lunes, 28 de abril de 2014

universidad pública



Universidad púbica



Por Jesús Chávez Marín



La mayoría de los artistas mexicanos se formaron en las universidades públicas. Los artistas de una ciudad realizan obra tan necesaria como la medicina social, los puentes, carreteras, drenaje, presas, leyes, procesos administrativos y contables, formas de gobierno.

Si vamos a una boda, hay músicos tocando y su talento contagia la alegría con canciones que traen recuerdos o con piezas de moda que a los jóvenes les expresan los ritmos de su frescura y actualidad. Muy poca energía tendrían las fiestas sin la música, sin los músicos. Este trabajo es obra pública.

Cuando entramos a una casa bien edificada, a un rascacielos donde los espacios tienen armonía y atmósfera amable, sentimos la seguridad y fuerza de sus materiales bien estructurados y la belleza de los muros, columnas, la madera, cristales, la luz. Seguramente en el equipo de quienes construyeron había jardineros, arquitectos, diseñadores, quizá pintores y escultores, que imaginaron y calcularon los elementos materiales y las ideas con las que se forjaron estos espacios donde durante muchos años habitarán hombres y mujeres cuya vida será placentera y espiritual gracias al talento de quienes supieron construir esos recintos. El trabajo de esos artistas es obra pública.

En cada oficina moderna hay un diseñador. En cada firma de negocios, un redactor para la publicidad y para las palabras bien cuidadas. En cada acto público importante, fotógrafos de enorme sensibilidad visual. En cada pared hermosa cuelgan los cuadros de los pintores de la ciudad, o de otras ciudades, donde también hay funciones de teatro, espectáculos de danza y, todos los días, una multitud asiste al cine. En la vida ágil de nuestro siglo, los artistas realizan todos los días su trabajo, con tanta disciplina como los buenos contadores, los científicos, los carpinteros.

El 80% de esos artistas se formaron en las universidades públicas de nuestro país, según consta en estadísticas recientes. Octavio Paz, premio Nobel de 1990, el novelista Carlos Fuentes, el genial humorista Jorge Ibagüengoitia y los actuales gurús de la literatura mexicana, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis son egresados de la universidad pública.

Los artistas importantes de Chihuahua son también egresados de la universidad pública: los pintores José Pedro Gaytán, Rocío Sáenz, José Lucero, Marcela Fierro, por mencionar solo algunos; los fotógrafos Raúl Sánchez Trillo, Arturo Rodríguez Torija, Elías Holguín y Héctor Jaramillo; los actores Manuel Talavera, Rosa María Sáenz, Ea Pozoblock y Luis David Hernández; los músicos Francisco Sáenz, Rubén Tinajero y la mayoría de los maestros que integran las orquestas del norte del país; los escritores Alfredo Espinosa, Flor María Vargas, Enrique Servín, Alma Montemayor, Ernesto Visconti, Susana Avitia, Luis Nava Moreno, Arturo Rico Bovio y una larga lista de poetas, cuentistas, novelistas.

La universidad pública da maravillosos resultados: artistas para las ciudades de este siglo.



Marzo de 2001

lunes, 21 de abril de 2014

revistas de chihuahua



Quince años con revistas literarias en la ciudad de Chihuahua



Por Jesús Chávez Marín



[Febrero 1994]. Escritor que no publica, no existe. La literatura no vive en los cajones de los escritorios: su ecosistema es la imprenta, el aire, el sonido abstracto en los ojos de los lectores más que en las manías y obsesiones de los autores que tejen el texto.

         Para fortuna de ese proceso dinámico llamado la literatura, en Chihuahua existe y existieron muchas revistas y suplementos literarios. Algunas ya no circulan. Y aunque se agotaron por motivos diversos, esos textos en su mayoría son hoy vigentes a pesar de que muchos de sus autores abandonaron los oficios de la escritura. Otras de esas publicaciones continúan vigorosas su trabajo, cada vez con más profesionalismo y mejores recursos técnicos.

         Cada revista ha sido para los escritores que la realizan su propia escuela. Casi todas ellas cristalizaron en pocos meses su estilo y originales conceptos del mundo y de sus alrededores.

         Todas crearon su atmósfera singular y formaron lectores: hubo para todos los gustos. Entre todas ellas formaron una generación de escritores que nacieron en los años cincuentas. Estas son algunas de sus aventuras, a partir de 1978.



1.     Tres afluentes en el paisaje editorial



Durante los últimos quince años, en la ciudad de Chihuahua se han consolidado tres grupos literarios, tres zonas de trabajo. Cada uno de ellos ha realizado varias publicaciones, con mayor o menor talento, y todos, de maneras diversas, siguen vigentes en el paisaje editorial de los años noventas.

         El primer grupo es el de Rubén Mejía. Es el más numeroso, profesional y actualizado y también el más heterogéneo y anarquista; sus escritores son de todas las edades, desde la joven poeta Gabriela Borunda recién llegada a las páginas de la revista Azar, hasta los venerables Mario Arras, Alfredo Jacob y Daniel Torres Jáquez, quienes han publicado en varias empresas de Mejía. Puede decirse literalmente que r. m. ha publicado a todos los escritores chihuahuenses por lo menos una vez en su vida. Las producciones de este grupo han sido: Palabras sin arrugas, Letras al margen, ProLogos, Cuadernos del norte y Azar.

         El segundo grupo ha estado más o menos ligado a la Universidad Autónoma de Chihuahua. Su zona de origen fue la Escuela de Filosofía y Letras, que en los años sesentas y setentas fue un centro de reunión importante gracias a una generación de estudiantes laboriosos e inquietos que se mantenía bien informada, se generaba el sentido crítico, la discusión política y la escritura. Todas las publicaciones de ese grupo ya desaparecieron; en 1994 no circula ya ninguna. Fueron estas: Metamorfosis, Cosecha, Tragaluz, Aura, Synthesis y Finisterre. Sus editores fueron: Luis Nava, Francisco Flores Aguirre, otra vez Luis Nava, José Pedro Gaytán, Heriberto Ramírez y Gaspar Gumaro Orozco. [Nota de noviembre 2012: Las revistas Metamorfosis y Synthesis, luego de algunos años de ausencia, continuaron en nueva época y hasta hoy siguen circulando].

         El tercer grupo se formó en torno del divertido (y añorado) bar Ajos y cebollas, que fue un antro cultural y un espacio lúdico de los años ochentas. Ese grupo de escritores y fotógrafos se caracterizó por su “alta frivolidad”, su desenfado y su ambiente dionisiaco. La verdad: se la pasaban a toda madre y también trabajaban mucho. Los líderes de ese grupo fueron Lety Santiesteban y Federico Márquez y destacó allí el diseñador Luis Carlos Salcido, quien trajo a la ciudad de Chihuahua una nueva visión gráfica y profesionalizó la imagen de casi todas las revistas que siguieron, las cuales antes padecían de un notorio primitivismo. Las publicaciones de estos señores y señoras han sido: Media hora, Cartelera y Chihuahua me vuelve loco. El trabajo de algunos de los integrantes del grupo se ha continuado en la revista Solar, del Instituto Chihuahuense de la Cultura, y en la revista de sociales De EtiQueta, que regentea Queta Santiesteban.

        

2.     Decimonónicos y algo más



Hasta antes de 1978, en el ambiente solo existieron revistas escolares que llegaban penosamente al primer número y luego desaparecían; la única de buena calidad lo fue Metamorfosis (primera etapa), pero nunca circuló más allá de las aulas de Filosofía y Letras. Los periódicos publicaban poemas inocentes de, por ejemplo, abuelitas líricas que insisten en mandar a las salas de redacción sus derrames cariñosos que escribieron ante la cuna de sus nietos; miles de acrósticos compuestos por enamorados que improvisan su pasión, y pensamientos filosóficos o teóricos de profesores a quienes les daba por escribir.

         Para que después no se den por inexistentes, también platicaré que en la ciudad hubo algunos grupos que alguna vez quisieron ser los escritores oficiales del rumbo y dedicarse a los oficios de la literatura. Algunas de aquellas asociaciones civiles aún existen y hasta otorgan medallas y premios a los magnates más notorios o invitan a cenar al candidato del Pri y también al del Pan y a veces hasta publican el primer número de alguna revista mecanografiada que hace su debut y despedida con un tiraje de 200 ejemplares más sobrantes para reposición. Sus membretes son impresionantes: Seminario de cultura chihuahuense, Asociación de escritores de Chihuahua A. C., Sociedad chihuahuense de estudios históricos y similares. Un hecho notable y productivo es que un grupo de amigos que pertenecía a esas tertulias se pusieron a trabajar y lograron producir una revista impecable: Letras y algo más, editada por Minerva Ramírez.

        

3.     Un jefe tímido pero de mano firme y bien organizada que se llama r. m.



Para acompañar estas el relato de esas vidas ejemplares, contaré la historia de un editor llamado Rubén Mejía que una tarde decidió dedicarle su existencia a la literatura.

         En 1978 tres jóvenes escritores: Luly Carrillo, Federico Urtaza y Enrique Servín, fundaron en la Escuela de Derecho de la Universidad Autónoma de Chihuahua la revista literaria Palabras sin arrugas, impresa con recursos modestos pero con textos de buena calidad. El entusiasmo y la buena onda del filósofo Gabriel Ortiz hicieron que esa revista circulara en toda la ciudad. Esa publicación jamás recibió ni buscó apoyo ni financiamiento de ninguna institución oficial ni privada y fue constante su voluntad de independencia, marginal: al grupo le gustaba presumir de artesanos de la escritura. Y así, aunque cuidaban bien sus textos y nunca se les escapaba la más mínima errata, su pequeña revista tenía un diseño francamente acomplejado: hojas de tamaño oficio dobladas a la mitad, tipografía de máquina de escribir modelo 1953, portada de cartoncillo del más barato, ilustrada con viñetas ingenuas y sin ambición. Además la periodicidad de la revista era indefinida, salía cada vez que Dios les daba a entender, cada semestre, cada año, o nunca, según lograran los más o menos negligentes miembros de su comité editorial reunir los centavos justos para comprar papel o conseguir prestada una grapadora para compaginar a mano el material que tenía semanas esperando su entrada a la posteridad. En cinco años solo pudieron sacar los trece números que le darían a Palabras sin arrugas su pasaporte a la historia (digamos, de las letras chihuahuenses).

         Para la buena fortuna de aquella memorable empresa, el psicólogo Rubén Mejía fue invitado a colaborar en 1979. En esos años el directorio de la revista no mencionaba el nombre de nadie que fuera su editor, director o administrador de aquella artesanal encantadora candorosa publicación. Todos eran gozosamente anarquistas y firmaban sus editoriales y sus manifiestos como: El Grupo. Pero en la realidad todo el trabajo de transcribir, corregir, coordinar, diseñar y compaginar se recargaba en Lourdes Carrillo. En casa de Luly se hacía todo: desde el trabajo colectivo o no, hasta las lindas fiestas que hoy algunos recordamos todavía con la nostalgia de la juventud divino tesoro ya te vas para no volver cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer.

         Rubén Mejía, discreto y tímido, empezó como uno más de los muchos autores que Palabras sin arrugas llegó a tener a lo largo de su cálido lustro. Entregaba cuentos y poemas de cuidadosa escritura, donde se expresaba un mundo de fantasía y sueños que incluían a la realidad inmediata y hasta periodística de los días que corrían. Su mejor amigo de toda la vida, Rubén Nevárez, compañeros desde el kínder hasta la licenciatura de psicología, también se integró a El Grupo y empezó a escribir sus finas crónicas y uno que otro chiste contra Reagan o López Portillo. Y también contra esa agridulce cárcel conocida como hogar dulce hogar.

         Los Rubenes son dos extraños ejemplos mexicanos de ese vicio por el trabajo que los cabrones japoneses quieren exportar hacia el resto del mundo. Para luego es tarde se comprometieron con los múltiples trabajos de la revista, lo mismo la tarea en aquel entonces tan difícil de consegjuir textos, que en fundar bajita la mano un taller literario que llegó a ser muy eficiente y autocrítico y al que se integraron muertos de risa el gran Héctor Jaramillo, el filósofo Jorge Benavides Lee, quienes eran los más académicos; Remigio Córdova, Sergio Durán, Héctor Varela y Rogelio Treviño en su calidad de gurús cabrones y enigmáticos; el narrador Raúl Sánchez Trillo y el buen poeta Daniel Torres Jáquez, grillos y a pesar de todo idealistas y buenas personas; el poeta Alfredo Espinosa inició allí una brillante carrera literaria; el filósofo Gabriel Ortiz, quien se convirtió en el más activo promotor de Palabras sin arrugas en cuanto café, bar o tugurio donde hubiese micrófono a la mano y pudiera subir al foro con su guitarra, sus canciones que componía o algunas de José Martí a las que le ponía música y aprovechaba la ocasión para anunciarle a toda la raza  el nuevo número de la revista donde viene un cuento buenísimo de Fulano y un poema bien chingón de Perengano, pueden comprarla aquí mismo y sirve de que así cooperan con un grupo de escritores que son el non plus ultra, no se la pierdan.

         Los Rubenes llegaron a convertirse de facto en los editores de la revista. Luly Carrillo se alejó un poco desde el número siete, para dedicarse a sus actividades profesionales de abogada, pero mantuvo el contacto hasta que la revista dejó de salir en 1983.



4.     Algo de literatura en la prensa industrial



Ese mismo año 1983 Rubén Mejía y Rubén Nevárez reunieron a un montón de autores locales para fundar una nueva publicación: Letras al margen, una especie de suplemento nómada que apareció primero en El Heraldo de Chihuahua cuando lo dirigía José Luis Muñoz, luego en Novedades cuando su director era Jaime Pérez Mendoza, y en su etapa final en el semanario La calle de Jaime García Chávez.

         En 1984 el poeta Mario Arras organizó la Segunda asamblea de escritores que realizaba el Seminario de Cultura Mexicana campus Chihuahua en los salones del hotel Tierra Blanca. En ese congreso casi todos los escritores, que para entonces ya eran numerosos y más o menos profesionales, la verdad lloraron demasiado por culpa de la ingrata falta de espacios dónde publicar. Pusieron como la estaca del perico a los tres periódicos locales por su mezquindad, sus pocas luces y ejercicio constante de censura y autocensura que los distingue. En aquella asamblea estaba presente Jaime Pérez Mendoza y les ofreció las páginas de Novedades, donde se comprometía a publicar con respeto y libertad los textos que le llevaran los allí presentes y todo escritor que quisiera expresarse y ¿por qué no? hacerse una entradita a la inmortalidad.

         El 85% de aquellos alegres y a veces taciturnos escritores se olvidaron pronto del asunto en cuanto salieron al vestíbulo del hotel a consumir las clásicas galletas con café y a platicar con amigos y colegas. Pero los Rubenes le tomaron allí mismo la palabra a Jaime y a los tres días ya le habían entregado el proyecto de ProLogos. Plural y optimista, el proyecto incluía a todos los grupos, talleres y cafés literarios donde hubiera cuanto escribano quisiera entrarle. En la plenaria de aquella Segunda asamblea de escritores se aprobó el proyecto para fundar aquel suplemento donde todos juraban que trabajarían hombro con hombro.

         ProLogos llegó a ser una publicación muy fecunda como testimonio y como crítica de su sociedad en los tres años que duró. Salía los domingos y otra vez los Rubenes fueron los editores de facto que toda metrópoli quisiera tener, en esa etapa les ayudó como diseñador el pintor Felipe Alcántar. Rubén Mejía y Rubén Nevárez, cuya vasta capacidad de trabajo y elaboradísima humildad los ha hecho famosos, nunca aparecieron en el directorio del suplemento como los verdaderos directores que fueron, pero sin ellos ProLogos jamás hubiera sido posible.

         Años después Jaime Pérez Mendoza, quien cumplió su palabra de no imponer censura ni límites a ProLogos, se fue del periódico Novedades de Chihuahua: La ausencia de su dirección fue un golpe contra el profesionalismo y contra la libertad de expresión que cambió el panorama. Los directores que luego llegaron siguieron tolerando a ProLogos algunos meses más, aunque nunca quitaron el dedo en el renglón tratando de imponer criterios chatos y moralistas. No pudieron. Hallaron la firmeza indoblegable de r. m. hasta que en 1986 la empresa cuyo dueño era Eloy S. Vallina decidió clausurar el proyecto sin ofrecer ninguna explicación ni a los Rubenes ni a los muchos colaboradores que escribieron y diseñaron gratis cada domingo el mejor suplemento cultural en la historia del periodismo chihuahuense de los años recientes.

        

5.     El grupo literario Azar



Finalmente la repentina salida de Rubén Mejía del periodismo cultural de los diarios llegó a ser de buena suerte para otro tipo de empresas editoriales. Participó con su grupo en la fundación de Cuadernos del norte de Víctor Orozco, Jesús Vargas y Micaela Solís, y luego fundó Azar, revista de literatura que sigue su vuelo de alta calidad y rigor editorial. 

Junto a su oficio de editor y sin descuidar su profesión de psicólogo, Rubén Mejía cultiva su parcela más entrañable: la escritura. La Editorial Páxis dos filos le publicó en 1985 su libro de poemas El jardín de las delicias, y el gobierno de Chihuahua en 1986 su Muestra de poesía chihuahuense, escrito en coautoría con Alfredo Espinosa.

En 1992 la UNAM sacó su tercer libro: Segunda muerte, un libro de “textos escritos y reescritos de inicios de 1985 a mediados de 1991, año de la guerra y del eclipse solar”. Así le puso la fecha este buen poeta.



Febrero 1994

lunes, 7 de abril de 2014

elko vázquez



Se presentó El refugio de Elko
Avitia, Legarreta y Servín fueron los comentaristas



Por Jesús Chávez Marín


El jueves 10 de mayo, a las ocho y media de la noche, se presentó en la Quinta Gameros el libro El refugio, de Elko Omar Vázquez Erosa.

El libro es publicado en por la Universidad Autónoma de Chihuahua, a través de la Dirección de Extensión y Difusión Cultural, y es el número 37 de la Colección Flor de Arena.

Hay tres ambientes en esta obra: “Apuntes de viajero”, “A veces regresan” y “El cuervo y la rosa”. En su estructura semeja una novela donde aparece un hombre que viaja en su vehículo por extensas llanuras de su tierra, llega a un antiguo pueblo serrano donde en una finca guarda su equipaje, una caja blanca de cigarros Marlboro, media botella de coñac, una pluma Cross y algunas hojas de papel para escribir dos o tres frases de sus intensas meditaciones, matizadas por la nostalgia y la luz de un amor consumado.


En su tono lírico, sujetado con firmeza por una redacción impecable, cristalizan enseñanzas de muchos poetas que el autor ha leído y estudiado con toda calma. Hay ecos de los viajes de Basho, la fuerza vital de Petrarca, la sensualidad y la gracia de Ana Roseti, las tormentas gozosas del gran Gustavo Adolfo Bécquer, el sonido hermoso del más profundo español de Jorge Manrique, la sobriedad y el buen humor de Alí Chumacero y la exuberancia reflexiva de Aridjis. Pero sobre todo, se refleja en la escritura de estos bellos poemas la madurez y donaire de este joven poeta mexicano llamado Elko. 


Elko Omar Vázquez Erosa nació el 9 de julio de 1974, estudió ciencias de la información en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua y ha sido profesor de literatura en el Centro de Asesoría y Servicios Culturales y en el Colegio de Educación Media Superior. Participó como redactor en la producción editorial de Voces de viajeros, antología donde también aparecen textos suyos, y escribió el libro Cantos de vampiros, publicado en edición de autor en 1999. Fue reportero de El Heraldo de Chihuahua y actualmente lo es de Televisa.


El libro fue presentado por el poeta Enrique Servín y por las escritoras Susana Avitia Ponce de León y Martha Carolina Legarreta. Al final del acto se ofreció el tradicional vino de honor en el vestíbulo de la Quinta Gameros.


Marzo 2001