos y tuvo que regresarse a su tierra.

domingo, 12 de julio de 2026

Borges


 

Borges

 

Por JChM

 

José Luis Ramírez no parecía poeta sino mascarrieles. Pero lo era. No muy bueno, por cierto, pero hasta había ganado premios nacionales y toda la cosa. Desde el primer premiecito municipal se trepó al ladrillo y lo perdimos; enloqueció de manera atroz y ni remedio en la botica.

Renunció a su modesto empleo, ya era poca cosa para tamaño Borges del rancho; se divorció de su señora que vivía en Delicias, no le daba suficiente dinero para las exigencias de poeta laureado, la muy tonta se negaba a ser mecenas de La Gloria; abandonó a su hijita a pesar de que la quería mucho y le dedicaba poemas. Empezó a portarse grosero con los amigos, que lo toleraban con paciencia y antiguo cariño; les escribía cosas tremendas en los pasquines: de burgueses, mediocres y lectores poquitos no los bajaba.

Pero muy pronto se le acabó el dinerito del premio y empezó a pasar aceite. En su cuarto de vecindad se acumularon recibos pendientes y en el refri no había ni frutas ni verduras. Gulp, pues ni modo. A buscar trabajo. Como siempre que andaba en apuros, de inmediato fue con su amigo David, a quien había llamado burócrata inútil del mester de culteranía, lo menos, pero no importaba; aquel era hombre maduro y generoso, a eso se atenía el desquiciado bardo.

―Pues aquí me tienes de nuevo, amigo, navegando en esta sociedad injusta que no aprecia a sus poetas.

No tenía empacho en llamarse poeta a sí mismo, lo cual sonaba ridículo en aquellos terregales.

―¿En qué puedo ayudarte esta vez, José Luis?

―Lo primero, ver si me podrías prestar tres mil, para nivelarme. Tengo vencidos el gas, el agua, la luz, el cable y el Internet. Segundo, ver si me podrías dar trabajo aquí. Pienso que es fácil, eres el director.

David en ese entonces lo era, de la preparatoria federal.

―Pues mira: lo primero, imposible. Los tres préstamos anteriores jamás los pagaste. Si te doy otra vez, de seguro se te va a volver a olvidar, ya me debes mucho.

―Tú sabes que quiero pagarte, pero no se ha podido. Metí mi engargolado al Premio Aguascalientes; en cuanto gane te pago, lo de antes y lo de ahora. Aliviáname.

―Pues no. Pero tienes suerte en lo segundo. El bibliotecario de la escuela ya está muy viejito, inició los trámites de su jubilación. Por lo pronto, veme trayendo tus documentos.

―¿Cuáles necesitas?

―Lo de siempre: acta de nacimiento, el curp, certificados de estudios.

―No, espérame. Los únicos papeles que tengo son donde vienen escritos mis poemas; mi universidad son los libros del Fondo de Cultura Económica, en eso me parezco a Juan José Arreola, como tú sabes.

―Pos sí, José Luis, pero a Arreola le tocó el epicentro de la guerra cristera, no había escuelas; y él trabajó años como editor en el Fondo. Tú en cambio… ubícate, maestro.

―Pues nada tengo qué envidiarle a Arreola, para que te lo sepas. Mira, voy a ver si hallo al que fue director de la prepa en Barrio Viejo para tramitar mi diploma de bachillerato. Y me voy a inscribir en la licenciatura de filosofía en línea, en dos por tres me titulo de lo que ya soy, un filósofo con toda la barba.

Para quitárselo de encima, David le dijo que estaba bien. Con amistosa solidaridad le ayudó a zanjar los requisitos burocráticos en la SEP; a los cinco meses le dio posesión de la biblioteca. José Luis entró por la puerta con burbujeante regocijo, a vivir entre libros y emular al mismísimo Borges, quien había sido bibliotecario en Buenos Aires.

Todo iba bien, en poco tiempo ya hasta segunda esposa tenía y a su hijo le llamó Jorge Luis, como él mismo debería haberse llamado, bueno pero ni modo, el nombre no importa si es uno casi la reencarnación libresca del insigne colega.

Pero Ramírez era ingrato de nacimiento. A los dos años ya no podía soportar que David fuera su jefe, que viajara a México, a todos lados; que ganara más, siendo a todas luces tan inferior a su intelecto, según él, quien además seguía siendo el campeón de la alabanza en boca propia es vituperio. Una vez le dijo en una fiesta literaria, ya entrados todos en copas, muy entrados:

―Pues mira, David, y perdóname que te lo diga con brutal sinceridad. A ti lo que te molesta es mi grandeza. Y esa, óyelo muy bien porque no te lo voy a repetir, no tiene fecha de caducidad.

David no le contestó. Su talente fue siempre sereno y además conocía las necedades de su amigo, y que borracho era poquito peor. Se fue a otra tertulia, lo dejó hablando solo.

José Luis era como una mula, terco. El lunes siguiente inició una campaña para tumbar al director, a su amigo, al que le había dado trabajo incluso sin cumplir los requisitos escolares. Revivió antiguos lenguajes anarquistas, frases viejas de jerigonza sindical; logró convencer a dos conserjes y a un profesor de civismo de hora clase a que exigieran sus legítimos derechos en un parque del centro, con mantas y aparatos de sonido. Se estrenó como orador político, pero la gente se aburría porque le metía demasiada morcilla al discurso, nadie entendía ni papa.

El precario movimiento sindical fue un fracaso; uno de los conserjes fue despedido y al profesor no le dieron ya grupos. Ramírez salvó el pellejo otra vez por la magnanimidad de su amigo, aunque vivía convencido de que era por su prestigio de escritor; cómo no, en un pueblo donde nadie lo conocía y los pocos lectores del lugar jamás lo pelaban, leían a Borges y a Juan José Arreola, no a su imitador.

A pesar de todo, la carrera literaria de José Luis rendía algunas satisfacciones para él. Fundó el Taller Literario José Luis Ramírez, y algunos incautos de verdad andaban fascinados con su aparatoso magisterio. Escribió el libro de sus memorias de cuando era muy pobre y huerfanito recogía comida en los botes de basura. Hizo un libro de leyendas que no tuvo éxito, le metió demasiada mentirita de su cosecha a las desdibujadas historias populares que había recopilado en las cantinas. Pero ahi la llevaba. Varios libros suyos había impreso el Gobierno del Estado y estaban listos para la posteridad en bodegas oficiales.

También le llegaba alguna que otra invitación, una vez hasta fue a Canadá y le publicaron un libro bilingüe de sus poemas que durante años no se cansó de presumir. Agarró la costumbre de perorar sobre cualquier tema: a unas señoras de Juárez les dijo en un congreso feminista que a ellas las matan porque no han sabido guardar los valores familiares y a veces se vestían como pirujas; por poco lo linchan. Escribió un libelo donde afirmaba que a las mujeres poetas de Chihuahua les faltaba calidad literaria y les sobraba ginecología. Lo invitaron a un programa semanal de radio y ya no lo soportaron, tuvieron qué correrlo; él dijo que había sido por la injusticia y la envidia de su talento incomprendido.

Pronto llegó el segundo divorcio; no había mujer que pudiera vivir con un ego tan enfático. Y ese fue su Waterloo. No fue capaz de suicidarse, como lo había poetizado en uno de sus libros, pero le entró una depresión de meses que lo obligó a pedir un permiso en el trabajo y ausentarse del pueblo para buscar horizontes promisorios. A punta de suplicas por correo electrónico consiguió que lo invitaran a Chile, a un encuentro internacional de poetas, y que la presidencia municipal le pagara su pasaje en avión. Y ese avión, al caerse al mar y desaparecer en el fondo, fue el que puso punto final a la carrera literaria del prócer, y a su vida.