sábado, 17 de octubre de 2026

Lo que había en esa mirada


 

Lo que había en esa mirada

 

Por Jesús Chávez Marín

 

¿Rosalía?, soy Norma, Me da mucho gusto que me hayas agregado y así poderte escribir aquí en el Messenger; es que ando bien triste y no hallaba con quién platicar lo que voy a decirte; es muy delicado y me da mucha pena. ¿Te acuerdas de Renata, la más chica de las primas? Cuando te fuiste a vivir a Denver ella era una bebita y yo todavía no me casaba. Pues ahora es toda una señorita, y muy guapa. O más bien, era, porque no te imaginas lo que sucedió.

Tú no llegaste a conocer a mi marido, porque me casé un año después de que te fuiste a trabajar al otro lado. Sabíamos de ti porque mi tía Lupe, tu mamá, nos contaba todo, de cómo te había ido, de todo lo que batallaste al principio para acomodarte y de cómo a punta de trabajo y de que eres muy lista pusiste varios negocios hasta que le atinaste con la primera tortillería y luego las otras. Todos nos alegrábamos con cada logro y nos entristecíamos cuando te iba mal, como aquella vez en que estuvieron a punto de deportarte y también cuando te divorciaste de Román y te quedaste solita con Rosy chica. La verdad es que todos te admiramos mucho, prima, y sobre todo yo, que siempre nos quisimos tanto desde niñas y también ahora, a pesar de tantos años en que solo te he mirado en fotos. Pero ya me desvié del tema.

Es que es bien difícil, me duele y me da coraje recordarlo. Cuando nos escribíamos cartas llegué a contarte de Gabriel, mi esposo. Te decía que era el hombre más guapo del mundo, además de espléndido y machote; a su lado me sentía segura, en sus brazos la mujer más complacida. Estuve enamoradísima de él desde la primera tarde que lo vi en aquel baile de la Cruz Roja donde tocaron Los Apson; me sacó a bailar y yo sentí que flotaba, bueno, porque además me había tomado dos whiskys a escondidas de mi mamá, ya ves cómo era estricta, Dios en paz la tenga.

En ese entonces también te escribí que a los quince días de ese baile ya vivíamos juntos; era como un sueño de princesas porque él me cumplió como todo un hombre, en cuanto quedé embarazada nos casamos por el civil; como ya estaba esperando, mis papás no dijeron nada, a pesar de que les dolió que me fuera de la casa; nos desaparecimos dos semanas en un hotel muy hermoso de otra ciudad y no regresé hasta que ya no había más remedio. Mira, a pesar de todo lo que ha pasado, y que ya te contaré, te digo que de los 18 años que tengo de casada he sido muy feliz la mayor parte del tiempo; no creo que hubiera mujer más enamorada de su esposo que yo; lo quise tanto como no tengas una idea; los poquitos defectos que le veía se los perdonaba siempre; los rumores que me llegaban de sus andanzas no los creí nunca. Yo era su esposa fiel y el era mi hombre, el mejor de todos para mi corazón. Y es más, a pesar de lo que pasó todavía lo quiero, aunque no deba; nunca voy a amar igual.

No te voy a negar que como todos los hombres él tenía sus detalles, pero mí me trataba casi siempre con cariño, me cuidaba mucho y en todo me daba mi lugar. Eso sí, cuando tomaba se volvía un demonio, lo bueno es que no tomaba mucho; y no que yo no me diera cuenta. Como viajaba, por su trabajo, pasaba noches fuera de la casa; siempre que regresaba lo recibía amorosa, amistosa, como debe de ser, sin preguntas ni dudas. Los chismes que llegaban nunca me intrigaron; él era mi señor y en su casa procuré siempre que se sintiera como rey, porque además ha sido cumplidor con el gasto, a mi hijo y a mí nunca nos ha faltado nada, gracias a Dios.

También debo decirte que nunca me he cegado; el hecho de que yo le tuviera toda la confianza a mi marido no quiere decir que viviera con los ojos cerrados; tú sabes, prima, que las mujeres de nuestra familia nunca hemos sido pendejas. Lo que llegué a ver con mis propios ojos, siempre me parecieron faltas menores: que a veces le echara algún piropo a mi comadre Josefina, toda curvilínea y bonita que es ella, me parecía de lo más natural, nunca fui celosa ni con ella ni con una profesora de la primaria que de plano se le metía por los ojos a Gabriel. Todo era parte natural de mi vida de casada, hasta que un día sí se me prendió un foco rojo.

Fue en la fiesta de 15 años que le hicimos a Gabriel chico. Como fue hijo único, y por lo tanto no tuvimos quinceañera, le organizamos un baile precioso en El Jardín de las Rosas, ¿te acuerdas?, el salón ese muy bonito donde fuimos juntas a nuestra primera fiesta de noche. Invitamos a 200 personas, ofrecimos cena, había whisky, tequila, brandy, lo que quisieran. Gabriel, que siempre ha sido muy medido para tomar, esa noche se dio vuelo con el Etiqueta Negra y se transformó en otro, en uno muy feo. Yo estaba tamañita de que fuera a ponerse violento o necio o, es decir, caliente. Libidinoso. Por supuesto que he conocido siempre ese ángulo de mi marido, esa personalidad maniática que le provoca el alcohol, y toda la noche anduve algo preocupada por lo que fuera a pasar, pero me tranquilizaba verlo tan alegre y sociable, cariñoso con su hijo, atento conmigo, hasta de más, así que me tranquilicé y procuré disfrutar tan bonita fiesta que teníamos, había venido familia de varias partes, allí estaban todas mis primas; casi nada más tú faltaste.

Para esto, no sé si te enteraste de que dos años antes me había llevado a vivir conmigo a mi sobrina Jacqueline cuando murió mi hermana Karla, su mamá. La quería, y la quiero como a una hija, la hija que nunca tuve. Y para Gabrielito es como su hermana mayor. Pues no me lo vas a creer. Ya casi al final de la fiesta Gabriel andaba casi flotando de borracho, pero se mantenía derechito y bien portado; me sentía tranquila pensando que todo aquello que surgía con el pisto ya no sucediera, cuando de pronto tuve que ir por unos platillos a la cocina del salón, y al ir pasando por el pasillo de entrada que voy viendo a Gabriel besando a la muchachita y tocándole las bubis y ella como que se dejaba y como que se resistía, no, tío, no sea malo, le decía, déjeme, y aquel necio apretándose contra ella. ¡Gabriel, qué haces!, le grité. Volteó a verme como si viera el aire, no reconocía, parecía ido. Se había desabrochado el cinturón, se arregló y salió en silencio hacia el salón, como sonámbulo.

Al día siguiente traté de hablar con él, y según esto no se acordaba de nada. Mi gran error fue dejar que todo quedara silencio. Aconsejé muy bien a Jacqueline de que se cuidara mucho, que por su bien procurara no tener mucha relación con su tío, que platicara con él nada más lo elemental, que supiera entender que hay momentos en que el alcohol nos vuelve diablos, que él no es mala persona y es su familia, que le fuera a agarrar mala idea. Y así la vida siguió, con sus altas y sus bajas como siempre, y entonces me tocó que se me encendiera el segundo foco rojo, todavía más rojo que el de antes.

Todos los viernes nos juntamos las amigas de siempre en la casa de alguna, la que le toque, para platicar y algunas también para emborracharse, pero no mucho. Resulta que uno de esos viernes Irene, ¿te acuerdas de ella?, pasó por mí. Siempre me voy en mi troca, por si se me antoja venirme antes o pasar a otros lados por algún pendiente, pero esa vez se me hizo fácil irme con ella, porque además tenía que platicarme algo que después te cuento. Cuando llegó por mí, Gabriel iba llegando a la casa, lo cual me extrañó porque los viernes siempre sale desde mediodía y no regresa hasta pasadas las doce. Esa vez nos tocó reunirnos en casa de Imelda y ella es muy espléndida, cena deliciosa, tres pasteles, cerveza, todo el pisto que quisieras tomar, en fin, estuvimos muy a gusto. Pero cuando regresé a la casa me esperaba una vil traición. Ya había entrado, iba a cerrar la puerta, cuando alcancé a ver algo raro en mi troca. Fui a ver qué era y que voy viendo a Gabriel casi encuerado cogiéndose a una que esa sí estaba toda desnuda y viniéndose como demente, con grititos y gemidos al por mayor. Me quedé helada.

Me retiré muy calladita, no dije nada ni hice escándalo. No entendía cómo se le había ocurrido hacerlo precisamente en mi troca, me parecía eso muy retorcido. En el porche de la puerta esperé a que terminaran, se vistieran. Según ellos limpiaron muy bien todo el asiento de la troca, que no quede huella. Y ya cuando se encaminaron al carro de Gabriel, les grité: Qué bonito deporte agarraron. Yo no sé cómo tuve sangre fría para hacer todo eso, si por dentro me estaba quebrando de tristeza, coraje, desencanto, ya ni sé.

Él no me dijo nada y ella menos, se fueron muy despichaditos. Fue a llevarla y pronto regresó, pero yo me hice la dormida; no quería, no podía confrontarlo en ese momento. Al día siguiente era sábado y antes de que se fuera le dije que necesitaba hablar con él. Para mi sorpresa me contestó: nada tenemos que hablar. A mí no me molestes con tus monsergas. Y fue todo lo que dijo. Desde entonces empezó a tratarme horrible, con la punta del pie. Me chiflaba como si fuera yo un perro o un caballo, qué sé yo. Se le olvidó por completo que yo era su esposa y me hacía sentir que ya solo era para él una sirvienta y luego, cada vez que se le antojara, una puta; aunque se le antojaba cada vez menos, a veces pasaban hasta tres meses sin que me tocara. ¿Y por qué crees? Aquí viene lo más monstruoso.

Porque le puso casa nada más y nada me nos que a Renata, nuestra prima pequeña. No sé cómo la convenció, no sé cómo consiguió ella guardar con la familia el secreto de con quién se había ido a vivir, nada menos que con mi marido. Gabriel andaba en pleno frenesí de lo que se llama la crisis de los cuarentones, con su amante jovencita vuelto loco. No tuvo escrúpulos, no supo respetar a su propia familia, ni a su mujer ni a su hijo. Y te diré que ni a su propia dignidad, porque ahora toda la gente lo mira como a un degenerado, pobre hombre. A veces hasta me da lástima, ya no tiene mirada. Y muy pronto tampoco va a tener esposa, porque le puse una demanda de divorcio que no se la va a acabar.

miércoles, 14 de octubre de 2026

La emoción del alcohol

 

La emoción del alcohol

 

Por JChM

 

Hay un arroyo de la colonia Las Granjas donde se junta cada madrugada una desorganizada comunidad de alcohólicos terminales. Los vecinos ya se acostumbraron a convivir con ellos, a que en las orillas y sobre la arena queden tiradas las botellitas de alcohol 96 compradas en la botica, con ansiedad y monedas reunidas con dificultad.

Los viejos, o que parecían viejos, se han ido muriendo, pero antes llegaron otros más jóvenes y allí se quedaron, camaradas de destino y de esa extraña fiesta silenciosa de los tomadores.

Cuando uno de ellos muere, todos asisten al entierro y desperdician el vital líquido arrojándolo entre la tierra que cae, para hacer el último brindis con el compañero, al cual ya jamás habrán de mirar.

lunes, 12 de octubre de 2026

Un hombre de experiencia


Un hombre de experiencia

 

Por Jesús Chávez Marín

 

Anoche mi amigo Arnulfo me invitó un café, llegamos al lugar y nos acomodamos frente a la barra. Pidió una ensalada de dos kilos que tiene camarones, aguacate, huevo cocido, lechuga al por mayor y pedacitos de nueces o algo así; de tomar pidió un litro de cerveza que viene en un solo tarro gigante. Yo, un café americano.

Y a darle vuelo a la conversación interminable.

Como él tiene ochenta años, y ha sido un industrial exitoso y solitario, ya anda de vuelta de cualquier cosa en lo que pudiera imaginarse que es la vida. Pero el impulso de contar historias no se desvanece con la edad, aunque adquiere tonos y colores algo raros. Un denso fastidio de lo cotidiano; cierto cinismo frente a los pensamientos que solían regir las conductas; algunos puntitos de ternura sin piedad hacia el destino trágico de los seres humanos en sus momentos de inocencia, y la absoluta sinceridad de la propia biografía, cuando ya no tiene nada qué ocultar.

Sin duda fue una velada estrambótica: en los relatos la muerte llegaba sin previo aviso, como una invitada obligatoria y repentina.

Dos horas más tarde, encargó la cuenta, pidió una factura y nos fuimos del lugar igualito que se fueron las voces de leyenda; los personajes muertos también se desvanecieron en el silencio. Quienes aún viven tal vez hayan sentido algún aire de lumbre en sus decrépitos oídos. 

domingo, 4 de octubre de 2026

Voluntad de vivir

 

Voluntad de vivir

 

Por JChM

 

La hija de Sergio y Clementina tuvo un accidente en la carretera que va rumbo a Cuauhtémoc.

Cuando regresaron de sepultarla, no hallaban qué hacer, no querían que nadie los viera, sentían vergüenza de estar vivos mientras su muchachita de 18 años se había quedado en una tumba, muerta.

Tampoco tenían ganas de vivir.

Solo porque había otro hijo más pequeño, al que no podían abandonar a la deriva, sabían, sin decirlo, que al siguiente lunes él volvería al trabajo, aunque sin alma.

Y ella habría de ser, como siempre, diligente y amorosa con ese hijo, amiga buena del hombre que era su marido y en ese momento temblaba a su lado como un muñeco húmedo, sombrío.

sábado, 26 de septiembre de 2026

Hilda se fue

 

Hilda se fue

 

Por JChM

 

―¿Y por qué lo quieres vender, luce como nuevo.
―Es la pura apariencia, ya me da mucha lata. El otro día me dejó tirado a media calle en la Vallarta, tuve que empujarlo tres cuadras en medio del tráfico a pleno mediodía.
―Tantos años lo has conservado; la gente se encariña con sus carros viejos.
―A mí me pasó un tiempo; lo conseguí ya usado pero cuidadísimo. Había sido de una señora que jamás lo sacó a carretera, lo usaba poco y le daba mantenimiento de agencia. Lo compré por Hilda. Ella estaba en un club de pilotos de volskwagen y yo quería andar con ella para todos lados; compré mi carro y me inscribí.
―Ese club es, o era, bien famoso en Chihuahua, hacían desfiles, viajes, bailes; pura fiesta. A veces con la familia y en otras nomás en parejas. Oye, ¿y qué pasó con Hilda?
―Pues ya ves, la típica historia. Anduvimos un montón de años y luego ella se casó con un fulano que le propuso matrimonio. Fin de la historia.
―Entonces tu volskwagen vendría a ser el recuerdo sentimental.
―Pues sí. En ese carro fuimos muy felices de todas las maneras que existen. Y luego de repente adiós, fin, se acabó. Ella siguió su vida por otro lado y yo me quedé vagando por el valle de la amargura más tiempo de lo que sería lógico. O sano. Era un viudo de lo más agüitado, me da vergüenza nomás de acordarme.
―Sí supe, te pegó duro la separación. Es que ustedes eran la pareja del año, se veían enamoradísimos.
―Bueno, ya. Todo quedó en el pasado. Ahora que venda el carro se irá la última prenda de esa historia. Te voy a decir algo que te va a sonar absurdo y cursi: fue la única historia que me tocó vivir. Desde entonces nada de nada, aunque no me lo creas. Y la verdad es que vivo muy tranquilo, cero complicaciones.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Arte y significado en la ciudad

 

Arte y significado en la ciudad

 

Por JChM

 

La mustia luz de un farol tiñe de sepia el graffiti en la media noche; parece el escenario de un desafío como en aquella canción que con fina gracia cantaba Ana Torroja con el grupo Mecano, Cruz de navajas.

El anónimo artista que pintó ese muro va pasando y no es casualidad que ande acá, tan lejos de su casa ubicada en un pueblo cercano. Cuando el desánimo lo vacía de sentido, monta en su bicicleta, viene a la ciudad y va recorriendo los murales que ha pintado desde hace 17 años, casi todos en el centro, uno tan alto en un edificio abandonado que es difícil explicarse ahora que lo mira desde abajo cómo subió hasta allá con pinceles, brochas, aerosoles y un juego de escuadras.

Cada dibujo expresa señales y misterios; él sabe que todos sus recuerdos resplandecen aquí y allá; incluso dejó cartas enteras para quién él sabe muy bien que las entenderá.

Le duele cada vez que el desarrollo urbano derriba alguna de sus pinturas; otras están ya casi deslavadas por la intemperie o rayadas por vagos autodestructivos, pero ni modo.

Este es un arte efímero como la vida, madrugada que llega, como las imágenes que vuelan.

martes, 8 de septiembre de 2026

Dos viejos de la plaza Catedral

 

Dos viejos de la plaza Catedral

 

Por JChM

 

Todos los días a las seis de la mañana se levanta Avelino y recoge de la cochera el periódico. Se rasura con cuidado y se baña; desde la noche anterior acostumbra preparar su ropa recién planchada y las botas del día, perfectamente boleadas. Se viste y sale a la calle rumbo a la plaza que está en el centro de la ciudad.

Dos o tres bancas de ese parque son sus favoritas y las alterna según el ciclo del sol; a esa hora el lugar está casi vacío y él disfruta una íntima alegría al tener todo el espacio disponible. Se sienta, saca de su bolsa el periódico y empieza a leerlo con calma.

A las ocho de la mañana regresa para llegar puntual al desayuno que generosamente le ofrece su hija, la dueña de la casa. Para esa hora ya se ha ido su yerno, quien suele tratarlo con una silenciosa amistad, un poco fría pero siempre educada.

Avelino se considera afortunado de que este hombre sea generoso; tres años antes, cuando un fatal accidente arrebató de la vida a su esposa Isabel, su única hija lo invitó a vivir con ellos, en acuerdo con el marido, por supuesto. Vendió la casa grande y les entregó la mitad del dinero, la otra la invirtió en adaptar la vivienda para tener un espacio independiente para él.

Cuando regresa del desayuno ya dieron las diez de la mañana; para entonces ya habrá llegado su amigo Ismael, con quien se reúne a platicar la mayoría de las veces.

Ismael lleva con buen ánimo la vida que le tocó. Cinco años antes su hijo mayor lo convenció de que invirtiera sus dos casas en un negocio que los iba a hacer millonarios; riesgos no había ninguno, le aseguraba el muchacho que por cierto ya no era tan joven, tenía 42 años.

Ismael vendió las casas y hasta agregó unos ahorros que gurdaba en el banco y le dio todo el dinero al hombre, más por el cariño que por la confianza, pues aunque Ismael había sido en todos sus asuntos un hombre sensato, cuando se trataba de cualquiera de sus dos hijos renunciaba a la lógica; estaba seguro de que ninguno de los dos sería capaz de perjudicarlo.

El hijo era un hombre honesto y tal vez en todo momento obró de buena fe; pero para el caso es lo mismo: en menos de seis meses el mentado negocio ya había quebrado. No quedó dinero ni para las últimas liquidaciones. El hijo tuvo que regresar al infierno chiquito de buscar empleo meses y meses; a su papá ni cómo ayudarle. No te preocupes, hijo, como quiera me las iré arreglando.

Pero no es lo mismo decirlo que conseguirlo.

Ismael se había ido a vivir en la casa de una hermana suya que tenía un departamento desocupado; ella era buena gente y dejaba que se le acumularan meses y meses de renta, ya casi se había olvidado de cobrarle, pero lo cierto es que ella necesitaba los centavos, pues era parte de su pensión.

Para comer, Ismael enfrentaba un problema diario; su hijo menor de vez en cuando le ayudaba, le dejaba un dinerito o lo invitaba a su casa, muy a lo retirado. Vivía en la otra orilla de la ciudad y era difícil llegar. El caso es que el viejo a veces no tenía ni para comer, pero era estoico y reservado, nadie supo jamás de sus penurias.

A veces los vecinos le encargaban mandados, o lo ocupaban en algunas tareas, pero eran muy pocas las que podía realizar a sus 89 años. A los 90 una severa anemia acabó con él. Literalmente murió de hambre.

Ese día Avelino se quedó esperando, su amigo Ismael no llegó. Y ya nunca llegaría.