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jueves, 13 de junio de 2019

El Mariachi Nuevo Chihuahua en Casa Chihuahua

(Foto Carmen Chávez).

El Mariachi Nuevo Chihuahua en Casa Chihuahua
El jueves 13 de junio hicieron un concierto en los famosos jueves de entrada gratis, que casi siempre se ven muy favorecidos por el público, la gente se forma desde una hora antes y hace una larga fila para entrar, pues cuando se completa el aforo, claro, se cierra la puerta del antiguo palacio federal. Lleno total, como fue en esta ocasión.
El Mariachi ofreció una selección de canciones clásicas de Javier Solís, Pedro Infante y Jorge Negrete. Se aventaron la función al ahí nomás, al descuido: desafinaron varias veces, los violines, los guitarrones y hasta las trompetas, parecía que se turnaban para perder la nota y el ritmo. A los cuatro cantantes les hace falta uno o dos cursos de vocalización, tienen buen timbre pero son malísimos.
Cuando acompañan a los artistas famosos, se pulen bien y suenan de lujo, la verdad, pero ya solos no dan el ancho.
En la plaquette del programa se anota esto:
El Mariachi Nuevo Chihuahua es una agrupación de conformada por músicos profesionales bajo la dirección de Juan Diego Torres. Han recibido reconocimientos y participado en festivales. Han acompañado a Carmen Cardenal, Fernando de la Mora, Aída Cuevas y Aranza.
Interpretaron estas canciones:
Ay Jalisco no te rajes
Amorcito corazón
Sombras
Serenata tapatía
Ya llegó tu enamorado
Entrega total
Juan Charrasqueado
Copa tras copa
Abultaditas del pecho
Flor de azalea
Cien años
Cataclismo
Historia de un amor
Renunciación
México lindo y querido
A pesar de su actuación desaliñada, el público es sentimental y les aplaudió cada canción, aunque sin muchas ganas.A pesar de eso, al final hubo un cálido aplauso de despedida.
(JChM).

lunes, 3 de noviembre de 2014

Chuy Ayub

El Árabe con su guitarra en la noche
 [Prólogo para el libro Trovador nocturno]
 
Por Jesús Chávez Marín
 
En un bar de lujo donde los viernes los fatigados habitantes de la ciudad de Chihuahua buscan reestablecer las energías en la bondad de una buena cerveza, en la plática ligera con los amigos de toda la vida, hay algo más que mitiga el cansancio de la semana: los cantantes alegran el corazón de la gente.
 
Los músicos. En el escenario despliegan con placer violines, tambores, guitarras, pianos; y su talento de artistas educados y finos.
 
En las noches de Chihuahua, un personaje de leyenda llamado Chuy Ayub, El Árabe, entra a un recinto de cantera y sube las escaleras hacia el casino de Chihuahua donde él, Chuy Ayub, es el lujo de la noche.
 
Desde joven, cuando era estudiante de la Universidad Autónoma de Chihuahua –primero en la Facultad de Zootecnia y luego en el salón de los músicos del entonces Departamento de Bellas Artes–, Chuy Ayub ya era el músico entero que hasta hoy conocemos: el trovador más elegante y el más conocido en todos los bares y salones de show de la ciudad.
 
Su maestría en la guitarra, educada por nota en la lectura de todo tipo de partituras pero sobre todo en su fulgurante corazón de artista, en sus manos ligeras y precisas, en su voz matizada por un caudal de whisky y cigarros, de fino tabaco; se regala todas las noches de todos los fines de semana hace más de cincuenta años en la ciudad de Chihuahua.
 
La presencia de este artista nuestro, a la vez tan popular y tan refinado, es como la de un parque de árboles centenarios, la de un edificio de elevada y esbelta cantera, una fábrica que produce automóviles de lujo, una oficina bien organizada de contadores públicos titulados; por supuesto, egresados de la Universidad Autónoma de Chihuahua.
 
En este libro hallaremos algunas de las historias de este hombre, que son tantas como estrellas en el firmamento de una noche de octubre en este valle purificado por el trabajo de las mujeres y de los hombres, Chihuahua.
 
Seguramente muchos lectores hallarán también algunos secretos que habían permanecido a la sombra y al calor, en el corazón de artista de este cantante, este guitarrista, este músico que quizá no ganó caudales de dinero con su trabajo de trovador, pero se ganó la amistad para siempre de sus amigos, el amor para siempre de sus mujeres, el agradecimiento discreto y amable de cuantos tuvieron el privilegio de escucharlo cantar en sus shows, en las orquestas donde era uno de los músicos más cultos, en las cantinas: lo mismo las más arrabaleras que las lujosas.
 
Cuando Chuy Ayub inició muy joven su brillante carrera de artista, era ya el músico completo y de talento educado y lírico tanto como ahora el hombre sabio y grande, el mismo trovador y guitarrista, cuyo corazón fue puliendo a través de los años como un diamante. Pero Chihuahua era muy distinto a esta ciudad violenta de los recientes años.
 
Chihuahua era una villa de 3000 habitantes que en su orilla norte llegaba hasta el actual hospital del Issste, en su orilla sur hasta la colonia Rosario. Antigua periferia. Al oeste solo llegaba hasta la gasolinera La Sierra y el salón de baile que estaba enfrente, llamado La Despedida. Al este hasta la colonia Arquitectos, cuyo adorno austero estaba edificado en un cerro: el templo de San José de la Montaña.
 
Ahora Chihuahua se extiende como una extensa circunferencia construida con el honrado trabajo de muchos hombres que ya murieron, de sus nietos que ahora se afanan en seguir luchando por la vida. Pero Chuy Ayub sigue cantando. Seguirá cantando hasta que se muera.
 
Estoy seguro que hallaremos en este libro breve y hermoso una lección muy grande: la de un hombre que hace su trabajo. La de un artista que se regala como un banquete a su público, que a la primera canción ya lo adora.
 
El alma de este artista que tanto se ha expresado en las canciones se manifiesta hoy en la literatura de su biografía.
 
Ayub, Jesús Elías: Juglar nocturno. Editorial Instituto Chihuahuense de la Cultura, México, 2013.
 
Enero 2013.

lunes, 8 de septiembre de 2014

chuy ayub

El árabe con su guitarra en la noche
[Prólogo para el libro Trovador nocturno]

Por Jesús Chávez Marín

En un bar de lujo donde los viernes los fatigados habitantes de la ciudad de Chihuahua buscan reestablecer las energías en la bondad de una buena cerveza, en la plática ligera con los amigos de toda la vida, hay algo más que mitiga el cansancio de la semana: los cantantes alegran el corazón de la gente.

Los músicos. En el escenario despliegan con placer violines, tambores, guitarras, pianos; y su talento de artistas educados y finos.

En las noches de Chihuahua, un personaje de leyenda llamado Chuy Ayub, El Árabe, entra a un recinto de cantera y sube las escaleras hacia el casino de Chihuahua donde él, Chuy Ayub, es el lujo de la noche.

Desde joven, cuando era estudiante de la Universidad Autónoma de Chihuahua –primero en la Facultad de Zootecnia y luego en el salón de los músicos del entonces Departamento de Bellas Artes–, Chuy Ayub ya era el músico entero que hasta hoy conocemos: el trovador más elegante y el más conocido en todos los bares y salones de show de la ciudad.

Su maestría en la guitarra, educada por nota en la lectura de todo tipo de partituras pero sobre todo en su fulgurante corazón de artista, en sus manos ligeras y precisas, en su voz matizada por un caudal de whisky y cigarros, de fino tabaco; se regala todas las noches de todos los fines de semana hace más de cincuenta años en la ciudad de Chihuahua.

La presencia de este artista nuestro, a la vez tan popular y tan refinado, es como la de un parque de árboles centenarios, la de un edificio de elevada y esbelta cantera, una fábrica que produce automóviles de lujo, una oficina bien organizada de contadores públicos titulados; por supuesto, egresados de la Universidad Autónoma de Chihuahua.

En este libro hallaremos algunas de las historias de este hombre, que son tantas como estrellas en el firmamento de una noche de octubre en este valle purificado por el trabajo de las mujeres y de los hombres, Chihuahua.

Seguramente muchos lectores hallarán también algunos secretos que habían permanecido a la sombra y al calor, en el corazón de artista de este cantante, este guitarrista, este músico que quizá no ganó caudales de dinero con su trabajo de trovador, pero se ganó la amistad para siempre de sus amigos, el amor para siempre de sus mujeres, el agradecimiento discreto y amable de cuantos tuvieron el privilegio de escucharlo cantar en sus shows, en las orquestas donde era uno de los músicos más cultos, en las cantinas: lo mismo las más arrabaleras que las lujosas.

Cuando Chuy Ayub inició muy joven su brillante carrera de artista, era ya el músico completo y de talento educado y lírico tanto como ahora el hombre sabio y grande, el mismo trovador y guitarrista, cuyo corazón fue puliendo a través de los años como un diamante. Pero Chihuahua era muy distinto a esta ciudad violenta de los recientes años.

Chihuahua era una villa de 3000 habitantes que en su orilla norte llegaba hasta el actual hospital del Issste, en su orilla sur hasta la colonia Rosario. Antigua periferia. Al oeste solo llegaba hasta la gasolinera La Sierra y el salón de baile que estaba enfrente, llamado La Despedida. Al este hasta la colonia Arquitectos, cuyo adorno austero estaba edificado en un cerro: el templo de San José de la Montaña.

Ahora Chihuahua se extiende como una extensa circunferencia construida con el honrado trabajo de muchos hombres que ya murieron, de sus nietos que ahora se afanan en seguir luchando por la vida. Pero Chuy Ayub sigue cantando. Seguirá cantando hasta que se muera.

Estoy seguro que hallaremos en este libro breve y hermoso una lección muy grande: la de un hombre que hace su trabajo. La de un artista que se regala como un banquete a su público, que a la primera canción ya lo adora.

El alma de este artista que tanto se ha expresado en las canciones se manifiesta hoy en la literatura de su biografía.

Ayub, Jesús Elías: Juglar nocturno. Editorial Instituto Chihuahuense de la Cultura, México, 2013.

Enero 2013.

lunes, 24 de febrero de 2014

julieta venegas

La caravana de Capulina

Jesús Chávez Marín

A Julieta Venegas de plano le echaron a perder su concierto en Chihuahua. En el magnífico escenario natural y tecnologizado de El Palomar amontonaron grupos "abridores" como si no hubiera mañana.

Primero apareció Limo, chavos animosos que empiezan su carrera de galeotes de la música, arduo camino que en esta ciudad tienen que aventarse todos los artistas frente a un público siempre frío y desdeñoso. Luego el grupo For, con una cantante bonita pero gritona y fastidiosa; y aunque los músicos tocaban realmente muy bien, salieron con covers que estuvieron de moda hace 20 años y que siguen siendo populares pero nada frescos. Más aun, cometieron el autogol de poner en la pantalla principal al centro del escenario videos de las canciones, con los artistas originales, y eso arruinó por completo su propia identidad artística como grupo. Trataban de que sonara igualito al original y hasta de sincronizar la pronunciación de las letras con la buena voz, aunque maleducada, de la cantante.

Luego salió una banda que se llama El Último Real, que verdaderamente fue lo mejor de la noche. Se almorzaron a la mismísima Julieta con su música original, obra propia, en la que cada artista era perfecto ejecutante de su instrumento; especial toque norteño que sonaba extraño interpretado por estos músicos de rock clásico pero que le daba un plus sorprendentemente alegre. Quizá tuvieran cierta influencia de las bandas La Maldita Vecindad y el mítico grupo de Tijuana, Nortec, pero muy asimilados en su propio arte musical.

Los torpes organizadores no tuvieron la menor conciencia del reloj, pues el tempo de este multiconcierto más parecía el de aquella caravana Corona que en los años cincuentas del siglo pasado, hacían desfilar artistas por docenas, uno tras otro, en el escenario del antiguo teatro del cine Colonial de Chihuahua, al cual hoy se le conoce como Teatro de la Ciudad.

Entonces, por si no fuera poco, todavía salió el grupo de Barranquilla, Colombia, llamado 69 Nombres; una fusión de entre rock y ritmos afroantillanos, pero que todas las canciones sonaban igualitas.

De esa manera, cuando por fin salió Julieta Venegas, una hora tarde de lo que estaba programada, ya medio mundo estaba de lo más fastidiado. Algunos de plano abandonamos el lugar cuando ella apenas iniciaba su tercera canción.

Febrero 2014

jueves, 9 de junio de 2011

canciones en la plaza

En la foto Laura Lee.

La plazuela del domingo

Por Jesús Chávez Marín

A un lado de la Quinta Gameros está la plazuela Fuentes Mares, ubicada en el Paseo Bolívar, ángulo que forman dos altas paredes color sepia, adornadas en relieve con un torreón y ventanas, marcos de cantera.

Este escenario al aire libre se fundó en 1987 en honor del famoso escritor chihuahuense, y lo estrenaron Los Juglares el 29 de mayo de aquel año con la puesta en escena de Ganar amigos, de Juan Ruiz de Alarcón, dirigida por Fernando Saavedra y donde los galanes eran Laura Lee y Luis David Hernández.

El domingo pasado, 8 de septiembre, se ofreció en la plazuela un espectáculo popular a base de cantos e historias de la Revolución Mexicana.

Las ciudades serían tristes si no vivieran en ellas los artistas. Ellos trabajan apasionadamente mientras las personas comunes y corrientes descansamos. Como este domingo, cuando esa dama renancentista y enérgica llamada Eva Lucrecia Herrera salvó al espectáculo en el momento en que estaba a punto de fracasar. Faltaban 20 minutos para las siete, hora en que estaba anunciado. La gente ya llenaba todas las bancas y las orillas del parque, frente a una tarima sencilla, sin más escenografía que la plaza misma. Pero faltaron los músicos: Arcelia Paz no se presentó (qué poco profesionalismo de mujer, o a lo mejor los burócratas de la cultura no le dieron el pago correspondiente de anticipo), el maestro de ceremonias no llegó a sus horas, a lo mejor todos andaban de plano en la borrachera y en la perdición.

—¿Qué hacemos, Mario Humberto?, ¿cancelamos?

—Por supuesto que no, el público espera, la función debe iniciar.

Entonces Evalú montó en su carro y se fue a 100 km. por hora hasta la calle Aldama, pepenó unos mariachis (el Mariachi del Real) que resultaron la pura buena onda, esta noche dirigidos por el maestro Rubén Tinajero. Luego ella invitó a un locutor de Radio Universidad que estaba entre el público para que la hiciera de presentador, sin importarle para nada la voz de cholo y el aspecto de jipiteca del que era yo.

Y logramos salir a tiempo. De pronto la voz intensa de Guadalupe Vázquez llenó de vigor la plaza, la Quinta, el Paseo Bolívar y buena parte del centro de la ciudad.

La bella Laura Lee, vestida de soldadera posmoderna, le dio voz a Nellie Campobello y le platicó al micrófono historias tiernas e historias terribles de la Revolución y de mi general Villa.

Oscar Erives contó otras historias. Guadalpe Vázquez cantaba, entre rima y texto, los mejores corridos de Pancho Villa que se conocen. Una vez que los amplificadores fallaron, Lupita siguió cantando como si nada, su voz seguía vibrando tan campante, con sonido de campana y de brava ternura. A veces hasta bailaba rico. Cautivó al público, quien cuando los ingenieros de sonido conectaron otra vez el cable, le aplaudió a la Vázquez con regocijado cariño.

Unos niños jugaban felices en los jardines, la gente aplaudía gozosa y Eva Lucrecia tomaba fotos del elegante Erives, la preciosa Lee y el vestido negro de Adelita que portaba esa tarde la cancionera.

Buen dominguito revolucionario nos aventamos al iniciar septiembre, el mentado mes de la patria.

Septiembre 1991

jueves, 2 de junio de 2011

juan daniel vargas frescas

En la foto Juan Daniel 2018

Noemí & Daniel

Por Jesús Chávez Marín

Esta es una historia de amor de un cantante muy guapo que se llama Juan Daniel Vargas, quien vivía en Chihuahua y se fue a radicar a la ciudad de México para estudiar en la Escuela Nacional de Música.

Un domingo en la tarde, Juan Daniel fue a un concierto donde cantaban algunas mujeres. Era 1983 y ese concierto formaba parte de un ciclo llamado Cuando las mujeres cantan. Participaron cantantes mexicanas y latinoamericanas, entre ellas Betsy Pecanins, Cecilia Tousein, Eugenia León, Tania Libertad y Guadalupe Pineda.

A medio concierto, Juan Daniel vio en el foro a una jovencita a quien ya se había encontrado por allí en esos lugares donde se reúnen los músicos, cafés, bares o en tocadas de las calles y las plazas. Casi no la reconocía, porque Noemí Mondragón, que es el nombre de aquella muchacha, se transforma cuando canta, se ilumina, se perfuma y se entrega a la danza natural de su cuerpo. Entonces Juan Daniel decidió quedarse a vivir en la mirada y en la fina voz de aquella mujer.

En 1985 formaron un dueto y se lanzaron profesionalmente como cantantes. Era un buen momento para la música en la ciudad de México y a ellos les ofrecieron contratos en bares y, sobre todo, en los campus universitarios. Como las letras de sus canciones son selectas, e incluyen textos de Elías Nandino, Juan Rulfo y otros poetas a quienes hacen el regalo de la música, la guitarra, los violines y sus voces privilegiadas, cayeron muy bien al gusto de la población universitaria y ya son conocidos en todas las facultades de la UNAM.

Ellos a Chihuahua vienen cada año, porque Juan Daniel llega a visitar a sus jefes, Josefina y Daniel, quienes viven aquí en el barrio de Santa Rosa. Se están dos o tres meses y, entonces, ya les esperan contratos para hacer temporadas breves en la Hostería 1900, en el Jazz ¾ , en el Café Galería Ajos y Cebollas o en el Palacio del Sol.

Aquí Juan Daniel ya era conocido desde jovencito: tocaba la guitarra en el Grupo Amanecer con Arcelia Paz, Rubén Tinajero, Raúl González, Luis Lucero. Y en el Grupo Sol con Magda Chavira, Luis Enrique y Xicotencatl Villegas, Piluy Paz y Sergio González Rojo.

Cuando se fue ya sabía tocar todos los instrumentos que se usan para aquella música que en esos años se puso de moda: latinoamericana, canto nuevo, trova cubana, esos rollos.

Su voz era la de un cantante un poco martajado, pero su timbre de barítono siempre ha alcanzado para el gasto.

Encontrarse a Noemí fue para él enriquecedor. Ella tiene en los foros una presencia impresionante y a la vez graciosa. Una bella voz, ni quien lo dude, y mucho mejor educada que la de su esposo. Se comunica de inmediato con el público y produce una fascinación extraña. Las luces secretas de sus ojos negros hacen la mirada más profunda que haya mirado estos lugares y el vuelo de sus manos cuando canta o algún discreto quiebre de su cintura producen un efecto sensual en la audiencia.
Podría decirse que hoy es la gorda más sexy que haya nacido en la ciudad de México en los últimos cuarenta años, pero mejor no lo decimos porque esto suena a morcilla estadística y territorial.

Juan Daniel también carga bastantes kilos de más, pero a él esto lo tiene sin pendiente, se ríe de las dietas y de los aerobics, es un gordo feliz. Compone canciones con una facilidad y un desenfado que ya los quisiéramos para un domingo quienes sufrimos tanto para redactar una triste reseña de dos cuartillas.

El dueto Noemi & Daniel tienen un disco que grabaron en 1988 en Pentagrama. Incluye cuatro canciones que compuso Juan Daniel, entre ellas la maravillosa Ya se va; preciosa: sencilla, profunda, poética. También otra: Josefina y sus hermanas, una crónica urbana muy alegre.

¿Qué sigue? Conseguir un grupo de buena ley. La guitarra acústica con amplificador electrónico, que se compró Juan Daniel con todos sus ahorros en Los Ángeles. es insuficiente. Con todo que él toca bien, no parece suficiente para nuestros oídos acostumbrados a las orquestaciones producidas en programadoras japonesas computarizadas.

El sonido Noemí & Daniel deberá incluir para siempre los violines de Carlos Torres, las flautas de Rubén Tinajero y el piano de Raúl González o de otros que le lleguen con armonía a la calidad de estos dos excelente músicos.

Julio 1991