lunes, 13 de noviembre de 2017

JChM

Zangoloteo social. El show profesional de los escritores

Por Jesús Chávez Marín

Como nos dijeron que la revista Scorpio cierra con llavecita dorada su edición de junio el meritito 18 de mayo, para salir tan puntual como ella sola, el equipo de Zangoloteo social decidió pedirle prestado su carro del tiempo al viejo ese que tiene ojos de toro loco, el chifladito que sale en las películas de Volver al futuro I, II y III, para mandar de enviada especial a nuestra astuta reportera Rosario Sansores Mares a que cubriera con sus notas, sus poemas y sus besos al famoso foro literario que organizó el capitán Mario Lugo en el Salón de Cedro de Palacio, el pasado viernes 5 de junio de 1992.
A su regreso del túnel del tiempo, la Rosario colocó en nuestra coqueta mesa de redacción estas páginas, un viernes en la tardecita:
La cálida y sensual atmósfera de aquella noche de junio, que además era viernes social, elevé mis gráciles pasos sobre la escalinata de Palacio: llegué puntual como siempre a las ocho y media de la noche, hora marcada y troquelada en la invitación que mi gran amiga Cristina Matamoros me entregó en mayo, cuando desayunamos juntas en el café El Real de San Felipe.
Como les iba diciendo: llegue a Palacio y encaminé mis pasos hacia el Salón Rojo.
Ya había llegado varia gente fume y fume a las afueras del recinto de maderas labradas, entre ellas nuestro Quique Cortazar, ¡cuerísimo!, como toda la vida, con su look londinense de entre Dostoievsky combinado con Gustavo Adolfo Bécquer, quien le daba vuelo a su pipa con la elegancia casual que lo caracteriza.
Quique conversaba animadamente con una galana de Juaritos que yo apenas esta noche conocí, muy guapa ella: la típica 90/60/90, te lo juro. Ya somos las grandes amigas.
También andaba la Sandoval, como siempre repartiendo tarjetitas de presentación de las barrancas.
Más tarde llegó Manolo Fernández con una camisa di-vi-na que se compró en Marruecos el mes pasado, cuando se dio una vueltecita a visitar a unas amigas.
También se vinieron Óscar Robles desde Nueva York y Héctor Contreras desde El Gran Silencio, Texas, Víctor Hugo Rascón Banda desde Santa Rosa de Lima y el tal Ezequiel Mar, de aquí de Mápula.
“Bueno, ya, tercera llamada, comenzamos”. En la mesa pusieron un arreglo lin-dí-si-mo de flores y jardinería para las dos bellas damas de aquel foro literario: mi amiguérrima Lupita Salas, la escritora con más clase en este pueblo de vaqueros fulanos quienes lo único que saben es pistear en La Hacienda y en el Chihuahua Charlie’s. Y también estaba allí sentada muy modosita esa guera guapa Estela Fernández, la gurú del Cedart, feminista famosa, filósofa inteligente y aguerrida.
El primer rollo del mar muerto para la sociedad de los poetas vivos lo dictó uno que, según esto, es escritor del municipio de El Charco. Yo no sé a quién carajos se le ocurrió traer a este escribidorcito que se parece tanto a su paisano Lalo González. Yo a ese ni lo leo. Aunque esa noche me cayó en gracia: habló muy bonito de mi primo Pepe.
Luego vino el discurso de Lupita, ay, Salas preciosa ella: se vistió de luxe, queridas lectoras, con una mini roja super sexi que le quedaba lindísima, unos collares de plata y aretes de aro, leves como su personalidad encantadora. Además a ella todo le luce, porque no le sobra ni un gramo de cintura, curveadita, girita y elegante. ¿Cómo le haces, maestra? Mándanos la recete por fax: el suyo es el cuerpo femenino más sutil entre los que adornan nuestras vidas ciudadanas.
Enseguida habló Alfredo Espinosa, el único escritor de aquí que sabe vestirse con el estilo clásico, guapo y limpiecito siempre, no como sus colegas de mezclilla que se ponen camisetas feas feas aún cuando ya todos son casi cuarentones, oye, como que ya no les va el jipiteca fashion.
Ya para cerrar de lujo habló el apuesto capitán de este equipo de críticos literarios y literales, el señor Mario Lugo, ni más ni menos que la autoridad en lo que a todo tipo de textos se refiere.
Y bueno, todos ellos hablaron de un tema muy actual, muy oportuno para todas nosotras las escritoras, como lo son mis lindas amigas de las Letras y algo más, quienes también asistieron a este show profesional, al mando de mi comadre Minerva Ramírez, la directora que todas queremos porque ella es muy linda: nos publica en sus páginas poemas y cariñitos de todas nosotras y también, ¿por qué no? de alguno que otro escritor dela pelusa.
Lo que siguió después ya se sabe: las miles de preguntas, los saludos de pero válgame cómo has engordado desde la penúltima vez que nos vimos la semana pasada, queridita; el cóctel con vino blanco que ya basta, oye, deberían poner coñac de vez en cuando o, mínimo, etiqueta negra, ¿por qué no se les ocurre? Ya estamos fas-ti-dia-dí-si-mas del vino de mesa hasta altas horas de la noches de todos los viernes. Mejor ya vámonos a casa de mi comadre Luly Carrillo a seguir platicando otro ratito.”

Mayo1992

jueves, 9 de noviembre de 2017

Willivaldo Delgadillo


Timbiriches & rockanroleros en La Raya

Por Jesús Chávez Marín

Por efectos de la prestidigitación y los trucos de la escritura, estas páginas se transformarán ante ustedes en una bodega del segundo piso de un edificio en ruinas, decorada con entusiasmo kitch, para que en adelante sea el lugar común de cafecito cultural con canela, donde obligatoriamente los seres fuera de serie pasarán muy a gusto noches y tardes enteras.
Si lo cursi nunca pierde, y cuando pierde arrebata con dulzura, a la entrada del café La Raya todo mundo dejará rastro de su was here escribiendo recaditos de lo más mamones sobre carteles de papel crema a la derecha, mientras desde el lado izquierdo un retrato enorme en blanco y negro nos mira oblicuamente, atrás de sus lentes Ray-Ban. Como hoy es sábado, al fondo del local estarán instaladas las bocinas y los tambores del rock, como promesa (publicitaria) del concierto de esa noche, que será tan prototípico que lo mismo puede quedar fechado con esta historia o con la circunferencia mental de cualquiera de los parroquianos de cualquier sábado.
Si llegas temprano tienes que sentarte en la mesa que esté lo más lejos posible de donde se reúne el taller literario, que será el primer acto de esta puesta en escena. El coordinador del taller, el famoso escritor Willivaldo Delgadillo, guerrero de todas las batallas literarias en cualquier cenáculo o asamblea a donde asista (y asiste a todas), tiene estrictamente prohibida la presencia de extraños que puedan perturbar la serenidad estoica de sus pupilos. Así, estas inocentes criaturas podrán sentirse con seguridad y aplomo y leer sus textos recientes, a salvo de cualquier sarcasmo extranjero o crítica exacta.
Mientras tanto, el solitario cliente deberá tomarse un café con canela, ni modo, no hay de otro (el estilo es el estilo, aunque la canela adultere el noble sabor del oscuro brebaje desde que alguien decidió que era muy chic); se levantará vencido por la curiosidad para ver de cerca los horribles óleos colgados en las paredes y los retratos de la revista Life en español recortados y pegados con resistol en cualquier hueco.
Aquel individuo no lo puede creer, se imagina el pasado de aquellos mamotretos, arrumbados en el cuartito de los estorbos durante muchos años, hasta que alguien se deshace de ellos al donarlos generosamente a los neoempresarios dueños del café, quienes muy agradecidos (y contentos por el ahorro en gastos de la decoración) los cuelgan imprudentemente en los muros, sin importarles ni por un momento la tortura visual a la que someterán durante años a los ingenuos clientes intelectuales y artistas que encontrarán en esa peña uno de los lugares de su destino en común.
Con una paciencia que asombraría al mismo Buda, se queda uno hasta la noche, en espera del concierto de rock que nos tienen prometido. Poco a poco llegan otros habituales y se cruzan amables las conversaciones con los amigos de toda la vida que se conocieron esa misma tarde.
Llega nuestro amigo Héctor Lozoya, empresario juarense que llegó de Durango hace 18 años, y sus historias vertiginosas nos descubren territorios insólitos de aventuras y viajes de fábula. Más tarde llega el maestro Jorge Vargas, el famoso concertista cuyas manos de excelente pianista y oídos de compositor clásico se educaron en Viena. Su estilo de platicar tiene la elegancia de los buenos tiempos anteriores a la omnipresencia de la tele, cuando la conversación era una de las bellas artes.
De repente ya todas las mesas están llenas. Jóvenes notoriamente fresas (como se decía antes y se escribe aquí, a riesgo de ser marcado fatalmente como “clase 1953”) se instalan ruidosamente en las sillas y los meseros corren a encender la velita roja que hay en el centro de cada mesa que se va ocupando y atienden las órdenes de café o cerveza o chocolatito caliente que piden algunos.
Las jovencitas se vinieron muy chulas y con audaces dosis desnudistas perfectamente administradas con modelitos comprados en Dillard’s y, francamente a nosotros, con el asma incipiente propia de nuestra edad y años de tabaquismo, nos hacen suspirar como a los caballos viejos que salen en los cuentos de Rulfo. Otra vez se ríe de nosotros el poema de Rubén Darío: juventud divino tesoro, etcétera. Y, para consolarnos, nos ponemos a citar a “los clásicos”, ¿tú crees?, para ponernos a tono con aquella bodega repleta de “gente culta”.
Impuntual, como debe ser, empieza lo que chavos de este grupo Nexus llaman “concierto”. Se trata de una serie de tamborazos y requintazos que truenan en media res uno de los amplificadores.
El muchacho, que había estado notoriamente desafinado, se da cuenta de que se reventó el aparatejo made in Taiwan y trata de tomarlo a chiste; le pide a los espontáneos del público que, mientras ellos van a su casa a traer otro bafle, alguien pase por favor a contar algún chiste, alburero aunque sea. Por supuesto nadie le hace caso, pero tampoco le chiflan ni lo golpean ni nada, qué gente tan considerada.
Tres cuartos de hora después, los neomúsicos reinician la tocada. A la primera rola completita Jorge Vargas declara con su gesto que ya no puede más y se retira del lugar sin haberse terminado siquiera su segunda Tecate de la noche.
A la segunda rola, timbra el teléfono celular de Héctor, también ya quiere irse, de perdida al Salón México al no haber más.
Pero decidimos quedarnos un rato a ver qué tal canta la preciosa cantante chaparrita que hasta hoy se ha concretado a danzar graciosamente frente al micrófono, en silencio, como bailarina a go go venida desde la prehistoria de nuestra educación sentimental.
Diez rolas destempladísimas y desafinadas tuvimos que soportar antes de que sus gandallas compañeros le permitieran a la chaparrita cuerpo de uva cantar su primera rola.
Su voz era algo débil, pero ella sí sabía cantar y su timbre agudo era armónico con la danza de su fino cuerpo vestido de blusita negra de encajes tipo Madonna, donde se ofrecían frescos sus pequeños pechos igualitos a los de Nastassia Kinski en la famoso foto de su inaugural desnudez.
Solo por el show de la danza de aquellos jóvenes senos fue que habíamos resistido los ruidos y hasta la humillación de ser unos cuantos rucos en medio de una nueva generación de banqueros. Pero la cantante jamás se quitó la chingada chamarra de cuero negro que ella seguramente consideraba obligatorio uniforme de rockera.
Además los caciques y caimanes del grupo Nexus no le permitieron cantar una rola más y la dejaron ahí bailando como mensa con chamarra de ángel del rock, hazme el cabrón favor.
Pero ya pasajeros en el tren de la parranda sabatina, viernes social, sábado sexual y domingo familiar seguían corriendo las respectivas cervezas. En eso llegó, para nuestro regocijo amistoso, si bien debemos reconocer que algo exagerado por la incipiente borrachera, el gran Antonio Muñoz, filósofo de interés social y sincero amigo de aquellos bohemios que éramos nosotros, ya para esas horas en torno a una mea del café cantante.
Toño era el venerable maestro en la prepa en el pasado reciente de Héctor; excondiscípulo en la UACH del otro amigo, un locutor de Radio Universidad de la mínima y dulce ciudad de Chihuahua y literato en cómodas mensualidades. No, pues la tertulia se había completado.
Antonio llegó vestido de tarahumara, con la greña debidamente sujeta con una cinta de colores indígenas y calzado con huaraches de llanta de tresagujeros, cual debe de ser.
Así ya no se sintió tan incompartida la brecha generacional y todos nos sentimos más a gusto. Y eso que, o tempora o mores, Toño y Héctor se pusieron allí mismo a negociar la compraventa de un automóvil, peor que si estuvieran en Wall Street, mientras el carajo celular seguía chingue y chingue.
Y el otro sacó, te lo juro, su pendeja libreta de taquigrafía y se puso a escribir no sé qué prosa poética sobre unos animales de Neanderthal que fueron arrojados por el hoyo de ozono, oye, de plano, aquello era francamente el colmo.
Los aprendices de rockstars del sexus plexus nexus seguían tocando y los jóvenes ahí presentes hasta les aplaudían, no lo puedo creer.
Qué dañados. Cuánto mal les han hecho las cabronas discoteques con la basura de Televisa a todo volumen y ellos bailoteando hasta la madre y hasta las tres de la mañana todos los viernes sin falta.
Y de las mesas vecinas a veces se oían comentarios de algunas muchachas que a veces exclamaban a gritos: “qué señores tan botanas”, ¡y se referían a nosotros!
Es más de lo que un ser civilizado hubiera podido soportar.
Fue entonces cuando uno de aquellos jipitecos de la pelea pasada se subió al foro y empuñando gallardamente el micrófono le dijo a los de Nexus, envidiosos de su Madonna juarense, que por favor tuvieran la bondad de dejarla cantar a ella, que no por eso les robaría cámara, ya que nadie estaba filmando nada en proyección nacional, y que la guapa chaparrita de la frontera no era ninguna Martha Sánchez que fuera algún día a arrebatarles el jugoso contrato en ningún bar o café cantante o gira al interior de la república y además, tanto el baterista, como el bajo y el guitarra primera cantaban muy feo y desafinaban, que por favor ya mejor ni tocaran nada, recogieran humildemente sus herramientas y se fueran de ahí en ese mismo instante, porque ya la campanita de los aficionados había sonado para ellos y su obligación era ponerse a estudiar y ensayar horas enteras. Para la siguiente –insisto– dejen cantar aquí a la señorita: ¿para qué la invitaron al grupo si no la dejaban desarrollar su creatividad?
Aquel rollote en su propio micrófono había cogido por sorpresa a los nexus plexus y trataban de impedirlo a como diera lugar. Requinteaban (ya se dijo cuán desafinados), chiflaban tratando de hacerse los chistosos, buscaban el apoyo de sus camaradas del público que trataba inútilmente de callar al emisario del pasado aquel, pero no contaban con su larga experiencia de rockanrolero, y a las largas jornadas de oratoria grillera que esta noche, posterior al desmoronamiento de los grandes sistemas, hallaba el cauce de un inesperado ajuste con la historia.
Pero definitivamente las conductas han cambiado. Los muchachos ya no se conmueven ante los discursos. Por un oído les entra y por otro les sale, son sordos tanto a las palabras como a la música. Viven muy al pendiente de la moda y de la cuenta bancaria de sus padres.
Pero no todo está perdido: no hay que olvidar que este tipo de historias resentidas lo único que hacen es demostrar que casi no hay nada nuevo bajo el sol y que los rucos siempre seguirán creyéndose la falsa y débil ilusión de que todo tiempo pasado fue mejor.

Abril 1992

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Enrique Cortazar

Prohibido traer corbata

Por Jesús Chávez Marín

Para todo mundo en Chihuahua fue sorpresa el anuncio repentino de que, luego de tres años de anunciado, se instalaría la próxima semana el tan peleado, traído y llevado Instituto Chihuahuense de la Cultura: sale (para que ya no sufran los trabajadores de la idem): el jueves 19 de marzo en la tardecita sería inaugurado fragante y nuevecito, con la presencia (consagratoria) del presidente de la república Carlos Salinas de Gortari “en gira por esta capital”, del gobernador Fernando Baeza y también, ¿por qué no?, del presidente municipal. Vendría Víctor Flores Olea, jefe del Conaculta cinco días antes de que lo corrieran por andar ninguneando al Octavio Paz, a firmar el importante documento que daría inicio a institución tan famosa como prioritaria.

1.     El pliego barroco
Desde el lunes ya casi todos los intelectuales y artistas, que tantas veces se habían levantado en armas (literarias) contra el posible nombramiento de la licenciada Luz Ernestina Fierro, andaban alborotados y llenos de dudas. En una reunión de poetas que Mario Arras organizó ese día, donde participó Enrique Cortazar, varios reporteros le preguntamos en la cena de fin de fiesta que si él sería el elegido. Pero Enrique no soltó prenda, aunque andaba tan ensimismado y misterioso que nos evidenció la fácil respuesta. En suma: andaba de tapado.
Pero en los círculos literarios, que nunca faltan, las preguntas volaban como golondrinas: ¿quién sería el ungido o la ungida?, ¿lo nombraría Baeza?, ¿Navarro?, lo nombraría el candidato Jesús Macías en uno de los típicos actos de campaña del “partido oficial”, ¿o quizá el mismísimo Octavio Paz desde alguna oficina de Televisa? El iluso Consejo Técnico, integrado por varios “especialistas” en las diversas áreas de la culturité, que desde junio de 1991 ya gobernaba el acariciado proyecto, o sea, gobernaba el vacío, ¿sería desmantelado, consultado siquiera o por lo menos llevado a la gloria y al poder?
Para que fueran cayendo uno a uno todos los velos del misterio, a mucha gente empezó a llegarle a sus domicilios, oficinas o cafés donde pasan la vida entera, un sobre blanco con un pergamino sintético escrito con tipografía propia de los siglos de oro y el escudo troquelado de Chihuahua la bella, que decía: “El C. gobernador Baeza invita a usted a la instalación del Famoso Instituto, con la distinguida presencia del C. Presidente Salinas.” En el sobre venía, además, un pequeño papel que traía impresas unas misteriosas letras: “pase personal, favor de asistir en traje informal.” El diseño más parecía invitación para boda en Catedral con recepción fastuosa en alguna hacienda porfiriana, de las que siguen firmes en estos tejanos lugares, que anuncio de un acto oficial muy propio de giras en comitiva presidencial.
―¿Ya te llegó la invitación?
―No, ¿y a ti?
―A mí ya, maestra. Mandaron un propio hasta mi residencia y la recibió mi mamá, oye, se quedó impresionadísima con aquel pliego tan bonito en las manos, como venido del túnel del tiempo, desde las buenas épocas aquellas cuando había orden y decoro, ¿te acuerdas? Cuando no teníamos que soportar a tanto barbaján.
―Pues a mí ya no sé si me irá a llegar, tú, ¿serán capaces de dejarme fuera, ¡a mí! que tengo 22 años como director de la Sociedad Chihuahuense de Escritores A.C.? Ya ves cómo se las gastan esas cabronas mafias.
Por fin, a todo ser le llegó invitación: el objetivo era llenar las 300 butacas del Teatro de Cámara con “pura gente culta” –pero por supuesto– y echaron mano de todas las fuerzas vivas:
*historiadores que son la viva reencarnación de don Panchito R. Almada y escriben igualito de aburrido que aquel ilustre prócer,
*poetas que viven y mueren en el Centro Cultural La Brisa,
*redactores de crónicas rancheras que se sienten muy chistosos,
*organizadores de cenas con intelectuales para el candidato, entre ellos el afamado bibliotecario don Gaspar Gumaro Orozco, cuyo nombre da esplendor a la biblioteca de su pueblo natal,
*concursantes profesionales de premios literarios que responden a la menor convocatoria de cualquier certamen o lotería y, a veces, hasta consiguen premios o, de perdida, menciones honoríficas, las cuales quedan grabadas para siempre en sus biografías,
*incomprendidos del sistema que pasan la vida entre la depresión y el olvido cargando en las calles un costal de amarguras que ellos llaman crisis existencial y vendiendo copias fotostáticas de sus poemarios,
*actores de teatro que ya se resignaron a su destino amateur ante la ausencia de gente en la taquilla,
*promotores culturales de tiempo completo cuyos afanes están encaminados a seguir velando día y noche por la cultura chihuahuense. Y a seguir cobrando en gobierno,
*pintores vestidos de luchadores que exponen su talento cada dos meses en el vestíbulo de algún teatro, mientras llegan las galerías de arte que ya nos habían prometido los funcionarios desde los tiempos e don Plutarco Elías Calles,
*…y así toda una serie de personajes arquetípicos a la vez que sumamente cotidianos, algunos de los cuales ni siquiera se imaginan el por qué carajos los invitaron a ellos, pero de todos modos llegaron puntualitos.

2.     Acarreados en jet
Pero como, según los organizadores, la pura intelectualidad de por acá luce algo tosca para este tipo de saraos, mandaron traer de la capital alguna gente culta para equilibrar el evento y así no perder el estilo propio de tan dichosas noches de gala. Y fue así como aterrizaron en el aeropuerto varias Personalidades Notables que tuvieran algún contacto cercano o lejano con la tierra que los vio nacer: ellos adornarían por lo menos algunas butacas (reservadas) del teatro, para que el público no se notara homogéneamente del todo ranchero o provinciano.
Este grupo de valores inventariados por la patria se hospedaron en el castillo Sicomoro. Hasta allá subimos algunos de sus fans en busca de autógrafos inolvidables, y pudimos conocer en persona a:
*Carmen Cardenal, la famosa heroína y cantora en casi todas las películas de Mario Almada.
*Alma Delfina, quien hace mucho salía en programas de televisión y hasta en Mujer, casos de la vida real apareció dos veces, aunque ya lleva varios años desempleada la pobre porque dicen que la vetó Azcárraga, ¡no puede ser!
*Roberto Bañuelos, extenor de fama mundial que le saca brillo a su pasado. *Evangelina Martínez, ahora tan famosa en el papel de señora humilde rescatada en los comerciales de Pronasol que pasan en la tele.
*Gonzalo Martínez, el exfamoso exdirector de cine allá en los tiempos del licenciado Echeverría y ahora magnate y productor de telenovelas.
*Benjamín Domínguez, el pintor de Jiménez, acompañado de su inseparable esposa y administradora Marisela
Y:
*El gran Víctor Hugo Rascón Banda mismo, quien tan amablemente atendió la invitación de sus paisanos para venirse a la gran fiesta institucional de aquella noche memorable.

3.     Juegos florales y desflorales
Desde el medio día elementos del estado mayor cuidaban los alrededores y los interiores del Teatro de Cámara. En el foro se alzaban una mesa larga y unas sillas con el reglamentario paño verde y, a sus pies, un montón de guirnaldas, todo listo para que las personalidades que mandan acomodaran sus augustas presencias, aunque fuera como convidados de piedra, de esos que por esta ocasión no les tocaba hablar nada ni firmar documento alguno pero de todos modos allí están, hieráticos, de parapeto, adornando el presídium. A sus espaldas un cartel gigante lleno de escudos oficiales dice con letras desmesuradas: “Instalación del Instituto Chihuahuense de la Cultura.”

4.     Seis y media de la tarde
La ceremonia empezará a las siete, pero conviene llegar temprano para alcanzar buen lugar. Ya se agitan varias personas afuera del teatro y el vestíbulo está repleto de ciudadanos ilustres. Llegan (partiendo plaza) Federico Terrazas y otros millonarios que le acompañan. Un soldado vestido de paisano les dice:
-Perdonen, señores, pero no pueden pasar con traje formal, la invitación lo decía claramente. Por favor quítense la corbata. Así no entran.
Fue entonces como todos los despistados o desobedientes civiles que llegaban vestidos de gala les fueron ordenando que entendieran, que se desformalizaran porque el señor presidente llegaría de sencillo, con una (democrática) chamarra de piel y entonces todos tendríamos que lucir casuales y bohemios, como gente culta que éramos.
Los únicos que se negaron a quitarse la corbata y entraron y la lucieron muy orondos fueron el poeta Alfredo Jacob, el cronista Zacarías Márquez Terrazas y el pintor Mario Arnal.
Puntualito llegó el presidente. Bajó con paso ágil por la escalinata alfombrada de la derecha y todos nos pusimos de pie para aplaudir entusiasmados y así aparecer antes las cámaras de video tal como somos de hospitalarios y cálidos ante nuestro Tlatoani sexenal. En las butacas de la orilla y al fondo del teatro se acomodaban muy notorias muchas mujeres karatecas y muchos hombres fu-man-chúes, los guardianes de seguridad que el poder considera indispensables para este tipo de eventos.

5.     A las palabras se las lleva el viento
El personaje central de estas ceremonias es el discurso, los grandes rollos. Las palabras son protagonistas en estas historias llenas de butacas pasivas y complacientes, los aplausos son obligatorios. Un locutor, traído directamente de alguna radiodifusora de los años cincuentas, anunció que como primer número hablaría el señor Ramón Navarro Salazar, director de Desarrollo Social del gobierno del estado, quien elaboró una especie de informe celebratorio de todos los actos culturales que ha patrocinado y organizado su oficina. Luego salió a escena el dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda, quien habló muy bonito, con un relato de tres cuartillas llenas de sentimiento que empezaba así: “Desde aquella noche en Camargo hace tres años, cuando caminábamos por la plaza de Santa Rosalía, soñábamos esperanzados con un instituto pluricéntrico y pluricultural que se enriqueciera con la presencia de los guarojíos y los tarahumaras aquí presentes, y tres años nos parecieron tres siglos, tres siglos durante los cuales no hubo instituto y tanta falta nos hizo.” También pidió al presidente que jamás censurara ni amenazara con sus nubarrones tenebrosos a ningún artista ni periodista que quisiera expresar libremente sus opiniones y su libertad creadora. Fue el discurso más aplaudido entre los cuatro que se escucharon con respetuosa atención.
A continuación el locutor, muy en su papel, elevó discretamente la voz para declamar:
―Y ahora con ustedes el director del Instituto Chihuahuense de la Cultura: ¡el poeta Enrique Cortazar!
El anunciado encamina sus pasos hasta el lugar de los micrófonos y las luces para aceptar su nuevo cargo y declarar sus intenciones y propósitos de trabajo. Sus palabras fueron precisas y sencillas, las menos florilégicas de la noche.
Y luego vino el gran final: el discurso del presidente Salinas desde la mesa del presídium: habló de la cultura, del tratado de libre comercio y de la buena onda de venir a Chihuahua para un acto tan trascendental. Enseguida Víctor Flores Olea, en el último acto de su carrera política, y el gobernador Fernando Baeza, firmaron el documento oficial que institucionalizará para siempre el hecho de que, desde hoy, la cultura chihuahuense ya tiene el instituto que la protegerá de las asechanzas del oscurantismo, de la ignorancia y del fanatismo por los siglos de los siglos.

Abril 1992

lunes, 23 de octubre de 2017

Sergio Alberto Campos Chacón

La sangre de Sara

Por Jesús Chávez Marín

En un reciente foro de literatos señalaba Mario Lugo que aún estamos esperando que llegue a los vagos territorios de la literatura chihuahuense (vamos a suponer también por hoy que tal literatura existe, como se permitió en hipótesis de trabajo aquella noche el mismo Lugo) la creación de la novela chihuahuense. Y ahora estamos aquí celebrando la presentación de la novela de Sergio Alberto Campos Chacón, que es la versión novelada de aquel asalto al cuartel de ciudad Madera en 1965.
Como hoy, aquel día también fue jueves, como lo consigna Sergio Alberto en su testimonio, al iniciar su texto con unas palabras. Para nuestro oficio, esta novela de testimonio podría ser un buen comienzo de una novelística chihuahuense que Mario Lugo y muchos lectores estamos esperando.
“La madrugada del jueves 23 de septiembre de 1965, el profesor y médico Pablo Gómez Ramírez, los profesores Arturo Gámiz García, Miguel Quiñones Pedroza, Rafael Martínez Valdivia, los campesinos Salomón Gaytán Aguirre y Antonio Escobel Gaytán y los estudiantes Emilio Gámiz García y Óscar Sandoval Salinas, y otras personas aún sobrevivientes, todos de ideología marxista, atacaron el cuartel militar de ciudad Madera, Chihuahua, con la pretensión de iniciar una revolución socialista” (p.9).
Barrancas rojas, de Sergio Alberto Campos Chacón, es la versión novelada de esa guerrilla. Esto queda muy claro en el pacto narrativo que el autor propone desde el principio. No es un reportaje con nombres y fechas, aunque la verdad histórica y la estricta revisión de documentos se nota en el rigor de su testimonio. Pero deja muy claro que la suya es, antes que nada, una novela, una versión novelada de unos hechos históricos.
¿Quiénes son los personajes de esta novela? Ante todo, el grupo de jóvenes guerrilleros que decidieron su destino en el hecho de armas, para ellos heroico y coherente, al que acudieron llevados por su idealismo y por los impulsos generosos de su sangre joven. Es un personaje colectivo, “los guerrilleros”, pero muy bien construido en la individualización de Juan, un joven adusto y casi rígido, lleno de ideas y estoicismo; en Sara, la bella muchacha que elige el camino de las armas y cuya sangre corriendo por la nieve en plena batalla es la metáfora totalizadora de esta novela, a ratos profundamente romántica; Graciela, a quien vemos peregrinando por las inhóspitas calles de la ciudad de México entrevistándose con extraños donadores de recursos para la revolución. Casi personaje de Gorki, llena de dignidad con sus ropas humildísimas y su hambre revolucionaria, pero sobre todo en Juan Luis, el personaje más cercano a la voz del narrador omnisciente y el hilo más fuerte de esta historia.
Frente a ellos hay otro personaje colectivo: el ejército. Vemos al soldado Ubaldo Venzor despidiéndose de María, su mujer, muy de madrugada para responder al llamado de tropa que lo convoca a viajar hasta ciudad Madera, donde el alto mando del ejército lo llama. Vemos en su oficina también al Secretario de Defensa, hablando por teléfono con el presidente Díaz Ordaz, que en la novela se llamará Durán Ortíz. Y también está otro general de división, Giner Durán (que en la ficción de Barrancas rojas habrá de llamarse Justiniani) diciendo para siempre: “¡Querían tierra, denles hasta que se harten!”, y ladrando en palacio la arrogancia negra del poder.
Aparecen personajes, estos sí con sus nombres reales aquí con la doble vida de la historia y de esta novela, el secretario de gobernación Echeverría, el rector de la Universidad de Chihuahua Manuel Russek, el comandante de tropa al que le tocaron los hechos de Madera, que en la novela se llama Jesús Reyes Villegas.
Toda novela es un lugar, un espacio casi físico, donde viven, son creados y pasan muchísimos personajes. Campos Chacón maneja con talento los grupos de gente: las manifestaciones frente al palacio de gobierno, las quemas de los ataúdes que estuvieron a punto de incendiar también la gran puerta de este lugar donde ahora estamos de fiesta, por razones literarias, pero donde suceden o se traman tantas historias a veces bastante negras.
También de un pincelazo el autor retrata con acierto a sus criaturas pasajeras, como la mujer del soldado que se preocupa por el salario de la quincena de su guerrero marido: “adiós no, soldado, hasta pronto”; el cubano a quien solo conocemos por la excelente recreación tipográfica de su habla caribeña cuando asesora a los futuros guerrilleros; el secretario atildado y servil, el empresario del Grupo Huenachi (Huenachi en la novela es Chihuahua en el juego retórico de los nombres que exige la libertad para fabular la historia y recrear conversaciones ultraprivadas que, por serlo, jamás podrían ser documentadas de otra forma) el empresario de Bosques de Huenachi que manipula a su favor la situación, la reunión con el presidente de la república donde sus intereses son su único pensamiento social, la tosca personalidad del gobernador Giner a quien le deja sentir que es macho, muy macho y castrense con tal de que siga favoreciendo su causa, la del empresario, que siempre será la causa de su dinero.
Otro de los recursos narrativos de este texto son los desplazamientos. Se maneja bien el espacio, lo mismo los camiones miserables donde viaja Graciela, famélica y digna, por el Distrito Federal buscando fondos para la revolución, que el clima frío de la intensa nevada que une su crueldad a la crueldad de la guerra y de la sangre derramada, la que empezó con la nieve ligera en el hombro de un estudiante y terminó con una helada negra la noche siguiente de una madrugada sangrienta.
Vemos al camión de soldados atravesando desde Juárez el “mar de dunas” y también el despacho del presidente Díaz Ordaz a donde, tímido y obediente, entra Luis Echeverría a entregar detallados informes y pronósticos de la  política y de la vida.
Campos Chacón maneja extensamente el diálogo. Vemos muchas escenas y pocas descripciones, a ratos su narrativa parece dramaturgia. Pero es, sobre todo, un teatro de ideas. Quiso dar testimonio de todas las conversaciones, ponerlas en el escenario vasto de su novela. Él mismo nos comunica al principio su proyecto de este gran teatro de conceptos, cuando advierte y asume el riesgo de su desmesura, y le señala al lector: “Por extremistas que le parezcan algunas reflexiones que leerá, eran normales en ese tiempo.”
Pero también anuncia lo necesario de esa mezcla de ideas y vertiginosos relatos, porque esa historia “grabó a fuego violento nuevos registros en la conciencia social de los chihuahuenses.”
En la lectura de Barrancas rojas asistimos de nuevo, o asistimos por primera vez, según sea la edad del lector, a un juego intenso de ideas y hechos históricos: la ideología que se fue tejiendo en Cuba luego del triunfo de su revolución en 1959 y de su reconstrucción política y social; la guerra de Vietnam donde se empantanó la sociedad entera de los Estados Unidos; el jipismo y su blanda protesta clasemediera; el marxismo más ortodoxo que era también una especia de encendido mesianismo; la manipulación financiera de los bosques de Chihuahua que, por sus resultados, es también una maligna ideología; la filosofía castrense sostenida por un gobernador militar que es también un viejo neurótico de los de antes; los informes de gobernación mezclados de noticias internacionalistas justificadoras de la violencia interna; las ideas palpitantes en las gargantas de jóvenes estudiantes que resultan casi aburridos de tan fanáticos: “les recuerdo también que nuestras vidas no tienen sentido cuando en las ciudades y en el campo son explotados miles de compatriotas por la burguesía.”
La novela es un texto donde todo cabe: documentos, gritos, ráfagas de ametralladora y el pájaro carpintero del telégrafo, las voces enamoradas y las fieras.
A una novela siempre la reconocemos como tal, cuando lo es, por el tejido sabio de sus múltiples hilos. Sergio Alberto Campos Chacón es con mucha discreción y sutileza un poeta, un novelita poeta, en la recreación de imágenes amorosas o terribles, en medio del fuego de las metralletas y el humo de las ideologías.
Como cuando Juan Luis mata por primera vez: “El muchacho supo que ya nunca más sería el mismo, invadió los terrenos de la muerte que casi no conocía, a la que llamó para destruir la vida del soldado.”
Imágenes en plena acción o dramatización: “Por varias noches, calambres venidos del subconsciente estremecieron a los guerrilleros, rompiendo la secuencia del sueño”.
Las imágenes terribles de la guerra: “Más claro el amanecer, los soldados disparaban contra lo que se moviera. Liberándose de la demoníaca carga emocional del combate, entraron violentos a sus casas…”
Imágenes que fulguran en las fronteras del amor y de la muerte cuando el guerrillero ve caer a su amada Sara: “Apretó su mano y sintió que la sangre de la joven lo quemaba, la que al correr como lava derritió la nieve dejando en la mente de Juan Luis la imagen de profundas barrancas rojas, como las gigantescas montañas de la sierra.”
La visión expansiva del amante herido en la muerte de su amada, y también en la derrota, es casi la síntesis de esta novela; el título de ella aparece como una sorpresa en medio del texto.
La novela de Chihuahua habrá de hacerse con muchas novelas, con diversos relatos que canten y cuenten la peripecia de nuestra vida en común. El asalto de Madera es una señal de nuestra historia. El 23 de septiembre sigue muchas veces vivo. La novela “Barrancas rojas, de Sergio Alberto Campos Chacón, es una de esas novelas que vendrán, aquí pionera y fundadora.

Octubre 1991