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lunes, 7 de abril de 2025

El mecenas Polo

 

Dibujo: Larissa C V


El mecenas Polo

 

Por Jesús Chávez Marín

 

En Chihuahua están los empresarios más miserables y en cambio se edifican las esculturas más buenotas dijo en 1990 mi examigo Topolobampo Aguirre, en una conferencia literaria, refiriéndose a Polo Mares y luego a las estatuas de La Diana Cazadora que está en la calle Mirador y La Adelita de la avenida Tecnológico.

Lo habían invitado a que hablara de su obra en la Quinta Gameros y leyera algunos de sus poemas en un festival de literatura. A pesar de su ingenua juventud, Topolobampo era en ese entonces el santón de las letras de la región y tenía muchos fans de los que leen poco, pero van a todos los cocteles culturales. Así que Topolobampo aprovechó el viaje para quejarse amargamente, que es el show que mejor le sale.

Ustedes, que son la inteligencia de esta ciudad le dijo a su audiencia, pues siempre acostumbra granjearse la voluntad del respetable público sabrán comprenderme de inmediato.

Resulta que dos semanas antes había tenido la pésima idea de pedir cita con el famoso ex abarrotero, y ahora socio de almacenes globales, para decirle que lo consideraba un prócer de la cultura, mecenas inmarcesible, y que por eso le concedía el honor de invitarlo a que financiara la publicación de su más reciente libro: una novela que hablaba de la grandeza chihuahuense, no sin cierta crítica a la sociedad actual, tan llena de complejos problemas.

―Cómo no, cuente con ello ―respondió el magnate, midiéndolo con la mirada, luego de la solemne alocución de Topolobampo.

―Muchas gracias, señor Mares. No solo se lo voy a agradecer yo sino la sociedad entera, pues la literatura y el arte, como usted muy bien lo sabe, son obra pública, como los puentes y el pavimento, tan necesarios para el alma colectiva de los pueblos.

Un tanto cuanto desconcertado por los repentinos conceptos del conspicuo escritor, el forzado mecenas agregó:

―Puede usted pasar mañana mismo a nuestras oficinas a recoger un cheque de mil pesos. Esa será mi contribución para la hechura de su libro, que estoy seguro será tan entretenido como todos los que usted escribe.

Topolobampo, quien un minuto antes ya había visto completa la película de sus ilusiones donde el libro salía de la imprenta con todo lujo y con vasto tiraje, no se esperaba este golpe de dados que le había dado su interlocutor: aquí tienes mil pesos, muchacho. Aunque no era muy rápido de mente, procuró que no se le movieran tantos músculos de la cara como ya se le habían movido sin control, lo cual resulta fatal no solo en el póquer sino también en los arduos negocios de la literatura. Alcanzó a agregar, aunque ya con el tono de voz un tanto disminuido y desafinado:

―Pero don Polo, la edición de mi obra cuesta setenta y tres mil pesos, precisamente aquí le traía el presupuesto.

―“Señor Mares”, para usted. Pues mire, yo creo es muy justa la cantidad con la que nuestra empresa está dispuesta a patrocinarlo; es muy buen inicio para que usted empiece a juntar la cantidad que necesita. No es poco ni es mucho, me parece una suma razonable de nuestra parte en el apoyo de las letras chihuahuenses.

Topolobampo no lo podía creer. Como se quedó mudo, el astuto empresario agregó:

―Pase mañana por el cheque. Solo voy a pedirle que me consiga un recibo deducible de impuestos, de alguna institución de cultura, o de alguna escuela de educación superior, por la cantidad asignada. Y me despido, buenas tardes, tengo que salir hoy mismo a nuestras oficinas de Ojinaga, me dio gusto verlo.

Topolobampo le dio la mano para despedirse, pues era un hombre bien educado, pero casi murmurando entre dientes un montón de rayadas de madre, literatura más bien demasiado costumbrista.

domingo, 16 de febrero de 2025

Escudo

 

Dibujo: Larissa C V

Escudo

 

Por Rafael Cárdenas Aldrete y Jesús Chávez Marín

 

Un cuervo en la espesura de la noche se desplazaba en silencio volando a poca altura. Había perseguido durante horas a una víbora pequeña que a la luz del atardecer lucía apetitosa. Pero era escurridiza, rápida y astuta: miraba con claridad las intenciones de su enemigo en el vuelo de la sombra proyectada en el valle. Escurridiza vino también la noche y entonces ninguna silueta se agitaba por el suelo porque ya todo era sombra. Desde el aire, escurridiza también, vino su muerte.

miércoles, 5 de febrero de 2025

Un zumbidito

 

Dibujo: Larissa C V

Un zumbidito

 

Por Rafael Cárdenas Aldrete y Jesús Chávez Marín

 

Laborio circulaba contento con su carro nuevo. Venía de la agencia donde había dejado sus ahorros en el pago inicial y activado un crédito bancario a cuatro años; un dineral, pero este precioso KIA Niro, SUV híbrido color azul profundo por supuesto que valía el montón de firmas que había desparramado al calce de todos los documentos que le pusieron enfrente.

Ágil demente a pesar de la edad, es decir, ágil ‘de mente’, conducía disfrutando el silencio del motor y el desplazamiento sedoso que tienen los carros bien construidos, aunque las calles de la ciudad sigan igual de irregulares desde el siglo pasado.

La desincronización de los semáforos lo detiene cada rato, y al llegar a los cruceros más congestionados, su gozosa calma desabrocha el cinturón de seguridad e inicia la marcha hacia la neurosis en la marea del tráfico. La impaciencia entonces se le encaja como nube de abejas directamente en los ojos, los oídos. En su jubilado cerebro vuelve a ser el profesor maltrecho por tantos años de lecciones repetidas, toneladas de exámenes revisados, aburridas academias, burocracia escolar, gritos, burlas de estudiantes malditos, y ahora los imbéciles que circulan copando dos carriles y el de la troca roja blindada de atrás que se le echa encima.

A Laborio no le gusta ladrar insultos ni sonar el claxon con rabia, pero la furia le hormiguea en la punta de los dedos y sube por los brazos hasta quedársele atorada en el pecho. Siente cómo se le anuda la garganta de coraje mientras el desgraciado tráfico se vuelve más denso. Baja la velocidad y circula a vuelta de rueda por la ineptitud del de adelante de ir lento en el carril de alta velocidad.

“Órale, viejo pendejo, dale” le gritan. “Hace calor”, piensa a gritos Laborio. Luego un escalofrío y el mareo se suman al enjambre. “Muévete, buey”, pasa el insulto al de adelante emitiendo apenas un zumbidito.

“Ya. Ya quiero llegar”. Acelera. Los 146 caballos de fuerza y las 5700 revoluciones por minuto del motor de su bella camioneta lo elevan por encima de los demás automóviles. “¡Claro, compré un híbrido!”. Vuela. Se desliza con una calma celestial, su ánimo se empieza a serenar. “¿Cómo no se me ocurrió antes?” Todos han quedado atrás. El enjambre deja poco a poco el panal.

sábado, 1 de febrero de 2025

Belén


 Dibujo: Larissa C V

Belén

 

Por Rafael Cárdenas Aldrete y Jesús Chávez Marín

 

La esposa de un amigo nuestro murió el 30 de noviembre. Fueron 23 años de vivir juntos. Lo visitamos. Su mujer había decorado la casa de Navidad, dejándola hermosa, como cada año, con el buen gusto y la alegría de un corazón vivaz. En ese decorado, el hombre parecía un árbol sombrío en medio de un vergel tintineante.

viernes, 31 de enero de 2025

Mientras leía la revista Siempre!

 

Dibujo: Larissa C V


Mientras leía la revista Siempre!

 

Por Rafael Cárdenas Aldrete y Jesús Chávez Marín

 

Afuera, el clásico caramelo giratorio, anuncio de peluquería antigua; dentro, el mobiliario dado al cuas y las revistas del año del caldo hubieran sido advertencia contundente, pero de todos modos entré cuando el viejo me dijo: "Pásele, joven", sin percatarse de que soy un alto y grueso cuarentón. De forma automática me comentó cosas del clima y del futbol para entonces preguntarme: "¿Cómo lo vamos a arreglar?" Con mi necia costumbre de hacerme el gracioso, contesté: "Déjame como para regresar en seis meses". Ese fue mi primer error. El segundo fue no mirar el otro aviso, ya de plano letal para mi cabello: armada con unas tijeras cascadas, su mano tenía la dureza y la volatilidad del evidente principio del Párkinson. Llegué a la oficina peinado con un estilo mezclado entre el general Patton y los hermanos Soler.

miércoles, 22 de enero de 2025

Tren de vida

 

Dibujo: Larissa C V

Tren de vida

 

Por Rafael Cárdenas Aldrete y Jesús Chávez Marín

 

Abelardo se levantó con ánimo para trabajar y se dio una vuelta al sindicato para ver si le tocaba turno; era estibador en el Ferrocarril Chihuahua al Pacífico. Llegó a la caseta y le dijeron que en la noche nada más habían llegado siete furgones cargados: cuatro de madera, dos de frijol y en el último venía un automóvil de lujo, el Jaguar de Miguel Alemán Magnani, quien seguramente llegaría en avión más tarde para darse un rol con su amigo y conocido compinche Lalo Guerrero.

Toño, el delegado del sindicato, sabía todo eso porque, además de ser el encargado de los turnos, era un vicioso de leer el periódico, que lo leía desde tempranito y de pe a pa… además de ser un chismoso de proporciones bíblicas —como ya sabes quién, que además se la pasa en la iglesia.

—Hoy no te toca turno, Velo. Estás castigado tres días porque la semana pasada te presentaste borracho, ¿qué no te acuerdas?

—Estás pendejo, yo nunca vengo borracho al jale. Dirás mariguano, eso sí. Yo tomo en las noches, buey.

—Pues yo no sé. Me cayó un oficio de arriba, de muy arriba. Y no te hagas, todo mundo sabe que eres un pinche bato malagradecido. Como con tu tía, la pobre, que la zurras toda cuando te trae un lonche que no te gusta, pendejo.

—Yo sé que no es por eso, Puñetas, no te hagas: me tienes tirria. No tragas que Olivia me haya preferido. Pero ya asimílalo, güé, ‘tás muy ruco para sus gustos —desde que Espinosa Paz se puso de moda, la raza acomoda donde puede el verbo “asimilar”.

—Pues mira, yo aquí no voy a discutir problemas personales. Hoy no tienes jale y te largas o les mando llamar a los celadores.

—Mira, mira. ¿Por qué no mejor tú y yo solitos nos damos un tiro para ya de una vez arreglar el asunto?

—Jajaja, pinche Abelardo. Madura, ¿crees que todavía estamos en la escuela o qué chingados? Mejor llégale, ya vinieron otros compañeros y tengo que asignarles tarjeta.

Velo se fue, aunque entripado, despacito y muy prudente para sus pulgas, porque vio que Toño ya les había hecho una seña a los guardias de la estación —y tomando aire y entonando la canción de Luis Pérez Meza, se dirige con gran sentimiento hacia la cantina, se fue a emborrachar

Para su mala suerte, le tocó ser víctima fatal del horario: las cantinas abren al mediodía, por ley, y apenas eran las siete y media de la mañana. Fue entonces que tuvo la idea más fatal de su existencia. Como era ya casi un vagabundo, luego de que abandonó a Olivia y a Abelardito, bien pequeño entonces, nomás dos años, para dedicarse a la vida licenciosa de bailes, encerronas, vicios y así, pues, la verdad, fuera del trabajo tenía todo el tiempo libre del mundo y lo dedicaba exclusivamente a ser poquito menos que un hijo de la chingada… y a viajar todo lo que podía, sin gastar mucho dinero, porque además no vivía en la abundancia. Con levantar el dedo ya había visitado toda la república, en plan de polizón y de mochilero.

Ese día le tocó la puerta muy temprano a Lencho, el que vendía sotol clandestino; lo traía en su carro desde Coyame en latas de veinte litros, recogía botellas de la basura, contrataba por cinco pesos a Luisito para que las lavara y las dejara relucientes, embotellaba el licor y lo vendía a precios muy populares: todos los señores de la colonia Dale y sus alrededores presumen el mote de clientes frecuentes.

—¡Ay, no chingues, Velo!, es muy temprano hasta para que salga el sol.

—Dispensa, bato, es que voy a salir fuera, y necesito un poco de combustible. Fíame dos botellas chicas; el sábado te las pago.

—Está bueno, pero acuérdate que me debes una del mes pasado. ¿Me vas a pagar las tres juntas?

—No pierdas cuidado, el sábado nos ponemos a mano.

—Este sotol está buenísimo, es del puro corazoncito del agave; ya lo probé y está de poquísima madre.

Media hora después, Abelardo se trepó en el vagón de plataforma del tren carguero de las nueve de la mañana, donde iba fletado un cargamento de automóviles Datsun rumbo a Topolobampo. Se acomodó muy a gusto debajo de uno de ellos —como iban sellados, no se pudo hacer madriguera en ninguno de ellos, por más que le hizo la lucha.

Tenía pensado llegar al puerto ese mismo día, pasadita la media noche, buscar alojamiento y a la mañana siguiente irse de rait hasta Mazatlán, donde tenía unas incondicionales que siempre lo recibían muy contentas, porque sabían que cuando llegaba él, llegaba la fiesta.

Se quedó dormido y despertó dos horas después, cuando el tren iba pasando por Babonoyaba. Se levantó con la dificultad que impone el haberse tomado una de las dos botellas fiadas. Era un licor delicioso, con un sabor que engorda la lengua y de un aroma que alfiletea la nariz, y fuerte, tanto, que cualquier otro cabrón con dos tragos hubiera tenido para irse de boca, pero no Abelardo, quien es un pelado recio y seco, curtido por el alcohol. Como tiene ganas de orinar, se acerca al extremo de la plataforma, donde suenan muy fuertes los acoples de los vagones —y allí fue donde pasó lo que pasó.

Llega a la orilla con la botella en la mano y los reflejos adormecidos; se entrampa con una cuerda que está allí, tirada. Cae al vacío en la juntura norte del carro. En un segundo el alcohol se evapora y todo se ilumina. En el tercer segundo de su caída se da cuenta del grado de mutilación con el que vivirá el resto de su vida: sin fiesta, sin pisto, abandonado por sus amigos, mal atendido por sus cansados padres. El sotol le amarga la lengua y el ánimo. Para el segundo cuatro se imagina disculpándose con su jefe… ¡más que jefe, amigo! Llora también por sus amigas de Sinaloa, por la pierna que seguramente se le amputará y que no se volverá a mojar con Marina en el mar. Se despide mentalmente de todas sus aventuras. Pasados cinco segundos, la adrenalina lo hace pensar vitalmente y mete la mano, con todo y botella, para protegerse del golpe. Al siguiente segundo, la guillotina de la rápida rueda del ferrocarril le corta el brazo; adiós botella, esclava con baño de oro y argolla matrimonial —que aún usa de quita-pon cuando sale de ligue.

Daba tumbos entre las trancas de la bestia por la embestida, cuando siente un fuerte pellizco que le extirpa algo más que la pasión en sus costillas, dejándolo solo y sin amor.

Han pasado siete segundos y las pesadas cuchillas de acero del ferrocarril siguen machacando rítmicamente sus carnes hasta que el tren termina de pasarle por encima y fue a parar en medio de los rieles, en un lecho de durmientes, donde lo encontrarían días después, cercenadas sus piernas, cortados sus brazos y con los ojos bien abiertos implorando al cielo por un milagro…

Velo, espantado aún con la visión que acababa de regalarle el cielo, se despega la botella de la boca y se da cuenta de la cuerda y de que tropezar resultaría fatal. ¡Es otra oportunidad: está salvado! Celebraba, pero pasados los ocho segundos en que terminó de vaciarse la sangre de su cabeza, único miembro que perdió en verdad, murió. Lo sé porque yo levanté la cabeza una semana después, y el bato tenía los ojos bien abiertotes mirando pa’rriba, y enseñando toda la mazorca, feliz, como si se hubiera sacado la lotería.

martes, 21 de enero de 2025

El entuerto

 

Dibujo: Larissa C V

El entuerto

 

Por Rafael Cárdenas Aldrete y Jesús Chávez Marín

 

Miguel Cervantes era un apasionado de la lectura. Leer era su compañía, su placer, y por eso su ortografía llegó a lucir perfecta. Esto último resultaba indispensable para él porque también era, después de todo, un escritor: “Rótulos Cervantes”. Al principio le parecían inocentes y simpáticas las solicitudes de sus clientes, que con letras mal garabateadas y pésima ortografía le traían en papelitos sus necesidades publicitarias. Pero al final todo eso vino a calar en su lado justiciero, haciéndolo muy bilioso y necio con la ortografía de los demás. Se enojaba en forma con los clientes que llegaban con palabras o frases escritas como “Mudansas”, “Toque el tinbre” o “Se proive”, encorajinándose hasta ponerse amarillo. Para enderezar el entuerto y según él para darles una lección cuando la gente se burlara de ellos, empezó a sacar los anuncios tal cual, con la pésima ortografía de los papeles en que los llevaban escritos. Pronto la gente empezó a ver vehículos diciendo “Bidrios y Biseles” y negocios donde “Se istalan autoesterios”. No tardaron en preguntar: “¿Quién rotuló tu camión?”, “¿Quién pintó tu barda?”.

―¿Me preguntas porque quieres que te lo recomiende?

―No, más bien para no ir con él, ¡tiene muy mala ortografía!

El negocio se vino a pique hasta casi quebrar, y probablemente así hubiera sido de no ser por la llegada de la computación y la rotulación digital, transigiendo la mala ortografía, poniéndola en voga…