lunes, 24 de noviembre de 2014

Mi bruja light


Mi bruja light

 

  Por Jesús Chávez Marín



Cuando te comparo, mi reina santa, con algunas de las mujeres que me he topado desde que me mandaste a volar, tú vendrías a resultar una bruja de lo más light.

Es cierto que eras levemente alcohólica y pisteabas como albañila con tus amigas de los viernes. Pero no sabes las cantidades industriales de tequila que se meten algunas de mis nuevas amigas; como pelonas de hospicio recién liberadas de la cárcel conyugal por divorcio, viudez o abandono, algunas damas tragan licores de manera insensata y una que otra se disuelve literalmente en mis brazos hasta quedar allí tiradas, sucias y blandas, a veces confundidas en su propio vértigo.

Para mí no hay problema, me concreto a bañarme, vestirme y salir de allí para siempre: de sus recámaras, sus oficinas o del motel en turno que haya sido el refugio para el encuentro amoroso, el último que conmigo habrá de tocarles a esas borrachas perdidas.

Otras son más celosas que tú, y ya sabes que esto es mucho decir: no se miden para sus reclamos ni respetan mis papeles, buscan huellas en mis camisas y revisan con lupa mi agenda, sobre todo el directorio: cada nombre femenino les parece sospechoso, las llamadas de mi teléfono son pruebas contundentes.

Debo reconocer a tu favor que siempre respetaste la intimidad de mi oficina y hasta saludabas con respeto y claridad a mis compañeras de trabajo.

También hay otras, dulce mujer antiguamente mía, que están más neuróticas que tú, la histeria las mantiene oscilando entre la amargura del pasado y el miedo al futuro. Quieren que les firme papeles de registro civil, atraparme en redes legales y yo les digo:

Mira, preciosa, para serte franco ya me casé una vez. Y a pesar de que lo intenté veintitrés años, mi matrimonio fue un acto que terminó en intercambio de rencores. No manchemos este amor libre que tan a gusto nos mantiene relajados y muertos de risa, ¿para qué quieres un marido?, tuviste uno y ya se te murió, ya viviste casada y te divorciaste, o ya pasaron los años y tuviste la precaución de no embarcarte en un matrimonio al que intuías como amenaza: te has salvado a ti misma de esa acechanza, para qué quieres entonces que firmemos esa acta civil tan peligrosa llamada contrato y apadrinada por Melchor Ocampo. Así estamos bien.

Por eso a veces me pregunto, ex esposa querida, ¿no seré yo el que está equivocado; llegaré a ser egoísta de tan pragmático o acaso mi lógica no embona con las ideas y prejuicios de mis amigas con derecho de piso?


Bueno, mi reina, ya con esta me despido. Espero que esta dulce misiva no te parezca un tanto cuanto cínica, no podría soportarlo. En todo caso te pido por favor de la manera más atenta que la borres de tu correo electrónico. Ni se te ocurra otra vez imprimirla y leérsela a tus amigas: prototipos, ellas sí, de las más peligrosas brujas de la ciudad. Un beso.



Chávez escribe en los siguiente sitios:
http://issuu.com/luiscarlossalcido

lunes, 17 de noviembre de 2014

Agustina Mendoza

Una tarde con mi abuelita   

Por Jesús Chávez Marín

Desde que algunos apaches son ricos porque pusieron casinos en Nuevo México y les fue muy bien con eso y con otras empresas, unos fulanos de la ciudad de Chihuahua se alcanzaron la puntada de que ellos también ya eran apaches desde que nacieron, según esto sus madres y abuelos anduvieron en las llanuras cabalgando.
Esta ocurrencia me hizo acordarme de mi abuelita Agustina, que vendía dulces en su casa de la calle 46. Era mi abuela paterna. Tenía personalidad recia, a pesar de que era muy religiosa.

Chumel mi primo y yo, cuando íbamos a explorar al llano y subíamos hasta arriba del cerro Grande, pizcábamos tecomblates entre gatuños y madroños, y los recogíamos en una botella muy limpia.
—Dios les ha de ayudar, muchachitos de mi corazón —nos decía mi abuelita cuando íbamos a visitarla y le convidábamos de los tecomblates, su fruta preferida.
Ella sí era apache de pura cepa. Un día nos enseñó unas fotografías de juventud e infancia: era prieta como ella sola, tenía una que otra cana en su pelo negro azabache. Vivió allá por el lado de Babonoyaba, en ese lugar la conoció mi abuelo Víctor, un joven minero que sacaba cuarzos aguamarina en los cerros de santa Eulalia. Él tenía un carretón de mulas, acarreaba leña, metales, joyas, maíz y frijol; ese carro también fue transporte preferido por las profesoras de la sierra, porque Víctor era dicharachero y galante, además de rubio ojos azules, descendiente de los rebeldes de Tomóchic.
De la pareja, el primero que se enamoró fue Víctor en cuanto vio por vez primera a la señorita aquella tan fuerte, inteligente y curvilínea; lo mismo en el vergel del río perfumado de jarillas que en los retratos de ella y sus hermanas que mi abuelita nos enseñaba con orgullo.
Me gustaron aquellas fotos, pero cometí el error de preguntarle:
—Oiga, abuelita, ¿quiénes son esas indias que están recargadas en la carreta de mi abuelo.
Agustina Mendoza, de sonrisa casi siempre dulce y franca, hizo un gesto de los mil demonios.
—Preste acá, muchacho malcriado.
Se enojó mucho y ya no volvió a dirigirnos la palabra en todo el santo día.
“Cómo que indias”, ha de haber pensado.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Ruth

[Foto de Lorena Isela Chávez Soto].





Algunos secretos placeres


Por Jesús Chávez Marín


A los 22 años Ruth era pasante de ingeniería industrial, había tenido su primera experiencia laboral como residente en la Coca Cola y ahora ya era nada menos que jefa de logística en TRW; se disponía a tener un futuro brillante. Ya tenía cinco años de trabajo duro y ahora llegaba la recompensa, ese nuevo puesto le trajo dinero y un poco de tiempo más ligero.

Estaba recién divorciada y aún su corazón andaba en pleno duelo; hasta con la más estúpida canción de ardidos le calaban los seis meses de esa muerte chiquita que se llama ruptura sentimental. Para entretener los insomnios despechados, empezó a navegar en las redes sociales de parejas, donde virtualmente hay un mar de hombres disponibles a casarse de inmediato, o a lo que sea, según lo anuncian sus comunicados. Así conoció a Alain, un francés muy fotogénico. A pesar de sus esfuerzos y medias luces, parecía del doble de su edad; pero aun así, Ruth lo encontraba atractivo, muy correcto e intelectual.

Todo empezó con mensajes esporádicos de WhatsApp: “Qué buena foto”, “Te ves muy bien”, “Cada vez me gustas más”. Mensajes que le producían excitación, y que respondía simplemente con un: “Gracias”.

Un domingo por la tarde, Alain le preguntó mil cosas, quería saber más de ella: que si salía mucho a la playa, que le encantaban las fotos en vestido de baño y muchas otras cositas. La conversación fue tan amena que rápidamente surgió la química y ella no lo podía creer, ¡estaba hablando con su amor virtual!

A las pocas semanas, la conversación terminó con la clásica propuesta de verse por cámara. Antes, Ruth se había reído toda la vida cuando le contaban de mujeres que conocieron novios de Internet; sesiones ante computadoras con ojos electrónicos; desnudos tremendos, masturbaciones delirantes y el chat con miles de cuadritos de intercambio.

En su nueva libertad también comenzaba a disfrutar estos placeres, que al principio le parecieron raros y que ahora los miraba sencillos, último refugio de los hombres complicados.

Ella era siempre ha sido mujer de acción, no contemplativa de pantalla como otras. Aunque andaba algo enamorada de Alain, por sus palabras que “sonaban” sinceras, elegantes, discretamente poéticas, pero sobre todo tiernas, no sentía que tuviera por qué entregar nuevamente el corazón.

Sin embargo, había una moneda en el aire y, pues, a ver qué señalaba la suerte.

Así, en cuanto pudo gestionar las primeras vacaciones de ejecutiva Golden, decidió hacer catarsis, ponerse delante de sus deseos y enseñar a los muertos de su armario lo que era la plena libertad.

Alain ya había insistido en conocerse y esta vez ella tomó la gran decisión, hizo su maleta para dirigirse a Francia. Sabía que él era casado, pero por las vacaciones, su esposa y los hijos andaban de viaje, él quedaría solo.

Al llegar al destino, él la recogió en el aeropuerto y la llevó a una casa lujosa y cómoda.

En cuanto se instaló, en una recámara que le tenía preparada, él se puso a cocinar crispetas, le sirvió una copa de coñac delicioso que la hizo sentir tranquila, como si se conocieran de toda la vida.

―Prueba estos chocolates. Gracias por estar aquí ―decía con untado cariño. No hallaba dónde ponerla, se veía algo nervioso.

Escuchaban música, bailaron a la mitad de la sala, luego entraron a la recámara principal; al poco rato ya estaban acostados, cubiertos con una sábana muy fina color de vino tinto. Comenzaron a charlar y se fue serenando la tensión; le dijo que todas sus fotos del feis las tenía guardadas, que le parecía la mujer más hermosa. Luego de esa declaración, la besó. Ella, con el corazón a mil, respondió con delicia. Hicieron el amor, noche nupcial.

Al día siguiente Ruth tenía una cara de felicidad resplandeciente, y aunque sabía que todo este asunto era arriesgado, no podía dejar de sentir, no se le borraba del cuerpo la elasticidad del gozo. En el paseo, andaba encantada con él, sus atenciones, madurez, la sonrisa y hasta sus canas, todo le atraía.

Por la tarde él llegó de la oficina y la saludó muy tierno, le dijo que estaba maravillado de tenerla, y que otra vez quería estar con ella, y claro, Ruth fascinada.

Los días pasaron y crecía el caudal de ese río, miradas, sonrisas, besos interminables. Les producía un placer muy alegre hablar de sus encuentros sexuales, también platicaban de sus vidas personales, aunque no se tocaba el tema del por qué estaba él engañando a su esposa; sabían lo que estaban haciendo y que moralmente eso tenía sus bemoles, pero el fuego, la química y la empatía que había entre Ruth y Alain era mayor que todo eso.

Volando pasan los días en el paraíso terrenal.

La esposa de Alain estaba por volver y ella seguiría su viaje hacia Praga, era su siguiente destino de vacaciones y le quedaban diez días de lujosa libertad. La tarde anterior a la despedida hicieron el amor tres horas, no querían deslazarse de aquellas acciones físicas y espirituales que ya eran un ritual de palabras, caricias y humedad placentera.

Ella le dijo:

―Ven conmigo a Praga, no quiero separarme de ti. Ni perderte nunca.

―Pero, mi cielo, ¿y mi trabajo? La familia, mis hijos, ¿de veras me estás pidiendo que deje todo?

―Mira, por lo pronto viaja conmigo a Praga. Luego veremos qué pasa.

―No creo poder despegarme de la empresa, hay asuntos que requieren mi presencia. Y delegarle el trabajo a alguien, como que no me gusta esa idea. De veras lo siento, por ahora eso es imposible.

―Sí... ya lo sé. Pero entonces todas las palabras que me dices, que soy un milagro en tu vida, que nunca habías experimentado tanto placer como conmigo, ¿todo eso no cuenta?

Alain tuvo que reconocer que había dicho en repetidas ocasiones todas esas palabras y muchas otras, y que ahora la realidad lo reclamaba.

No le quedaba claro cuál realidad pudiera ser: Su estabilidad económica y familiar. O aquella mujer joven y hermosa de la cual ya se había enamorado perdidamente y quizá fuera el amor, el verdadero, el que había imaginado siempre desde joven y que nunca se había dado antes.

Así lo pensaba con la pasión de aquellos días, a pesar de la armonía conyugal, de su vida tranquila y estable.

Para qué se hacían ilusiones; en el fondo ambos sabían que su amor no tenía futuro. Aun así, querían intentarlo todo.

Alain acordó una última cita, la invitó al cumpleaños de uno de sus socios. Llegó ella muy orgullosa del brazo de Alain, los ojos del socio se clavaron en el escote de su espalda que se ceñía y dibujaba un cuerpo hermoso, cincelado por el yoga. Ruth noto cómo su mirada la atravesaba, al quedar frente a él para felicitarlo pudo comprobar que un intenso brillo perverso afloraba en los ojos. Alain la presentó como su prima, para no levantar sospechas.

―Ven, linda, voy a presentarte con otros amigos.

Eran los típicos hombres de negocios, adinerados y ególatras. Alain no era así, él veía más allá de la pelusilla de su ombligo.

La reunión era un éxito, aunque agotadora, y no tenía para cuando terminar; Ruth ya estaba muy fastidiada, pues durante toda la noche no había podido acercarse amorosamente a Alain.

A las cinco de la madrugada, un agitado y ebrio cumpleañero se acercó tambaleante a Ruth, con un vaso de whisky en la mano.

―Hola, bella, te veo un poco cansada. Qué te parece si… me acompañas a mi alcoba. ¿Subimos?

Bastó con ofrecerle su mano para que en cuestión de minutos estuvieran en una suite majestuosa.

―Hoy has sido la atracción y el recreo para la vista, tanto de hombres como de mujeres. Sabía que no me equivocaba contigo, eres muy hermosa, mi socio tiene una prima espectacular.

―Me alegra oírte decir eso, es difícil estar a tu altura ―se sinceró Ruth.

Él iba poniendo besos en su espalda, allí donde la tela no cubría la piel.

―Siempre estarás a la altura, reina.

Entraron a la alcoba en plena acción, los dedos del hombre recorrieron su cintura y su boca devoraba la zona entre el cuello y el hombro, mientras dejaba caer el vestido de raso negro. Dio media vuelta para enfrentar su mirada.

Tenía los ojos de par en par, la boca entreabierta como si no pudiese respirar. Había acertado y eso a él le gusta. Su mirada parecía hacerle un scanner completo y podía sentir cómo se humedecía al saberse tan observada. Adoró esa mirada suya, entre arrebatada y tierna, hambrienta y dulce.

Ruth se acercó a él contoneando las caderas despacio, lento, estudiando cada gesto. Él la tomó por la cintura de manera posesiva.

―Adoro tenerte así, solo para mí ―susurró, acercándose a su boca.

―Soy toda tuya. ―Sabía que eso no debería decirlo, pero su lengua fue más rápida que el cerebro.

Su virilidad abultada en el pantalón del traje hecho a la medida. Un gemido escapó de su garganta cuando metió la mano dentro del pantalón y lo acarició por encima del bóxer.

―Mmmh, excelente ―musitó, excitadísima.

―Llevo así toda la noche por ti, no sabía como disimular ―sonrió él.

Las yemas de los dedos rozaron sus mejillas, el cuello, la clavícula, los hombros, y dibujaron el contorno de su silueta hasta llegar a las nalgas; se aferró a ellas con ambas manos y se estremeció ante ese contacto delicioso.

Fue empujándola hasta la cama, la tendió en ella, separó sus piernas y se acomodó en el interior de sus muslos.

―Lo siento, contigo no puedo tener paciencia ―se excusó.

Ruth estalló, llena de gozo.

Poco tiempo después, un sentimiento de culpa la invadió. Justo en eso, vio que Alain entraba.

La miro con asombro, sus palabras la tomaron desprevenida.

―Yo comenzaba a sentir un gran amor por ti, estaba decidido a dejar mi esposa, mis hijos. Pero ya veo que estás dispuesta a entregarte a cualquiera que te lo pida.

Eso para Ruth fue una auténtica bomba.

―Y ahora mismo te me vas a la chingada―dijo Alain.

―Por supuesto que me voy, pues qué esperabas ―casi gritó Ruth―, en cuanto recoja mi maleta de tu casa me largo a un hotel. Y ni se te ocurra llamarme nuca, infeliz.

Se vistió rápidamente y salió de la alcoba.

Esa había sido su última cita. Ni uno ni otro hicieron nada para volver a verse.

Una noche de locura y de sexo con un desconocido irresistible le abrió los ojos; su atrevimiento y descaro, del que ella misma estaba sorprendida al día siguiente, la salvaron de una aventura que no iba para ningún lado, a pesar de la pasión de verano de aquellas vacaciones que de cualquier forma serían inolvidables.

Ruth nunca más se volvió a involucrar en amores virtuales. Durante algún tiempo empezó a rechazar a cuanto hombre llegaba a su vida con intenciones de formar una familia, o de cosas así de comprometidas y fatales. Luego de aquellos meses de abstinencia, se dedicó algunos años a darle vuelo a la hilacha y al amor de vez en cuando.

En todo aquello siempre le quedaba muy claro que su valor más apreciado era su amada y a veces alocada libertad.

Agosto 2014

lunes, 3 de noviembre de 2014

Chuy Ayub

El Árabe con su guitarra en la noche
 [Prólogo para el libro Trovador nocturno]
 
Por Jesús Chávez Marín
 
En un bar de lujo donde los viernes los fatigados habitantes de la ciudad de Chihuahua buscan reestablecer las energías en la bondad de una buena cerveza, en la plática ligera con los amigos de toda la vida, hay algo más que mitiga el cansancio de la semana: los cantantes alegran el corazón de la gente.
 
Los músicos. En el escenario despliegan con placer violines, tambores, guitarras, pianos; y su talento de artistas educados y finos.
 
En las noches de Chihuahua, un personaje de leyenda llamado Chuy Ayub, El Árabe, entra a un recinto de cantera y sube las escaleras hacia el casino de Chihuahua donde él, Chuy Ayub, es el lujo de la noche.
 
Desde joven, cuando era estudiante de la Universidad Autónoma de Chihuahua –primero en la Facultad de Zootecnia y luego en el salón de los músicos del entonces Departamento de Bellas Artes–, Chuy Ayub ya era el músico entero que hasta hoy conocemos: el trovador más elegante y el más conocido en todos los bares y salones de show de la ciudad.
 
Su maestría en la guitarra, educada por nota en la lectura de todo tipo de partituras pero sobre todo en su fulgurante corazón de artista, en sus manos ligeras y precisas, en su voz matizada por un caudal de whisky y cigarros, de fino tabaco; se regala todas las noches de todos los fines de semana hace más de cincuenta años en la ciudad de Chihuahua.
 
La presencia de este artista nuestro, a la vez tan popular y tan refinado, es como la de un parque de árboles centenarios, la de un edificio de elevada y esbelta cantera, una fábrica que produce automóviles de lujo, una oficina bien organizada de contadores públicos titulados; por supuesto, egresados de la Universidad Autónoma de Chihuahua.
 
En este libro hallaremos algunas de las historias de este hombre, que son tantas como estrellas en el firmamento de una noche de octubre en este valle purificado por el trabajo de las mujeres y de los hombres, Chihuahua.
 
Seguramente muchos lectores hallarán también algunos secretos que habían permanecido a la sombra y al calor, en el corazón de artista de este cantante, este guitarrista, este músico que quizá no ganó caudales de dinero con su trabajo de trovador, pero se ganó la amistad para siempre de sus amigos, el amor para siempre de sus mujeres, el agradecimiento discreto y amable de cuantos tuvieron el privilegio de escucharlo cantar en sus shows, en las orquestas donde era uno de los músicos más cultos, en las cantinas: lo mismo las más arrabaleras que las lujosas.
 
Cuando Chuy Ayub inició muy joven su brillante carrera de artista, era ya el músico completo y de talento educado y lírico tanto como ahora el hombre sabio y grande, el mismo trovador y guitarrista, cuyo corazón fue puliendo a través de los años como un diamante. Pero Chihuahua era muy distinto a esta ciudad violenta de los recientes años.
 
Chihuahua era una villa de 3000 habitantes que en su orilla norte llegaba hasta el actual hospital del Issste, en su orilla sur hasta la colonia Rosario. Antigua periferia. Al oeste solo llegaba hasta la gasolinera La Sierra y el salón de baile que estaba enfrente, llamado La Despedida. Al este hasta la colonia Arquitectos, cuyo adorno austero estaba edificado en un cerro: el templo de San José de la Montaña.
 
Ahora Chihuahua se extiende como una extensa circunferencia construida con el honrado trabajo de muchos hombres que ya murieron, de sus nietos que ahora se afanan en seguir luchando por la vida. Pero Chuy Ayub sigue cantando. Seguirá cantando hasta que se muera.
 
Estoy seguro que hallaremos en este libro breve y hermoso una lección muy grande: la de un hombre que hace su trabajo. La de un artista que se regala como un banquete a su público, que a la primera canción ya lo adora.
 
El alma de este artista que tanto se ha expresado en las canciones se manifiesta hoy en la literatura de su biografía.
 
Ayub, Jesús Elías: Juglar nocturno. Editorial Instituto Chihuahuense de la Cultura, México, 2013.
 
Enero 2013.

lunes, 27 de octubre de 2014

Tal vez tenga remedio el instituto de cultura

Los caminos de la vida cultural


Por Jesús Chávez Marín


La administración del Instituto Chihuahuense de la Cultura que está por concluir se caracterizó por dos líneas de acción: dilapidar casi la totalidad de su presupuesto en el festival “internacional” Chihuahua, FICh, y tratar miserablemente a los artistas del estado. Esa fue la política constante del director Jorge Carrera Robles durante 6 años.

A pesar de eso, no hay grandes diferencias con las administraciones anteriores de ese instituto, inaugurado el 19 de marzo de 1992. Todas se han caracterizado por su mezquindad o por el escaso presupuesto que le asigna el gobierno de Chihuahua a los asuntos del pensamiento y el arte.

Por ejemplo, el director anterior, Arturo Rico Bovio, se la pasó diciéndole a todo mundo que casi no se podía hacer nada porque no había recursos económicos y el gobernador en turno ni siquiera lo recibía en audiencia.

El de más antes, Leonel Durán, gastó los años haciendo diagnósticos y planes que jamás se cumplieron. Esto ha sido casi una situación de daño total.

El nuevo gobierno tendrá la tarea de empezar casi de cero, con acciones radicales: cancelar el FICh, que solo ha servido para rendirle culto a la personalidad del gobernador: ni logró ser internacional, ni fuente de promoción turística, ni se posicionó como tema favorable frente al desprestigio que en los medios mundiales causaban las noticias las mujeres asesinadas en Juárez y, años después, de los balazos y los ejecutados en las ciudades y en la sierra de Chihuahua.

Algunos parroquianos de los ambientes culturales cuentan, en cambio, múltiples leyendas de corrupción en las contrataciones de los artistas que presentaba el festival, y otras estafas parecidas. Pero a las pruebas no se remiten, porque son de difícil acceso.

Otra acción radical tendría que ser, de plano, cancelar también el instituto de cultura y empezar desde cero con otro proyecto; uno eficiente, más abierto hacia los trabajadores del arte y el pensamiento, y con presupuesto para iniciar ahora sí el desarrollo cultural de Chihuahua.

Para los asuntos de la cultura, los gobernadores anteriores y los directores del Instituto de Cultura se concretaban a consultar, nomás para aparentar que consultaban y tomaban en serio ese proyecto, a los “chihuahuenses distinguidos” que viven en la ciudad de México, los que tienen fama de cultos y cuya función ha sido solamente venir a recibir premios y homenajes de parte de su terruño de nacimiento e infancia. A los escritores, pintores, actores, músicos de las ciudades de Chihuahua jamás les tomaron parecer, ni por no dejar.

En este artículo voy a imaginar que algún señor de los que están a punto de asumir los cargos del poder público, se toma la molestia de tomar el parecer de algunos de quienes trabajamos en la producción cultural de Chihuahua, proponiendo 10 líneas de acción.

1. No desaparecer, ni reasignar en otros programas, los presupuestos del Festival Internacional Chihuahua y el del Instituto Chihuahuense de la Cultura, sino conservar la misma cantidad para cubrir el costo de las nuevas acciones.

2. Fundar una oficina de administración de esos recursos, con poco personal, pero muy eficiente y honesto, que tendrá tareas de financiamiento y distribución de recursos.

3. Fundar otra oficina, independiente de la anterior, de las mismas características de efectividad y honradez, para que coordine las partidas presupuestarias del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, como las becas, culturas populares, pacmyc y otras. También para que gestiones otro tipo de recursos federales, internacionales y de la iniciativa privada mexicana, que suelen asignarse a la promoción cultural y artística.

4. Invitar a los artistas, filósofos, científicos, periodistas, escritores, músicos, actores, danzantes, a que presenten proyectos, propuestas y presupuestos, no a concurso sino a dictámenes técnicos, a fin de obtener presupuestos y recibir supervisón, contratos y financiamiento.

5. Fundar un colegio que coordine cursos prácticos de escritura literaria, de lectura, pintura, danza, teatro, filosofía, etcétera, en todos los municipios de Chihuahua, de acuerdo a la población y a los intereses de cada comunidad.

6. Iniciar otra coordinación para que administre los programas que, a pesar de la torpeza y el egoísmo casi autista de los directores anteriormente nombrados, sí han funcionado más o menos: la casa redonda, la orquesta, de momento no recuerdo algún otro.

7. Cancelar de un plumazo el afán aparatoso e inútil de seguir homenajeando a los escritores y artistas de medio pelo que viven y trabajan en la ciudad de México, nomás porque nacieron en Chihuahua.

Puede ser que su trabajo artístico haya dado algún renombre a su tierra natal, pero su vanidad y su oropel solo han servido para lustre de políticos en el candelero.

8. Que los escasos y nuevos funcionarios de las oficinas antes propuestas estén bien concientes de que su tarea está al servicios de los que producen objetos culturales, no para alimentar su ego ni para cultivar la envidia tan enferma que la mayoría de los actuales funcionarios de la cultura le tienen a los que debieran ser sus clientes.

9. Que las acciones culturales se atiendan en las ciudades y regiones donde se generan, y donde viven los artistas y los trabajadores intelectuales, que no se concentre en las ciudades de Chihuahua y Juárez.

10. Que se revise cada semestre el trabajo de museos, casas de cultura, coordinaciones administrativas, para evitar la simulación, las acciones falsas de promoción artística y los consabidos fraudes de facturación y nepotismo.

Otros señores y señoras tendrán seguramente sugerencias tan prácticas y sencillas como estas. Háganlas públicas. Entre todos iniciemos un nuevo destino para el arte y el pensamiento de los chihuahuenses.

Mayo 2010




Jesús Chávez Marín escribe en los siguiente sitios: