lunes, 15 de junio de 2026

Reloj que se detiene

 

Reloj que se detiene

 

Por JChM

 

Un artista que tenía los días contados decidió pintar su autorretrato. Nunca había hecho uno, le parecía un acto vanidoso, para mentes un poco enfermas como Frida Kahlo o José Luis Cuevas.

Bueno, eso decía él, a mí no me reclamen.

También pensaba que no valía la pena, que ya nada importaba.

A pesar de eso, le había entrado el impulso cuando el médico le avisó que ya no tenía remedio.

Guardaba algunas ideas para el retrato, ni siquiera sería semejante al cuerpo que había sido, ni a la ruina que ahora apenas respiraba, sin energía ni ánimo para maldita la cosa. Pero le había llegado una intensa lucidez y en su mirada se agitaba el pensamiento.

Pintó un reloj y al fondo su silueta disminuida por el dolor; en otro plano su cuerpo en la plenitud de la vida. Al centro, al fondo del cuadro, un campo sembrado y la lluvia.

Lugares comunes.

Nunca pudo hallar en su fabulación imágenes ni memoria que reflejaran la muerte que llegaba, tan rauda como un relámpago y tan fresca como el rocío.

domingo, 14 de junio de 2026

Seguro de gastos mayores

 

Seguro de gastos mayores

 

Por JChM

 

―Fíjate que mi esposo tiene ya un mes en el hospital.

―¿Alguna enfermedad terminal?

―¡Ay, no! Cómo eres. Lo que pasa es que lo atropellaron. Y todo salió muy bien, la operación, las curaciones. Pero una noche, un doctor que llegó borracho a su turno mandó que le inyectaran un medicamento que no era, y mi marido cayó en coma.

―Híjole, qué mala pata. Y por supuesto que ya le habrás puesto una demanda marca diablo. Y otra al hospital.

―Pero ¿qué crees, Chávez? No podemos. Perderíamos el derecho a seguro médico. Porque ese hospital y ese doctor son del sistema de seguro médico de la empresa donde trabaja mi señor. Así que tendremos qué apechugar.

viernes, 12 de junio de 2026

Ya no tiene madre Carlitos Amaya

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Ya no tiene madre Carlitos Amaya

 

Por JChM

 

Cuando en el barrio supimos que falleció Virginita, nos cayó de sorpresa. Pensábamos que ya se había muerto desde hacía tiempo; dejamos de verla cuando le embargaron la casa y tuvo que irse a vivir a un departamento en ruinas que rentó en el centro don José, su esposo, cerca de su taller de radiadores, que también ya andaba en las últimas desde que a los carros nuevos les pusieron un sistema de enfriamiento muy sofisticado.

Algunas mujeres del barrio, que al principio la seguían visitando, nos contaban que los dos viejitos vivían casi en la miseria. Quién lo dijera, cuando antes ellos habían sido de los vecinos más acomodados, qué vueltas da la vida.

En sus buenos tiempos, Virginita fue muy estimada, su carácter alegre le granjeaba amistades. Siempre riéndose y contando historias buenas, nunca habló mal de nadie, era graciosa y discreta.

Su máxima adoración fue Carlitos, su único hijo, a quien siempre traía reluciente y guapo; lo trataba como a Niño Dios, le hablaba de usted y lo respetaba como si fuera un señorcito en miniatura. Don José también estaba orgulloso de su muchacho, que además el niño siempre sacaba las mejores calificaciones y era estrella del deporte y de las actividades artísticas de la escuela.

Hace algunos años supimos que don José había muerto por complicaciones de la diabetes, y de Virginita no volvimos a tener noticia, hasta ahora.

Tanto por la grande estimación que le tuvimos, y también porque nos sentíamos un poquito culpables de no haberla frecuentado desde hace mucho, todos los vecinos asistimos al velorio, que fue en la humilde funeraria del Seguro Social que está en la 20 de Noviembre.

Realmente no había más persona a quien darle el pésame que al mismo Carlitos Amaya, por eso todo mundo llegaba preguntando por él; años hacía que no lo mirábamos por estos rumbos, porque vivía en Estados Unidos. Nadie supo a ciencia cierta dónde hallarlo. Unos decían que el vuelo se había atrasado y que estaba a punto de llegar a Chihuahua desde Chicago, a donde se había ido a vivir desde hacía algunos años, en una casa enorme y lujosa. Otros decían que estaba en Denver y tenía un trabajo equis en una maquiladora, que apenas le alcanzaba para pagar la hipoteca de la casa y los abonos de los dos automóviles, el de él y el de su señora, pero que de todos modos había conseguido de última hora boletos para viajar de emergencia a sepultar a su querida madre.

Pero otros tenían la versión de que Carlitos desde hace más de veinte años no visitaba ya a sus padres, ni les contestaba cartas, ni llamadas telefónicas, y mucho menos les mandaba dinero, alguna ayuda que en los últimos años ellos tanto habían necesitado. Es más, que ni siquiera asistió al sepelio de su papá, si es que llegó a enterarse de la muerte, porque ya para entonces ellos solo supieron de él por terceras personas que traían noticias vagas de su lejana vida.

Nadie podía explicarse tanta frialdad en aquel hijo consentido a quien sus padres le habían dado tanto, su vida entera. Con sacrificios le pagaron todo lo que se le antojaba, la mejor ropa, viajes cada año al mar; le compraron desde el primer semestre un carro, usado, pero en excelentes condiciones, claro, al nivel modesto en que vivían los tres.

El muchacho estudió ingeniería electromecánica en el Tecnológico de Chihuahua y todos los viajes que se ofrecieron, de estudios, deportivos, de giras teatrales, todos se los pagaron. Carlitos desde el primer semestre se metió al grupo de teatro del Tecnológico que dirigía Jesús Ramírez, un gran director y maestro que en aquellos tiempos los puso a la vanguardia del teatro mexicano, a pesar de que era una compañía estudiantil.

El muchacho seguía con sus altas calificaciones todos los semestres, por eso desde jovencito llegó a ser uno de los mejores ingenieros de su tiempo, de los primeros que hubo aquí; le tocó el inicio y el pleno auge de la industria maquiladora en Chihuahua; en cuanto salió de la escuela tuvo trabajo, y muy bien pagado, por cierto.

Lo que a todos nos parecía raro es que la prosperidad evidente de Carlitos no se reflejara en la casa de sus padres, quienes, al contrario, parecían cada vez más fregados. Él en cambio, a los dos meses de trabajar, consiguió crédito para un carrazo y antes del año se cambió a un departamento lujoso en la colonia Panamericana. Cuando le hacían preguntas insidiosas, Virginita le cubría las espaldas al ingrato muchacho, muerta de risa.

Ande, ya ve como son los jóvenes de hoy en día, es cierto que casi no viene de visita, pero es que tiene tantas actividades, el trabajo, el teatro, los amigos, no le da tiempo de nada. Y bueno, él va a labrarse su vida, no tiene por qué ayudarnos, ninguna obligación, usted me entiende. Nosotros ahí la vamos pasando, y nuestra mayor felicidad es que a él le vaya bien ―respondía Virginita, alegre siempre y amorosa.

Y vaya que le fue bien. Cinco años después de que salió del Tecnológico ya era ejecutivo de Motorola y ganaba un dineral. Seguía en teatro, llegó a ser uno de los actores reconocidos de la ciudad; le encantaba ser admirado en escena. Por todos, menos por sus padres, de los que discretamente se avergonzaba: no quiso que lo acompañaran a su graduación en el Tecnológico, les dijo que era mucho gasto y que no tenía caso. Jamás los invitó a sus eventos en la fábrica, ni posadas, ni aniversarios, es más, ni siquiera cuando le tocó recibir en ceremonias solemnes los tres premios de la industria que ganó por su brillante desempeño profesional. Nunca. A los dos señores los mantenía retirados, muy pocas veces los visitaba, siempre a disgusto y con prisa.

El año que le dieron el premio más valioso, los directivos de la planta lo mandaron a hacer una maestría con todo pagado a la Universidad de Nuevo México en Las Cruces. Y allá hizo al fin su verdadera vida, nunca volvió a pisar suelo mexicano. Si se olvidó del teatro, que era su querencia, cuantimás de los padres, quienes por lo visto le importaban un comino. La ingratitud andando, el tal Carlitos Amaya.

Todo eso lo platicaron primero en tono de secreto y luego casi a gritos en el sepelio de Virginita, al que Carlitos no llegó nunca y por lo visto jamás se enteró, como tampoco de que los últimos años Virginita vendía dulces casi de limosna en las calles del centro, navegando con sus rodillas quebrantadas, y que murió casi en la calle, olvidada por el hijo al que tanto ella quiso, siempre, pues hasta el último día siguió adorándolo desde lejos y justificando todo, hasta el abandono absoluto y frío en que la tuvo.

martes, 9 de junio de 2026

Esta es la última

 

Esta es la última

 

Por JChM

 

A un lado mi sombra. En este escenario puedo acomodarla donde quiera, todo es cuestión del sistema de luces. Pero en cuanto salgo fuera el sol señala su derrotero y quizá mi destino. Así es el teatro.

En el foro soy otra. Otras. Las que me indiquen el guion, el director o mi análisis del personaje; ¿por qué no puedo hacer lo mismo con la vida? Allí no sé quién escribe la dramaturgia ni tengo maldita idea de los parlamentos de los demás protagonistas. Ayer Alonso me salió con que quiere irse, así nomás; dice que quiere recuperar su libertad. Su respiración, dijo.

Nunca habló de Selina, la actricita con la que se enredó en la gira del sur y se imagina que no me enteré desde el principio, en Guadalajara, donde dimos cinco funciones. Pensé que sería una cosa de nada, como otras veces, un amorío sin importancia de los que acostumbra y en los que yo disimulo como si no pasara nada, bueno, ni modo, así es el teatro, yo misma he tenido mis queveres, para qué es más que la verdad. Y no nada más el teatro, así son todos, ya ves mi comadre Rosy, toda una señora decente, doctora y toda la cosa, pero bien que le da vuelo a la hilacha en el hospital donde es La Especialista.

La diferencia es que yo sí soy discreta y cuido por sobre todo nuestra relación, no como el imbécil de Alonso, que hasta presume con sus amigotes las conquistas de ocasión.

Pero esta vez creo que ya se me salió del huacal y se ande tomando la gira en serio. Por lo que me dijo ayer, ya se va. ¡Des grr aciado!

sábado, 6 de junio de 2026

Rosa en la nube

 

Rosa en la nube

 

Por JChM

 

―¿Y quién es Rosa?

―Un amor que tuve.

En el video aparece una mujer que duerme, él sigilosamente la filma mientras pone en volumen bajo canciones románticas. En la mirada de la cámara alcanza a sentirse un ambiente ritual de adoración, como si el ojo rebosara ternura. Aún dormida, la mujer tiene un airecito de tristeza muy serena, muy antigua; es hermosa y está desnuda, apenas cubierta entre sábanas finas, color de vino tinto.

―¿La quisiste mucho?

―Como a otras. Pero ella todavía me duele.

Moviendo el cursor aparece una serie interminable de estampas. Rosa tomando una copa de vino tinto. Caminando y sonriéndole al fotógrafo. Vestida con una bata rosa, transparente. En la mesa de un bar de lujo con una pareja de amigos. Ella de viaje despidiéndose en el aeropuerto. Fotos, muchas.

―¿Y por qué guardas tantas fotos de ella, si te dejó para casarse con otro? Yo que tú ya las hubiera borrado de un teclazo. Te gusta sufrir, Esteban.

―No lo haría nunca. Son muy hermosas, ella es muy hermosa. Te lo digo en serio cuando te digo que es la mujer perfecta. Ahora ya estoy bien, al principio de que se fue, caminaba yo con las pantunflas que dejó, usaba el que había sido su cepillo de dientes en mi casa, lloraba todas las mañanas como un bebé enfermo.

Luego de servirse otro Etiqueta Negra, Cid Reyes sigue mirando a Rosa en la pantalla: Peinándose ya lista para irse de su refugio de amor; escribiendo la tarea en el Taller Literario de su amante, ahora ex; abriendo un regalo de 14 de Febrero, unos aretes de oro; alzándose la blusa para enseñarle las bubis en la intimidad de la habitación. Escribiéndole un mensaje en el celular que dice: “Todo podría soportarlo menos vivir sin ti”.

―Si te escribió eso, ¿entonces por qué andaba con otro en El Paso?

―Su plan era irse del país, quería a como diera lugar arreglar su residencia americana.

Mientras platican asuntos tan groseros y a la vez tan románticos, las fotos siguen pasando: Rosa vistiéndose de espaldas, subiendo hacia su plexo un hermoso calzón dorado, transparente. Entrando al cine en Fashion Mall. Comprando ropa en Las Cruces. Ella en el mar sonriéndole amorosa en Puerto Vallarta.

―¿Cuánto tiempo anduvieron?

―Diecinueve meses, toda una vida.

―¿Y tienes respaldo de todo este mar de fotos?

―No. Pero están en Internet. Siempre las pongo en la nube, por si se me funde la computadora, o me la roban.

Cid Reyes y su amigo Esteban toman en silencio el último vaso de whisky. Luego el primero se despide y sale del Estudio, hacia la luz de la noche.

domingo, 17 de mayo de 2026

La chava del Facebook

 

La chava del Facebook

 

Por Aracely Loya y JChM

 

Yo en el Facebook tengo desde que empezó, allá por 2008; podría decirte que me las sé de todas, todas. Aquí tengo gente que conozco en persona desde la primaria y muchos otros que no he visto, pero que son tan amigos o más; conmigo han estado en las buenas y en las malas. Muchos me consolaron como nadie cuando murió mi hermano, qué palabras tan bonitas me escribían, cariño de veras.

Por eso cuando esa escritora me puso una solicitud, la agregué de inmediato. En las fotos se veía tan seria y decente, vieras; ponía unos mensajes bien bonitos de su propia inspiración. Empezamos a platicar en el in box como si nos conociéramos de toda la vida, me pedía consejos de los hombres, cree que sé mucho de eso, y ya ves que al contrario. Pero le encantaba el tema de los novios, las relaciones y todo eso.

Soy maestra de kínder y un día del niño llegaron los papás al festejo; allí conocí a Martín Luis, el papá de una de mis alumnas. Me pidió mi teléfono, que para estar al pendiente de la niña, de su educación, pero la verdad es que a las dos semanas me invitó a salir. Como era divorciado, no me sentía culpable y además él me gustaba; nos hicimos novios y anduvimos muy contentos casi ocho meses.

Para esto, en el Facebook mi amistad con la escritora seguía. Nos agarramos mucha confianza, me enseñaba en privado fotos que no publicaba en su muro, y yo a ella. En una de sus fotos que lo voy viendo, a Martín Luis. Mira, este es el papá de mi hijo, me puso en el mensaje.

Trágame tierra. ¿Cómo que el hijo?, ¿pues cuántos tiene? Como él y yo teníamos una comunicación muy sincera, le pregunté tal cual. Me dijo que eso era cierto, que ella había sido su mujer, aunque nunca se casaron; vivieron juntos y nació el niño, que lleva su apellido y él siempre lo ha mantenido de todo a todo.

También me dijo que ella era bipolar y nunca quiso tratarse, cuando alguien le aconsejaba que fuera con algún doctor, se ponía furiosa. Que era muy linda y de repente se volvía una bruja insoportable, duraba noches sin dormir y luego semanas enteras en las que ni se bañaba, abandonaba los trabajos y al niño lo descuidaba como no tengas una idea. Le hizo mucho la lucha, pero no le quedó más remedio que dejarla. En la Corte peleó durante meses la custodia del hijo, sobre todo para protegerlo de ella; gastó mucho en abogados y no consiguió nada.

Y luego ya tú sabes cómo es el Facebook de comunicativo, aquí todo termina por saberse. La escritora nos vio juntos en una foto que nos tomaron en una boda y que subió una de las madrinas, a la que ni conozco, y desde entonces no me la acabo. Insultos, amenazas, desprestigio, eres una cualquiera, andas con mi marido el papá de mi hijo, es lo más ligerito que me escribía. Hasta la fecha no la conozco en persona, pero me ha hecho la vida imposible, a pesar de que la he bloqueado infinidad de veces.

martes, 13 de enero de 2026

El flayer de la señora Sofía


El flayer de la señora Sofía

 

Por Jesús Chávez Marín

 

Esteban Medina iba escribiendo en su celular, cómodamente sentado en un carro negro de Uber, cuando un joven muy ágil le entregó el volante de un cuarto de plana por la ventanilla. Para distraerse un poco de la pantallita, se puso a leerlo como quien no quiere la cosa.

Desde la primera línea vio la tremenda falta de ortografía; como Esteban se dedica al oficio de editor, a veces se pone muy necio con la corrección gramatical. Señora Sofia sin acento en la i, en medio de un dibujito del Ojo de la Providencia y otro de San Judas Tadeo con la mecha prendida encima, reglamentaria.

Consejeria espiritual, decía la segunda línea, otra vez sin acento en la i.

Mejor ya no le sigo corrigiendo, pensó Esteban. ¿Qué tal si la señora Sofía es una taumaturga vengativa y me hace mal de ojo desde donde se halle? Bueno, tendrá poderes, pero tiene un publicista muy ignorante.

Se lee el tarot, le ayuda en cualquier problema tan grande que este sea de amor… De plano la sintaxis le valió madre. Infidelidad, se regresa al ser amado por muy alejado que este sea.

Y ¿qué tal si esta redacción es cabalística, otro lenguaje más allá de la lógica?

Se hacen amarres, desamarres, indulsamientos, limpias… Un momento, pensó Esteban, que para entonces ya había llegado al Kaldi de la calle Victoria, ¿indulsamiento? Esto ya rebasa los línderos de mi percepción. Lo más aproximado que halló en la wikipedia fue “endulzamiento: lo primero de todo es comprobar la gravedad del problema de pareja. Un ritual de endulzamiento aumentará los sentimientos de nuestra pareja hacia nosotros, de manera que tenemos que estar seguros de desear ese acercamiento”.

Luego también estaba lo de los amarres y desamarres, ¿se refiere a las actividades políticas en lo oscurito que tanto practican desde jefes de departamento hasta presidentes de lo que sea?

Nunca hubiera imaginado Esteban que este volante impreso a una sola tinta en color azul abriera tantas revelaciones y ventanas. Y pudiera suceder que algún año de estos hasta tuviera que solicitar los servicios de la Señora Sofía: Curo impotencia, insomnio, alcoholismo, nerviosismo, enfermedades desconocidas, retiro envidias, salaciones, malas vibras, enemigos ocultos”.

Por lo pronto, no necesitaba remedios para el nerviosismo ni que le retiraran enemigos ocultos, pero sí una que otra envidia que a veces percibe como nube negra sobre su cabeza sin flamita protectora.

¿No le va bien en su negocio, rancho o empresa? No espere mas, venga conmigo y se convencera. No por nada llego este volante a sus manos.

¿Negocio, rancho o empresa?

Ya para entonces a Esteban había dejado de importarle que más, convencerá y llegó vinieran sin acento, se había convencido que ese papel era de otro mundo, con su propia ortografía, ineluctable y a la brava.

Absoluta seriedad y discrecion. Trabajos totalmente garantizados. Contactame al telefono… y venía un número de celular, al cual Esteban estuvo a punto de llamar de inmediato, pero mejor después, un día de estos, a ver si la semana que entra.

Y así fue como la señora Sofía se quedó entre los pendientes infinitos. A pesar de eso, por más que lo intentó, no pudo pasar por alto que discreción, contáctame y teléfono también vinieran sin acento. Tanto disparate gramatical ya era demasiado para su sensibilidad profesional, así que, desafiando los posibles conjuros, estrujó el papel y lo tiró a la basura.