domingo, 2 de marzo de 2025
El parque
El parque
Por Rafael Cárdenas Aldrete
y Jesús Chávez Marín
El día de su muerte, Avelino salió temprano de su casa, como siempre.
Hizo a pie su recorrido por las calles del Centro, desde su pequeña casa donde
vivía solo desde hacía quince años. Alguno de sus dos hijos le llamaba a veces
a esa hora para saber cómo estaba, o simplemente para el ritual de los buenos
días, por eso cargaba siempre su teléfono celular en una bolsa del saco.
Todavía hace algunos años escribía muchos mensajes, pero ya no, la vista no lo
ayudaba; tampoco las palabras, pues se le habían ido haciendo secas y escasas.
Desayunó con calma en una de las fondas que frecuentaba, allí mismo estaba El
Heraldo y le dio su buena repasada, revolviendo las hojas. Su vida era
apacible, sin sobresaltos ni esperanzas, cumpliendo sin aspavientos la condena
de su soledad, a la que aún le costaba resignarse.
Dos horas después, fue a sentarse en la misma banca de siempre, en la
plaza frente a la Catedral. Los que pasan de prisa nunca se fijan en un viejo
que permanece inmóvil mientras el tiempo exige el ritmo de todos; quienes
trabajan en las inmediaciones del lugar apenas si lo intuyen como parte del
paisaje: otro árbol viejo cuyas hojas secas se desprenden como pensamientos
estacionales.
Avelino ese día, sin habérselo propuesto, sin moverse, empezó a darle vuelo a los recuerdos. Después de una dicha efímera se le cruzó una angustia de olvido, un alud de soledad, una punzada insufrible de pasado no resuelto, un dolor hueco de ramas crujiendo en su pecho y también un temor puntiagudo que lo doblega poco a poco, hasta paralizarlo por la tensión de morir como un viejo elefante en una pradera ajena, en un parque público del Centro.
viernes, 21 de febrero de 2025
Madame Clochard
Madame Clochard
Por Rafael Cárdenas Aldrete
y Jesús Chávez Marín
Ella guardaba las cosas y siempre recordaba dónde. Su esposo la quería mucho, según decía él; los niños jugaban a la casita sin miedo. En ese tiempo ella alzaba la mirada, unos grandes ojos caninos donde enterraba ese paraíso. Una de esas veces en que el dueño del hogar llegó perdido de borracho, vio que esos ojos indagarían hasta desenterrar lo que él creía tapiado en el secreto. “¡Ramera! ¡Eres una ramera!” Pasó durante meses toda una vida de golpes e insultos hasta que no pudo más. Tuvo que huir para protegerse, en cuerpo y mente, y para salvarse de una muerte estadística. Malvivió en un puente del Ferrocarril Chihuahua al Pacífico hasta que, como Dios le dio a entender, construyó en el derecho de vía una cabaña mínima. Allá la volví a ver, en otra ciudad. Luego de tantos años ella, mi amor, no me reconoció: “Hola, guapo... ¿Tienes un cigarro?” No traía, pero le dije que iría al Oxxo a traerle uno. Volví pateando memorias de nuestro pasado hasta la casita de madera y cartón. Al oír mis pasos salió, encorvada por el dintel tan bajo de su puerta. Levantando apenas su vista, volvió a decirme: “Hola, guapo... ¿Tienes un cigarro?” No me reconoció tampoco en el presente inmediato. Tampoco todas las veces que regresé a verla.
domingo, 16 de febrero de 2025
Escudo
Escudo
Por Rafael Cárdenas Aldrete
y Jesús Chávez Marín
Un cuervo en la espesura de la noche se desplazaba en silencio volando a poca altura. Había perseguido durante horas a una víbora pequeña que a la luz del atardecer lucía apetitosa. Pero era escurridiza, rápida y astuta: miraba con claridad las intenciones de su enemigo en el vuelo de la sombra proyectada en el valle. Escurridiza vino también la noche y entonces ninguna silueta se agitaba por el suelo porque ya todo era sombra. Desde el aire, escurridiza también, vino su muerte.
miércoles, 5 de febrero de 2025
Un zumbidito
Un zumbidito
Por Rafael Cárdenas Aldrete
y Jesús Chávez Marín
Laborio circulaba contento con su carro nuevo. Venía de la agencia donde
había dejado sus ahorros en el pago inicial y activado un crédito bancario a
cuatro años; un dineral, pero este precioso KIA Niro, SUV híbrido color azul
profundo por supuesto que valía el montón de firmas que había desparramado al
calce de todos los documentos que le pusieron enfrente.
Ágil demente a pesar
de la edad, es decir, ágil ‘de mente’, conducía disfrutando el silencio del
motor y el desplazamiento sedoso que tienen los carros bien construidos, aunque
las calles de la ciudad sigan igual de irregulares desde el siglo pasado.
La desincronización de
los semáforos lo detiene cada rato, y al llegar a los cruceros más
congestionados, su gozosa calma desabrocha el cinturón de seguridad e inicia la
marcha hacia la neurosis en la marea del tráfico. La impaciencia entonces se le
encaja como nube de abejas directamente en los ojos, los oídos. En su jubilado
cerebro vuelve a ser el profesor maltrecho por tantos años de lecciones
repetidas, toneladas de exámenes revisados, aburridas academias, burocracia
escolar, gritos, burlas de estudiantes malditos, y ahora los imbéciles que
circulan copando dos carriles y el de la troca roja blindada de atrás que se le
echa encima.
A Laborio no le gusta
ladrar insultos ni sonar el claxon con rabia, pero la furia le hormiguea en la
punta de los dedos y sube por los brazos hasta quedársele atorada en el pecho.
Siente cómo se le anuda la garganta de coraje mientras el desgraciado tráfico
se vuelve más denso. Baja la velocidad y circula a vuelta de rueda por la
ineptitud del de adelante de ir lento en el carril de alta velocidad.
“Órale, viejo pendejo,
dale” le gritan. “Hace calor”, piensa a gritos Laborio. Luego un escalofrío y
el mareo se suman al enjambre. “Muévete, buey”, pasa el insulto al de adelante
emitiendo apenas un zumbidito.
“Ya. Ya quiero llegar”. Acelera. Los 146 caballos de fuerza y las 5700 revoluciones por minuto del motor de su bella camioneta lo elevan por encima de los demás automóviles. “¡Claro, compré un híbrido!”. Vuela. Se desliza con una calma celestial, su ánimo se empieza a serenar. “¿Cómo no se me ocurrió antes?” Todos han quedado atrás. El enjambre deja poco a poco el panal.
sábado, 1 de febrero de 2025
Belén
Belén
Por Rafael Cárdenas Aldrete y Jesús Chávez Marín
La esposa de un amigo nuestro murió el 30 de noviembre. Fueron 23 años de vivir juntos. Lo visitamos. Su mujer había decorado la casa de Navidad, dejándola hermosa, como cada año, con el buen gusto y la alegría de un corazón vivaz. En ese decorado, el hombre parecía un árbol sombrío en medio de un vergel tintineante.
Embalsamador embalsamado
Embalsamador
embalsamado
Por Alejandra
Hernández Figueroa
Se
detuvo el aire, estoy lleno de ruido hecho polvo, los ojos opacos miran la
nada. Siento frío cuando unas manos con guantes tocan mi cuerpo.
Reposo en la plancha helada, tengo el rigor
mortis, oigo el ruido del ventilador y las manos engomadas empiezan a lavar
mi cuerpo con germicidas, sustancias muy frías. Estoy temblando. Este
procedimiento yo lo hacía, pero no sabía que helarse se sintiera. Me limpian
nariz y boca, me colocan algodones en las cavidades para evitar escurrimiento
de fluidos. Me suturan la boca.
Siento ahogarme, no puedo gritar. Me “fijan
los rasgos”, o sea, me cierran los ojos y la boca. No puedo ver, tampoco murmurar.
Empiezan a tocar mi ombligo, me hacen una incisión en el plexo solar. Me duele.
Nunca pensé que hubiera tanto dolor. Si lo hubiera sabido antes. habría sido
más delicado con los que atendí.
Me vacían la sangre con una bomba. Aspiran para
que los gases y fluidos del abdomen y de la zona pectoral sean remplazados por
soluciones de embalsamamiento. Utilizan un trocar para inyectar en el
cuerpo un líquido compuesto con varias sustancias y tinta para que no esté
descolorido y me dé un tono vivo a la piel. Siento que me muero del dolor y no
puedo gritar. El drenado me llena el cuerpo. Me cosen la incisión
sin ponerme anestesia, pensarán que para qué, si ya soy un muerto.
Luego me maquillan. Eso me da más coraje, me
ponen ridículo. Se les dificulta vestirme con el traje negro con el que me casé.
Solo el saco. Lo cortan por la espalda, me quedaba chico. Me peinan y
supuestamente me ponen muy guapo.
¿Qué hacer con los recuerdos? Siento algo
adentro, en torno a todo lo que fui. Es un sabor a ceniza, infalible muestra de
carroña.
Meten mi cuerpo al ataúd. Mi cabeza reposa en
una caja acojinada. Oigo voces, rezos, lloriqueos. Percibo el olor de las
flores destinadas a morir en el aire de la muerte.
¿Por qué siento, huelo, pienso? ¿Por qué estoy
paralizado?
¿Cuántos cuerpos pasaron por mis manos?
El primero fue un anciano desdentado,
le puse un postizo y pañal porque se orinaba mucho y pensé que podría inundar
la caja. No dormí varias noches, después no recuerdo cuantos cuerpos fueron. Tantos
que me acostumbré al olor de la muerte.
Los niños y los suicidas jóvenes nunca dejaron
de impactarme con tanta vida por delante; los accidentados y los asesinados que
morían con la sangre espantada me daban mucha angustia, para maquillarlos
tenía que quitarles la cara de susto, y eso tiene su gracia.
También pasarles el drenado es
complicado, hay que darles masaje en cuerpo y extremidades para que fluya.
Se batalla mucho con quienes no se querían
ir, aferrados a sus bienes materiales; a esos tienes que darles mucho
masaje y consolarlos para que se vayan tranquilos
Exhumar es otro asunto. Se tienen que contar los
huesos, que no falte ninguno. A veces encontraba entre la tierra falanges
descarnados con anillos, tantos que me dio por coleccionarlos. Ya no eran de
ellos, sino míos.
El olor a formol se me impregnaba por varios
días.
A veces oía la camilla ambulatoria
atravesar desde la entrada de la funeraria y pararse junto a la plancha, se
ha acostumbrado a tanto ir y venir, a transportar cadáveres, que se le
ha hecho costumbre y muchas de las veces me engaña porque viene
vacía como si trajera un cuerpo, pero era nada más un suspiro.
Siento frío
y no sé qué ponerme por dentro de la muerte ¿qué pedazo de tierra será el mío?
¿Por
qué no pregunté? Tanto he tratado con ella. Desde que nacemos, su sombra camina
a nuestro lado. Trato de gritar y no puedo emitir sonido, a través del cristal
veo desfilar un sinnúmero de curiosos, algunos lloran y otros dicen: era tan
buen, pobrecito.
Me trasladan a la iglesia, escucho rezos y
lloriqueos. Pero, mmmh, ¿qué hacer con los recuerdos? Todo lo que fui. En los
labios siento el bocado de ceniza, esa infalible muestra de carroña y solamente
mi espantada alma me guía y me acompaña al más allá.
Olfateo flores destinadas a marchitarse en el
aire de la muerte. Me llevan en una carroza, un desfile de conocidos y
familiares sigue el cortejo.
Al fin veo dónde voy a quedar, en un pequeño
espacio del panteón está hecha la fosa, me bajan cuidadosamente con cuerdas
para colocarme en el fondo, después escucho el ruido de paladas y paladas de
cemento, después me vacían la tierra hasta que me voy. Siento que me muero.
Alejandra Hernández Figueroa estudió en el Colegio Palmore y en Community College. Escribió y publicó los libros Tiempos de viento y humo cuentos, Hojasen poemas e Hilvanando cuentos. Publica habitualmente en revistas jurídicas y literarias.






