sábado, 4 de julio de 2026

Cucaracha

 

Cucaracha

 

Por JChM

 

Como vivió muchos años de alcoholismo intenso, Benjamín usaba su pasado como chantaje para ser casi un inútil. Diez años antes, su familia lo había abandonado, luego de aguantarlo con resignación largo tiempo, esperando que por fin cumpliera las promesas de curársela, pagar los recibos, no desvelarse, conseguir empleo, enderezar el rumbo.

A pesar de todo, algunos haraganes tienen suerte: la hermana de Benjamín tenía una casa grande, alma generosa y mente de ingeniera civil que funcionaba como relojito. Le ofreció un techo confortable e independiente; pero como lo conocía bien, le dijo:

―Aquí vas a vivir, y no tienes que pagarme renta, solo paga los servicios de tu lado. También tienes que buscar dónde comer, porque yo trabajo y no tengo tiempo de darte. Hay manera de poner tu cocina o algo, a ver cómo le haces. Vamos a ser buenos vecinos, ya verás, eres mi hermano y te quiero mucho.

Benjamín pudo vencerse a sí mismo y vivió algunos meses con armonía, hasta con alguna modesta felicidad. Consiguió empleo, pagó los mínimos gastos que le había encargado la hermana y se inscribió en un comedor familiar que había en el barrio; cocinar, ni pensarlo, era demasiado pedirle.

Pero cuando lo corrieron del trabajo otra vez, por las causas de siempre, tuvo la precaución de no decirle a su hermana. Esperaba que ella y su hijo salieran de la casa grande para entrar con mucho cuidado, buscaba en la alacena cosas discretas qué llevarse, latas, galletas; abría el refrigerador y vaciaba un poco de leche, cortaba una rebanada de queso, algún aguacate. Acomodaba las cositas para cubrir los huecos, que no se notaran.

Cuando regresaba a su cuarto le llegaba muy pesada la soledad, se sentía una cucaracha de la casa de junto cuyas antenas quizá detectan la alimentación y la buscan en los rincones, rogando al cielo que en ese momento no regresen los dueños y prendan la luz y lo miren, oscuro y tembloroso.

viernes, 3 de julio de 2026

Zona de olvido

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Zona de olvido

 

Por JChM

 

Esta mañana, al subir al camión, un cantante arruinaba el ambiente. Su canción era tediosa y amargada, sin más esperanza que unas monedas. Me impresionaba su indiferencia absoluta por el entorno; tocaba la guitarra sin ánimo, el ruidoso instrumento astillado en algunas partes, reseco, la pintura desvanecida por los años.

Cuando terminó de cantar se dirigió al pasaje para pedir como pago de su canto una ayuda, lo que sea su voluntad.

Fue entonces cuando lo reconocí; esa voz venía desde un pasado lejano, de cuando existía la felicidad. Era mi hijo, a quien desde que él era joven escuché por última vez cuando nos dijo a su madre y a mí: Me voy. Esta familia no funciona, ustedes hace mucho debieron haberse separado y aquí siguen ofendiéndose de manera cada vez más sórdida. Ya me cansé de su vida tan envilecida, del odio que se tienen Por eso el que se va soy yo, ya lo tengo todo previsto. Nunca me busquen, no me hallarán y para nada quiero volverlos a ver. Adiós.

Y así fue por años hasta que llegó lo que parecía imposible: el olvido. Que el propio hijo se volviera opaco.

Y ahora veo a este humildísimo cantador que trata de juntar unos pesos, maltrecho, pero con aquella voz juvenil de cuando fue mi hijo, mi alma.

La noche en blanco

 

Diseño gráfico: Copilot IA

La noche en blanco

 

Por JChM 

Esteban despertó a las dos de la mañana, el foco de 5000 wats del insomnio iluminó el aire antes de que prendiera la luz del cuarto.

No sabía si levantarse o quedarse tirado en la cama, como un bulto en llamas.

Prefirió levantarse y del archivero de su estudio sacó una carpeta que decía “varios”. Allí aparecieron las tres novelas que no había escrito, vida en jirones, relatos inconclusos como tantas cosas de su vida inútil. También la redacción cuidadosa de varios proyectos con los que había concursado y perdido y guardado por si más adelante.

Nunca se decidía a tirar nada a la basura, se llenaba de papeles almacenados mientras su propia vida era la que se iba a la basura, a la vejez, hacia el absurdo.

Todo resplandecía cuando llegaba la euforia de la manía, pero para estas alturas ya sabe que eso no era el placer sencillo de la vida feliz, sino el quebradizo filo del infierno.

Por suerte, ya no le hacía daño a nadie más que a sí mismo, por lo menos en forma cercana.

Y a pesar de todo, la vida que este día inicia antes de la tormentosa madrugada estaría muy bien, si no tuviera a las nueve de la mañana que iniciar la labor cotidiana del trabajo en la oficina, todo para seguir subsistiendo y pagando la modesta vida de su soledad.

sábado, 27 de junio de 2026

A la deriva

 

Diseño gráfico: Copilot IA

A la deriva

 

Por Jesús Chávez Marín

 

Abro los ojos y lo que veo son estas ramas negras y al fondo un lago tranquilo. Parece que estuvieran al principio del mundo, y no solo a principio del año; otro tiempo más de fracaso.

¿Quiénes son esas personas que ayer parecían tan felices comprando regalos de última hora, tomando brandy a hurtadillas como adelanto de la cena que viene, la Noche Buena? Las parejas van de la mano con absoluta confianza y cariño.

Por supuesto que no los envidio, jamás seré ese blando señor que por una brizna de alegría fue vendiendo su alma al tedio.

Nadie me ama, es cierto, pero tampoco dependo de ningún afecto. Soy el paria en las pocas casas a donde llega, el que se queda un rato y luego se va; sigue caminando por el rumbo de su completa libertad.

Si me hago alguna de las preguntas que nunca dejo llegar, podría saltar esta: ¿libertad para qué, para dónde? Soy un cuerpo a la deriva.

La Navidad frente a la televisión y el Año Nuevo en la botella de whisky, sin medida, no me procuran plenitud, por más que en los vapores del viaje alcohólico se revele algún espejismo de ingenio, que luego se esfuma.

Solo queda esta biología torturada que ahora late con violencia en las sienes queriendo reventar un cerebro estéril. Tengo 64, ¿ya para qué me esfuerzo? Nadie me espera, muy pocos habrán de acordarse de mí cuando haya muerto.

miércoles, 24 de junio de 2026

Una esfera en la neblina

 

Una esfera en la neblina

 

Por Jesús Chávez Marín

 

Helada la sombra que desde el firmamento nos espera; plena de esperanza para algunos bendecidos con la fe, maravilloso regalo; abismo de la nada para otros que se consuelan con la plenitud de la tierra o se olvidan de su alma, cierran los ojos.

Helada la luz en la esfera infinita de la memoria, la colectiva y la encarnada, donde moran tantas criaturas y donde se van apagando al anochecer algunos luceros, marchitas neuronas.

Helada la muerte, a la que nadie procura mirar hasta que llega el dolor infinito cuando alguien se despide para siempre; esa región a donde una vez me fue arrancada la sonrisa bondadosa y feliz de Pedro mi hermano, y donde allá muy lejana me saluda, con su manita de bebé, mi hermana Malenita, ángel niña de una familia que siempre la ha venerado con ternura suave y gozosa.

 Helada la luna que al centro de la foto posa para la cámara del artista y yo digo en voz alta esta frase del gran maestro mexicano José Joaquín Blanco: La vida es corta y además no importa.

lunes, 22 de junio de 2026

El hotel del insomnio

 

El hotel del insomnio

 

Por JChM

 

Salí de la habitación, había dos grandes tortugas atadas por el cuello con un aro de plata y su cadena, sujetas a un árbol. No se movían, ¿para qué? ¿para dónde? Parecían de piedra, pero estaban vivas en sus ojos milenarios.

Saqué mi caja de Marlboro rojos, procuro disimular conmigo el horror de las fotos espantosas que imprimen en las cigarreras como campaña contra el tabaquismo: se ven hombres más jóvenes que yo muriendo de asma, conectados a tanques de oxígeno industrial; niños esqueléticos, pulmones cristalizados de tizne. ¿Serán actores los modelos de esas fotos? ¿Serán enfermos hiperrealistas en pleno dolor, retratados para escarmiento en cabeza ajena?

El humo perfumado y placentero me consuela. En esta parte del jardín, donde reposo la serena meditación de madrugada, veo frente a mí una jaula de fierro pintada de blanco: dentro se acurruca en sus alas un perico, resiste el frío y duerme, inmóvil. Se oye, muy quedito, su respiración; prisionero vitalicio, ya asimiló en el cuerpo sabiduría suficiente para seguir viviendo, a pesar de la crueldad de unos humanos que lo atraparon hace muchos años, quienes lo vendieron en el mercado de carne viva, y otros que lo alimentan en una jaula y limpian el humillado estiércol; estos quizá de alguna manera retorcida y cotidiana lo aman y se sienten orgullosos de tan lujosa decoración.

Madre mía Carmen Marín, ya que amanezca. He sido esas dos tortugas y a veces todavía lo sigo siendo. Soy ese perico silencioso que sueña en un firmamento donde vuela. O lo fui alguna vez, en tiempos más miserables de mi vida. Cuando den las seis, regresará de nuevo mi vertebrada felicidad. Además, estoy de vacaciones, muy merecidas.

miércoles, 17 de junio de 2026

Pluralidad de Penélope

 

Pluralidad de Penélope

 

Por JChM

 

―Y ese suéter tan bonito, ¿quién se lo regaló?

―Ande, es una historia muy curiosa. Me lo vendió una hermana de mi comadre Elvira, que vive en Aguascalientes.

―¿Cuándo fue usted para allá?

―No, si lo compré aquí en Juárez: vino la hermana de mi comadre en un carro lleno de ropa tejida y en una tarde se le vendió todo; venía con ella un jovencito como de quince años, hijo suyo, era el que manejaba el carro.

―Y por qué es una historia muy rara ¿eh?

―Es que, mire: la ropa la traen desde un ranchito que está cerca de La Chona. Dicen que en ese rancho viven puras mujeres solas, nomás con sus hijos ¿ve?, no hay hombres. Uno que otro viejito, claro, pero los canijos maridos casi todos trabajan en los Estados Unidos; a su tierra nomás van por temporaditas, dejan a las mujeres embarazadas y se devuelven.

―Oiga, qué triste. Ha de ser muy feo para ellos vivir lejos de su gente, de sus hijos. Y también para ellas.

―Pues sí, ya ve que casi todos los que se van de mojados pasan la pena negra. Pero esos no, que va. Esos por comodinos. Lo que pasa es que allá en el otro lado les ha ido bien, consiguieron trabajo seguro no sé dónde, entonces muchos ya tienen otra señora, alguna gringa o chicana, qué sé yo, traen hasta carro, ya ve que allá es fácil. El caso es que ya les gustó la vida blanda, ya es la pura maña. Y a las otras tontas ya nomás las visitan, les dejan cualquier miseria de dinero y se regresan muy orondos. Y aquí se quedan las pobres, a ver cuándo les llega carta, o el giro, asomándose todas las tardes a la estación del tren con la esperanza de que llegue el infeliz marido.

―Válgame; ya me imagino los cuentos: pues no, vieja, fíjate que por ahora es imposible llevarte, vieras qué difícil es arreglar papeles y todo eso, chanza que después, más adelante. Pero ¿usted cree?, qué se van a andar llevando a la pobre mujer con tanto hijo, si allá viven muy quitados de la pena con la otra.

―Esa señora, la hermana de su comadre, es muy luchista, ¿verdad? Venirse hasta acá desde tan lejos a vender su ropita, pues para ayudarse.

―Pero no crea que ella sola, todas las del pueblo empezaron a juntarse. Cuando vieron que ya no les mandaban los fulanos, se unieron y entre todas consiguieron una máquina tejedora de las grandes. Luego, luego, empezaron a tejer y a tejer; les salió tan bonita la ropa que ya de los demás pueblos de alrededor llegan y les compran, ya no necesitan salir a ofrecer la ropa en otros lugares. Por ejemplo, mi suéter, ya ve que hasta a usted le gustó, y eso que usted siempre usa ropa tan elegante, tan fina.

―Ande, bueno fuera. Pero el suéter de veras está lindo. La siguiente vez que venga esa señora, me avisa, para ver que me compro.

―Bueno, aunque hasta acá no viene muy seguido, nomás a visitar a su hermana, no a vender. Ahora como venía en carro, aprovechó para traérselo lleno de ropa. ¿No le digo que todo se le vende allá mismo? Ya tienen fama de buenas tejedoras.

―Pues que bueno; para que no sigan atenidas a los desgraciados de sus maridos. Y de una vez habían de mandarlos por un tubo, se lo tienen merecido, ¿no?

―Sabrá Dios. A lo mejor cuando ellos se enteren hasta les mandan pedir prestado, ya ve como son. ¿Le traigo otra tacita de café?