lunes, 10 de agosto de 2026

The Master


 

The Master

 

Por JChM

 

No sé qué tanto supiera Coyazo de medicina, o de alguna otra ciencia; en su casa hacían fila montones de gente, enfermos y alucinados buscando alivio. En el barrio nos fuimos acostumbrando a los milagros, algunos llegaban arrastrándose o en silla de ruedas y salían de pie; cuerpos llenos de llagas y laceraciones se limpiaban a los pocos días; locos furiosos que se volvían hermanitas de la caridad.

La fama de Coyazo se extendía lejos, corría su fama de espiritista, y muchos hombres que venían hasta él quejándose de vértigo, ya curados regresaban por más de la yerbita mágica; mujeres desesperadas porque no quedaban encinta, al poco rato hasta tres hijos uno por uno alumbraban. Muchos de ellos sureños, o del otro lado, y hasta un día trajeron de Rusia a un paralítico gigante que apenas respiraba.

A Coyazo se le consideraba un hombre que era bendecido con poder y gloria, algunos creyentes lo catalogaban de iluminado, y hasta le hicieron un altar. Cosas de gente que se santigua y a cualquiera lo hace santo.

En los poblados mentaban sus dichosos milagros. Esto llegó a oídos de un hombre adinerado, poderoso, que venía arrastrando una desdicha: su primogénito tenía paraplejia desde que se cayó de un caballo. Don Rodolfo, padre del desafortunado, prometió gastar hasta el último quinto de su fortuna con tal verlo sano. Un viernes por la noche mandó a su gente a buscar al curandero.

Todavía era de madrugada cuando llegaron tres hombres a la Colonia Rosario, a la casa de Coyazo. Se pensó que eran de la judicial o algo, porque venían en una camioneta grande último modelo, con placas de Tamaulipas. Preguntaron por el brujo, así dijeron, sin el mejor respeto. Lourdes, la esposa de Coyazo, les abrió la puerta.

―Buscamos al señor Juan Coyazo, ¿aquí es su domicilio?

―Sí, es mi esposo, ¿para qué lo necesitan?

―¡Háblele!, el patrón lo quiere ver.

Atrás de su mujer apareció él.

―Señores, ¿qué se les ofrece?

―¿Juan Coyazo?

 

―El mismo que vista y calza, ¿para qué soy bueno?

De estatura normal, moreno, cabello lacio, con ropa sencilla pero mirada profunda. En aquel entonces tenía cuarenta y tres años de edad.

―Venimos de parte de mi patrón. Él tiene un hijo que está muy malo y quiere que usted lo cure.

―Pues por ahi dicen que no hay peor lucha que la que no se hace, vamos a verlo. Dígale al muchacho que entre.

―Él no viene con nosotros, tiene que ir usted para allá.

―Díganle a su patrón que no acostumbro salir; si realmente le urge, ya saben dónde hallarme.

―Mejor ni le busque; no sabe a quién le está negando el favor. Don Rodolfo está dispuesto a darle lo quiera con tal de que le cure al chamaco.

―Yo no necesito más de lo que ven, y ya les dije; no puedo dejar a tanta gente solo para ir a curar a uno solo, tráiganlo y aquí lo atenderé.

Uno de ellos quiso sacar la pistola y quebrárselo allí mismo, por renuente y respondón. Pero su compañero lo detuvo.

―¡Espérate! Vamos a ver si lo convencemos de otra manera.

Sacó un fajo de billetes, le dijo que eso y más era para él y que cargara con lo indispensable para irse con ellos.

Esto a Coyazo no le estaba gustando nada, no pensaba en el dinero sino en que era la primera vez que le pasaba algo así; hasta los más millonarios hacían fila ante su puerta por varias horas, esperando que los recibiera.

La mujer del curandero ya estaba desesperada y le aconsejó que mejor se fuera con ellos, al cabo que para él ningún mal era imposible; además era mucho dinero el que le ofrecían.

―Vete, m’hijo, revisa al chamaco. A lo mejor nada más está empachado y ellos creen que está grave, ya ves cómo es la gente rica, todo se les hace delicado. Aprovecha para que les saques todo lo puedas, no toda tu vida vas a andar de curandero pobretón, mi cielo.

Coyazo se llevó las manos a la cabeza, su mujer lo estaba haciendo dudar. Él ya tenía sus años y a lo mejor esta era la buena para retirarse. Tomó el dinero y sin contarlo se lo dio a ella.

Agarró un maletín de médico, alguna ropa, y subió a la camioneta. En sus ojos negrísimos brillaban chispas de inteligente cautela, nada escapaba de su vista, pero iba nervioso, debía andarse con cuidado, pues según las pláticas entre los que iban en la camioneta, el tal don Rodolfo era el hombre poderoso de una vasta región; había sido gobernador y se había enriquecido de manera escandalosa, por eso ahora sus pistoleros andaban tan bien armados.

Quince horas después, llegaron al casco de una hacienda; se abrió una puerta de metal y la camioneta recorrió dos hectáreas de jardines. El mismo don Rodolfo salió a recibirlo, iba acompañado con algunos guardianes, uno de ellos revisó el maletín que llevaba Coyazo en las manos.

―Con que usted es el famoso galeno, por ahi me dijeron que se negaba a venir, sépase que a mí nadie me dice que no, y mucho menos si es para curar a mi hijo.

―¿Dónde está el muchacho? Déjeme revisarlo para ver qué puedo hacer por él.

―Usted lo va a curar, por eso lo mande traer. Y no coma ansias, mañana lo verá. ¿O me va a salir chambón como los demás? Ya le traje doctores eminentes, santeros y hasta magos y nada. Como no pudieron, se quedaron a vivir aquí, ¿quiere conocerlos?

Coyazo no sabía de qué carajos hablaba ese hombre; si aquellos se habían quedado a vivir en ese lugar, para qué requería entonces de sus servicios.

Le dieron de comer y después lo pasaron a una habitación inmensa, pero antes de cruzar el último pasillo, miró de reojo un salón decorado en forma de calabozo, con torreones y construido con canteras enormes. Del altísimo techo colgaba cinco pequeñas cabezas reducidas en la técnica de los jíbaros africanos y barnizadas con cuidado y arte. “Sala de médicos”, decía una placa de bronce en el arco de la entrada.

Coyazo era un hombre valiente y educado en el yoga, esos gestos aparatosos estaban muy lejos de asustarlo, le parecían ingenuos, de gente vulgar que le sobra el oro. Su verdadera preocupación era la de cómo ayudaría al hombre joven que vivía postrado en una cama sombría, en lugar de andar por los campos como un tigre, al aire libre.

Al día siguiente, muy temprano, luego de un desayuno abundante, lo llevaron a la habitación del muchacho. Estaba sobre una cama lujosa y de esmerada pulcritud, pero él era un desastre. Luego de meses de inmovilidad, la piel se caía en pedazos de brazos y piernas, maceradas en cremas finas. Desde cada brazo se prendían triperío de cables y zondas conectadas en las venas, en el vientre, en la boca, en el ano, en el pene. La cama estaba rodeada de aparatos quirúrgicos muy sofisticados, pantallas prendidas, computadoras, tanques y bombas de oxígeno: el espectáculo de la muerte aplazada a punta de técnica y billetes.

―¿Cuál es el nombre del joven ―preguntó Coyazo a la mujer que le habían asignado como su asistente, una enfermera eficiente y guapa.

―Se llama Rodolfo también, como su padre.

Con firmeza y respeto, el taumaturgo habló al joven.

―Rodolfo, despierta. Vine a visitarte.

Con esas puras palabras sucedió un leve milagro: tres dedos de la mano izquierda vibraron, un movimiento tan ligero que nadie supo verlo pero que para Coyazo no pasó desapercibido.

―Voy a pasar una hora contigo, quiero saber mucho de ti. Para sanarte, para que recuperes las acciones de tu cuerpo. Vendré a verte también a media tarde, y así todos los días hasta que podamos hablar con calma. ¿Quieres hacerlo?

Ya no se registraron movimientos.

El visitante pasó el resto del día revisando con cuidado las entradas y salidas de aquel muchacho que había sido tan vigoroso, pero que el destino le jugó una mala pasada. Ahora parecía un saco de huesos descoyuntados. Estuvo con él por largo rato, todos sabían que el chamaco tenía una lesión medular y obvio que necesitaba un trasplante, eso de seguro rebasaba los conocimientos del forastero.

Según don Rodolfo, su hijo ya había pasado quien sabe por cuantos hospitales sin resultados buenos, y si esta vez el espiritista recién llegado no le atinaba, tendría que conseguir una médula por la mala, pero ese trabajito se lo dejaría a un cirujano, al fin que la gente aquí se pierde a cada rato, o se desaparece para siempre. Esa sería la siguiente estrategia de don Rodolfo, secuestrar gente hasta conseguir la médula que conseguiría para su hijo los nuevos pasos de su vida. Pero antes quería ver con sus propios ojos qué tan bueno era el espiritista que, se supone, tendría que dejarlo sano otra vez.

No tan espiritistas eran los métodos de Coyazo, pero él se dejaba querer: que le dijeran espiritista o médico o taumaturgo le daba lo mismo. Lo cierto es que había aprendido a combinar el vasto conocimiento sobre las yerbas medicinales que le había enseñado con paciencia y años su padrino Alfonso Arámbula, de quien había sido ayudante en su comercio y en muchos viajes de ventas por casi todos los poblados de México y, sobre todo, con su entrenamiento militar en un monasterio chino, donde su padre lo había abandonado de niño luego de arrebatárselo de los brazos a su madre, por una venganza pasional. Allí había aprendido secretos de la santería y trucos de lo que en Occidente se le llama meditación trascendental. Era eso y también su natural capacidad de observación de la conducta humana.

Al día siguiente volvió a subir a la habitación donde Rodolfo yacía, pero ahora él parecía distinto, como que hubiera recuperado la esperanza. Tomándolo de ambas manos, con firmeza y dicción perfecta, el visitante lo saludó con estas palabras:

―Allá afuera hace una bonita mañana, Rodolfo. El sol te espera.

Se quedó quince minutos en silencio, como esperando una respuesta.

La única que llegó fue un leve latido que se sintió en el torso de la mano izquierda.

Al sentirla, Coyazo volvió a hablar:

―Muy bien, amigo. Ya supe que estamos en contacto. Qué bueno, hijo, porque en esto la comunicación es de vida o muerte.

Pasaron diez minutos y llegó otro latido, ahora en la mano derecha.

―Eso es, amigo. Ya nos vamos entendiendo. Te voy a platicar cosas y a veces te voy a preguntar algunas dudas que yo tenga. Solo me tendrás que contestar sí o no. Cuando sea sí, me harás una seña como tú puedas con la mano derecha. Cuando sea no, me lo dices sintiendo la mano izquierda. ¿Estás de acuerdo?

Con toda paciencia esperó la respuesta, que efectivamente llegó muy tenue con el dedo pulgar de la mano derecha.

Con palabras muy claras y elevando la voz, Coyazo le platicaba al muchacho todo lo que se le ocurría que estuviera sucediendo en su estado de postración, en los días anteriores al accidente, le preguntaba su opinión de cualquier cosa: ¿te gusta el color de las paredes de este cuarto?, ¿tienes deseos de comer carne?, ¿amas a tu novia, quien te visita todas las tardes?, ¿tienes alguna querella contra tu papá?, ¿crees que saldrás de esta?

Así pasaron los días. El curandero espiritista le explicaba los ejercicios y masajes que le iría aplicando, le preguntaba si había dolor, placer, miedo, nada, en cada movimiento que le marcaba, a veces con mucho cuidado y muy lentamente, otras con brusquedad, casi de manera agresiva.

La respiración del joven se fue restableciendo, los movimientos de sus intestinos se fueron haciendo regulares, disciplinados. Poco a poco aumentaba la capacidad móvil de los dedos y las articulaciones se hacían más sensibles; día con día se estaba construyendo el milagro. En el diálogo supo que no había nada torcido ni psicosomático en el estado de salud de su paciente, todo era mecánico y bioquímico. De su alforja sacaba frasquitos y hierbas que nadie conocía con polvos, gotas, pócimas que él mismo preparaba algunas madrugadas.

Don Rodolfo vivía muy atento a los avances de su muchacho y tenía accesos de entusiasmo. A veces cenaba con Coyazo y le llevaba regalos valiosos, una hebilla de oro puro, un collar de esmeraldas para que le mandara a su mujer, un montón de billetes en una caja de zapatos. Todo lo recibía Coyazo con naturalidad y sencillez, como si fuera cosa normal y cotidiana. Sabía que esto no era asunto de riquezas, sino de paciencia y disciplina, sobre todo del muchacho, que por lo demás era un maravilloso colaborador.

Tres meses después, en la sesión de la mañana, Coyazo le dijo:

―Muy bien, mi amigo. Este es el día en el que tienes que incorporarte tú solo. Si necesitas, apóyate en mi brazo, pero, ante todo, tienes que doblarte tú mismo, aunque duela. Ya estás listo para hacerlo: quiero ver cómo lo consigues.

Temblando el cuerpo completo, haciendo alguna que otra mueca dolorosa, el enfermo se incorporó en la cama. Parecía un milagro, el de un muerto que regresa. Pero era parte de un entrenamiento riguroso.

―Exacto así, Rodolfo. Ahora tienes que decirme algunas palabras, recuerda el lenguaje y dime lo primero que se te venga a la mente.

Esperó media hora. La boca del joven oscilaba, el círculo de sus ojos era intenso, pero solo hubo silencio.

―No importa. Mañana lo intentarás de nuevo, no te apures. Bastante conseguiste por ahora.

Pasaron otros tres meses. A la siguiente semana Rodolfo consiguió hablar y pidió agua fresca, más adelante pudo bajarse de la cama y apoyarse en sus dos piernas, todavía casi inmóviles, después ya logró comer sin sondas y recuperar el sabor y la energía de los alimentos. Un año había pasado Coyazo en aquella mansión, como una especie de gurú del paralítico que poco a poco dejaba de serlo. Un caso difícil, sin duda, y quizá milagroso. Ejercicios, medicamentos naturales y comunicación intensa.

Lo despidieron como a un héroe. Rodolfo chico lo abrazaba como a su propio padre, el que de nuevo le dio la vida. Don Rodolfo hizo a su nombre un fideicomiso abundante para que los gastos del resto de su vida estuvieran resueltos. Los ayudantes lo regresaron a Chihuahua en otra camioneta grande, con lujos y consideraciones.

Su fama ya no existía, un año de ausencia es demasiada para que perduren las leyendas; la memoria colectiva es frágil. Lourdes, su mujer, lo recibió con cariño y sencillez, muy contenta con el regreso de su marido y de que ya no fuera tan famoso ni milagrero.

domingo, 9 de agosto de 2026

El box

 

El box

 

Por JChM

 

Los sábados en la tarde, cuando llegaba de la obra, Manuel ponía la hielera con cervezas y hielo, se sentaba fuera de la casa al aire libre, viendo pasar la gente. También miraba su hijo, quien jugaba en la tierra con sus primos. Le habló:

―Chumel.

―¿Qué pasó, papá?

―Te voy a dar un peso si te das un tiro con Chuy y le ganas. Y dos, si le sacas el mole.

―Pero papá, andamos jugando. Además, no me ha hecho nada; tú me enseñaste a que me defendiera en la escuela, pero Chuy es mi primo.

―No seas rajado, ¿a poco le tienes miedo?

Para nada me tenía miedo. Chumel tenía ocho años, yo era un año mayor que él y estaba más alto, pero él era ligero y fuerte, más vago y peleonero.

Entre más se emborrachaba, más necio se ponía Manuel con el muchacho. Quería verlo pelear, lo valiente que era, muy hombre como su padre. Lo fregaba cada rato.

―Órale, m’hijo, no le saque. ¿A poco porque es más grande?, entre más altos son, más recio caen. Si no, voy a pensar que eres culey.

Por mala suerte, me tocó ganarle en la rayuela; fue casualidad, porque él siempre ganaba, era hábil para todo. Pero esa vez le atiné a la lanzada y le partí su trompo en dos, sin querer, uno de encino bien bonito que le había traído de Guadalajara su padrino.

Me dio un empujón contra una barda de piedra, me raspé los brazos y salió sangre. Pero no era suficiente mole, en cuanto me levanté me apaño con un golpe en la cara y, al cruce, con el otro puño. La nariz es escandalosa, mi camisa quedó pintada de rojo. Y así le hubiera seguido, si no llega Pablo, mi hermano, y me aliviana por lo menos a que ya no me siguiera surtiendo.

Cuando terminó el pleito, Manuel se sentía orgulloso de su hijo, qué muchacho tan bueno para los trancazos.

También vio con tristeza que ya nada más quedaban dos cervezas en la hielera. Y como le había dado lo del chivo a su señora, ya no traía ni un centavo para las otras.

sábado, 8 de agosto de 2026

La ciudad encantadora

 

La ciudad encantadora

 

Por JChM

 

Salgo a la calle en la mañana fresca, con los colores realizados en el azul del horizonte, señalado por el sol desde el Cerro Coronel. La gente camina tranquila o apresurada rumbo al trabajo, o circula en su automóvil. Algunos nos congregamos en la estación Catedral del Metrobús, donde a esa hora hay dos filas.

La gente es allí bien educada, respeta el espacio y el turno de los demás, aunque a veces llega algún ansioso o ansiosa que se mete en la fila de forma abusiva, pero nadie muestra enojo con ellos, los dejan pasar con indiferente paciencia.

Las horas pasan distintas para cada quién; un extenso ambiente de individualismo se ha instalado en las relaciones sociales y hasta familiares, de tal forma que ahora las personas viven más tiempo solas que acompañadas, aunque en su soledad muchos andan conectadas con otras a través de teléfonos celulares o computadoras. Una vivacidad llena de fotos y de palabras circula en las redes sociales, donde se inventan formas nuevas de las ideas y de los sentimientos.

Al final de la jornada laboral, otra vez se inicia el peregrinaje: llegan autobuses llenos; en las calles más transitadas pasan hileras de automóviles donde van personas impacientes, algunas, otras muy tranquilas y relajadas.

Yo me bajo en el centro y recorro la Calle Libertad, que todos los días parece una feria pueblerina. Un montón de ancianos deambulan por allí todo el día y ocupan las bancas de la calle y de la Plaza de Catedral, leyendo periódicos y mirando de reojo cada persona que desfila frente a sus ojos. Se me ocurre pensar que nada se les escapa y que conocen o inventan vida y milagros de los que van pasando.

Como es martes, la Presidencia Municipal instala un foro con sonido y micrófono para los artistas que quieran presentarse.

Invita a todos, pero como no les ofrece pago por su trabajo, se presentan puros improvisados que no cuidan la calidad de su música ni el espectáculo. Casi todos se acompañan con grabaciones de canciones viejas, el lugar común del romanticismo. Bésame mucho, Lloviendo está, Quiero dormir cansado para no pensar en ti, etcétera.

El de hoy es un señor como de unos 70 años con canciones del viejo rockanrol mexicano. En las bocinas suena la pista de Popotitos. En el micrófono, el viejo canta con voz desafinada, pero con ritmo. Ni siquiera pretende vestirse con alguna galanura antigua o de moda, no sé, cierto decoro. Al contrario, trae un pantalón de gabardina gris, tenis y un suéter azul marino deslavado, como de quien ya no espera nada.

El único toque de elegancia es que, en la hora y media que duró su show, nunca se puso a bailotear con ninguna de las canciones, sino que muy serio se concretaba a mirar firmeza a su auditorio, y caminaba de vez en cuando frente al proscenio. Se aventó las obras completas de César Costa, Enrique Guzmán, Johnny Laboriel, Los Hermanos Carreón, Alberto Vázquez.

Cuando me voy de la plaza ya va empezando a oscurecer. La gente va un poco más apresurada por llegar a casa, como yo mismo. A pesar de toda una vida en la ciudad, seguimos teniendo costumbres campesinas, muy sensibles al tiempo, al clima, a la luz del sol y a la sombra de la noche.

viernes, 7 de agosto de 2026

Ruth en París

 

Ruth en París

 

Por JChM

 

A los 22 años Ruth era pasante de ingeniería industrial, había tenido su primera experiencia laboral como residente en la Coca Cola y ahora ya era nada menos que jefa de logística en TRW; se disponía a tener un futuro brillante. Ya tenía cinco años de trabajo duro y ahora llegaba la recompensa, ese nuevo puesto le trajo dinero y un poco de tiempo más ligero.

Estaba recién divorciada y aún su corazón andaba en pleno duelo, hasta con la más estúpida canción de ardidos le calaban los seis meses de esa muerte chiquita que se llama ruptura sentimental. Para entretener los insomnios despechados, empezó a navegar en las redes sociales de parejas, donde virtualmente hay un mar de hombres disponibles a casarse de inmediato o a lo que sea, según lo anuncian sus comunicados. Así conoció a Alain, un francés muy fotogénico. A pesar de sus esfuerzos y medias luces, parecía del doble de su edad, pero aun así Ruth lo encontraba atractivo, muy correcto e intelectual.

Todo empezó con mensajes esporádicos de WhatsApp: “Qué buena foto”, “Te ves muy bien”, “Cada vez me gustas más”. Mensajes que le producían excitación, pero que respondía simplemente con un: “Gracias”. Un domingo por la tarde, Alain le escribió al Messenger y le preguntó mil cosas, quería saber más de ella, que si salía mucho a la playa, que le encantaban las fotos en vestido de baño y muchas otras cositas. La conversación fue tan amena que rápidamente surgió la química y ella no lo podía creer, ¡estaba hablando con su amor virtual!

A las pocas semanas la conversación terminó con la clásica propuesta de verse por cámara. Ruth se había reído toda la vida cuando le contaban de mujeres que habían conocido novios de Internet, de sesiones ante computadoras con ojos electrónicos, desnudos tremendos, masturbaciones delirantes y el chat con miles de cuadritos de intercambio. Pero en su nueva libertad también comenzaba a disfrutar estos placeres que al principio le parecían raros y que ahora los miraba sencillos, último refugio de los seres complicados.

A pesar de eso, ella siempre ha sido mujer de acción, no contemplativa de pantalla, como otras. Aunque andaba algo enamorada de Alain, por sus palabras que “sonaban” sinceras, elegantes, discretamente poéticas, pero sobre todo muy tiernas, no sentía que tuviera por qué entregar nuevamente el corazón; aún así, había una moneda en el aire y, pues, a ver qué señalaba la suerte. En cuanto pudo gestionar sus primeras vacaciones de ejecutiva Golden, decidió hacer catarsis, ponerse delante de sus deseos y enseñar a los muertos de su armario lo que era la plena libertad.

Alain ya le había insistido en conocerse, y esta vez ella tomó la gran decisión, hizo su maleta para dirigirse a Francia. Sabía que él era casado, pero por las vacaciones, su esposa y los hijos andaban de viaje, él quedaría solo. Al llegar al destino, la recogió en el aeropuerto y la llevó a una casa lujosa y cómoda.

En cuanto se instaló en una recámara que le tenía preparada, se puso a cocinar crispetas, le sirvió una copa de coñac delicioso que la hizo sentirse tranquila, como si se conocieran de toda la vida.

―Toma estos chocolates. Gracias por estar aquí ―decía con untado cariño, no hallaba dónde ponerla, se veía algo nervioso.

Escuchaban música, bailaron a la mitad de la sala, luego entraron a la recámara principal; al poco rato ya estaban acostados uno al lado del otro, cubiertos con una sábana muy fina color de vino tinto. Comenzaron a charlar y se fue serenando la tensión; le dijo que todas sus fotos de Whatsap las tenía guardadas, que le parecía la mujer más hermosa. Luego de esa declaración, la besó y ella, con el corazón a mil, respondió con delicia. Hicieron el amor, noche nupcial.

Al día siguiente Ruth tenía una cara de felicidad resplandeciente, y aunque sabía que todo este asunto era arriesgado, no podía dejar de sentir, no se le borraba del cuerpo la elasticidad del gozo. En el paseo, ella estaba encantada con él, sus atenciones, su madurez, la sonrisa y hasta sus canas, todo le atraía.

Por la tarde él llegó de la oficina y la saludó muy tierno, le dijo que estaba maravillado de tenerla, y que otra vez quería estar con ella, y claro, Ruth encantada. Los días pasaban y crecía el caudal de ese río, miradas, sonrisas, besos interminables. Les producía un placer muy alegre hablar de sus encuentros sexuales, también platicaban algo de sus vidas personales, aunque no se tocaba el tema del por qué estaba él engañando a su esposa, sabían lo que estaban haciendo y que moralmente eso tenía sus bemoles, pero el fuego, la química y la empatía que había entre Ruth y Alain era mayor que todo eso.

Volando pasan los días en el paraíso terrenal, la esposa de Alain estaba por volver y ella seguiría su viaje hacia Praga, era su siguiente destino de vacaciones y le quedaban diez días de lujosa libertad. La tarde anterior a la despedida hicieron el amor tres horas, no querían deslazarse de aquellas acciones físicas y espirituales que ya eran ritual de palabras, caricias y humedad placentera. Ella le dijo:

―Ven conmigo a Praga, no quiero separarme de ti.

―Pero mi cielo, ¿y mi trabajo? La familia, mis hijos, ¿de veras me estás pidiendo que deje todo?

―Mira, por lo pronto viaja conmigo a Praga, ya luego veremos qué pasa.

―No creo poder despegarme de la empresa, hay asuntos que requieren mi presencia. Y delegarle el trabajo a alguien, como que no me gusta esa idea, lo siento mi amor por ahora eso es imposible.

―Sí... ya lo sé. Pero entonces todas las palabras que me dices, que soy un milagro en tu vida, que nunca habías experimentado tanto placer como conmigo, ¿todo eso no cuenta?

Alain tuvo que reconocer que había dicho en repetidas ocasiones todas esas palabras y muchas otras, y que ahora la realidad lo reclamaba. Pero no le quedaba claro cuál realidad pudiera ser: su estabilidad económica y familiar o aquella mujer joven y hermosa de la cual ya se había enamorado perdidamente y quizá fuera el amor, el verdadero, el que había imaginado siempre desde joven y que nunca se había dado antes. Así lo pensaba con la pasión de aquellos días, a pesar de la armonía conyugal, de su vida tranquila y estable.

Pero para qué se hacían ilusiones, en el fondo ambos sabían que su amor no tenía futuro. Aún así, querían intentarlo todo. Alain acordó una última cita, la invitó al cumpleaños de uno de sus socios. Llegó ella muy orgullosa del brazo de Alain, los ojos del socio se clavaron en el escote de su espalda que se ceñía y dibujaba un cuerpo hermoso, cincelado por el yoga. Ruth noto cómo su mirada la atravesaba, al quedar frente a él para felicitarlo pudo comprobar que un intenso brillo perverso afloraba en los ojos. Alain la presentó como su prima, para no levantar sospechas.

―Ven, linda, voy a presentarte a otros amigos.

Eran los típicos hombres de negocios, adinerados y ególatras. Alain no era así, él siempre veía más allá de la pelusilla de su ombligo. La reunión era un éxito, aunque agotadora, y no tenía para cuando terminarse; Ruth ya estaba muy fastidiada, pues en toda la noche no había podido acercarse amorosamente a Alain.

A las cinco de la madrugada un agitado y ebrio cumpleañero se acercó tambaleante Ruth con un vaso de vino en la mano.

―Hola, bella, te veo un poco cansada. Qué te parece si… me acompañas a mi alcoba. ¿Subimos?

Bastó con ofrecerle su mano para que en cuestión de minutos estuvieran en una majestuosa suite.

―Hoy has sido la atracción y el recreo, tanto de hombres como de mujeres. Sabía que no me equivocaba contigo, eres muy hermosa, mi socio tiene una prima espectacular.

―Me alegra oírte decir eso, es difícil estar a tu altura ―se sinceró Ruth.

Él iba depositando besos en su espalda, allí donde la tela no cubría la piel.

―Siempre estarás a la altura, preciosa.

Entraron a la alcoba en plena acción, los dedos del hombre recorrieron su cintura y su boca devoraba la zona entre el cuello y el hombro, mientras dejaba caer el vestido de raso negro. Dio media vuelta para enfrentar su mirada.

Tenía los ojos abiertos de par en par, la boca entreabierta como si no pudiese respirar. Había acertado y eso a él le gusta. Su mirada parecía hacerle un scanner completo y podía sentir cómo se humedecía al saberse tan observada. Adoró esa mirada suya entre arrebatada y tierna, hambrienta y dulce.

Ruth se acercó a él contoneando las caderas despacio, lento, estudiando cada gesto. Él la tomó por la cintura de manera posesiva.

―Adoro tenerte así, solo para mí ―susurró, acercándose a su boca.

―Soy toda tuya. ―Sabía que eso no debería decirlo, pero su lengua fue más rápida que el cerebro.

Su virilidad abultaba el pantalón del traje hecho a la medida. Un gemido escapó de su garganta cuando metió la mano dentro del pantalón y acarició su masculinidad por encima del bóxer.

―Mmmh, excelente―pensó, excitadísima.

―Llevo así toda la noche por ti, no sabía cómo disimular ―sonrió él.

Las yemas de sus dedos rozaron sus mejillas, el cuello, la clavícula, los hombros, y dibujaron el contorno de su silueta hasta llegar a las nalgas; se aferró a ellas con ambas manos y se estremeció ante ese contacto delicioso.

Fue empujándola hasta la cama, la tendió en ella, separó sus piernas y se acomodó entre el interior de sus muslos.

―Lo siento, contigo no puedo tener paciencia ―se excusó.

Ruth estalló, llena de gozo.

Poco tiempo después, un sentimiento de culpa la invadió al ver entrar en la alcoba a Alain.

La miró con asombro, sus palabras la tomaron desprevenida.

―Yo comenzaba a sentir un gran amor por ti, estaba decidido a dejar mi esposa, mis hijos. Pero como comprenderás necesitaba estar seguro de ti. Y ya veo que estas dispuesta a entregarte a cualquiera que te lo pida.

Eso para Ruth fue una auténtica bomba, el estúpido de Alain la había puesto a prueba.

―Y ahora mismo te me vas a la chingada―dijo Alain.

―Por supuesto que me voy, pues qué esperabas―casi gritó Ruth― en cuanto recoja mi maleta de tu casa me largo a un hotel y ni se te ocurra llamarme nuca, infeliz.

Se vistió rápidamente y salió de la alcoba.

Esa había sido su última cita. Ni uno ni otro hicieron nada para volver a verse. Una noche de locura y de sexo con un desconocido irresistible le abrió los ojos; su atrevimiento y descaro, del que ella misma estaba sorprendida al día siguiente, la salvaron de una aventura que no iba para ningún lado, a pesar de la pasión de verano de aquellas vacaciones que de cualquier forma serían inolvidables.

Ruth nunca se volvió a involucrar en amores virtuales. Durante algún tiempo empezó a rechazar a cuanto hombre llegaba a su vida con intenciones de formar una familia o de cosas así de comprometidas y fatales. Luego de aquellos meses de abstinencia, se dedicó algunos años a darle vuelo a la hilacha y al amor de vez en cuando, pero en todo aquello siempre le quedaba muy claro que su valor más apreciado era su amada y a veces alocada libertad.

jueves, 6 de agosto de 2026

Belinda Bar


 

Belinda Bar

 

Por JChM

 

Mi mamá nos paró bien temprano, creo que era viernes porque fui cuatro días a la escuela. Nos dijo que nos teníamos que portar bien y obedecerla en todo lo que nos dijera, porque íbamos a un lugar bien bonito. Agarró algunas cosas y a dos de mis hermanos más chicos; los otros se quedaron dormidos. Allí los abandonó.

A unos bolillos les metió muchas pastillas y nos subió a un carro que viajó kilómetros. Todavía no me despertaba cuando sentí que me arrastraron de las greñas, nos aventaron a una caja negra donde olía a cosas pudriéndose. Alguien prendió una vela y pude ver que iban como doscientas personas.

Cuando la luz del día les iba alumbrando la cara, pude ver a mi mama y a mis dos hermanos arrejonados en una esquina. Ella se arrimó y habló conmigo.

―Cuando el tren se pare, quiero que les des los bolillos a tus hermanos para que se duerman un rato. Cuando despierten ya tendrán otros papás que los van a querer bien y los van a traer bien arregladitos. Ya no pasarán hambres.

―Pero má, ¿qué van a hacer con ellos? Son mis hermanitos.

―¡Cállate y obedece! Ellos hoy cenan y duermen en cama limpia; además ya no puedo mantenerlos, otra vez estoy panzona. Tampoco voy devolver la lana que me pagaron por ellos.

Belinda sollozó en silencio y miró cómo su madre se empechugaba el rollo de billetes que le habían dado. Pensó: “Pinche vieja, cómo no se muere”.

A medio día llegamos a la frontera de Durango; por el camino se subió un hombre al tren. Venía herido, arrastraba una pierna porque traía una bala adentro. Le ayudé a apretarse los vendajes, ni el nombre le pregunté, pero su rostro se me quedó grabado.

Me advirtió que el camino era peligroso, dijo que allá todos perdían la vida. Y fue donde mi amá dejó a mis hermanitos; no les esperaba una mejor vida, de seguro solo querían sus riñones. Allá lejos escuché llantos, gritos de terror; todo se confundía en medio del dolor. Y el más grande era el de no poder hacer nada por mis hermanos.

Obedecí a la mujer, les di el pan con las pastillas; pensé que después de todo, si ellos íban a quedarse allí, más valía que estuvieran dormidos cuando nos fuéramos.

Lo que yo no sabía es que a mi mamá todavía le quedaba otro negocito. En la siguiente estación nos bajamos con mucho cuidado para no despertar a los pobrecitos abandonados, me dijo que a ellos los recogerían al llegar a la frontera, pero que nosotras tendríamos que pasar por el río, hacia El Otro Lado.

Cruzamos de noche, llegué toda empapada a un rancho que estaba cerca del río; el viento era helado y hacía un airecito que disparaba filos contra todo el cuerpo. En la madrugada llegó una troca grande y nuevecita, se bajó un rufián espantoso.

―¿Esta es la muchacha?

―Ella es ―dijo mi madre.

―Oye, pero está re flaca, todavía ni agarra forma. ¿Pos cuántos años tiene?

―Doce. Está bien bonita, tiene los ojos verdes, mírala.

―Está bueno pues. Tratos son tratos.

Le dio un rollo de dólares que ella se guardó sin contarlos. Me dijo:

―Belinda, te vas a ir con este señor a donde él quiera. Pórtate bien con él. Aquí nos despedimos.

No había nada qué hacer, mi futuro se había torcido por completo y a pesar de eso todavía me había tocado mejor suerte que a mis hermanos, creo.

Esa noche no dormí; el cerdo que me había comprado me toqueteaba a cada rato, me decía que ganas no le faltaban, pero que ya me tenía vendida a una señora de categoría, ella tenía un bule para puros viejos adinerados y uno que otro político. El trato era que llegara virgencita, así les gustaban a esos.

Lo que mi madre no sabía es que yo cogía con el Fredy, un chavo a todo dar que se traía loquitas a todas, pero yo fui la mera mera. Me quise embarazar para quedarme con él, pero ahora no sabía lo que pasaría conmigo ni con mi hijo. Lo mejor era contarle la verdad al cerdo para que me dejara ir, al cabo que ya ni virgen era.

En aquel cuarto había otras chavas, algunas ya grandes, otras bien chiquitas. Me porté lo mejor que pude para que no me castigaran, a lo mejor ese traficante no era tan malo y me dejaba libre. Pero lo que me esperaba fue peor. Cuando le dije que ya no era virgen y que estaba de encargo, me hizo abortar a punta de patadas, me dejo botada desangrándome sin comer ni beber agua. Días después me dijo:

―Báñate y ponte este vestido, hoy vienen por ti. Te voy a vender como ramera de bar; no me dieron gran cosa, pero es lo que vales.

El tipo que vino por mí no era tan despiadado y hasta medio se enamoró de mí. Me llevó a Las Cruces, en una boutique me compró ropa carísima, perfumes finos, cremas, maquillaje, una bolsa Chanel. En un salón de belleza me arreglaron el pelo, las uñas, los pies; cuando salí de allí parecía súper modelo.

A pesar de que no me salvé del trabajo sucio de la prostitución, Ferni jamás me puso en el refuego de la movida pesada, me metió de cantinera en la barra del Bennigans, un bar muy fresa que frecuentaban estudiantes y profesores de la Universidad. Allí los arreglos eran discretos y sobre todo con gente limpia y en lugares higiénicos. Eso porque él me amaba y siempre fui su favorita; además no quería infecciones ni sorpresas.

Puedo decirte que esos años fueron los más felices; algunos domingos Ferni no salía con su familia, o sea con su señora y sus chamacos, y nos íbamos al cine como si fuéramos novios de manita sudada, o a bailar al Tropicana, un salón de baile muy alegre. Allí me compraba flores, me pedía copas de coñac, me trataba como reina. Yo lo quería mucho. Me tenía trabajando en el ambiente, pero nunca me trató mal. Así pasaron tres años, hasta que un día me lo mataron.

Él andaba metido hasta el cuello en negocios raros, giros negros que les dicen. Varios se la tenían sentenciada y aunque se cuidaba mucho, le tocó la yuca. En cuanto lo supe, agarré mis chivas y me fui rumbo a México; a tres cuartos de hora estaba la salida, mi escapatoria. Pero no tenía ni un dólar; aunque no lo creas y a pesar del trabajo y de la movida, nunca me tocaba tener ni un guardadito. Ellos por precaución pagaban de sobra todos mis gastos, pero jamás me soltaban dinero.

Como Dios me dio a entender me las arreglé para llegar a México; allí me quede un tiempo, pero no se me quitaba de la cabeza cruzar para el otro lado, sabía que acá me iría mejor.

Pero lo de irme para el gabacho no era toda la bronca, yo me traía otro bisne entre manos: alguien me dijo que vio a Valentina, esa jodida vieja me las debía. Igual y ni mi mama era, a lo mejor me robó de bebé la cabrona, porque yo ni me le parecía. Pero ya llegaría el momento de verla a la cara, hacía rato que le seguía la pista.

Seguía de coyota, ya ganaba mucha lana. Sabes, Jessica, cuando la tenga enfrente le haré mucho daño y muchas preguntas. Ella es fría como el hielo, pero yo me la voy a quebrar.

No sé por qué hago lo que hago. Nunca lo supe. Es un maldito misterio para mí, pero tengo agallas. Estoy aquí por Ferni, gracias a él aprendí a no tener miedo a nada. Por lo pronto me voy a buscar al Chueco, necesito un poco de menanfetaminas.

―Tienes que pensarla mejor, Belinda, ahora las cosas son diferentes.

―Ya es tarde para mí, Jessy. La gente hace lo que sea para sobrevivir y yo hice muchas cosas malas. Tal vez, algún día, algo me librará de esta pestilencia.

―Qué no haría yo para mantenerte a salvo. Lo que estás a punto de hacer, Dios no te lo perdonará.

―Ya me hartaste. ¿Y sabes qué, Jessica? Yo no tengo problemas de arrepentimiento. Seguiré con esto adelante, para eso regresé, para hacer el trabajo sucio que tengo pendiente.

―Puede que lo consigas, pero yo en tu lugar no lo haría, Belinda.

―Jajaja. He matado a siete hombres desde que empezó esto. Bastardos como ella a nadie le hacen falta, y siempre han existido. Cuando me vendió, no sabía lo que me esperaba; ahora ya sé lo que cuesta mantenerse con vida. Nunca sé si viviré esta semana, pero tengo la chanza de vengarme y es lo que voy a hacer.

Belinda seguía absorta en su monólogo frente a Jessy.

―Ya no puedo ser diferente ¿no logras entender eso? No puedo, sé que nadie llorará mi muerte porque en esta perra vida todos elegimos irnos, o todos elegimos quedarnos. Yo no elijo: a lo que me toque le pondré mi cuerpo entero.