sábado, 29 de marzo de 2025

Balance

 


Balance

 

Por Jesús Chávez Marín

 

Una vez que andaba de vacaciones me invitó mi primo Ariel a que lo acompañara a Juárez, a unos asuntos de su trabajo.

Él era contador en Banrural y viajaba mucho por todo el estado, en una troca nueva del banco. En aquellos tiempos les decíamos de último modelo, preciosa la troca; muy cómoda.

Fue un viaje divertido, mi primo es alegre y despreocupado; recorrimos bares de día y noche donde vimos todo tipo de espectáculos; eran los tiempos gloriosos de aquella ciudad alegre y caprichosa.

La comisión de mi primo duró tres días y no dormimos ni dos horas.

Por lo que me platicó, supe que su matrimonio con Martha estaba en ruinas; eso me pareció triste porque tenían cinco hijos y Martha era muy apreciada en mi familia, maestra de primaria, buena persona.

Ariel platicaba todo como si no le doliera, muerto de risa, entre copa y copa. No me cupo la menor duda de que su alcoholismo y su negligencia espiritual eran buena parte del problema.

De repente también me puse algo preocupado pensando en mi propia vida y en aquel espejo que me develaba.

domingo, 23 de marzo de 2025

La dimensión desconocida

 

Dibujo: Beatriz Bejarano


La dimensión desconocida

 

Por Jesús Chávez Marín

 

Estábamos mi colega Graciela y yo en el bar El Coliseo y me dijo: Cuéntame algo. Le platiqué entonces esta historia: Cuando cumplió 32, a Esteban le tocó en la lotería bioquímica que se le desarrollara una alteración de ánimo que lo subía y lo bajaba en la esfera de las emociones. Para su buena fortuna, en su época la ciencia médica ya tenía muy bien tipificado ese mal, que durante siglos había hundido en el limbo, y a veces en el infierno, a una legión desdichada.

Un médico de práctica sabiduría le recetó la dosis exacta del medicamento con el que Esteban pudiera vivir sin problemas en la dimensión civil, como cualquier persona sana, y así pasaron cinco años sin alteraciones en la convivencia, el amor y el trabajo. Estabilidad divino tesoro.

Pero un mal día que Esteban amaneció vigoroso y alegre, tuvo una infeliz ocurrencia: dejar las pastillas. Total, pensaba, soy dueño de mi cuerpo y a pura fuerza de voluntad controlaré actos y pensamientos, no necesito guajes para nadar.

Todavía pasaron tres meses en los que el tipo siguió viviendo tranquilo, pero al cuarto mes su conducta empezó a cambiar con los antiguos altibajos: de la euforia narcisista a la tóxica melancolía. Él no se daba cuenta de esos cambios que todos los demás notaban de inmediato, seguía muy quitado de la pena creyendo que andaba todavía en la dimensión civil de la convivencia humana. Pero ya flotaba en la dimensión salvaje, la dimensión desconocida.

A los seis meses de aquella irresponsable reincidencia, Esteban era otro: en los hechos y en la intimidad de su conciencia. Amigos y vecinos lo veían como a un fantasma. Quienes lo amaban, trataron inútilmente de sobrellevarlo como a un muerto que camina. Quienes lo odiaban, lo miraban como a un monstruo.

Graciela se quedó pensativa. Luego me dijo: Ay no, tu relato falla en una cosa. Yo creo que quienes lo amaban no lo veían como eso que dices, sino como a un hombre que necesita amor y cuidados.

Claro que no, le contradije: ellos saben esto: lo que sigue es la llegada de uno de estos tres automóviles: la patrulla, la ambulancia o la carroza.

Piénsalo bien, Graciela: cuando te enfermas, tu familia, tus amores, te cuidan un tiempo, pero el único que debe procurar el remedio para ese tipo de males es el protagonista, nadie más puede. Luego de unos meses, y por razones más que comprensibles, los que te aman se van pasando al grupo de los que te odian; nadie aguanta la irritación espantosa que causa la convivencia con un sujeto de conducta alterada, eso sería inhumano para ellos mismos y para el mismo enfermo, porque consecuentándolo solo consigues la autocomplacencia.

Todavía quiso Graciela agregar algunos ejemplos de abnegación y cariño sin límites de alguna gente que ella hubiera conocido, pero poco a poco me fue dando la razón.

Entonces pedimos las siguientes Modelo Especial y cambiamos de tema, para platicar de cosas menos funestas.

lunes, 17 de marzo de 2025

Jardín de niños

 


Jardín de niños

 

Por Jesús Chávez Marín

 

Había uno que desde el kínder escribía poemas a su señorita de colores Eagle. Aunque era medio simplón, les caía bien a las niñas. Ya más grande aprendió a bailar igualito que Enrique Guzmán y les decía a todas las señoritas en el Parque Lerdo ¿quieres ser mi novia?

Cuando pasaba por ellas para ir al cine, las mamás le preguntaban: ¿Y usted cómo se llama, joven?

Decía Quique Gavilán. Decía Jorge Luis Borges. Decía Carlos Fuentes.

Ay, m’hijito. Si fueras Carlos Fuentes hasta te dejaba casarte con Anya, decía una de las señoras.

Y es que ella, que por cierto se llama Irma, es directora de la biblioteca municipal del parque Lerdo, y lee como cosaca hasta dos libros por semana.

viernes, 14 de marzo de 2025

Sus ojos desde el trapecio


Dibujo: Beatriz Bejarano 


Sus ojos desde el trapecio

 

Por Jesús Chávez Marín

 

Una tarde Cristina vio llegar a su barrio un circo; de cuatro grandes camiones cargados con carpas, bocinas, un elefante, dos jaulas de tigres y una jirafa, bajó un grupo de hombros animosos que empezaron a clavar grandes estacas sobre el suelo de un terreno muy grande que estaba a mitad de la colonia. Recientemente ella había terminado la secundaria y la algarabía de aquellas personas la distrajo un poco de los pensamientos taciturnos que la habían ocupado en esos días. Había andado dándole vueltas a su futuro; sabía que su familia no tendría manera de ayudarla a que estudiara la preparatoria ni la universidad, al contrario, la presionaban a que consiguiera pronto trabajo y que ayudara en la casa. Y no se le ocurría qué empleo pudiera conseguir una jovencita de quince años, como no fuera de sirvienta, y eso le espantaba.

 Tampoco tenía dinero para asistir a la primera función de circo al día siguiente. Quedó muy impresionada de la rapidez con que trabajaron aquellos hombres fuertes y rudos y aquellas mujeres tan raras que andaban con ellos, por eso es que se fue acercando tímidamente al lugar, y durante todo el día se dedicó a merodear por allí, a mirar los animales, observar el avance de la instalación. Nunca se fijó que ella también era observada. Un muchacho musculoso y atractivo quedó prendado de la incipiente belleza femenina de la jovencita, y procurando no asustarla se acercó a preguntarle:

 ―¿Le gusta el circo?

 Cristina era muy segura de sí misma, sin embargo al ver aquel muchacho tan guapo solo pudo responderle con demasiada timidez que sí.

 ―¿Y va a venir a la función?

 ―No.

 ―¿Y por qué? ¿Pues no dice que le gusta el circo?

 ―Sí pero… ―Cristina se interrumpió; su natural dignidad hacía que ocultara la razón, de que simplemente no tenía para el boleto.

 ―Uy, pues qué mala onda. Yo quería que viera usted mi acto, yo soy el artista del trapecio. Y también corro bien recio en una motocicleta dentro de una esfera; me encantaría que pudiera venir a una de las funciones. O a todas.

 Rodrigo no podía explicarse por qué había dicho esto último, que la quisiera allí presente en todas las funciones; aquella muchachita tan chica lo había conmovido tanto a él que era hombre de mundo, que le llevaba por lo menos 10 años de edad. Pero ese timbre de voz, el pelo negro, largo y precioso, ese aire de libertad, esos movimientos elegantes que eran tan poco comunes en esta colonia de la periferia, su timidez expresiva y delicada, lo tenían fascinado. No escuchó lo que ella le había contestado, solo le dijo:

 ―Mire, le voy a proponer una cosa. Voy a darle dos boletos por cada función de las que vamos a dar en esta ciudad, así usted podrá venir a las que quiera, y acompañada de su mamá o de alguno de sus hermanos, ¿qué le parece?

 ―Ay, pues no sé qué decirle. Me da pena aceptar.

 ―Ándele, no tiene por qué apenarse, acéptelo como un regalo de amistad.

 ―Bueno pues, deme dos boletos para la función de mañana. Y eso porque de veras me gusta mucho el circo, pero no le prometo nada, primero voy a ver si mi mamá quiere acompañarme y si no se enoja de que le haya aceptado a usted tan bonito regalo.

 ―Me pone muy contento que haya aceptado. Mañana voy a estar muy pendiente de verla en la función; aquí entre usted y yo, quiero decirle que le voy a dedicar mi acto, aunque no lo diga por el micrófono.

 Cristina no pudo responder nada, un escalofrío desconocido le recorrió el cuerpo y le ruborizó el rostro. Tomó los boletos, se despidió con un gesto y se fue a su casa procurando que la emoción no entorpeciera ni apresurara sus pasos.

 Al día siguiente asistió acompañada de su hermano menor; oculto al fondo de la carpa y ya vestido para la función, Rodrigo la miró desde su llegada. Le pidió a uno de los mozos que los acomodara en una de las sillas reservadas al centro de la pista y les ofreciera un refresco. Ella aceptó con sencillez y se dispuso a disfrutar el espectáculo. No sería exagerado decir que Rodrigo desplegó esa tarde el acto artístico mejor logrado de toda su carrera; no cabía duda de que aquella tan joven mujer había conseguido conmoverlo.

 Como la joven tan bien educada que era, Cristina esperó a que los artistas salieran de su precario camerino para ver salir a Rodrigo y agradecerle su generosa invitación. El muchacho no pudo ocultar su alegría de verla de nuevo; ella había tenido el cuidado de presentarse sola, le dijo a su hermano que se fuera para la casa y que ella llegaría más tarde. De esa manera no tuvo inconveniente en caminar un rato con él por todo el parque de la Deportiva José Vasconcelos. Platicaron ya más relajados, tomaron una nieve y al final hasta caminaron tomados de la mano con naturalidad. Ella le confió sus preocupaciones de los recientes días, que al terminar la escuela no hallaba que hacer ni a dónde dirigir su vida. Él le contó de sus viajes, de tantas ciudades donde había estado y del vacío que se siente cuando no se tiene una casa a donde llegar. No sintieron pasar el tiempo y parecía que había muchas cosas más que decirse, pero llegó el hermanito de ella con el apuro de que su mamá ya la andaba buscando. Se despidieron con la promesa de que al día siguiente seguirían platicando.

 *

 ―Mamá, quiero decirte algo.

 ―No me asustes, tú.

 ―No se trata de nada malo. Como te dije hace unos días, ando saliendo con un muchacho de los del circo.

 ―Pues sí, y eso me tiene bien preocupada. Tienes que saber muy bien que esa gente no es muy de fiar, andan de aquí para allá, muchos de ellos han de ser pero si bien mañosos. Además, ese muchacho es muy grande para ti, él es un señor y tu eres una niña, apenas acabas de salir de la escuela.

 ―Pues sí, mamá, pero ya te he contado que me trata divino, se porta súper decente y educado conmigo. Pero lo que tengo que decirte es otra cosa y no quiero que te duela nadita.

 ―No me digas que estás embarazada.

 ―Claro que no, pues qué me crees, tú me conoces bien, tú me educaste. Y debes confiar en mí siempre, sobre todo con lo que voy a decirte.

 ―Dime ya, no me tengas con el sucirio.

 ―Mañana se va el circo. Y me voy a ir con Rodrigo.

 ―¡Pero cómo se te ocurre, muchacha! Estás loca si crees que te voy a dejar ir con esa gente.

 ―Rodrigo y yo somos novios y queremos seguir juntos. Él va a juntar dinero para casarnos dentro de un año o dos. Más bien los dos vamos a juntar, porque me consiguió trabajo en la compañía, yo les voy a llevar las cuentas de todo y me van a pagar muy bien.

 ―Pues claro que te va a pagar muy bien ese fulano, si te lleva de su querida.

 ―No, mamá, estás muy equivocada; él me quiere mucho y me respeta, si no fuera así yo no me atrevería a esa aventura tan grande. Por otro lado yo no quiero quedarme aquí para terminar de sirvienta o de operadora de la maquila, no quiero eso para mí.

 ―Seguramente crees que es más divertido terminar de cirquera, pero no sabes lo duro que es esa vida, andar de aquí para allá durmiendo en casas de campaña y en hotelitos de la orilla. Además qué quieres que piense si te vas con un hombre. Te prometió que se casará contigo pero cuántos no dicen lo mismo para conseguir lo que quieren y luego te dejan chiflando en la loma.

 ―Para mí eso no es lo principal, mamá. Sí quiero mucho a Rodrigo, estamos enamorados y tenemos planes. Pero lo que más me interesa es que tendré una vida distinta, y no la que tendría si me quedo; tengo que arriesgarme a buscar otras cosas, otros lugares.

 ―Estás muy chica, Cristina, todavía no sabes que es lo que más te conviene en la vida.

 ―Déjame ir, mamá. Te prometo que voy a cuidarme mucho y te escribiré de todos los lugares a dónde vaya para que sepas que estoy bien.

 *

 Cristina se fue con el circo; durante año y medio fue muy feliz con Rodrigo. Juntos reunieron una buena cantidad de dinero porque tuvieron buenas temporadas y los dos eran muy dedicados. La vida itinerante es dura, sin embargo se compensa con la gran cantidad de sorpresas con las que amanece el día, cada lugar ofrece maravillas distintas y la vitalidad de los cirqueros no puede compararse con nada. Casi todos ellos eran buenas personas y existía una solidaridad que no suele verse entre la gente sedentaria. Cristina y Rodrigo establecieron una pareja muy alegre y feliz, dormían en remolque de él, que era muy amplio y ella lo había arreglado muy bien.

 Además de su trabajo llevando las cuentas del circo, Cristina aprendió algunas suertes y creó su propio número de trapecista. Su belleza y su gracia le procuraron éxito. Todo iba bien.

 *

 Un día, muy de mañana, llegó al campamento un carro que venía de prisa. Era la hermana de Rodrigo; venía a avisarle que su padre había muerto. En Acayucan, Veracruz, el hombre tenía una plantación de vainilla en la que trabajó durante cincuenta años, y labró una modesta fortuna. Rodrigo era el mayor. Su padre nunca había aceptado su profesión de cirquero, le parecía oficio de vagabundos y de gente con malas costumbres; por eso Rodrigo muy pocas veces visitaba su casa, a pesar de los ruegos de su madre que todas las veces lo despedía llorando y que siempre le demostró amor y respeto.

 En cuanto se fue su hermana, quien se hospedaría en un hotel del centro para partir juntos al día siguiente, Rodrigo le contó a Cristina lo que había sucedido y lo que estaba por suceder. Ella conocía al detalle toda la historia, sabía de las dificultades de su novio con su padre, de la forma en que se manejaban los asuntos de la familia; sabía que su hermana estaba casada con un buen hombre y que la madre sola no podría trabajar las tierras ni llevar los asuntos de la labranza, los préstamos agropecuarios, la venta, y todo lo que concernía al negocio. Era inevitable que Rodrigo tenía que establecerse unos años, o para siempre.

 Te propongo que nos casemos y nos vayamos juntos a Acayucan, le dijo. Esperaba que ella le diría que sí de inmediato, porque en todo habían estado siempre de acuerdo. Cristina tuvo el impulso de hacer lo que él esperaba con tanta naturalidad, pero ella le pidió un día para resolverle. Era la primera vez que dudaba, sin embargo esto parecía razonable dado lo inesperado de la terrible noticia y el cambio tan radical que se presentaba.

 *

 Cristina amaba profundamente a Rodrigo, lo admiraba como artista, compartía con él la disciplina física y la vida austera que tenían juntos. No lo imaginaba en una vida distinta donde ambos tuvieran que cumplir otro destino. Rodrigo era la aventura permanente, la cotidianidad suya ocupaba todo el espacio de un país, de otros países, la tierra de los dos era el aire del mundo sin límites ni muros. Con muchos sacrificios habían conseguido juntos la prosperidad y la más abierta libertad que pudiera imaginarse. Como se lo había dicho a su madre desde el principio, ella no se fue al circo por un hombre, sino por una vida que muy pocos podrían entender. Por fortuna entre esos pocos estaba Rodrigo, así que por mucho que habría de dolerle tendría que comprenderla cuando al día siguiente le dijera que no se casaría, que no lo seguiría a otra vida que no fuera la que ahora consideraba su propia, su única forma de existir.

miércoles, 5 de marzo de 2025

Dos profetas en el viento de internet

 


Dos profetas en el viento de internet

 

Por Rafael Cárdenas Aldrete y Jesús Chávez Marín

 

Un hombre redondo, sin aristas, talento natural del siglo XXI, motejaba a un viejo, quien, con su laptop como si fuera juguete nuevo, le escribía y recomendaba. Fastidiado por sus exhortos, el hombre le texteó: Tu tiempo hay que updatearlo, Chávez. El viejo a su vez transcribe: la memoria es un caleidoscopio, Rafael.

domingo, 2 de marzo de 2025

Eventos. Universidad Autónoma de Chihuahua

 


El parque

 

Foto: Pedro Chacón


El parque

 

Por Rafael Cárdenas Aldrete y Jesús Chávez Marín

 

El día de su muerte, Avelino salió temprano de su casa, como siempre. Hizo a pie su recorrido por las calles del Centro, desde su pequeña casa donde vivía solo desde hacía quince años. Alguno de sus dos hijos le llamaba a veces a esa hora para saber cómo estaba, o simplemente para el ritual de los buenos días, por eso cargaba siempre su teléfono celular en una bolsa del saco. Todavía hace algunos años escribía muchos mensajes, pero ya no, la vista no lo ayudaba; tampoco las palabras, pues se le habían ido haciendo secas y escasas. Desayunó con calma en una de las fondas que frecuentaba, allí mismo estaba El Heraldo y le dio su buena repasada, revolviendo las hojas. Su vida era apacible, sin sobresaltos ni esperanzas, cumpliendo sin aspavientos la condena de su soledad, a la que aún le costaba resignarse.

Dos horas después, fue a sentarse en la misma banca de siempre, en la plaza frente a la Catedral. Los que pasan de prisa nunca se fijan en un viejo que permanece inmóvil mientras el tiempo exige el ritmo de todos; quienes trabajan en las inmediaciones del lugar apenas si lo intuyen como parte del paisaje: otro árbol viejo cuyas hojas secas se desprenden como pensamientos estacionales.

Avelino ese día, sin habérselo propuesto, sin moverse, empezó a darle vuelo a los recuerdos. Después de una dicha efímera se le cruzó una angustia de olvido, un alud de soledad, una punzada insufrible de pasado no resuelto, un dolor hueco de ramas crujiendo en su pecho y también un temor puntiagudo que lo doblega poco a poco, hasta paralizarlo por la tensión de morir como un viejo elefante en una pradera ajena, en un parque público del Centro.