martes, 22 de septiembre de 2020

JChM. Circe en La Central

 


Circe en La Central

 

 

Por Jesús Chávez Marín

 

 

Primero llegó una voz,

su sonido era un río.

Agua iluminada

en su verano intenso.

 

Luego vino la mirada,

unos ojos lumbre femenina.

Dos esmeraldas

en su rostro.

 

La vi caminar y el relámpago

de los deseos

del cuerpo y los pensamientos

tronó sobre el cauce de aquel río.

 

Al saludarla toqué sus manos

delicadas, fuertes.

La esencia de la vida

latía en la piel de su palma.

 

Respiré el aroma de su pelo

y soñé que era el viento

completo de la noche.

El aire de mi respiración.

 

Presentí que ya no podría vivir

de otra manera.

Cuando preguntó mi nombre

me eligió sin darse cuenta.

 

La marca intensa de su mirada

dejó una señal en la frente.

En la dulce herida oscilaron

el lucero de la tarde y la madrugada.

 

Cuando bailó mi cuerpo con su cuerpo

un sortilegio quedó trazando.

En aquel intenso mar navegarían

diez auras de la memoria.

 

En la verde luz de un sol profundo,

almas de un antiguo árbol

se habían cristalizado.

Ella resplandeció en la penumbra.

 

El éter azul de una larga tristeza

conoció el resplandor de su arco iris.

La sonrisa de esa mujer

abrió por un instante la entrada

hacia un territorio femenino.

 

La música de la felicidad me perfumaba

con un canto de sirenas.

En la sinfonía de sus manos

respiraba la luz de las caricias.

 

Por eso escribo esta carta

para sus ojos y para sus oídos.

Quiero que ella me recuerde

y seguir navegando en este siglo.

 

Junio 1997

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