Por JChM
Como vivió muchos
años de alcoholismo intenso, Benjamín usaba su pasado como chantaje para ser
casi un inútil. Diez años antes, su familia lo había abandonado, luego de
aguantarlo con resignación largo tiempo, esperando que por fin cumpliera las
promesas de curársela, pagar los recibos, no desvelarse, conseguir empleo,
enderezar el rumbo.
A pesar de todo,
algunos haraganes tienen suerte: la hermana de Benjamín tenía una casa grande,
alma generosa y mente de ingeniera civil que funcionaba como relojito. Le
ofreció un techo confortable e independiente; pero como lo conocía bien, le
dijo:
―Aquí vas a vivir,
y no tienes que pagarme renta, solo paga los servicios de tu lado. También
tienes que buscar dónde comer, porque yo trabajo y no tengo tiempo de darte.
Hay manera de poner tu cocina o algo, a ver cómo le haces. Vamos a ser buenos
vecinos, ya verás, eres mi hermano y te quiero mucho.
Benjamín pudo
vencerse a sí mismo y vivió algunos meses con armonía, hasta con alguna modesta
felicidad. Consiguió empleo, pagó los mínimos gastos que le había encargado la
hermana y se inscribió en un comedor familiar que había en el barrio; cocinar,
ni pensarlo, era demasiado pedirle.
Pero cuando lo
corrieron del trabajo otra vez, por las causas de siempre, tuvo la precaución
de no decirle a su hermana. Esperaba que ella y su hijo salieran de la casa
grande para entrar con mucho cuidado, buscaba en la alacena cosas discretas qué
llevarse, latas, galletas; abría el refrigerador y vaciaba un poco de leche,
cortaba una rebanada de queso, algún aguacate. Acomodaba las cositas para
cubrir los huecos, que no se notaran.
Cuando regresaba a su cuarto le llegaba muy pesada la soledad, se sentía una cucaracha de la casa de junto cuyas antenas quizá detectan la alimentación y la buscan en los rincones, rogando al cielo que en ese momento no regresen los dueños y prendan la luz y lo miren, oscuro y tembloroso.

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