viernes, 24 de agosto de 2012

alex rembao


La violencia y la intimidad del terror
Presentación de la novela El cobarde, de Alex Rembao
Por Jesús Chávez Marín

Me complace mucho participar en la presentación de la tercera novela de mi amigo Alex Rembao, a quien conocí cuando él era estudiante de preparatoria, rocanrolero y compositor de canciones, en los viejos tiempos de un bar llamado La balada del gato. Nos reunimos ahora en esta fiesta de literatura en la que sale su nuevo libro donde, como en los anteriores, se construye un mundo lleno de vida, de angustia, de voces poéticas, de ironía y de amor profundo por la libertad y por la aventura esplendorosa de los seres humanos sobre la tierra.

Como las historias surgidas en sus libros anteriores sucedían en la época actual, la primera sorpresa de esta nueva novela, titulada El cobarde, es que nos mete de lleno en los tiempos violentos de la revolución mexicana: Rubén Gallardo, un jovencito de 17 años, ve morir a su padre, fusilado a mansalva por un pelotón de policías federales, unos traidores lo habían puesto en la mira porque había favorecido con su gran fortuna de hacendado a la rebelión que estaba a punto de alzarse contra Porfirio Díaz.

Con precipitada destreza, Rembao construye a lo largo de la novela secuencias de acción similares a esta, donde relata la violencia con extraordinaria precisión, donde surgen bloques compactos de ejércitos en plena batalla, donde se escuchan el silbido de las balas, el tronido de los cañones, las cabalgatas y lo pasos de la infantería, donde se describe un paisaje destrozado por la salvaje presencia de los seres humanos en el ejercicio cruel de matarse unos a otros en la guerra.

Pero la segunda sorpresa de esta novela es la mirada del narrador, el punto de vista desde donde se relatan los hechos es el de un joven de extrema sensibilidad, un personaje que tiene poderes de adivinación, de mirar el futuro a través de los sueños, de conectarse con visiones desordenadas que lo atormentan durante toda su vida y que le provocarán noches de pesadilla. De esta manera Rubén Gallardo había presenciado la muerte de su madre en sus sueños días antes de que ella muriera. También había tenido premoniciones muy claras de la muerte de su padre, que da inicio al peregrinaje atormentado que se narra en la novela, y que habrá de ser un componente esencial en la formación de su identidad y de su destino.

Con habilidad intuitiva y exacta, Alex Rembao estructura su novela con estos dos ambientes contrastantes: la narración muy cruda y despiadada d acciones violentas y la intimidad sombría, desgarradora y poética de su personaje principal, que tiene una conciencia deslumbrante de ese mundo absurdo que se vive, que le cala en cada nervio, en la piel entera de su cuerpo, en carne viva, en su espíritu flechado de relámpagos.

Uno de los altos valores de una obra de arte es que refleja, retrata y explora la época en que vive el artista: el arte novelístico de Alex Rembao siempre ha sido consecuente con esta verdad. Aunque la acción de su novela transcurre en los tiempos de la revolución, a un siglo exacto del presente, las imágenes de la violencia siempre absurda y el contraste con la esencia de la más profunda identidad humana hace que esta novela nos ofrezca un panorama de estos tiempos nuestros que ahora nos enfrenta a un destino cotidiano muy semejante al atormentado mundo de esta páginas, de esta novela tan estremecedora.

Con profundidad psicológica, los personajes de esta novela evolucionan en cada secuencia, en cada descripción de hombres que se van convirtiendo en bestias salvajes en la mezcla de la sangre con el miedo, las armas en las manos homicidas que se mueven más allá del instinto, muy lejos de los pensamientos de nobleza o compasión que alguna vez latieron en la infancia, en la burla y la humillación con la que los enemigos gratuitos de pronto nos miran y nos empujan, nos tiran al suelo nada más para afianzar un poder que los levante a ellos del polvo y los eleve un poco de su propio terror de la muerte.

En el discurso de este relato escrito con un lenguaje muy original donde se contienen visiones intensas, de colores vivos y primarios, de tonos poéticos mezclados con elementos góticos, se va formando una atmósfera donde todo puede suceder: por ejemplo, que en los sueños guiados por la hipnosis y por las artes oscuras de un Virgilio esotérico llamado El Ciego aparezca la batalla unilateral y violenta que sucede cinco décadas después al presente del relato, conocida como Tlatelolco 68, donde Rafael Gallardo puede mirarse a sí mismo como un dirigente estudiantil que es muerto en aquella matanza.

En la estructura de la novela uno de los elementos más fascinantes es el desarrollo de la personalidad del protagonista principal, Rafael Gallardo. El autor escapa del recurso fácil de construir un héroe valiente y arrojado, un príncipe violento y adormecido de sus sentimientos que mata y subyuga a los otros porque ese debiera ser su destino de revolucionario digamos que justiciero. Por el contrario, aparece un joven de extremada sensibilidad, de esmerada educación, cuya mirada está construida de un profundo horror ante el sinsentido de la violencia, un hombre de pensamientos de nobleza, de justicia, de verdadera valentía que se ven siempre avasallados ante la angustia cotidiana de la guerra, por el horror del asesinato que son la vida cotidiana que le tocó en suerte.

Para contar estos hechos, el autor acude a los elementos esenciales de todo relato clásico: El inicio es la muerte del padre y la destrucción de un mundo anterior que se ve alterado por un destino trágico, luego la partida, un desplazamiento hacia otros parajes. En esa aventura existirán aliados y enemigos. El primer aliado es Benjamín, al caballerango de la hacienda, al cual el padre había encomendado el cuidado del hijo, con una promesa de honor. Este aliado cumple varios años esa promesa, hasta que la ambición del poder lo hace abandonar al amigo unos años para luego aparecer de nuevo, un poco avergonzado por la traición a la palabra.

Otra de las aliadas es la Claudia, la bella novicia del Convento de la Soledad, que le facilita al personaje el refugio y la seguridad y le dará la oportunidad de completar su educación en medio de un país en guerra, al facilitarle el acceso a una enorme biblioteca donde la lectura habría de dotarlo de una información y de una sabiduría que habría de transformarlo. Un aliado singular será también El Ciego, que le revelará las verdades de su herencia genética de visionario y lo ayudará a ordenar sus pensamientos en el ambiente confuso de los sueños.

También como maldición aparecen los enemigos que habrán de agredirlo en forma colectiva con el sobrenombre humillante de “el cobarde”, que púbicamente harán escarnio de su mansedumbre, y que también algunos de ellos recibirán en más de una ocasión una respuesta inesperada cuando la condición valerosa y el instinto de conservación hicieron aparecer a otro Rafael muy distinto, dispuesto a defenderse ante el desafío de la muerte.

Esta novela tiene una extensa gama de visiones simbólicas que reflejan con impresionante claridad nuestra propia época, tan erizada ahora de esa violencia que viene de una injusticia antigua y profunda. Leer estas páginas de Alex Rembao es una experiencia muy fuerte, muy conmovedora, que también nos hace desfrutar, desde la serenidad de la lectura, de un panorama formado con estremecedora belleza.

Sin duda, este de Alex Rembao está llamado a ser uno de los libros que expresarán el alma colectiva de nuestra época. 

Agradezco a ustedes su atención.

Agosto de 2012.

viernes, 17 de agosto de 2012

utopía


Los comunistas regresamos
Por Jesús Chávez Marín

Estoy seguro que soy comunista desde niño. Vivía yo en la colonia Rosario, que en aquel tiempo fue un caserío recién fundado por varios rancheros de origen humilde que llegaron de Mápula, de El Charco, Santa Isabel, Santa Eulalia y de otros pueblos cercanos a la ciudad, atraídos por la actividad económica de la estación del ferrocarril Chihuahua al Pacífico.
Frente a mi casa pasaba todos los días a las seis de la tarde el tren pasajero, los viajeros saludaban alegres o tristes desde algunas ventanillas de los vagones. La locomotora del tren era todavía de aquellas negras de vapor que en breves años fueron desplazadas por las máquinas diesel de la modernidad, pintadas de naranja y con logotipos estridentes.
Nuestras madres le tenían terror a la palabra comunismo, porque la leyenda negra de la propaganda norteamericana les metió en la cabeza que en Rusia a todos los niños se los robaba el gobierno desde que eran bebés, para meterlos de obreros encadenados a las factorías, de soldados para la guerra mundial o para encerrarlos en la nevada Siberia si se portaban mal. Sin embargo ellas nos enseñaron su generoso comunismo cuando enfrentaban a la miseria económica que les tocó vivir y ejercían, con toda naturalidad, la caridad cristiana de darle de comer a todos los niños que llegaran a su mesa, fueran o no hijos suyos o sobrinos, o compañeros del kinder, o niñas tarahumaras que bajaban del cerro.
Era común en aquel tiempo que algunos muchachitos abandonados por sus padres se quedaran a vivir para siempre en casa de los vecinos. Mi madre, Carmen Marín, le dio crianza, comida y sustento a un vecino nuestro cuya madre trabajaba todo el día y a veces toda la noche en no sé qué vagos asuntos que la mantenían ocupada continuamente.
Las bases del comunismo son tres: 1. la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción y la distribución colectiva de las riquezas; 2. el cumplimiento digno de las necesidades de todos los ciudadanos de cualquier edad y condición y 3. el respeto a la libertad individual de toda persona, de su expresión y sus ideas. En la colonia Rosario de los años cincuenta se cumplían las tres realidades, era un territorio natural de comunistas.
Los patios de todas las casas eran colectivos para todos los niños y todas las mujeres. No había bardas ni alambres que parcelaran la tierra. Las casas eran de adobe y de pocos cuartos. Los señores se emborrachaban en la esquina las tardes de todos los viernes y entre semana acarreaban leña y sandías del tren para quienes las necesitaran. En la vecindad de los Rodríguez había baile todos los sábados con música viva y nadie cobraba el boleto de entrada a ninguna señorita ni a ningún señor del barrio. Nunca se supo quién traía la cerveza o el sotol pero siempre hubo para todos. En esas fiestas las galanas a veces se robaban al novio y ponían juntos su propia casa, vivían el amor libre y hasta muchos años después se casaban por lo civil y por la iglesia cuando ya tenían varios hijos y querían inscribirlos en la escuela.
Poner casa era sencillo, los terrenos fueron baratos y el joven esposo construía habitaciones con adobes que él mismo forjaba con tierra y cariño. No faltó quien le prestara la adobera o le ayudara con madera para las ventanas, vigas y tableta para los techos.
Los juguetes eran también propiedad colectiva. En navidad, el Niño Dios los traía nuevecitos y durante el año los niños más aventureros iban sin permiso hasta los basuderones a buscar juguetes preciosos ente la basura de toda la ciudad. Los tiraderos municipales de limpia quedaban abajo del Cerro Grande y era emocionante hallarse aquéllas fábulas de fierro y madera pintada: carritos, soldados, pistolas y platillos voladores.
Todos éramos pobres aunque no lo sabíamos, éramos proletarios. Nuestros padres no nos enseñaron a usar los siguientes verbos: comprar, ahorrar, invertir, explotar. Ni los siguientes sustantivos: tasa de interés, financiamiento, casa de bolsa, maquiladora. Por origen la clase social nuestros padres fueron humildes, honrados y solidarios; las mujeres, maternalistas y laboriosas; los niños andábamos descalzos la mayor parte de las horas, a veces con pantalones remendados, pero conocimos la libertad y nunca nos faltaba qué comer. La vida era sencilla y no había televisión que nos vendiera rubias ni brandy viejo vergel.
Mas tarde encontré en libros algunas historias e ideas que sustentaban filosóficamente aquella vida feliz que hoy pareciera tener tanto sabor de utopía. La verdadera patria del hombre es la infancia y lo demás es memoria.
Aquéllos eran libros bien escritos. En muchos pasajes ponían en claro mi comunismo intuitivo y lírico. Me fueron útiles, hallá palabras que organizaron mi pensamiento político: primero que nada, leí los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan donde se relata la vida singular del maestro Jesús de Nazareth. Su acción y sus discursos fueron una lección de amor y socialismo que agradeceré toda mi vida.
Luego leí los poemas de Pablo Neruda, que han sido para mí fuente de sabiduría y sensualidad muy útiles para aprender a vivir. Mi amigo Rogelio Treviño dice que la vida no es para principiantes, estoy de acuerdo: hay que leer mucho para hallarle los hilos al viento vigoroso del tiempo.
Claro que también veía las divertidas historietas de Rius para principiantes en cuyos monitos había información elemental de naturismo, economía y política.
Cuando estudié en la escuela de filosofía y letras mis amigos mejores fueron tres talentosos marxistas. Ellos sí habían leído textos clásicos y científicos que eran las bases filosóficas de su ideología izquierdista. Yo había vivido antes en el seminario conciliar y me tocaron por suerte los tiempos del concilio vaticano segundo, cuando el colosal barco de la iglesia católica había virado notablemente hacia la izquierda sociopolítica. En esos años había muchos curas comunistas en Francia, en España y en todo Latinoamérica.
También había monjas socialistas que trabajaban en comunidades de obreros y de indígenas, se inició la praxis pastoral de la teología de la liberación aquí en Chihuahua.
Yo leía mucho a un novelista español, José Luis Martín Vigil, sacerdote jesuita, en cuyas historias de ficción se recreaba el espíritu de aquélla época.
Cuando en 1989 tiraron el famoso muro de Berlín y la URSS comenzó a desintegrarse en muchas revoltosas naciones, algunas de las cuales siguen siendo socialistas y otras entraron tambaleándose al mercado libre, la propaganda industrial anunció en todas las pantallas y satélites que el sueño (comunista) había terminado.
Ahora todos seríamos posmodernos: sin ideología, sin destino manifiesto, sin ficciones colectivas, cada quien se rascaría con sus propias uñas. Empezaríamos a desmantelar todas las burocracias del mundo a favor del gran capital e invertiríamos nuestra quincena en Cetes. Seguiríamos habiendo pobres para el trabajo en las macroindustrias y también habría espíritus emprendedores que cada minuto serían más eficientes para explotar el trabajo ajeno con el objetivo único de reunir fortunas fabulosas en unas cuantas cuentas bancarias. El mundo no cambia, olvídenlo, no hay nada nuevo bajo el sol, ricos y pobres habrá siempre porque así será el destino de nuestra condenada estirpe.
Los comunistas profesionales parecían tristes. Luego le apostaron a la opción electoral que antes habían desdeñado, lo cual está muy bien. Rediseñaron el programa de sus vidas tomando bases del socialismo europeo. Los economistas del neopositivismo festejaron el capitalismo liberal y salvaje que siempre soñaron y se volvieron políticamente muy agresivos. Los economistas quisieron convertir al mundo en un supermercado, que nuestra condición humana quedase reducida a la condición de consumidores y operarios de maquiladoras. Quisieron expulsar del mercado, su mundo, a los poetas, a los idealistas y a nosotros los políticos de izquierda. Pero no pudieron: aquí estamos.
Los comunistas regresamos a cada minuto. Somos los indios de Chiapas, regresamos. En la inteligencia clara de Jaime García Chávez los comunistas regresamos. En la solidaridad cotidiana y gestora de Antonio Becerra; en los poemas eróticos de Rubén Mejía y en las crónicas anarquistas de Raúl Sánchez Trillo regresamos. En el corazón organizado de las poetas feministas y en la espiritualidad profunda de Camilo Daniel; en la resistencia católica del periodista Julio Scherer, con los reporteros de La Jornada regresamos. En la barba de Octavio Paz y en los poemas amorosos que leemos de Enrique Servín; en las novelas de Gabriel García Márquez y en las canciones de Juan Luis Guerra regresamos. En el rocanrol de John Lennon y en el de Alejandra Guzmán los comunistas siempre regresamos.
Nos gusta trabajar para la libertad, para la felicidad de todos los hombres y de todas las mujeres del mundo. Para cumplir el alto destino del amor. Para cumplir la profecía que Jesús de Nazareth anunció para todos los seres humanos: el amor, la libertad, la salvación.
Abril 1994

miércoles, 1 de agosto de 2012

cosecha


Regreso a mi joven casa
por Jesús Chávez Marín
Cosecha es el espacio literario de los estudiantes y de los profesores de la escuela de filosofía y letras. En los años setenta, el entonces director de nuestra escuela, Francisco Flores Aguirre, realizaba una intensa labor periodística en El Heraldo de Chihuahua y fundó este suplemento dominical que duró varios años, y al que se agregara otro más, llamado signo sobre signo, que coordinó Luís Nava Moreno.
En aquel tiempo tuve la fortuna de publicar en Cosecha mi primer texto profesional que se titulaba “polvo de vidrio”. Años antes había ya publicado en revistas estudiantiles del Instituto Regional, en la secundaria, y en el Seminario Conciliar de Chihuahua, en la preparatoria. Pero considero mi primera salida seria como escritor la de Cosecha, porque la circulación de El Heraldo siempre ha sido vigorosa, y lo sigue siendo hasta hoy en la ciudad.
Así que la mañana de aquel domingo de abril, desperté a las seis de la mañana y salí afuera de mi casa a esperar al joven atleta que repartía los periódicos en mi barrio. Andaba ansioso e inseguro, como cuando se espera la primera cita con la mujer maravillosa.
Cuando el voceador llegó y confirmé con regocijo que sí, que allí estaban mi nombre y mi texto, el cual el profesor Hildeberto Villegas Méndez me había ofrecido publicar, y lo cumplió, comprende inmediato quince ejemplares.
Uno era para mi madrina, el otro para mi madre, otro más para mi novia de aquel tiempo feliz Maria Selina del Rayo Nava Cano, otra para cada uno de mis amigos y otro para guardarlo siempre en los archivos de mi corazón. Me habían armado caballero, la tinta de la imprenta me hizo escritor para siempre.
Una labor importante en el aprendizaje de la literatura es el encuentro con lectores, el desafío de la crítica, el riesgo del ridículo con este desnudamiento del placer y del dolor y del cuerpo que cuesta trabajo; es difícil escribir y aun más, publicar. Es el paseo por la otra orilla de la luna: puede no haber nada, puede hallarse uno el vacío. Pero también puede haber un valle terrible o lleno de placeres secretos. Y el fulgor de la belleza.
Todos los que alguna vez nos inscribimos en carreras como letras españolas, ciencias de la comunicación o filosofía, tenemos la divina ilusión y el temeroso deseo de llegar a ser escritores. No escuchamos voces razonables que nos advierten que aquello será locura y miseria económica. Insistimos.
Aceptamos poco a poco nuestro destino fatal, o placentero, de escribir para que los demás oigan las voces y los alaridos que se nos ocurren a cada rato, en las noches o en las madrugadas; también de sol a sol. Por eso este domingo, cuando me invitaron a producir un texto para Cosecha siento la emoción de regresar, aunque sea de pasada, a mi joven casa, a la escuela, a Cosecha, y ver de nuevo allí mi escritura al lado de mis ahora desconocidos colegas estudiantes de filosofía y de literatura. No quiero jamás robarles espacio, quisiera entrarle de lleno cuando por la sabrosa pereza de ellos y de ellas, no se hayan completado las páginas de este lúdico espacio periodístico.

Domingo 17 mayo 1994