viernes, 17 de agosto de 2012

utopía


Los comunistas regresamos
Por Jesús Chávez Marín

Estoy seguro que soy comunista desde niño. Vivía yo en la colonia Rosario, que en aquel tiempo fue un caserío recién fundado por varios rancheros de origen humilde que llegaron de Mápula, de El Charco, Santa Isabel, Santa Eulalia y de otros pueblos cercanos a la ciudad, atraídos por la actividad económica de la estación del ferrocarril Chihuahua al Pacífico.
Frente a mi casa pasaba todos los días a las seis de la tarde el tren pasajero, los viajeros saludaban alegres o tristes desde algunas ventanillas de los vagones. La locomotora del tren era todavía de aquellas negras de vapor que en breves años fueron desplazadas por las máquinas diesel de la modernidad, pintadas de naranja y con logotipos estridentes.
Nuestras madres le tenían terror a la palabra comunismo, porque la leyenda negra de la propaganda norteamericana les metió en la cabeza que en Rusia a todos los niños se los robaba el gobierno desde que eran bebés, para meterlos de obreros encadenados a las factorías, de soldados para la guerra mundial o para encerrarlos en la nevada Siberia si se portaban mal. Sin embargo ellas nos enseñaron su generoso comunismo cuando enfrentaban a la miseria económica que les tocó vivir y ejercían, con toda naturalidad, la caridad cristiana de darle de comer a todos los niños que llegaran a su mesa, fueran o no hijos suyos o sobrinos, o compañeros del kinder, o niñas tarahumaras que bajaban del cerro.
Era común en aquel tiempo que algunos muchachitos abandonados por sus padres se quedaran a vivir para siempre en casa de los vecinos. Mi madre, Carmen Marín, le dio crianza, comida y sustento a un vecino nuestro cuya madre trabajaba todo el día y a veces toda la noche en no sé qué vagos asuntos que la mantenían ocupada continuamente.
Las bases del comunismo son tres: 1. la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción y la distribución colectiva de las riquezas; 2. el cumplimiento digno de las necesidades de todos los ciudadanos de cualquier edad y condición y 3. el respeto a la libertad individual de toda persona, de su expresión y sus ideas. En la colonia Rosario de los años cincuenta se cumplían las tres realidades, era un territorio natural de comunistas.
Los patios de todas las casas eran colectivos para todos los niños y todas las mujeres. No había bardas ni alambres que parcelaran la tierra. Las casas eran de adobe y de pocos cuartos. Los señores se emborrachaban en la esquina las tardes de todos los viernes y entre semana acarreaban leña y sandías del tren para quienes las necesitaran. En la vecindad de los Rodríguez había baile todos los sábados con música viva y nadie cobraba el boleto de entrada a ninguna señorita ni a ningún señor del barrio. Nunca se supo quién traía la cerveza o el sotol pero siempre hubo para todos. En esas fiestas las galanas a veces se robaban al novio y ponían juntos su propia casa, vivían el amor libre y hasta muchos años después se casaban por lo civil y por la iglesia cuando ya tenían varios hijos y querían inscribirlos en la escuela.
Poner casa era sencillo, los terrenos fueron baratos y el joven esposo construía habitaciones con adobes que él mismo forjaba con tierra y cariño. No faltó quien le prestara la adobera o le ayudara con madera para las ventanas, vigas y tableta para los techos.
Los juguetes eran también propiedad colectiva. En navidad, el Niño Dios los traía nuevecitos y durante el año los niños más aventureros iban sin permiso hasta los basuderones a buscar juguetes preciosos ente la basura de toda la ciudad. Los tiraderos municipales de limpia quedaban abajo del Cerro Grande y era emocionante hallarse aquéllas fábulas de fierro y madera pintada: carritos, soldados, pistolas y platillos voladores.
Todos éramos pobres aunque no lo sabíamos, éramos proletarios. Nuestros padres no nos enseñaron a usar los siguientes verbos: comprar, ahorrar, invertir, explotar. Ni los siguientes sustantivos: tasa de interés, financiamiento, casa de bolsa, maquiladora. Por origen la clase social nuestros padres fueron humildes, honrados y solidarios; las mujeres, maternalistas y laboriosas; los niños andábamos descalzos la mayor parte de las horas, a veces con pantalones remendados, pero conocimos la libertad y nunca nos faltaba qué comer. La vida era sencilla y no había televisión que nos vendiera rubias ni brandy viejo vergel.
Mas tarde encontré en libros algunas historias e ideas que sustentaban filosóficamente aquella vida feliz que hoy pareciera tener tanto sabor de utopía. La verdadera patria del hombre es la infancia y lo demás es memoria.
Aquéllos eran libros bien escritos. En muchos pasajes ponían en claro mi comunismo intuitivo y lírico. Me fueron útiles, hallá palabras que organizaron mi pensamiento político: primero que nada, leí los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan donde se relata la vida singular del maestro Jesús de Nazareth. Su acción y sus discursos fueron una lección de amor y socialismo que agradeceré toda mi vida.
Luego leí los poemas de Pablo Neruda, que han sido para mí fuente de sabiduría y sensualidad muy útiles para aprender a vivir. Mi amigo Rogelio Treviño dice que la vida no es para principiantes, estoy de acuerdo: hay que leer mucho para hallarle los hilos al viento vigoroso del tiempo.
Claro que también veía las divertidas historietas de Rius para principiantes en cuyos monitos había información elemental de naturismo, economía y política.
Cuando estudié en la escuela de filosofía y letras mis amigos mejores fueron tres talentosos marxistas. Ellos sí habían leído textos clásicos y científicos que eran las bases filosóficas de su ideología izquierdista. Yo había vivido antes en el seminario conciliar y me tocaron por suerte los tiempos del concilio vaticano segundo, cuando el colosal barco de la iglesia católica había virado notablemente hacia la izquierda sociopolítica. En esos años había muchos curas comunistas en Francia, en España y en todo Latinoamérica.
También había monjas socialistas que trabajaban en comunidades de obreros y de indígenas, se inició la praxis pastoral de la teología de la liberación aquí en Chihuahua.
Yo leía mucho a un novelista español, José Luis Martín Vigil, sacerdote jesuita, en cuyas historias de ficción se recreaba el espíritu de aquélla época.
Cuando en 1989 tiraron el famoso muro de Berlín y la URSS comenzó a desintegrarse en muchas revoltosas naciones, algunas de las cuales siguen siendo socialistas y otras entraron tambaleándose al mercado libre, la propaganda industrial anunció en todas las pantallas y satélites que el sueño (comunista) había terminado.
Ahora todos seríamos posmodernos: sin ideología, sin destino manifiesto, sin ficciones colectivas, cada quien se rascaría con sus propias uñas. Empezaríamos a desmantelar todas las burocracias del mundo a favor del gran capital e invertiríamos nuestra quincena en Cetes. Seguiríamos habiendo pobres para el trabajo en las macroindustrias y también habría espíritus emprendedores que cada minuto serían más eficientes para explotar el trabajo ajeno con el objetivo único de reunir fortunas fabulosas en unas cuantas cuentas bancarias. El mundo no cambia, olvídenlo, no hay nada nuevo bajo el sol, ricos y pobres habrá siempre porque así será el destino de nuestra condenada estirpe.
Los comunistas profesionales parecían tristes. Luego le apostaron a la opción electoral que antes habían desdeñado, lo cual está muy bien. Rediseñaron el programa de sus vidas tomando bases del socialismo europeo. Los economistas del neopositivismo festejaron el capitalismo liberal y salvaje que siempre soñaron y se volvieron políticamente muy agresivos. Los economistas quisieron convertir al mundo en un supermercado, que nuestra condición humana quedase reducida a la condición de consumidores y operarios de maquiladoras. Quisieron expulsar del mercado, su mundo, a los poetas, a los idealistas y a nosotros los políticos de izquierda. Pero no pudieron: aquí estamos.
Los comunistas regresamos a cada minuto. Somos los indios de Chiapas, regresamos. En la inteligencia clara de Jaime García Chávez los comunistas regresamos. En la solidaridad cotidiana y gestora de Antonio Becerra; en los poemas eróticos de Rubén Mejía y en las crónicas anarquistas de Raúl Sánchez Trillo regresamos. En el corazón organizado de las poetas feministas y en la espiritualidad profunda de Camilo Daniel; en la resistencia católica del periodista Julio Scherer, con los reporteros de La Jornada regresamos. En la barba de Octavio Paz y en los poemas amorosos que leemos de Enrique Servín; en las novelas de Gabriel García Márquez y en las canciones de Juan Luis Guerra regresamos. En el rocanrol de John Lennon y en el de Alejandra Guzmán los comunistas siempre regresamos.
Nos gusta trabajar para la libertad, para la felicidad de todos los hombres y de todas las mujeres del mundo. Para cumplir el alto destino del amor. Para cumplir la profecía que Jesús de Nazareth anunció para todos los seres humanos: el amor, la libertad, la salvación.
Abril 1994

miércoles, 1 de agosto de 2012

cosecha

Regreso a mi joven casa

Por Jesús Chávez Marín

Cosecha es el espacio literario de los estudiantes y de los profesores de la Escuela de Filosofía y Letras. En los años setenta, el entonces director de nuestra escuela, Francisco Flores Aguirre, realizaba una intensa labor periodística en El Heraldo de Chihuahua y fundó este suplemento dominical que duró varios años, y al que se agregara otro más, llamado signo sobre signo, que coordinó Luís Nava Moreno.

En aquel tiempo tuve la fortuna de publicar en Cosecha mi primer texto profesional que se titulaba “Polvo de vidrio”. Años antes había ya publicado en revistas estudiantiles del Instituto Regional, en la secundaria, y en el Seminario Conciliar de Chihuahua, en la preparatoria. Pero considero mi primera salida seria como escritor la de Cosecha, porque la circulación de El Heraldo siempre ha sido vigorosa, y lo sigue siendo hasta hoy en la ciudad.

Así que la mañana de aquel domingo de abril desperté a las seis de la mañana y salí afuera de mi casa a esperar al joven atleta que repartía los periódicos en mi barrio. Andaba ansioso e inseguro, como cuando se espera la primera cita con la mujer maravillosa.

Cuando el voceador llegó y confirmé con regocijo que sí, que allí estaban mi nombre y mi texto, el cual el profesor Hildeberto Villegas Méndez me había ofrecido publicar, y lo cumplió, compré de inmediato quince ejemplares.

Uno era para mi madrina, el otro para mi madre, otro más para mi novia de aquel tiempo feliz María Selina del Rayo Nava Cano, otra para cada uno de mis amigos y otro para guardarlo siempre en los archivos de mi corazón. Me habían armado caballero, la tinta de la imprenta me hizo escritor para siempre.

Una labor importante en el aprendizaje de la literatura es el encuentro con lectores, el desafío de la crítica, el riesgo del ridículo con este desnudamiento del placer y del dolor y del cuerpo que cuesta trabajo; es difícil escribir y, aun más, publicar. Es el paseo por la otra orilla de la luna: puede no haber nada, puede hallarse uno el vacío. Pero también puede haber un valle terrible o lleno de placeres secretos. Y el fulgor de la belleza.

Todos los que alguna vez nos inscribimos en carreras como letras españolas, ciencias de la comunicación o filosofía, tenemos la divina ilusión y el temeroso deseo de llegar a ser escritores. No escuchamos voces razonables que nos advierten que aquello será locura y miseria económica. Insistimos.

Aceptamos poco a poco nuestro destino fatal, o placentero, de escribir para que los demás oigan las voces y los alaridos que se nos ocurren a cada rato, en las noches o en las madrugadas; también de sol a sol. Por eso este domingo, cuando me invitaron a producir un texto para Cosecha siento la emoción de regresar, aunque sea de pasada, a mi joven casa, a la escuela, a Cosecha, y ver de nuevo allí mi escritura al lado de mis ahora desconocidos colegas estudiantes de filosofía y de literatura. No quiero jamás robarles espacio, quisiera entrarle de lleno cuando por la sabrosa pereza de ellos y de ellas, no se hayan completado las páginas de este lúdico espacio periodístico.

Domingo 17 mayo 1994

martes, 31 de julio de 2012

con luis heraclio sierra, belinda y luis rey

En la foto Víctor Hugo Rascón Banda, Víctor Orozco y Alfredo Espinosa

El show de Amor, miel y veneno: una multitud acompañó a Espinosa

Por Jesús Chávez Marín

Alfredo Espinosa tiene muchos lectores, sus libros se venden como pan caliente y cuando los presenta a la gente le gusta asistir en masa, porque él acostumbra poner músicos, actores, pianistas, cantadoras de flamenco y tríos románticos: no es la típica presentación de libro estricta y académica, a veces aburrida, donde el único menú sea el rollo.

El 13 de noviembre de 2001 fue presentado en el Centro Cultural Universitario Quinta Gameros el más reciente: Amor, miel y veneno, publicado por la editorial Doble Hélice, un pequeño cuaderno con una crónica bien divertida en la que el personaje es colectivo: los enamorados y las enamoradas a los inicios del siglo 21 en ciudades como Chihuahua; los espacios son oficinas, moteles, parques, academias donde se ofrezcan cursos de cuanto hay, cafeterías, aeropuertos, cantinas, asientos traseros de automóviles y todos aquellos lugares donde sucede la intimidad de las parejas.

En el acto participaron el actor Luis Heraclio Sierra, quien realizó un espléndido espectáculo de teatro en atril con un libreto basado en el texto de Espinosa, acompañado en la parte musical por el trío Los Tréboles, la famosa cantadora Belinda y el piano electrónico de Luis Rey.

Por su parte, la pintora Martha Carolina Legarreta dio una conferencia: certeros comentarios acerca del pequeño libro: inteligente, graciosa y de buen humor: al terminar recomendó a las mujeres que lo llevaran de regalo a las despedidas de soltera, pues resulta muy aleccionador para cualquier matrimonio moderno.

La gente estaba encantada: esa mezcla de teatro de gran estilo con canciones populares funcionó bien. El discurso de la diva Legarreta, quien llegó elegantísima con un vestido de dos millones de pesos y algunas joyas de la familia, resultó ligero y muy en el ambiente de la fiesta. El espectáculo fue realizado y dirigido por Flor María Vargas, quien además fue maestra de ceremonias. La producción estuvo a cargo del Departamento de Difusión Cultural de la Universidad y de Martín Reyes, director de la editorial Doble Hélice.

En este libro, cuyo texto fue leído en la voz profesional de Luis Heraclio Sierra, que en sus gestos y en sus manos magistrales adquirió otra dimensión artística, Espinosa logra una comunicación regocijante. El relato, mezcla de crónica y ensayo, viene escrito con agilidad y reflexión, un caudal de imágenes y conocimiento profundo de la vida. A Espinosa le sobra desfachatez para mezclar con la mano en la cintura frases de poetas clásicos españoles del siglo 17 como Quevedo: polvo enamorado, con canciones de la vulgar Paquita la del barrio: tres veces te engañé. Por allí aparecen voces de Neruda, José Alfredo, Sabines, José José, Borges y muchos otros poetas que Espinosa frecuenta. Y también letras de las más necias canciones que erizan las rockolas de las cantinas y los bares románticos con iguales dosis de alcohol y nostalgia.

Noviembre de 2002

lunes, 30 de julio de 2012

emilia jáquez jáuregui


Emilia

Por Arelí Chavira y Jesús Chávez Marín

Cuando tenía diecinueve años, Esteban trabajaba en la oficina de una ferretería. Todos los días, a las seis de la tarde, una mujer le hablaba por teléfono, con fingida sensualidad:

—Hola, soy yo.

 —¿Magdalena?

—Claro, ¿pues qué te hablan muchas?

—Nada más tú me hablas, y ni siquiera te conozco. Solo tu voz.

Hacía un mes había recibido la primera llamada. Era una broma, casi una burla infantil. Ella jugaba a ser misteriosa, él se dejaba vencer por la curiosidad y por el sonido de aquella voz hermosa. Desde el principio ella dijo: “te conozco, sé todo sobre ti”. Usaba expresiones de novela con toda naturalidad.

—Mañana por fin podrás conocerme. Te espero en la plaza Capoulade a las siete de la tarde. Iré vestida con una blusa rosa y tengo el pelo largo.

Sus compañeros de trabajo se reían de aquella cita a ciegas, pero como Esteban era el más joven del grupo, lo trataban con benevolencia. Alfredo, el gerente, le prestó un Volkswagen para que llevara a pasear a la desconocida.

Esteban no se hacía muchas expectativas, pero no quiso dejar de resolver aquella pequeña intriga.

Estacionó el carro a un costado de la plaza y al bajar su mirada registró de inmediato a la mujer: una muchacha alta, como de dieciocho años, de pelo castaño, ligeramente rizado, y largo hasta la nítida cintura. Estaba de espaldas, curvilínea, sus nalgas se dibujaban con gracia en el pantalón de mezclilla. La blusa rosa le daba un cierto aspecto de inocencia, los brazos eran firmes, también los senos, ceñidos bajo la tela, y las manos, delgadas y largas. Mientras se acercaba con paso lento, los ojos de Esteban se iban colmando de la belleza prodigiosa.

—¿Tú eres Magdalena?

—Yo soy. Sígueme. Vamos a dar un paseo.

Caminaron juntos alrededor de la plaza, pero ella le hablaba de lado. Se cubría la cara con el pelo, que caía libre. Esteban podía respirar un perfume de jazmín pero solo pudo ver un instante los grandes ojos, la boca delicada, la frente amplia, la nariz primorosa, la piel lozana y resplandeciente.

—¿Por qué no me dejas verte la cara, Magdalena?

—Otro día podrás mirarme. Hoy no.

Tampoco quiso pasear en el carro, ni que la llevara a su casa. Se sentaron juntos media hora en una banca de la plaza, luego se despidió y le indicó que no la fuera a seguir. Se fue caminando y él la siguió con la mirada. La elegancia de su cuerpo al moverse era tan natural como el aire, fresca como el agua.

Tanto misterio era ya mucha payasada, pensaba Esteban.

—Ya ni le contestes las llamadas a esa tipa —le aconsejaron sus amigos de la oficina—. Ni siquiera te dejó que la tocaras. No te conviene, Esteban. No pierdas tu tiempo. Viejas, sobran.

Pero Esteban no hizo caso. Ni a sus amigos, ni al sentido común.

Ella siguió hablando a las seis de la tarde. En los acontecimientos del día, su voz era una promesa.

Solo cuando ella lo decidió, Esteban pudo verla cinco veces más. Una tarde la besó en los labios, pero ella permaneció inmóvil, indiferente.

Nunca lo quiso, pero él se enamoró como un perdido.

En aquel juego cruel y absurdo, ni siquiera había dicho su nombre verdadero. Se llamaba Emilia, era hermana de la esposa del cobrador de la ferretería, así había conseguido el teléfono y el nombre de su víctima. Tal vez en un principio ella había pensado en tener un novio, pero al conocer a Esteban, algo le resultó desagradable y se dedicó a humillarlo. Un día le pidió que la llevara a Aldama, un pueblo cercano. Esteban se alegró mucho, pensando en el hermoso paseo juntos. En cuanto llegaron, ella se bajó del automóvil: “Aquí espérame”. Regresó tres horas después, ya de noche. “Vámonos”, dijo. Sin pedir disculpas, sin dar explicaciones.

Esteban era sensible y terco. Cuando supo la mentira de los nombres, consiguió el domicilio de la joven y le mandó un ramo de flores con una carta enferma de elogios y erizado amor. Querida Emilia. Querida Magdalena.

Aceptaba los dos nombres, las dos regiones de su amada: realidad y fantasía. Desde entonces ella no volvió a llamarle por teléfono.

Un domingo, muy temprano, Esteban fue al barrio donde ella vivía y permaneció de pie frente a su casa, pero a una gran distancia, desde lo alto de una pendiente donde podía verse a lo lejos. Allí estuvo de la mañana a la noche, sin importar la necedad inútil y sin esperanza. Solo para verla. Ella salió recién bañada, con dos de sus hermanas. Traía un vestido blanco. Cuatro horas después regresó del paseo dominical, y entró en su casa, sin dirigir una mirada al grotesco vigilante, quien resistió firme la resolana y el ridículo todo el santo día.

Una noche la encontró en una fiesta donde él también era invitado. Lo trató como si no existiera, no contestó el tímido saludo. Cerca andaba un fotógrafo y Esteban le pidió que la retratara sin que ella se diera cuenta. Cuando el fotógrafo la enfocó, ella comprendió todo y de inmediato se sentó en los brazos de un conocido suyo, para no aparecer sola en la fotografía que el mustio enamorado pudiera tener.

Esteban tenía conciencia clara de su derrota, pero no le importaba. Prefería el dolor vivo de amar a la mujer más hermosa del mundo, que acomodar su vida a la lógica del mundo. Su amigo Alfredo, el gerente, no lo podía creer, le parecía absurda aquella pasión sin destino.

Esteban se reconocía en las letras de las más necias canciones: Reloj detén tu camino porque mi vida se acaba. Tuve una vez la ilusión de tener un amor que me hiciera valer. Llévame si quieres hasta el fondo del dolor. La noche es más fiel que oscura.

Veinte años después, Esteban la recuerda y se pregunta: ¿Dónde vivirá ella ahora? ¿Se habrá ido a otra ciudad? ¿Aún será tan hermosa?

Agosto de 2002

miércoles, 4 de julio de 2012

boletín



El jueves 18 de febrero de 2010, a las 8 de la noche, se presentará en Casa Chihuahua mi libro Te amo Alejandra, segunda edición corregida y aumentada.

Este viejo libro se publicó en 1996 y fue un éxito de ventas sin precedentes en la ciudad de Chihuahua. A los dos meses salió una reimpresión y desde hace varios años el libro está agotado en todas las librerías, las buenas, las regulares y hasta en los más oscuros estanquillos. Al inicio de este año, la editorial Doble Hélice lo vuelve a poner a la luz de la imprenta. 

Los presentadores serán la arquitecta Ángela Siqueiros, el fotógrafo y productor de televisión Didier Emmanuel Ortiz y el ingeniero industrial y doctor Juan Óscar Ollivier Fierro. También tendrá presencia el arte de la música, con el grupo Vértice rock.

(JChM).

Enero 2010

martes, 3 de julio de 2012

JChM. El agua y la sombra, de Enrique Servín


Servín
El agua y la sombra


Por Jesús Chávez Marín


El un honor para mí participar en la presentación de El agua y la sombra, este libro tan esperado de Enrique Servín, maestro generoso y amable de casi todos los que escribimos textos literarios en en la ciudad de Chihuahua.

Desde joven, Servín ha vivido, caminado, hablado, pensado como un poeta. Su sensibilidad y su mirada registran con exactitud la luz y el tiempo, los objetos y las voces, las historias y los rostros de las personas que encuentra en su marcha. Ha viajado por muchos lugares y en su conversación parece que ha leído todos los libros que existen, todos en su idioma original.

Es tan vasta la información que maneja, tanto de nuestra época como de tiempos remotos, que la gente se queda durante horas escuchando su palabra, su conversación siempre animada y sorprendente; su memoria resplandece en poemas completos y largas frases literales dichas o escritas en un pasado que se vuelve en su voz tan viva como en el momento original.

Resulta difícil de creer que un hombre de tanta sabiduría conviva entre nosotros con naturalidad y sencillez, camine por las calles de esta ciudad y trabaje a nuestro lado todos los días, y que todo lo ha haga “sin pizca de infatuación ni de soberbia”, tal como en dos de sus versos lo expresa él mismo al referirse a sus ancestros.

Enrique Servín es antes que nada un maestro en voz alta. A pesar de que ha escrito mucho y algo de eso ha publicado, la esencia de su expresión es el habla. Las palabras de su conversación son muy precisas, un vocabulario vastísimo.

Algo de ese prodigio se refleja en este libro de poemas, El agua y la sombra, en la escritura que es también la sombra del agua viva del lenguaje.

El libro inicia con el mensaje de un regalo. En uno de sus niveles de significación, el poeta ofrece al lector poemas como un regalo elemental y lo invita a participar en el juego de la comunicación: Aquí te dejo este loto, simple como una flor. Es una flor. Y luego la sugerencia: haz tú que se desdoble. La literatura no existe sin el lector. Solo en la resonancia de la voz poética leída por alguien se realiza el poema.

En otro de estos primeros textos que se llama “Trino en la luz”, el autor hace una transfiguración de las sensaciones, de tal forma que un sonido sutil se sienta como un fluido visual y también como una sensación del tacto. Esta percepción ampliada de los sentidos también se produce en otro poema llamado “La música, la hierba” y en el que cierra esta primera parte del libro, “Manantial”.

Esta fusión de significaciones es uno de los recursos utilizados en el libro. La gran efectividad que alcanza se debe al cuidadoso trabajo de cada verso. Cada uno de ellos está medido cuidadosamente, y el ritmo respeta con todo rigor los acentos de la poesía en español. Utiliza sobre todo versos endecasílabos, combinados con otros de 14 y 7 sílabas. En poemas más extensos se atreve con versos muy largos, pero siempre cuidando el sonido y la música del poema.

La memoria como material de sueños o como registro de sensaciones es otro de los mecanismos del poema en este libro. En uno de los textos se señala esto: Como una imagen rayada por una vara en el agua los recuerdos se funden, se confunden. Una de las secuencias más repetidas es la evocación desde un presente de la escritura hacia un pasado de la infancia o de la conversación con los mayores que refieren historias antiguas. También abundan las referencias a la Historia o a la simbología de la tradición cultural.

A veces el texto relata una escena cotidiana, como una fila de gente que espera ante la ventanilla de pasaportes, o viaja en un camión, desde la cual se desprende en la conversación o en el resplandor del recuerdo la ventana hacia el extrañamiento o hacia la simbolización de un hecho o una construcción abstracta o bien concreta.

Otro de los materiales del libro son los documentos significativos: una fotografía, una agenda, un cuadro que son el punto de partida no solo de la evocación sino del nuevo significado del tiempo, lluvia de años pasa y queda una especie de arco iris que contiene la memoria y su significado, como también la percepción de la voz, la nostalgia y la fuerza de la nueva imagen, construida con palabras.

Entre las secuencias entrañables de este libro, que conjugan la alegría y la nostalgia, está la reunión de los amigos, en el pasado y en el presente: el muchacho que invita a una amiga suya a visitar el patio donde jugaba de niño; los compañeros de viaje o de tertulia al ritmo de la música fresca de las risas; el encuentro con el padre frente al mar y más allá de la muerte; la charla con una abuela que le da vida a los relatos.

También son elementos de fabulación en este libro los edificios, las ciudades: no solo las del presente sino además las del pasado, las que fueron y son ya ahora tan solo polvo en el aire del tiempo, tal como lo dice el autor en dos versos suyos. También la presencia concreta y material de un edificio, o la materialización de sueños delirantes, como lo dicen estos dos versos magníficos y dolorosos: y un gran arco triunfal que los fantasmas alzaron a la antigua violencia o vanidad de los hombres. Es muy original el ángulo desde donde se miran las grandes construcciones, el magnífico mármol y la noble cantera, piedra numerosa, como llama a ese conjunto, que luego fueron torres, y que pervive en la eternidad fugaz del esplendor. Con este tipo de frases tan ágiles, con versos certeros, el poeta sorprende, carga de significación varios momentos del libro.

Otra de las líneas temáticas es la mirada al desastre ecológico. En un poema que se llama “Nota encontrada después del fin del mundo” viene este verso atormentado, que se refiere a los signos que se vieron y que no fueron suficientes para impedir el desenlace fatal: pájaros que caían muertos a nuestros pies como pesados jeroglíficos.

Denso en su significación, armonioso en su sonoridad, ingenioso y nostálgico, este libro tiene hilos de buen humor, una mirada múltiple construida con extensa información, una elaboración ágil y eficiente de los conceptos y una sensibilidad educada en la reflexión y la percepción.

El libro de un poeta que expresa su época y sabe ordenar las sensaciones y las ideas con las que se imagina el mundo en el siglo 20 y a los inicios de este nuevo siglo.

Servín, Enrique: El agua y la sombra. Editorial UACH, México, 2003.


Julio de 2003

lunes, 2 de julio de 2012

lectura de poemas

Coralillo en voz alta

El jueves 20 de marzo de 2003, a las 8 de la noche, se realizará la lectura de poemas Coralillo en voz alta en las instalaciones de la Unidad de Estudios Históricos y Sociales de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, cuyo domicilio es: Álvarez de Arcila 2107 de la colonia San Felipe.

Como parte del programa permanente de actividades culturales de la Universidad en esta capital, nos presentaremos Florencia Rodríguez y yo en este acto literario: del libro Coralillo serán seleccionados algunos poemas y serán dramatizados en la voz: teatro de atril.

El libro, cuyo autor soy, fue publicado recientemente por Aster Ediciones en ciudad Cuauhtémoc. Esta compuesto con una colección de textos cuyos ingredientes principales son la furia y la ternura, el placer y el dolor: expresiones trágicas y melodramáticas de la vida cotidiana. Presenta una visión moderna del amor, tal y como se vive en las oficinas, en los bares, en los moteles y en el lecho conyugal.

Una de las tintas fuertes de los textos es la angustia de la depresión: enfermedad social y privada que se ha puesto de moda con dolor y desaliento desde los años ochentas del siglo 20.

Quienes asistan a esta lectura de poemas, habrán de participar activamente no solo como espectadores: se pretende involucrarlos en la temática de este libro furioso y amoroso.

La entrada es libre y abierta a todo público que guste de la literatura y de pasar un rato extraño y lejano de la cotidianeidad.

(JChM).

Marzo 2003.