domingo, 15 de octubre de 2017

Mario Lugo

Literatos frente al público

Por Jesús Chávez Marín

En los recientes años se ha ido estableciendo una costumbre en esta ciudad: poner frente a narradores, poetas y críticos literarios un micrófono para que expresen de viva voz sus pensamientos. Nadie es tan descarado para hablar en público y tan hábil para manejar las palabras como un escritor. Y se formó un público dispuesto a escuchar y asistir a este tipo de espectáculos.
De otra manera no se explica cómo 117 personas llenaron la Quinta Gameros  el viernes27 de septiembre nada más para escuchar cuatro discursos con este tema: “Panorama de la literatura chihuahuense”, en la última mesa de conferencias de las Jornadas FM 1991.
Primero habló Alfredo Espinosa. Aunque empezó diciendo que la poesía no sirve para nada porque no produce alimentos y no derriba dictaduras, terminó diciendo que sirva para respirar.
Habló del aceleramiento de los regionalismos, citó un epigrama de Alberto Carlos donde exigía que le escrituraran un desierto a los chilangos, porque se habían quejado de que ellos no tenían, y criticó la insensibilidad del gobierno para la cultura y las artes, apenas matizada por el entusiasmo personal de la maestra Eva Lucrecia Herrera.
Agregó que una constante de los escritores norteños es el vigor de quienes están conscientes de la vida breve y la certeza de la muerte, la marginalidad de quienes se niegan a participar en el simulacro de las democracias.
En el segundo acto de este drama, el narrador juarense Willivaldo Delgadillo leyó una larga crónica titulada: “Por el retorno a la literatura”, que inició con una pregunta: “¿Qué significa ser escritor chihuahuense?” Su historia está salpicada de anécdotas, resentimientos decantados estrictamente en los límites de los grupos y grupúsculos de literatos juarenses, cuyo máximo reventón es leer poemas dedicados a los calzones de las prostitutas en una cantinucha llamada La Brisa, donde tocan rockanrol ranchero.
Afirmó que en Chihuahua es fácil ganar un status de escritor siempre y cuando se involucre uno en esos chismes, pleitos y envidias a los cuales se hadado en llamar “movimiento literario.”
José Vicente Anaya leyó un discurso titulado románticamente: “Las mujeres poetas de Chihuahua, Evas de un paraíso desterrado.” Denunció las actitudes de dominio que siguen teniendo los cultos contra la mujer intelectual, la cual se ve agredida por ninguneos, sonrisitas burlonas y abiertas carcajadas.
Hizo un recuento de mujeres escritoras que se inicia en 1915 con la parralense Aurora Reyes, quien fue pintora, sindicalista y autora de cinco libros. Su poesía, dijo, era delicadeza para la vista, el olfato, el tacto e incluye haikús de gran factura.
Otra maestra fue Nellie Campobello, jugadora de emociones no aprendidas sino descubiertas y cuya sensibilidad más desbordante está en su prosa más que en sus versos.
De ahí le siguió Anaya con las poetas nacidas en la década de los años cincuenta, habló de sus voces frescas, conscientes y comprometidas, y dijo nombres: Yolanda Abbud, de Juárez; Margarita Aguilar, de suavidad amorosa; Blanca Estela Cano, de Casas Grandes, en quien el amor se une a la reflexión de la existencia; Lourdes carrillo, para quien los amores se mezclan con una intensa preocupación social; Ana Perches, la campeona del humor paródico; Guadalupe Salas en quien el amor es la sorpresa y la cotidianeidad de amores no planeados, con jazz, café y espontáneas manos traviesas que inician el juego de las caricias; Lety Santiesteban, quien narra en sus poemas el deleitoso enamorar; Micaela Solis, de quien Anaya dice es la poeta más conocida y leída, y cuyos textos son imágenes para el mágico encantamiento.
Lamentó Anaya la poca difusión que tiene la poesía de esos lugares, pues impide que su discurso pueda incluir a otras mujeres de la cosecha de mujeres poetas chihuahuenses.
Como acto final, Mario Lugo refrendó su bien ganado título de ser uno de los escritores más polémicos de la ciudad.
Despotricó contra las revistas chihuahuenses, entre ellas aquella de donde él mismo es editor, Finisterre, de la que dijo que estaba dada al catre, a la autocomplacencia, a la indolencia y al importamadrismo. Despotricó contra Jesús Gardea, a quien llamó sorpresa malogrado y quien según él, desde Sobol, no da una. Despotricó contra los exizquierdistas a quienes llamó folklor local, neofayuqueros posobsoletos y posretrógrados. Fustigó a todos los escritores locales de quienes dijo eran a cada minuto rebasados por la realidad. Atacó a todos los medios por la estricta falta de pago de todo tipo de colaboraciones literarias, producto de un desdén absoluto.
Terminó disculpándose con todos los escritores a los que no ha podido atacar esta noche por razones de espacio y para no hacerles muy largo el cuento.
A las diez de la noche termino este acto público frente a las mismas 117 personas que muy atentas asistieron a este rito de descuartizamientos super agresivos, mezclados con alabanzas ultra románticas.

Octubre 1991

viernes, 29 de septiembre de 2017

Armando Núñez

Concierto de los Espacios Vacíos

Por Jesús Chávez Marín

El domingo22 de septiembre de 1991 la ciudad de Chihuahua ganó un nuevo escenario para la música, la plazuela Fuentes Mares. El grupo de rock Espacios Vacíos ofreció allí un concierto de esa que José Agustín bautizó como la nueva música clásica.
A las siete de la tarde, puntualidad exacta, empezó intensa la primera rola, ante un grupo de señores y señoras que media hora antes había empezado a reunirse frente al coqueto foro instalado sobre tubos de fierro, protegido con láminas galvanizadas nuevecitas, por si las lluvias.
Luego de la ejecución de la tercera pieza musical el público había aumentado al doble, con los tranquilos paseantes que disfrutaban el último domingo del verano y un rico solecito.
El grupo Espacios vacíos está integrado por cinco jóvenes veinteañeros: Mándix Nuñez en la guitarra; Jimi Andrade en el bajo; Alejandro “El Oso” Tirado en la pila; Luis Carlos Ortiz en la otra guitarra y Edgar Luna en la consola.
Su material es 100% original, aunque también tocaron una pieza de Eric Johnson, con arreglos propios de cada uno dándole vuelo a sus instrumentos y a su viva imaginación. Resultado: una mezcla de ritmos latinos, del buen jazz y del más ortodoxo rock and roll.
Signo de los tiempos, y del progreso a pesar de la crisis económica, son estos jóvenes maestros, quienes a sus pocos años de edad tienen ya listo un casset demo, muy bien grabado y con música propia.
―Oye, Heriberto, ¿por qué tocan tan padre estos muchachos de Espacios vacíos?, ¿cómo le hacen?, ¿dónde estudiaron?
Heriberto Ramírez funciona algo así como la enciclopedia del rock en Chihuahua y en sus ratos libres se dedica a filósofo de la ciencia. Su respuesta fue la siguiente:
―Tienes razón, tocan bien y son autodidactas, casi, casi, aquí no hay de otra. Aunque recientemente El Mándix ya se fue a Guanajuato a estudiar música y llegarle a la academia. El buen trabajo es producto de una generación a la que sus jefes, en vez de correrlos de la casa con su ruido a la calle como antes se acostumbraba, los estimulan y hasta, si se puede, les dicen: “ a ver, m’hijo, cuál guitarra le gusta”. Se ponen con ellos a tocar o a escuchar su música, van con ellos a los conciertos y hasta son sus fans más apasionados. “Ese que toca la batería es mi hijo” –le dicen a su vecino en las tocadas–. Bueno, hasta la parrandean juntos en el rol. Entonces los chavos ya no gastan su energía odiando a sus padres, como antes, sino que pueden dedicarse en serio y con seguridad a tocar y a componer canciones.
Por ahora no todos los jóvenes llegan a formar un grupo de tanta maestría como estos de Espacios Vacíos que el domingo se lucieron, lograron emocionar a tanta gente y de todas las edades: desde niños de tres años al lado de sus rockanroleros padres, hasta tíos abuelos bastante alivianados que se sentaban a las orillas de la plazuela Fuentes Mares o en las bancas de fierro del Paseo Bolívar para disfrutar este concierto de buen rock.

Junio 1991

lunes, 25 de septiembre de 2017

Alfredo Espinosa. Desfiladero

Nuevo libro de Espinosa: fiesta para Desfiladero

Por Jesús Chávez Marín

Alfredo Espinosa es el escritor más laborioso de por estos rumbos. Ya no es noticia cuando saca un libro nuevo, porque cada rato le publican de por aquí, de por allá y de acullá. Sin embargo, como él dijo en su discurso, este jueves 15 de agosto de 1991 fue de fiesta, porque se hizo la presentación de su nuevo libro de poemas, Desfiladero, que le coeditaron Climent y el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de San Luis Potosí en junio de este año.
Eva Lucrecia Herrera, que aquella noche vestía jacarandosa y guapa con su blusa de vivos colores, fue la maestra de ceremonias en esta celebración entre de bautismal y de quinceañera, y presentó a Héctor Jaramillo, Enrique Servín, Mario Lugo y Micaela Solís, los padrinos de este libro recién nacido.
Y empezaron los discursos. Todos fueron breves, cual debe, y muy cariñosos con Espinosa, quien a pulso se ha ganado un lugar importante en la literatura chihuahuenses, cualesquiera que sea la así nombrada sensación de colectividad.
Jaramillo dijo que le está agradecido a Espinosa por el puro hecho de escribir en un medio tan árido, indiferente y hostil como es el nuestro con sus poetas y con sus artistas. Así son estas broncas tierras.
Servín celebró que una de las tradiciones regocijantes en la literatura de por acá sea precisamente este tipo de ceremonias y cocteles donde hay buen vino, amorosos amigos, interminables y fecundas conversaciones y sobre todo un ambientazo.
Lugo hizo un discurso donde analizaba el libro de Espinosa, su amigo, y despertó mucha simpatía entre el auditorio por su valentía y honestidad al atreverse a comentar tanto los textos que mucho le gustaron pero también los textos que no tanto.
Micaela Solis, quien, cual diva que es, llegó tarde, leyó una carta de colegas, de poetisa a poeta, donde suenan las voces y los versos de Solís y de Espinosa muy bien tejidos.
Y al final Alfredo agradeció muerto de risa los comentarios y el afecto de todos sus amigos que tanto lo queremos, lo mismo los que estaban en el presídium tirando tremendos rollos, como los que en las sillas llenamos a reventar la Quinta Gameros para acompañar en su noche de gala a Espinosa y a su libro Desfiladero allí presentes.
El autor dijo que a su libro le tocó gastar padrinos de lujo y que el cuarteto de presentadores era de lo mejorcito que se ha visto en la muy abundante literatura chihuahuense, que goza de buena salud.
Al fin de fiesta hubo cantidades generosas de vino fresco que nos ofrecieron los amables señores de la quinta Gameros. Y el tradicional desfile de todos sus cuates de Espinosa a la mesa donde la maravillosa Elena Herrera repartía los libros y luego al lugar donde Alfredo Espinosa le firmaba autógrafos de cariño a todo el mundo.

Agosto 1991

lunes, 18 de septiembre de 2017

Héctor Jaramillo


Bienvenidos

Por Jesús Chávez Marín

Héctor Jaramillo y Felipe Alcántar cuidaron cada detalle de su exposición, Bienvenidos, que se inauguró el martes 16 de abril en quinta Gameros. Desde diseñar las invitaciones en papel bond, pero eso sí un impreso originalísimo, hasta en la manera de doblar el tríptico que lo contenía, con los nombres al margen: lograron un nuevo objeto artístico.
“No cabe que Felipe y Héctor son artistas en todo, en su vida, en su estilo, eso se nota hasta en mínimos aspectos, como esta gráfica cotidiana”, comentó Raúl Sánchez Trillo cuando encontró sobre su escritorio la invitación de sus dos amigos: un diseño en tinta negra con efectos de textura y con el ojo de una cerradura por donde hemos de asomarnos a la temática de intimidad que nos presentan las fotos de Jaramillo y los óleos y acuarelas de Alcántar en su exposición 1991.
La obra se instaló en la planta baja de la quinta Gameros. Desde arriba Nacho Guerrero tomaba fotos a varias personas que iban llegando. Ya había mucha gente cuando un poco tarde aparecieron los dos artistas de esa noche, entraron corriendo y con las manos llenas de los paquetes de última hora, agitados y totalmente fuera de contexto.
Eso les pasa por exponer en Chihuahua, una ciudad bastante mezquina con sus artistas, donde los promotores oficiales del arte y la cultura se dedican a pelearse entre ellos como perras y gatos, como guardianes y guardianas de sus míseros sueños de burocracia y rencor.
Aquí los artistas casi tienen que hacer todo ellos solos, hasta servicios elementales. Y claro, como todo, hay las excepciones, hemos tenido promotores culturales inteligentes y generosos, como Mario Arras, Leticia Santiesteban o el mismo Rubén Mejía, por citar tres nombres.
Cinco minutos después de esta reflexion rencorosa, Mario Humberto Chávez inauguró el evento con un discurso sencillo y breve. Fue el único discurso. Después entramos todos a las cuatro salas de la exposición.
A la entrada había un ojo de cerradura cuyas orillas eran de papel de china, a un lado había una mesa llena de copas con vino fresco y abundantes frutas y legumbres para delicia de los invitados.
Bienvenidos: a este lado de la pared están los cuadros de Alcántar, en formato grande, las tenues acuarelas de tono rosa o los colores fuertes, vigorosos, al óleo, las pinturas de un excelente dibujante.
De este otro están las fotos de Jaramillo, en blanco y negro, con las imágenes nítidas de un neorrealismo o de un hiperrealismo que contiene ciertos tonos de idealización. Una ojeada rápida basta para confirmar que estamos frente a dos artistas de tinta fuerte, que arriesgan, que crean universos coherentes y que ya han recorrido un buen trecho en la sólida formación de su oficio.
Pero si la noche de inauguración nos ponemos a ver los cuadros, parecería que todo fue un fracaso de pavoroso aburrimiento y no lo fue. Al contrario. Cierto que las salas estaban llenas y que muchos de los espectadores se veían notoriamente impresionados. Había tantos amigos, la noche era fresquecita y agradable en la terraza del museo, con el ambiente de bienvenida que los organizadores lograron crear, con música, floresotas de papel a los pies de la gente sobre el piso de machimbre, con la cama instalada en medio del último cuarto, con sábanas color palo de rosa y la almohada destendidas cachondamente como una escultura en homenaje a la intimidad.
Este tipo de eventos son, antes que nada, una buena ocasión para reencontrarse con los seres queridos: los amigos; también para el buen intercambio de chismes y demás rollos.
Esa noche asistió una multitud, gente de todo tipo: desde el elegante Jorge Benavides Lee con su look neoyorkino, hasta jóvenes punk con la cabeza rapada parcialmente; desde exjipis como Olaf, a quien ahora le gusta posar de empresario con teléfono celular al cinto, hasta jóvenes homosexuales vestidos igualitos que Solín, el pequeño valiente amigo de Kalimán, aquel héroe del radio que era “caballero con los hombres, tierno con los niños, galante con las mujeres, implacable con los malvados.”
En la terraza tomaban el fresquecito de la noche Jaime García Chávez, Irma Campos Madrigal y Flor María Vargas. Adentro un señor muy elegante de traje gris discute con Lupita Guerrero, quien vino muy guapa con blusa negra y pantalones de mezclilla.
José Pedro Gaytán y David Carrera llegaron, vieron y se fueron pronto. Lourdes Carrillo va bajando la escalinata para salir y va entrando el Chato Reyes, quien llega bastante tardecito pero muy a tiempo para saludar a sus cuates, que son muchísimos: Sergio Fernández muy serio esta vez. Gabriel Ortiz y Rosendo Muñoz, de los pocos fotógrafos que asistieron. Allá están Lupita Salas, Luis Carlos Salcido, Rosa María Hernández, Maya Bejarano y si seguimos anotando nombres esto va a parecer la lista de asistencia del primer año “B” en cualquier primaria estatal.
Mejor digamos cómodamente: a la exposición de Jaramillo y Alcántar asistió todo Chihuahua. Y todavía algunos, encabezados por Enrique Servín, siguieron la fiesta en casa de Kety González.

Abril 1991

domingo, 10 de septiembre de 2017

Eduardo Moye

Reunión de cuentistas

Por Jesús Chávez Marín

Mario Arras invitó a seis cuentistas de nuestra ciudad para que leyeran ante el público algo de su obra en el Teatro de Cámara la noche del 13 de abril. Ellos son José Pedro Gaytán, Eduardo Moye, Guadalupe Salas, Sergio Durán, Luz María Montes de Oca y Rafael Cárdenas.
El teatro lo ocupó a la mitad un público atento. Había expectación por volver a encontrarse con la narrativa de José Pedro Gaytán, autor que fue muy activo de 1978 a 1983 en las páginas de los periódicos y revistas y que en los años siguientes, hasta hoy, se dedicó a publicar otro tipo de textos, sobre todo ensayos sobre arte mexicano, pero dejó de publicar cuentos. Ahora leyó uno titulado “Con piedritas de hormiguero” y ratificó que su oficio de narrador sigue vigente: sus atmósferas y sus personajes están sólidamente construidos.
En otro tono, la fina prosa de Lupita Salas encantó al auditorio, sobre todo en sus textos más largos. Los cuentos breves no gustaron mucho, como que la gente ya está un poco harta con la proliferación de este tipo de acertijos y adivinanzas tan morrocotudas.
Eduardo Moye causó honda impresión con su metáfora de robotización oficinesca que se continúa en la cárcel, en el manicomio y hasta en el mismísimo cementerio con la misma escalofriante condena de rutina casi fantasmal.
Sergio Durán no presentó nada nuevo: sigue clavado con sus mismos relatotes de miserables vagabundos nocturnos y fronterizos que ya no despiertan la conmiseración de nadie.
Luz María Montes de Oca puso el tono romántico de la noche con sus cuentos alumbrados por cirios y aromatizados con la melancolía de un pasado tenue.
Rafael Cárdenas, muy nervioso, hacía sus primeras letras tratando de ganarse al público con recursos extraliterarios antes de leer sus cuentos, pero no logró coordinar ni un chiste completo, como los malos comediantes de la tele; hasta aplausos pidió. Y sus textos, pues: de esos que todo mundo hace cuando empieza a escribir y quiere ponerse muy surrealista y profundo.
Todo estuvo bien. Hubiera sido interesante si los escritores hubieran platicado algunas peripecias y principios de su oficio literario, si hubieran intentado una comunicación más activa y no solo lecturas.
Y hubiera estado aún mejor si no hubieran puesto como maestro de ceremonias a un locutor que venía directito de una radiodifusora de los años cincuentas, quien en vez de presentar a los protagonistas se ponía a decir discursos llenos de lugares comunes, de adornos peinados con brillantina y de frases sentimentalísimas.

Abril 1991