lunes, 31 de agosto de 2026

Kiroschka en pantalla

 

Kiroschka en pantalla

 

Por JChM

 

Cuando Gilberto era un cincuentón recién divorciado, se encontró de repente con el vértigo de la libertad, que fue su perdición. Como tenía buen salario, pues era profesor de física en una universidad, y además su esposa se había ido con los cuatro hijos a Estados Unidos sin reclamarle ninguna pensión con tal de quedarse con la patria potestad para ella sola, empezó a gastar en viajes acompañado de una novia distinta cada vez, que siempre, según él, era el amor de su vida, y luego tronaban porque el carácter de Beto era imposible de tolerar, y además le había surgido un complejo de Adonis insoportable, imaginaba que todas querían con él.

En ese plan duró cinco años, hasta que se hizo de una fama terrible, era el clásico galán tendido y necio.

Pensaba que nadie lo merecía. En esta ciudad viven puras imbéciles, les contaba a sus amigos, desglosándoles con lujo de detalles aburridísimos las imperfecciones y taras de la que antes había presentado como la mujer perfecta.

Fue entonces cuando Gilberto empezó a explorar otras dimensiones de la relación amorosa: la comunicación por Internet con extranjeras fabulosas, o más bien con mujeres que presentaban fotos retocadas en sus comunicaciones gráficas y relatos fantasiosos de la respectiva.

Gilberto hablaba inglés y en rutilantes conversaciones globales consiguió una novia rusa que también hablaba ese idioma y que según esto era la perfección andando: diez años menos que Gilberto, trabajaba en un departamento de finanzas públicas y ganaba muy bien; divorciada, con dos hijos, mostraba en las fotos y en los videos su casa preciosa y como un espejo de limpia; cantaba en un coro monumental que hacía viajes por todas las repúblicas de la antigua Unión Soviética y le mandaba a Gilberto grabaciones de sus conciertos. Por supuesto que la música se escuchaba muy fina, pero vaya usted a saber si la grabación fuera o no del coro o le estuviera ella formando una realidad paralela, donde también correspondieran las fotos de rubia guapa, los desnudos en el chat y toda la fantasía de la que Gilberto andaba perdidamente enamorado.

Sus amigos le decían que eso era como estar prendado de una actriz de la pantalla, que ese tipo de sentimientos no pertenecían a la realidad sino una especie de amor platónico forjado a punta de tecnología, pero Gilberto parecía convencido de que eso era el amor, y de que por fin había encontrado el verdadero sentido de la existencia.

Cuando se acercaban las vacaciones de verano, le propuso a Kiroschka, así se llamaba la dama rusa, si estaba de acuerdo en que él fuera a conocerla a Moscú, pero ella se apresuró a decirle que para esas fechas andaría de gira con el famoso coro. Para no desmoralizarlo del todo le dijo que ella vendría a México para Navidad, y con eso él quedó muy contento.

Muy pronto ella fue trabajando la idea de que sería él quien tendría que pagar el boleto de avión y los gastos del viaje, ya que sus dos hijos iban a entrar a la universidad y había tenido muchos gastos recientes. Él le dijo que por eso no habría ningún problema.

Gilberto vivió esos meses lleno de regocijo. Todos los días a las nueve de la noche se hablaban por skype, cada vez parecían más amorosos y de vez en cuando vencían juntos el temor al ridículo de mirarse desnudos a través de las pantallas, como si fueran adolescentes ansiosos. Entusiasmado recorrió joyerías hasta que halló el valioso anillo de diamante que sellaría el compromiso del amor.

El primer día de las vacaciones navideñas viajó a la ciudad de México a donde llegaría la rusa; se vieron por primera vez en el aeropuerto. Un tierno abrazo en silencio confirmó para Gilberto que sus sueños también se conectaban con la realidad; sus amigos que tanto le advirtieron de la gran cantidad de fraudes y engaños que acechan desde el ciberespacio a los ingenuos, en este caso habían estado muy equivocados, Kiroschka era hermosa, fina y elegante.

La noche de Navidad, la feliz pareja era el centro de las bienaventuranzas para la familia de Gilberto; por fin iba a rehacer su vida y ya no andaría tan malhumorado como se la había pasado los últimos cinco años, maldiciendo rencoroso a su ex y extrañando con tanto dolor a los hijos que había perdido luego de su atormentado divorcio.  Ahora lucía radiante.

A las meras doce llamó a todos y les pidió su atención; con solemnidad un poco ridícula sacó el anillo de su saco, y emocionado le pidió en inglés a Kiroschka que se casara con él. La mujer, toda sonrisas, le dijo por supuesto que sí mi amor, me haces muy feliz. Entonces él le puso el anillo en el anular de su mano izquierda.

Ese fue el clímax de la felicidad para Gilberto, y nunca volvió a sentir ningún otro clímax, por cierto.

La mujer se pasó en su casa los quince días de vacaciones, a diario Gilberto le compraba regalos que ella con discreción y astucia iba sugiriendo en cada tienda y en cada lugar a donde viajaban, dentro del territorio de Chihuahua, y luego regresó muy garbosa a su lejana tierra.

Al llegar, lo primero que hizo fue bloquear todos los contactos por donde antes se había comunicado con su amado mexicano.

Varios días tardó Gilberto en creer que esto hubiera sucedido. Primero le echó la culpa a las fallas de la tecnología, luego a la posible falta de recursos económicos que a lo mejor a Kiroschka la obligaban a permanecer incomunicada, sería cosa de unos días, pensaba, pues la esperanza es la última que muere. No lo podía creer, pero cuando por fin le cayó el veinte casi estalló en furia y ya después llegaron los correspondientes tres o cuatro meses de la absoluta desilusión.

lunes, 24 de agosto de 2026

Mejor otro día nos vemos

 

Mejor otro día nos vemos

 

Por JChM

 

―Hola, hijo, felicidades, ¿dónde estás?

―En mi casa.

―Voy para allá, yo llevo la comida para celebrarte el día del padre.

―No, mamá, vamos con los papás de Claudia.

―Si quieren allá los alcanzo.

―No, mejor después nos vemos.

―Okey, que te la pases muy bien.

*

―Paty, mi niña, ¿cómo estás?

―Bien, mami.

―Oye, m'hija, te invito a comer, vente y cocinamos juntas.

―No, mamá, otro día. Arturo y yo vamos al cine, ya mero llega por mí.

―Pues tráetelo también, los invito a los dos.

―No.

―Te preparo lo que quieras.

―Pero ni hambre traigo, nos vemos después, ¿sí?

―Okey, que se diviertan.

domingo, 23 de agosto de 2026

El magnate figurado

 

El magnate figurado

 

Por JChM

 

Hace dos meses me llamó Javier Félix y me dijo: Chávez, ¿cómo te va? Tengo aquí a mi amigo Bartolomé Quiñónez, él tiene 90 años, pero parece de 50; anda con el proyecto de publicar su biografía que está escribiendo; le dije que tú eres un gran editor y le podrías ayudar. Antes de darme chanza de contestarle algo, me pasó al teléfono a Quiñónez. La voz me pidió que nos viéramos esa misma tarde, o a más tardar al día siguiente, en el Sanborns Mirador a las 10 de la mañana, que le urgía.

 

Cuando llegué a la cita, al centro del comedor vi en una mesa a un señor que de seguro era mi cliente. Era un hombre de aspecto tranquilo, pero con la mirada ansiosa y las manos inquietas; sobre otra silla, a su lado, había puesto un portafolios negro que no cerraba porque tenía roto el broche. Lo primero que me explicó luego del saludo fue que allí guardaba documentos secretísimos que ya luego me mostraría. Malo, pensé, otro lunático con tema palpitante de lugares comunes.

Le pregunté que cuántas cuartillas tenía ya escritas, me dijo que ninguna, bueno, sí, llevo algunos apuntes, pero déjeme platicarle de qué se trata, se va a quedar usted asombrado de lo que voy a contarle.

Fui ejecutivo de la Coca Cola en la Ciudad de México. En ese tiempo la dueña del mercado era la Pepsi, pero un grupo de expertos nos dimos a la tarea de desbancarla y de posicionar nuestra marca, y hasta la fecha. Luego un compañero y yo pusimos una embotelladora chiquita aquí en Cuauhtémoc y nos fue muy bien, hasta que él me hizo una mala jugada y me quedé sin mi parte. Me vine a esta ciudad y me dediqué a los bienes raíces. Me ha ido muy bien.

Cuando dijo eso no pude evitar darle una mirada de reojo a su portafolios roto y a un celular de 15 pesos por donde le llamaban a cada rato sus hijos para saber si estaba bien. Lo que me daba mala espina es que no había escrito nada, pretendía que yo podría ayudarle a redactar desde la página uno todo el montón de grandes revelaciones y aventuras de lo que había sido su trascurso vital, y además los terribles secretos de la Coca Cola, seguramente los mismos que ya habían escrito otros autores hasta el cansancio: que la cocaína, el azúcar, el agua negra, la guerra mundial, el mercado agresivo, las trampas de la fe del ultra capitalismo.

Y vaya que le atiné: lo que fue sacando de su cartapacio fueron dos libros sobre la famosa bebida, uno en español de 570 páginas que fue best seller en lo años noventa llamado Dios, patria y Coca Cola, la historia no autorizada de la bebida más famosa del mundo; otro similar escrito en inglés, que me aseguró solo había circulado entre los altos ejecutivos de la compañía, como él; y una revista de 1976 sobre el mismo tema. Esos eran sus grandes documentos secretos que se encargaría de difundir en el mundo libre.

Ya para entonces había pasado dos horas de esa disparatada conversación, le inventé que tenía otro compromiso, pedí la cuenta de mi café e hice como que ya me iba.

Por supuesto, le voy a pagar sus honorarios, no faltaba más. Dígame cuánto sería. Hice un cálculo rápido, sin grandes esperanzas, en el remoto caso de que tendría un cliente que tuviera un mínimo de coherencia. Pensé: un psiquiatra le cobraría novecientos pesos la consulta de veinte minutos, yo le voy a pedir doscientos pesos la hora por enseñarle a escribir. Bien, señor Quiñónez. Vamos a trabajar en sesiones de dos horas cada semana, cada una le va a costar cuatrocientos pesos.

Trato hecho, me dijo, jamás acostumbro regatear.

Podemos trabajar en mi casa o en la suya, donde usted guste.

Prefirió que en su casa y me dio la dirección; quedamos en que iniciaríamos el próximo lunes a las 5 de la tarde.

El día señalado me llamó a las 10 de la mañana y me dijo que en esos días iniciaba la temporada fuerte de los bienes raíces, que por eso no podría por lo pronto iniciar nuestro taller literario, que quizá más adelante. Okey, le dije. Ahi usted me llama.

No me va a llamar nunca

Le anduve dando vueltas a la idea de reclamarle a Félix por haberme usado para quitarse de encima a un señor necio que lo visita en su oficina para quitarle el tiempo, pero preferí que no, después de todo para eso estamos también los amigos. Me debes una, Javier.

lunes, 17 de agosto de 2026

Whisky


 

Whisky

 

Por JChM

 

Me gusta venir a este bar porque desde la ventana se mira hacia abajo la plaza del centro.

En la noche los árboles son manchas negras y la estatua prepotente del fundador oficial Deza y Ulloa queda reducida a monito de vaqueros. Por el reflejo del vidrio se asoman luces a un lado y al fondo resulta que en el vislumbre el fragmento de un edificio se volvió transparente y pasa el viento a través del vacío.

Al segundo whisky ya estoy acordándome de ti, a pesar de que vengo acompañado de una guapa mujer que me gusta y me ama, dice.

Me acuerdo de los primeros meses luego de nuestra separación, el impulso de llamarte, la necesidad de tu voz, alguna palabra tuya hubiera bastado para sanarme, como dice la clásica oración.

Pero nunca te llamé.

Ni en aquellas noches de parranda con canciones necias de dolor y desolación.

Ni los domingos eternos y vacíos.

Ni en tu cumpleaños, cuya fecha recordaba todo el año.

Ni en la fiebre con el tren del insomnio, ni en las madrugadas delirantes cuando ya mejor me hubiera muerto si vivir lejos de tu cuerpo era el único fin que me esperaba.

Ahora ya pasaron años. Por imposible que parezca, sigo vivo y tranquilo.

Por eso no me explico por qué escribo estas líneas tan dramáticas, y sobre todo tan ciertas.

domingo, 16 de agosto de 2026

El hogar vacío

 

El hogar vacío

 

Por JChM

 

Fui a la casa de Ernesto por un pendiente del trabajo. A mediodía estábamos en la cocina revisando las cuentas cuando entró el papá desde la sala, donde conversaban la madre y las hermanas de Ernesto.

Vestía una bata raída y un sucio pantalón de pijama. A nadie saludó y los demás ni lo miraban, caminó muy lento hasta el refrigerador, sacó una cazuela con sopa de fideo y la puso en la mesa. De una vitrina tomó un plato que se miraba algo polvoso y se sirvió una porción de comida, sin calentarla. Se veía verde aquella pasta, pero aún así comió sin hacer ningún gesto; no parecía que le gustara, solo se trataba de llenar el hueco del hambre con ese desayuno tardío.

Luego regresó a su recámara en silencio, con la misma indiferencia y abandono.

miércoles, 12 de agosto de 2026

El sapo

 

El sapo

 

Por JChM

 

Un hombre estaba dormido cerca del arroyo, cuando un sapo se le metió en la boca abierta. Despertó desesperado. No alcanzaba respiración y sentía el viscoso cuerpo del animal ahogándosele en la garganta, pataleando con violencia, casi le rasgaba el cuello por dentro.

Trataba de arrojarlo, pero el sapo, al sentirse oprimido, intentaba avanzar hacia delante. El hombre corría de un lado a otro sin poder gritar, se convulsionaba tratando de jalar aire, pero no podía, a pesar de la fuerza con que su nariz se plegaba sobre sí misma. Hubiera muerto, de no ser porque, para su buena suerte, llegó un vecino suyo a quien le llamaban Mano Chiquita.

El Mano Chiquita le salvó la vida.

Primero lo tiró al suelo con un golpe en la espalda, luego lo sujetó del pelo y le levantó la cabeza, le abrió la boca lo más que pudo y metió sus pequeños, sus delicados dedos, hasta el fondo de la garganta. La pequeña mano cabía entera. Atrapó al sapo y lo jaló con mucho cuidado.

El animal salió vivo. Aquel ya casi se había desmayado, pero entonces alcanzó a respirar, jadeando, bocanadas de angustia y aire; casi a gritos inflaba y desinflaba todo el cuerpo y así estuvo largo tiempo, hasta que se fue calmando poco a poco mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

martes, 11 de agosto de 2026

Registro de propiedad


 

Registro de propiedad

 

Por JChM

 

Todos los días, a las 7 de la tarde, al llegar del trabajo, Joel daba un vistazo a su sitio de Facebook. Un martes de enero miró en pantalla la foto de un Volkswagen cubierto de hojas amarillas, en medio del jardín de una casa abandonada; uno de sus contactos había subido la fotografía con una frase: “Hojas que se van”. Joel estaba lejos de imaginar que aquella estampa lo llevaría una semana después a un hallazgo muy significativo.

Para nada tomó en cuenta la frase que acompañaba la foto, lo que llamó su atención fue aquel viejo automóvil verde con la pintura gastada por la intemperie y con placas de color azul, Chihuahua 84/85, que conservaba intacta la carrocería y la dignidad de su diseño. Joel no era fetichista de carros ni de nada, a sus 36 años era hombre equilibrado y dueño de los hilos de la vida, pero aquel carro de verdad le había gustado y se propuso conseguirlo. Como era hombre práctico, le puso un mensaje a la persona que subió la foto: “¿Lo vendes?”. Inmediata llegó la respuesta: “No es mío, y no sé si está en venta; por InBox le pongo el domicilio”.

Al día siguiente se dirigió al lugar. Era una casa ubicada en el centro de la ciudad, deshabitada, cubierta de polvo y hojas secas; a simple vista parecía abandonada, pero no del todo, ya que no había hierba crecida y los árboles del frente y del jardín estaban cuidados, se notaba que alguien le daba sus vueltas a la finca para ver que todo estuviera bien. No había letrero de venta, parecía que el Volkswagen estuviera guardado en la cochera como si alguien hubiera llegado treinta y tres años antes y lo hubiera dejado allí antes de entrar a casa, como de costumbre.

Joel preguntó a los vecinos, nadie supo darle información, algunos le respondían con evasivas y otros le decían que eran inquilinos nuevos. Al fin halló a una señora muy amable que lo invitó a pasar a su cocina a tomar un café para platicar lo que sabía. En esa casa había vivido hacía mucho tiempo un matrimonio ya grande; el señor tendría en ese entonces unos cincuenta años y ella más o menos la misma edad. No habían tenido hijos, pero se querían mucho y se trataban con tiernas muestras de cariño; los muchachos del barrio les decían de burla los periquitos del amor. Él tenía un buen puesto en una oficina de gobierno; todas las tardes llegaba en ese Volkswagen y se llevaba a pasear a su señora. El carro era nuevo, lo cambiaba cada año, siempre de la misma marca. Un sábado nadie los vio salir, ni el domingo, ni el lunes; sencillamente ya nadie volvió a manejar ese carro, allí nomás se quedó como usted lo ve.

Y entonces ¿por qué está todo tan cuidado?, preguntó Joel. No hay en el porche basura ni hierba, ninguna de las cuatro llantas está ponchada, se ven cortinas en la casa, aunque bastante percudidas. La finca no está en ruinas luego de tantos años de permanecer deshabitada.

La señora le contestó: No sabría responderle con certeza. Seguramente alguien trae llave y se encarga algunas veces de darle una manita de gato a la casa y al carro, algunos han visto a un joven que llega y nadie sabe cuándo se va; sigue habiendo agua y luz, nunca llegan requerimientos del predial, señal de que alguien paga todo eso. Cantidad de gente llega preguntando por el Volkswagen, ya ve que esos carritos tuvieron siempre mucha demanda, y todavía, aunque ya estén descontinuados. Pero nadie les sabe dar razón.

Joel le agradeció a la señora su amabilidad, apuntó las placas y se fue muy pensativo. Lo tenía muy sin cuidado la historia de ese auto que treinta y tres años antes había dejado de circular, lo que le importaba era hallar a quien fuera el dueño, para tratar de comprarlo. Antes de llegar a casa ya se le había ocurrido la idea de buscar un tío suyo que trabajaba en Tránsito, a lo mejor con el número de placas podría dar con los datos del propietario.

Lo que halló era de no creerse. La factura original del carro, de la cual su tío le proporcionó una copia, decía claramente el nombre del comprador: Joel Ramírez Pedroza. La coincidencia fue que el 11 de diciembre de 1984 se había tramitado un cambio de propietario a favor de Joel Fuentes Lozano ¡su propio nombre! Daba vértigo suponer que alguien había puesto el carro a nombre un niño justo en la fecha en que cumplía dos años.

*

Joel había crecido en un hogar estable, a pesar de que era hijo de madre soltera. Alma tenía buen salario, una vez al año salían juntos de vacaciones, vivían en una casa cómoda de la Panamericana y cada año cambiaban de carro. Lo consentía mucho, sin descuidar su formación ni la disciplina; estudió ingeniería mecánica en el Tecnológico de Chihuahua. Su vida era diáfana y la única causa de intriga para él eran algunos temas que surgían en la conversación con la madre, quien lo trataba con una mezcla de camaradería y ternura, pero a veces le contestaba con evasivas cuando preguntaba por el padre, hasta se molestaba cuando insistía.

Joel tenía ocho años cuando Alma se casó con un tipo que muy pronto dio a notar un ángulo virulento, para ella imposible de tolerar: trataba mal a su hijo. En cuanto se dio el primer incidente, ella tomó de inmediato la decisión de divorciarse. Desde entonces su divisa fue la de que más vale sola que mal acompañada. Jamás le traería a su hijo ningún padrastro. Sus esporádicas relaciones de pareja decidió mantenerlas al margen y ninguna fue tan valiosa como para volver a intentarlo, siguió manejándolas con discreción, aunque sin cerrarse al amor. Todo esto lo supo Joel, pues el nivel de confianza permitía esas confidencias, pero ella cancelaba toda conversación en cuanto él intentaba saber quién había sido el papá. 

Al pasar de los años, Joel se acostumbró a que su padre no formaba parte de los recuerdos, y ahora que surgía un nombre de alguien que en la fecha exacta de su nacimiento firmaba un cambio de propietario a favor de otro que se llamaba igual que él mismo, Joel Fuentes Lozano, la coincidencia era inquietante. Tendría que ser imposible creer que él hubiera buscado adquirir el mismo automóvil que al menos nominalmente ya fuera suyo. Esta vez su madre tendría que contestarle algunas preguntas en lo que antes había sido tan enigmática.

Le puso un mensaje para invitarla a desayunar al día siguiente, ella aceptó encantada, siempre le daba mucha alegría cuando su muchacho tenía atenciones con ella, lo cual era muy seguido, pues era cariñoso y espléndido.

Desayunaron en El Retablo. Casi al terminar, ella le dijo:

―Bueno, Joel, ahora sí dime qué te traes, por qué tan misterioso.

―Ay, Alma, se ve que me conoces bien. Pues mira, yo contigo nunca me ando con rodeos y quiero platicarte algo rarísimo que me sucedió.

―A ver, dime.

―Primero que nada, quiero preguntarte algo, y esta vez necesito que me hables claro, mamá, porque es de un tema que hace mucho no tocamos y del cual no te gustaba hablar.  Primero que nada, dime el nombre de quien fue mi padre.

―Siempre te he dicho que tu no tuviste padre, Joel, te crié yo sola, y punto. Por qué insistes ahora con lo mismo.

―Está bien, lo que pasa es que no quería hacerte esta otra pregunta tan directa: Dime quién es Joel Ramírez Pedroza.

La mujer se quedó inmóvil, mirando fijamente a su hijo. Durante un largo momento permaneció callada, en aparente calma, mientras conseguía dominar la sorpresa y una cascada de recuerdos. Joel tuvo suficiente sensibilidad para quedarse quieto y esperar a que ella saliera de su intensa cavilación. La respuesta llegó en forma de pregunta:

―¿De dónde sacaste ese nombre?

Con toda claridad, Joel le contó lo del carro, la casa deshabitada, el registro de propiedad donde venían los nombres; el suyo no podría ser un homónimo porque ese tipo de coincidencia es casi imposible que suceda, y luego la fecha del registro, todo lo que ahora, al mirar la reacción de ella, parecía confirmarse. Pidió que le resolviera el acertijo.

Está bien, mi rey, le dijo ella: para empezar, me da escalofrío que hallaras el hilo de la madeja, hasta parece cosa del destino. Te voy a platicar la historia completa; todo lo que te voy a decir, aquí queda entre nosotros, ¿de acuerdo?

Como sabes, fui la mayor en una familia de ocho hijos, empecé a trabajar desde chica para ayudar a mi papá en el sostenimiento de la casa; como estudié comercio en la Escuela Industrial para Señoritas, conseguí un trabajo muy bueno en el Banco Comercial Mexicano, primero de secretaria, luego como cajera y más adelante llegué a ser jefa de crédito. Al igual que todas las muchachas de antes, pensé que me casaría con un buen hombre, tendría mis hijos y mi hogar, pero cuando cumplí 20 años murió mi papá y me quedé sola con toda la carga, mis hermanos estaban chicos, todos en la escuela y no quise que se salieran, aunque en las vacaciones conseguían empleo y sí me ayudaban.

Ya casi para cumplir los 30, estaba convencida de que me había quedado para vestir santos, ni esperanzas de casarme, a pesar de que dos de mis hermanos ya trabajaban y me sentía más desahogada; por lo pronto, ya disponía de una parte de mi dinero, me vestía mejor y hasta había comprado un carro. Fue por ese entonces que conocí al señor ese del nombre que hallaste.

Me llevaba algunos años, diez o quince, nunca lo supe con claridad, pero llegaba muy guapo, todo un caballero. Era cliente del banco, en ese entonces las personas que no tenían empresa usaban las cuentas de ahorro y los depósitos a plazo fijo; Joel siempre fue cuidadoso en todos sus asuntos y manejaba con mucho orden las propiedades y el dinero, una fortuna modesta. Trabajaba como jefe de departamento en la Secretaría de Obras Públicas. Sin que yo me lo propusiera, fui el único asunto que no pudo acomodar en la lógica de su cerebro.

Empezó con timidez llevándome regalitos: Mire, Almita, le traje un pequeño detalle de Puerto Vallarta; y me dejaba un vestido artesanal de buen gusto y muy lujoso; de vez en cuando cajas de chocolate exquisito, una pulsera de plata que todavía conservo, una vez hasta zapatos me trajo. Yo me sentía halagada, aunque siempre tuve la sensación de que no debía aceptarle regalos, pero él parecía tan tímido y rendido, que nunca hallé manera de rechazarlo. Siete meses de regalitos y atenciones pasaron antes de que se animara a invitarme, Almita, fíjese que hoy me autorizaron un proyecto muy importante en la Secretaría y quisiera que me acompañara a festejar. ¿Podríamos ir mañana a cenar en el restaurante del Hotel Fairmont? Allí es muy sabrosa la comida.

Lo que sigue es la típica historia de todas las parejas, claro que no te voy a dar detalles, pero el caso es que un año después de aquella cena, quedé embarazada de ti. Me parecía algo raro que él nunca me hubiera hablado de matrimonio, a pesar de que yo lo sentía enamorado de veras. Se desvivía en complacerme, me abrazaba con dulzura desfalleciente, decía palabras bonitas; con tanto amor no tuve el cuidado de ver el panorama competo, su manera secretosa de ser, el hecho de que no mencionara a su familia, los viajes a los que jamás me invitaba, lo que no era raro porque en ese entonces las parejas de novios nunca salían juntos de la ciudad. En fin, yo también estaba enamorada y no me fijaba en detalles.

Cuando le anuncié que estábamos esperando un hijo, se alegró muchísimo. Durante tres días anduvimos muy alegres y más enamorados que nunca. Pero luego llegó muy serio, necesito hablarte de algo, dijo. Me llevó al Fairmont, el mismo lugar de nuestra primera cita. Yo estaba contenta, pero me inquietaba su cara de solemnidad, en la sonrisa se le formaba un gesto afligido que nunca le había visto.

Alma. Mi amor. Yo sé que lo que voy a decir va a dolerte mucho, me dijo el imbécil. Tengo esposa, desde hace 20 años estoy casado. No le di tiempo de que dijera nada más; lo intentó desesperadamente tratando de que no se armara escándalo en lugar tan elegante. Con toda calma salí del lugar, aunque por dentro me estaba ahogando. Y desde entonces tomé la determinación de jamás dirigirle la palabra.

Meses y meses me buscó, escribió mensajes y los mandaba por correo, me buscaba en el banco y siempre había gente, las pocas veces que pudo hablarme permanecí muda; se plantó en mi casa tardes enteras para ver si lo recibía, pero eso nunca sucedió. Lo que sí leí fueron las cartas. Primero me propuso que viviéramos juntos, que compraría una casa, la que yo quisiera, y que allí criáramos a nuestro hijo, nunca le faltaría nada; al muy cínico se le hacía fácil tenerme de querida, de seguro pensó que no me quedaba de otra. Como nunca le contesté, me llegó la segunda proposición, ahí si ya de plano bien abusiva: Que cuando naciera le diera yo al bebé, en adopción; con él y su esposa, el niño tendría buena crianza y un respaldo en la vida para todo, que al fin y al cabo él era su padre y yo recuperaría mi libertad de soltera, ¿te imaginas? El hombre que me amaba se había vuelto un patán de la lógica y el egoísmo absoluto.

Por un capricho absurdo del que a veces me arrepentí, te puse su mismo nombre, Joel, y aunque de golpe le perdí el respeto, el amor es más lento de borrarse, muchos meses lo seguí queriendo a pesar de mi voluntad; recordaba nuestras tardes juntos, los detalles cariñosos, el olor de su loción; me daba enorme tristeza que me hubiera traicionado desde el principio, pero no podía olvidarlo. Lo que compensaba todo era la ilusión de esperarte. Mi familia me trató con respeto y en el trabajo nadie me molestó, seguí cumpliendo con mis funciones, y aunque hubo algunos intentos para obligarme a renunciar, me mantuve firme durante el embarazo, tomé el permiso de maternidad, y regresé al banco con mucho ánimo, pues ahora tenía que mantenerte y darte yo solita la mejor vida que pudiera.

Joel murió casi tres años después de que naciste, le pegó un cáncer muy invasivo desde el estómago y se consumió en menos de un mes. Siempre mantuvo contacto conmigo, por más que traté de impedirlo, pero era muy terco. Me pidió perdón por un montón de cosas de las que con justa razón se sentía culpable; me hizo toda la lucha para que te registrara con su apellido, pero eso no lo permití; me suplicó que lo dejara conocerte y frecuentarte en las condiciones que yo quisiera, y en eso sí doblé las manos: cada semana te visitaba en mi casa y se fascinaba contigo. También insistió en mantenerte y yo me resistí, por orgullosa y porque me bastaba yo sola para todo, pero él me presentó los hechos consumados: hizo a tu nombre un contrato de fideicomiso con el banco por una buena cantidad, creo que eran todos sus ahorros o muy buena parte. Allí quedó establecida que tú recibirías una cantidad mensual bastante generosa hasta que cumplieras 25 años; a los 18 la cantidad aumentaría al doble, para que pagaras tus estudios de universidad, y al final te sería entregada una suma suficiente para que compraras una casa y un automóvil de buen modelo, que son los que te escrituré cuando te titulaste de ingeniero. Tengo que reconocerle que en eso fue muy responsable y hasta generoso.

Sospecho que el asunto del Volkswagen fue un último gesto sentimental, cuando le avisaron que le quedaba poco de vida. Nunca supimos bien a bien si le habrá confesado a su esposa que tenía un hijo y que había tenido otra mujer. Una compañera suya de la Secretaría, que nos conoció de pareja, me siguió frecuentando de vez en cuando, le gustaba platicar conmigo y me traía chismes de Joel, a pesar de que no me encantaba el tema; cuando menos pensaba ella metía poco a poco el asunto. Por ella supe que no había tenido hijos con su señora, yo creo que por eso tú te convertirse en alguien tan hermoso para su vida. También que al final dejó sus pendientes muy bien organizados, los papeles, los bienes, todo eso. A ti ya te había heredado en vida con el fideicomiso, como te dije, y eso cuando todavía ni se imaginaba que se fuera a morir tan pronto. A ella le dejó la casa, un ranchito que tenía, otras dos propiedades de renta y muy buena pensión. Seguramente ha de haber pensado que también el carro, que en ese año era nuevecito, pero se ha de haber llevado la sorpresa de su vida en el testamento, al ver que se lo había dado a su hijo, al hijo de “la otra”, qué horror. Lo más seguro es que para ese entonces ya supiera la historia completa, y si no, allí se vino a enterar.

Pobre mujer. La misma amiga que te digo me platicó que desde entonces se encerró a piedra y lodo en su casa, jamás volvió a salir. El duelo por la muerte de su esposo lo volvió perpetuo; dicen que todavía vive allí; en más de treinta años no ha visto el sol de la calle; hay un joven, y a veces una muchacha, que le llevan alimentos y artículos de limpieza; que por dentro mantiene todo limpiecito como un espejo, pero por fuera solo se ven las mismas cortinas viejas cayéndose de raídas y unas persianas que dan lástima. Eso suponen, porque no se ven señales de nada, ni luces de noche, aunque fijándose bien, muy al fondo del pasillo parece relampaguear una televisión prendida, de las grandes y modernas. Ninguno de los vecinos ha visto llegar visitas, ni ambulancias o servicios funerarios, por eso creen que no ha muerto; para estas alturas ha de tener como 17 años más que yo, pero pobrecita allí encerrada, sepultada en vida, qué manías tan raras.

Así que tú sabrás si te ocupas de reclamar tu carro, el que te dejó tu padre desconocido, o mejor allí lo dejas en su jardín marchito. Es lo que yo te aconsejo, no es bueno perturbar la paz de los sepulcros, ni la de los vivos, y menos a esa pobre mujer que decidió retirarse del mundo.