jueves, 13 de diciembre de 2018

Dame una señal, chiquita, oh mi vida

Dame una señal, chiquita, oh mi vida
Los Teen Tops y Roberto Jordán en Chihuahua

Por Jesús Chávez Marín

Ir a un concierto de Roberto Jordán fue el antiguo sueño de un montón de jovencitas chihuahuenses desde los años setentas, cuando él cantaba en el radio Amor de estudiante y era una de las grandes estrellas de la televisión bailando sus pasitos fresas al ritmo de sus grandes éxitos discográficos.

Y como los sueños jamás nos abandonan hasta que se cumplen, la noche del viernes primero de septiembre aquellas mismas jovencitas, cincuenta años después de la antigua ilusión, llegan con su boleto en la mano al Teatro de los Héroes para mirar a uno de sus más platónicos amores, Roberto Jordán, quien ahora tiene 74 años y luce como nuevo, alto, delgadito, con su voz ensoñadora y su sonrisa bondadosa.

Claro que ya nada es lo mismo, la vida pasa aunque el entusiasmo siga. Muchas de esas mujeres ya fueron antes a conciertos del cantante, en otras ciudades, y de todos modos regresan, fieles a la comunicación artística que pactaron con él desde hace tantos años; sin embargo, para la mayoría este es su primer encuentro en vivo.

En el doble play de la noche, también se presentaron Los Teen Tops, el legendario grupo mexicano de rock que tuvo su época gloriosa de 1960 a 1965. Esos 5 años fueron suficientes para ganar para siempre la gloria y la inmortalidad en la música popular en todos los territorios de habla hispana.

Hay que decir aquí a nombre de la hoy tan obligada igualdad de género, que la otra mitad del público la formaban hombres que a su vez también cincuenta y sesenta años antes fueron jovencitos ilusionados, audiencia reverente de los años dorados del rock, y que, cómo no, también querían cantar a coro Confidente de secundaria, Presumida, Quién puso el bomp, y otros himnos de su generación que sonaron y siguen sonando en el arte de estos excelentes músicos que son Los Teen Tops, que además traen un equipazo de instrumentos y sonido.

Por mucho que hayamos visto en videos, y alguno que otro afortunado haya ido a conciertos en vivo, a Mick Jaggser de 80 años brincando con energía juvenil por toda la pista, o a Paul McCartney cantando su fina músca a una edad semejante, de todas maneras resulta raro mirar al señor que toca el bajo con su pelo canoso y su mueca de anciano bailar los pasitos de antaño. Escuchar que el requinto glorioso que suena tan fresco lo toque un señorcito calvo que parece jubilado de todos los sistemas. O que Roberto Jordán ya no sea el galanazo que salía en películas y daba conciertos en Rusia, sino un viejo flaco y correoso con un arete de oro en la oreja izquierda.

Pues todas estas consideraciones salen sobrando, porque a los diez minutos de tocar, Los Teen Tops ya tenían en un puño a todo el público con el grande, el hermoso rito del rock. Cuando el vocalista decía bailen, todos bailaban con gracia y el estilo, sin importar cuántos años hubieran pasado por el cuerpo, las venas y las penas. Cuando decía, canten, se escuchaba impresionante el arte colectivo de la voz humana. Los Teen Tops dieron un concierto de una hora y media, Roberto Jordán fue igualmente generoso, otra hora y media.

Eran dos generaciones, con una diferencia de una década. Los Teen Tops firmemente arraigados en los sesentas, el rock clásico. Roberto Rordán instalado azucaradamente en los setentas. Pues resulta que el público respondió con más entusiasmo al llamado de los Teen Tops, y un poco menos al canto bastantito más fresa de Roberto Jordán.

Fueron dos conciertos plenamente disfrutables, para un público cuyo promedio de edad era, en un cálculo visual, el rango de los 65 años de edad. Todos los asistentes salieron felices y un poco más jóvenes de cómo llegaron, que es lo que siempre sucede con el milagro del arte.

Septiembre 2017

sábado, 1 de diciembre de 2018

Soledad Lechuga


El arte de Soledad Lechuga: sincronía de las miradas

Por Jesús Chávez Marín

Es un doble honor para mí tomar la palabra en este hermoso recinto, el Centro Cultural Cuauhtémoc, en esta ciudad tan plena de energía y gracia. Y además, que la pintora Soledad Lechuga me haya invitado para que exprese algunos comentarios en torno a su exposición Arco iris en las hojas que se van.
En la exposición que hoy se presenta hay dos temas principales: uno es el de la exploración visual de dos ambientes de noble antigüedad: la cultura de Paquimé y los dibujos del arte rupestre. El segundo es la realización pictórica de una visión de la naturaleza desde una mirada poética que tiene que ver con un ambiente donde se mezclan un misticismo oriental y un estoicismo espartano.
Los paisajes que esta pintora dibuja en sus lienzos tienen un secreto que aquí voy a tomarme el atrevimiento de revelar: el arte del haikú. Ella es una gran lectora de literatura oriental y tiene extraordinaria habilidad para escribir esos clásicos poemas japoneses. Su capacidad de síntesis es prodigiosa en la composición de los versos y de igual manera aplica esa luz en los elementos de la naturaleza.
Su manejo de los colores tiene una extraña mezcla de alegría y nostalgia. Los personajes de sus cuadros son ríos y montañas, árboles y llanuras; jamás aparecen en ellos ni personas ni criaturas animadas, como si sus ojos y sus manos estuvieran instalados en el tercer día de la creación, en la pureza de los seres minerales y vegetales.
En sus temas de Paquimé y de las pinturas rupestres hallamos también esa mirada germinal, un diálogo de colores y texturas con los albores de un tiempo remoto. Una intensa investigación documental, fotográfica y presencial realizó Soledad Lechuga para conseguir estas líneas de su producción artística. Viajó por todo el estado en busca de aquellos dibujos que fascinaron su alma y estimularon su imaginación.
Espero que ustedes y muchos otros espectadores de Cuauhtémoc visiten en los próximos días esta exposición de sutil belleza.
Noviembre 2018

sábado, 24 de noviembre de 2018

La novela donde parecía que la ley de la oferta y la demanda era la única ley que importa

La novela donde parecía que la ley de la oferta y la demanda era la única ley que importa: presentación de Inminente, libro de Lourdes Bustillos

Por Jesús Chávez Marín

Iniciar la lectura de una novela es abrir una puerta hacia una casa desconocida, una región distinta de la vida cotidiana; al leer las primeras líneas ya intuimos cómo va a ser el paseo que nos espera, y por eso es tan importante el primer párrafo de cada libro. La novela de Lourdes Bustillos inicia en un monólogo, o en el fluir de una conciencia que dice:
Me han llamado cruel, tirano, frío, calculador. Qué puedo decir, soy un buen inversionista, supongo que lo llevo en la sangre. Adquirir empresas en medio de la crisis me ha dado buen resultado.
Ese personaje tiene la doble función narrativa de ser la voz que cuenta los hechos y la cámara fiel que mantiene con firmeza y con soltura el punto de vista desde el cual el lector va conociendo detalle a detalle una avalancha de sucesos; lo mismo se introyecta en los pensamientos secretos del protagonista, que se expande hacia una visión panorámica donde retrata ciudades enteras y otros mundos tan vastos como el sueño. Ese personaje tan fascinante es Max Gasol.
Ya en la segunda página aparece quien es la cercana alma gemela del otro y a la vez constantemente su antagonista persistente: tal como suele ser en el monólogo interior de cada uno de nosotros la machacona voz de la conciencia, a la que muchas veces no le hacemos el menor caso. Ella se llama Giulia Ferreti, una ejecutiva española, una eminencia para las finanzas, asistente personal de Max, y por supuesto y, aquí la autora se concede la licencia de la gran señora Corin Tellado, también su amante. Con delectación nos platica el narrador de cuando la fue conociendo:
Me llevé una grata sorpresa, y no hablo solo por su cabello rubio, cuerpo escultural, ojos azules, mirada penetrante, porte y estatura de modelo. Sin embargo, tengo que admitir que influyó. Lo que me sorprendió fue su astucia, su mente ágil y la frialdad a la hora de tomar decisiones. Es uno de los seres humanos más competitivos que he conocido en mis treinta años de vida. (…) Nuestra relación pasó de lo laboral a lo personal inevitablemente. A pesar de que la aprecio, no siento lo que los demás llaman amor. Creo que es un concepto sobrevaluado.
Con magnífica intuición narrativa, la autora va desplegando su texto con soltura y a ritmo perfecto, de tal manera que parece natural cómo va revelándose la personalidad de cada protagonista que va apareciendo en la historia; en cierto momento de la lectura los miramos en cada detalle de su forma de vestir, el tornasol de su pelo y hasta su tono muscular, y en luego la cámara casi de cine nos enfoca una expresión, una mirada donde se adivinan intenciones y se evocan tormentas del pasado. Y el latido del futuro.
De esa manera conocemos que Max, exitoso empresario internacional, ha desarrollado una maquinaria financiera que le permite apoderarse de empresas acaudaladas en el momento exacto de su fragilidad; para conseguir eso no duda en navegar por los linderos de la ilegalidad, de tal manera que su estrategia podría incluir el espionaje, el fraude, el chantaje y aun alguno que otro oportuno asesinato para eliminar obstáculos y allanar los caminos de su ambición sin límites. Todos estos actos no le producen a Max el menor escrúpulo, no tiene conciencia ni moralidad, se mueve en un mundo en el que la única ley que importa es el imperio del más fuerte, la ganancia absoluta.
Además de sus socios financieros y de su mega oficina en Madrid donde circula con moderno dinamismo un ejército de colaboradores, su apoyo más seguro para ciertos trabajos es un amigo suyo de la infancia que se llama Gael Santos.  La voz narrativa, ya dijimos: el eterno monólogo interior que es el narrador de la novela lo describe de esta manera:
Gael es mi otro amigo del MIT (Massachusetts Institute of Technology); tiene formación militar, no terminó la carrera porque decidió cambiar de profesión a pesar de su beca. Era el más listo del grupo. Ahora trabaja como consultor independiente o remediador de asuntos difíciles, por llamarlo de alguna forma.
Resulta que este personaje se mueve en las sombras, su mundo es el delito industrial y científico, no tiene reparo en destruir un pueblo completo o en eliminar a un ejecutivo señalado, siempre y cuando su cliente lo dote de recursos ilimitados; en su mundo el dinero lo consigue todo. Lo más impresionante de su personalidad es que siempre actúa tranquilo, frío y exacto. Lo rodea en varias ciudades un equipo de asesinos selectos, secretarias muy efectivas y otro tipo de profesionales de movimientos clandestinos.
A pesar de que esta es una novela de acción, erizada de múltiples aventuras, donde hay un secuestro que es el vértice de una espiral de conflictos familiares, pasionales, criminales y hasta un amor sincero que redime y purifica; en cada página el lector no se queda con el simple gozo de un relato que lo atrapa desde la primera página y que abre varios cauces de extrañamiento, sino que es inevitable que aparezca la reflexión de este mundo tan complicado que vamos conociendo y que parece la metáfora alucinante de nuestra propia época de violencia y quebrantos familiares.
Uno de los mayores males que se ha ido instalando en las orillas de nuestra alma  colectiva en esta época nuestra de tanta violencia, cuando las imágenes de los noticieros en la televisión suelen estar plagados de escenas horrorosas y las páginas de los periódicos anuncian muertes y fraudes, es la trivialización del mal, que es peligrosísima para la formación del alma de los que van llegando. Los niños y los jóvenes tal vez ya no tengan la misma sensibilidad que antes tuvieron sus padres y sus abuelos para comprender el daño que un ser humano hace a otro. Lo peligroso es que ya les parezca lo más natural del mundo y que lo siguiente sea que pasen de ser testigos a protagonistas y les parezca que así es la vida.
En algunas conversaciones suelen contarse como hechos ajenos el montón de jovencitos para quien ya los modelos y héroes de su vida nunca serán John Lennon,  Benito Juárez o Josefa Ortiz de Domínguez, sino literalmente el Chapo Guzmán y sus similares. Se dice que para ellos ya no importa construir una vida o un patrimonio sino arrebatarlo a la manera de los grandes criminales.
En esta novela, a pesar de que sus personajes se mueven en regiones de alto nivel económico, pareciera que ya no tienen ningún otro valor más allá que el dinero, y solo se salvan los jovencitos hermanos del protagonista y eso porque aun no ingresan al mundo de los negocios que es su destino seguro. En algunos momentos esta buena novela de aventuras se convierte en una historia de horror.
El gran acierto es un fino cernido de varios géneros narrativos: más que todo es una novela de aventuras y también es una love story, incluye una delirante historia de pasión amorosa, es también un magnífico relato policiaco y la historia del mundo corporativo tal como sucede en el mundo globalizado, a pesar de todo también es una novela de amistad, otra del conflicto con el padre en la formación de la profunda identidad. A la vuelta de cada página corre el aire ligero del buen discurso narrativo que caracteriza el estilo de esta autora sorprendente.
Quisiera platicarles por lo menos alguno de los muchos finales que van cerrando cada uno de los temas, de los cuales ya di noticias de algunos y no crean que de todos. Me aguanto las ganas para no echarles a perder ninguna de las grandes emociones que hallarán en las páginas de este libro. Les sugiero que lo compren, que lo lean, y estoy seguro que lo van a disfrutar igual o más de lo que yo lo he disfrutado.

Bustillos, Lourdes: Inminente. Editorial Martha Retana, México, 2017.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Una bella hechizada y la discreción de sus poderes

En la foto Martha Estela Torres Torres, Marcela Ochoa y Maribel Chávez

Una bella hechizada y la discreción de sus poderes. Presentación de Árboles en mi memoria, de Martha Estela Torres Torres

Por Jesús Chávez Marín

Estoicismo es la palabra que define la literatura y la personalidad de Martha Estela Torres en su estilo, su brillante profesión de escritora, editora y maestra de literatura. Sus libros aparecen cada año, o cada dos años, y siempre constituyen una propuesta novedosa, valiente, que enriquece el alma colectiva, el espíritu de de la época.
Hay una línea sostenida y elaborada con natural coherencia en el trascurso de sus libros, desde que salió el primero que fue de poemas, Hojas de magnolia, luego de las constantes publicaciones de esta autora en revistas y antologías. Los lectores conocieron entonces una voz nueva, un estilo bien definido y maduro, donde resaltaba la claridad de la escritura, la elegancia y fuerza de las imágenes.
Casi inmediato siguió un denso libro en el género de ensayo, Pasión literaria, una esplendorosa lección de literatura enfocada desde el gusto personal, que recorre con soltura épocas y siglos para llevar a los lectores a un viaje fascinante por muchas regiones llamados libros.
Después publicó su hermoso libro La ciudad de los siete puentes, novela alucinante y panorámica de una ciudad mexicana, cuyo punto de vista se concentra en la intimidad y luego se expande hacia un vasto paisaje narrativo en el tiempo y en el espacio, una familia, un siglo, una región del norte. Esta novela es una visión moderna de los mejores elementos de lo que antes fuera el realismo mágico.
El siguiente libro de Martha Estela Torres Torres fue de poemas, Arrecifes de sal, presentado por el gran poeta Carlos Montemayor; nada tendría yo que agregar a las hermosas palabras que él expresó en aquella ocasión, y mejor ya me concentro en este que acaba de salir, el que hoy presentamos.
Es su primer libro de cuentos, aunque no ha sido la primera vez que conocemos textos suyos de ese género, ya que ella es una escritora muy productiva y constantemente publica y hace presentaciones personales.
Como afirma en el prólogo el maestro Luis Nava, “este libro está ordenado en tres partes, la primera corresponde a narraciones de la vida cotidiana, historias sencillas, impregnadas de intenciones que superan la anécdota”. Este apartado tiene 12 cuentos.
Se decía de Balzac que para conocer el alma colectiva de su época, más que consultar libros de historia o ensayos de sociología habría que leer el conjunto de sus novelas, que él agrupó con el nombre de La comedia humana. Usando ese mismo concepto, si alguien quiere conocer nuestro siglo 21 de Chihuahua, tiene que leer los libros de Martha Estela Torres Torres, y es en este libro de cuentos llamado Árboles en mi memoria en donde esto se ve más claramente, sobre todo en la primera parte.
Una exuberante desfile de personajes va apareciendo en sus páginas, el junior que rezonga con sus padres porque no le dan suficiente dinero, otro niño caprichudo que le exige a Dios un celular y el Dish, el borracho trastabillante que llega a su casa de madrugada y resulta que era otra casa, otra familia, otro retrato; la mujer que quiso vencer sus complejos tirándose en el bungee; la bella hechizada que va de compras y usa sus poderes, pero con discreción. Por cierto, este personaje se parece mucho a la autora en esto de usar sus poderes con discreción.
No solo personajes aparecen en el escenario de esas páginas escritas con hermosa claridad. También se revelan situaciones que llevan a la reflexión de manera profunda, sin que la voz de la narradora en ningún momento haga interferencia, sino al contrario, deja fluir la acción con gran destreza. Un ejemplo es la graciosa anécdota que se despliega en el cuento “Las hormigas”, en el que la vida cotidiana de dos esposos es el escaparate donde puede verse la presencia nítida del amor sin aspavientos ni melodrama.
Otra de las cualidades de este libro es el oído fino de la autora para recrear el lenguaje, las palabras de uso. Cada personaje tiene aquí su propio estilo de hablar y los giros idiomáticos que lo definen. Esto se nota en todos los cuentos, y solo mencionaré uno como para ejemplo basta un botón: “Punta diamante” donde se relata un viaje en autobús.
Vuelvo a citar a Luis Nava autor del prólogo: “En la segunda parte la temática es dramática y cercana a la propia autora. Aquí la propuesta es acompañarla en el mundo real cotidiano del trabajo, los sueños, el amor, los recuerdos”. Son 18 cuentos.
Se trata de textos más breves que en la parte anterior, y aquí el discurso narrativo es más contenido y de mayor densidad, en la búsqueda de producir imágenes de mayor simbolismo, sin perder la gracia del movimiento.
Va de ejemplo este breve fragmento que es un retrato de las personas de la época que corre: “Así vive esta joven del nuevo siglo, mientras otros de su edad se desenvuelven en un mundo de júbilo, de reposo y de algarabía; a veces evadiendo responsabilidades o simplemente evitando el esfuerzo, flotando sobre la abulia, con falta de determinación para orientar y conducir su barca hacia un destino superior”. Viene en el cuento “Princesa del siglo XXI”.
Otra cita del prólogo: “En la última parte la temática de los cuentos nos lleva a una dimensión desconocida. Relatos de transgresión de la realidad, de locura, de obsesiones”.
Sin salirse de su estilo que es fundamentalmente realista, la autora escribe en esta tercera parte varios guiños hacia la literatura fantástica. Y su método es exacerbando las sensaciones, contando los pormenores de la angustia o del placer.
Vaya como ejemplo este fragmento de su cuento “Visiones”: “El verde hiere mis pupilas, el amarillo es relámpago que me obliga a cerrar los párpados, el rojo es un intenso fuego que quema sin tocarme”.
Árboles en mi memoria, de Martha Estela Torres Torres, es un libro muy vasto, guarda un abanico de sorpresas y la reafirmación de nuestro espejo diario. Cuando termina uno de leerlo, surge la convicción de que ningún tema se le ha escapado: Allí están el matrimonio, la traición, el buylling, el narcotráfico, el delito, la muerte, la infancia, la gestación, la vida empresarial, la académica, la literaria. La vida mexicana del siglo 21.

Febrero 2018

sábado, 10 de noviembre de 2018

Margarita Etchechury

Una sirena en este lado de la racionalidad

Por Jesús Chávez Marín

El nuevo libro de cuentos de Margarita Etchechury es un Poetazo, ese género editorial que se inició en Chihuahua en los años noventas y ahora es todo un formato clásico nacional, gracias al trabajo y al encanto Rafael Cárdenas que anda por la república difundiendo la literatura de esta manera breve y densa, lo mismo de los que recién se inician en el arte de la literatura, como de escritores que tienen una larga y brillante trayectoria, como es el caso de la autora de Canto de sirenas.
La estructura del volumen está dividida en tres partes claramente diferenciadas por el tipo de texto que las componen. En la primera, que se llama “De cristal”, el dolor por la profunda y centenaria injusticia hacia los marginados de la tierra se hace tiempo y personajes en cuentos que provocan compasión; horroriza la crudeza de lo que se sucede en los linderos de la demencia social, como en el relato donde un comando de civiles armados se dedica a asesinar a miserables, como deporte y como despiadada ecología.
En la segunda parte llamada “Alazanas” es otra la sociología, más de vida cotidiana y con un aire que restablece el espíritu. Y la tercera parte, llamada “Canto de sirenas”, igual que el volumen completo, contiene ese tipo de cuentos breves que se construyen con ingenio y con  una redacción  pulida como poema, donde cada palabra es medida en su significado y sonoridad.
El discurso narrativo es un arte de reflexión, una búsqueda de la verdad y el equilibrio. Esta reflexión implica un diálogo hacia los lectores que participan aceptando desde la primera línea un pacto, una suspensión de la realidad y de la información, para hallar otras verdades y otros conceptos que no se hubieran podido conseguir con el juego de los silogismos, de la causa y efecto.
El estilo literario de Margarita Etchechury se ha construido en el pulimiento de este tipo de reflexión. Su mente clara y sensata, formada con los elementos de la lógica y el buen sentido de la existencia, se ve amplificada por un magnífico temperamento de artista, espíritu de poeta, de tal manera que en ella la estética es con toda naturalidad una ética y una forma de conocimiento.
Como algunas formas de aplicar esta afirmación, tomemos el cuento que se titula “La fortuna de Clemencia” El relato es una metáfora cruel de la extrema miseria en la que vive el personaje, tan típico de tantas mujeres solas que crían a sus hijos con esfuerzo y angustia, “con arrullos de miseria y chispas de soledad”. El horror de saber que hubo otros hijos que ya se fueron, a la ausencia o a la muerte, y cuyos “restos ayudaron a elevar el piso del cuarto”. La acción es estremecedora, en los linderos de la demencia. Aquí la autora no procura críticas ni frases de condena, se concreta a contar con sobriedad el horror absoluto de la miseria, el mal que la injusticia social produce.
En el cuento “Hambre canija” hay varias persecuciones a balazos y el rumor que circula de lo que está pasando es sobrecogedor: “A últimas fechas, según la versión del compadre, han aparecido varios hombres armados que quieren acabar con la población ‘inútil’ del país”. Tal vez la autora compuso este cuento con aquellas noticias de los años ochentas de que en los cinturones de miseria de varias ciudades brasileñas se asesinaban niños pobres como una forma brutal de acabar con la miseria, matándolos. En las sociedades tan injustas que se han formado en las décadas recientes, este cuento tan terrorífico no anda tan lejano de la realidad, en muchas noticias similares.
En otro tipo de atmósfera, el cuento que se titula “Choque cultural” cuenta una historia de amor que es tradicional en la literatura española, y que tiene como novela ejemplar Pepita Jiménez, de Juan Valera: el perfecto seminarista que se enamora de la joven mujer y abandona su carrera hacia el sacerdocio. La brillante capacidad de síntesis y la exacta redacción de Margarita Etchechury consiguen en dos páginas un relato perfecto y gracioso, donde nada falta de la leyenda clásica y tiene el agregado de su modernidad.
Rinde mucho este libro de cuentos, parece que lo va uno a leer en quince minutos, y sin embargo su efecto amplificador y a su ritmo a la vez vertiginoso y sosegado hacen que el lector quede profundamente cambiado en su percepción de ciertas realidades que suceden en este viaje narrativo.
Etchéchury, Margarita: Canto de sirenas. Onomatopeya Ediciones, México, 2017.
Junio 2017

miércoles, 31 de octubre de 2018

El nuevo libro de Alejandro Caro

Un ángel flota en el discurso

Por Jesús Chávez Marín

Es regocijante asistir a la aparición de un nuevo libro de Alejandro Caro Rascón, un escritor muy productivo en la plena madurez de su oficio literario. Su obra tan fecunda inició con un libro de aforismos y relatos breves titulado Permíteme comentarte donde desde el título establecía más que un monólogo una conversación amable con los lectores, los que ha ido ganando uno por uno con su simpatía y amabilidad, con sus textos siempre elegantes, emocionantes y pulidos, y con su constante disciplina de publicaciones empeñando su tiempo y su singular talento y también desde luego, ya que estamos en Chihuahua y no hay de otra, su dinero que no le sobra y también jamás le falta, como hombre disciplinado y laborioso.
Su segundo libro fue una extraordinaria novela que se llama Perseverancia, donde Alejandro despliega un hermoso discurso narrativo y con toda serenidad y gracia construye la épica de un comerciante ejemplar desde su niñez hasta su muerte, ejemplo de bondad y de fortaleza que logró construir un emporio comercial sin abandonar sus principios de justicia y solidaridad. Esta novela se inscribe en el género del hiperrealismo a manera del escritor inglés Harold Pinter y del mexicano Vicente Leñero, pues está muy cercana al personaje histórico que la inspiró y desde ahí alza su vuelo simbólico hasta cristalizar en una estética firme y de grande belleza.
Luego siguieron tres libros de poemas que merecen todo un ensayo en su conjunto, ya que están compuestos con un estilo muy definido y de gran expresividad. Cada uno de ellos es distinto a los demás libros de Alejandro Caro, pues él siempre procura ofrecer puntos de vista novedosos, estructuras que antes no había ensayado y personajes nuevos; cada libro suyo que sale es una novedad, una sorpresa.
Tal es el caso del libro que hoy se presenta, Petro, que se inscribe en el género de la novela breve, el cual suele ser muy apreciada por los estudiantes de preparatoria cuando se ven en la exigencia de leer un libro completo para acreditar cada cuatrimestre y buscan los volúmenes más delgaditos, de tal manera que de seguro se venderá como pan caliente en esos ambientes escolares. Me consta porque fui profesor de literatura en el Colegio de Bachilleres y les aseguro que las novelas breves son muy apreciadas y escasas.
En esta obra el autor se arriesga a construir una estructura afianzada en dos pilares, dos discursos. Por un lado cuanta con toda claridad una anécdota realista y discreta, sin aspavientos ni momentos grandilocuentes, sin drama ni tragedia, la simple vida cotidiana de unos personajes que viven como todos. En otro discurso, el personaje en el que se centra el punto de vista, o sea Petro, se desplaza por el mundo hablando como un ángel, algo así como un iluminado que habla todo el tiempo con imágenes y versos, reflexiona lo mismo en cantinas que en sacristías y no le importa si alguien lo escucha o se bota de la risa o se conmueve hasta las lágrimas.
Como estrategia para hacer que embonen los dos lenguajes en un solo producto estético, el autor no se arriesga a desplazar a su personaje en el Chihuahua de la época actual, sino cien años antes, en los tiempos en que reinaba, bueno, gobernaba el presidente Adolfo López Mateos; con lo cual se cura en salud, porque una mujer de hoy, tenga la edad que tenga, tendría un ataque de carcajadas incontenibles si un pretendiente le dijera muy emocionado: “Violeta, áncora de mi existencia, impulsas mi razón de ser. Tenerte a mi lado es saber que aún existo en el perene esplendor de la esperanza”. Aquellos eran tiempos más inocentes y definitivamente, para  bien y para mal, ya pasaron.
La otra de las dos bandas del discurso, la realista, cuenta la historia extrañamente fascínate de un escritor de provincia, una especie de mezcla entre de Avelino Pilongano y Ramón López Velarde llamado Petro que tiene un grupo de fans que son sus amigotes de cantina, donde se juntan en aquellas bohemias de los años cincuentas del siglo pasado y recitaban poemas, ensayaban filosofías domésticas, pedían canciones de rompe y rasga y también de vez en cuando se daban tiempo de planear sus vidas y organizar los pensamientos en la lucidez instantánea y química del alcohol.
Uno de aquellos sábados de tertulia Petro les platica que va a vender su  carro Ford para irse de gira literaria por tierras de Jerez, Zacatecas y Guadalajara, donde piensa participar en un concurso literario para ver si se compone por un rato su precaria economía. Él es un viudo cuarentón ya muy desaminado de la vida, que carga el dulce recuerdo de su linda esposa Alondra, quien murió a los dos años matrimonio y ahora es su musa desde el cielo pues le dice en voz alta sentidos poemas ante la tumba fría, le cuenta sus planes etcétera.
Voy a dejarlos con la duda de si gana o no gana el concurso, solo les adelanto que se pasó 8 meses en Guadalajara donde un amigo de otra cantina, esta vez de Guadalajara, le consiguió un puesto de bibliotecario y de inmediato se consiguió una novia joven que lo amó con locura y tentación, pues él era encantador, culto y guapo, a pesar de la diferencia de edades.
Una vez que el autor entra en el ritmo, la atmósfera y el pacto narrativo del libro, va desplazándose por un mundo muy loco y raro en muchos niveles, y a la vez afianzado por un texto de gran belleza. Hallamos por ejemplo piezas descriptivas fascinantes como esta: “Sobre tres tableros que penden atrás de la barra en el muro figura una colección de botellas de vino y de cervezas fabricadas en diferentes épocas y, a la proximidad del lado derecho cuelga un cuadro de ligeras fisuras y tenues ondulaciones que acusa los estragos del tiempo, sin faltar la humedad de la vieja pared”. Ese solo fragmento bastaría para probar que cuando un poeta escribe prosa, escribe una prosa de mayor calidad sin duda que los otros escritores, y ese es el caso de Alejandro Caro.
La mirada burlona del autor es pródiga en frescura y pensamiento que llega como flecha, raudo y certero, como este donde define en dos líneas todo lo que pudiera ser el alcoholismo: “Se observa a decepcionados en amores y muy variados traumas quienes al calor de las copas se sienten liberados de sus penas, cuya utopía es breve, en razón a la medida del tiempo que les dura el efecto del alcohol y su presupuesto”.
Esto y muchos ángulos más es Petro, novela escrita con extraordinaria capacidad de síntesis y la presencia de varias regiones de significado y, sin duda, con un personaje inolvidable.
Caro, Alejandro: Petro. Editorial Ari, México, 2017.
Abril 2017

sábado, 20 de octubre de 2018

Un escritor en los Arieles

Un escritor en los Arieles

Por Jesús Chávez Marín

Aunque seguramente el currículum del autor ya fue leído por el maestro de ceremonias, quiero iniciar estos comentarios poniendo la ficha de autor que viene en la solapa del libro anterior de Daniel Espartaco, que se titula Memorias de un hombre nuevo, publicado en julio 2015 por la editorial Random House: “Daniel Espartaco Sánchez (Chihuahua, 1977) es autor de varios libros, entre los que destacan Cosmonauta (2011) y Autos usados (2012) seleccionados por la revista Nexos entre los mejores libros de ficción en sus respectivos años. Fue incluido en el número 47 de la revista Picnic como uno de los 100 perfiles representativos del arte y la cultura contemporánea en México. Ha sido galardonado con diferentes premios literarios. Con Autos usados obtuvo el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima para obra publicada 2013. Desde 2015 es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte”.
Quise poner ese breve texto, en donde faltan los títulos de sus demás libros, aunque es una ficha de la editorial que resalta solo aquellos que publicó la empresa, porque me parece suficiente información para saber que Daniel Espartaco tiene una presencia vigorosa en la tradición literaria mexicana. Sus libros se publican en editoriales con gran capacidad de distribución, son reseñados abundantemente en la precaria prensa de periodismo cultural, tiene un blog en la revista Letras Libres, etcétera.
Paralelo a sus novelas que publica en las grandes editoriales, Daniel Espartaco realiza otra línea de su sistema narrativo que parece disfrutar mucho, el que aparece en ediciones independientes, que son textos menos extensos, sobre todo en el género de la novela breve, como Gasolina, Bisontes y este que ahora presenta, Ceremonia. Esta forma literaria suele tener numerosos lectores entre jóvenes de preparatoria que no quieren leer un libro extenso y sin embargo tienen que terminar para la materia de literatura un libro completo; y a pesar de ello son muy escasas las novelas breves: Aura, de Carlos Fuentes, Las batallas en el desierto, de José Agustín, y otros al no haber más tenían que vérselas con La metamorfosis, de Kafka. Y es que este género pareciera fácil y ligero, pero requiere dos características en las que Daniel Espartaco es notablemente hábil: capacidad de síntesis y agilidad para contar historias.
Ceremonia es la perfecta novela breve. A pesar de que tiene la estructura sencilla de un extenso monólogo, el lector queda atrapado desde el primer momento, entre risa y asombro disfruta cada página, se olvida de toda otra preocupación y se dispone a vivir en el ambiente y el espacio que despliega el discurso narrativo.
Nunca se dice el nombre del protagonista, el de la voz, pero se perfila de inmediato por su lenguaje, su ironía entre cruel y cariñosa consigo mismo y con los demás, los hechos que cuenta y el desarrollo de la trama. Ni siquiera podría asegurarse de que haya una trama, en esto la novela es vanguardista y arriesgada, y a pesar de eso el interés del lector se ve constantemente fascinado. En el sonido mental de la lectura que es la zona donde suceden las aventuras, van apareciendo escenarios, sentimientos, bromas, cuentos completos insertados en la secuencia, y también se siente el flujo del tiempo narrativo, muy ceñido a la norma clásica de las 24 horas: desde que el protagonista recibe la invitación a la entrega de los Arieles a lo mejor del cine nacional, como nominado a mejor guionista, y decide llevar a su novia, hasta que salen de la ceremonia.
En esas 24 horas de monólogo redactado para sus lectores, aparecen también escenas en el presente de numerosos relatos que tienen que ver con la vida literaria de un escritor mexicano de la edad del protagonista, cercano a la edad del autor que según la ficha que puse al principio, este año cumple los 40. Al ir leyendo, en el texto van apareciendo como en cascada un montón de anécdotas ejemplares de la literatura nacional y otras tantas de la vida conyugal y la vida de pareja de nuestra época.
Dos de los personajes más folclóricos que conocemos en esta novela son actores mexicanos que triunfaron en Hollywood y de vez en cuando también producen cine independiente, Ramiro Salas y Pepe Solís, cuyos modelos en la vida real son muy reconocibles en Gael García y Diego Luna, a quienes les gusta jugar a ser librepensadores y críticos pero siempre viven muy pendientes del glamour donde ellos son las grandes estrellas.
La verdad esta novela le hace bulla a todo mundo, nadie queda a salvo de la ironía exacta del discurso, que parece ligera y sencilla y sin embargo es como una flecha muy bien informada y redactada impecablemente. Hay un personaje que se llama El Sátrapa, quien es el ex marido de la novia del escritor, que es el vivo retrato de todos los divorciados mexicanos que existan. Hay un agente literario que entrevista al protagonista en medio de la Feria del Libro de Guadalajara y además de ser otra estampa genial de prototipo, el autor aprovecha para hacer el relato del ambiente, olores, colores, sonidos, un panorama de asombrosa nitidez. Nunca he leído una crónica de tanta vivacidad, excepto en la feria campesina que saca Flauvert en Madame Bovary.
Hay otro pasaje donde el escritor está en medio de la ceremonia de los Arieles, y le habla su mexicana mamá:

Durante la proyección de las escenas volvió a sonar mi teléfono celular: era mi madre.
―Hijo…
―Mamá, no puedo contestarte, estoy en la premiación de los Arieles.
―Lo sé, te estoy viendo en la televisión.
―¿A poco pasan esto en la televisión?
―En el canal 22.
―Ah.
―¿Por qué no te compraste un traje nuevo? ¿Por qué estás usando el de la boda de tu primo Adrián?
―Mamá, no voy a comprar un traje, no para los Arieles.
―¿Quién es la muchacha que está contigo?
―Se llama Nadezhda, mamá.
―¿Y por qué no me la has presentado?
―Oye, mamá, ahorita no puedo hablar contigo, ya nos van a nombrar.

Lo más hermoso de esta prosa tan diáfana que es parte del estilo de Daniel Espartaco en todos sus libros, es que uno disfruta en una página sí y en la siguiente también del mar de fondo que se vislumbra desde el presente de cada relato, una vasta cantidad de información con la que trabaja este escritor tan ubicado en su tiempo, tan sedimentado en la historia universal, tan lector de varias tradiciones literarias. Un autor a quien nada le es ajeno, y que frecuenta a los clásicos y a los contemporáneos con el mismo desenfado y exactitud. Leer a Daniel Espartaco es una experiencia muy hermosa, a pesar de que habremos de cruzar algunas zonas de pesadumbre, pero siempre de una mirada a la vez burlona y bondadosa.

Sánchez, Daniel Espartaco. Ceremonia. [Agregar Editorial], México, 2016.

Abril 2017