martes, 8 de septiembre de 2026

Dos viejos de la plaza Catedral

 

Dos viejos de la plaza Catedral

 

Por JChM

 

Todos los días a las seis de la mañana se levanta Avelino y recoge de la cochera el periódico. Se rasura con cuidado y se baña; desde la noche anterior acostumbra preparar su ropa recién planchada y las botas del día, perfectamente boleadas. Se viste y sale a la calle rumbo a la plaza que está en el centro de la ciudad.

Dos o tres bancas de ese parque son sus favoritas y las alterna según el ciclo del sol; a esa hora el lugar está casi vacío y él disfruta una íntima alegría al tener todo el espacio disponible. Se sienta, saca de su bolsa el periódico y empieza a leerlo con calma.

A las ocho de la mañana regresa para llegar puntual al desayuno que generosamente le ofrece su hija, la dueña de la casa. Para esa hora ya se ha ido su yerno, quien suele tratarlo con una silenciosa amistad, un poco fría pero siempre educada.

Avelino se considera afortunado de que este hombre sea generoso; tres años antes, cuando un fatal accidente arrebató de la vida a su esposa Isabel, su única hija lo invitó a vivir con ellos, en acuerdo con el marido, por supuesto. Vendió la casa grande y les entregó la mitad del dinero, la otra la invirtió en adaptar la vivienda para tener un espacio independiente para él.

Cuando regresa del desayuno ya dieron las diez de la mañana; para entonces ya habrá llegado su amigo Ismael, con quien se reúne a platicar la mayoría de las veces.

Ismael lleva con buen ánimo la vida que le tocó. Cinco años antes su hijo mayor lo convenció de que invirtiera sus dos casas en un negocio que los iba a hacer millonarios; riesgos no había ninguno, le aseguraba el muchacho que por cierto ya no era tan joven, tenía 42 años.

Ismael vendió las casas y hasta agregó unos ahorros que gurdaba en el banco y le dio todo el dinero al hombre, más por el cariño que por la confianza, pues aunque Ismael había sido en todos sus asuntos un hombre sensato, cuando se trataba de cualquiera de sus dos hijos renunciaba a la lógica; estaba seguro de que ninguno de los dos sería capaz de perjudicarlo.

El hijo era un hombre honesto y tal vez en todo momento obró de buena fe; pero para el caso es lo mismo: en menos de seis meses el mentado negocio ya había quebrado. No quedó dinero ni para las últimas liquidaciones. El hijo tuvo que regresar al infierno chiquito de buscar empleo meses y meses; a su papá ni cómo ayudarle. No te preocupes, hijo, como quiera me las iré arreglando.

Pero no es lo mismo decirlo que conseguirlo.

Ismael se había ido a vivir en la casa de una hermana suya que tenía un departamento desocupado; ella era buena gente y dejaba que se le acumularan meses y meses de renta, ya casi se había olvidado de cobrarle, pero lo cierto es que ella necesitaba los centavos, pues era parte de su pensión.

Para comer, Ismael enfrentaba un problema diario; su hijo menor de vez en cuando le ayudaba, le dejaba un dinerito o lo invitaba a su casa, muy a lo retirado. Vivía en la otra orilla de la ciudad y era difícil llegar. El caso es que el viejo a veces no tenía ni para comer, pero era estoico y reservado, nadie supo jamás de sus penurias.

A veces los vecinos le encargaban mandados, o lo ocupaban en algunas tareas, pero eran muy pocas las que podía realizar a sus 89 años. A los 90 una severa anemia acabó con él. Literalmente murió de hambre.

Ese día Avelino se quedó esperando, su amigo Ismael no llegó. Y ya nunca llegaría.

lunes, 31 de agosto de 2026

Kiroschka en pantalla

 

Kiroschka en pantalla

 

Por JChM

 

Cuando Gilberto era un cincuentón recién divorciado, se encontró de repente con el vértigo de la libertad, que fue su perdición. Como tenía buen salario, pues era profesor de física en una universidad, y además su esposa se había ido con los cuatro hijos a Estados Unidos sin reclamarle ninguna pensión con tal de quedarse con la patria potestad para ella sola, empezó a gastar en viajes acompañado de una novia distinta cada vez, que siempre, según él, era el amor de su vida, y luego tronaban porque el carácter de Beto era imposible de tolerar, y además le había surgido un complejo de Adonis insoportable, imaginaba que todas querían con él.

En ese plan duró cinco años, hasta que se hizo de una fama terrible, era el clásico galán tendido y necio.

Pensaba que nadie lo merecía. En esta ciudad viven puras imbéciles, les contaba a sus amigos, desglosándoles con lujo de detalles aburridísimos las imperfecciones y taras de la que antes había presentado como la mujer perfecta.

Fue entonces cuando Gilberto empezó a explorar otras dimensiones de la relación amorosa: la comunicación por Internet con extranjeras fabulosas, o más bien con mujeres que presentaban fotos retocadas en sus comunicaciones gráficas y relatos fantasiosos de la respectiva.

Gilberto hablaba inglés y en rutilantes conversaciones globales consiguió una novia rusa que también hablaba ese idioma y que según esto era la perfección andando: diez años menos que Gilberto, trabajaba en un departamento de finanzas públicas y ganaba muy bien; divorciada, con dos hijos, mostraba en las fotos y en los videos su casa preciosa y como un espejo de limpia; cantaba en un coro monumental que hacía viajes por todas las repúblicas de la antigua Unión Soviética y le mandaba a Gilberto grabaciones de sus conciertos. Por supuesto que la música se escuchaba muy fina, pero vaya usted a saber si la grabación fuera o no del coro o le estuviera ella formando una realidad paralela, donde también correspondieran las fotos de rubia guapa, los desnudos en el chat y toda la fantasía de la que Gilberto andaba perdidamente enamorado.

Sus amigos le decían que eso era como estar prendado de una actriz de la pantalla, que ese tipo de sentimientos no pertenecían a la realidad sino una especie de amor platónico forjado a punta de tecnología, pero Gilberto parecía convencido de que eso era el amor, y de que por fin había encontrado el verdadero sentido de la existencia.

Cuando se acercaban las vacaciones de verano, le propuso a Kiroschka, así se llamaba la dama rusa, si estaba de acuerdo en que él fuera a conocerla a Moscú, pero ella se apresuró a decirle que para esas fechas andaría de gira con el famoso coro. Para no desmoralizarlo del todo le dijo que ella vendría a México para Navidad, y con eso él quedó muy contento.

Muy pronto ella fue trabajando la idea de que sería él quien tendría que pagar el boleto de avión y los gastos del viaje, ya que sus dos hijos iban a entrar a la universidad y había tenido muchos gastos recientes. Él le dijo que por eso no habría ningún problema.

Gilberto vivió esos meses lleno de regocijo. Todos los días a las nueve de la noche se hablaban por skype, cada vez parecían más amorosos y de vez en cuando vencían juntos el temor al ridículo de mirarse desnudos a través de las pantallas, como si fueran adolescentes ansiosos. Entusiasmado recorrió joyerías hasta que halló el valioso anillo de diamante que sellaría el compromiso del amor.

El primer día de las vacaciones navideñas viajó a la ciudad de México a donde llegaría la rusa; se vieron por primera vez en el aeropuerto. Un tierno abrazo en silencio confirmó para Gilberto que sus sueños también se conectaban con la realidad; sus amigos que tanto le advirtieron de la gran cantidad de fraudes y engaños que acechan desde el ciberespacio a los ingenuos, en este caso habían estado muy equivocados, Kiroschka era hermosa, fina y elegante.

La noche de Navidad, la feliz pareja era el centro de las bienaventuranzas para la familia de Gilberto; por fin iba a rehacer su vida y ya no andaría tan malhumorado como se la había pasado los últimos cinco años, maldiciendo rencoroso a su ex y extrañando con tanto dolor a los hijos que había perdido luego de su atormentado divorcio.  Ahora lucía radiante.

A las meras doce llamó a todos y les pidió su atención; con solemnidad un poco ridícula sacó el anillo de su saco, y emocionado le pidió en inglés a Kiroschka que se casara con él. La mujer, toda sonrisas, le dijo por supuesto que sí mi amor, me haces muy feliz. Entonces él le puso el anillo en el anular de su mano izquierda.

Ese fue el clímax de la felicidad para Gilberto, y nunca volvió a sentir ningún otro clímax, por cierto.

La mujer se pasó en su casa los quince días de vacaciones, a diario Gilberto le compraba regalos que ella con discreción y astucia iba sugiriendo en cada tienda y en cada lugar a donde viajaban, dentro del territorio de Chihuahua, y luego regresó muy garbosa a su lejana tierra.

Al llegar, lo primero que hizo fue bloquear todos los contactos por donde antes se había comunicado con su amado mexicano.

Varios días tardó Gilberto en creer que esto hubiera sucedido. Primero le echó la culpa a las fallas de la tecnología, luego a la posible falta de recursos económicos que a lo mejor a Kiroschka la obligaban a permanecer incomunicada, sería cosa de unos días, pensaba, pues la esperanza es la última que muere. No lo podía creer, pero cuando por fin le cayó el veinte casi estalló en furia y ya después llegaron los correspondientes tres o cuatro meses de la absoluta desilusión.

lunes, 24 de agosto de 2026

Mejor otro día nos vemos

 

Mejor otro día nos vemos

 

Por JChM

 

―Hola, hijo, felicidades, ¿dónde estás?

―En mi casa.

―Voy para allá, yo llevo la comida para celebrarte el día del padre.

―No, mamá, vamos con los papás de Claudia.

―Si quieren allá los alcanzo.

―No, mejor después nos vemos.

―Okey, que te la pases muy bien.

*

―Paty, mi niña, ¿cómo estás?

―Bien, mami.

―Oye, m'hija, te invito a comer, vente y cocinamos juntas.

―No, mamá, otro día. Arturo y yo vamos al cine, ya mero llega por mí.

―Pues tráetelo también, los invito a los dos.

―No.

―Te preparo lo que quieras.

―Pero ni hambre traigo, nos vemos después, ¿sí?

―Okey, que se diviertan.

domingo, 23 de agosto de 2026

El magnate figurado

 

El magnate figurado

 

Por JChM

 

Hace dos meses me llamó Javier Félix y me dijo: Chávez, ¿cómo te va? Tengo aquí a mi amigo Bartolomé Quiñónez, él tiene 90 años, pero parece de 50; anda con el proyecto de publicar su biografía que está escribiendo; le dije que tú eres un gran editor y le podrías ayudar. Antes de darme chanza de contestarle algo, me pasó al teléfono a Quiñónez. La voz me pidió que nos viéramos esa misma tarde, o a más tardar al día siguiente, en el Sanborns Mirador a las 10 de la mañana, que le urgía.

 

Cuando llegué a la cita, al centro del comedor vi en una mesa a un señor que de seguro era mi cliente. Era un hombre de aspecto tranquilo, pero con la mirada ansiosa y las manos inquietas; sobre otra silla, a su lado, había puesto un portafolios negro que no cerraba porque tenía roto el broche. Lo primero que me explicó luego del saludo fue que allí guardaba documentos secretísimos que ya luego me mostraría. Malo, pensé, otro lunático con tema palpitante de lugares comunes.

Le pregunté que cuántas cuartillas tenía ya escritas, me dijo que ninguna, bueno, sí, llevo algunos apuntes, pero déjeme platicarle de qué se trata, se va a quedar usted asombrado de lo que voy a contarle.

Fui ejecutivo de la Coca Cola en la Ciudad de México. En ese tiempo la dueña del mercado era la Pepsi, pero un grupo de expertos nos dimos a la tarea de desbancarla y de posicionar nuestra marca, y hasta la fecha. Luego un compañero y yo pusimos una embotelladora chiquita aquí en Cuauhtémoc y nos fue muy bien, hasta que él me hizo una mala jugada y me quedé sin mi parte. Me vine a esta ciudad y me dediqué a los bienes raíces. Me ha ido muy bien.

Cuando dijo eso no pude evitar darle una mirada de reojo a su portafolios roto y a un celular de 15 pesos por donde le llamaban a cada rato sus hijos para saber si estaba bien. Lo que me daba mala espina es que no había escrito nada, pretendía que yo podría ayudarle a redactar desde la página uno todo el montón de grandes revelaciones y aventuras de lo que había sido su trascurso vital, y además los terribles secretos de la Coca Cola, seguramente los mismos que ya habían escrito otros autores hasta el cansancio: que la cocaína, el azúcar, el agua negra, la guerra mundial, el mercado agresivo, las trampas de la fe del ultra capitalismo.

Y vaya que le atiné: lo que fue sacando de su cartapacio fueron dos libros sobre la famosa bebida, uno en español de 570 páginas que fue best seller en lo años noventa llamado Dios, patria y Coca Cola, la historia no autorizada de la bebida más famosa del mundo; otro similar escrito en inglés, que me aseguró solo había circulado entre los altos ejecutivos de la compañía, como él; y una revista de 1976 sobre el mismo tema. Esos eran sus grandes documentos secretos que se encargaría de difundir en el mundo libre.

Ya para entonces había pasado dos horas de esa disparatada conversación, le inventé que tenía otro compromiso, pedí la cuenta de mi café e hice como que ya me iba.

Por supuesto, le voy a pagar sus honorarios, no faltaba más. Dígame cuánto sería. Hice un cálculo rápido, sin grandes esperanzas, en el remoto caso de que tendría un cliente que tuviera un mínimo de coherencia. Pensé: un psiquiatra le cobraría novecientos pesos la consulta de veinte minutos, yo le voy a pedir doscientos pesos la hora por enseñarle a escribir. Bien, señor Quiñónez. Vamos a trabajar en sesiones de dos horas cada semana, cada una le va a costar cuatrocientos pesos.

Trato hecho, me dijo, jamás acostumbro regatear.

Podemos trabajar en mi casa o en la suya, donde usted guste.

Prefirió que en su casa y me dio la dirección; quedamos en que iniciaríamos el próximo lunes a las 5 de la tarde.

El día señalado me llamó a las 10 de la mañana y me dijo que en esos días iniciaba la temporada fuerte de los bienes raíces, que por eso no podría por lo pronto iniciar nuestro taller literario, que quizá más adelante. Okey, le dije. Ahi usted me llama.

No me va a llamar nunca

Le anduve dando vueltas a la idea de reclamarle a Félix por haberme usado para quitarse de encima a un señor necio que lo visita en su oficina para quitarle el tiempo, pero preferí que no, después de todo para eso estamos también los amigos. Me debes una, Javier.

lunes, 17 de agosto de 2026

Whisky


 

Whisky

 

Por JChM

 

Me gusta venir a este bar porque desde la ventana se mira hacia abajo la plaza del centro.

En la noche los árboles son manchas negras y la estatua prepotente del fundador oficial Deza y Ulloa queda reducida a monito de vaqueros. Por el reflejo del vidrio se asoman luces a un lado y al fondo resulta que en el vislumbre el fragmento de un edificio se volvió transparente y pasa el viento a través del vacío.

Al segundo whisky ya estoy acordándome de ti, a pesar de que vengo acompañado de una guapa mujer que me gusta y me ama, dice.

Me acuerdo de los primeros meses luego de nuestra separación, el impulso de llamarte, la necesidad de tu voz, alguna palabra tuya hubiera bastado para sanarme, como dice la clásica oración.

Pero nunca te llamé.

Ni en aquellas noches de parranda con canciones necias de dolor y desolación.

Ni los domingos eternos y vacíos.

Ni en tu cumpleaños, cuya fecha recordaba todo el año.

Ni en la fiebre con el tren del insomnio, ni en las madrugadas delirantes cuando ya mejor me hubiera muerto si vivir lejos de tu cuerpo era el único fin que me esperaba.

Ahora ya pasaron años. Por imposible que parezca, sigo vivo y tranquilo.

Por eso no me explico por qué escribo estas líneas tan dramáticas, y sobre todo tan ciertas.

domingo, 16 de agosto de 2026

El hogar vacío

 

El hogar vacío

 

Por JChM

 

Fui a la casa de Ernesto por un pendiente del trabajo. A mediodía estábamos en la cocina revisando las cuentas cuando entró el papá desde la sala, donde conversaban la madre y las hermanas de Ernesto.

Vestía una bata raída y un sucio pantalón de pijama. A nadie saludó y los demás ni lo miraban, caminó muy lento hasta el refrigerador, sacó una cazuela con sopa de fideo y la puso en la mesa. De una vitrina tomó un plato que se miraba algo polvoso y se sirvió una porción de comida, sin calentarla. Se veía verde aquella pasta, pero aún así comió sin hacer ningún gesto; no parecía que le gustara, solo se trataba de llenar el hueco del hambre con ese desayuno tardío.

Luego regresó a su recámara en silencio, con la misma indiferencia y abandono.

miércoles, 12 de agosto de 2026

El sapo

 

El sapo

 

Por JChM

 

Un hombre estaba dormido cerca del arroyo, cuando un sapo se le metió en la boca abierta. Despertó desesperado. No alcanzaba respiración y sentía el viscoso cuerpo del animal ahogándosele en la garganta, pataleando con violencia, casi le rasgaba el cuello por dentro.

Trataba de arrojarlo, pero el sapo, al sentirse oprimido, intentaba avanzar hacia delante. El hombre corría de un lado a otro sin poder gritar, se convulsionaba tratando de jalar aire, pero no podía, a pesar de la fuerza con que su nariz se plegaba sobre sí misma. Hubiera muerto, de no ser porque, para su buena suerte, llegó un vecino suyo a quien le llamaban Mano Chiquita.

El Mano Chiquita le salvó la vida.

Primero lo tiró al suelo con un golpe en la espalda, luego lo sujetó del pelo y le levantó la cabeza, le abrió la boca lo más que pudo y metió sus pequeños, sus delicados dedos, hasta el fondo de la garganta. La pequeña mano cabía entera. Atrapó al sapo y lo jaló con mucho cuidado.

El animal salió vivo. Aquel ya casi se había desmayado, pero entonces alcanzó a respirar, jadeando, bocanadas de angustia y aire; casi a gritos inflaba y desinflaba todo el cuerpo y así estuvo largo tiempo, hasta que se fue calmando poco a poco mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.