lunes, 6 de julio de 2026

Desventuras de tener un jefe miserable

 


Desventuras de tener un jefe miserable

 

Por JChM

 

Cualquiera pensaría que los patrones despiadados y tacaños solo se dan de forma natural y lógica en el sector de la economía llamado iniciativa privada. Y que los jefes y funcionarios de la burocracia son menos hambreadores, puesto que no invierten ni arriesgan su propio dinero, sino recursos públicos. Pero no. Esa lógica sería muy elemental.

En la acción cotidiana de ganar el pan de los hijos y mi propia subsistencia, he trabajado en empresas de capital privado, y también en instituciones de Gobierno.

En las primeras, tuve jefes duros. Algunos intentaron pasarse de negreros conmigo, sin conseguirlo del todo; muy pronto aprendí a negociar con ellos al tú por tú, en su mismo código: la ley de la oferta y la demanda. Hallé en ese ambiente una firme estructura de elemental nobleza, la que da el trabajo diario y un sencillo y natural sentido de justicia.

Para conseguir trabajo en el sector público pueden pasar años, primero de tocar puertas y buscar amigos que ya estén dentro del sistema, muchos de los cuales te batean con la mano en la cintura, y a veces con aires de conmiseración; luego hay que trabajar algunos años por contratos temporales, que en ocasiones se suspenden y en otras se cancelan para siempre.

De pronto surge, donde menos lo esperas, el contacto que te abre una puerta segura a la casta burocrática. Para entonces ya sabes que ganarás poco sueldo y a cambio tendrás un empleo seguro y prácticamente vitalicio.

Bueno, estoy hablando de antes de que iniciara este siglo en que ya se acabaron esos usos y costumbres de la permanencia laboral, tanto en el sector privado como en las empresas globales.

En 1991, un cuñado mío ganó una beca para irse a estudiar una maestría a la Universidad de Nuevo México en Las Cruces. Al día siguiente fue a mi casa, me dijo que tenía manera infalible de que yo me quedara con su puesto en la editorial de una Universidad, que ya había hablado con la directora y ella estaba de acuerdo en facilitarme las cosas.

Y así fue. Al día siguiente me entrevistó, me pidió algunos documentos y me dio a firmar un contrato laboral de tres meses.

—Mera formalidad, Esteban, yo te conozco bien, fuimos compañeros en Filosofía y Letras, sé que estás capacitado para el trabajo.

—Te agradezco mucho, Silvia, vas a ver que no te voy a fallar.

Luego de seis meses desempleado, la verdad se lo agradecía de todo corazón tanto a ella como a Héctor.

Trabajé muy a gusto durante cuatro años, luego vino el cambio de rector en la universidad y mi directora se regresó a su plaza académica; la suplió un oscuro filósofo de la más reciente generación, que había bajado de los médanos de Samalayuca como dice a tamborazos.

Este joven señor se sentía bordado a mano, y eso que usaba la pose de una pretendida humildad y camaradería. Con los jefes era discretamente lambiscón, y con sus subalternos falsamente amistoso y verdaderamente traidor, todo en bajo perfil, taimado, reseco, igual que el desierto de donde venía.

Durante los primeros meses se dedicó con ahínco a la paciente tarea de aprender el oficio editorial, porque a pesar de que se decía ser filósofo de la ciencia, de libros no sabía ni papa, confundía los prefacios con los prólogos y las solapas con los mensajes de propaganda. Era muy afanoso, terco, y siempre vivía muy al pendiente de su importancia jerárquica, que todo mundo notara quién era el mero mero.

Al principio me cayó bien. Me hablaba de usted y me trataba de maestro, a pesar de que sabía que solo soy un viejo dinosaurio del oficio editorial que aprendió en los talleres y en las salas de redacción, cero maestrías ni doctorados ni licenciaturas, nada de grados, que es lo que lo hace a uno valer en el ambiente académico.

Él, en cambio se había inscrito en una maestría que debió terminar en dos años y ya iba para siete; todavía le zumbaba para la tesis: era duro de cabeza, pero, como ya dije, obstinado en todo lo que se proponía, paciente como el silencio.

A pesar de la áspera amistad que me profesaba, y de que una de sus cualidades innegables es que no tenía maneras autoritarias de tratar a la gente, a mí me fue guardando un recelo extraño que se manifestaba en los usos y costumbres de toda oficina.

Cuando yo le encargaba alguna tarea a la secretaria del departamento, él de inmediato le ordenaba un trabajo suyo inaplazable, sin importarle atropellar mis funciones.

Antes de que él llegara, el ambiente laboral había sido sencillo y de mutua colaboración, pero poco a poco, a su estilo tozudo, fue haciendo sentir que la secretaria era para su servicio exclusivo. Y no solo la secretaria sino también el equipo de diseño, al cual solía encargarle proyectos que eran ajenos a la Universidad, para atender vagos negocios privados que le dejaban algunas ganancias extra, y hasta planeaciones de sus clases, elaboración de material didáctico y diseños para algunos de los colegas.

Claro que, al final del mes, las tareas propias de la editorial llegaban con retraso y él jamás era el culpable: en las juntas de evaluación se ocupaba en repartir las fallas entre nosotros, editores y diseñadores, que habíamos esperado a que el señor atendiera antes que nada sus propios intereses.

La gota que derramó el vaso fue que, un semestre antes de que él llegara, yo había ingresado al departamento administrativo una requisición para gestionar una computadora nueva, pues los últimos años había venido trabajando en una Windows 98 que ya estaba obsoleta.

Todo mundo sabe que la burocracia en lenta y que, a pesar de eso, tarde o temprano llegan los recursos, así que los espera uno con paciencia de santo.

Me acuerdo de que un jueves hubo un pequeño alboroto porque llegaron por fin diez computadoras de muy buena marca: una de ellas estaba asignada para mí. Era absurdo que el jefe de producción editorial, o sea yo, anduviera usando tecnología tan arcaica.

Cuál no sería mi sorpresa cuando, a medio día que llegaron los jóvenes de informática a instalar el equipo nuevo, pusieron la nueva en el escritorio del jefe y a mí me llevaron la que desechó él.

No tuve a quién reclamarle porque, a su estilo, el filósofo de rancho se ausentó toda la mañana después de dejar la instrucción bien clara de lo que se hiciera y se dejara de hacer. No regresó hasta el día siguiente.

A primera hora toqué a su privado. Pásele, don Esteban, dígame usted, qué se le ofrece. Le expliqué que el equipo que acababa de llegar lo había solicitado yo tres años antes, le mostré las copias de la requisición, los presupuestos; todos tenían el nombre de mi unidad, la unidad de producción. Me dijo: Pues sí, todo eso ya lo sé, pero usted comprenderá que las tareas de la jefatura de departamento son complejas y requieren más funciones en el equipo. En cambio, la computadora que se le acaba de instalar está sobrada para lo que a usted le toca hacer. Es más, lo felicito, ya no va a andar batallando con la computadora de leña de la que tanto se quejaba. El torpe remedo de broma que intentó fue el punto final de esta historia. De su oficina me fui directo a recursos humanos, para iniciar los trámites de mi jubilación.

sábado, 4 de julio de 2026

Cucaracha

 

Cucaracha

 

Por JChM

 

Como vivió muchos años de alcoholismo intenso, Benjamín usaba su pasado como chantaje para ser casi un inútil. Diez años antes, su familia lo había abandonado, luego de aguantarlo con resignación largo tiempo, esperando que por fin cumpliera las promesas de curársela, pagar los recibos, no desvelarse, conseguir empleo, enderezar el rumbo.

A pesar de todo, algunos haraganes tienen suerte: la hermana de Benjamín tenía una casa grande, alma generosa y mente de ingeniera civil que funcionaba como relojito. Le ofreció un techo confortable e independiente; pero como lo conocía bien, le dijo:

―Aquí vas a vivir, y no tienes que pagarme renta, solo paga los servicios de tu lado. También tienes que buscar dónde comer, porque yo trabajo y no tengo tiempo de darte. Hay manera de poner tu cocina o algo, a ver cómo le haces. Vamos a ser buenos vecinos, ya verás, eres mi hermano y te quiero mucho.

Benjamín pudo vencerse a sí mismo y vivió algunos meses con armonía, hasta con alguna modesta felicidad. Consiguió empleo, pagó los mínimos gastos que le había encargado la hermana y se inscribió en un comedor familiar que había en el barrio; cocinar, ni pensarlo, era demasiado pedirle.

Pero cuando lo corrieron del trabajo otra vez, por las causas de siempre, tuvo la precaución de no decirle a su hermana. Esperaba que ella y su hijo salieran de la casa grande para entrar con mucho cuidado, buscaba en la alacena cosas discretas qué llevarse, latas, galletas; abría el refrigerador y vaciaba un poco de leche, cortaba una rebanada de queso, algún aguacate. Acomodaba las cositas para cubrir los huecos, que no se notaran.

Cuando regresaba a su cuarto le llegaba muy pesada la soledad, se sentía una cucaracha de la casa de junto cuyas antenas quizá detectan la alimentación y la buscan en los rincones, rogando al cielo que en ese momento no regresen los dueños y prendan la luz y lo miren, oscuro y tembloroso.

viernes, 3 de julio de 2026

Zona de olvido

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Zona de olvido

 

Por JChM

 

Esta mañana, al subir al camión, un cantante arruinaba el ambiente. Su canción era tediosa y amargada, sin más esperanza que unas monedas. Me impresionaba su indiferencia absoluta por el entorno; tocaba la guitarra sin ánimo, el ruidoso instrumento astillado en algunas partes, reseco, la pintura desvanecida por los años.

Cuando terminó de cantar se dirigió al pasaje para pedir como pago de su canto una ayuda, lo que sea su voluntad.

Fue entonces cuando lo reconocí; esa voz venía desde un pasado lejano, de cuando existía la felicidad. Era mi hijo, a quien desde que él era joven escuché por última vez cuando nos dijo a su madre y a mí: Me voy. Esta familia no funciona, ustedes hace mucho debieron haberse separado y aquí siguen ofendiéndose de manera cada vez más sórdida. Ya me cansé de su vida tan envilecida, del odio que se tienen Por eso el que se va soy yo, ya lo tengo todo previsto. Nunca me busquen, no me hallarán y para nada quiero volverlos a ver. Adiós.

Y así fue por años hasta que llegó lo que parecía imposible: el olvido. Que el propio hijo se volviera opaco.

Y ahora veo a este humildísimo cantador que trata de juntar unos pesos, maltrecho, pero con aquella voz juvenil de cuando fue mi hijo, mi alma.

La noche en blanco

 

Diseño gráfico: Copilot IA

La noche en blanco

 

Por JChM 

Esteban despertó a las dos de la mañana, el foco de 5000 wats del insomnio iluminó el aire antes de que prendiera la luz del cuarto.

No sabía si levantarse o quedarse tirado en la cama, como un bulto en llamas.

Prefirió levantarse y del archivero de su estudio sacó una carpeta que decía “varios”. Allí aparecieron las tres novelas que no había escrito, vida en jirones, relatos inconclusos como tantas cosas de su vida inútil. También la redacción cuidadosa de varios proyectos con los que había concursado y perdido y guardado por si más adelante.

Nunca se decidía a tirar nada a la basura, se llenaba de papeles almacenados mientras su propia vida era la que se iba a la basura, a la vejez, hacia el absurdo.

Todo resplandecía cuando llegaba la euforia de la manía, pero para estas alturas ya sabe que eso no era el placer sencillo de la vida feliz, sino el quebradizo filo del infierno.

Por suerte, ya no le hacía daño a nadie más que a sí mismo, por lo menos en forma cercana.

Y a pesar de todo, la vida que este día inicia antes de la tormentosa madrugada estaría muy bien, si no tuviera a las nueve de la mañana que iniciar la labor cotidiana del trabajo en la oficina, todo para seguir subsistiendo y pagando la modesta vida de su soledad.

sábado, 27 de junio de 2026

A la deriva

 

Diseño gráfico: Copilot IA

A la deriva

 

Por Jesús Chávez Marín

 

Abro los ojos y lo que veo son estas ramas negras y al fondo un lago tranquilo. Parece que estuvieran al principio del mundo, y no solo a principio del año; otro tiempo más de fracaso.

¿Quiénes son esas personas que ayer parecían tan felices comprando regalos de última hora, tomando brandy a hurtadillas como adelanto de la cena que viene, la Noche Buena? Las parejas van de la mano con absoluta confianza y cariño.

Por supuesto que no los envidio, jamás seré ese blando señor que por una brizna de alegría fue vendiendo su alma al tedio.

Nadie me ama, es cierto, pero tampoco dependo de ningún afecto. Soy el paria en las pocas casas a donde llega, el que se queda un rato y luego se va; sigue caminando por el rumbo de su completa libertad.

Si me hago alguna de las preguntas que nunca dejo llegar, podría saltar esta: ¿libertad para qué, para dónde? Soy un cuerpo a la deriva.

La Navidad frente a la televisión y el Año Nuevo en la botella de whisky, sin medida, no me procuran plenitud, por más que en los vapores del viaje alcohólico se revele algún espejismo de ingenio, que luego se esfuma.

Solo queda esta biología torturada que ahora late con violencia en las sienes queriendo reventar un cerebro estéril. Tengo 64, ¿ya para qué me esfuerzo? Nadie me espera, muy pocos habrán de acordarse de mí cuando haya muerto.

miércoles, 24 de junio de 2026

Una esfera en la neblina

 

Una esfera en la neblina

 

Por Jesús Chávez Marín

 

Helada la sombra que desde el firmamento nos espera; plena de esperanza para algunos bendecidos con la fe, maravilloso regalo; abismo de la nada para otros que se consuelan con la plenitud de la tierra o se olvidan de su alma, cierran los ojos.

Helada la luz en la esfera infinita de la memoria, la colectiva y la encarnada, donde moran tantas criaturas y donde se van apagando al anochecer algunos luceros, marchitas neuronas.

Helada la muerte, a la que nadie procura mirar hasta que llega el dolor infinito cuando alguien se despide para siempre; esa región a donde una vez me fue arrancada la sonrisa bondadosa y feliz de Pedro mi hermano, y donde allá muy lejana me saluda, con su manita de bebé, mi hermana Malenita, ángel niña de una familia que siempre la ha venerado con ternura suave y gozosa.

 Helada la luna que al centro de la foto posa para la cámara del artista y yo digo en voz alta esta frase del gran maestro mexicano José Joaquín Blanco: La vida es corta y además no importa.

lunes, 22 de junio de 2026

El hotel del insomnio

 

El hotel del insomnio

 

Por JChM

 

Salí de la habitación, había dos grandes tortugas atadas por el cuello con un aro de plata y su cadena, sujetas a un árbol. No se movían, ¿para qué? ¿para dónde? Parecían de piedra, pero estaban vivas en sus ojos milenarios.

Saqué mi caja de Marlboro rojos, procuro disimular conmigo el horror de las fotos espantosas que imprimen en las cigarreras como campaña contra el tabaquismo: se ven hombres más jóvenes que yo muriendo de asma, conectados a tanques de oxígeno industrial; niños esqueléticos, pulmones cristalizados de tizne. ¿Serán actores los modelos de esas fotos? ¿Serán enfermos hiperrealistas en pleno dolor, retratados para escarmiento en cabeza ajena?

El humo perfumado y placentero me consuela. En esta parte del jardín, donde reposo la serena meditación de madrugada, veo frente a mí una jaula de fierro pintada de blanco: dentro se acurruca en sus alas un perico, resiste el frío y duerme, inmóvil. Se oye, muy quedito, su respiración; prisionero vitalicio, ya asimiló en el cuerpo sabiduría suficiente para seguir viviendo, a pesar de la crueldad de unos humanos que lo atraparon hace muchos años, quienes lo vendieron en el mercado de carne viva, y otros que lo alimentan en una jaula y limpian el humillado estiércol; estos quizá de alguna manera retorcida y cotidiana lo aman y se sienten orgullosos de tan lujosa decoración.

Madre mía Carmen Marín, ya que amanezca. He sido esas dos tortugas y a veces todavía lo sigo siendo. Soy ese perico silencioso que sueña en un firmamento donde vuela. O lo fui alguna vez, en tiempos más miserables de mi vida. Cuando den las seis, regresará de nuevo mi vertebrada felicidad. Además, estoy de vacaciones, muy merecidas.