Por JChM
A los 22 años Ruth era pasante de
ingeniería industrial, había tenido su primera experiencia laboral como
residente en la Coca Cola y ahora ya era nada menos que jefa de logística en
TRW; se disponía a tener un futuro brillante. Ya tenía cinco años de trabajo
duro y ahora llegaba la recompensa, ese nuevo puesto le trajo dinero y un poco
de tiempo más ligero.
Estaba recién divorciada y aún su
corazón andaba en pleno duelo, hasta con la más estúpida canción de ardidos le
calaban los seis meses de esa muerte chiquita que se llama ruptura sentimental.
Para entretener los insomnios despechados, empezó a navegar en las redes
sociales de parejas, donde virtualmente hay un mar de hombres disponibles a
casarse de inmediato o a lo que sea, según lo anuncian sus comunicados. Así
conoció a Alain, un francés muy fotogénico. A pesar de sus esfuerzos y medias
luces, parecía del doble de su edad, pero aun así Ruth lo encontraba atractivo,
muy correcto e intelectual.
Todo empezó con mensajes esporádicos
de WhatsApp: “Qué buena foto”, “Te ves muy bien”, “Cada vez me gustas más”.
Mensajes que le producían excitación, pero que respondía simplemente con un:
“Gracias”. Un domingo por la tarde, Alain le escribió al Messenger y le
preguntó mil cosas, quería saber más de ella, que si salía mucho a la playa,
que le encantaban las fotos en vestido de baño y muchas otras cositas. La
conversación fue tan amena que rápidamente surgió la química y ella no lo podía
creer, ¡estaba hablando con su amor virtual!
A las pocas semanas la conversación
terminó con la clásica propuesta de verse por cámara. Ruth se había reído toda
la vida cuando le contaban de mujeres que habían conocido novios de Internet,
de sesiones ante computadoras con ojos electrónicos, desnudos tremendos,
masturbaciones delirantes y el chat con miles de cuadritos de intercambio. Pero
en su nueva libertad también comenzaba a disfrutar estos placeres que al
principio le parecían raros y que ahora los miraba sencillos, último refugio de
los seres complicados.
A pesar de eso, ella siempre ha sido
mujer de acción, no contemplativa de pantalla, como otras. Aunque andaba algo
enamorada de Alain, por sus palabras que “sonaban” sinceras, elegantes,
discretamente poéticas, pero sobre todo muy tiernas, no sentía que tuviera por
qué entregar nuevamente el corazón; aún así, había una moneda en el aire y,
pues, a ver qué señalaba la suerte. En cuanto pudo gestionar sus primeras
vacaciones de ejecutiva Golden, decidió hacer catarsis, ponerse delante de sus
deseos y enseñar a los muertos de su armario lo que era la plena libertad.
Alain ya le había insistido en
conocerse, y esta vez ella tomó la gran decisión, hizo su maleta para dirigirse
a Francia. Sabía que él era casado, pero por las vacaciones, su esposa y los
hijos andaban de viaje, él quedaría solo. Al llegar al destino, la recogió en
el aeropuerto y la llevó a una casa lujosa y cómoda.
En cuanto se instaló en una recámara
que le tenía preparada, se puso a cocinar crispetas, le sirvió una copa de
coñac delicioso que la hizo sentirse tranquila, como si se conocieran de toda
la vida.
―Toma estos chocolates. Gracias por
estar aquí ―decía con untado cariño, no hallaba dónde ponerla, se veía algo
nervioso.
Escuchaban música, bailaron a la mitad
de la sala, luego entraron a la recámara principal; al poco rato ya estaban
acostados uno al lado del otro, cubiertos con una sábana muy fina color de vino
tinto. Comenzaron a charlar y se fue serenando la tensión; le dijo que todas
sus fotos de Whatsap las tenía guardadas, que le parecía la mujer más hermosa.
Luego de esa declaración, la besó y ella, con el corazón a mil, respondió con
delicia. Hicieron el amor, noche nupcial.
Al día siguiente Ruth tenía una cara
de felicidad resplandeciente, y aunque sabía que todo este asunto era
arriesgado, no podía dejar de sentir, no se le borraba del cuerpo la
elasticidad del gozo. En el paseo, ella estaba encantada con él, sus atenciones,
su madurez, la sonrisa y hasta sus canas, todo le atraía.
Por la tarde él llegó de la oficina y
la saludó muy tierno, le dijo que estaba maravillado de tenerla, y que otra vez
quería estar con ella, y claro, Ruth encantada. Los días pasaban y crecía el
caudal de ese río, miradas, sonrisas, besos interminables. Les producía un
placer muy alegre hablar de sus encuentros sexuales, también platicaban algo de
sus vidas personales, aunque no se tocaba el tema del por qué estaba él
engañando a su esposa, sabían lo que estaban haciendo y que moralmente eso
tenía sus bemoles, pero el fuego, la química y la empatía que había entre Ruth
y Alain era mayor que todo eso.
Volando pasan los días en el paraíso
terrenal, la esposa de Alain estaba por volver y ella seguiría su viaje hacia
Praga, era su siguiente destino de vacaciones y le quedaban diez días de lujosa
libertad. La tarde anterior a la despedida hicieron el amor tres horas, no
querían deslazarse de aquellas acciones físicas y espirituales que ya eran
ritual de palabras, caricias y humedad placentera. Ella le dijo:
―Ven conmigo a Praga, no quiero
separarme de ti.
―Pero mi cielo, ¿y mi trabajo? La
familia, mis hijos, ¿de veras me estás pidiendo que deje todo?
―Mira, por lo pronto viaja conmigo a
Praga, ya luego veremos qué pasa.
―No creo poder despegarme de la
empresa, hay asuntos que requieren mi presencia. Y delegarle el trabajo a
alguien, como que no me gusta esa idea, lo siento mi amor por ahora eso es
imposible.
―Sí... ya lo sé. Pero entonces todas
las palabras que me dices, que soy un milagro en tu vida, que nunca habías
experimentado tanto placer como conmigo, ¿todo eso no cuenta?
Alain
tuvo que reconocer que había dicho en repetidas ocasiones todas esas palabras y
muchas otras, y que ahora la realidad lo reclamaba. Pero no le quedaba claro
cuál realidad pudiera ser: su estabilidad económica y familiar o aquella mujer
joven y hermosa de la cual ya se había enamorado perdidamente y quizá fuera el
amor, el verdadero, el que había imaginado siempre desde joven y que nunca se
había dado antes. Así lo pensaba con la pasión de aquellos días, a pesar de la
armonía conyugal, de su vida tranquila y estable.
Pero
para qué se hacían ilusiones, en el fondo ambos sabían que su amor no tenía futuro. Aún así, querían intentarlo
todo. Alain acordó una última cita, la invitó al cumpleaños de uno de sus
socios. Llegó ella muy orgullosa del brazo de Alain, los ojos del socio se
clavaron en el escote de su espalda que se ceñía y dibujaba un cuerpo hermoso,
cincelado por el yoga. Ruth noto cómo su mirada la atravesaba, al quedar frente
a él para felicitarlo pudo comprobar que un intenso brillo perverso afloraba en
los ojos. Alain la presentó como su prima, para no levantar sospechas.
―Ven, linda, voy a presentarte a otros
amigos.
Eran los típicos hombres de negocios,
adinerados y ególatras. Alain no era así, él siempre veía más allá de la
pelusilla de su ombligo. La reunión era un éxito, aunque agotadora, y no tenía
para cuando terminarse; Ruth ya estaba muy fastidiada, pues en toda la noche no
había podido acercarse amorosamente a Alain.
A las cinco de la madrugada un agitado y
ebrio cumpleañero se acercó tambaleante Ruth con un vaso de vino en la mano.
―Hola, bella, te veo un poco cansada. Qué te
parece si… me acompañas a mi alcoba. ¿Subimos?
Bastó con ofrecerle su mano para que en
cuestión de minutos estuvieran en una majestuosa suite.
―Hoy has sido la atracción y el recreo, tanto
de hombres como de mujeres. Sabía que no me equivocaba contigo, eres muy
hermosa, mi socio tiene una prima espectacular.
―Me alegra oírte decir eso, es difícil estar
a tu altura ―se sinceró Ruth.
Él iba depositando besos en su espalda, allí
donde la tela no cubría la piel.
―Siempre estarás a la altura, preciosa.
Entraron a la alcoba en plena acción, los
dedos del hombre recorrieron su cintura y su boca devoraba la zona entre el
cuello y el hombro, mientras dejaba caer el vestido de raso negro. Dio media
vuelta para enfrentar su mirada.
Tenía los ojos abiertos de par en par, la
boca entreabierta como si no pudiese respirar. Había acertado y eso a él le
gusta. Su mirada parecía hacerle un scanner completo y podía sentir cómo se
humedecía al saberse tan observada. Adoró esa mirada suya entre arrebatada y
tierna, hambrienta y dulce.
Ruth se acercó a él contoneando las caderas
despacio, lento, estudiando cada gesto. Él la tomó por la cintura de manera
posesiva.
―Adoro tenerte así, solo para mí ―susurró,
acercándose a su boca.
―Soy toda tuya. ―Sabía que eso no debería
decirlo, pero su lengua fue más rápida que el cerebro.
Su virilidad abultaba el pantalón del traje
hecho a la medida. Un gemido escapó de su garganta cuando metió la mano dentro
del pantalón y acarició su masculinidad por encima del bóxer.
―Mmmh, excelente―pensó, excitadísima.
―Llevo así toda la noche por ti, no sabía cómo
disimular ―sonrió él.
Las yemas de sus dedos rozaron sus mejillas,
el cuello, la clavícula, los hombros, y dibujaron el contorno de su silueta
hasta llegar a las nalgas; se aferró a ellas con ambas manos y se estremeció
ante ese contacto delicioso.
Fue empujándola hasta la cama, la tendió en
ella, separó sus piernas y se acomodó entre el interior de sus muslos.
―Lo siento, contigo no puedo tener paciencia
―se excusó.
Ruth estalló, llena de gozo.
Poco tiempo después, un sentimiento de culpa
la invadió al ver entrar en la alcoba a Alain.
La miró con asombro, sus palabras la tomaron
desprevenida.
―Yo comenzaba a sentir un gran amor por ti,
estaba decidido a dejar mi esposa, mis hijos. Pero como comprenderás necesitaba
estar seguro de ti. Y ya veo que estas dispuesta a entregarte a cualquiera que
te lo pida.
Eso para Ruth fue una auténtica bomba, el
estúpido de Alain la había puesto a prueba.
―Y ahora mismo te me vas a la chingada―dijo
Alain.
―Por supuesto que me voy, pues qué
esperabas―casi gritó Ruth― en cuanto recoja mi maleta de tu casa me largo a un
hotel y ni se te ocurra llamarme nuca, infeliz.
Se vistió rápidamente y salió de la alcoba.
Esa había
sido su última cita. Ni uno ni otro hicieron nada para volver a verse. Una
noche de locura y de sexo con un desconocido irresistible le abrió los ojos; su
atrevimiento y descaro, del que ella misma estaba sorprendida al día siguiente,
la salvaron de una aventura que no iba para ningún lado, a pesar de la pasión
de verano de aquellas vacaciones que de cualquier forma serían inolvidables.
Ruth nunca se volvió a involucrar en amores virtuales. Durante algún tiempo empezó a rechazar a cuanto hombre llegaba a su vida con intenciones de formar una familia o de cosas así de comprometidas y fatales. Luego de aquellos meses de abstinencia, se dedicó algunos años a darle vuelo a la hilacha y al amor de vez en cuando, pero en todo aquello siempre le quedaba muy claro que su valor más apreciado era su amada y a veces alocada libertad.

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