martes, 3 de mayo de 2011
Mario Lugo
Lugo, historias de amor
Presentación de su libro El Amor entre las ruinas
Por Jesús Chávez Marín
La sabiduría popular es certera cuando llama aventuras a cierto tipo de relaciones amorosas. En estos enredos, algunos casados y algunas casadas se juegan el matrimonio, la estabilidad de la familia; los solteros apuestan la soltería, el estado civil. Y sin embargo quizá no haya en este mundo aventuras más fascinantes, llenas de energía, imágenes inolvidables, vida latiendo con ritmos diversos, ilusiones extraviadas y certezas heroicas.
En este sentido, este libro enérgico y lleno de acción y de pensamiento, alegrías y placeres matizados por complejos mundos interiores, digamos espirituales, este libro de cuentos llamado El amor entre las ruinas, es un libro de aventuras.
Las quince historias que forman este libro tienen como tema central el amor, la relación amorosa entre un hombre y una mujer al centro de tramas diversas. La aventura del amor enfocada desde sorpresivos ángulos:
La presencia de tu sexo como maravilla arrinconada.
Tu marido que te sorprendió mojada y a medio vestir, saliendo conmigo de esa casa vieja.
(Un) partidario del amor servil y rutinario. Seguramente él te quería solo como calor para los inviernos, como cocinera, como ese animal fantástico y grotesco siempre dispuesto a esperar y perdonar.
La amo suficiente como para resistir cualquier cosa después de su muerte.
Llegué a cuestionar de manera enfermiza su aceptación de huéspedes a pesar de que yo no ofrecía una opción para su supervivencia, salvo una posibilidad de dejar a mi familia, que ella jamás creyó del todo, supongo.
Enérgico y triste, lleno de acción y de pensamiento, de alegría y placeres matizados por complejos mundos interiores…
Buscaba la presencia de alguien (…), daba la impresión de un desamparo momentáneo.
Salió de la habitación apenas unas horas después de haber llegado y no volvió hasta muy avanzada la madrugada;
un despliegue de triste dignidad.
Los más engrosaron, engrosamos, las filas de la corrupción o el conformismo.
María Luisa no era muy hermosa, pero sí muy inteligente… y sentimental. Una combinación muy explosiva.
Laura, a pesar de ser menor que yo, lograba imponer en mí su personalidad como si fuera un dictador, un juez implacable. Sin embargo había algo en ella más importante aún: su sensualidad; algo que yo apenas aprendía a identificar y disfrutar pero que se sumaba a las ideas mágicas que yo tenía respecto al sexo, y más elementalmente, a las características misteriosas que yo atribuía al cuerpo femenino.
Amé su dulce presencia. Nunca hasta entonces un ser humano fue capaz de inspirarme más posibilidades acerca de un futuro verdaderamente feliz. Cuando por alguna casualidad coincidíamos en el mismo camión, mi estúpido corazón palpitaba atropelladamente. Quise rogarle, pedirle por favor que me aceptara como su esclavo, o si lo prefería, como su perro. Cualquiera cosa hubiera sido aceptada por mí con tal de tenerla cerca cuando menos unos minutos.
Busqué ansioso ese espacio que no ha perdido su misterio al paso de los años.
Para mí, los encuentros que van en tu vida están predeterminados, tienes un conocimiento pudiéramos llamar instintivo de que están ahí y los buscas; los buscas con el esmero que solo el que anticipa algo significativo en la vida lo hace.
Pronto supe que (ella) se había separado de su marido unos meses antes, que era madre de dos hijos: uno de cinco y otro de tres años. No se sentía en manera alguna alegre de su condición.
Por el efecto del licor, tan familiar para mí, Armida me parecía más atractiva después de cada sorbo.
Algo que nos impresiona a las mujeres de ustedes los hombres es su capacidad para resistir el tedio frente a la repetición de una aventura que consideran intensa, plena de pasión, aunque momentánea. Pierden de vista el ritual necesario que las mujeres atribuimos a la atención de los detalles.
Para nosotras el evento más importante es el proceso previo a lo que ustedes consideran básico: la penetración.
Por eso Gabriela se burla de los hombres a los que nos gustan los amores rápidos, de a discotecazo y luego al motel. O de los amores en asiento de carro. En síntesis: del amor, agasajo y olvido. Nos acusa de ingenuos, y sobre todo de superficiales e inexpertos.
Piensa en tu familia, en mí, en tus hijos. Es que no puedo creer que seas tan insensible.
Me hizo saber que se sentía un poco cansado y preocupado por Jenny, su mujer, a quien conocí un par de años después. Me dijo que durante su viaje anterior a Japón le había llamado muy desesperada para suplicarle que renunciara a su trabajo, que se sentía muy sola.
Los narradores de cada cuento asumen siempre en este libro un punto de vista, enfocan los cambios de fortuna; la prepotencia de un hombre que considera a las mujeres territorio de conquista; la visión idílica y adolorida de un recuerdo adolescente; la contemplación de la belleza femenina en las acciones cotidianas, en las voces de dos viajeras, en una linda vendedora de frutas.
Personajes inolvidables de nuestro pasado son las mujeres y aquí nos las venimos a encontrar en el libro que escribió Mario Lugo, en sus relatos tramados con esa familiaridad que es tan difícil redactar para encontrarnos de nuevo con sorpresa con aquella mujer amadísima, aquel ángel de nuestro pasado que irrumpe en la actual vida desdibujada por el tedio, ocupada en salir sin demasiadas lesiones entre una masa de imágenes agresivas, pendiente de los trabajos alienantes que realizamos todos los días a los cuales dedicamos nuestra prisa y nuestro fastidio. El encanto de la literatura.
Lugo, Mario: El amor entre las ruinas, Editorial Cidech, México, 1995.
Junio 1995.
lunes, 2 de mayo de 2011
llegaron las mujeres
Familias ya de este siglo
Por Jesús Chávez Marín
A mediados del siglo pasado, las nuevas formas de producción económica cambiaron costumbres tradicionales de la sociedad de Chihuahua, una ciudad que a finales de los años setentas del siglo 20 tenía apenas la mitad de la población actual y cuyas dimensiones eran una tercera parte de lo que es hoy su territorio urbanizado. Empresas norteamericanas y japonesas encontraron aquí un mercado laboral ventajoso: mano de obra barata y, sobre todo, el hecho notable de que la mayoría de las mujeres, al casarse, dedicaban su tiempo completo a las fatigosas tareas de su casa y a la crianza de los hijos, dejaban de participar en forma definitiva en lo que se le llama la planta productiva, y la economía familiar se sostenía solo con el salario del esposo, el padre de familia, quien se asumía muy cómodamente como el jefe.
Antes, las mujeres casadas que trabajaban fuera de su casa eran la excepción. Las solteras trabajaban de secretarias, sirvientas, enfermeras, empleadas bancarias, o como cajeras y vendedoras en tiendas de ropa, zapaterías, papelerías o perfumerías. Nada más las que trabajaban de maestras seguían trabajando después de casarse, por la facilidad de los horarios. En 1970 se abrió la primera supertienda en la ciudad, que fue Futurama, y al año siguiente La Soriana, con modelos europeos y norteamericanos de comercialización, de autoservicio, donde había “de todo para toda la familia en un solo lugar”. Estas tiendas abrieron un mercado laboral que antes no existía, en el que las mujeres tenían una preferencia notable a la hora de las contrataciones.
Todavía en ese tiempo la señora era llamada “ama de casa”, el nombre de su oficio en documentos públicos: ella sola se ocupaba de cocinar y servir almuerzo, comida y cena, lavar la ropa de todos, asear la casa, llevar y traer a los hijos a la escuela, ayudarlos en las tareas, asistir a juntas escolares, cuidar la salud en las noches. Pero de la noche a la mañana, casi de forma masiva, la mayoría de las mujeres dejaron el hogar. A partir de la instalación de las maquiladoras, consiguieron su independencia económica y escaparon de la esclavitud doméstica de tiempo completo.
La mayoría de ellas sigue realizando en doble jornada los quehaceres de su casa, pero ya no de manera exclusiva. Se fueron a estudiar en las preparatorias y en las universidades, a donde antes muy pocas asistían; llenaron las oficinas y fueron consiguiendo cada vez más puestos de dirección, ante el desconcierto profundo de los señores, compañeros de trabajo y subordinados. También llenaron los salones nocturnos y aumentó con ellas el consumo de licores y cigarros; la nueva libertad fue tan frenética, que la ciudad fue extendiendo los espacios públicos y también los discretos para nuevas costumbres de las parejas, en todas las orillas de la ciudad creció el número de moteles y hoteles de paso, los más caros y también los más baratos; se abrieron salones de baile donde caben hasta seismil parejas, más o menos permanentes, más o menos ocasionales, y otros lugares para hombres y mujeres donde toman cervezas al parejo.
La mayoría de los machos de antes, de todas las edades, se fueron resignando a perder sus tradicionales y muy antiguos privilegios y servicios que las mujeres sus hermanas, madres, esposas, amantes e hijas le ofrendaban de manera que parecía tan natural como respirar. Algunos incluso se adoptaron a la época de relativa igualdad con las mujeres y hasta consiguieron algunas ventajas en el talento femenino, en la amistad, el amor y la sexualidad con ellas en la reciente libertad, y juntos iniciaron alegremente una nueva educación sentimental. Pero muchos otros, hasta hoy, no han podido soportarlo, sobre todo porque a la mayoría de ellos, desde recién nacidos, los educaron y los siguen educando para la supremacía del varón. Además un buen número de mujeres asumieron con exagerada agresividad su nueva condición social. Se volvieron tan abusivas como los machos más cimarrones. La violencia aumentó de manera insidiosa y terrible: golpizas hogareñas, suicidios en la más oscura madrugada, asesinatos sañudos y sangrientos.
En 1982, cuando las maquiladoras eran recientes en esta ciudad, un hombre desempleado, vecino de la colonia Santa Rosa, mató a cuchilladas a sus tres hijos y luego se suicidó con la misma arma, desesperado y loco de celos cuando le dijeron, mentira o verdad, que su mujer, quien trabajaba y para entonces era la proveedora de la casa, andaba de novia con un ingeniero de la planta. Un solo ejemplo, aunque especialmente trágico, de lo que en los años siguientes llegaría a ser vinagre cotidiano en la nota roja de los periódicos: drogadictos terminales, ancianos solitarios, niños que les prenden fuego a los gatos del barrio para vencer el tedio y el abandono.
Los divorcios se dispararon al tope, a tal grado que la ciudad de Chihuahua se registra entre las que tienen índices más altos en las estadísticas de la desdicha conyugal. El 99% de los procesos que se llevan en los juzgados civiles son de divorcios de toda índole, desde los voluntarios y casi amistosos hasta los pleitos más sórdidos, donde se ventilan historias erizadas de crueldad, humillación e insultos. La sociedad nueva incluye una multitud de madres solteras, quienes viven con toda naturalidad una nueva composición de familia, lo cual no resulta ya desventajoso para ellas de ninguna manera, tampoco para los hijos, que en la mayoría de los casos se desarrollan con la misma dignidad y las mismas oportunidades que los hijos de familias tradicionales.
Esta sociedad tiene un rostro distinto en los inicios de este siglo, una nueva vitalidad y formas nuevas de existir y de entender el destino colectivo.
De toda esta confusión surgió un fruto muy claro y justiciero: las mujeres conquistaron su libertad esencial de seres humanos: ya no existirán jamás los charros cantores que las traten como seres dependientes y conquistables, territorio para avasallar. Ya nadie se atreverá a subestimar el talento de las mujeres para cualquier trabajo, pues en casi todos los espacios laborales la mayoría de ellas han demostrado incluso mayor dedicación y cuidado en la realización de las tareas cotidianas de la producción. Los jóvenes de hoy ya ven como parte de la naturaleza la igualdad de las mujeres en los espacios públicos y privados.
En cada casa hay también muchas formas de familia: los hogares formados por mujeres solas con sus hijos son ya tan numerosos como los de la antigua familia de papá, mamá y los hijitos que antes había sido única forma de legitimidad social, y funcionan con la calidez y buen sentido que son parte del talento natural de las mujeres, quienes además tienen una extraordinaria generosidad para hacer felices a los demás, con la que edifican la serenidad y la seguridad de los hijos.
Febrero 2011
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Chihuahua writers,
Crónicas,
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Relatos
lunes, 4 de abril de 2011
susana avitia
Relatos de mujeres
Presentación del libro Ángela, de Susana Avitia Ponce de León
Por Jesús Chávez Marín
Cuando pasan los años, los recuerdos quedan hechos jirones. Desteñida por el tiempo o pintada con la fantasía, la realidad ya no es la misma cuando la recreamos con palabras y le agregamos las cargas conceptuales con las que elaboramos expresiones cotidianas. De esta manera, la escritura que sale impresa adquiere una importancia insospechada y penetra con muchos cauces el tejido social. Sobre todo la escritura artística, la cual queda como una forma en sí misma, experiencia única y distinta a cualquier otro ser abstracto o material.
La colección de cuentos de Susana Avitia Ponce de León de su libro Ángela pertenece a este género de escritura: la que además de cristalizar un girón acciones, tiempos, personajes y ambientes con un discurso narrativo ágil y moderno, se convierten en una realidad nueva, en donde la vida y el tiempo se concretizan en criaturas que no existen en ninguna otra dimensión más allá de la prosa elegante y hermosa de este libro.
La composición está integrada por tres partes que se complementan, logrando la unidad sorprendente de las buenas estructuras narrativas. El tema que predomina es la vida de las mujeres, la naturalidad de su libertad, los sentimientos y las sensaciones de su condición humana, los espacios sobre todo urbanos donde se desarrolla la acción, el amor de pareja y las dificultades de la convivencia, las rupturas dolorosas, los problemas de la salud y la muerte, el dolor y el placer expresado en sensaciones y pensamientos.
La primera parte del libro se llama “Laberinto de promesas y pieles”, está integrado por 20 cuentos que son independientes entre sí, pero que comparten características comunes: el narrador cuenta todas las historias en la segunda persona gramatical, tú, como un monólogo, una extraña conciencia que se adueña del personaje y lo mueve a su capricho, como sino oscuro y consciente de un propósito ineludible. Hay dos personajes que aparecen en los textos de esta primera parte: Ángela y Mario, los cuales forman una pareja que podría ser la misma o parejas distintas, ya que no hay datos concretos que hagan suponer que sean los mismos personajes que aparecen en cuentos distintos. En el primer cuento aparecen de recién casados, pero luego vemos un divorcio, un noviazgo tormentoso, una anciana también llamada Ángela que mira un cuadro y evoca un recuerdo lejano.
Este juego de repetir los nombre va construyendo conforme avanza la lectura del libro un meta texto novelístico, el pacto que la autora establece con el lector tiene en esto un giro: te doy noticias de Ángela, a la vez que te relato otra situación de extrañamiento, como en las conversaciones normales en las que surgen desviaciones de la memoria. Incluso en las otras dos partes del libro, que temática y estructuralmente son distintas, aparecen de vez en cuando estos dos que son los personajes principales de la primera parte.
Explorando un poco la temática, vemos que la ironía es a veces despiadada con la fantochería del frustrado galán casado y con hijos que se prepara y se perfuma para el encuentro con una de las amantes, a las cuales imagina incondicionales y de su absoluta propiedad: lo vemos en el momento en que llama al restaurante italiano y pide que le manden a la habitación del hotel sus platillos favoritos, no los de ella, a quien espera, sino los de él, claro. Pero resulta que cuando llama por teléfono para concretar la cita, se encuentra una sorpresa que lo fulmina. Ya lo verán cuando lean el cuento que se titula “Catorce de febrero”.
Es regocijante conocer en estos cuentos el lenguaje, los recuerdos y el alma delicada, o amorosa, o insegura, a veces cruel, a veces firme de las mujeres que aparecen, en las que se conjugan las tradicionales características de su condición femenina, como abuela, tía y madre que “se encargaron de poner en orden cada momento importante de tu existencia”, como se refiere del personaje del cuento “Mario con amor”, con las nuevas situaciones que las mujeres vivien en las sociedades de nuestra época.
La segunda parte del libro se llama “Sacrificar el sueño”. Está formada por 17 cuentos, muy distintos en su discurso, en su temática y en su punto de vista de los cuentos de las otras dos partes. En estos se utiliza, para empezar, una voz narrativa distinta, en la tercera persona gramatical: él, y, por lo tanto, un punto de vista diferente. Se trata de un narrador omnisciente que sin embargo se instala muy cercano a la anécdota, sin imponer una carga ideológica o informativa distinta a la intención absoluta de contar la historia.
La mayoría de estos cuentos corresponden a las características exactas del cuento breve: finales sorpresivos, acertijos que se proponen al lector, un pacto narrativo de literatura fantástica, como es el caso de una mujer que escribe y termina formando parte de la propia historia que cuenta e incluso encerrada en un barco dentro de una botella; o el Juan Diego que lleva a la Virgen grabada en video y no en su humilde tilma. Claro que también hay otros cuentos de tema estrictamente realista pero donde aparece un factor de extrañamiento que tuerce la anécdota, o la trasfigura.
De esta manera un campesino puede enamorarse de una campana, de su canto desde lo alto de la torre, y de alguna manera el amor se consuma; una mujer se transforma en mariposa, las sensaciones de placer también se transfiguran ante el lector del tacto al gusto por la recién cocinada mermelada de membrillo y así cada cuento nos deja la frescura de la vida en sus momentos más intensos, en su oscuridad o en su resplandor.
La tercera parte del libro se titila “Mirando tus ojos”; está integrada por 23 cuentos que cierran la cifra exacta de los 60 del total del libro. Aquí también el narrador es distinto, un narrador personaje que cuenta las historias en la primera persona gramatical, yo. En esta parte los cuentos son estrictamente realistas, y alcanzan profundidad tanto en la construcción de personajes como en el examen de los sentimientos, las costumbres sociales y el punto de vista más cercano a la experiencia del protagonista, el cual se ve necesariamente involucrado en la trama.
En la primera parte también había esta especie de monólogo, y también se trataba de un narrador “personaje”, pero con aquel inquietante punto de vista que señalamos antes, la voluntad que domina fatalmente una especie de destino trágico. Aquí el punto de vista se maneja con naturalidad y soltura, lo cual crea un ambiente distinto.
Uno de los temas que más significación consiguen en esta parte son los problemas de la salud: la sombra del cáncer oscurece varios de los relatos, con el el cuento que se titula “Camaleón”, donde una belleza de genial originalidad matiza el monólogo sereno de una mujer fascinante. El dolor humano más extremo que se puede imaginar aparece en el cuento titulado “Tengo que recordarlo”, donde el relámpago aparece en una tormenta, en una calma, en un atardecer con todos los colores del fuego y del cielo.
Las tres partes son, en síntesis, la visión muy completa de muchas situaciones que retratan la condición humana de nuestro tiempo. Sus ambientes distintos son parte de una maquinación de lectura, un diálogo intenso entre una autora de sorprendente madurez y sus lectores, quienes hallarán aquí una experiencia estética inolvidable.
Avitia Ponce de León, Susana: Ángela. Editorial Universidad Autónoma de Chihuahua, México, 2006.
Agosto de 2006.
jueves, 31 de marzo de 2011
sergio juárez
El Van Gogh de Sergio Juárez en el Café de la Ciudad
Por Jesús Chávez Marín
En el costado izquierdo del Teatro de la Ciudad hay una cafetería muy simpática, atendida por jóvenes diligentes y atentos. El jueves 21 de noviembre de 2002 se presentó allí la función número 400 del Autorretrato de Van Gogh, uno de los monólogos del actor más solitario de Chihuahua, Sergio Juárez.
Llegué al lugar quince minutos antes y me trajeron de inmediato un tarro de cerveza oscura. Al fondo del Café, donde hay un pasillo que comunica con el vestíbulo del Teatro, Federico Márquez y Claudio Sergio Juárez Chávez preparaban la escenografía: pusieron una mesita con objetos en desorden, un candelabro con una vela roja, una pistola calibre 45, pinceles, lápices; colgaron unos cuadros bastante maltratados con algunas reproducciones de pinturas famosas, en un caballete el autorretrato a medio terminar, sobre el piso otros lienzos con pinceladas feroces.
Desde atrás de las candilejas se asomaba a veces Sergio Juárez, ya caracterizado en personaje: maquillaje de sombras, un saco negro y raído, pantalones de lona con manchas de pintura. Andaba algo nervioso, pues desde el teatro se escuchaba el ruido y la agitación de mucha gente que esa tarde había asistido a la conferencia de uno de esos predicadores de la buena onda, la neurolingüística y las inyecciones de autoestima que venden toneladas de libros “de superación personal” en cuanto terminan de su ceremonia ilusoria.
Por eso Federico Márquez se vio obligado a anunciar que la función del monólogo se retrasaría unos quince minutos, mientras los catecúmenos terminaban de comprar en el vestíbulo los libros y casetes con las verdades de la excelencia individual.
Dos cervezas después, sale a escena Vincent como la imagen viva de la derrota, ansioso parlotea fragmentos de discursos y luego se tira al suelo, convulsionado, con una mirada de lumbre en sus ojos: la voz del actor es oscura y firme, el gesto de su rostro es impresionante. La expresión corporal también es buena, aunque a la hora de hacer mutis sale de escena con brinquitos de María Candelaria en las películas del Indio Fernández: ese trotecito quiebra el ritmo, intensamente dramático, de la excelente versión escénica de Sergio Juárez.
Otros defectos que podrían señalarse es que nunca vemos pintar al personaje, cuya vida trascendió precisamente porque fue un artista original y portentoso: a veces sale dibujando en una carpeta pero más parece un niño de kínder decrépito y enloquecido que traza garabatos sin ton ni son, que un dibujante creando apuntes para sus óleos. Además aparece el lugar común del maniático que se corta la oreja como clímax y el balazo final, sin haber expresado la grandeza de este autorretrato escénico.
A pesar de esos pequeños defectos, más de dirección que de actuación, el Van Gogh de Sergio Juárez es un espectáculo artístico muy disfrutable: a uno se le pone chinita la piel cuando él circula entre las mesas en estado catatónico y la mirada encendida de furor mezclado con un profundo desaliento, muy bien expresados en el rostro, en las manos y en la acción dramática.
Noviembre de 2002
Por Jesús Chávez Marín
En el costado izquierdo del Teatro de la Ciudad hay una cafetería muy simpática, atendida por jóvenes diligentes y atentos. El jueves 21 de noviembre de 2002 se presentó allí la función número 400 del Autorretrato de Van Gogh, uno de los monólogos del actor más solitario de Chihuahua, Sergio Juárez.
Llegué al lugar quince minutos antes y me trajeron de inmediato un tarro de cerveza oscura. Al fondo del Café, donde hay un pasillo que comunica con el vestíbulo del Teatro, Federico Márquez y Claudio Sergio Juárez Chávez preparaban la escenografía: pusieron una mesita con objetos en desorden, un candelabro con una vela roja, una pistola calibre 45, pinceles, lápices; colgaron unos cuadros bastante maltratados con algunas reproducciones de pinturas famosas, en un caballete el autorretrato a medio terminar, sobre el piso otros lienzos con pinceladas feroces.
Desde atrás de las candilejas se asomaba a veces Sergio Juárez, ya caracterizado en personaje: maquillaje de sombras, un saco negro y raído, pantalones de lona con manchas de pintura. Andaba algo nervioso, pues desde el teatro se escuchaba el ruido y la agitación de mucha gente que esa tarde había asistido a la conferencia de uno de esos predicadores de la buena onda, la neurolingüística y las inyecciones de autoestima que venden toneladas de libros “de superación personal” en cuanto terminan de su ceremonia ilusoria.
Por eso Federico Márquez se vio obligado a anunciar que la función del monólogo se retrasaría unos quince minutos, mientras los catecúmenos terminaban de comprar en el vestíbulo los libros y casetes con las verdades de la excelencia individual.
Dos cervezas después, sale a escena Vincent como la imagen viva de la derrota, ansioso parlotea fragmentos de discursos y luego se tira al suelo, convulsionado, con una mirada de lumbre en sus ojos: la voz del actor es oscura y firme, el gesto de su rostro es impresionante. La expresión corporal también es buena, aunque a la hora de hacer mutis sale de escena con brinquitos de María Candelaria en las películas del Indio Fernández: ese trotecito quiebra el ritmo, intensamente dramático, de la excelente versión escénica de Sergio Juárez.
Otros defectos que podrían señalarse es que nunca vemos pintar al personaje, cuya vida trascendió precisamente porque fue un artista original y portentoso: a veces sale dibujando en una carpeta pero más parece un niño de kínder decrépito y enloquecido que traza garabatos sin ton ni son, que un dibujante creando apuntes para sus óleos. Además aparece el lugar común del maniático que se corta la oreja como clímax y el balazo final, sin haber expresado la grandeza de este autorretrato escénico.
A pesar de esos pequeños defectos, más de dirección que de actuación, el Van Gogh de Sergio Juárez es un espectáculo artístico muy disfrutable: a uno se le pone chinita la piel cuando él circula entre las mesas en estado catatónico y la mirada encendida de furor mezclado con un profundo desaliento, muy bien expresados en el rostro, en las manos y en la acción dramática.
Noviembre de 2002
miércoles, 30 de marzo de 2011
elko vázquez
Flores, frutos y otras yerbas del paisaje interior
Presentación del libro Jardín de luna, de Elko Omar Vázquez Erosa
Por Jesús Chávez Marín
Entre los discursos propios y ajenos que diariamente dan forma a los pensamientos, el texto poético es el más destilado, el más denso y el de armónica sonoridad. Entre la masa de información que nos llena la mente individual y colectiva de asesinatos sangrientos, aviones que estallan, fraudes financieros y políticos, borracheras terminales, kilómetros de anuncios agresivos y frivolidad descarada, existe también un libro de poemas como un acto de fortaleza y purificación.
Es cierto que mucha gente puede pasarse la vida sin leer poemas, aunque su vida será limitada porque nunca habrá de entender que en el sonido de las palabras se halla el aroma y la luz que rebelan aspectos de la propia existencia de cada persona y que el sentido pleno de las palabras, su significación más precisa, solo se realiza en el poema.
También es cierto que en cada época hubo quienes se atrevieron a navegar en su propia identidad para expandir la percepción y escribir este tipo de textos tan íntimos y a la vez tan universales, donde los lectores pueden reconocer como propias las voces inesperadas, sorprendentes, las que dejan la sensación de que ya las habíamos pensado nosotros mismos en alguna situación especial donde sucedió el amor, o el dolor, o el miedo y el presagio de la muerte, o el misterio de una mirada o la belleza de un rostro o un paisaje o un aroma o el milagro sereno de la amistad.
Un escritor profesional, como lo es Elko Omar Vázquez Erosa, quien tiene tres libros publicados y además se dedica todos los días a escribir notas periodísticas para televisión; estudió la carrera de ciencias de la información y se dedicó en un tiempo a escribir a destajo todo tipo de textos escolares y académicos por encargo en una pequeña empresa que tenían él y su mamá... un escritor profesional tiene la capacidad técnica para redactar cualquier tipo de texto que se proponga.
Excepto el poema.
Para escribirlo no basta solo la destreza y el uso correcto de las reglas gramaticales y la preceptiva. También hace falta que el poema llegue, que abra por un instante la ventana de la poesía. Y que en ese instante el poeta haya estado alerta y vigoroso para resistir la iluminación que sucede y pueda entonces iniciar el acto de la verbalización, de la escritura.
Nadie duda que los poetas son personas distintas a los demás. Incluso los hombres torpes que se burlan de los poetas y piensan que son locos, que están chiflados y que están fuera de la realidad, saben que ellos son diferentes al común de la gente. Que son sensibles. En esencia son más fuertes. Saben mirar con exactitud y mayor ángulo el territorio material y el territorio imaginario. Elko Omar Vázquez Erosa es uno de esos hombres.
En este nuevo libro suyo que hoy se presenta, editado bellamente por el Instituto Chihuahuense de la Cultura, reconocemos de inmediato el estilo Elko: versos de imágenes muy sutiles, volátiles; un lenguaje refinado y difícil donde se asoma un lector muy activo, en las referencias a muchos códigos culturales, mitología, metáforas y símbolos, pero sin recargamientos librescos ni culteranos; un tono leve de romanticismo bohemio y castizo; una reflexión filosófica y una línea estética de la tristeza y el dolor; una paisaje bien descrito donde la naturaleza aparece con todos los colores, olores, sonidos, en el canto emocionado de una contemplación y una esencia íntima, y donde también existen los automóviles y otras máquinas.
En este libro la voz poética habla en primera persona y dirige su discurso a una protagonista, o quizá podrían ser varias pero pareciera que en las tres partes que forman su estructura la mujer es la misma, en la mayor parte de los textos. En la primera estrofa se expresa claramente de qué trata el libro completo, desde sus muy diversos ángulos:
Motas de polvo
suspendidas en el aire
que rabiosas de luz como tus ojos,
vienen a adueñarse de lo oscuro.
El texto se propone desde el inicio corporeizar con palabras lo inasible: la luz, la mirada de los ojos azules de la protagonista, el fulgor del sol en el color de su cabello, el gesto de un rostro en la despedida, el recuerdo en las marcas del propio cuerpo o en el humo del cigarro.
Rocío, agua lustral,
lluvia que se estrella
en los cristales
La presencia de la mujer puede forjarse con ingredientes concretos que alcanzan cualquier distancia y que le dan a la vida un sentido:
Un sorbo de vino turbio,
volutas de humo azul
que escapan por los hoyuelos del granero
y el paisaje que habla de recuerdos,
de luchas y conquistas, de viajes por el mar.
Todo esto puede suceder en un ambiente hostil y despiadado, como algunos días del invierno:
La lluvia como púas de hielo
La crueldad de la naturaleza, metáfora de ausencia, irrumpe en el propio cuerpo y cala muy hondo:
Aire helado que desea formar parte de los huesos
Una característica del formato con el que este autor suele componer su escritura es que el primer verso de cada poema funciona a la vez como título y como frase inicial del texto, pues lo presenta subrayado en itálicas y con tinta más fuerte. El autor le da a ese primer verso esa doble significación y logra de esta manera una fuerza muy concentrada y sintética, que ilumina el sentido de los demás versos. Como ejemplo se transcribe el siguiente texto:
Desde entonces te inventaba
en el juego ocioso y en las líneas de mis libros,
en el barro que está en la orilla del arroyo,
en los juguetes y en los mitos.
En las noches tenebrosas, cuando faltaba la luna,
entonces te creaba en la flama de las velas,
con el sonido familiar del viento en las rendijas.
En solo siete versos el punto de vista recorre distintos paisajes y sensaciones: los libros, el río, el juego, la imaginación, la noche, el recinto apenas iluminado en el que vibra la fuerza del viento. En todos esos ámbitos se va inventando la ilusión de una presencia anhelada.
El autor tiene habilidad para expresar sensaciones telúricas y concentrarlas en una acertada mezcla de imágenes, como en estos dos versos:
Se carga el cielo de humedad
y se vuelve perfume el adobe de las ruinas
Sin perder el tono de estoica serenidad que la caracteriza, la voz poética se inclina a veces hacia la ternura, como puede oírse en esta estrofa del poema que se llama "Para llevarte lejos":
Para que seas una niña,
para que estés segura,
para mantenerte abrigada
en un lecho de seda
A veces el autor hace referencia a leyendas y lecciones de la tradición, y atribuye algunos de sus relatos y sus ideas a un personaje colectivo a quien nombra “los viejos”, como en esta estrofa que es también ejemplo de su capacidad de concentración y densidad:
Dicen los viejos que hace mucho
vinieron las hijas de la luna
a robar los frutos del edén,
y al tocar la tierra...
se les cayeron las alas.
Resulta muy dinámico en la lectura ese juego textual donde se mezcla un diálogo con la mujer, esas cartas que se van escribiendo desde la distancia y la evocación, los ecos de su recuerdo sonando en viejos muros o en el campo abierto y también la acción de perseguirla y darle vida en las palabras, en tomarla como fuente del poema:
Transformas los rincones en poesía,
te pierdes entre resonancias
Todo el libro puede leerse también como una historia de amor en el que el protagonista está dispuesto a perseguir a la protagonista en todas las dimensiones, hasta fundirse con ella en la tierra y en la muerte:
Voy a llevarte hasta la tumba,
voy a ponerte ofrendas
y luego abrazaré la tierra
y me secaré, junto a las flores.
Amor constante más allá de la muerte, amor aferrado en las palabras y en el propósito de trascendencia.
En la tercera parte del libro, que se titula “Estudios y fragmentos”, hay una variedad de temas, aunque se sigue sosteniendo el diálogo con el personaje femenino que silenciosa escucha o ausente lee las palabras que se pronunciaron o se escribieron para ella. Un ejemplo es este poema que alude a esas imágenes y estructuras que se van derritiendo en la pantalla de una computadora por una falla de sistema, ante la angustia del que aterrado mira la desaparición:
Dudas en la agonía del milenio:
¿y si los dioses regresan por sus fueros
y la realidad se ve, de pronto,
desdibujada en sus contornos?
¿Y si acechan formas
de tiempos extraviados y blasfemos
y desaparece nuestro mundo, sin dejar siquiera
huellas en el polvo que sobrenada el cosmos?
O de este otro que es vivo retrato del vino y de su conexión con el sueño mezclado en el delirio y la lucidez intensa y efímera. Su primera estrofa es esta:
Nada como el vino:
tiene el perfume,
tiene el color,
la suave textura
que se va adueñando
de los sentidos.
Este poema cierra brillantemente en su estrofa final:
de las flores fantasma
que proyectaba la copa,
de la sigilosa mirada
que sorprende un instante
—un mísero instante—.
En la desolación, el personaje protagonista de la voz poética desciende a veces al abismo de la soledad y la tristeza, la de la falta de sentido de la vida que se halla en las sensaciones elementales del cuerpo, como puede verse en el siguiente poema:
¿Será el olvido que hallan los lotófagos
el fin último de la existencia?
¿Será la mirada estúpida de la satisfacción
la gloria de que hablan los profetas?
¿Será la falta de ilusiones la que corona
los sueños, las fatigas y todos los afanes?
¿Serán tus ojos un cigarro, tal vez dormir,
o la embriaguez metódica?
No queda más que reconocerse en estos versos cuando hemos sentido que ya se fueron todos los trenes, cuando parece que ya solo ha quedado la cotidiana dosis de comida, trabajo, dinero, licor semanal y una cajetilla de cigarros que se consume como el cuerpo en el tiempo inútil.
Sin embargo el poeta no se deja vencer. Cuando todo ha pasado y la vida ya no tiene sentido, quedan los recuerdos como el polvo enamorado del que habló Quevedo:
En los vasos rabiosos te recuerdo,
en las cenizas compactadas,
en el fluir del automóvil;
en efímeras flores que de esquirlas
nacieron en el muro,
en el grito que tronaba por las calles,
en el borde que me sacudió
todos los huesos,
y en las prendas íntimas
que asomaron
por un velo de cristal.
En estos poemas se percibe una atmósfera bien definida. Se trata de un libro notable en su claridad, en el vuelo de las imágenes y en la expresión exacta de sentimientos colectivos. Para terminar solo me queda recomendarles la lectura de este autor, Elko Omar Vázquez Erosa, quien escribe para este tiempo, y con su obra define, inventa y consigue que los sueños queden bien armonizados en las palabras, en su exacta escritura.
Vázquez Erosa, Elko Omar: Jardín de luna. Editorial Instituto Chihuahuense de la Cultura, México, 2002.
Agosto de 2002
Presentación del libro Jardín de luna, de Elko Omar Vázquez Erosa
Por Jesús Chávez Marín
Entre los discursos propios y ajenos que diariamente dan forma a los pensamientos, el texto poético es el más destilado, el más denso y el de armónica sonoridad. Entre la masa de información que nos llena la mente individual y colectiva de asesinatos sangrientos, aviones que estallan, fraudes financieros y políticos, borracheras terminales, kilómetros de anuncios agresivos y frivolidad descarada, existe también un libro de poemas como un acto de fortaleza y purificación.
Es cierto que mucha gente puede pasarse la vida sin leer poemas, aunque su vida será limitada porque nunca habrá de entender que en el sonido de las palabras se halla el aroma y la luz que rebelan aspectos de la propia existencia de cada persona y que el sentido pleno de las palabras, su significación más precisa, solo se realiza en el poema.
También es cierto que en cada época hubo quienes se atrevieron a navegar en su propia identidad para expandir la percepción y escribir este tipo de textos tan íntimos y a la vez tan universales, donde los lectores pueden reconocer como propias las voces inesperadas, sorprendentes, las que dejan la sensación de que ya las habíamos pensado nosotros mismos en alguna situación especial donde sucedió el amor, o el dolor, o el miedo y el presagio de la muerte, o el misterio de una mirada o la belleza de un rostro o un paisaje o un aroma o el milagro sereno de la amistad.
Un escritor profesional, como lo es Elko Omar Vázquez Erosa, quien tiene tres libros publicados y además se dedica todos los días a escribir notas periodísticas para televisión; estudió la carrera de ciencias de la información y se dedicó en un tiempo a escribir a destajo todo tipo de textos escolares y académicos por encargo en una pequeña empresa que tenían él y su mamá... un escritor profesional tiene la capacidad técnica para redactar cualquier tipo de texto que se proponga.
Excepto el poema.
Para escribirlo no basta solo la destreza y el uso correcto de las reglas gramaticales y la preceptiva. También hace falta que el poema llegue, que abra por un instante la ventana de la poesía. Y que en ese instante el poeta haya estado alerta y vigoroso para resistir la iluminación que sucede y pueda entonces iniciar el acto de la verbalización, de la escritura.
Nadie duda que los poetas son personas distintas a los demás. Incluso los hombres torpes que se burlan de los poetas y piensan que son locos, que están chiflados y que están fuera de la realidad, saben que ellos son diferentes al común de la gente. Que son sensibles. En esencia son más fuertes. Saben mirar con exactitud y mayor ángulo el territorio material y el territorio imaginario. Elko Omar Vázquez Erosa es uno de esos hombres.
En este nuevo libro suyo que hoy se presenta, editado bellamente por el Instituto Chihuahuense de la Cultura, reconocemos de inmediato el estilo Elko: versos de imágenes muy sutiles, volátiles; un lenguaje refinado y difícil donde se asoma un lector muy activo, en las referencias a muchos códigos culturales, mitología, metáforas y símbolos, pero sin recargamientos librescos ni culteranos; un tono leve de romanticismo bohemio y castizo; una reflexión filosófica y una línea estética de la tristeza y el dolor; una paisaje bien descrito donde la naturaleza aparece con todos los colores, olores, sonidos, en el canto emocionado de una contemplación y una esencia íntima, y donde también existen los automóviles y otras máquinas.
En este libro la voz poética habla en primera persona y dirige su discurso a una protagonista, o quizá podrían ser varias pero pareciera que en las tres partes que forman su estructura la mujer es la misma, en la mayor parte de los textos. En la primera estrofa se expresa claramente de qué trata el libro completo, desde sus muy diversos ángulos:
Motas de polvo
suspendidas en el aire
que rabiosas de luz como tus ojos,
vienen a adueñarse de lo oscuro.
El texto se propone desde el inicio corporeizar con palabras lo inasible: la luz, la mirada de los ojos azules de la protagonista, el fulgor del sol en el color de su cabello, el gesto de un rostro en la despedida, el recuerdo en las marcas del propio cuerpo o en el humo del cigarro.
Rocío, agua lustral,
lluvia que se estrella
en los cristales
La presencia de la mujer puede forjarse con ingredientes concretos que alcanzan cualquier distancia y que le dan a la vida un sentido:
Un sorbo de vino turbio,
volutas de humo azul
que escapan por los hoyuelos del granero
y el paisaje que habla de recuerdos,
de luchas y conquistas, de viajes por el mar.
Todo esto puede suceder en un ambiente hostil y despiadado, como algunos días del invierno:
La lluvia como púas de hielo
La crueldad de la naturaleza, metáfora de ausencia, irrumpe en el propio cuerpo y cala muy hondo:
Aire helado que desea formar parte de los huesos
Una característica del formato con el que este autor suele componer su escritura es que el primer verso de cada poema funciona a la vez como título y como frase inicial del texto, pues lo presenta subrayado en itálicas y con tinta más fuerte. El autor le da a ese primer verso esa doble significación y logra de esta manera una fuerza muy concentrada y sintética, que ilumina el sentido de los demás versos. Como ejemplo se transcribe el siguiente texto:
Desde entonces te inventaba
en el juego ocioso y en las líneas de mis libros,
en el barro que está en la orilla del arroyo,
en los juguetes y en los mitos.
En las noches tenebrosas, cuando faltaba la luna,
entonces te creaba en la flama de las velas,
con el sonido familiar del viento en las rendijas.
En solo siete versos el punto de vista recorre distintos paisajes y sensaciones: los libros, el río, el juego, la imaginación, la noche, el recinto apenas iluminado en el que vibra la fuerza del viento. En todos esos ámbitos se va inventando la ilusión de una presencia anhelada.
El autor tiene habilidad para expresar sensaciones telúricas y concentrarlas en una acertada mezcla de imágenes, como en estos dos versos:
Se carga el cielo de humedad
y se vuelve perfume el adobe de las ruinas
Sin perder el tono de estoica serenidad que la caracteriza, la voz poética se inclina a veces hacia la ternura, como puede oírse en esta estrofa del poema que se llama "Para llevarte lejos":
Para que seas una niña,
para que estés segura,
para mantenerte abrigada
en un lecho de seda
A veces el autor hace referencia a leyendas y lecciones de la tradición, y atribuye algunos de sus relatos y sus ideas a un personaje colectivo a quien nombra “los viejos”, como en esta estrofa que es también ejemplo de su capacidad de concentración y densidad:
Dicen los viejos que hace mucho
vinieron las hijas de la luna
a robar los frutos del edén,
y al tocar la tierra...
se les cayeron las alas.
Resulta muy dinámico en la lectura ese juego textual donde se mezcla un diálogo con la mujer, esas cartas que se van escribiendo desde la distancia y la evocación, los ecos de su recuerdo sonando en viejos muros o en el campo abierto y también la acción de perseguirla y darle vida en las palabras, en tomarla como fuente del poema:
Transformas los rincones en poesía,
te pierdes entre resonancias
Todo el libro puede leerse también como una historia de amor en el que el protagonista está dispuesto a perseguir a la protagonista en todas las dimensiones, hasta fundirse con ella en la tierra y en la muerte:
Voy a llevarte hasta la tumba,
voy a ponerte ofrendas
y luego abrazaré la tierra
y me secaré, junto a las flores.
Amor constante más allá de la muerte, amor aferrado en las palabras y en el propósito de trascendencia.
En la tercera parte del libro, que se titula “Estudios y fragmentos”, hay una variedad de temas, aunque se sigue sosteniendo el diálogo con el personaje femenino que silenciosa escucha o ausente lee las palabras que se pronunciaron o se escribieron para ella. Un ejemplo es este poema que alude a esas imágenes y estructuras que se van derritiendo en la pantalla de una computadora por una falla de sistema, ante la angustia del que aterrado mira la desaparición:
Dudas en la agonía del milenio:
¿y si los dioses regresan por sus fueros
y la realidad se ve, de pronto,
desdibujada en sus contornos?
¿Y si acechan formas
de tiempos extraviados y blasfemos
y desaparece nuestro mundo, sin dejar siquiera
huellas en el polvo que sobrenada el cosmos?
O de este otro que es vivo retrato del vino y de su conexión con el sueño mezclado en el delirio y la lucidez intensa y efímera. Su primera estrofa es esta:
Nada como el vino:
tiene el perfume,
tiene el color,
la suave textura
que se va adueñando
de los sentidos.
Este poema cierra brillantemente en su estrofa final:
de las flores fantasma
que proyectaba la copa,
de la sigilosa mirada
que sorprende un instante
—un mísero instante—.
En la desolación, el personaje protagonista de la voz poética desciende a veces al abismo de la soledad y la tristeza, la de la falta de sentido de la vida que se halla en las sensaciones elementales del cuerpo, como puede verse en el siguiente poema:
¿Será el olvido que hallan los lotófagos
el fin último de la existencia?
¿Será la mirada estúpida de la satisfacción
la gloria de que hablan los profetas?
¿Será la falta de ilusiones la que corona
los sueños, las fatigas y todos los afanes?
¿Serán tus ojos un cigarro, tal vez dormir,
o la embriaguez metódica?
No queda más que reconocerse en estos versos cuando hemos sentido que ya se fueron todos los trenes, cuando parece que ya solo ha quedado la cotidiana dosis de comida, trabajo, dinero, licor semanal y una cajetilla de cigarros que se consume como el cuerpo en el tiempo inútil.
Sin embargo el poeta no se deja vencer. Cuando todo ha pasado y la vida ya no tiene sentido, quedan los recuerdos como el polvo enamorado del que habló Quevedo:
En los vasos rabiosos te recuerdo,
en las cenizas compactadas,
en el fluir del automóvil;
en efímeras flores que de esquirlas
nacieron en el muro,
en el grito que tronaba por las calles,
en el borde que me sacudió
todos los huesos,
y en las prendas íntimas
que asomaron
por un velo de cristal.
En estos poemas se percibe una atmósfera bien definida. Se trata de un libro notable en su claridad, en el vuelo de las imágenes y en la expresión exacta de sentimientos colectivos. Para terminar solo me queda recomendarles la lectura de este autor, Elko Omar Vázquez Erosa, quien escribe para este tiempo, y con su obra define, inventa y consigue que los sueños queden bien armonizados en las palabras, en su exacta escritura.
Vázquez Erosa, Elko Omar: Jardín de luna. Editorial Instituto Chihuahuense de la Cultura, México, 2002.
Agosto de 2002
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jueves, 3 de marzo de 2011
césar francisco pacheco loya
Trabajos y pensamientos de un joven médico en la Sierra Tarahumara
Por Jesús Chávez Marín
Los visitantes de la Sierra Tarahumara quedan impresionados para siempre por la imponente belleza de su paisaje, el frío despiadado en el invierno más oscuro, la dignidad serena de los indígenas y también la pobreza material de su vida, acechada desde el siglo 17 por la codicia sucesiva de mineros, madereros, comerciantes, fotógrafos, políticos, narcotraficantes y promotores de turismo que vinieron a este lugar de montañas, abismos y planicies a imponer por la fuerza y por la invasión de una cultura agresiva y ajena, un idioma distinto y el desorden de unas ideas superficiales sostenidas solamente por el sueño de una riqueza fabulosa.
A lo largo de cuatro siglos esa tierra se fue poblando de historias, algunas tan crueles como el código violento de los asesinatos naturales que restablecen la honra y recuperan con la venganza el equilibrio social en comunidades neuróticas y aisladas. Otras son de heroísmo y nobleza, comunican serenidad y alegría de la vida que imaginamos como destino, donde los personajes vencen las adversidades con la claridad de las ideas, la constancia saludable del trabajo y el amor.
Podemos asomarnos a la sierra Tarahumara por medio de algún viaje que incluya largas caminatas y conversaciones donde voces y relatos nos deleiten con recuerdos y con sueños colectivos.
También podemos asomarnos por medio de algunos libros, que por cierto no abundan los que tratan de la Sierra Tarahumara, cuya extensa región y larga historia siguen a la sombra del misterio y la ignorancia.
El libro que hoy se presenta, escrito por César Francisco Pacheco Loya y editado bellamente por el Instituto Chihuahuense de la Cultura, será sin duda uno de los textos más deleitosos para conocer algunas de las historias de la sierra de Chihuahua. Inscrito en el género de novela de no ficción, esta obra tiene la estructura de un libro de memorias, el tono de un relato de ritmo cinematográfico, con habilidad para retratar paisajes y ambientes, para recrear el habla y las voces auténticas en los diálogos de los personajes y para reflexionar sobre los hechos que se narran, manteniendo un lenguaje sobrio, de gran efectividad.
El autor relata un año en la vida de un joven médico que en 1972 se fue a vivir a Guachochi, lugar donde habrá de cumplir su servicio social y a iniciar su vida profesional. Al inicio aparece un personaje ocupado en preparativos y pensando en sus nuevas responsabilidades, su hija recién nacida y su hijo primogénito que recientemente había cumplido tres años. A pesar su juventud, es un hombre precavido y cuidadoso: en su jeep, perfectamente equipado para el camino escabroso y el clima inclemente del invierno en la sierra a principios de enero, carga víveres, medicamentos, equipo quirúrgico y las herramientas que pudieran hacer falta en un viaje difícil. A las cinco de la mañana del siguiente día, inició su camino.
Por esos días habían sucedido aquellos tres asaltos bancarios simultáneos en la ciudad de Chihuahua, así que los caminos y carreteras estaba erizados de retenes militares. Hacía poco que había salido por la carretera a Cuauhtémoc, cuando un grupo de soldados lo obligó a detenerse:
Irremediablemente llegué hasta el sitio en donde me marcaban el alto; en cuanto frené el vehículo, dos militares se acercaron apuntándome con fusiles y con extrema agresividad me ordenaron con voz tonante:
—¡Bájate con las manos en alto o te apeamos a culatazos!
Sin chistar obedecí y después me exigieron a gritos:
—Pon las manos sobre el cofre del vehículo y no vayas a hacer ningún movimiento en falso porque te tronamos.
El joven doctor no había tenido tiempo de enterarse de los asaltos que traían tan nerviosos a los soldados, ocupado en esos días con el nacimiento de su hija y los preparativos para su residencia médica, así que no se esperaba aquel encuentro con gente armada. Tuvo que enfrentar el acoso de varios retenes, de los cuales solo pudo salir bien librado con su nombramiento oficial del Instituto Nacional Indigenista, documento que luego de un diálogo a gritos y malas razones, los soldados leían con dificultad. Luego de horas de camino, lo detiene otro grupo:
Un individuo de piel blanca, aunque enrojecida por el frío, me preguntó:
—Quién eres tú?
Sin responderle saqué de una de las bolsas exteriores de la chamarra el sobre que contenía mi oficio de presentación y extendí mi brazo para entregárselo.
Callado y con su gesto endurecido lo tomó en sus manos; pero a pesar de hacer sus mejores esfuerzos no logró su objetivo. Evidenciando su aterradora ignorancia le ordenó a su segundo:
—A ver, Gulmaro, qué chingaos dice este papel que me acaba de intregar este cabrón.
Después de una lectura propia de un niño de segundo de primaria, le dijo:
—Va pa’ Guachochi a prestar un servicio.
El jefe, pasando su mano sobre la cacha de la pistola en señal de que dejaba clara su autoridad, me preguntó con voz gutural:
—¿Qué clase de servicio vas a prestar tan lejos?
Sin moverme del lugar en que me encontraba, le respondí:
—Soy médico. Voy a cumplir mi servicio social.
Con ingenio irónico, el autor le da un contrapunto burlón a su relato tan dramático, llamando al piquete de soldados casi analfabetos “guardianes del orden y la razón”.
Tan accidentado inicio solo es el presagio de aquella aventura vital. Pasa por San Javier, su pueblo natal, donde saluda a sus tíos y a sus primos, quienes pensaron que andaba de guerrillero y que había logrado escapar. Pasa con ellos la noche, refugiado en el ambiente cálido y alegre de la familia, y al día siguiente muy temprano sigue su camino, a pesar de que una lluvia tenía signos de convertirse en tormenta de nieve:
A las siete de la mañana continué mi solitario camino por brechas aún más descuidadas que las recorridas el día anterior. El frío intenso formó una capa de hielo en la superficie de la brecha por la que transitaba, los deslizamientos del jeep eran frecuentes y en muchos trayectos sumamente peligrosos.
A las diez de la mañana, al cruzar el río Balleza, comienza a nevar fuerte, pero nada detiene la determinación del viajero:
Con la esperanza de llegar temprano a Guachochi, continué avanzando por un sendero que a veces se perdía en el espesor de la nieve. Piedras y hoyos quedaban ocultos por el blanco velo que la tormenta acumulaba en la cordillera, muy probablemente desde la noche anterior. El desconocimiento del terreno y mi inexperiencia para afrontar tan aciagas condiciones originaron que golpeara el jeep cada metro que avanzaba. En la planicie, que si mal no recuerdo es conocida como Mesa de Agostadero, una de las llantas delanteras cayó en un hoyo y los estruendos que se produjeron evidenciaron que el vehículo había sufrido un daño considerable. Cuando bajé a revisar el desperfecto me di cuenta que el muelle maestro derecho se había quebrado, la flecha delantera se salió de su ensamble con la transmisión y la rueda se encontraba atorada entre la defensa y en chasis.
Como no pasaba ni un alma, el joven se prepara con valentía a pasar la noche más larga de su vida. Toma su hacha y corta leña de un pino derribado quizá por un rayo a veinte metros del jeep, con habilidad prende una fogata mientras escucha a lo lejos el zumbido del viento en la tormenta y muy cercano el aullido de dos manadas de lobos, desde dos orillas distintas. La acción es narrada con tanta habilidad que el lector siente angustia por aquel hombre de veinticuatro años de edad, en la soledad oscura y helada.
Dos días después el hombre pudo llegar a Guachochi. A la mañana siguiente inició con energía sus actividades de médico, en un medio de recursos escasos donde muchas veces se acostumbraba esperar la muerte de los pacientes graves, cuando no había manera de trasladarlos en avioneta hacia hospitales de Chihuahua. Pero el recién llegado nunca se conformó con aquel destino fatal: con inteligencia y empeño se enfrentaba a la adversidad y al dolor hasta vencerlos y conseguir que su ciencia y su trabajo forjaran un oficio hábil y apasionado, sus manos se acostumbraron a lograr prodigios con toda naturalidad, todos los días, en un medio donde la higiene no formaba parte de la cultura cotidiana y la pobreza y la desnutrición causan estragos.
Con igual habilidad narrativa, el autor relata las peripecias del doctor, de sus escasos ayudantes y de sus muchos pacientes.
A los pocos días de llegar, mandó traer a su familia y desde entonces su joven esposa fue la más cercana de sus colaboradoras, compañera natural y entusiasta de todos los empeños y los viajes por lugares lejanos de la sierra, en los alrededores de la cínica de Guachochi, donde tenía su plaza.
A los pocos días de llegar, le había tocado organizar sin previo aviso el apoyo médico para el Séptimo Congreso de los Pueblos Tarahumares. Se esperaba que al congreso habría de llegar Luis Echeverría, presidente de la república, así que los dos hoteles del poblado se llenaron de políticos, funcionarios del gobierno; también locutores y camarógrafos de televisión que llegaron en grandes camiones equipados con antenas, que muy pronto agotaron la comida disponible. También se esperaba la llegada de cincomil indígenas que muy mal se refugiaron de la nieve en una plaza rodeada de pinos. Todo eso representaba un problema médico serio, que se había esperado sin precauciones. El recién llegado paso noches sin dormir, atendiendo a pacientes con la respiración destrozada por el frío.
Como esa historia, en el libro se cuentan muchas otras en un ambiente narrativo que a veces llega a ser delirante.
A pesar de que el texto se mantiene el estricto realismo, los hechos a veces son tan extremos que parece una novela de fantasía. Como cuando el doctor se vio obligado por las circunstancias a utilizar equipo de anestesia que venía de los tiempos de la primera guerra mundial y que había estado arrumbado en una bodega; o el niño de un internado que murió de anemia literalmente vampirizado por los piojos mientras el maestro que estaba a cargo se rascaba la cabeza en un gesto de resignada fatalidad; la mujer que casi se muere en un parto múltiple ante la indiferencia molesta de sus hermanos, cinco gigantes indolentes, y su furiosa tía; el médico arrebatado, colaborador del personaje principal, que muere en una carretera enmedio de un incendio de paja y gasolina.
En su relato, que alcanza muchas significaciones y simbolismos con solo narrar con naturalidad las acciones y los diálogos, el autor jamás se ocupa de aplicar juicios ni de dar lecciones simples, ni morales ni políticas. Sin embargo la novela entera, a cada página, es una lección de profunda humanidad y traza una silueta bien pensada del destino, el amor, la vida y la muerte. En el texto hay también pasajes de buen humor, de una ironía ingeniosa y fina, de la que ya dimos una sola muestra. Al narrar, el texto refleja también los pensamientos de un escritor habituado a reflexionar, a pensar y recordar. Hay un pasaje donde se cuenta la costumbre de muchos indígenas que se resisten a acudir a los médicos y a las clínicas, hasta que lo avanzado de su enfermedad los obliga a emprender febriles caminatas en busca tardía de auxilio. La secuencia relata que uno de ellos no alcanzó a llegar, y murió a medio camino acompañado de su familia:
Junto al lugar en que la muerte había vencido a aquel miserable, una mujer lloraba en silencio; sus hijos pequeños aterrorizados por el llanto de su madre se aferraban con sus manitas a las amplias enaguas. Tal parecía que los chiquitines entendían que la materia inerte que formaba el cuerpo de quien había sido su padre ya pertenecía a otra dimensión, inalcanzable para ellos.
Novela de aventuras, novela de ideas, autobiografía estricta y testimonio atento de los hechos, este libro resulta una grata sorpresa de lectura por su texto tan ágil y ameno, su punto de vista muy firme, fincado en el narrador personaje que al contar los hechos con su visión de médico, mezcla de joven idealista de veinticuatro años en el presente del relato, el tiempo de la acción, y de pensador y humanista profundo en el tiempo de la escritura y la memoria, logra una visión original, una coloración y un tono que enfoca ángulos de la realidad que solo pueden ser posibles en el arte de esta novela, en la textura de su prosa, en los diálogos de sus personajes y en la expresión narrativa que el buen oficio de César Francisco Pacheco Loya ha conseguido.
Espero que estos comentarios hayan logrado el impulso de leer este libro que, sin duda, habrán de disfrutar mucho, donde habrán de hallar varios niveles de lectura como suele suceder con los buenos libros. En sus páginas tendrán ustedes un inolvidable encuentro, tal como lo tuvo el personaje de esta novela. Conocerán muchas expresiones del dolor, pobreza, furia, muerte, y también la dignidad del trabajo, valentía y honradez de quienes aprenden a pensar, a viajar, a sonreír y a enfrentar las adversidades de la existencia.
Pachecho Loya, César Francisco: Encuentro con un medio desconocido. Editorial del Instituto Chihuahuense de la Cultura, México, 2002.
Junio 2002.
lunes, 28 de febrero de 2011
poetas de ciudad cuauhtémoc
En la foto Andrés Espinosa.
Crónica de cinco amigos que se reunieron en Ciudad Cuauhtémoc para compartir el fuerte licor de la poesía: presentación del libro Quinteto para un pretérito, de José Luis Domínguez, Andrés Espinosa, Juan Marcelino Ruiz, María Dolores Guadarrama y Raúl Manríquez
Por Jesús Chávez Marín
La historia es conocida: hace algunos años varios artistas de ciudad Cuauhtémoc fundaron la revista Voces de tinta, donde aparecieron textos de gran calidad literaria, dibujos y fotos. Desde entonces esa ciudad empezó a ser conocida no solo por la dulzura y el color de sus manzanas y el vigor del trabajo y la economía sino también por sus poetas, sus escritores.
Cinco de ellos publican ahora este bello libro de poemas titulado Quinteto para un pretérito. Además de ser un solo libro, donde la voz y el estilo de los cinco autores permanece unido en una misma atmósfera de otoño, amor, tristeza ligera y dulce, y de día domingo, el texto es también la reunión de cinco breves poemarios, con su propia estructura interna y cada uno con su nombre: El amor, un terso, tibio cuerpo de mujer, un dulce pan envenenado, de José Luis Domínguez; Domingo Siboney, de Andrés Espinosa; Salida de emergencia, de Juan Marcelino Ruiz; Febrero se cuelga por mis ojos, de María Dolores Guadarrama y La breve luz, de Raúl Manríquez.
En esta reseña habrán de comentarse primero cada uno de los cinco poemarios, en el mismo orden en que aparecen en el libro, y luego se hablará del libro como estructura completa.
1. El amor, un terso, dulce cuerpo de mujer, un dulce pan envenenado está compuesto con 65 brevísimos textos en prosa trabajada por sílabas, como se escriben los versos, donde se expresan imágenes, figuras y asuntos con gran densidad y capacidad de síntesis, en lo que se conoce como lenguaje poético y a manera de aforismos o versículos.
Desde el primer texto el autor abre una atmósfera, define el tono del discurso, el cual es descendiente digno de textos antiguos como El cantar de los cantares o el Rubaiyat y también de algunos libros recientes. A mí, por ejemplo, me parece, en su forma, semejante a la única novela de Juan José Arreola: La feria. El poemario inicia de forma magistral con el primer versículo. Veamos un fragmento:
Henchida de gozo, como la hierba en la humedad reciente, se yergue la memoria, como una luz líquida y suicida que por amor ya herida se derrumba.
Como en las buenas novelas, los mejores libros de poemas, las obras bien tramadas, este inicio contiene todos los elementos que lo forman: el tono, la atmósfera, el tipo de discurso, los temas y asuntos que habrán de tratarse.
En este caso, la memoria es el personaje que primero aparece, en forma de una lluvia que cae y que voluntariamente se gasta, alterada por el amor. El tono poético se construye aquí por metáforas donde la memoria es una yerba húmeda y fresca o el agua como luz, y por el uso de voces como henchida de gozo, yergue y luz líquida. También porque el sonido del texto es armonioso y de gran elocuencia.
En el transcurso del texto se despliegan juntas una historia de amor y el discurso reflexivo de la existencia, marcada en forma trágica, o sea, ineludible, por la premonición y el ideal del amor perfecto, los placeres del encuentro amoroso y el dolor terrible de la separación y de la ausencia.
Aquí van un ejemplo donde el canto es de presentimiento, casi platónico, de aquel grande amor que todos soñamos, el que la mayoría de nosotros seguimos buscando hasta llegar a la muerte más remota con la ilusión de que en alguna parte existe:
Antes de conocerte solía decir tu nombre... amanecía bajo los puentes o pasaba largo tiempo en una banca solitaria de la vieja estación...
Embriagados por esa grande ilusión de amor, cuando la protagonista aparece por primera vez no podemos mirarla a los ojos, ni conocer su rostro, nuestra mirada no logra definir los límites del contorno de su cuerpo. Ella no es ella sino el ideal de la naturaleza y de la esencia femenina, como en este versículo hermoso:
En el patio, inmóvil, bajo los rayos de una pálida luna, inmóvil, una lámpara: el árbol del cerezo.
La primera presencia es como la luz: rotunda aunque sea inaprehensible:
Cuando tú pasas hay todo un gran incendio, tu detienes el aire y es tu mirada una flor abriéndose hasta el alba, en tus pupilas el universo se torna en apacible sitio.
En la textualidad hay una mezcla afortunada de imágenes que aluden a formas materiales, como el cuerpo o la naturaleza, con formas de lo abstracto, como la eternidad o los delirios. Así sucede en esta parte:
Tus brazos: un par de enredaderas blancas trepando el basalto de mi cuerpo; tus manos ahuyentan seres sin rostro que a veces vienen de pasado a atormentarme. Al mínimo roce de tus dedos surgen en mí destellos de una eternidad que ayer no conocía.
Una de las características asombrosas de las pequeñas flores del desierto es su exuberancia de colores y formas sintetizadas en breve espacio. Así son también estos textos, donde el juego de sensaciones y sentidos es vertiginosos. Hay textos de tres líneas donde se expresan sensaciones de la vista, del sabor, de la temperatura, del sonido, la textura y los olores, como en este:
La noche es así, como tu cuerpo. Escarcha y fuego sobre el mármol, fino encaje, nieve cálida, espuma de la tibia mar, arena, miel contrariando los deseos de la roca.
En este su segundo libro de poemas, José Luis Domínguez alcanza una fecunda madurez.
2. Domingo Siboney está formado por 20 exactos poemas donde el hilo conductor podría definirse así: el poeta realiza un paseo dominical acompañado de sus evocaciones y pensamientos, que inicia en el texto llamado “Palabras en profundo” y concluye en el poema 20, que se llama “Lluvia final”.
El poema está construido con una condensación de imágenes de gran originalidad, se oyen voces que logran relaciones extrañísimas en medio de una cotidianidad amorosa y reflexiva. Inicia de esta manera:
¿Cómo funciona tu amuleto?,
no coincido con el entendimiento
que tienes de las calles;
antes, aquí hubo un río,
en él lavaban las palabras
y eran entregadas a los infantes.
Metáfora concentrada para contar los orígenes del lenguaje, que también son los orígenes de la especie humana: la que tiene las palabras, o sea, pensamientos y recuerdos.
A partir de allí el lector inicia un recorrido donde el espacio está integrado, como un mismo territorio, por las calles de una ciudad, los campos antiguos de un lugar antes deshabitado y el cuerpo como lugar íntimo y abierto a las sensaciones.
Por ejemplo, una mujer es descrita no en la inmovilidad de un retrato, sino en el la energía que produce el movimiento, la acción:
...danos la leche matinal de tu piel,
y la fuerza grisácea de tu mirada;
déjame acariciar el felino en tu espalda,
surca mi intranquilidad con su zarpazo.
En otro texto se describe la plazuela de una ciudad. En los elementos que la forman vive la esencia de la sensualidad y tiempo mítico femenino:
Porque la noche huele a perfume,
salgo a la calle:
la noche y cierta placidez
dirigen mi frente al cielo.
Cruzo el tiempo cuando me dirijo a la plazuela
a reposar mis pies en sus bancas;
recuerdo que llegó ese perfume
antes del aroma a incensario
y a carbón quemado,
a puerta cerrada
a muerte y a presagios;
comenzaron a latir mis ríos antiguos
de agua clara;
agua que aún susurra
hasta cerrar mis párpados
y cerrarme el alma.
La luna zumba de misterios,
descansa su piel blanca sobre el pasto.
Pienso en una mujer,
escucho los aullidos de su noche
que se traslucen al frente de su falda.
Hay un poema llamado “Hotel de mayo” que tiene la estructura de una pieza de teatro, donde el regocijo del encuentro amoroso y el titubeo de la presión social son narrados a contrapunto desde la mirada de uno de los dos amantes.
Otro de los recursos efectivos del libro es la amplificación de las sensaciones. Así, el leve roce de una caricia provoca un sonido estereofónico que llena el espacio vital:
Yo, al tocar tu mano
sentí un toque de dulzura,
mientras tu voz sonaba
por todo el cielo.
La perplejidad ante el destino de la propia existencia es pensada con la sencillez de un paseo cotidiano y con la perspectiva de los cuatro elementos del universo:
No sé por cuales calles continuar
antes de que me sorprenda
la sonrisa oscura del final.
El fuego está a mi lado,
el viento se eleva,
la tierra brota
y el viento baila.
Hay también una certera transfiguración de sensaciones en varios versos, como en estos dos:
Vuelvo a escuchar tu perfume
frotar la ondulación del aire
El estilo de Andrés Espinosa está forjado en la búsqueda de verdades elementales por medio de las imágenes y la armonía sonora de las palabras. Sus cantos de amor son reflexiones acerca del destino. Su textos filosóficos suelen ir mezclados por la presencia de una mujer en el recuerdo, en la memoria, en la cadencia de las palabras, en los sonidos de la ternura.
3. Salida de emergencia es otro ritmo, un sonido profundo, distinto, al que nos había acostumbrado a los lectores Juan Marcelino Ruiz. No ya aquel ingenio burlón de sus textos anteriores, donde era un pensador pesado de humor ligero.
En este nuevo trabajo suyo, compuesto solo de 8 poemas largos, el último de ellos dividido en cinco partes, el tono es distinto desde el primer texto, este bello poema llamado “En la estación”:
Tras los cristales de la estación antigua
la luz del sol se vuelve más delgada,
el filo que toma sus aristas
decanta la pupila indiferente
la seda del metal sombrío
que se extiende más allá de la insistencia.
Salta en mi rostro
la mueca del viajero involuntario;
flota en la incertidumbre de alejarse
la obligación de desaprender los nombres
de acostumbrar los ojos a cielos diferentes
de masticar las migajas de otras lunas
de prescindir de tus huesos de pantera.
Por el oriente...
el tren llega como ayer por el oriente
con su jauría de sonidos tristes,
su silbo agonizante me rompe el cautiverio
y su reptar invicto y testarudo.
Si estuviéramos hablando del género novelístico diríamos que se trata de un texto realista. Juan Marcelino Ruiz no abunda en metáforas, va directo al asunto, aunque también se permite figuras como las migajas de lunas. Lo que sigue conservando de su lírica anterior es el sonido hermoso de su ritmo poético. En nuestra literatura de Chihuahua él es de los pocos que tienen muy bien educado el oído para escribir.
Otro de los recursos de este poeta es su capacidad de observación y de penetración psicológica, el punto de vista bien enfocado. Como se muestra en esta estrofa donde hace un retrato muy expresivo de algunas jóvenes mujeres de ciudades mexicanas en los albores de este siglo nuevo:
Ellas van por el andador sin exigencias,
abrevando en el oasis sabatino
de una tarde ya libre de maquilas,
trituran un chicle con maestría
presumiendo su escasez de primaveras
sobre un cadencioso redoble de tacones.
Para rematar en una escena de colores vivos, donde se demuestra que los buenos poemas, como dice Paz, no solo cantan sino también cuentan historias. Esta es la última estrofa de ese mismo texto:
La selección natural hace las veces
de generoso cupido darwiniano
y por la noche
en el salón de baile los cuerpos sudorosos
compartirán sus risas, su fatiga
al compás de la música grupera.
Los lectores queremos seguir leyendo a los dos poetas que existen en Juan Marcelino Ruiz: el ingenioso que nos hace pensar muerto de risa de su libro Derrepentes, y este poeta de tono mayor que aparece en la reunión de sus amigos en este libro.
4. Febrero se cuelga por mis ojos es la continuidad de una obra poética de tramado finísimo, de una de las buenas escritoras de Chihuahua. Desde su libro anterior, llamado Molinos de viento, María Dolores Guadarrama escribía con la seguridad de quien ya había hallado, luego de muchos trabajos y abundantes lecturas, el estilo de su voz. Algunos de los elementos de ese estilo son: uno, la conexión profunda con los elementos de la naturaleza, las flores, los frutos, las piedras, el aire, las estaciones. Dos, el pulido del texto, hasta hacerlo austero y sencillo, expresivo y elegante. Tres, el buen sonido de los versos, el encuentro armonioso de las palabras, el ritmo cadenciosos. Cuatro, los temas levemente adoloridos, el consuelo de la tristeza asumida, la ternura suave de los movimientos amorosos. Cinco, la profunda feminidad de sus textos, que son también la profunda humanidad, sin fanatismos ni poses agresivas o fundamentalistas.
El poemario abre así:
Gris
febrero se cuelga
por tus ojos
mis ojos.
Con agilidad, el cuarto verso de este breve poema hace un guiño amoroso y, quizá por la química fuerte del amor, se funde con el amado, en una sola mirada.
Este breve poemario está claramente marcado por señales de estación, a la manera de los poemas clásicos japoneses. Es de otoño el ambiente. Al inicio de los textos la señal es completamente declarada:
Llora triste el viento de noviembre
las hojas son estrellas que crujen al contacto
se desmoronan amarillas.
Entre tanto
el polvo rabioso
levanta calaveras.
Predominan la tristeza y el dolor en este pequeño libro de María Dolores Guadarrama. Aun en el bello cuadro de este poema aparece al final la total desesperanza, en forma casi violenta:
Se oyen ladrar los perros
demos un paseo entre el olor de las manzanas
para ver la esperanza en los ojos de las muchachas
que van y vienen de los huertos.
Esperan el veinte de noviembre
su baile y su verdad de ratas.
Es un texto amargo y extraño, de imágenes a veces difíciles de descifrar, como esta:
Vuelvo a nacer, boca que me traga.
Sin embargo tiene la seducción del arte bien trabajado, como lo es el arte de María Dolores Guadarrama.
5. La breve luz es el primer libro de poemas de Raúl Manríquez, quien antes había publicado cuentos en su libro Romance de otoño y en cuanta revista ha salido en los últimos 10 años. También los lectores esperamos la próxima salida de su novela La sierra es frágil (que luego apareció con el título de La vida a tientas), con la que ganó el premio Chihuahua de literatura.
A pesar de que su oficio de narrador seguramente le dio dificultades para hallar los hilos de la poesía, parece que ha resuelto el problema con gran soltura, auxiliado por su temperamento de artista, su talante pensativo y su concentración.
Inicia estos poemas forjados con ideas y con la exacta educación de los sentimientos:
El mundo es también imperfecto.
¿Y a quién le importa?
Acaso nada tendremos
solo esta tarde
y este cigarro
que ya terminan.
Es dominante el tema de la muerte en esta colección de poemas de Raúl Manríquez: el estoico dolor ante el espanto de la muerte, la serena tristeza de los recuerdos:
Irrumpe en la claridad del mediodía
una noticia inesperada
un repentino sinsabor que oprime el aire.
Más adelante dice:
Hay sin embargo una suave indiferencia.
Y aún más:
A pesar de todo
es una tarde hermosa.
Es apenas el umbral del dolor. La angustia llegará después, según se expresa en este verso:
La soledad se agranda
se desmorona la certeza de las horas.
Para que de una vez la cascada del dolor encuentre su caída:
Y hacia dónde dirigir una plegaria
dónde encontrar un mínimo sentido
una razón que aparezca coherente
en la tarde que filtra desteñida
el apagado cristal de la ventana.
Viajes, amores, recuerdos, material de sueños. Material poético en los textos de Raúl Manríquez.
José Luis Domínguez, Andrés Espinosa, Juan Marcelino Ruiz, María Dolores Guadarrama y Raúl Manríquez: Quinteto para un pretérito. Editorial Instituto Chihuahuense de la Cultura, México, 2001.
Mayo de 2001.
Etiquetas:
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Poemas
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