martes, 28 de julio de 2026

Los actos de una madre enemiga

 

Los actos de una madre enemiga

 

Por Araceli Loya y JChM

 

Claudeth mira en la televisión a su madre en el canal 44; anoche fue detenida por secuestro y hoy es presentada por el ministerio público ante los medios; sale vestida de hombre y trata de ocultar el rostro con una cachucha beisbolera que le cubre la melena. Es la madre y también la enemiga desde siempre, desde el más antiguo recuerdo.

Cuando Claudeth tenía 10 años, fue violada por el esposo de su madre; en vez de protegerla y denunciar al padrastro perverso, la mujer la regañó mucho, la llevó con un brujo para que la curara del susto y luego la mandó a ciudad Juárez, para poner distancia. La dejó encargada con un tío y su esposa, donde la niña empezó a vivir un poco mejor que en Roswell, pues su tía le fue tomando cariño y la cuidaba. Pero un año después regresó por ella, para llevársela de nuevo, no sin advertirle que no se le volviera a insinuar a su esposo, como si la inocente criatura hubiera sido la provocadora de aquel ataque brutal.

La niña vivía angustiada, y aunque era buena estudiante, su conducta era muy tensa y tuvo dificultades en el trato con los compañeros; la psicóloga de la escuela le hizo entrevistas, el trauma de la violación salió a flote. La madre fue citada por las autoridades escolares; hizo mil promesas de enmienda, pero no aceptó la sugerencia de denunciar la violación. Al contrario, enfurecida se llevó de nuevo a Claudeth a ciudad Juárez, pero esta vez no la encargó con el hermano, sino que la encerró en una casa vieja que tenía en la colonia La Chaveña, ahora sí de plano abandonada a su suerte.

A los pocos días, Claudeth logró escapar y anduvo por las calles buscando comida y tratando de ganarse la vida como Dios le dio a entender. En las tardes regresaba al barrio y entraba de nuevo a la casa por donde se había escapado, la ventana del baño. Una de esas tardes una vecina suya la miró llorando sentada en la banqueta y se acercó. Casandra era muy hermosa, y solo dos años mayor; con el permiso de su madre la llevó a vivir a su casa y se hicieron amigas.

Casandra frecuentaba todas las noches el Giberts, un bar muy animado donde pasaba de todo. Al poco tiempo empezó a invitar a su nueva amiga, quien a pesar de sus pocos años resultó espectacular; el dueño del bar se encaprichó con Claudeth y ya no le permitió ganar su dinerito, la quería en exclusiva. Era un norteamericano que prácticamente la tuvo secuestrada varios años hasta que el bar quebró y pudo escapar de nuevo. En su libertad conoció a un hombre bueno, quedó embarazada y tuvieron una hija. Vivían felices hasta que a la madre de ella se le ocurrió la idea de exigir en el DIF la custodia de la niña, alegando la vida desordenada de la pareja, nada más para perjudicarla.

Claudeth vivió un nuevo calvario para recuperar a su niña, quien ahora vivía en Roswell con su abuela desalmada; pasaron años para recuperarla y devolverla a ciudad Juárez con ella, pues luego del juicio civil le otorgaron la custodia plena. Pero la madre era aferrada. Aprovechó un viaje de la hija a Mazatlán y secuestró a la nieta, sin avisarle a nadie.

En toda Ciudad Juárez circularon volantes y carteles de la niña perdida, a Claudeth la entrevistaban en los periódicos y en programas de televisión y radio, hasta que la policía ubicó a la hija en Estados Unidos, donde la tenía escondida la malvada señora. La misma que ahora su hija mira en la televisión con lágrimas en los ojos. Apenas puede creer que esa mujer tan retorcida sea su madre, quien la trajo al mundo y le ha hecho más perjuicios que esta ciudad, a veces tan tenebrosa y violenta donde ahora vive.

lunes, 27 de julio de 2026

La noche en blanco

 

La noche en blanco

 

Por JChM

 

Esteban despertó a las dos de la mañana, el foco de 5000 wats del insomnio iluminó el aire antes de que prendiera la luz del cuarto.

No sabía si levantarse o quedarse tirado en la cama como un bulto en llamas.

Prefirió levantarse. Del archivero de su estudio sacó una carpeta que decía “varios”. Allí aparecieron las tres novelas que no había escrito, vida en jirones, relatos inconclusos como tantas cosas de su inútil vida. También la redacción cuidadosa de varios proyectos con los que había concursado y perdido y guardado por si más adelante.

Nunca se decidía a tirar nada a la basura y se llenaba de papeles almacenados mientras su propia vida era la que se iba a la basura, a la vejez, hacia el absurdo.

Todo resplandecía cuando llegaba la euforia de la manía, pero para estas alturas ya sabe que eso no era el placer sencillo de la vida feliz, sino el quebradizo filo del infierno.

Por suerte ya no le hacía daño, por lo menos en forma cercana, a nadie más que a sí mismo.

Y a pesar de todo, la vida que este día inicia antes de la tormentosa madrugada estaría muy bien, si no tuviera a las nueve de la mañana que iniciar la labor cotidiana del trabajo en la oficina, todo para seguir subsistiendo y pagando la modesta vida de su soledad.

domingo, 26 de julio de 2026

El yonke


 

El yonke

 

Por JChM

 

Había juntado cuarenta mil pesos y un amigo que es filósofo, de los que para todo dan consejos, me sugirió que los diera de enganche para un Honda nuevo, que salen muy económicos de gasolina.

Yo le había echado el ojo a este Volkswagen, que lo tenían abandonado en un patio, lleno de óxido y casi hecho garras, a ver si me lo vendían para repararlo poco a poco y dejarlo bien bonito, como lo ves.

Y sí me lo vendieron, pero se despacharon con el cucharón del pozole, me lo dieron bien caro, pero ni modo.

Yo tenía ganas de tener este tipo de automóvil y ahi la llevo; una amiga que tiene un yonke en la colonia Rosario me consigue las piezas, porque le faltaban hasta las manijas de las dos puertas y un fénder delantero.

Me encanta mi carro, todo mundo me lo chulea; aunque a veces falla y me deja tirado a mitad de la calle, y entonces luego luego le llamo a mi amiga que si tiene equis refacciones o me las pudiera conseguir.

Ya hasta nos hicimos medio novios, hemos ido al cine dos o tres veces y un domingo salimos de paseo fuera de la ciudad; allí sí me sentía muy seguro en carretera porque ella lo sabe todo de mecánica, llevó su caja de herramientas que la trae súper equipada: pinzas, desarmadores de todos, taladro, cables, una batería nueva, frascos de aceite, líquido de frenos, bandas y cuanta madre.

Ando muy a gusto con esta mujer, pienso comprarle un anillo carísimo para ver si me da el sí.

martes, 21 de julio de 2026

La jardinera

 

La jardinera

 

Por JChM

 

Este arbusto ocre fue lo último que dejó mi tía Oralia antes de irse; los pocos meses que vivió en nuestra casa también sembró en el patio de atrás un árbol de manzanas, un rosal de flores blancas, una granada y una planta de sábila muy vigorosa, como ella.

Ejercitaba una energía increíble, a pesar de que ya tenía 63 años cuando enviudó. Su hermana, mi madre, la invitó a vivir con ella mientras pasaba el duelo y se arreglaban los asuntos de la herencia, porque mi tío Dimas la dejó literalmente en la calle, con una pensioncita del seguro social y la modesta casa donde vivieron los 41 años juntos y solos, pues no tuvieron hijos.

Él era buena gente, pero la celaba mucho, siempre estaba molestándola con historias que se inventaba de miradas, sonrisas, albur de amor de pasado y futuro; la obligaba a vestirse casi de monja, la separó de sus amigas, de la familia, la quería tener encerrada, nunca la llevó de viaje ni le compró un automóvil, ni joyas ni perfumes, era un miserable.

Y por supuesto que jamás la dejó trabajar.

Nadie se explica cómo un señor que era tan poquito y necio consiguió doblegar a una mujer tan esplendorosa como mi tía, que además era muy guapa, eso se ve en las fotos de la familia y en lo que platican de ella.

Pues a ver cómo le va ahora que se fue a vivir a Denver. Vendió su casa, mi primo Jacinto le enseño a usar la computadora y a navegar en Internet, tramitó su visa, se contactó con mi prima Iris, que vive allá, consiguió un empleo muy bueno en una empresa de jardinería del marido de Iris, y hasta rentó desde aquí un departamento en el centro.

A principios de año se fue, ojalá le vaya bien.

sábado, 18 de julio de 2026

Un éxito de librería


 

Un éxito de librería

 

Por JChM

 

Andaba feliz el escritor Beto porque el viernes siguiente se presentaría un libro suyo; la invitación ya estaba en todas las casas del pueblo. En una de ellas, Porfirio miraba con rencor el mamotreto de 700 páginas; allí se narraba el idilio de Iris con Calixto, quien supo salvarla del agiotista que tenía agarrado de los estos a su padre y estaba a punto de arrojarlo al abismo financiero, pero en eso llegó Calixto como si fuera El Llanero Solitario y arregló la bronca con su destreza de abogado fiscal.

También se casó con la muchacha, se ganó a puños la simpatía de todo el pueblo, etcétera, todo eso contado con lujo de detalles, historias de alcoba de La Pareja del Año francamente en los linderos de la pornografía, me van a perdonar, pero estos escritores con tal de vender libros son capaces de, estee, ya me salí del tema.

El caso es que Porfirio miraba enojadísimo la novela; la leyó de un tirón, porque desde la primera página se dio cuenta de que la bella Iris no era otra que Tencha, la esposa del autor, y exnovia secreta suya; de esas novias secretas que todo mundo sabe. Así que en cuanto terminó de leer urdió un plan terrible: vendería unas vacas para comprar en la noche de la presentación todos los libros que sacaran a la venta, para al día siguiente destruirlos.

Vacas tenía muchas, así que le valía madre, siguió comprando todo en cuanto llegaba a la librería.

Fue el libro más vendido del año, pero Beto no pudo darse el gusto de firmar ni medio autógrafo. No le hace, decía muerto de risa en los cenáculos literarios donde tomaba café los jueves; gracias al comprador compulsivo pude poner al día las tarjetas y me fui de vacaciones a la Riviera Maya con Tencha y los niños.

No estaba muy seguro de que esto hubiera sido precisamente un éxito literario, pero la verdad es que nunca había tenido un fan tan entusiasta.

miércoles, 15 de julio de 2026

Menú del día: violencia


 

Menú del día: violencia

 

Por JChM

 

Cuando la violencia se hizo cotidiana en la ciudad de Chihuahua, el periódico líder de la ciudad quitó de su página principal las notas policiacas y formó una sección especial con imágenes de sangre y pólvora. Desde ese día, no ha faltado información y carne destrozada, cabezas arrancadas a machetazo limpio y muertos colgados de los puentes.

Dos años antes, la editorial de El Diario de Chihuahua había iniciado un matutino descarado y cínico que no tiene empacho en publicar a todo color fotos atroces y crueles de muertos tirados en el llano, brazos arrancados de raíz y madres llorando a gritos. Se llama El Peso. Tampoco dudan en poner frases como: Les dieron chicharrón a pleno mediodía. Entraron al Oxxo a comprar cigarros y hallaron fuego a punta de balazos. Frenesí en la plaza de los descabezados.

Sin embargo, la violencia es asunto antiguo, su sino trágico tal vez sea parte de la esencia humana. Escenarios de la crueldad y la ira son a veces los recintos más íntimos, el hogar, los lugares donde los niños miran las cosas del mundo por vez primera, con ojos asombrados e inocentes. Un amigo mío contó la historia que a continuación les relato.

En 1961 Esteban era un niño de 8 años; estaba en segundo de la primaria; su hermano Pablo tenía cuatro y Carmela era una bebé de dos. Una mañana de octubre estaban almorzando muy temprano; a la mesa los acompañaba su papá mientras Carmen, la madre, preparaba los alimentos de pie frente a la estufa de leña y platicaba con sus niños asuntos de la escuela de Esteban, de la ropa que Pablo habría de estrenar el día de su cumpleaños.

La vivienda de solo dos habitaciones colindaba, a través de un patio interior, con la casa de Manuel, hermano de Carmen, un tío terrible y borrachín consuetudinario de aquellos niños de periferia; todos vivían en la colonia Rosario, la última orilla hacia el sur de aquella pequeña ciudad casi rural que era Chihuahua a principios de los años sesenta.

La serenidad de aquel almuerzo se quebró de pronto con la entrada violenta de Manuel, quien sin decir ni media palabra, como un traidor veloz empujó con fuerza a Pablo, el padre, y lo derribó de un puñetazo en la mejilla.

Ágil y fuerte, Pablo se incorporó en un relámpago de músculos y brazos. Con voz muy baja, aunque crispada por la ira, le dijo a su violento cuñado: si quieres arreglar algún asunto conmigo, Manuel, o quizá morirte, vámonos afuera, donde no estén los niños.

Aquel traidor de baja estatura y alta cobardía se quedó paralizado un instante, pero luego el alcohol con mezcla de adrenalina trajo de nuevo el brío confuso de los ebrios: De aquí me salgo pura chingada; esta es la casa de mi hermana y a mi ningún ojete me corre.

No terminó de pronunciar las tres últimas palabras. Pablo saltó un metro con vuelo de pantera y sujetó al petimetre en menos que un gallo canta. Sin llegar a quebrárselo, torció un brazo hacia atrás. Luego, en concentrada energía, le cerró un nudo irrompible sobre el cuello con la mano derecha. Con el torpe y furioso Manuel así prisionero, caminó despacio hacia la salida del frente, donde pasa el arroyo de los Álamos, y lo arrojó al barranco como si arrojara un bulto de basura. Y en aquellas grotescas condiciones de alcoholismo y madrugada, Manuel no tenía otra condición que la de basura.

Carmen, la madre, había presenciado la escena desde el principio, primero paralizada de terror, luego aullando de angustia y después suplicando a su marido que no le hiciera daño al hermano, que no destrozara aquel monigote rijoso. Los niños en cambio miraban en silencio, con fascinación y susto, la violencia, la acción rápida y precisa de su padre. Escucharon los gritos sin consuelo de la mujer, a quien el sartén de los huevos estrellados se le había deslizado de las manos y a la caída un sonido como tañido de campana tronó en el suelo.

Pablo regresó en el sonido de su agitada respiración, trataba de calmar su cuerpo y su corazón para devolver tranquilidad a la familia, para buscar desesperado el equilibrio de la casa, para que la herida brutal de la violencia no hiciera más daño a sus tres hijos que esa mañana habían aprendido de golpe que la sangre y los alaridos también forman parte de la vida.

lunes, 13 de julio de 2026

Es tan bonito amarte en pantalla


 

Es tan bonito amarte en pantalla

 

Por Araceli Loya y JChM

 

Neftalí vivía en Chiclayo felizmente casado, como se dice vulgarmente. Su entretenimiento principal era el Internet, donde halló la tierra prometida de su existencia: conseguirse novias virtuales. Como era hábil con las palabras y tenía facilidad para compartir fotos, música y videos de todos los ambientes del espacio cibernético, resultaba atractivo para mujeres soñadoras que también andaban en lo mismo: en esa búsqueda de amor a distancia, ante el hastío de la propia realidad territorial y social y buscaban en otros países una relación, un futuro, pero que, al igual que sus corresponsales, se mentían con ansiedad a sí mismas negando su real intención de sacarle la vuelta a todo compromiso.

Pero una vez a Neftalí se le complicaron las cosas. Una de sus novias, Isabel, con la que ya tenía un año de intensa comunicación, no se conformó con el habitual intercambio de frases amorosas, las sesiones de desnudos frente a la cámara de la computadora y el besito diario de las buenas noches, mi amor, sino que decidió viajar hasta Chiclayo a conocerlo en persona. Trágame tierra.

Le inventó mil pretextos: que había tenido un accidente gravísimo y entonces ella más quiso ir, para cuidarlo, pues lo amaba con devoción. Que viajaría varias semanas a Ecuador: no hay problema, hasta allá lo alcanzaría. Agotó Neftalí todos los recursos de a mentiras y no lograba vencer a la empeñosa y bella Isabel. Ella gastó sus ahorros en llegar desde ciudad Juárez, donde vivía, hasta la república de Chile, a buscar a su hombre. Entonces él tuvo que emplear métodos más concretos: convenció a un grupo de amigos a que se hicieran pasar por agentes de migración, y entre que la ayudaban y otro tanto la amenazaban, así lograron controlarla e impedir que conociera a su amado Neftalí, quien le tenía tanto miedo a su esposa real que se hizo ojo de hormiga hasta que a Isabel se le acabaron los recursos y tuvo que regresarse a su tierra.