martes, 4 de septiembre de 2012

un destino oscuro


Libertad

Por Jesús Chávez Marín

El hombre estaba sentado sobre un sucio camastro, único mueble del pequeño cuarto; el olor de la sofocada habitación era intenso, desagradable, y todo parecía oscuro, a pesar de que sus cuatro paredes estaban pintadas de blanco y el sol llegaba desde una ventana con rejas. Habían pasado quince días desde que lo llevaron a ese hospital, donde el hombre permaneció recluido, contra su voluntad, en aquella habitación miserable. “Yo no estoy loco, ¡no me dejen aquí!”, les había suplicado, cuando ya no pudo impedir, con todas sus fuerzas, que lo metieran a la ambulancia entre cuatro camilleros. Nos dijeron que al principio protestaba a gritos por su cautiverio y se quejaba, exagerando, de los golpes que le habían dado al llevarlo; pero luego fue entrando en esa tristeza cada vez más profunda, donde su voluntad fue doblegándose y su angustia se transformó poco a poco en una ansiedad casi inmóvil. Así fue como lo vimos la primera vez.
Cuando entramos, nos miró con indiferencia, sin reconocernos. Con las quijadas casi trabadas por los efectos de tantos medicamentos que le habían aplicado en inyecciones y pastillas tragadas a la fuerza, con su voz alterada por la rigidez de la lengua y de los músculos de la cara, nos preguntó con dificultad:
—¿Ya me puedo ir de aquí? ¿Ya me van a dejar salir?
—Primero tiene que terminar su tratamiento. Está usted enfermo, tiene qué recuperarse.
—Yo no estoy enfermo. No necesito medicinas. Tengo que irme. ¿Quiénes son ustedes?
—Somos sus vecinos. Yo soy David, el que vive enfrente de su casa.
—Y yo soy Antonio, el del taller mecánico. Le trajimos algo de comer.
Sus ojos enrojecidos se avivaron por primera vez, con manos temblorosas recibió la cocacola y la torta y comió con prisa, con avidez, con un apetito penoso, como de animal hambriento. Sin embargo, no dejaba de insistir:
—Tengo que salir. Estoy aquí contra mi voluntad. Esto no es legal.
Habíamos traído cinco tortas, dos refrescos y un pedazo de pastel y todo lo devoró con una fruición apasionada que no disminuía ni con la cantidad anormal de comida que iba consumiendo.
—Les agradezco mucho que me hayan traído esto. Aquí nunca se llena uno, nos dan muy poquito, y además la comida es asquerosa. Mucho más les voy a agradecer si me ayudan a salir de aquí. No se imaginan ustedes lo que es este lugar. Aquí uno vive en peligro las 24 horas del día. Aquí hay asesinos. Drogadictos. Y gente que verdaderamente está loca. No como yo. Yo no estoy loco. Yo no tengo por qué estar encerrado. Díganselo a los doctores. A las enfermeras. A los vigilantes. Que me dejen salir. Yo no estoy loco. Estuve un poco nerviosos en días pasados, pero ya me tranquilicé. Ya me quiero ir. Necesito salir. Ya no puedo aguantar un día más. En las noches se oyen gritos. Mujeres que lloran. Se sienten golpes. A mí me han golpeado tres veces. Los otros locos. Y también los celadores. Yo no tengo por qué estar aquí.
La ansiedad del hombre iba creciendo, pero no dejaba de comer y de expresar con gestos casi grotescos el confuso placer de masticar y de tragar los alimentos. Sacó una torta y luego otra y nos ofreció, invitándonos a comer junto con él, se mostró muy complacido de que lo acompañáramos. El rito de compartir el alimento, le dio confianza. Pero no hablaba de otra cosa que de su terca insistencia.
—No está eso en nuestras manos, vecino. Solamente el doctor podrá decidir cuándo lo da de alta. Tenga paciencia. Piense que todo esto es por su bien, para que recupere su salud.
—Cuál salud voy a recuperar en esta sala de torturas. Usted ni se imagina lo que sucede en este hospital. Además yo no estoy enfermo. Y si estuviera: tenga la seguridad de que en este lugar nadie se cura.
Una mujer de gesto agrio, vestida con un vestido blanco de lona percudida, nos indicó que la hora de visita había terminado. La angustia de nuestro pobre vecino se transformó en terror.
—No se vayan. No me dejen aquí, por favor.
Le prometimos que vendríamos a visitarlo cada semana. Que le traeríamos fruta y pasteles. Pero nada podía calmarlo. Dos celadores tuvieron qué sujetarlo para que pudiéramos salir, porque en cuanto abrían la reja del cuarto, se impulsaba con fuerza para salir junto con nosotros. Sus escasas fuerzas, disminuidas por el efecto fuerte de los medicamentos de quince días, se concentraban en lo único que parecía importarle en la vida: su desequilbrada libertad.

Marzo de 2002

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