martes, 7 de julio de 2026

Sus ojos desde el trapecio


Sus ojos desde el trapecio

 

Por JChM

 

Una tarde, Cristina vio llegar a su barrio un circo. De cuatro grandes camiones cargados con carpas, bocinas, un elefante, dos jaulas de tigres y una jirafa, bajó un grupo de hombros animosos que empezaron a clavar grandes estacas sobre el suelo de un terreno muy grande que estaba a mitad de la colonia. Recientemente ella había terminado la secundaria y la algarabía de aquellas personas la distrajo un poco de los pensamientos taciturnos que la habían ocupado en esos días. Había andado dándole vueltas a su futuro; sabía que su familia no tendría manera de ayudarla a que estudiara la preparatoria ni la universidad, al contrario, la presionaban a que consiguiera pronto trabajo y que ayudara en la casa. Y no se le ocurría qué empleo pudiera conseguir una jovencita de quince años, como no fuera de sirvienta, y eso le espantaba.

Tampoco tenía dinero para asistir a la primera función de circo al día siguiente. Quedó muy impresionada de la rapidez con que trabajaron aquellos hombres fuertes y rudos y aquellas mujeres tan raras que andaban con ellos, por eso es que se fue acercando tímidamente al lugar, y durante todo el día se dedicó a merodear por allí, a mirar los animales, observar el avance de la instalación. Nunca se fijó en que ella también era observada. Un muchacho musculoso y atractivo quedó prendado de la incipiente belleza femenina de la jovencita, y procurando no asustarla se acercó a preguntarle:

―¿Le gusta el circo?

Cristina era muy segura de sí misma, sin embargo, al ver aquel muchacho tan guapo, solo pudo responderle con demasiada timidez que sí.

―¿Y va a venir a la función?

―No.

―¿Y por qué? ¿Pues no dice que le gusta el circo?

―Sí pero… ―Cristina se interrumpió; su natural dignidad hacía que ocultara la razón, de que simplemente no tenía para el boleto.

―Uy, pues qué mala onda. Yo quería que viera usted mi acto, yo soy el artista del trapecio. Y también corro bien recio en una motocicleta dentro de una esfera; me encantaría que pudiera venir a una de las funciones. O a todas.

Rodrigo no podía explicarse por qué había dicho esto último, que la quisiera allí presente en todas las funciones; aquella muchachita tan chica lo había conmovido tanto a él, que era hombre de mundo. Le llevaba por lo menos 10 años de edad. Pero ese timbre de voz, el pelo negro, largo y brillante, ese aire de libertad, esos movimientos elegantes que eran tan poco comunes en esta colonia de la periferia, su timidez expresiva y delicada, lo tenían fascinado. No escuchó lo que ella le había contestado, solo le dijo:

―Mire, le voy a proponer una cosa. Voy a darle dos boletos por cada función de las que vamos a dar en esta ciudad, así usted podrá venir a las que quiera, y acompañada de su mamá o de alguno de sus hermanos, ¿qué le parece?

―Ay, pues no sé qué decirle. Me da pena aceptar.

―Ándele, no tiene por qué apenarse, acéptelo como un regalo de amistad.

―Bueno pues, deme dos boletos para la función de mañana. Y eso porque de veras me gusta mucho el circo, pero no le prometo nada, primero voy a ver si mi mamá quiere acompañarme y si no se enoja de que le haya aceptado a usted tan bonito regalo.

―Me pone muy contento que haya aceptado. Mañana voy a estar pendiente de verla en la función; aquí entre usted y yo, quiero decirle que le voy a dedicar mi acto, aunque no lo diga por el micrófono.

Cristina no pudo responder nada, un escalofrío desconocido le recorrió el cuerpo y le ruborizó el rostro. Tomó los boletos, se despidió con un gesto; se fue a su casa procurando que la emoción no entorpeciera ni apresurara sus pasos.

Al día siguiente asistió acompañada de su hermano menor. Oculto al fondo de la carpa y ya vestido para la función, Rodrigo la miró desde su llegada. Le pidió a uno de los mozos que los acomodara en una de las sillas reservadas al centro de la pista y les ofreciera un refresco. Ella aceptó con sencillez y se dispuso a disfrutar el espectáculo. No sería exagerado decir que Rodrigo desplegó esa tarde el movimiento artístico mejor logrado de toda su carrera; no cabía duda de que aquella tan joven mujer había conseguido conmoverlo.

Como la joven tan bien educada que era, Cristina esperó a que los artistas salieran de su precario camerino para ver salir a Rodrigo y agradecerle su generosa invitación. El muchacho no pudo ocultar su alegría de verla de nuevo; ella había tenido el cuidado de presentarse sola, le dijo a su hermano que se fuera para la casa y que ella llegaría más tarde. De esa manera no tuvo inconveniente en caminar un rato con él por todo el parque de la Deportiva José Vasconcelos. Platicaron ya más relajados, tomaron una nieve y al final hasta caminaron tomados de la mano con naturalidad. Ella le confió sus preocupaciones de los recientes días, que al terminar la escuela no hallaba que hacer ni a dónde dirigir su vida. Él le contó de sus viajes, de tantas ciudades donde había estado y del vacío que se siente cuando no se tiene una casa a donde llegar. No sintieron pasar el tiempo y parecía que había muchas cosas más que decirse, pero llegó el hermanito de ella con el apuro de que su mamá ya la andaba buscando. Se despidieron con la promesa de que al día siguiente seguirían platicando.

*

―Mamá, quiero decirte algo.

―No me asustes, tú.

―No se trata de nada malo. Como te dije hace unos días, ando saliendo con un muchacho de los del circo.

―Pues sí, y eso me tiene bien preocupada. Tienes que saber muy bien que esa gente no es de fiar, andan de aquí para allá, muchos de ellos han de ser pero si bien mañosos. Además, ese muchacho es muy grande para ti, él es un señor y tu eres una niña, apenas acabas de salir de la escuela.

―Pues sí, mamá, pero ya te he contado que me trata divino, se porta súper decente y educado conmigo. Pero lo que tengo que decirte es otra cosa y no quiero que te duela nadita.

―No me digas que estás embarazada.

―Claro que no, pues quién me crees; tú me conoces bien, tú me educaste. Y debes confiar en mí siempre, sobre todo con lo que voy a decirte.

―Ay, dime ya, no me tengas con el sucirio.

―Mañana se va el circo. Y me voy a ir con Rodrigo.

―¡Pero cómo se te ocurre, muchacha! Estás loca si crees que te voy a dejar ir con esa gente.

―Rodrigo y yo somos novios y queremos seguir juntos. Él va a juntar dinero para casarnos dentro de un año o dos. Más bien los dos vamos a juntar, porque me consiguió trabajo en la compañía, yo les voy a llevar las cuentas de todo, y me van a pagar muy bien.

―Pues claro que te va a pagar muy bien ese fulano, si te lleva de su querida.

―No, mamá, estás muy equivocada; él me quiere mucho y me respeta, si no fuera así yo no me atrevería a esa aventura tan grande. Por otro lado, yo no quiero quedarme aquí para terminar de sirvienta o de operadora de la maquila. No quiero eso para mí.

―Seguramente crees que es más divertido terminar de cirquera, pero no sabes lo dura que es esa vida, andar de aquí para allá durmiendo en casas de campaña y en hotelitos de la orilla. Además, qué quieres que piense si te vas con un hombre. Te prometió que se casará contigo, pero cuántos no dicen lo mismo para conseguir lo que quieren y luego te dejan chiflando en la loma.

―Para mí eso no es lo principal, mamá. Sí quiero mucho a Rodrigo, estamos enamorados y tenemos planes. Pero lo que más me interesa es que tendré una vida distinta, y no la que tendría si me quedo; tengo que arriesgarme a buscar otras cosas, otros lugares.

―Estás muy chica, Cristina, todavía no sabes que es lo que más te conviene en la vida.

―Déjame ir, mamá. Te prometo que voy a cuidarme mucho y te escribiré de todos los lugares a dónde vaya para que sepas que estoy bien.

*

Cristina se fue con el circo. Durante año y medio fue muy feliz con Rodrigo. Juntos reunieron una cantidad de dinero porque tuvieron buenas temporadas y los dos eran muy dedicados. La vida itinerante es dura, sin embargo, se compensa con la gran cantidad de sorpresas con las que amanece el día, cada lugar ofrece maravillas distintas y la vitalidad de los cirqueros no puede compararse con nada. Casi todos ellos eran buenas personas y existía una solidaridad que no suele verse entre la gente sedentaria. Cristina y Rodrigo establecieron una pareja muy alegre y feliz, dormían en el remolque de él, que era muy amplio, y ella lo había arreglado muy bonito.

Además de su trabajo llevando las cuentas del circo, Cristina aprendió algunas suertes y creó su propio número de trapecista. Su belleza y su gracia le procuraron éxito. Todo iba bien.

*

Un día, muy de mañana, llegó al campamento un automóvil que venía de prisa. Era la hermana de Rodrigo; venía a avisarle que su padre había muerto. En Acayucan, Veracruz, el hombre tenía una plantación de vainilla en la que trabajó durante cincuenta años, y labró una modesta fortuna. Rodrigo era el mayor. Su padre nunca había aceptado su profesión de cirquero, le parecía oficio de vagabundos y de gente con malas costumbres; por eso Rodrigo muy pocas veces visitaba la casa, a pesar de los ruegos de su madre que todas las veces lo despedía llorando y que siempre le demostró amor y respeto.

En cuanto se fue su hermana, quien se hospedaría en un hotel del centro para partir juntos al día siguiente, Rodrigo le contó a Cristina lo que había sucedido, y lo que estaba por suceder. Ella conocía al detalle toda la historia, sabía de las dificultades de su novio con su padre, de la forma en que se manejaban los asuntos de la familia; sabía que su hermana estaba casada con un buen hombre y que la madre sola no podría trabajar las tierras ni llevar los asuntos de la labranza, los préstamos agropecuarios, la venta, y todo lo que concernía al negocio. Era inevitable que Rodrigo tenía que establecerse unos años, o para siempre.

Te propongo que nos casemos y nos vayamos juntos a Acayucan, le dijo. Esperaba que ella le diría de inmediato que sí, porque en todo habían estado siempre de acuerdo. Cristina tuvo el impulso de hacer lo que él esperaba con tanta naturalidad, pero le pidió un día para resolverle. Era la primera vez que dudaba, sin embargo, esto parecía razonable, dado lo inesperado de la terrible noticia y el cambio tan radical que se presentaba.

*

La joven amaba profundamente a Rodrigo, lo admiraba como artista, compartía con él la disciplina física y la vida austera que tenían juntos. No lo imaginaba en una vida distinta donde ambos tuvieran que cumplir otro destino. Rodrigo era la aventura permanente, la cotidianidad suya ocupaba todo el espacio de un país, de otros países, la tierra de los dos era el aire del mundo sin límites ni muros. Con muchos sacrificios habían conseguido juntos la prosperidad y la más abierta libertad que pudiera imaginarse. Como se lo había dicho a su madre desde el principio, ella no se fue al circo por un hombre, sino por una vida que muy pocos podrían entender. Por fortuna entre esos pocos estaba Rodrigo, así que, por mucho que habría de dolerle, tendría que comprenderla cuando al día siguiente le dijera que no se casaría, que no lo seguiría a otra vida que no fuera la que ahora consideraba su propia, su única forma de existir.

lunes, 6 de julio de 2026

Desventuras de tener un jefe miserable

 


Desventuras de tener un jefe miserable

 

Por JChM

 

Cualquiera pensaría que los patrones despiadados y tacaños solo se dan de forma natural y lógica en el sector de la economía llamado iniciativa privada. Y que los jefes y funcionarios de la burocracia son menos hambreadores, puesto que no invierten ni arriesgan su propio dinero, sino recursos públicos. Pero no. Esa lógica sería muy elemental.

En la acción cotidiana de ganar el pan de los hijos y mi propia subsistencia, he trabajado en empresas de capital privado, y también en instituciones de Gobierno.

En las primeras, tuve jefes duros. Algunos intentaron pasarse de negreros conmigo, sin conseguirlo del todo; muy pronto aprendí a negociar con ellos al tú por tú, en su mismo código: la ley de la oferta y la demanda. Hallé en ese ambiente una firme estructura de elemental nobleza, la que da el trabajo diario y un sencillo y natural sentido de justicia.

Para conseguir trabajo en el sector público pueden pasar años, primero de tocar puertas y buscar amigos que ya estén dentro del sistema, muchos de los cuales te batean con la mano en la cintura, y a veces con aires de conmiseración; luego hay que trabajar algunos años por contratos temporales, que en ocasiones se suspenden y en otras se cancelan para siempre.

De pronto surge, donde menos lo esperas, el contacto que te abre una puerta segura a la casta burocrática. Para entonces ya sabes que ganarás poco sueldo y a cambio tendrás un empleo seguro y prácticamente vitalicio.

Bueno, estoy hablando de antes de que iniciara este siglo en que ya se acabaron esos usos y costumbres de la permanencia laboral, tanto en el sector privado como en las empresas globales.

En 1991, un cuñado mío ganó una beca para irse a estudiar una maestría a la Universidad de Nuevo México en Las Cruces. Al día siguiente fue a mi casa, me dijo que tenía manera infalible de que yo me quedara con su puesto en la editorial de una Universidad, que ya había hablado con la directora y ella estaba de acuerdo en facilitarme las cosas.

Y así fue. Al día siguiente me entrevistó, me pidió algunos documentos y me dio a firmar un contrato laboral de tres meses.

—Mera formalidad, Esteban, yo te conozco bien, fuimos compañeros en Filosofía y Letras, sé que estás capacitado para el trabajo.

—Te agradezco mucho, Silvia, vas a ver que no te voy a fallar.

Luego de seis meses desempleado, la verdad se lo agradecía de todo corazón tanto a ella como a Héctor.

Trabajé muy a gusto durante cuatro años, luego vino el cambio de rector en la universidad y mi directora se regresó a su plaza académica; la suplió un oscuro filósofo de la más reciente generación, que había bajado de los médanos de Samalayuca como dice a tamborazos.

Este joven señor se sentía bordado a mano, y eso que usaba la pose de una pretendida humildad y camaradería. Con los jefes era discretamente lambiscón, y con sus subalternos falsamente amistoso y verdaderamente traidor, todo en bajo perfil, taimado, reseco, igual que el desierto de donde venía.

Durante los primeros meses se dedicó con ahínco a la paciente tarea de aprender el oficio editorial, porque a pesar de que se decía ser filósofo de la ciencia, de libros no sabía ni papa, confundía los prefacios con los prólogos y las solapas con los mensajes de propaganda. Era muy afanoso, terco, y siempre vivía muy al pendiente de su importancia jerárquica, que todo mundo notara quién era el mero mero.

Al principio me cayó bien. Me hablaba de usted y me trataba de maestro, a pesar de que sabía que solo soy un viejo dinosaurio del oficio editorial que aprendió en los talleres y en las salas de redacción, cero maestrías ni doctorados ni licenciaturas, nada de grados, que es lo que lo hace a uno valer en el ambiente académico.

Él, en cambio se había inscrito en una maestría que debió terminar en dos años y ya iba para siete; todavía le zumbaba para la tesis: era duro de cabeza, pero, como ya dije, obstinado en todo lo que se proponía, paciente como el silencio.

A pesar de la áspera amistad que me profesaba, y de que una de sus cualidades innegables es que no tenía maneras autoritarias de tratar a la gente, a mí me fue guardando un recelo extraño que se manifestaba en los usos y costumbres de toda oficina.

Cuando yo le encargaba alguna tarea a la secretaria del departamento, él de inmediato le ordenaba un trabajo suyo inaplazable, sin importarle atropellar mis funciones.

Antes de que él llegara, el ambiente laboral había sido sencillo y de mutua colaboración, pero poco a poco, a su estilo tozudo, fue haciendo sentir que la secretaria era para su servicio exclusivo. Y no solo la secretaria sino también el equipo de diseño, al cual solía encargarle proyectos que eran ajenos a la Universidad, para atender vagos negocios privados que le dejaban algunas ganancias extra, y hasta planeaciones de sus clases, elaboración de material didáctico y diseños para algunos de los colegas.

Claro que, al final del mes, las tareas propias de la editorial llegaban con retraso y él jamás era el culpable: en las juntas de evaluación se ocupaba en repartir las fallas entre nosotros, editores y diseñadores, que habíamos esperado a que el señor atendiera antes que nada sus propios intereses.

La gota que derramó el vaso fue que, un semestre antes de que él llegara, yo había ingresado al departamento administrativo una requisición para gestionar una computadora nueva, pues los últimos años había venido trabajando en una Windows 98 que ya estaba obsoleta.

Todo mundo sabe que la burocracia en lenta y que, a pesar de eso, tarde o temprano llegan los recursos, así que los espera uno con paciencia de santo.

Me acuerdo de que un jueves hubo un pequeño alboroto porque llegaron por fin diez computadoras de muy buena marca: una de ellas estaba asignada para mí. Era absurdo que el jefe de producción editorial, o sea yo, anduviera usando tecnología tan arcaica.

Cuál no sería mi sorpresa cuando, a medio día que llegaron los jóvenes de informática a instalar el equipo nuevo, pusieron la nueva en el escritorio del jefe y a mí me llevaron la que desechó él.

No tuve a quién reclamarle porque, a su estilo, el filósofo de rancho se ausentó toda la mañana después de dejar la instrucción bien clara de lo que se hiciera y se dejara de hacer. No regresó hasta el día siguiente.

A primera hora toqué a su privado. Pásele, don Esteban, dígame usted, qué se le ofrece. Le expliqué que el equipo que acababa de llegar lo había solicitado yo tres años antes, le mostré las copias de la requisición, los presupuestos; todos tenían el nombre de mi unidad, la unidad de producción. Me dijo: Pues sí, todo eso ya lo sé, pero usted comprenderá que las tareas de la jefatura de departamento son complejas y requieren más funciones en el equipo. En cambio, la computadora que se le acaba de instalar está sobrada para lo que a usted le toca hacer. Es más, lo felicito, ya no va a andar batallando con la computadora de leña de la que tanto se quejaba. El torpe remedo de broma que intentó fue el punto final de esta historia. De su oficina me fui directo a recursos humanos, para iniciar los trámites de mi jubilación.

sábado, 4 de julio de 2026

Cucaracha

 

Cucaracha

 

Por JChM

 

Como vivió muchos años de alcoholismo intenso, Benjamín usaba su pasado como chantaje para ser casi un inútil. Diez años antes, su familia lo había abandonado, luego de aguantarlo con resignación largo tiempo, esperando que por fin cumpliera las promesas de curársela, pagar los recibos, no desvelarse, conseguir empleo, enderezar el rumbo.

A pesar de todo, algunos haraganes tienen suerte: la hermana de Benjamín tenía una casa grande, alma generosa y mente de ingeniera civil que funcionaba como relojito. Le ofreció un techo confortable e independiente; pero como lo conocía bien, le dijo:

―Aquí vas a vivir, y no tienes que pagarme renta, solo paga los servicios de tu lado. También tienes que buscar dónde comer, porque yo trabajo y no tengo tiempo de darte. Hay manera de poner tu cocina o algo, a ver cómo le haces. Vamos a ser buenos vecinos, ya verás, eres mi hermano y te quiero mucho.

Benjamín pudo vencerse a sí mismo y vivió algunos meses con armonía, hasta con alguna modesta felicidad. Consiguió empleo, pagó los mínimos gastos que le había encargado la hermana y se inscribió en un comedor familiar que había en el barrio; cocinar, ni pensarlo, era demasiado pedirle.

Pero cuando lo corrieron del trabajo otra vez, por las causas de siempre, tuvo la precaución de no decirle a su hermana. Esperaba que ella y su hijo salieran de la casa grande para entrar con mucho cuidado, buscaba en la alacena cosas discretas qué llevarse, latas, galletas; abría el refrigerador y vaciaba un poco de leche, cortaba una rebanada de queso, algún aguacate. Acomodaba las cositas para cubrir los huecos, que no se notaran.

Cuando regresaba a su cuarto le llegaba muy pesada la soledad, se sentía una cucaracha de la casa de junto cuyas antenas quizá detectan la alimentación y la buscan en los rincones, rogando al cielo que en ese momento no regresen los dueños y prendan la luz y lo miren, oscuro y tembloroso.

viernes, 3 de julio de 2026

Zona de olvido

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Zona de olvido

 

Por JChM

 

Esta mañana, al subir al camión, un cantante arruinaba el ambiente. Su canción era tediosa y amargada, sin más esperanza que unas monedas. Me impresionaba su indiferencia absoluta por el entorno; tocaba la guitarra sin ánimo, el ruidoso instrumento astillado en algunas partes, reseco, la pintura desvanecida por los años.

Cuando terminó de cantar se dirigió al pasaje para pedir como pago de su canto una ayuda, lo que sea su voluntad.

Fue entonces cuando lo reconocí; esa voz venía desde un pasado lejano, de cuando existía la felicidad. Era mi hijo, a quien desde que él era joven escuché por última vez cuando nos dijo a su madre y a mí: Me voy. Esta familia no funciona, ustedes hace mucho debieron haberse separado y aquí siguen ofendiéndose de manera cada vez más sórdida. Ya me cansé de su vida tan envilecida, del odio que se tienen Por eso el que se va soy yo, ya lo tengo todo previsto. Nunca me busquen, no me hallarán y para nada quiero volverlos a ver. Adiós.

Y así fue por años hasta que llegó lo que parecía imposible: el olvido. Que el propio hijo se volviera opaco.

Y ahora veo a este humildísimo cantador que trata de juntar unos pesos, maltrecho, pero con aquella voz juvenil de cuando fue mi hijo, mi alma.

La noche en blanco

 

Diseño gráfico: Copilot IA

La noche en blanco

 

Por JChM 

Esteban despertó a las dos de la mañana, el foco de 5000 wats del insomnio iluminó el aire antes de que prendiera la luz del cuarto.

No sabía si levantarse o quedarse tirado en la cama, como un bulto en llamas.

Prefirió levantarse y del archivero de su estudio sacó una carpeta que decía “varios”. Allí aparecieron las tres novelas que no había escrito, vida en jirones, relatos inconclusos como tantas cosas de su vida inútil. También la redacción cuidadosa de varios proyectos con los que había concursado y perdido y guardado por si más adelante.

Nunca se decidía a tirar nada a la basura, se llenaba de papeles almacenados mientras su propia vida era la que se iba a la basura, a la vejez, hacia el absurdo.

Todo resplandecía cuando llegaba la euforia de la manía, pero para estas alturas ya sabe que eso no era el placer sencillo de la vida feliz, sino el quebradizo filo del infierno.

Por suerte, ya no le hacía daño a nadie más que a sí mismo, por lo menos en forma cercana.

Y a pesar de todo, la vida que este día inicia antes de la tormentosa madrugada estaría muy bien, si no tuviera a las nueve de la mañana que iniciar la labor cotidiana del trabajo en la oficina, todo para seguir subsistiendo y pagando la modesta vida de su soledad.

sábado, 27 de junio de 2026

A la deriva

 

Diseño gráfico: Copilot IA

A la deriva

 

Por Jesús Chávez Marín

 

Abro los ojos y lo que veo son estas ramas negras y al fondo un lago tranquilo. Parece que estuvieran al principio del mundo, y no solo a principio del año; otro tiempo más de fracaso.

¿Quiénes son esas personas que ayer parecían tan felices comprando regalos de última hora, tomando brandy a hurtadillas como adelanto de la cena que viene, la Noche Buena? Las parejas van de la mano con absoluta confianza y cariño.

Por supuesto que no los envidio, jamás seré ese blando señor que por una brizna de alegría fue vendiendo su alma al tedio.

Nadie me ama, es cierto, pero tampoco dependo de ningún afecto. Soy el paria en las pocas casas a donde llega, el que se queda un rato y luego se va; sigue caminando por el rumbo de su completa libertad.

Si me hago alguna de las preguntas que nunca dejo llegar, podría saltar esta: ¿libertad para qué, para dónde? Soy un cuerpo a la deriva.

La Navidad frente a la televisión y el Año Nuevo en la botella de whisky, sin medida, no me procuran plenitud, por más que en los vapores del viaje alcohólico se revele algún espejismo de ingenio, que luego se esfuma.

Solo queda esta biología torturada que ahora late con violencia en las sienes queriendo reventar un cerebro estéril. Tengo 64, ¿ya para qué me esfuerzo? Nadie me espera, muy pocos habrán de acordarse de mí cuando haya muerto.

miércoles, 24 de junio de 2026

Una esfera en la neblina

 

Una esfera en la neblina

 

Por Jesús Chávez Marín

 

Helada la sombra que desde el firmamento nos espera; plena de esperanza para algunos bendecidos con la fe, maravilloso regalo; abismo de la nada para otros que se consuelan con la plenitud de la tierra o se olvidan de su alma, cierran los ojos.

Helada la luz en la esfera infinita de la memoria, la colectiva y la encarnada, donde moran tantas criaturas y donde se van apagando al anochecer algunos luceros, marchitas neuronas.

Helada la muerte, a la que nadie procura mirar hasta que llega el dolor infinito cuando alguien se despide para siempre; esa región a donde una vez me fue arrancada la sonrisa bondadosa y feliz de Pedro mi hermano, y donde allá muy lejana me saluda, con su manita de bebé, mi hermana Malenita, ángel niña de una familia que siempre la ha venerado con ternura suave y gozosa.

 Helada la luna que al centro de la foto posa para la cámara del artista y yo digo en voz alta esta frase del gran maestro mexicano José Joaquín Blanco: La vida es corta y además no importa.