El Van Gogh de Sergio Juárez en el Café de la Ciudad
Por Jesús Chávez Marín
En el costado izquierdo del Teatro de la Ciudad hay una cafetería muy simpática, atendida por jóvenes diligentes y atentos. El jueves 21 de noviembre de 2002 se presentó allí la función número 400 del Autorretrato de Van Gogh, uno de los monólogos del actor más solitario de Chihuahua, Sergio Juárez.
Llegué al lugar quince minutos antes y me trajeron de inmediato un tarro de cerveza oscura. Al fondo del Café, donde hay un pasillo que comunica con el vestíbulo del Teatro, Federico Márquez y Claudio Sergio Juárez Chávez preparaban la escenografía: pusieron una mesita con objetos en desorden, un candelabro con una vela roja, una pistola calibre 45, pinceles, lápices; colgaron unos cuadros bastante maltratados con algunas reproducciones de pinturas famosas, en un caballete el autorretrato a medio terminar, sobre el piso otros lienzos con pinceladas feroces.
Desde atrás de las candilejas se asomaba a veces Sergio Juárez, ya caracterizado en personaje: maquillaje de sombras, un saco negro y raído, pantalones de lona con manchas de pintura. Andaba algo nervioso, pues desde el teatro se escuchaba el ruido y la agitación de mucha gente que esa tarde había asistido a la conferencia de uno de esos predicadores de la buena onda, la neurolingüística y las inyecciones de autoestima que venden toneladas de libros “de superación personal” en cuanto terminan de su ceremonia ilusoria.
Por eso Federico Márquez se vio obligado a anunciar que la función del monólogo se retrasaría unos quince minutos, mientras los catecúmenos terminaban de comprar en el vestíbulo los libros y casetes con las verdades de la excelencia individual.
Dos cervezas después, sale a escena Vincent como la imagen viva de la derrota, ansioso parlotea fragmentos de discursos y luego se tira al suelo, convulsionado, con una mirada de lumbre en sus ojos: la voz del actor es oscura y firme, el gesto de su rostro es impresionante. La expresión corporal también es buena, aunque a la hora de hacer mutis sale de escena con brinquitos de María Candelaria en las películas del Indio Fernández: ese trotecito quiebra el ritmo, intensamente dramático, de la excelente versión escénica de Sergio Juárez.
Otros defectos que podrían señalarse es que nunca vemos pintar al personaje, cuya vida trascendió precisamente porque fue un artista original y portentoso: a veces sale dibujando en una carpeta pero más parece un niño de kínder decrépito y enloquecido que traza garabatos sin ton ni son, que un dibujante creando apuntes para sus óleos. Además aparece el lugar común del maniático que se corta la oreja como clímax y el balazo final, sin haber expresado la grandeza de este autorretrato escénico.
A pesar de esos pequeños defectos, más de dirección que de actuación, el Van Gogh de Sergio Juárez es un espectáculo artístico muy disfrutable: a uno se le pone chinita la piel cuando él circula entre las mesas en estado catatónico y la mirada encendida de furor mezclado con un profundo desaliento, muy bien expresados en el rostro, en las manos y en la acción dramática.
Noviembre de 2002
jueves, 31 de marzo de 2011
miércoles, 30 de marzo de 2011
elko vázquez
Flores, frutos y otras yerbas del paisaje interior
Presentación del libro Jardín de luna, de Elko Omar Vázquez Erosa
Por Jesús Chávez Marín
Entre los discursos propios y ajenos que diariamente dan forma a los pensamientos, el texto poético es el más destilado, el más denso y el de armónica sonoridad. Entre la masa de información que nos llena la mente individual y colectiva de asesinatos sangrientos, aviones que estallan, fraudes financieros y políticos, borracheras terminales, kilómetros de anuncios agresivos y frivolidad descarada, existe también un libro de poemas como un acto de fortaleza y purificación.
Es cierto que mucha gente puede pasarse la vida sin leer poemas, aunque su vida será limitada porque nunca habrá de entender que en el sonido de las palabras se halla el aroma y la luz que rebelan aspectos de la propia existencia de cada persona y que el sentido pleno de las palabras, su significación más precisa, solo se realiza en el poema.
También es cierto que en cada época hubo quienes se atrevieron a navegar en su propia identidad para expandir la percepción y escribir este tipo de textos tan íntimos y a la vez tan universales, donde los lectores pueden reconocer como propias las voces inesperadas, sorprendentes, las que dejan la sensación de que ya las habíamos pensado nosotros mismos en alguna situación especial donde sucedió el amor, o el dolor, o el miedo y el presagio de la muerte, o el misterio de una mirada o la belleza de un rostro o un paisaje o un aroma o el milagro sereno de la amistad.
Un escritor profesional, como lo es Elko Omar Vázquez Erosa, quien tiene tres libros publicados y además se dedica todos los días a escribir notas periodísticas para televisión; estudió la carrera de ciencias de la información y se dedicó en un tiempo a escribir a destajo todo tipo de textos escolares y académicos por encargo en una pequeña empresa que tenían él y su mamá... un escritor profesional tiene la capacidad técnica para redactar cualquier tipo de texto que se proponga.
Excepto el poema.
Para escribirlo no basta solo la destreza y el uso correcto de las reglas gramaticales y la preceptiva. También hace falta que el poema llegue, que abra por un instante la ventana de la poesía. Y que en ese instante el poeta haya estado alerta y vigoroso para resistir la iluminación que sucede y pueda entonces iniciar el acto de la verbalización, de la escritura.
Nadie duda que los poetas son personas distintas a los demás. Incluso los hombres torpes que se burlan de los poetas y piensan que son locos, que están chiflados y que están fuera de la realidad, saben que ellos son diferentes al común de la gente. Que son sensibles. En esencia son más fuertes. Saben mirar con exactitud y mayor ángulo el territorio material y el territorio imaginario. Elko Omar Vázquez Erosa es uno de esos hombres.
En este nuevo libro suyo que hoy se presenta, editado bellamente por el Instituto Chihuahuense de la Cultura, reconocemos de inmediato el estilo Elko: versos de imágenes muy sutiles, volátiles; un lenguaje refinado y difícil donde se asoma un lector muy activo, en las referencias a muchos códigos culturales, mitología, metáforas y símbolos, pero sin recargamientos librescos ni culteranos; un tono leve de romanticismo bohemio y castizo; una reflexión filosófica y una línea estética de la tristeza y el dolor; una paisaje bien descrito donde la naturaleza aparece con todos los colores, olores, sonidos, en el canto emocionado de una contemplación y una esencia íntima, y donde también existen los automóviles y otras máquinas.
En este libro la voz poética habla en primera persona y dirige su discurso a una protagonista, o quizá podrían ser varias pero pareciera que en las tres partes que forman su estructura la mujer es la misma, en la mayor parte de los textos. En la primera estrofa se expresa claramente de qué trata el libro completo, desde sus muy diversos ángulos:
Motas de polvo
suspendidas en el aire
que rabiosas de luz como tus ojos,
vienen a adueñarse de lo oscuro.
El texto se propone desde el inicio corporeizar con palabras lo inasible: la luz, la mirada de los ojos azules de la protagonista, el fulgor del sol en el color de su cabello, el gesto de un rostro en la despedida, el recuerdo en las marcas del propio cuerpo o en el humo del cigarro.
Rocío, agua lustral,
lluvia que se estrella
en los cristales
La presencia de la mujer puede forjarse con ingredientes concretos que alcanzan cualquier distancia y que le dan a la vida un sentido:
Un sorbo de vino turbio,
volutas de humo azul
que escapan por los hoyuelos del granero
y el paisaje que habla de recuerdos,
de luchas y conquistas, de viajes por el mar.
Todo esto puede suceder en un ambiente hostil y despiadado, como algunos días del invierno:
La lluvia como púas de hielo
La crueldad de la naturaleza, metáfora de ausencia, irrumpe en el propio cuerpo y cala muy hondo:
Aire helado que desea formar parte de los huesos
Una característica del formato con el que este autor suele componer su escritura es que el primer verso de cada poema funciona a la vez como título y como frase inicial del texto, pues lo presenta subrayado en itálicas y con tinta más fuerte. El autor le da a ese primer verso esa doble significación y logra de esta manera una fuerza muy concentrada y sintética, que ilumina el sentido de los demás versos. Como ejemplo se transcribe el siguiente texto:
Desde entonces te inventaba
en el juego ocioso y en las líneas de mis libros,
en el barro que está en la orilla del arroyo,
en los juguetes y en los mitos.
En las noches tenebrosas, cuando faltaba la luna,
entonces te creaba en la flama de las velas,
con el sonido familiar del viento en las rendijas.
En solo siete versos el punto de vista recorre distintos paisajes y sensaciones: los libros, el río, el juego, la imaginación, la noche, el recinto apenas iluminado en el que vibra la fuerza del viento. En todos esos ámbitos se va inventando la ilusión de una presencia anhelada.
El autor tiene habilidad para expresar sensaciones telúricas y concentrarlas en una acertada mezcla de imágenes, como en estos dos versos:
Se carga el cielo de humedad
y se vuelve perfume el adobe de las ruinas
Sin perder el tono de estoica serenidad que la caracteriza, la voz poética se inclina a veces hacia la ternura, como puede oírse en esta estrofa del poema que se llama "Para llevarte lejos":
Para que seas una niña,
para que estés segura,
para mantenerte abrigada
en un lecho de seda
A veces el autor hace referencia a leyendas y lecciones de la tradición, y atribuye algunos de sus relatos y sus ideas a un personaje colectivo a quien nombra “los viejos”, como en esta estrofa que es también ejemplo de su capacidad de concentración y densidad:
Dicen los viejos que hace mucho
vinieron las hijas de la luna
a robar los frutos del edén,
y al tocar la tierra...
se les cayeron las alas.
Resulta muy dinámico en la lectura ese juego textual donde se mezcla un diálogo con la mujer, esas cartas que se van escribiendo desde la distancia y la evocación, los ecos de su recuerdo sonando en viejos muros o en el campo abierto y también la acción de perseguirla y darle vida en las palabras, en tomarla como fuente del poema:
Transformas los rincones en poesía,
te pierdes entre resonancias
Todo el libro puede leerse también como una historia de amor en el que el protagonista está dispuesto a perseguir a la protagonista en todas las dimensiones, hasta fundirse con ella en la tierra y en la muerte:
Voy a llevarte hasta la tumba,
voy a ponerte ofrendas
y luego abrazaré la tierra
y me secaré, junto a las flores.
Amor constante más allá de la muerte, amor aferrado en las palabras y en el propósito de trascendencia.
En la tercera parte del libro, que se titula “Estudios y fragmentos”, hay una variedad de temas, aunque se sigue sosteniendo el diálogo con el personaje femenino que silenciosa escucha o ausente lee las palabras que se pronunciaron o se escribieron para ella. Un ejemplo es este poema que alude a esas imágenes y estructuras que se van derritiendo en la pantalla de una computadora por una falla de sistema, ante la angustia del que aterrado mira la desaparición:
Dudas en la agonía del milenio:
¿y si los dioses regresan por sus fueros
y la realidad se ve, de pronto,
desdibujada en sus contornos?
¿Y si acechan formas
de tiempos extraviados y blasfemos
y desaparece nuestro mundo, sin dejar siquiera
huellas en el polvo que sobrenada el cosmos?
O de este otro que es vivo retrato del vino y de su conexión con el sueño mezclado en el delirio y la lucidez intensa y efímera. Su primera estrofa es esta:
Nada como el vino:
tiene el perfume,
tiene el color,
la suave textura
que se va adueñando
de los sentidos.
Este poema cierra brillantemente en su estrofa final:
de las flores fantasma
que proyectaba la copa,
de la sigilosa mirada
que sorprende un instante
—un mísero instante—.
En la desolación, el personaje protagonista de la voz poética desciende a veces al abismo de la soledad y la tristeza, la de la falta de sentido de la vida que se halla en las sensaciones elementales del cuerpo, como puede verse en el siguiente poema:
¿Será el olvido que hallan los lotófagos
el fin último de la existencia?
¿Será la mirada estúpida de la satisfacción
la gloria de que hablan los profetas?
¿Será la falta de ilusiones la que corona
los sueños, las fatigas y todos los afanes?
¿Serán tus ojos un cigarro, tal vez dormir,
o la embriaguez metódica?
No queda más que reconocerse en estos versos cuando hemos sentido que ya se fueron todos los trenes, cuando parece que ya solo ha quedado la cotidiana dosis de comida, trabajo, dinero, licor semanal y una cajetilla de cigarros que se consume como el cuerpo en el tiempo inútil.
Sin embargo el poeta no se deja vencer. Cuando todo ha pasado y la vida ya no tiene sentido, quedan los recuerdos como el polvo enamorado del que habló Quevedo:
En los vasos rabiosos te recuerdo,
en las cenizas compactadas,
en el fluir del automóvil;
en efímeras flores que de esquirlas
nacieron en el muro,
en el grito que tronaba por las calles,
en el borde que me sacudió
todos los huesos,
y en las prendas íntimas
que asomaron
por un velo de cristal.
En estos poemas se percibe una atmósfera bien definida. Se trata de un libro notable en su claridad, en el vuelo de las imágenes y en la expresión exacta de sentimientos colectivos. Para terminar solo me queda recomendarles la lectura de este autor, Elko Omar Vázquez Erosa, quien escribe para este tiempo, y con su obra define, inventa y consigue que los sueños queden bien armonizados en las palabras, en su exacta escritura.
Vázquez Erosa, Elko Omar: Jardín de luna. Editorial Instituto Chihuahuense de la Cultura, México, 2002.
Agosto de 2002
Presentación del libro Jardín de luna, de Elko Omar Vázquez Erosa
Por Jesús Chávez Marín
Entre los discursos propios y ajenos que diariamente dan forma a los pensamientos, el texto poético es el más destilado, el más denso y el de armónica sonoridad. Entre la masa de información que nos llena la mente individual y colectiva de asesinatos sangrientos, aviones que estallan, fraudes financieros y políticos, borracheras terminales, kilómetros de anuncios agresivos y frivolidad descarada, existe también un libro de poemas como un acto de fortaleza y purificación.
Es cierto que mucha gente puede pasarse la vida sin leer poemas, aunque su vida será limitada porque nunca habrá de entender que en el sonido de las palabras se halla el aroma y la luz que rebelan aspectos de la propia existencia de cada persona y que el sentido pleno de las palabras, su significación más precisa, solo se realiza en el poema.
También es cierto que en cada época hubo quienes se atrevieron a navegar en su propia identidad para expandir la percepción y escribir este tipo de textos tan íntimos y a la vez tan universales, donde los lectores pueden reconocer como propias las voces inesperadas, sorprendentes, las que dejan la sensación de que ya las habíamos pensado nosotros mismos en alguna situación especial donde sucedió el amor, o el dolor, o el miedo y el presagio de la muerte, o el misterio de una mirada o la belleza de un rostro o un paisaje o un aroma o el milagro sereno de la amistad.
Un escritor profesional, como lo es Elko Omar Vázquez Erosa, quien tiene tres libros publicados y además se dedica todos los días a escribir notas periodísticas para televisión; estudió la carrera de ciencias de la información y se dedicó en un tiempo a escribir a destajo todo tipo de textos escolares y académicos por encargo en una pequeña empresa que tenían él y su mamá... un escritor profesional tiene la capacidad técnica para redactar cualquier tipo de texto que se proponga.
Excepto el poema.
Para escribirlo no basta solo la destreza y el uso correcto de las reglas gramaticales y la preceptiva. También hace falta que el poema llegue, que abra por un instante la ventana de la poesía. Y que en ese instante el poeta haya estado alerta y vigoroso para resistir la iluminación que sucede y pueda entonces iniciar el acto de la verbalización, de la escritura.
Nadie duda que los poetas son personas distintas a los demás. Incluso los hombres torpes que se burlan de los poetas y piensan que son locos, que están chiflados y que están fuera de la realidad, saben que ellos son diferentes al común de la gente. Que son sensibles. En esencia son más fuertes. Saben mirar con exactitud y mayor ángulo el territorio material y el territorio imaginario. Elko Omar Vázquez Erosa es uno de esos hombres.
En este nuevo libro suyo que hoy se presenta, editado bellamente por el Instituto Chihuahuense de la Cultura, reconocemos de inmediato el estilo Elko: versos de imágenes muy sutiles, volátiles; un lenguaje refinado y difícil donde se asoma un lector muy activo, en las referencias a muchos códigos culturales, mitología, metáforas y símbolos, pero sin recargamientos librescos ni culteranos; un tono leve de romanticismo bohemio y castizo; una reflexión filosófica y una línea estética de la tristeza y el dolor; una paisaje bien descrito donde la naturaleza aparece con todos los colores, olores, sonidos, en el canto emocionado de una contemplación y una esencia íntima, y donde también existen los automóviles y otras máquinas.
En este libro la voz poética habla en primera persona y dirige su discurso a una protagonista, o quizá podrían ser varias pero pareciera que en las tres partes que forman su estructura la mujer es la misma, en la mayor parte de los textos. En la primera estrofa se expresa claramente de qué trata el libro completo, desde sus muy diversos ángulos:
Motas de polvo
suspendidas en el aire
que rabiosas de luz como tus ojos,
vienen a adueñarse de lo oscuro.
El texto se propone desde el inicio corporeizar con palabras lo inasible: la luz, la mirada de los ojos azules de la protagonista, el fulgor del sol en el color de su cabello, el gesto de un rostro en la despedida, el recuerdo en las marcas del propio cuerpo o en el humo del cigarro.
Rocío, agua lustral,
lluvia que se estrella
en los cristales
La presencia de la mujer puede forjarse con ingredientes concretos que alcanzan cualquier distancia y que le dan a la vida un sentido:
Un sorbo de vino turbio,
volutas de humo azul
que escapan por los hoyuelos del granero
y el paisaje que habla de recuerdos,
de luchas y conquistas, de viajes por el mar.
Todo esto puede suceder en un ambiente hostil y despiadado, como algunos días del invierno:
La lluvia como púas de hielo
La crueldad de la naturaleza, metáfora de ausencia, irrumpe en el propio cuerpo y cala muy hondo:
Aire helado que desea formar parte de los huesos
Una característica del formato con el que este autor suele componer su escritura es que el primer verso de cada poema funciona a la vez como título y como frase inicial del texto, pues lo presenta subrayado en itálicas y con tinta más fuerte. El autor le da a ese primer verso esa doble significación y logra de esta manera una fuerza muy concentrada y sintética, que ilumina el sentido de los demás versos. Como ejemplo se transcribe el siguiente texto:
Desde entonces te inventaba
en el juego ocioso y en las líneas de mis libros,
en el barro que está en la orilla del arroyo,
en los juguetes y en los mitos.
En las noches tenebrosas, cuando faltaba la luna,
entonces te creaba en la flama de las velas,
con el sonido familiar del viento en las rendijas.
En solo siete versos el punto de vista recorre distintos paisajes y sensaciones: los libros, el río, el juego, la imaginación, la noche, el recinto apenas iluminado en el que vibra la fuerza del viento. En todos esos ámbitos se va inventando la ilusión de una presencia anhelada.
El autor tiene habilidad para expresar sensaciones telúricas y concentrarlas en una acertada mezcla de imágenes, como en estos dos versos:
Se carga el cielo de humedad
y se vuelve perfume el adobe de las ruinas
Sin perder el tono de estoica serenidad que la caracteriza, la voz poética se inclina a veces hacia la ternura, como puede oírse en esta estrofa del poema que se llama "Para llevarte lejos":
Para que seas una niña,
para que estés segura,
para mantenerte abrigada
en un lecho de seda
A veces el autor hace referencia a leyendas y lecciones de la tradición, y atribuye algunos de sus relatos y sus ideas a un personaje colectivo a quien nombra “los viejos”, como en esta estrofa que es también ejemplo de su capacidad de concentración y densidad:
Dicen los viejos que hace mucho
vinieron las hijas de la luna
a robar los frutos del edén,
y al tocar la tierra...
se les cayeron las alas.
Resulta muy dinámico en la lectura ese juego textual donde se mezcla un diálogo con la mujer, esas cartas que se van escribiendo desde la distancia y la evocación, los ecos de su recuerdo sonando en viejos muros o en el campo abierto y también la acción de perseguirla y darle vida en las palabras, en tomarla como fuente del poema:
Transformas los rincones en poesía,
te pierdes entre resonancias
Todo el libro puede leerse también como una historia de amor en el que el protagonista está dispuesto a perseguir a la protagonista en todas las dimensiones, hasta fundirse con ella en la tierra y en la muerte:
Voy a llevarte hasta la tumba,
voy a ponerte ofrendas
y luego abrazaré la tierra
y me secaré, junto a las flores.
Amor constante más allá de la muerte, amor aferrado en las palabras y en el propósito de trascendencia.
En la tercera parte del libro, que se titula “Estudios y fragmentos”, hay una variedad de temas, aunque se sigue sosteniendo el diálogo con el personaje femenino que silenciosa escucha o ausente lee las palabras que se pronunciaron o se escribieron para ella. Un ejemplo es este poema que alude a esas imágenes y estructuras que se van derritiendo en la pantalla de una computadora por una falla de sistema, ante la angustia del que aterrado mira la desaparición:
Dudas en la agonía del milenio:
¿y si los dioses regresan por sus fueros
y la realidad se ve, de pronto,
desdibujada en sus contornos?
¿Y si acechan formas
de tiempos extraviados y blasfemos
y desaparece nuestro mundo, sin dejar siquiera
huellas en el polvo que sobrenada el cosmos?
O de este otro que es vivo retrato del vino y de su conexión con el sueño mezclado en el delirio y la lucidez intensa y efímera. Su primera estrofa es esta:
Nada como el vino:
tiene el perfume,
tiene el color,
la suave textura
que se va adueñando
de los sentidos.
Este poema cierra brillantemente en su estrofa final:
de las flores fantasma
que proyectaba la copa,
de la sigilosa mirada
que sorprende un instante
—un mísero instante—.
En la desolación, el personaje protagonista de la voz poética desciende a veces al abismo de la soledad y la tristeza, la de la falta de sentido de la vida que se halla en las sensaciones elementales del cuerpo, como puede verse en el siguiente poema:
¿Será el olvido que hallan los lotófagos
el fin último de la existencia?
¿Será la mirada estúpida de la satisfacción
la gloria de que hablan los profetas?
¿Será la falta de ilusiones la que corona
los sueños, las fatigas y todos los afanes?
¿Serán tus ojos un cigarro, tal vez dormir,
o la embriaguez metódica?
No queda más que reconocerse en estos versos cuando hemos sentido que ya se fueron todos los trenes, cuando parece que ya solo ha quedado la cotidiana dosis de comida, trabajo, dinero, licor semanal y una cajetilla de cigarros que se consume como el cuerpo en el tiempo inútil.
Sin embargo el poeta no se deja vencer. Cuando todo ha pasado y la vida ya no tiene sentido, quedan los recuerdos como el polvo enamorado del que habló Quevedo:
En los vasos rabiosos te recuerdo,
en las cenizas compactadas,
en el fluir del automóvil;
en efímeras flores que de esquirlas
nacieron en el muro,
en el grito que tronaba por las calles,
en el borde que me sacudió
todos los huesos,
y en las prendas íntimas
que asomaron
por un velo de cristal.
En estos poemas se percibe una atmósfera bien definida. Se trata de un libro notable en su claridad, en el vuelo de las imágenes y en la expresión exacta de sentimientos colectivos. Para terminar solo me queda recomendarles la lectura de este autor, Elko Omar Vázquez Erosa, quien escribe para este tiempo, y con su obra define, inventa y consigue que los sueños queden bien armonizados en las palabras, en su exacta escritura.
Vázquez Erosa, Elko Omar: Jardín de luna. Editorial Instituto Chihuahuense de la Cultura, México, 2002.
Agosto de 2002
Etiquetas:
Chihuahua writers,
Ensayo,
taller literario
jueves, 3 de marzo de 2011
césar francisco pacheco loya
Trabajos y pensamientos de un joven médico en la Sierra Tarahumara
Por Jesús Chávez Marín
Los visitantes de la Sierra Tarahumara quedan impresionados para siempre por la imponente belleza de su paisaje, el frío despiadado en el invierno más oscuro, la dignidad serena de los indígenas y también la pobreza material de su vida, acechada desde el siglo 17 por la codicia sucesiva de mineros, madereros, comerciantes, fotógrafos, políticos, narcotraficantes y promotores de turismo que vinieron a este lugar de montañas, abismos y planicies a imponer por la fuerza y por la invasión de una cultura agresiva y ajena, un idioma distinto y el desorden de unas ideas superficiales sostenidas solamente por el sueño de una riqueza fabulosa.
A lo largo de cuatro siglos esa tierra se fue poblando de historias, algunas tan crueles como el código violento de los asesinatos naturales que restablecen la honra y recuperan con la venganza el equilibrio social en comunidades neuróticas y aisladas. Otras son de heroísmo y nobleza, comunican serenidad y alegría de la vida que imaginamos como destino, donde los personajes vencen las adversidades con la claridad de las ideas, la constancia saludable del trabajo y el amor.
Podemos asomarnos a la sierra Tarahumara por medio de algún viaje que incluya largas caminatas y conversaciones donde voces y relatos nos deleiten con recuerdos y con sueños colectivos.
También podemos asomarnos por medio de algunos libros, que por cierto no abundan los que tratan de la Sierra Tarahumara, cuya extensa región y larga historia siguen a la sombra del misterio y la ignorancia.
El libro que hoy se presenta, escrito por César Francisco Pacheco Loya y editado bellamente por el Instituto Chihuahuense de la Cultura, será sin duda uno de los textos más deleitosos para conocer algunas de las historias de la sierra de Chihuahua. Inscrito en el género de novela de no ficción, esta obra tiene la estructura de un libro de memorias, el tono de un relato de ritmo cinematográfico, con habilidad para retratar paisajes y ambientes, para recrear el habla y las voces auténticas en los diálogos de los personajes y para reflexionar sobre los hechos que se narran, manteniendo un lenguaje sobrio, de gran efectividad.
El autor relata un año en la vida de un joven médico que en 1972 se fue a vivir a Guachochi, lugar donde habrá de cumplir su servicio social y a iniciar su vida profesional. Al inicio aparece un personaje ocupado en preparativos y pensando en sus nuevas responsabilidades, su hija recién nacida y su hijo primogénito que recientemente había cumplido tres años. A pesar su juventud, es un hombre precavido y cuidadoso: en su jeep, perfectamente equipado para el camino escabroso y el clima inclemente del invierno en la sierra a principios de enero, carga víveres, medicamentos, equipo quirúrgico y las herramientas que pudieran hacer falta en un viaje difícil. A las cinco de la mañana del siguiente día, inició su camino.
Por esos días habían sucedido aquellos tres asaltos bancarios simultáneos en la ciudad de Chihuahua, así que los caminos y carreteras estaba erizados de retenes militares. Hacía poco que había salido por la carretera a Cuauhtémoc, cuando un grupo de soldados lo obligó a detenerse:
Irremediablemente llegué hasta el sitio en donde me marcaban el alto; en cuanto frené el vehículo, dos militares se acercaron apuntándome con fusiles y con extrema agresividad me ordenaron con voz tonante:
—¡Bájate con las manos en alto o te apeamos a culatazos!
Sin chistar obedecí y después me exigieron a gritos:
—Pon las manos sobre el cofre del vehículo y no vayas a hacer ningún movimiento en falso porque te tronamos.
El joven doctor no había tenido tiempo de enterarse de los asaltos que traían tan nerviosos a los soldados, ocupado en esos días con el nacimiento de su hija y los preparativos para su residencia médica, así que no se esperaba aquel encuentro con gente armada. Tuvo que enfrentar el acoso de varios retenes, de los cuales solo pudo salir bien librado con su nombramiento oficial del Instituto Nacional Indigenista, documento que luego de un diálogo a gritos y malas razones, los soldados leían con dificultad. Luego de horas de camino, lo detiene otro grupo:
Un individuo de piel blanca, aunque enrojecida por el frío, me preguntó:
—Quién eres tú?
Sin responderle saqué de una de las bolsas exteriores de la chamarra el sobre que contenía mi oficio de presentación y extendí mi brazo para entregárselo.
Callado y con su gesto endurecido lo tomó en sus manos; pero a pesar de hacer sus mejores esfuerzos no logró su objetivo. Evidenciando su aterradora ignorancia le ordenó a su segundo:
—A ver, Gulmaro, qué chingaos dice este papel que me acaba de intregar este cabrón.
Después de una lectura propia de un niño de segundo de primaria, le dijo:
—Va pa’ Guachochi a prestar un servicio.
El jefe, pasando su mano sobre la cacha de la pistola en señal de que dejaba clara su autoridad, me preguntó con voz gutural:
—¿Qué clase de servicio vas a prestar tan lejos?
Sin moverme del lugar en que me encontraba, le respondí:
—Soy médico. Voy a cumplir mi servicio social.
Con ingenio irónico, el autor le da un contrapunto burlón a su relato tan dramático, llamando al piquete de soldados casi analfabetos “guardianes del orden y la razón”.
Tan accidentado inicio solo es el presagio de aquella aventura vital. Pasa por San Javier, su pueblo natal, donde saluda a sus tíos y a sus primos, quienes pensaron que andaba de guerrillero y que había logrado escapar. Pasa con ellos la noche, refugiado en el ambiente cálido y alegre de la familia, y al día siguiente muy temprano sigue su camino, a pesar de que una lluvia tenía signos de convertirse en tormenta de nieve:
A las siete de la mañana continué mi solitario camino por brechas aún más descuidadas que las recorridas el día anterior. El frío intenso formó una capa de hielo en la superficie de la brecha por la que transitaba, los deslizamientos del jeep eran frecuentes y en muchos trayectos sumamente peligrosos.
A las diez de la mañana, al cruzar el río Balleza, comienza a nevar fuerte, pero nada detiene la determinación del viajero:
Con la esperanza de llegar temprano a Guachochi, continué avanzando por un sendero que a veces se perdía en el espesor de la nieve. Piedras y hoyos quedaban ocultos por el blanco velo que la tormenta acumulaba en la cordillera, muy probablemente desde la noche anterior. El desconocimiento del terreno y mi inexperiencia para afrontar tan aciagas condiciones originaron que golpeara el jeep cada metro que avanzaba. En la planicie, que si mal no recuerdo es conocida como Mesa de Agostadero, una de las llantas delanteras cayó en un hoyo y los estruendos que se produjeron evidenciaron que el vehículo había sufrido un daño considerable. Cuando bajé a revisar el desperfecto me di cuenta que el muelle maestro derecho se había quebrado, la flecha delantera se salió de su ensamble con la transmisión y la rueda se encontraba atorada entre la defensa y en chasis.
Como no pasaba ni un alma, el joven se prepara con valentía a pasar la noche más larga de su vida. Toma su hacha y corta leña de un pino derribado quizá por un rayo a veinte metros del jeep, con habilidad prende una fogata mientras escucha a lo lejos el zumbido del viento en la tormenta y muy cercano el aullido de dos manadas de lobos, desde dos orillas distintas. La acción es narrada con tanta habilidad que el lector siente angustia por aquel hombre de veinticuatro años de edad, en la soledad oscura y helada.
Dos días después el hombre pudo llegar a Guachochi. A la mañana siguiente inició con energía sus actividades de médico, en un medio de recursos escasos donde muchas veces se acostumbraba esperar la muerte de los pacientes graves, cuando no había manera de trasladarlos en avioneta hacia hospitales de Chihuahua. Pero el recién llegado nunca se conformó con aquel destino fatal: con inteligencia y empeño se enfrentaba a la adversidad y al dolor hasta vencerlos y conseguir que su ciencia y su trabajo forjaran un oficio hábil y apasionado, sus manos se acostumbraron a lograr prodigios con toda naturalidad, todos los días, en un medio donde la higiene no formaba parte de la cultura cotidiana y la pobreza y la desnutrición causan estragos.
Con igual habilidad narrativa, el autor relata las peripecias del doctor, de sus escasos ayudantes y de sus muchos pacientes.
A los pocos días de llegar, mandó traer a su familia y desde entonces su joven esposa fue la más cercana de sus colaboradoras, compañera natural y entusiasta de todos los empeños y los viajes por lugares lejanos de la sierra, en los alrededores de la cínica de Guachochi, donde tenía su plaza.
A los pocos días de llegar, le había tocado organizar sin previo aviso el apoyo médico para el Séptimo Congreso de los Pueblos Tarahumares. Se esperaba que al congreso habría de llegar Luis Echeverría, presidente de la república, así que los dos hoteles del poblado se llenaron de políticos, funcionarios del gobierno; también locutores y camarógrafos de televisión que llegaron en grandes camiones equipados con antenas, que muy pronto agotaron la comida disponible. También se esperaba la llegada de cincomil indígenas que muy mal se refugiaron de la nieve en una plaza rodeada de pinos. Todo eso representaba un problema médico serio, que se había esperado sin precauciones. El recién llegado paso noches sin dormir, atendiendo a pacientes con la respiración destrozada por el frío.
Como esa historia, en el libro se cuentan muchas otras en un ambiente narrativo que a veces llega a ser delirante.
A pesar de que el texto se mantiene el estricto realismo, los hechos a veces son tan extremos que parece una novela de fantasía. Como cuando el doctor se vio obligado por las circunstancias a utilizar equipo de anestesia que venía de los tiempos de la primera guerra mundial y que había estado arrumbado en una bodega; o el niño de un internado que murió de anemia literalmente vampirizado por los piojos mientras el maestro que estaba a cargo se rascaba la cabeza en un gesto de resignada fatalidad; la mujer que casi se muere en un parto múltiple ante la indiferencia molesta de sus hermanos, cinco gigantes indolentes, y su furiosa tía; el médico arrebatado, colaborador del personaje principal, que muere en una carretera enmedio de un incendio de paja y gasolina.
En su relato, que alcanza muchas significaciones y simbolismos con solo narrar con naturalidad las acciones y los diálogos, el autor jamás se ocupa de aplicar juicios ni de dar lecciones simples, ni morales ni políticas. Sin embargo la novela entera, a cada página, es una lección de profunda humanidad y traza una silueta bien pensada del destino, el amor, la vida y la muerte. En el texto hay también pasajes de buen humor, de una ironía ingeniosa y fina, de la que ya dimos una sola muestra. Al narrar, el texto refleja también los pensamientos de un escritor habituado a reflexionar, a pensar y recordar. Hay un pasaje donde se cuenta la costumbre de muchos indígenas que se resisten a acudir a los médicos y a las clínicas, hasta que lo avanzado de su enfermedad los obliga a emprender febriles caminatas en busca tardía de auxilio. La secuencia relata que uno de ellos no alcanzó a llegar, y murió a medio camino acompañado de su familia:
Junto al lugar en que la muerte había vencido a aquel miserable, una mujer lloraba en silencio; sus hijos pequeños aterrorizados por el llanto de su madre se aferraban con sus manitas a las amplias enaguas. Tal parecía que los chiquitines entendían que la materia inerte que formaba el cuerpo de quien había sido su padre ya pertenecía a otra dimensión, inalcanzable para ellos.
Novela de aventuras, novela de ideas, autobiografía estricta y testimonio atento de los hechos, este libro resulta una grata sorpresa de lectura por su texto tan ágil y ameno, su punto de vista muy firme, fincado en el narrador personaje que al contar los hechos con su visión de médico, mezcla de joven idealista de veinticuatro años en el presente del relato, el tiempo de la acción, y de pensador y humanista profundo en el tiempo de la escritura y la memoria, logra una visión original, una coloración y un tono que enfoca ángulos de la realidad que solo pueden ser posibles en el arte de esta novela, en la textura de su prosa, en los diálogos de sus personajes y en la expresión narrativa que el buen oficio de César Francisco Pacheco Loya ha conseguido.
Espero que estos comentarios hayan logrado el impulso de leer este libro que, sin duda, habrán de disfrutar mucho, donde habrán de hallar varios niveles de lectura como suele suceder con los buenos libros. En sus páginas tendrán ustedes un inolvidable encuentro, tal como lo tuvo el personaje de esta novela. Conocerán muchas expresiones del dolor, pobreza, furia, muerte, y también la dignidad del trabajo, valentía y honradez de quienes aprenden a pensar, a viajar, a sonreír y a enfrentar las adversidades de la existencia.
Pachecho Loya, César Francisco: Encuentro con un medio desconocido. Editorial del Instituto Chihuahuense de la Cultura, México, 2002.
Junio 2002.
lunes, 28 de febrero de 2011
poetas de ciudad cuauhtémoc
En la foto Andrés Espinosa.
Crónica de cinco amigos que se reunieron en Ciudad Cuauhtémoc para compartir el fuerte licor de la poesía: presentación del libro Quinteto para un pretérito, de José Luis Domínguez, Andrés Espinosa, Juan Marcelino Ruiz, María Dolores Guadarrama y Raúl Manríquez
Por Jesús Chávez Marín
La historia es conocida: hace algunos años varios artistas de ciudad Cuauhtémoc fundaron la revista Voces de tinta, donde aparecieron textos de gran calidad literaria, dibujos y fotos. Desde entonces esa ciudad empezó a ser conocida no solo por la dulzura y el color de sus manzanas y el vigor del trabajo y la economía sino también por sus poetas, sus escritores.
Cinco de ellos publican ahora este bello libro de poemas titulado Quinteto para un pretérito. Además de ser un solo libro, donde la voz y el estilo de los cinco autores permanece unido en una misma atmósfera de otoño, amor, tristeza ligera y dulce, y de día domingo, el texto es también la reunión de cinco breves poemarios, con su propia estructura interna y cada uno con su nombre: El amor, un terso, tibio cuerpo de mujer, un dulce pan envenenado, de José Luis Domínguez; Domingo Siboney, de Andrés Espinosa; Salida de emergencia, de Juan Marcelino Ruiz; Febrero se cuelga por mis ojos, de María Dolores Guadarrama y La breve luz, de Raúl Manríquez.
En esta reseña habrán de comentarse primero cada uno de los cinco poemarios, en el mismo orden en que aparecen en el libro, y luego se hablará del libro como estructura completa.
1. El amor, un terso, dulce cuerpo de mujer, un dulce pan envenenado está compuesto con 65 brevísimos textos en prosa trabajada por sílabas, como se escriben los versos, donde se expresan imágenes, figuras y asuntos con gran densidad y capacidad de síntesis, en lo que se conoce como lenguaje poético y a manera de aforismos o versículos.
Desde el primer texto el autor abre una atmósfera, define el tono del discurso, el cual es descendiente digno de textos antiguos como El cantar de los cantares o el Rubaiyat y también de algunos libros recientes. A mí, por ejemplo, me parece, en su forma, semejante a la única novela de Juan José Arreola: La feria. El poemario inicia de forma magistral con el primer versículo. Veamos un fragmento:
Henchida de gozo, como la hierba en la humedad reciente, se yergue la memoria, como una luz líquida y suicida que por amor ya herida se derrumba.
Como en las buenas novelas, los mejores libros de poemas, las obras bien tramadas, este inicio contiene todos los elementos que lo forman: el tono, la atmósfera, el tipo de discurso, los temas y asuntos que habrán de tratarse.
En este caso, la memoria es el personaje que primero aparece, en forma de una lluvia que cae y que voluntariamente se gasta, alterada por el amor. El tono poético se construye aquí por metáforas donde la memoria es una yerba húmeda y fresca o el agua como luz, y por el uso de voces como henchida de gozo, yergue y luz líquida. También porque el sonido del texto es armonioso y de gran elocuencia.
En el transcurso del texto se despliegan juntas una historia de amor y el discurso reflexivo de la existencia, marcada en forma trágica, o sea, ineludible, por la premonición y el ideal del amor perfecto, los placeres del encuentro amoroso y el dolor terrible de la separación y de la ausencia.
Aquí van un ejemplo donde el canto es de presentimiento, casi platónico, de aquel grande amor que todos soñamos, el que la mayoría de nosotros seguimos buscando hasta llegar a la muerte más remota con la ilusión de que en alguna parte existe:
Antes de conocerte solía decir tu nombre... amanecía bajo los puentes o pasaba largo tiempo en una banca solitaria de la vieja estación...
Embriagados por esa grande ilusión de amor, cuando la protagonista aparece por primera vez no podemos mirarla a los ojos, ni conocer su rostro, nuestra mirada no logra definir los límites del contorno de su cuerpo. Ella no es ella sino el ideal de la naturaleza y de la esencia femenina, como en este versículo hermoso:
En el patio, inmóvil, bajo los rayos de una pálida luna, inmóvil, una lámpara: el árbol del cerezo.
La primera presencia es como la luz: rotunda aunque sea inaprehensible:
Cuando tú pasas hay todo un gran incendio, tu detienes el aire y es tu mirada una flor abriéndose hasta el alba, en tus pupilas el universo se torna en apacible sitio.
En la textualidad hay una mezcla afortunada de imágenes que aluden a formas materiales, como el cuerpo o la naturaleza, con formas de lo abstracto, como la eternidad o los delirios. Así sucede en esta parte:
Tus brazos: un par de enredaderas blancas trepando el basalto de mi cuerpo; tus manos ahuyentan seres sin rostro que a veces vienen de pasado a atormentarme. Al mínimo roce de tus dedos surgen en mí destellos de una eternidad que ayer no conocía.
Una de las características asombrosas de las pequeñas flores del desierto es su exuberancia de colores y formas sintetizadas en breve espacio. Así son también estos textos, donde el juego de sensaciones y sentidos es vertiginosos. Hay textos de tres líneas donde se expresan sensaciones de la vista, del sabor, de la temperatura, del sonido, la textura y los olores, como en este:
La noche es así, como tu cuerpo. Escarcha y fuego sobre el mármol, fino encaje, nieve cálida, espuma de la tibia mar, arena, miel contrariando los deseos de la roca.
En este su segundo libro de poemas, José Luis Domínguez alcanza una fecunda madurez.
2. Domingo Siboney está formado por 20 exactos poemas donde el hilo conductor podría definirse así: el poeta realiza un paseo dominical acompañado de sus evocaciones y pensamientos, que inicia en el texto llamado “Palabras en profundo” y concluye en el poema 20, que se llama “Lluvia final”.
El poema está construido con una condensación de imágenes de gran originalidad, se oyen voces que logran relaciones extrañísimas en medio de una cotidianidad amorosa y reflexiva. Inicia de esta manera:
¿Cómo funciona tu amuleto?,
no coincido con el entendimiento
que tienes de las calles;
antes, aquí hubo un río,
en él lavaban las palabras
y eran entregadas a los infantes.
Metáfora concentrada para contar los orígenes del lenguaje, que también son los orígenes de la especie humana: la que tiene las palabras, o sea, pensamientos y recuerdos.
A partir de allí el lector inicia un recorrido donde el espacio está integrado, como un mismo territorio, por las calles de una ciudad, los campos antiguos de un lugar antes deshabitado y el cuerpo como lugar íntimo y abierto a las sensaciones.
Por ejemplo, una mujer es descrita no en la inmovilidad de un retrato, sino en el la energía que produce el movimiento, la acción:
...danos la leche matinal de tu piel,
y la fuerza grisácea de tu mirada;
déjame acariciar el felino en tu espalda,
surca mi intranquilidad con su zarpazo.
En otro texto se describe la plazuela de una ciudad. En los elementos que la forman vive la esencia de la sensualidad y tiempo mítico femenino:
Porque la noche huele a perfume,
salgo a la calle:
la noche y cierta placidez
dirigen mi frente al cielo.
Cruzo el tiempo cuando me dirijo a la plazuela
a reposar mis pies en sus bancas;
recuerdo que llegó ese perfume
antes del aroma a incensario
y a carbón quemado,
a puerta cerrada
a muerte y a presagios;
comenzaron a latir mis ríos antiguos
de agua clara;
agua que aún susurra
hasta cerrar mis párpados
y cerrarme el alma.
La luna zumba de misterios,
descansa su piel blanca sobre el pasto.
Pienso en una mujer,
escucho los aullidos de su noche
que se traslucen al frente de su falda.
Hay un poema llamado “Hotel de mayo” que tiene la estructura de una pieza de teatro, donde el regocijo del encuentro amoroso y el titubeo de la presión social son narrados a contrapunto desde la mirada de uno de los dos amantes.
Otro de los recursos efectivos del libro es la amplificación de las sensaciones. Así, el leve roce de una caricia provoca un sonido estereofónico que llena el espacio vital:
Yo, al tocar tu mano
sentí un toque de dulzura,
mientras tu voz sonaba
por todo el cielo.
La perplejidad ante el destino de la propia existencia es pensada con la sencillez de un paseo cotidiano y con la perspectiva de los cuatro elementos del universo:
No sé por cuales calles continuar
antes de que me sorprenda
la sonrisa oscura del final.
El fuego está a mi lado,
el viento se eleva,
la tierra brota
y el viento baila.
Hay también una certera transfiguración de sensaciones en varios versos, como en estos dos:
Vuelvo a escuchar tu perfume
frotar la ondulación del aire
El estilo de Andrés Espinosa está forjado en la búsqueda de verdades elementales por medio de las imágenes y la armonía sonora de las palabras. Sus cantos de amor son reflexiones acerca del destino. Su textos filosóficos suelen ir mezclados por la presencia de una mujer en el recuerdo, en la memoria, en la cadencia de las palabras, en los sonidos de la ternura.
3. Salida de emergencia es otro ritmo, un sonido profundo, distinto, al que nos había acostumbrado a los lectores Juan Marcelino Ruiz. No ya aquel ingenio burlón de sus textos anteriores, donde era un pensador pesado de humor ligero.
En este nuevo trabajo suyo, compuesto solo de 8 poemas largos, el último de ellos dividido en cinco partes, el tono es distinto desde el primer texto, este bello poema llamado “En la estación”:
Tras los cristales de la estación antigua
la luz del sol se vuelve más delgada,
el filo que toma sus aristas
decanta la pupila indiferente
la seda del metal sombrío
que se extiende más allá de la insistencia.
Salta en mi rostro
la mueca del viajero involuntario;
flota en la incertidumbre de alejarse
la obligación de desaprender los nombres
de acostumbrar los ojos a cielos diferentes
de masticar las migajas de otras lunas
de prescindir de tus huesos de pantera.
Por el oriente...
el tren llega como ayer por el oriente
con su jauría de sonidos tristes,
su silbo agonizante me rompe el cautiverio
y su reptar invicto y testarudo.
Si estuviéramos hablando del género novelístico diríamos que se trata de un texto realista. Juan Marcelino Ruiz no abunda en metáforas, va directo al asunto, aunque también se permite figuras como las migajas de lunas. Lo que sigue conservando de su lírica anterior es el sonido hermoso de su ritmo poético. En nuestra literatura de Chihuahua él es de los pocos que tienen muy bien educado el oído para escribir.
Otro de los recursos de este poeta es su capacidad de observación y de penetración psicológica, el punto de vista bien enfocado. Como se muestra en esta estrofa donde hace un retrato muy expresivo de algunas jóvenes mujeres de ciudades mexicanas en los albores de este siglo nuevo:
Ellas van por el andador sin exigencias,
abrevando en el oasis sabatino
de una tarde ya libre de maquilas,
trituran un chicle con maestría
presumiendo su escasez de primaveras
sobre un cadencioso redoble de tacones.
Para rematar en una escena de colores vivos, donde se demuestra que los buenos poemas, como dice Paz, no solo cantan sino también cuentan historias. Esta es la última estrofa de ese mismo texto:
La selección natural hace las veces
de generoso cupido darwiniano
y por la noche
en el salón de baile los cuerpos sudorosos
compartirán sus risas, su fatiga
al compás de la música grupera.
Los lectores queremos seguir leyendo a los dos poetas que existen en Juan Marcelino Ruiz: el ingenioso que nos hace pensar muerto de risa de su libro Derrepentes, y este poeta de tono mayor que aparece en la reunión de sus amigos en este libro.
4. Febrero se cuelga por mis ojos es la continuidad de una obra poética de tramado finísimo, de una de las buenas escritoras de Chihuahua. Desde su libro anterior, llamado Molinos de viento, María Dolores Guadarrama escribía con la seguridad de quien ya había hallado, luego de muchos trabajos y abundantes lecturas, el estilo de su voz. Algunos de los elementos de ese estilo son: uno, la conexión profunda con los elementos de la naturaleza, las flores, los frutos, las piedras, el aire, las estaciones. Dos, el pulido del texto, hasta hacerlo austero y sencillo, expresivo y elegante. Tres, el buen sonido de los versos, el encuentro armonioso de las palabras, el ritmo cadenciosos. Cuatro, los temas levemente adoloridos, el consuelo de la tristeza asumida, la ternura suave de los movimientos amorosos. Cinco, la profunda feminidad de sus textos, que son también la profunda humanidad, sin fanatismos ni poses agresivas o fundamentalistas.
El poemario abre así:
Gris
febrero se cuelga
por tus ojos
mis ojos.
Con agilidad, el cuarto verso de este breve poema hace un guiño amoroso y, quizá por la química fuerte del amor, se funde con el amado, en una sola mirada.
Este breve poemario está claramente marcado por señales de estación, a la manera de los poemas clásicos japoneses. Es de otoño el ambiente. Al inicio de los textos la señal es completamente declarada:
Llora triste el viento de noviembre
las hojas son estrellas que crujen al contacto
se desmoronan amarillas.
Entre tanto
el polvo rabioso
levanta calaveras.
Predominan la tristeza y el dolor en este pequeño libro de María Dolores Guadarrama. Aun en el bello cuadro de este poema aparece al final la total desesperanza, en forma casi violenta:
Se oyen ladrar los perros
demos un paseo entre el olor de las manzanas
para ver la esperanza en los ojos de las muchachas
que van y vienen de los huertos.
Esperan el veinte de noviembre
su baile y su verdad de ratas.
Es un texto amargo y extraño, de imágenes a veces difíciles de descifrar, como esta:
Vuelvo a nacer, boca que me traga.
Sin embargo tiene la seducción del arte bien trabajado, como lo es el arte de María Dolores Guadarrama.
5. La breve luz es el primer libro de poemas de Raúl Manríquez, quien antes había publicado cuentos en su libro Romance de otoño y en cuanta revista ha salido en los últimos 10 años. También los lectores esperamos la próxima salida de su novela La sierra es frágil (que luego apareció con el título de La vida a tientas), con la que ganó el premio Chihuahua de literatura.
A pesar de que su oficio de narrador seguramente le dio dificultades para hallar los hilos de la poesía, parece que ha resuelto el problema con gran soltura, auxiliado por su temperamento de artista, su talante pensativo y su concentración.
Inicia estos poemas forjados con ideas y con la exacta educación de los sentimientos:
El mundo es también imperfecto.
¿Y a quién le importa?
Acaso nada tendremos
solo esta tarde
y este cigarro
que ya terminan.
Es dominante el tema de la muerte en esta colección de poemas de Raúl Manríquez: el estoico dolor ante el espanto de la muerte, la serena tristeza de los recuerdos:
Irrumpe en la claridad del mediodía
una noticia inesperada
un repentino sinsabor que oprime el aire.
Más adelante dice:
Hay sin embargo una suave indiferencia.
Y aún más:
A pesar de todo
es una tarde hermosa.
Es apenas el umbral del dolor. La angustia llegará después, según se expresa en este verso:
La soledad se agranda
se desmorona la certeza de las horas.
Para que de una vez la cascada del dolor encuentre su caída:
Y hacia dónde dirigir una plegaria
dónde encontrar un mínimo sentido
una razón que aparezca coherente
en la tarde que filtra desteñida
el apagado cristal de la ventana.
Viajes, amores, recuerdos, material de sueños. Material poético en los textos de Raúl Manríquez.
José Luis Domínguez, Andrés Espinosa, Juan Marcelino Ruiz, María Dolores Guadarrama y Raúl Manríquez: Quinteto para un pretérito. Editorial Instituto Chihuahuense de la Cultura, México, 2001.
Mayo de 2001.
Etiquetas:
Chihuahua writers,
Crónicas,
Ensayo,
Poemas
miércoles, 8 de septiembre de 2010
miguel r. mendoza
Al comenzar el día, de Miguel R. Mendoza
Por Jesús Chávez Marín
Durante la década del los cincuentas, el poeta Miguel R. Mendoza escribió diariamente para los periódicos de la cadena García Valseca, entre ellos El Heraldo de Chihuahua, la columna “Al comenzar el día”. En esos textos breves, de dos cuartillas, que el autor llamaba “notículas”, aparecieron ideas originales, relatos en forma de parábolas, lecciones y oraciones de profunda religiosidad, respuestas amables a cartas que algunos lectores mandaban, comentarios de libros, reflexiones filosóficas, poemas en prosa y hasta alguna que otra venganza literaria de brillante enojo frente a la estupidez ambiental que a veces nos rodea y que todos sufrimos pero que suele dolerle más a los hombres de espíritu sensible y fino, como lo era el de aquel poeta que escribía en los periódicos, como también en revistas culturales y en guiones para cine, en la época de oro del cine mexicano.
Una primera selección formada por 132 de aquellos textos es la que aparece en este libro, compilada por el hijo del autor, quien lleva su mismo nombre, el señor Miguel R. Mendoza, el hombre que en Chihuahua más libros ha leído entre los de nuestra generación.
Leer todos juntos estos artículos elegantes y densos es una experiencia agotadora, por la cantidad impresionante de códigos que maneja. Estoy seguro de que muchos de los lectores que tuvieron el privilegio de leerlos uno por uno en el periódico del día tuvieron que tardarse un buen rato para disfrutarlos y releer para entenderlos en toda su plenitud. También imagino que el autor se impuso un rigor muy estricto al escribirlos, pues algunos son ensayos de enorme erudición y en todos los casos eran textos muy bien trabajados, con prosa de grato sonido, ideas bien estructuradas y un vuelo alto en ideas y en imaginación.
A pesar de que el libro no presenta en su estructura una secuencia ni cronológica ni temática en la sucesión de los textos, y solo se concreta a ennumerarlos en el índice, y de que los textos no llevan títulos que indiquen el asunto que va a tratar cada uno, la pura fuerza del estilo y el uso brillante de un lenguaje vigoroso y preciso hacen que se mantenga el placer y el encantamiento de la lectura. Sorprende mucho que esa columna haya aparecido los periódicos, donde la escritura suele ser descuidada, monótona y superficial casi por definición, y donde los únicos articulistas que aparecen son comentaristas de las fechorías más recientes de los políticos.
Al avanzar en las páginas de este libro nos vamos familiarizando con su autor y vamos estableciendo con él un código de comunicación. La atmósfera se establece desde el nombre de la obra que se va escribiendo y leyendo: Al comenzar el día, o sea: todas las mañanas habremos de reflexionar un poco en diversos asuntos, no solo para pensar en ellos y desarrollar una serie de conceptos, sino también para hallar en el sonido y en la esencia de las palabras un impulso para empezar, con energía y frescura, la jornada diaria. Esta imagen de la energía creativa es una de las que le son más gratas a Miguel R. Mendoza, y ese concepto lo desarrolla desde ángulos filosóficos y místicos, sobre todo para asociarla a la presencia de Dios en el universo, como fuente de belleza y poesía, como origen y el sentido de la existencia.
Al pasar de los días, en la lectura nos iremos acostumbrando a que Mendoza nos presente con toda naturalidad alguna frase, una imagen o una idea de los autores que él está leyendo en ese momento, o que ya ha leído y estudiado en otros años: poetas, filósofos, místicos, sociólogos, científicos, teólogos, novelistas con sus nombres, doctrinas y sistemas. Poco a poco nos vamos acostumbrando también a la mezcla abundante de frases hermosas, poéticas, que suenan a monedas de plata de buena ley, a guitarras y violines y voces de intensa armonía; al sentido certero y directo de la lógica, a la claridad de los pensamientos bien destilados y al sabor de las palabras en toda su plenitud.
Cada escritor forma a sus propios lectores, y Miguel R. Mendoza logró tener muchos en su época. Ahora con este libro, como con sus tres libros de poemas que su hijo ha publicado, seguramente habrá de tener otra generación de lectores. Igual que aquellos que lo leyeron en los años cincuentas, nosotros habremos de acostumbrarnos, al avanzar la lectura, a señalar algunas frases que podrán servirnos como aforismos, como una colección de joyas muy bien labradas. Por ejemplo estas que aquí transcribo:
Porque sabes perfectamente tus necesidades materiales y espirituales, puedes adivinar en una segundo las necesidades de los demás y comprenderlas.
Cada individuo tiene que decidir por sí mismo el tono y la calidad de sus actos.
A los que desesperan del destino del hombre, creyendo que sus pocos días sobre la tierra no tienen sentido alguno y que después de la muerte les espera la nada, conviene recordarles que la personalidad humana es una parte tan orgánica del universo como lo es el átomo.
Las vidas fincadas sobre valores espirituales resistirán todas las tormentas y los huracanes, mientras que las edificadas sobre las arenas movedizas del materialismo y la finitud serán llevadas por la corriente de las circunstancias hacia la esterilidad y la desesperanza.
Cultivemos secretamente el arte de tener fe en nuestros futuros éxitos.
La espera constante del infortunio, del fracaso y de la mala suerte, si estamos constantemente quejándonos, regañando o culpando a los demás, o a la vida misma, de nuestra situación, tiene un efecto paralizador sobre nuestro espíritu.
El mundo otorga a cada quién exactamente el valor que él mismo se da.
En un lugar donde imperan la sordidez y la miseria, difícilmente nos podremos librar de pensamientos amargos y emociones morbosas.
La alegría es el signo más claro de que estamos viviendo una vida determinada por el espíritu.
El ánimo con que afrontas las primeras horas del día tiene mucho que ver con los resultados durante su transcurso.
La amargura, el resentimiento, el desencanto y la envidia son pobres y malos materiales con que construir el edificio del carácter.
La manera de alcanzar la originalidad es confiar cada día más en nuestras propias fuerzas.
Cada día que pasa, la naturaleza, pletórica de vida, desparrama ante nuestros sentidos millares de incitaciones mentales, miríadas de sugestiones que la mente receptiva puede aprovechar, llenas de frescura, de novedad, de maravilla.
No hay cosa más esterilizante y deprimente que la rutina.
De toda experiencia, por dolorosa, molesta o humillante que sea, podemos destilar un gramo de sabiduría.
El amor es el ritmo del universo.
La mente universal está tratando de expresar algo a través de ti, algo totalmente distinto de lo que quiere expresar a través de los otros.
Los sentimientos de los niños son transparentes, llenos de frescura, exentos de complicaciones morbosas, tristes o perversas.
(También) admiramos a los escritores que han descendido hasta las tenebrosas profundidades del ser para traernos extrañas y ponzoñosas floraciones anímicas.
Un instinto seguro y profundo nos dice que la verdadera aristocracia es una aristocracia de maneras, una aristocracia que nada tiene que ver con el dinero, con el poder, con el talento, con la sangre o con el mundo.
No todos tenemos talento para la música, pero todo ser humano tiene en estado latente facultades para la caridad, el amor, la amistad y la cortesía.
La civilización actual, con su decantado progreso, tiende a volver más flácidos nuestros músculos y más perezosas nuestras células cerebrales.
Las represiones y los conflictos anímicos tienden a dividir la personalidad y deformar las emociones, a desperdiciar las energías.
Fuimos creados para pensar y somos literalmente la encarnación de nuestros pensamientos.
La acción inteligente y constante puede cambiar la vida más oscura y misérrima.
Echemos una bendición al reloj, no porque sea el guardián insobornable y severo del tiempo, sino porque nos hace el favor de marcar las horas luminosas del tiempo ilimitado y gozoso de Dios.
Hay muchos caminos para acercarnos a la realidad detrás del universo. Pero el camino de la belleza es el de más fácil acceso.
Las experiencias de la vida van dejando su huella indeleble en los rostros humanos.
Es fácil y cómodo escudarse tras de algún credo, tras de algún sistema filosófico, tras de algún esquema científico, tras de algún ritual religioso.
El anhelo de ser libre es un instinto indestructible en el corazón humano.
Toda discusión acerca del propósito de la vida, acerca de la “vida ideal”, acerca del sentido de nuestros días aquí en la tierra, suena un poco a hueco en estos tiempos angustiados y cínicos por los que estamos atravesando.
Todas las grandes ideas son sencillas.
Imagínese a sí mismo vívidamente como un desgraciado y pronto empezará a andar el camino que lleva al fracaso y a la desdicha. Imagínese a sí mismo victorioso y capaz, y eso contribuirá en grado importantísimo a su triunfo definitivo. No se imagine usted nada y cuando menos piense se encontrará convertido en una nulidad.
El artista es la encarnación concreta del anhelo de la humanidad hacia la más alta y completa satisfacción de la experiencia sensorial y espiritual.
La fidelidad a la idea que un hombre tiene de sí mismo es lo que es lo que confiere sentido y eficacia a sus pasos sobre la tierra.
La aptitud para poder reírse de sí mismo indica distinción y reciedumbre del alma.
Sin embargo el mayor valor de este libro de Miguel R. Mendoza no es la colección de frases certeras, que cada lector puede hacer la propia de acuerdo a sus preferencias, sino la solidez estructural de cada artículo diario, escrito con el rigor de un ensayo y con la gracia de la buena escritura. La calidad de los textos resulta refulgente en el periódico del día, y solo en periódicos como El País, de España, o como La Jornada de México, pero no la actual sino la de hace diez años, podía uno leer autores como este de Al comenzar el día. Para terminar, solo falta recomendar a ustedes que compren este libro y que lo lean, de preferencia un artículo cada día, que es como lo propuso el autor en su tiempo.
Mendoza, Miguel R.: Al comenzar el día. Doble Hélice Ediciones, México, 2002.
Agosto de 2002.
Por Jesús Chávez Marín
Durante la década del los cincuentas, el poeta Miguel R. Mendoza escribió diariamente para los periódicos de la cadena García Valseca, entre ellos El Heraldo de Chihuahua, la columna “Al comenzar el día”. En esos textos breves, de dos cuartillas, que el autor llamaba “notículas”, aparecieron ideas originales, relatos en forma de parábolas, lecciones y oraciones de profunda religiosidad, respuestas amables a cartas que algunos lectores mandaban, comentarios de libros, reflexiones filosóficas, poemas en prosa y hasta alguna que otra venganza literaria de brillante enojo frente a la estupidez ambiental que a veces nos rodea y que todos sufrimos pero que suele dolerle más a los hombres de espíritu sensible y fino, como lo era el de aquel poeta que escribía en los periódicos, como también en revistas culturales y en guiones para cine, en la época de oro del cine mexicano.
Una primera selección formada por 132 de aquellos textos es la que aparece en este libro, compilada por el hijo del autor, quien lleva su mismo nombre, el señor Miguel R. Mendoza, el hombre que en Chihuahua más libros ha leído entre los de nuestra generación.
Leer todos juntos estos artículos elegantes y densos es una experiencia agotadora, por la cantidad impresionante de códigos que maneja. Estoy seguro de que muchos de los lectores que tuvieron el privilegio de leerlos uno por uno en el periódico del día tuvieron que tardarse un buen rato para disfrutarlos y releer para entenderlos en toda su plenitud. También imagino que el autor se impuso un rigor muy estricto al escribirlos, pues algunos son ensayos de enorme erudición y en todos los casos eran textos muy bien trabajados, con prosa de grato sonido, ideas bien estructuradas y un vuelo alto en ideas y en imaginación.
A pesar de que el libro no presenta en su estructura una secuencia ni cronológica ni temática en la sucesión de los textos, y solo se concreta a ennumerarlos en el índice, y de que los textos no llevan títulos que indiquen el asunto que va a tratar cada uno, la pura fuerza del estilo y el uso brillante de un lenguaje vigoroso y preciso hacen que se mantenga el placer y el encantamiento de la lectura. Sorprende mucho que esa columna haya aparecido los periódicos, donde la escritura suele ser descuidada, monótona y superficial casi por definición, y donde los únicos articulistas que aparecen son comentaristas de las fechorías más recientes de los políticos.
Al avanzar en las páginas de este libro nos vamos familiarizando con su autor y vamos estableciendo con él un código de comunicación. La atmósfera se establece desde el nombre de la obra que se va escribiendo y leyendo: Al comenzar el día, o sea: todas las mañanas habremos de reflexionar un poco en diversos asuntos, no solo para pensar en ellos y desarrollar una serie de conceptos, sino también para hallar en el sonido y en la esencia de las palabras un impulso para empezar, con energía y frescura, la jornada diaria. Esta imagen de la energía creativa es una de las que le son más gratas a Miguel R. Mendoza, y ese concepto lo desarrolla desde ángulos filosóficos y místicos, sobre todo para asociarla a la presencia de Dios en el universo, como fuente de belleza y poesía, como origen y el sentido de la existencia.
Al pasar de los días, en la lectura nos iremos acostumbrando a que Mendoza nos presente con toda naturalidad alguna frase, una imagen o una idea de los autores que él está leyendo en ese momento, o que ya ha leído y estudiado en otros años: poetas, filósofos, místicos, sociólogos, científicos, teólogos, novelistas con sus nombres, doctrinas y sistemas. Poco a poco nos vamos acostumbrando también a la mezcla abundante de frases hermosas, poéticas, que suenan a monedas de plata de buena ley, a guitarras y violines y voces de intensa armonía; al sentido certero y directo de la lógica, a la claridad de los pensamientos bien destilados y al sabor de las palabras en toda su plenitud.
Cada escritor forma a sus propios lectores, y Miguel R. Mendoza logró tener muchos en su época. Ahora con este libro, como con sus tres libros de poemas que su hijo ha publicado, seguramente habrá de tener otra generación de lectores. Igual que aquellos que lo leyeron en los años cincuentas, nosotros habremos de acostumbrarnos, al avanzar la lectura, a señalar algunas frases que podrán servirnos como aforismos, como una colección de joyas muy bien labradas. Por ejemplo estas que aquí transcribo:
Porque sabes perfectamente tus necesidades materiales y espirituales, puedes adivinar en una segundo las necesidades de los demás y comprenderlas.
Cada individuo tiene que decidir por sí mismo el tono y la calidad de sus actos.
A los que desesperan del destino del hombre, creyendo que sus pocos días sobre la tierra no tienen sentido alguno y que después de la muerte les espera la nada, conviene recordarles que la personalidad humana es una parte tan orgánica del universo como lo es el átomo.
Las vidas fincadas sobre valores espirituales resistirán todas las tormentas y los huracanes, mientras que las edificadas sobre las arenas movedizas del materialismo y la finitud serán llevadas por la corriente de las circunstancias hacia la esterilidad y la desesperanza.
Cultivemos secretamente el arte de tener fe en nuestros futuros éxitos.
La espera constante del infortunio, del fracaso y de la mala suerte, si estamos constantemente quejándonos, regañando o culpando a los demás, o a la vida misma, de nuestra situación, tiene un efecto paralizador sobre nuestro espíritu.
El mundo otorga a cada quién exactamente el valor que él mismo se da.
En un lugar donde imperan la sordidez y la miseria, difícilmente nos podremos librar de pensamientos amargos y emociones morbosas.
La alegría es el signo más claro de que estamos viviendo una vida determinada por el espíritu.
El ánimo con que afrontas las primeras horas del día tiene mucho que ver con los resultados durante su transcurso.
La amargura, el resentimiento, el desencanto y la envidia son pobres y malos materiales con que construir el edificio del carácter.
La manera de alcanzar la originalidad es confiar cada día más en nuestras propias fuerzas.
Cada día que pasa, la naturaleza, pletórica de vida, desparrama ante nuestros sentidos millares de incitaciones mentales, miríadas de sugestiones que la mente receptiva puede aprovechar, llenas de frescura, de novedad, de maravilla.
No hay cosa más esterilizante y deprimente que la rutina.
De toda experiencia, por dolorosa, molesta o humillante que sea, podemos destilar un gramo de sabiduría.
El amor es el ritmo del universo.
La mente universal está tratando de expresar algo a través de ti, algo totalmente distinto de lo que quiere expresar a través de los otros.
Los sentimientos de los niños son transparentes, llenos de frescura, exentos de complicaciones morbosas, tristes o perversas.
(También) admiramos a los escritores que han descendido hasta las tenebrosas profundidades del ser para traernos extrañas y ponzoñosas floraciones anímicas.
Un instinto seguro y profundo nos dice que la verdadera aristocracia es una aristocracia de maneras, una aristocracia que nada tiene que ver con el dinero, con el poder, con el talento, con la sangre o con el mundo.
No todos tenemos talento para la música, pero todo ser humano tiene en estado latente facultades para la caridad, el amor, la amistad y la cortesía.
La civilización actual, con su decantado progreso, tiende a volver más flácidos nuestros músculos y más perezosas nuestras células cerebrales.
Las represiones y los conflictos anímicos tienden a dividir la personalidad y deformar las emociones, a desperdiciar las energías.
Fuimos creados para pensar y somos literalmente la encarnación de nuestros pensamientos.
La acción inteligente y constante puede cambiar la vida más oscura y misérrima.
Echemos una bendición al reloj, no porque sea el guardián insobornable y severo del tiempo, sino porque nos hace el favor de marcar las horas luminosas del tiempo ilimitado y gozoso de Dios.
Hay muchos caminos para acercarnos a la realidad detrás del universo. Pero el camino de la belleza es el de más fácil acceso.
Las experiencias de la vida van dejando su huella indeleble en los rostros humanos.
Es fácil y cómodo escudarse tras de algún credo, tras de algún sistema filosófico, tras de algún esquema científico, tras de algún ritual religioso.
El anhelo de ser libre es un instinto indestructible en el corazón humano.
Toda discusión acerca del propósito de la vida, acerca de la “vida ideal”, acerca del sentido de nuestros días aquí en la tierra, suena un poco a hueco en estos tiempos angustiados y cínicos por los que estamos atravesando.
Todas las grandes ideas son sencillas.
Imagínese a sí mismo vívidamente como un desgraciado y pronto empezará a andar el camino que lleva al fracaso y a la desdicha. Imagínese a sí mismo victorioso y capaz, y eso contribuirá en grado importantísimo a su triunfo definitivo. No se imagine usted nada y cuando menos piense se encontrará convertido en una nulidad.
El artista es la encarnación concreta del anhelo de la humanidad hacia la más alta y completa satisfacción de la experiencia sensorial y espiritual.
La fidelidad a la idea que un hombre tiene de sí mismo es lo que es lo que confiere sentido y eficacia a sus pasos sobre la tierra.
La aptitud para poder reírse de sí mismo indica distinción y reciedumbre del alma.
Sin embargo el mayor valor de este libro de Miguel R. Mendoza no es la colección de frases certeras, que cada lector puede hacer la propia de acuerdo a sus preferencias, sino la solidez estructural de cada artículo diario, escrito con el rigor de un ensayo y con la gracia de la buena escritura. La calidad de los textos resulta refulgente en el periódico del día, y solo en periódicos como El País, de España, o como La Jornada de México, pero no la actual sino la de hace diez años, podía uno leer autores como este de Al comenzar el día. Para terminar, solo falta recomendar a ustedes que compren este libro y que lo lean, de preferencia un artículo cada día, que es como lo propuso el autor en su tiempo.
Mendoza, Miguel R.: Al comenzar el día. Doble Hélice Ediciones, México, 2002.
Agosto de 2002.
Etiquetas:
Chihuahua writers,
Crónicas,
El texto breve
martes, 7 de septiembre de 2010
óscar erives
Óscar Erives en el escenario de sus memorias
Por Jesús Chávez Marín
En los veneros de la memoria y de la fantasía de los pueblos viven los actores, quienes usando su cuerpo como instrumento de expresión artística conjugan las palabras con los relatos, el movimiento con el destino, la voz con la esencia de las emociones y la acción en escena con el drama en vivo de las pasiones, la claridad de los pensamientos, la confusión del dolor o de la euforia, la nobleza y la vileza de los hombres. En los recuerdos de mucha gente de Chihuahua y de otros lugares vive el actor Óscar Erives, quien a lo largo de 34 años realizó un espléndido trabajo artístico en 51 obras de teatro y dos espectáculos musicales.
En este libro de memorias, el autor cuenta su historia: la de un niño que se imaginaba a sí mismo como el centro y el eco de muchas vidas posibles en el escenario de los juegos infantiles; en la celebración de la Misa donde él era monaguillo, o sea, protagonista que con toda seriedad aprendió los movimientos y los parlamentos de una ceremonia que se desarrolla frente a una comunidad; en las películas y en los relatos que su abuela, mujer inteligente y maestra de muchas generaciones, le platicaba en las tardes.
Aquel niño tenía muy claro que sería un artista y que algún día habría de actuar en el mismo escenario del Teatro Cine Colonial donde conoció algunos personajes famosos de su época. Muy joven decidió también que sería profesor. Inició su trabajo en el ejido La Norteña, un pueblo de mil habitantes en lo más intrincado de la Sierra, en el municipio de Madera, Chihuahua, donde había vivido de niño.
En ese mismo lugar también empezó el teatro. Con vecinos que ensayaban en las tardes dirigidos por el joven profesor, se formó un grupo que representó varias obras, con textos que el mismo Erives escribía tomando como base las historias que halló en libros antiguos. En este libro se hace un delicioso relato de aquellos orígenes, que para los habitantes de aquellas lejanas tierras resultaron inolvidables y para Óscar Erives la materialización de su firme vocación por el teatro, que descubrió y desarrolló por intuición, con talento y una sensibilidad bien educada en la disciplina del trabajo.
Con la misma habilidad narrativa, en este buen libro de memorias se sigue contando la historia de un hombre que realizó una obra cultural importante para nuestra región. Su trabajo como promotor cultural en Ciudad Madera, donde también siguió trabajando como actor y director de teatro; su llegada a Chihuahua para continuar su labor de maestro; los estudios en la Escuela de Arte Teatral del INBA, en la ciudad de México; las sociedades culturales que fundó y animó y, en el centro de todo, sus puestas en escena donde fue uno de los actores de mayor presencia en el teatro de su época, con los principales directores de Chihuahua.
Además de disfrutar de esta autobiografía contada con gracia y emoción, los lectores hallamos información de primera mano de una época de la historia de la cultura de nuestra región, y no solo la que se refiere a la actividad teatral, que es el tema principal, sino también de las formas que ha ido tomando el desarrollo artístico de nuestra sociedad, las políticas culturales, los errores y aciertos, su generosidad y su miseria. En una tierra donde el arte como actividad no se ve favorecido por la economía, existen hombres como Óscar Erives que empeñan su vida en las actividades del espíritu y así enriquecen la vida de sus semejantes, de sus contemporáneos, y fundan con su trabajo visiones de claridad para su tiempo y ventanas hacia la fantasía, el extrañamiento y los sueños.
Entre nuestros artistas, muy pocos han tenido el cuidado de escribir sus memorias, estos textos tan útiles que iluminan la historia, que le dan vida y frescura a los datos escuetos que solo quedan registrados en archivos oficiales, en las notas de prisa del periodismo, en programas de mano que muy pocos guardaron, en fotografías desordenadas y sin concierto o que, en el peor de los casos, no quedan escritos sino en la frágil memoria de protagonistas y espectadores que se van llevando a la tumba los recuerdos, al silencio de la muerte.
Estos libros son necesarios para el patrimonio cultural de una comunidad. Porque suele pensarse con descuido que para la Historia son más interesantes los hombres que murieron derrotados en guerras civiles, siempre crueles y absurdas; o los que amasaron fortunas, fundaron empresas y administraron en su provecho el trabajo colectivo; o quienes gobernaron países con mano dura y asesina o con mente generosa y justiciera; o los que hicieron descubrimientos espectaculares de beneficio inmediato aunque a veces en perjuicio de la naturaleza y de la esencia de la vida.
Más interesante para la Historia deberían ser los hombres que trabajaron todos los días en buscar un mundo de más plenitud para sus semejantes: en el teatro, en la música, en la pintura: en el arte. El desarrollo cultural de un pueblo es la expresión auténtica de su educación y de su evolución en lo material y en lo espiritual, por eso resulta valioso conocer su historia. Y más en el teatro, del que no queda una presencia material concreta, ya que su realización más plena sucede en la escena, en vivo, frente a los espectadores en un tiempo determinado que pasa y no vuelve.
Resulta fascinante leer las memorias de un actor quien además, como en este caso, ha sido uno de los principales protagonistas del desarrollo cultural de nuestra región: fundó sociedades artísticas, compañías de teatro, además de participar activamente en otras tantas. Erives ha sido uno de los animadores culturales más presentes y más productivos de Chihuahua.
En esta obra, la calidad del texto es otra de las sorpresas. La personalidad artística suele ser una riqueza que puede tomar muchas formas de expresión. Quien ha logrado madurar un oficio que exige tantas destrezas, como el oficio del actor, tiene facilidad para escribir, si se lo propone, con elocuencia y precisión. Es el caso de Óscar Erives en este libro de memorias. Su prosa es clara y sencilla, esa sencillez que es siempre tan difícil de conseguir, sin adornos ni falsa grandilocuencia, efectiva para revelar con exactitud los datos que se propone registrar, con cierta ironía además de una sobria emoción poética que le dan carácter y profundidad. El placer de su lectura se inicia desde la primera página y se sostiene en todo el libro, con un manejo hábil de imágenes y con una estructura bien cimentada.
Este libro será muy interesante para nuestra vida cultural, no solo por los aciertos particulares que revelan a un escritor talentoso, sino además por las historias que cuenta, los retratos de otros protagonistas de la historia reciente y por muchos datos, hasta hoy desconocidos, de la actividad cultural de esta región, esa obra colectiva realizada por los artistas de Chihuahua, entre los que Óscar Erives tiene un lugar muy destacado.
Erives, Óscar: El otro Óscar. Ediciones del Azar, México, 2001.
Octubre 2001, (prólogo a su libro El otro Óscar).
Etiquetas:
Chihuahua writers,
Crónicas,
Editorial,
Ensayo,
Teatro
lunes, 6 de septiembre de 2010
juan holguín rodríguez
Retratos, voces y fantasmas villistas
Presentación del libro Una flor de Pancho Villa, de Juan Holguín Rodríguez
Por Jesús Chávez Marín
Uno de los personajes más simbólicos de la identidad colectiva chihuahuense es sin duda Francisco Villa, tanto por su leyenda dorada que lo fija como héroe grande, el guerrero que con inteligencia natural supo manejar ejércitos y también imaginar un destino generoso para su pueblo; como por su leyenda negra que todavía despierta gritos de rencor que de asesino sanguinario no lo bajan.
Muchos libros se han escrito en esta región sobre su vida, su muerte, su memoria. Algunos son de historia, con el supuesto rigor científico de los datos exactos; otros, de testimonios y entrevistas de gente que lo conoció en vida y que lo recuerdan con las anécdotas reales o inventadas que ávidos investigadores redactan sintiendo que tienen el polvo de oro de la verdad histórica como respaldo a sus ideologías o a sus intereses villistas o antivillistas. Otros libros son los de ficción, los del arte narrativo, cuyo objetivo esencial es la forma, la expresión artística de un tema, en este caso el de la presencia histórica de un hombre inolvidable, en medio de una guerra de muchos años.
Este nuevo libro de Juan Holguín Rodríguez es de estos segundos, de ficción, y podría ubicarse como una expresión moderna de la narrativa de la Revolución Mexicana. En los 14 cuentos que lo componen, Villa es personaje constante, ya sea en el centro del relato como protagonista principal, o como presencia que proyecta un ambiente, un tono y un lenguaje, o como referencia que enfoca la acción y el punto de vista, o como fantasma que se oye en los muros de una casa o que deambula en las carreteras del extenso norte mexicano.
La Revolución Mexicana en este libro no solo es una referencia temporal y cultural sino también una señal trágica, un destino que pesa sobre los personajes y los marca para siempre, aún más allá de la muerte. Parece una derrota colectiva que relumbra en medio del desierto a donde llegan los candidatos con sus falsas promesas, con sus tortas regaladas y sus banderitas de plástico. Parecen una derrota en la desesperanza de los viejos que en la resolana a veces distinguen las formas de su energía pasada, cuando cabalgaban por sus ideales y tenían fuerza y alegría de vivir, donde ahora solo queda esta desesperanza y la certeza de haber sido traicionados.
El primer cuento del libro tiene este tono. Se cuenta la historia de un viejo que muere en 1999 y que a los 15 años fue fusilado, ejecutado y dejado por muerto. Sobrevive de manera misteriosa y se vuelve silencioso y melancólico durante el resto de su vida. Su mirada recorre hasta el cansancio más inaudito los episodios trágicos de la Revolución y luego, con el mismo silencio y angustia sorda, la vida cotidiana de la paz sin justicia de los años que siguieron. El narrador cuenta que “casi a diario, en su viejo taller de zapatería, le buscaban la cara buena en la procura de una revelación exclusiva. Se arrimaron a él, con el mismo interés, periodistas capitalinos, cronistas de donde mismo, historiadores de donde quiera, escritores de pacotilla sintiendo en su bolsa coladera una historia diamantina, hacedores de santería, enfermos desahuciados, candidatos presidenciales, hampones de media monta, psíquicos de los cuatro horizontes, tahúres venidos a más y hasta gente de las iglesias vestidos a medio rostro. Todos se quedaban si ninguna respuesta”.
El segundo texto es el relato de la muerte de Pancho Villa, sobre todo de la víspera y de los días siguientes, contado por un narrador testigo que muchos años después platica y reflexiona. El tercero es un cuento de buen humor, con un lenguaje elegante y de mucha gracia, cuya sorpresa al final es descubrir al narrador, en este caso la narradora, que cuenta los hechos en primera persona. El siguiente es un monólogo cuya voz narrativa es un contrapunto muy bien lograda con una mezcla de lenguaje solemne y religioso con un ingrediente picaresco muy bien construido para retratar la psicología de una madre que cuenta la historia de su hijo, quien murió en la Revolución siendo general.
Luego viene el cuento que da título al libro, Una flor de Pancho Villa, que inicia con un narrador omnisciente y a la mitad del texto se sigue contando con la voz del narrador personaje, en este caso también una narradora, cuyo lenguaje es a veces poético sin perder la verosimilitud de la historia de amor de Soledad Seáñez Holguín y Francisco Villa.
Enseguida aparece un cuento cuyo ambiente es uno de los marcos imaginarios más atractivos de la ilusión popular, el de los entierros, los tesoros escondidos en la tierra, las montañas, los patios o las bardas anchas de alguna finca antigua. Aquí surge la historia de uno de los tesoros más fabulosos: “Fue en tiempos de la bola, cuando llegaron hasta aquí con el entierro escondido adentro de un misterio asilenciado a la fuerza. Pero no hay nada oculto bajo la luz del sol. Todo lo que se esconde un día se ve otro día. De allí que todos dicen: el entierro de la sierra de Amolar son las campanas de una gran catedral. Enteritas. Hechas, según muchas razones, de puro platino. Para arrancarlas de sus hermosas torres, los charros plateados de Tomás Urbina doblaron el silencio sagrado de los que pidiendo al Señor misericordia se encontraban, en el albor de aquel día, en la casa del Santísimo de una ciudad capital que desde entonces se quedó sin su primera voz”. Por supuesto, el general despacha a balazos a los que durante varios días y con muchos sacrificios habían subido a esconder las campanas hasta lo más alto de la más oscura sierra, y los deja enterrados en el mismo lugar del tesoro, para quedarse solo con el secreto de su paradero.
En el cuento que se llama “La cuchara el santo” viene la deliciosa historia de un sacristán que había sido cocinero del general Villa y de una cuchara mágica que nada tiene que envidiarle a los utensilios de las intrigas medievales. En “Sota de corazones” se cuenta la historia sorprendente de un caballerango, un cacique galante y una yegua fina. Luego aparece un cuento donde unos agraristas son metáfora de la revolución que dejó intacta la injusticia del mundo. El texto que sigue es una de las más logradas versiones narrativas de la leyenda tradicional de las apariciones del charro negro; aquí la identidad del narrador sorprende a la mitad del relato y se comprende el foco narrativo y el punto de vista con el que se relatan los hechos, en un giro de composición inesperado.
En “La tercera llamada” se ve el contraste grotesco entre la vanidad de un político y la pobreza recalentada de un pueblo casi fantasma donde relumbra la modesta dignidad de un antiguo guerrero que siembra sus tierras. En un tono diferente, en el cuento llamado “Calibre 45” otro general muy distinto, ante el ataque de una mazorca arrojada a la mitad de la función de cine, destruye a balazos la pantalla. Al día siguiente, los dos antiguos bandos de la revolufia, carrancistas y villistas, olvidan sus diferencias en el rito alegre y vital de la comida comunitaria.
En los dos últimos cuentos la figura de Villa aparece como fantasma. Primero como pasajero en un trailer rumbo a Ciudad Juárez y en el segundo la presencia vital de una finca antigua y el delirio de un excéntrico señor que cuenta historias que todo el pueblo escucha y comenta cada semana.
Aunque cada uno de los 14 cuentos tiene su propio ambiente y tonos distintos, en este libro hay en su conjunto una atmósfera que los une. La mirada del narrador, en casi todos los cuentos, pertenece a la época actual, aunque los temas son de principios del siglo XX, como ya dijimos, en el marco de la Revolución Mexicana y de la biografía de Villa. Su lenguaje narrativo es firme e intenso, propio de un escritor de siglo 21. Debe señalarse un error en la composición de este libro: Las absurdas citas de trovadores populares que se ponen al final de casi todos los textos: resultan molestas, rompen el efecto dramático con que termina cada cuento y la mayoría de las veces ni vienen al caso con el tema.
Fuera de este pequeño señalamiento, es un bello libro de cuentos. El autor ha sido un escritor constante y laborioso, uno de los más disciplinados y tercos en seguir construyendo la literatura en este desierto cultural y material. Y lo ha hecho con libros muy buenos, como este suyo, el más reciente, parte de una obra narrativa fundadora y trascendente.
Holguín Rodríguez, Juan: Una flor de Pancho Villa. Edamex, México, 2001.
Junio 2001
Etiquetas:
Chihuahua writers,
Crónicas,
Ensayo,
Relatos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






