lunes, 2 de noviembre de 2026

Taumaturgia

 

Taumaturgia

 

Por JChM

 

―Sí vi de reojo ese poste doblado, pero procuré no verlo de fijo porque me cae la maldición oblicua. Chin, qué tonterías estoy pensando, no tengo ni la menor idea de qué es la maldición oblicua, es más, ni siguiera sé si existen las maldiciones. Eso me pasa por haber ido ayer a la consulta de La Señora Sofía por culpa de mi comadre Tomasita, cuando me pidió que la acompañara porque fue a que le hicieran un endulzamiento. Menos mal que los monólogos interiores no se oyen, si no, qué vergüenza.

domingo, 1 de noviembre de 2026

Laurel como tu nombre

 

Laurel como tu nombre

 

Por JChM

 

Laurel como tu nombre, siempre me ha encantado que te llames así, Laurel Castellanos, aunque al principio batallé para llamarte con esa palabra tan bonita; me sonaba un poquito masculina, quizá por los resabios de mi machismo siglo veinte que no he logrado abatir del todo. Te decía mi cielo, chiquita, mi vida y otras expresiones aprendidas en las novelas de Corín Tellado, una de mis autoras favoritas (pero en discreto, porque no queda bien al canon reconocerlo, Dios me libre).

A pesar de todo eso, muy pronto la palabra Laurel de tu nombre ya era tan hermosa como cada uno de los elementos de tu cuerpo, tu voz, tu pelo, los relatos, la cintura, tu risa, los batiks, tus hombros, todo, porque cada día conforme te iba conociendo te fui queriendo más y más, hasta la fecha.

Todo lo demás es historia, la nuestra en el tiempo de los demás, de todos: nacieron los hijos, pasaron los años, fuimos felices, llegaron los problemas, los resolvimos juntos, nunca nos peleamos, pero a los 23 de casados llegó la separación; unos meses de pleitos y luego la amistad serena: nacieron los nietos y aquí seguimos. Aún y para siempre seguiré amando la palabra Laurel y todo lo que significa.

sábado, 31 de octubre de 2026

Altercado

 

Altercado

 

Por JChM

 

El Gordo quiso disculparse con Lalita:

―No tengo palabras.

Ella le contestó:

―Lo que pasa es que no tienes palabra, Gordo, eres un mentiroso, poco hombre, cobarde, maldito miserable. Culero.

Ella sí tenía.

viernes, 30 de octubre de 2026

Transistores

 

Transistores

 

Por JChM

 

Pues aquí ando otra vez en las Segundas de la Niños Héroes; dice Nina Violeta que me gusta venir a estos lugares de paseo porque es mi parque y mi zona arqueológica, jajaja, esta muchachita me vacila cada rato, se le ocurre cada cosa.

No, lo que pasa es que se me descompuso mi radio de transistores y vine a buscar una bobina y una resistencia, pero he batallado mucho; aquí ya nadie sabe lo que es un radio de transistores, me miran de reojo pensando que soy un emisario del pasado, como les decía el licenciado Echeverría a sus adversarios.

Por más que procuro, no encuentro esas dos piezas: Ya fui a las segundas de los jueves de la Colonia Industrial, a las de los domingos en San Jorge, y ni pizca de refacciones. Me aconseja mi nieta que vaya a Juárez, que allá sí las voy a encontrar porque hay un chorro de cosas del Army; pero no sé si me está cotorreando, porque es muy mula mi nieta. Salió al papá.

martes, 27 de octubre de 2026

Los Masculáis

 

Los Masculáis

 

Por JChM

 

Allá por los años ochenta del siglo pasado, el escritor Manuel López Chacón descubrió la antropología y se lanzó a la sierra para realizar profundas investigaciones. Un mes después sacó a plana entera en El Heraldo de Chihuahua una crónica morrocotuda donde revelaba con ampulosas descripciones, no por disparatadas menos verdaderas, el hallazgo de una civilización hasta entonces olvidada por la historia y por la prehistoria: el pueblo de Los Masculáis. Durante los meses siguientes, cada domingo, abundaba en datos nuevos acerca de aquella cultura que había preservado saberes ancestrales: desde cómo se peinaban hasta algunos oscuros secretos de la cacería; los deberes de los padres para con los hijos pequeños; la manera de irse a morir ya muy viejitos al valle del olvido para en ningún momento dar lata en este mundo al llegar el tiempo de la extrema senilidad. Y así el ingeniero López Chacón siguió saque y saque reportes de Los Masculáis.

Al principio tenía un montón de lectores, pero poco a poco se fueron aburriendo y al pasar de los meses ya casi nadie lo leía. Un detalle raro es que no había fotos de nada, el autor decía que Los Masculáis no permitían ni fotógrafos ni dibujantes en sus vastos terrenos. Como para entonces ya teníamos severas sospechas de que todo aquello era una chifladura de Manuel, Nacho Guerrero y Enrique Servín publicaron en aquel mismo periódico una foto que al pie decía: Auténtico Masculáis hallado en el puesto de Don Pit, comiéndose un burrito de rojo.

Resulta que Servín se disfrazó con unas flechas, unas plumas y un hacha de piedra y Nacho le tomó una de sus impecables estampas. Esa publicación tuvo la peculiaridad de ponerle punto final al cuento de Los Masculáis, pues desde entonces ya nadie volvió a escribir del tema, ni siquiera su voluntarioso descubridor.

lunes, 26 de octubre de 2026

Accord

 

Accord

 

Por JChM

 

Al Messenger llegó este mensaje:

Soy July Arrieta; una amiga que es escritora me dijo que usted se dedica a la edición. Acabo de terminar una novela y me gustaría que me ayudara.

Puse una respuesta de rutina:

Estoy a sus órdenes, mándeme por favor su texto en archivo de Word o en PDF.

A los cinco minutos otro texto de ella:

Está bien, pero me gustaría conocerlo en persona, ¿qué le parece si nos vemos mañana a las cinco en el Néctar Café?

Acepté, luego de solicitar que me depositara quinientos pesos por la entrevista.

Con todo gusto ―escribió―, deme los datos de su tarjeta.

Al día siguiente llegué puntual; en una mesa vi a una mujer muy guapa que leía una novela de Milan Kundera; era ella, me acerqué sin dudarlo.

―Buenas tardes, maestro ―me dijo con afecto discreto.

―Buenas tardes, señorita, me da gusto conocerla. Pero no me maestree, los editores no somos maestros de nada, solo cuidadores de textos ajenos. Mejor dígame Chávez.

En fin, mi perorata sirvió para entrar en confianza con quien quizá me confiaría su novela, ese tipo de textos que suelen revelar más la intimidad de alguien que una biografía explícita.

La joven escritora era muy agradable y concentrada, una mística de la literatura. En su novela se cuenta la historia de una mujer que decidió darle con toda calma la vuelta al mundo en su automóvil Accord. Había heredado de su abuelo paterno una gran fortuna y, al terminar la licenciatura en Historia del Arte, decidió que su vida sería la de una viajera, una nómada acaudalada.

En esa primera reunión en el Café recibí el original terminado: un cartapacio que contenía setecientas cuartillas.

July Arrieta y yo hemos trabajado juntos durante seis meses y ya casi terminamos la edición. Ya tenemos listo su texto para mandarlo a un concurso o para buscar editorial. Quedaron 480 cuartillas de magnífica escritura.

domingo, 25 de octubre de 2026

Dos almas



Dos almas

 

Por JChM

 

Con el alma en un hilo llegó Tomasita al hospital a donde llevaron a su hijo Gonzalo después del accidente; eran las cuatro y media de la madrugada cuando timbró el celular y le avisaron. Una troca negra que venía a muy alta velocidad por la Avenida Cantera había arrollado a los tres muchachos en el pequeño Honda de Rodrigo; el conductor se dio a la fuga. Rodrigo era amigo de Gonzalo, lo habían sido desde la primaria y fueron como hermanos. Rodrigo murió al instante, igual que el otro joven que venía con ellos; Gonzalo luchaba entre la vida y la muerte en el quirófano. Con angustia delirante la madre caminaba por los pasillos y por la sala de espera rezando, llorando inconsolable. Dos horas después le informaron que el muchacho había muerto, que si deseaba pasar a despedirse de él antes que lo llevaran a la morgue para la autopsia de ley. Tomasita entró a la habitación donde yacía su hijo, se abrazó a su cuerpo, imploró que su propia muerte le fuera concedida, pues no imaginaba cómo podría seguir viviendo sin su único hijo. Un aneurisma misericordioso llegó, luego de una punzada del más fiero dolor que imaginarse pudiera; duró la eternidad de medio minuto de sacrificio.

miércoles, 21 de octubre de 2026

Cervecería


 

Cervecería

 

Por JChM

 

La borrachera es canija y más el que la aguante (en terceras personas). Eso pensé ayer en la tarde cuando me puse a borrar e mailes viejos: me topé con uno de julio de 1992, de mi cuñado Xicoténcatl González. Era una disculpa que más bien parecía reclamo. A la letra decía:

Cuñado: La presente es con el fin de disculparme con usted y, por su conducto, también con los que estaban el viernes en la casa de Adelita Valentina, a donde por cierto no me invitaron, qué gachos. Me enteré por Elías Holguín, quien pasó por mí para que lo acompañara.

Dijo que tampoco lo habían invitado a él, pero como es muy entabacado tenía pensado ir de todas maneras.

Pasamos por Piñón y luego fuimos a comprar tres cartones de cervezas Negra Modelo, uno para cada uno, jejeje, no te creas, y nos enfilamos rumbo a los panteones, al barrio donde vive Adelita.

Cuando llegamos nos hicieron mala cara. Algunos ni nos saludaron y eso que según esto son la crema y nata de la educación; ni siquiera nos dieron las gracias cuando bajamos uno de los cartones, pero sí empezaron a destapar botellas porque en la mesa de centro de la sala nomás había una triste botella de vino ya muy disminuida.

Tratamos de abrir plática desplegando nuestra mexicana alegría, pero no nos pelaban. Adelita Valentina fruncía la boca muy recio; Salcido se puso a platicar en corto con Ana Belinda como si los demás no existiéramos; Jaramillo fingía leer un libro de Fábulas de La Fontaine; Rosy trataba con amabilidad de salvarnos de la helada indiferencia de sus congéneres, sin conseguirlo.

Lupe Salas le dijo a Jaramillo en secreto, pero asegurándose que la escucháramos todos: lo que pasa es que a Xicoténcatl le falta mucha clase.

Yo traté de hacerme el occiso como si no la hubiera oído, pero Elías gritó a voz en cuello: Los que no tienen ni poquita clase son ustedes, atajo de frustrados que se sienten exquisitos. Se tragan nuestra cerveza y ni nos dirigen la palabra. Y luego nos ordenó: Piñón, González, larguémonos de esta pocilga.

Nos fuimos de allí, haciéndonos los muy dignos, y nos dirigimos a La Cervecería, a comernos unos tacos de barbacoa en el tercer piso de un edificio muy raro que está en medio. Elías muerto de risa nos atemperó con la frase que siempre pronunciaba para toda ocasión: ¡La fiesta sigue!

sábado, 17 de octubre de 2026

Lo que había en esa mirada


 

Lo que había en esa mirada

 

Por Jesús Chávez Marín

 

¿Rosalía?, soy Norma, Me da mucho gusto que me hayas agregado y así poderte escribir aquí en el Messenger; es que ando bien triste y no hallaba con quién platicar lo que voy a decirte; es muy delicado y me da mucha pena. ¿Te acuerdas de Renata, la más chica de las primas? Cuando te fuiste a vivir a Denver ella era una bebita y yo todavía no me casaba. Pues ahora es toda una señorita, y muy guapa. O más bien, era, porque no te imaginas lo que sucedió.

Tú no llegaste a conocer a mi marido, porque me casé un año después de que te fuiste a trabajar al otro lado. Sabíamos de ti porque mi tía Lupe, tu mamá, nos contaba todo, de cómo te había ido, de todo lo que batallaste al principio para acomodarte y de cómo a punta de trabajo y de que eres muy lista pusiste varios negocios hasta que le atinaste con la primera tortillería y luego las otras. Todos nos alegrábamos con cada logro y nos entristecíamos cuando te iba mal, como aquella vez en que estuvieron a punto de deportarte y también cuando te divorciaste de Román y te quedaste solita con Rosy chica. La verdad es que todos te admiramos mucho, prima, y sobre todo yo, que siempre nos quisimos tanto desde niñas y también ahora, a pesar de tantos años en que solo te he mirado en fotos. Pero ya me desvié del tema.

Es que es bien difícil, me duele y me da coraje recordarlo. Cuando nos escribíamos cartas llegué a contarte de Gabriel, mi esposo. Te decía que era el hombre más guapo del mundo, además de espléndido y machote; a su lado me sentía segura, en sus brazos la mujer más complacida. Estuve enamoradísima de él desde la primera tarde que lo vi en aquel baile de la Cruz Roja donde tocaron Los Apson; me sacó a bailar y yo sentí que flotaba, bueno, porque además me había tomado dos whiskys a escondidas de mi mamá, ya ves cómo era estricta, Dios en paz la tenga.

En ese entonces también te escribí que a los quince días de ese baile ya vivíamos juntos; era como un sueño de princesas porque él me cumplió como todo un hombre, en cuanto quedé embarazada nos casamos por el civil; como ya estaba esperando, mis papás no dijeron nada, a pesar de que les dolió que me fuera de la casa; nos desaparecimos dos semanas en un hotel muy hermoso de otra ciudad y no regresé hasta que ya no había más remedio. Mira, a pesar de todo lo que ha pasado, y que ya te contaré, te digo que de los 18 años que tengo de casada he sido muy feliz la mayor parte del tiempo; no creo que hubiera mujer más enamorada de su esposo que yo; lo quise tanto como no tengas una idea; los poquitos defectos que le veía se los perdonaba siempre; los rumores que me llegaban de sus andanzas no los creí nunca. Yo era su esposa fiel y el era mi hombre, el mejor de todos para mi corazón. Y es más, a pesar de lo que pasó todavía lo quiero, aunque no deba; nunca voy a amar igual.

No te voy a negar que como todos los hombres él tenía sus detalles, pero mí me trataba casi siempre con cariño, me cuidaba mucho y en todo me daba mi lugar. Eso sí, cuando tomaba se volvía un demonio, lo bueno es que no tomaba mucho; y no que yo no me diera cuenta. Como viajaba, por su trabajo, pasaba noches fuera de la casa; siempre que regresaba lo recibía amorosa, amistosa, como debe de ser, sin preguntas ni dudas. Los chismes que llegaban nunca me intrigaron; él era mi señor y en su casa procuré siempre que se sintiera como rey, porque además ha sido cumplidor con el gasto, a mi hijo y a mí nunca nos ha faltado nada, gracias a Dios.

También debo decirte que nunca me he cegado; el hecho de que yo le tuviera toda la confianza a mi marido no quiere decir que viviera con los ojos cerrados; tú sabes, prima, que las mujeres de nuestra familia nunca hemos sido pendejas. Lo que llegué a ver con mis propios ojos, siempre me parecieron faltas menores: que a veces le echara algún piropo a mi comadre Josefina, toda curvilínea y bonita que es ella, me parecía de lo más natural, nunca fui celosa ni con ella ni con una profesora de la primaria que de plano se le metía por los ojos a Gabriel. Todo era parte natural de mi vida de casada, hasta que un día sí se me prendió un foco rojo.

Fue en la fiesta de 15 años que le hicimos a Gabriel chico. Como fue hijo único, y por lo tanto no tuvimos quinceañera, le organizamos un baile precioso en El Jardín de las Rosas, ¿te acuerdas?, el salón ese muy bonito donde fuimos juntas a nuestra primera fiesta de noche. Invitamos a 200 personas, ofrecimos cena, había whisky, tequila, brandy, lo que quisieran. Gabriel, que siempre ha sido muy medido para tomar, esa noche se dio vuelo con el Etiqueta Negra y se transformó en otro, en uno muy feo. Yo estaba tamañita de que fuera a ponerse violento o necio o, es decir, caliente. Libidinoso. Por supuesto que he conocido siempre ese ángulo de mi marido, esa personalidad maniática que le provoca el alcohol, y toda la noche anduve algo preocupada por lo que fuera a pasar, pero me tranquilizaba verlo tan alegre y sociable, cariñoso con su hijo, atento conmigo, hasta de más, así que me tranquilicé y procuré disfrutar tan bonita fiesta que teníamos, había venido familia de varias partes, allí estaban todas mis primas; casi nada más tú faltaste.

Para esto, no sé si te enteraste de que dos años antes me había llevado a vivir conmigo a mi sobrina Jacqueline cuando murió mi hermana Karla, su mamá. La quería, y la quiero como a una hija, la hija que nunca tuve. Y para Gabrielito es como su hermana mayor. Pues no me lo vas a creer. Ya casi al final de la fiesta Gabriel andaba casi flotando de borracho, pero se mantenía derechito y bien portado; me sentía tranquila pensando que todo aquello que surgía con el pisto ya no sucediera, cuando de pronto tuve que ir por unos platillos a la cocina del salón, y al ir pasando por el pasillo de entrada que voy viendo a Gabriel besando a la muchachita y tocándole las bubis y ella como que se dejaba y como que se resistía, no, tío, no sea malo, le decía, déjeme, y aquel necio apretándose contra ella. ¡Gabriel, qué haces!, le grité. Volteó a verme como si viera el aire, no reconocía, parecía ido. Se había desabrochado el cinturón, se arregló y salió en silencio hacia el salón, como sonámbulo.

Al día siguiente traté de hablar con él, y según esto no se acordaba de nada. Mi gran error fue dejar que todo quedara silencio. Aconsejé muy bien a Jacqueline de que se cuidara mucho, que por su bien procurara no tener mucha relación con su tío, que platicara con él nada más lo elemental, que supiera entender que hay momentos en que el alcohol nos vuelve diablos, que él no es mala persona y es su familia, que le fuera a agarrar mala idea. Y así la vida siguió, con sus altas y sus bajas como siempre, y entonces me tocó que se me encendiera el segundo foco rojo, todavía más rojo que el de antes.

Todos los viernes nos juntamos las amigas de siempre en la casa de alguna, la que le toque, para platicar y algunas también para emborracharse, pero no mucho. Resulta que uno de esos viernes Irene, ¿te acuerdas de ella?, pasó por mí. Siempre me voy en mi troca, por si se me antoja venirme antes o pasar a otros lados por algún pendiente, pero esa vez se me hizo fácil irme con ella, porque además tenía que platicarme algo que después te cuento. Cuando llegó por mí, Gabriel iba llegando a la casa, lo cual me extrañó porque los viernes siempre sale desde mediodía y no regresa hasta pasadas las doce. Esa vez nos tocó reunirnos en casa de Imelda y ella es muy espléndida, cena deliciosa, tres pasteles, cerveza, todo el pisto que quisieras tomar, en fin, estuvimos muy a gusto. Pero cuando regresé a la casa me esperaba una vil traición. Ya había entrado, iba a cerrar la puerta, cuando alcancé a ver algo raro en mi troca. Fui a ver qué era y que voy viendo a Gabriel casi encuerado cogiéndose a una que esa sí estaba toda desnuda y viniéndose como demente, con grititos y gemidos al por mayor. Me quedé helada.

Me retiré muy calladita, no dije nada ni hice escándalo. No entendía cómo se le había ocurrido hacerlo precisamente en mi troca, me parecía eso muy retorcido. En el porche de la puerta esperé a que terminaran, se vistieran. Según ellos limpiaron muy bien todo el asiento de la troca, que no quede huella. Y ya cuando se encaminaron al carro de Gabriel, les grité: Qué bonito deporte agarraron. Yo no sé cómo tuve sangre fría para hacer todo eso, si por dentro me estaba quebrando de tristeza, coraje, desencanto, ya ni sé.

Él no me dijo nada y ella menos, se fueron muy despichaditos. Fue a llevarla y pronto regresó, pero yo me hice la dormida; no quería, no podía confrontarlo en ese momento. Al día siguiente era sábado y antes de que se fuera le dije que necesitaba hablar con él. Para mi sorpresa me contestó: nada tenemos que hablar. A mí no me molestes con tus monsergas. Y fue todo lo que dijo. Desde entonces empezó a tratarme horrible, con la punta del pie. Me chiflaba como si fuera yo un perro o un caballo, qué sé yo. Se le olvidó por completo que yo era su esposa y me hacía sentir que ya solo era para él una sirvienta y luego, cada vez que se le antojara, una puta; aunque se le antojaba cada vez menos, a veces pasaban hasta tres meses sin que me tocara. ¿Y por qué crees? Aquí viene lo más monstruoso.

Porque le puso casa nada más y nada me nos que a Renata, nuestra prima pequeña. No sé cómo la convenció, no sé cómo consiguió ella guardar con la familia el secreto de con quién se había ido a vivir, nada menos que con mi marido. Gabriel andaba en pleno frenesí de lo que se llama la crisis de los cuarentones, con su amante jovencita vuelto loco. No tuvo escrúpulos, no supo respetar a su propia familia, ni a su mujer ni a su hijo. Y te diré que ni a su propia dignidad, porque ahora toda la gente lo mira como a un degenerado, pobre hombre. A veces hasta me da lástima, ya no tiene mirada. Y muy pronto tampoco va a tener esposa, porque le puse una demanda de divorcio que no se la va a acabar.

miércoles, 14 de octubre de 2026

La emoción del alcohol

 

La emoción del alcohol

 

Por JChM

 

Hay un arroyo de la colonia Las Granjas donde se junta cada madrugada una desorganizada comunidad de alcohólicos terminales. Los vecinos ya se acostumbraron a convivir con ellos, a que en las orillas y sobre la arena queden tiradas las botellitas de alcohol 96 compradas en la botica, con ansiedad y monedas reunidas con dificultad.

Los viejos, o que parecían viejos, se han ido muriendo, pero antes llegaron otros más jóvenes y allí se quedaron, camaradas de destino y de esa extraña fiesta silenciosa de los tomadores.

Cuando uno de ellos muere, todos asisten al entierro y desperdician el vital líquido arrojándolo entre la tierra que cae, para hacer el último brindis con el compañero, al cual ya jamás habrán de mirar.

lunes, 12 de octubre de 2026

Un hombre de experiencia


Un hombre de experiencia

 

Por Jesús Chávez Marín

 

Anoche mi amigo Arnulfo me invitó un café, llegamos al lugar y nos acomodamos frente a la barra. Pidió una ensalada de dos kilos que tiene camarones, aguacate, huevo cocido, lechuga al por mayor y pedacitos de nueces o algo así; de tomar pidió un litro de cerveza que viene en un solo tarro gigante. Yo, un café americano.

Y a darle vuelo a la conversación interminable.

Como él tiene ochenta años, y ha sido un industrial exitoso y solitario, ya anda de vuelta de cualquier cosa en lo que pudiera imaginarse que es la vida. Pero el impulso de contar historias no se desvanece con la edad, aunque adquiere tonos y colores algo raros. Un denso fastidio de lo cotidiano; cierto cinismo frente a los pensamientos que solían regir las conductas; algunos puntitos de ternura sin piedad hacia el destino trágico de los seres humanos en sus momentos de inocencia, y la absoluta sinceridad de la propia biografía, cuando ya no tiene nada qué ocultar.

Sin duda fue una velada estrambótica: en los relatos la muerte llegaba sin previo aviso, como una invitada obligatoria y repentina.

Dos horas más tarde, encargó la cuenta, pidió una factura y nos fuimos del lugar igualito que se fueron las voces de leyenda; los personajes muertos también se desvanecieron en el silencio. Quienes aún viven tal vez hayan sentido algún aire de lumbre en sus decrépitos oídos. 

domingo, 4 de octubre de 2026

Voluntad de vivir

 

Voluntad de vivir

 

Por JChM

 

La hija de Sergio y Clementina tuvo un accidente en la carretera que va rumbo a Cuauhtémoc.

Cuando regresaron de sepultarla, no hallaban qué hacer, no querían que nadie los viera, sentían vergüenza de estar vivos mientras su muchachita de 18 años se había quedado en una tumba, muerta.

Tampoco tenían ganas de vivir.

Solo porque había otro hijo más pequeño, al que no podían abandonar a la deriva, sabían, sin decirlo, que al siguiente lunes él volvería al trabajo, aunque sin alma.

Y ella habría de ser, como siempre, diligente y amorosa con ese hijo, amiga buena del hombre que era su marido y en ese momento temblaba a su lado como un muñeco húmedo, sombrío.

sábado, 26 de septiembre de 2026

Hilda se fue

 

Hilda se fue

 

Por JChM

 

―¿Y por qué lo quieres vender, luce como nuevo.
―Es la pura apariencia, ya me da mucha lata. El otro día me dejó tirado a media calle en la Vallarta, tuve que empujarlo tres cuadras en medio del tráfico a pleno mediodía.
―Tantos años lo has conservado; la gente se encariña con sus carros viejos.
―A mí me pasó un tiempo; lo conseguí ya usado pero cuidadísimo. Había sido de una señora que jamás lo sacó a carretera, lo usaba poco y le daba mantenimiento de agencia. Lo compré por Hilda. Ella estaba en un club de pilotos de volskwagen y yo quería andar con ella para todos lados; compré mi carro y me inscribí.
―Ese club es, o era, bien famoso en Chihuahua, hacían desfiles, viajes, bailes; pura fiesta. A veces con la familia y en otras nomás en parejas. Oye, ¿y qué pasó con Hilda?
―Pues ya ves, la típica historia. Anduvimos un montón de años y luego ella se casó con un fulano que le propuso matrimonio. Fin de la historia.
―Entonces tu volskwagen vendría a ser el recuerdo sentimental.
―Pues sí. En ese carro fuimos muy felices de todas las maneras que existen. Y luego de repente adiós, fin, se acabó. Ella siguió su vida por otro lado y yo me quedé vagando por el valle de la amargura más tiempo de lo que sería lógico. O sano. Era un viudo de lo más agüitado, me da vergüenza nomás de acordarme.
―Sí supe, te pegó duro la separación. Es que ustedes eran la pareja del año, se veían enamoradísimos.
―Bueno, ya. Todo quedó en el pasado. Ahora que venda el carro se irá la última prenda de esa historia. Te voy a decir algo que te va a sonar absurdo y cursi: fue la única historia que me tocó vivir. Desde entonces nada de nada, aunque no me lo creas. Y la verdad es que vivo muy tranquilo, cero complicaciones.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Arte y significado en la ciudad

 

Arte y significado en la ciudad

 

Por JChM

 

La mustia luz de un farol tiñe de sepia el graffiti en la media noche; parece el escenario de un desafío como en aquella canción que con fina gracia cantaba Ana Torroja con el grupo Mecano, Cruz de navajas.

El anónimo artista que pintó ese muro va pasando y no es casualidad que ande acá, tan lejos de su casa ubicada en un pueblo cercano. Cuando el desánimo lo vacía de sentido, monta en su bicicleta, viene a la ciudad y va recorriendo los murales que ha pintado desde hace 17 años, casi todos en el centro, uno tan alto en un edificio abandonado que es difícil explicarse ahora que lo mira desde abajo cómo subió hasta allá con pinceles, brochas, aerosoles y un juego de escuadras.

Cada dibujo expresa señales y misterios; él sabe que todos sus recuerdos resplandecen aquí y allá; incluso dejó cartas enteras para quién él sabe muy bien que las entenderá.

Le duele cada vez que el desarrollo urbano derriba alguna de sus pinturas; otras están ya casi deslavadas por la intemperie o rayadas por vagos autodestructivos, pero ni modo.

Este es un arte efímero como la vida, madrugada que llega, como las imágenes que vuelan.

martes, 8 de septiembre de 2026

Dos viejos de la plaza Catedral

 

Dos viejos de la plaza Catedral

 

Por JChM

 

Todos los días a las seis de la mañana se levanta Avelino y recoge de la cochera el periódico. Se rasura con cuidado y se baña; desde la noche anterior acostumbra preparar su ropa recién planchada y las botas del día, perfectamente boleadas. Se viste y sale a la calle rumbo a la plaza que está en el centro de la ciudad.

Dos o tres bancas de ese parque son sus favoritas y las alterna según el ciclo del sol; a esa hora el lugar está casi vacío y él disfruta una íntima alegría al tener todo el espacio disponible. Se sienta, saca de su bolsa el periódico y empieza a leerlo con calma.

A las ocho de la mañana regresa para llegar puntual al desayuno que generosamente le ofrece su hija, la dueña de la casa. Para esa hora ya se ha ido su yerno, quien suele tratarlo con una silenciosa amistad, un poco fría pero siempre educada.

Avelino se considera afortunado de que este hombre sea generoso; tres años antes, cuando un fatal accidente arrebató de la vida a su esposa Isabel, su única hija lo invitó a vivir con ellos, en acuerdo con el marido, por supuesto. Vendió la casa grande y les entregó la mitad del dinero, la otra la invirtió en adaptar la vivienda para tener un espacio independiente para él.

Cuando regresa del desayuno ya dieron las diez de la mañana; para entonces ya habrá llegado su amigo Ismael, con quien se reúne a platicar la mayoría de las veces.

Ismael lleva con buen ánimo la vida que le tocó. Cinco años antes su hijo mayor lo convenció de que invirtiera sus dos casas en un negocio que los iba a hacer millonarios; riesgos no había ninguno, le aseguraba el muchacho que por cierto ya no era tan joven, tenía 42 años.

Ismael vendió las casas y hasta agregó unos ahorros que gurdaba en el banco y le dio todo el dinero al hombre, más por el cariño que por la confianza, pues aunque Ismael había sido en todos sus asuntos un hombre sensato, cuando se trataba de cualquiera de sus dos hijos renunciaba a la lógica; estaba seguro de que ninguno de los dos sería capaz de perjudicarlo.

El hijo era un hombre honesto y tal vez en todo momento obró de buena fe; pero para el caso es lo mismo: en menos de seis meses el mentado negocio ya había quebrado. No quedó dinero ni para las últimas liquidaciones. El hijo tuvo que regresar al infierno chiquito de buscar empleo meses y meses; a su papá ni cómo ayudarle. No te preocupes, hijo, como quiera me las iré arreglando.

Pero no es lo mismo decirlo que conseguirlo.

Ismael se había ido a vivir en la casa de una hermana suya que tenía un departamento desocupado; ella era buena gente y dejaba que se le acumularan meses y meses de renta, ya casi se había olvidado de cobrarle, pero lo cierto es que ella necesitaba los centavos, pues era parte de su pensión.

Para comer, Ismael enfrentaba un problema diario; su hijo menor de vez en cuando le ayudaba, le dejaba un dinerito o lo invitaba a su casa, muy a lo retirado. Vivía en la otra orilla de la ciudad y era difícil llegar. El caso es que el viejo a veces no tenía ni para comer, pero era estoico y reservado, nadie supo jamás de sus penurias.

A veces los vecinos le encargaban mandados, o lo ocupaban en algunas tareas, pero eran muy pocas las que podía realizar a sus 89 años. A los 90 una severa anemia acabó con él. Literalmente murió de hambre.

Ese día Avelino se quedó esperando, su amigo Ismael no llegó. Y ya nunca llegaría.

lunes, 31 de agosto de 2026

Kiroschka en pantalla

 

Kiroschka en pantalla

 

Por JChM

 

Cuando Gilberto era un cincuentón recién divorciado, se encontró de repente con el vértigo de la libertad, que fue su perdición. Como tenía buen salario, pues era profesor de física en una universidad, y además su esposa se había ido con los cuatro hijos a Estados Unidos sin reclamarle ninguna pensión con tal de quedarse con la patria potestad para ella sola, empezó a gastar en viajes acompañado de una novia distinta cada vez, que siempre, según él, era el amor de su vida, y luego tronaban porque el carácter de Beto era imposible de tolerar, y además le había surgido un complejo de Adonis insoportable, imaginaba que todas querían con él.

En ese plan duró cinco años, hasta que se hizo de una fama terrible, era el clásico galán tendido y necio.

Pensaba que nadie lo merecía. En esta ciudad viven puras imbéciles, les contaba a sus amigos, desglosándoles con lujo de detalles aburridísimos las imperfecciones y taras de la que antes había presentado como la mujer perfecta.

Fue entonces cuando Gilberto empezó a explorar otras dimensiones de la relación amorosa: la comunicación por Internet con extranjeras fabulosas, o más bien con mujeres que presentaban fotos retocadas en sus comunicaciones gráficas y relatos fantasiosos de la respectiva.

Gilberto hablaba inglés y en rutilantes conversaciones globales consiguió una novia rusa que también hablaba ese idioma y que según esto era la perfección andando: diez años menos que Gilberto, trabajaba en un departamento de finanzas públicas y ganaba muy bien; divorciada, con dos hijos, mostraba en las fotos y en los videos su casa preciosa y como un espejo de limpia; cantaba en un coro monumental que hacía viajes por todas las repúblicas de la antigua Unión Soviética y le mandaba a Gilberto grabaciones de sus conciertos. Por supuesto que la música se escuchaba muy fina, pero vaya usted a saber si la grabación fuera o no del coro o le estuviera ella formando una realidad paralela, donde también correspondieran las fotos de rubia guapa, los desnudos en el chat y toda la fantasía de la que Gilberto andaba perdidamente enamorado.

Sus amigos le decían que eso era como estar prendado de una actriz de la pantalla, que ese tipo de sentimientos no pertenecían a la realidad sino una especie de amor platónico forjado a punta de tecnología, pero Gilberto parecía convencido de que eso era el amor, y de que por fin había encontrado el verdadero sentido de la existencia.

Cuando se acercaban las vacaciones de verano, le propuso a Kiroschka, así se llamaba la dama rusa, si estaba de acuerdo en que él fuera a conocerla a Moscú, pero ella se apresuró a decirle que para esas fechas andaría de gira con el famoso coro. Para no desmoralizarlo del todo le dijo que ella vendría a México para Navidad, y con eso él quedó muy contento.

Muy pronto ella fue trabajando la idea de que sería él quien tendría que pagar el boleto de avión y los gastos del viaje, ya que sus dos hijos iban a entrar a la universidad y había tenido muchos gastos recientes. Él le dijo que por eso no habría ningún problema.

Gilberto vivió esos meses lleno de regocijo. Todos los días a las nueve de la noche se hablaban por skype, cada vez parecían más amorosos y de vez en cuando vencían juntos el temor al ridículo de mirarse desnudos a través de las pantallas, como si fueran adolescentes ansiosos. Entusiasmado recorrió joyerías hasta que halló el valioso anillo de diamante que sellaría el compromiso del amor.

El primer día de las vacaciones navideñas viajó a la ciudad de México a donde llegaría la rusa; se vieron por primera vez en el aeropuerto. Un tierno abrazo en silencio confirmó para Gilberto que sus sueños también se conectaban con la realidad; sus amigos que tanto le advirtieron de la gran cantidad de fraudes y engaños que acechan desde el ciberespacio a los ingenuos, en este caso habían estado muy equivocados, Kiroschka era hermosa, fina y elegante.

La noche de Navidad, la feliz pareja era el centro de las bienaventuranzas para la familia de Gilberto; por fin iba a rehacer su vida y ya no andaría tan malhumorado como se la había pasado los últimos cinco años, maldiciendo rencoroso a su ex y extrañando con tanto dolor a los hijos que había perdido luego de su atormentado divorcio.  Ahora lucía radiante.

A las meras doce llamó a todos y les pidió su atención; con solemnidad un poco ridícula sacó el anillo de su saco, y emocionado le pidió en inglés a Kiroschka que se casara con él. La mujer, toda sonrisas, le dijo por supuesto que sí mi amor, me haces muy feliz. Entonces él le puso el anillo en el anular de su mano izquierda.

Ese fue el clímax de la felicidad para Gilberto, y nunca volvió a sentir ningún otro clímax, por cierto.

La mujer se pasó en su casa los quince días de vacaciones, a diario Gilberto le compraba regalos que ella con discreción y astucia iba sugiriendo en cada tienda y en cada lugar a donde viajaban, dentro del territorio de Chihuahua, y luego regresó muy garbosa a su lejana tierra.

Al llegar, lo primero que hizo fue bloquear todos los contactos por donde antes se había comunicado con su amado mexicano.

Varios días tardó Gilberto en creer que esto hubiera sucedido. Primero le echó la culpa a las fallas de la tecnología, luego a la posible falta de recursos económicos que a lo mejor a Kiroschka la obligaban a permanecer incomunicada, sería cosa de unos días, pensaba, pues la esperanza es la última que muere. No lo podía creer, pero cuando por fin le cayó el veinte casi estalló en furia y ya después llegaron los correspondientes tres o cuatro meses de la absoluta desilusión.