Por
JChM
Una
tarde, Cristina vio llegar a su barrio un circo. De cuatro grandes camiones
cargados con carpas, bocinas, un elefante, dos jaulas de tigres y una jirafa,
bajó un grupo de hombros animosos que empezaron a clavar grandes estacas sobre
el suelo de un terreno muy grande que estaba a mitad de la colonia.
Recientemente ella había terminado la secundaria y la algarabía de aquellas
personas la distrajo un poco de los pensamientos taciturnos que la habían
ocupado en esos días. Había andado dándole vueltas a su futuro; sabía que su
familia no tendría manera de ayudarla a que estudiara la preparatoria ni la
universidad, al contrario, la presionaban a que consiguiera pronto trabajo y
que ayudara en la casa. Y no se le ocurría qué empleo pudiera conseguir una
jovencita de quince años, como no fuera de sirvienta, y eso le espantaba.
Tampoco
tenía dinero para asistir a la primera función de circo al día siguiente. Quedó
muy impresionada de la rapidez con que trabajaron aquellos hombres fuertes y
rudos y aquellas mujeres tan raras que andaban con ellos, por eso es que se fue
acercando tímidamente al lugar, y durante todo el día se dedicó a merodear por
allí, a mirar los animales, observar el avance de la instalación. Nunca se fijó
en que ella también era observada. Un muchacho musculoso y atractivo quedó
prendado de la incipiente belleza femenina de la jovencita, y procurando no
asustarla se acercó a preguntarle:
―¿Le
gusta el circo?
Cristina
era muy segura de sí misma, sin embargo, al ver aquel muchacho tan guapo, solo
pudo responderle con demasiada timidez que sí.
―¿Y
va a venir a la función?
―No.
―¿Y
por qué? ¿Pues no dice que le gusta el circo?
―Sí
pero… ―Cristina se interrumpió; su natural dignidad hacía que ocultara la
razón, de que simplemente no tenía para el boleto.
―Uy,
pues qué mala onda. Yo quería que viera usted mi acto, yo soy el artista del
trapecio. Y también corro bien recio en una motocicleta dentro de una esfera;
me encantaría que pudiera venir a una de las funciones. O a todas.
Rodrigo
no podía explicarse por qué había dicho esto último, que la quisiera allí
presente en todas las funciones; aquella muchachita tan chica lo había
conmovido tanto a él, que era hombre de mundo. Le llevaba por lo menos 10 años
de edad. Pero ese timbre de voz, el pelo negro, largo y brillante, ese aire de libertad,
esos movimientos elegantes que eran tan poco comunes en esta colonia de la
periferia, su timidez expresiva y delicada, lo tenían fascinado. No escuchó lo
que ella le había contestado, solo le dijo:
―Mire,
le voy a proponer una cosa. Voy a darle dos boletos por cada función de las que
vamos a dar en esta ciudad, así usted podrá venir a las que quiera, y
acompañada de su mamá o de alguno de sus hermanos, ¿qué le parece?
―Ay,
pues no sé qué decirle. Me da pena aceptar.
―Ándele,
no tiene por qué apenarse, acéptelo como un regalo de amistad.
―Bueno
pues, deme dos boletos para la función de mañana. Y eso porque de veras me
gusta mucho el circo, pero no le prometo nada, primero voy a ver si mi mamá
quiere acompañarme y si no se enoja de que le haya aceptado a usted tan bonito
regalo.
―Me
pone muy contento que haya aceptado. Mañana voy a estar pendiente de verla en
la función; aquí entre usted y yo, quiero decirle que le voy a dedicar mi acto,
aunque no lo diga por el micrófono.
Cristina
no pudo responder nada, un escalofrío desconocido le recorrió el cuerpo y le
ruborizó el rostro. Tomó los boletos, se despidió con un gesto; se fue a su
casa procurando que la emoción no entorpeciera ni apresurara sus pasos.
Al
día siguiente asistió acompañada de su hermano menor. Oculto al fondo de la
carpa y ya vestido para la función, Rodrigo la miró desde su llegada. Le pidió
a uno de los mozos que los acomodara en una de las sillas reservadas al centro
de la pista y les ofreciera un refresco. Ella aceptó con sencillez y se dispuso
a disfrutar el espectáculo. No sería exagerado decir que Rodrigo desplegó esa
tarde el movimiento artístico mejor logrado de toda su carrera; no cabía duda
de que aquella tan joven mujer había conseguido conmoverlo.
Como
la joven tan bien educada que era, Cristina esperó a que los artistas salieran
de su precario camerino para ver salir a Rodrigo y agradecerle su generosa
invitación. El muchacho no pudo ocultar su alegría de verla de nuevo; ella
había tenido el cuidado de presentarse sola, le dijo a su hermano que se fuera
para la casa y que ella llegaría más tarde. De esa manera no tuvo inconveniente
en caminar un rato con él por todo el parque de la Deportiva José Vasconcelos.
Platicaron ya más relajados, tomaron una nieve y al final hasta caminaron
tomados de la mano con naturalidad. Ella le confió sus preocupaciones de los
recientes días, que al terminar la escuela no hallaba que hacer ni a dónde
dirigir su vida. Él le contó de sus viajes, de tantas ciudades donde había
estado y del vacío que se siente cuando no se tiene una casa a donde llegar. No
sintieron pasar el tiempo y parecía que había muchas cosas más que decirse,
pero llegó el hermanito de ella con el apuro de que su mamá ya la andaba
buscando. Se despidieron con la promesa de que al día siguiente seguirían
platicando.
*
―Mamá,
quiero decirte algo.
―No
me asustes, tú.
―No
se trata de nada malo. Como te dije hace unos días, ando saliendo con un
muchacho de los del circo.
―Pues
sí, y eso me tiene bien preocupada. Tienes que saber muy bien que esa gente no
es de fiar, andan de aquí para allá, muchos de ellos han de ser pero si bien
mañosos. Además, ese muchacho es muy grande para ti, él es un señor y tu eres
una niña, apenas acabas de salir de la escuela.
―Pues
sí, mamá, pero ya te he contado que me trata divino, se porta súper decente y
educado conmigo. Pero lo que tengo que decirte es otra cosa y no quiero que te
duela nadita.
―No
me digas que estás embarazada.
―Claro
que no, pues quién me crees; tú me conoces bien, tú me educaste. Y debes
confiar en mí siempre, sobre todo con lo que voy a decirte.
―Ay,
dime ya, no me tengas con el sucirio.
―Mañana
se va el circo. Y me voy a ir con Rodrigo.
―¡Pero
cómo se te ocurre, muchacha! Estás loca si crees que te voy a dejar ir con esa
gente.
―Rodrigo
y yo somos novios y queremos seguir juntos. Él va a juntar dinero para casarnos
dentro de un año o dos. Más bien los dos vamos a juntar, porque me consiguió
trabajo en la compañía, yo les voy a llevar las cuentas de todo, y me van a
pagar muy bien.
―Pues
claro que te va a pagar muy bien ese fulano, si te lleva de su querida.
―No,
mamá, estás muy equivocada; él me quiere mucho y me respeta, si no fuera así yo
no me atrevería a esa aventura tan grande. Por otro lado, yo no quiero quedarme
aquí para terminar de sirvienta o de operadora de la maquila. No quiero eso
para mí.
―Seguramente
crees que es más divertido terminar de cirquera, pero no sabes lo dura que es
esa vida, andar de aquí para allá durmiendo en casas de campaña y en hotelitos
de la orilla. Además, qué quieres que piense si te vas con un hombre. Te
prometió que se casará contigo, pero cuántos no dicen lo mismo para conseguir
lo que quieren y luego te dejan chiflando en la loma.
―Para
mí eso no es lo principal, mamá. Sí quiero mucho a Rodrigo, estamos enamorados
y tenemos planes. Pero lo que más me interesa es que tendré una vida distinta,
y no la que tendría si me quedo; tengo que arriesgarme a buscar otras cosas,
otros lugares.
―Estás
muy chica, Cristina, todavía no sabes que es lo que más te conviene en la vida.
―Déjame
ir, mamá. Te prometo que voy a cuidarme mucho y te escribiré de todos los
lugares a dónde vaya para que sepas que estoy bien.
*
Cristina
se fue con el circo. Durante año y medio fue muy feliz con Rodrigo. Juntos
reunieron una cantidad de dinero porque tuvieron buenas temporadas y los dos
eran muy dedicados. La vida itinerante es dura, sin embargo, se compensa con la
gran cantidad de sorpresas con las que amanece el día, cada lugar ofrece
maravillas distintas y la vitalidad de los cirqueros no puede compararse con
nada. Casi todos ellos eran buenas personas y existía una solidaridad que no
suele verse entre la gente sedentaria. Cristina y Rodrigo establecieron una
pareja muy alegre y feliz, dormían en el remolque de él, que era muy amplio, y
ella lo había arreglado muy bonito.
Además
de su trabajo llevando las cuentas del circo, Cristina aprendió algunas suertes
y creó su propio número de trapecista. Su belleza y su gracia le procuraron
éxito. Todo iba bien.
*
Un
día, muy de mañana, llegó al campamento un automóvil que venía de prisa. Era la
hermana de Rodrigo; venía a avisarle que su padre había muerto. En Acayucan,
Veracruz, el hombre tenía una plantación de vainilla en la que trabajó durante
cincuenta años, y labró una modesta fortuna. Rodrigo era el mayor. Su padre
nunca había aceptado su profesión de cirquero, le parecía oficio de vagabundos
y de gente con malas costumbres; por eso Rodrigo muy pocas veces visitaba la
casa, a pesar de los ruegos de su madre que todas las veces lo despedía
llorando y que siempre le demostró amor y respeto.
En
cuanto se fue su hermana, quien se hospedaría en un hotel del centro para
partir juntos al día siguiente, Rodrigo le contó a Cristina lo que había
sucedido, y lo que estaba por suceder. Ella conocía al detalle toda la
historia, sabía de las dificultades de su novio con su padre, de la forma en
que se manejaban los asuntos de la familia; sabía que su hermana estaba casada
con un buen hombre y que la madre sola no podría trabajar las tierras ni llevar
los asuntos de la labranza, los préstamos agropecuarios, la venta, y todo lo
que concernía al negocio. Era inevitable que Rodrigo tenía que establecerse
unos años, o para siempre.
Te
propongo que nos casemos y nos vayamos juntos a Acayucan, le dijo. Esperaba que
ella le diría de inmediato que sí, porque en todo habían estado siempre de
acuerdo. Cristina tuvo el impulso de hacer lo que él esperaba con tanta
naturalidad, pero le pidió un día para resolverle. Era la primera vez que
dudaba, sin embargo, esto parecía razonable, dado lo inesperado de la terrible
noticia y el cambio tan radical que se presentaba.
*
La
joven amaba profundamente a Rodrigo, lo admiraba como artista, compartía con él
la disciplina física y la vida austera que tenían juntos. No lo imaginaba en
una vida distinta donde ambos tuvieran que cumplir otro destino. Rodrigo era la
aventura permanente, la cotidianidad suya ocupaba todo el espacio de un país,
de otros países, la tierra de los dos era el aire del mundo sin límites ni
muros. Con muchos sacrificios habían conseguido juntos la prosperidad y la más
abierta libertad que pudiera imaginarse. Como se lo había dicho a su madre
desde el principio, ella no se fue al circo por un hombre, sino por una vida
que muy pocos podrían entender. Por fortuna entre esos pocos estaba Rodrigo,
así que, por mucho que habría de dolerle, tendría que comprenderla cuando al
día siguiente le dijera que no se casaría, que no lo seguiría a otra vida que
no fuera la que ahora consideraba su propia, su única forma de existir.

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