jueves, 20 de septiembre de 2012

ivonne


Ivonne Gordon was here

Por Jesús Chávez Marín

Eventualmente diversos misioneros culturales llegan a estas lejanas tierras para sacarnos de la oscuridad. Son varias las gentes interesadas en rescatarnos: llegan en avión y se hospedan en el hotel Victoria con gastos pagados por diferentes presupuestos oficiales, universitarios y hasta extranjeros. Estos misioneros audaces cobran por hora y tienen un olfato de lo más aguzado para detectar dónde está la lana, dónde el subsidio y los viáticos y a quiénes hay qué decirles: órale, muchachos, ya nos dimos cuenta de que no están tan tapados por acá, lléguenle, tráiganos sus escritos porque vamos a hacerles una antología que se llamará “Antología de la frontera”, o “Parteaguas regional: odas al queso menonita”, o “Corral de poetas del mero norte”, o alguna cosa así; esperemos que entiendan la oportunidad que se les brinda.
         Así llegó en marzo de 1982 Ivonne Gordon, una puertorriqueña residente en tierra imperial, profesora de San Diego State University, casi doctora en literatura “iberoamericana”. Usaba el pelo teñido de amarillo y hablaba mocho el español para que pensáramos que en una nada era gringa, aunque tenía por lo demás la estampa de nuestras mujeres latinas: chaparra, nalgoncita. Buena gente esta Ivonne Gordon, nos dijo que andaba preparando una antología para nada menos que Gustavo Sainz, imagínense, y que se publicaría en la editorial Grijalbo, qué esperan para traerme, pero ya, todo lo que tengan escrito y contéstenme unas preguntitas para perfilar sus datos “biográficos” y tenemos que apurarnos porque aquí en Chihuahua nomás voy a estar tres días y el libro tiene que publicarse pronto, en septiembre de este año, a más tardar.
         En tres días intentó conocer “a todos” los escritores de la ciudad. Se levantaba a las seis de la mañana y llegaba corriendo a los domicilios de los susodichos. A las cabañas bajó, a los palacios trepó.
         Llegaba despertando gente y preguntándole que cuáles eran sus influencias literarias, lugar y fecha de nacimiento, dónde estudió (si es que), si era o no sindicalizado. ¿En qué trabajas? No, pues en nada, escribo ¿no?, el ocio creativo y todo eso, si quieres llévate estos cuatro poemas, son los únicos que me quedaron después de mi incendio autocrítico de la semana pasada, porque has de saber lo riguroso que soy.
         Así llegaba con todos, o se los encontraba en la cafetería de la escuela de filosofía y letras. Les conectaba un micrófono en la boca y empezaba a preguntar, luego se oía un zumbido y le decía al entrevistado: espérame, ya se descompuso esta chiva, y se ponía a golpear discretamente la grabadora para que siguiera jalando. ¿Qué “obras” tienes publicadas, Jaramillo? No, pues ninguna, aunque sí, acabo de publicar cien ejemplares mimeografiados de mis cuentos, aquí los vende Quetita en la biblioteca ―contestaba Héctor―, si quieres te regalo un ejemplar, toma. Cómo se me hace que eres de la CIA, le dijo muy mula José María Piñón cuando vio la grabadora. Ella se reía nerviosa, pero seguía preguntando muy seria.
         Grabó cuatro casetes con entrevistas y recogió un montón de papeles llenos de poemas y cuentos y cuanto hay. Luli Uribe le llevó tres kilos de poemas de amor y una canción desesperada. Raúl Sánchez Trillo entregó los originales de su Crónica del cinematógrafo en Chihuahua: jamás los volvió a ver y, como nunca usa papel carbón, desde ese entonces hasta la fecha anda tratando de reconstruirlos de memoria.
         Enrique Servín, que jamás enseña sus textos a nadie, le dio algunos a Ivonne porque ella prometió mandarle cuatro diccionarios modernos de griego. Luli Carrillo le entregó la colección completa de la revista Palabras sin arrugas que en aquel entonces era de siete números. Aún no aparecía en escena el laborioso Rubén Mejía, quien después fue director de la revista.
         Y así siguió la búsqueda veloz de escritores locales. El bulto de papeles crecía: Arturo Rico Bovio le dio tres haikús. Luis Nava intentó venderle unos números atrasados de la revista Metamorfosis. María Esther Quintana y Dolores Gómez le dieron un poema y un cuento respectivamente; Gumaro Orozco, un disco autografiado de sus poemas en la voz de Alfonso Varona; Rogelio Treviño le dio varios textos y la dejó vivamente impresionada: parece un sabio hindú, decía Ivonne Gordon, haciendo gala de exotismo cosmopolita. Enrique Macín le enseñó los borradores de su más reciente pieza teatral a la que todavía le faltaban diez años para que apareciera la palabra fin; Manuel Talavera la invitó a que vinera a ver La verdadera historia de Juan, que en ese entonces estaban ensayando. José Pedro Gaytán, que es muy zorro, no le dio nada, primero le preguntó que a cuánto andaba pagando el haikú, y luego le dijo: no te creas, ahi después te mando unos cuentos. A Gabriel Ortiz no pudo localizarlo porque andaba en la sierra, perdido en profundas meditaciones de marxismo zen. Víctor Bartoli le entregó quinientas cuartillas: un fragmento de su novela que trata de una muchacha que trabaja en una maquila de Juárez y todos los fines de semana se la pasa bailando con su novio en el Malibú.
         Ivonne Gordon andaba fascinada. Todavía a las doce de la noche seguía haciendo entrevistas, recopilando cuartillas, bebiendo café, té, coñac, tequila. Una vez la llevé a bailar al Robin Hood, una discoteca que andaba muy de moda.
         Al día siguiente gasté ochenta pesos en unas fotostáticas de mis ejercicios escolares con los que el año anterior había acreditado con ocho y medio la materia taller de redacción dos, que fueron mi aportación para tan magna obra.
         Todavía es hora de que no se publica la mentada antología. Año y medio después de aquella frenética aventura, Ivonne me habló por teléfono: diles a todos que me disculpen, que he andado muy atareada, que ya merito. También me contó que se había casado con un griego. Luego le llamó a José María Piñón para pedirle permiso de publicar uno de sus poemas en una revista marginal medio gringa y medio chicana que se llama El último vuelo.

Junio 1984

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