domingo, 12 de julio de 2026

Borges


 

Borges

 

Por JChM

 

José Luis Ramírez no parecía poeta sino mascarrieles. Pero lo era. No muy bueno, por cierto, pero hasta había ganado premios nacionales y toda la cosa. Desde el primer premiecito municipal se trepó al ladrillo y lo perdimos; enloqueció de manera atroz y ni remedio en la botica.

Renunció a su modesto empleo, ya era poca cosa para tamaño Borges del rancho; se divorció de su señora que vivía en Delicias, no le daba suficiente dinero para las exigencias de poeta laureado, la muy tonta se negaba a ser mecenas de La Gloria; abandonó a su hijita a pesar de que la quería mucho y le dedicaba poemas. Empezó a portarse grosero con los amigos, que lo toleraban con paciencia y antiguo cariño; les escribía cosas tremendas en los pasquines: de burgueses, mediocres y lectores poquitos no los bajaba.

Pero muy pronto se le acabó el dinerito del premio y empezó a pasar aceite. En su cuarto de vecindad se acumularon recibos pendientes y en el refri no había ni frutas ni verduras. Gulp, pues ni modo. A buscar trabajo. Como siempre que andaba en apuros, de inmediato fue con su amigo David, a quien había llamado burócrata inútil del mester de culteranía, lo menos, pero no importaba; aquel era hombre maduro y generoso, a eso se atenía el desquiciado bardo.

―Pues aquí me tienes de nuevo, amigo, navegando en esta sociedad injusta que no aprecia a sus poetas.

No tenía empacho en llamarse poeta a sí mismo, lo cual sonaba ridículo en aquellos terregales.

―¿En qué puedo ayudarte esta vez, José Luis?

―Lo primero, ver si me podrías prestar tres mil, para nivelarme. Tengo vencidos el gas, el agua, la luz, el cable y el Internet. Segundo, ver si me podrías dar trabajo aquí. Pienso que es fácil, eres el director.

David en ese entonces lo era, de la preparatoria federal.

―Pues mira: lo primero, imposible. Los tres préstamos anteriores jamás los pagaste. Si te doy otra vez, de seguro se te va a volver a olvidar, ya me debes mucho.

―Tú sabes que quiero pagarte, pero no se ha podido. Metí mi engargolado al Premio Aguascalientes; en cuanto gane te pago, lo de antes y lo de ahora. Aliviáname.

―Pues no. Pero tienes suerte en lo segundo. El bibliotecario de la escuela ya está muy viejito, inició los trámites de su jubilación. Por lo pronto, veme trayendo tus documentos.

―¿Cuáles necesitas?

―Lo de siempre: acta de nacimiento, el curp, certificados de estudios.

―No, espérame. Los únicos papeles que tengo son donde vienen escritos mis poemas; mi universidad son los libros del Fondo de Cultura Económica, en eso me parezco a Juan José Arreola, como tú sabes.

―Pos sí, José Luis, pero a Arreola le tocó el epicentro de la guerra cristera, no había escuelas; y él trabajó años como editor en el Fondo. Tú en cambio… ubícate, maestro.

―Pues nada tengo qué envidiarle a Arreola, para que te lo sepas. Mira, voy a ver si hallo al que fue director de la prepa en Barrio Viejo para tramitar mi diploma de bachillerato. Y me voy a inscribir en la licenciatura de filosofía en línea, en dos por tres me titulo de lo que ya soy, un filósofo con toda la barba.

Para quitárselo de encima, David le dijo que estaba bien. Con amistosa solidaridad le ayudó a zanjar los requisitos burocráticos en la SEP; a los cinco meses le dio posesión de la biblioteca. José Luis entró por la puerta con burbujeante regocijo, a vivir entre libros y emular al mismísimo Borges, quien había sido bibliotecario en Buenos Aires.

Todo iba bien, en poco tiempo ya hasta segunda esposa tenía y a su hijo le llamó Jorge Luis, como él mismo debería haberse llamado, bueno pero ni modo, el nombre no importa si es uno casi la reencarnación libresca del insigne colega.

Pero Ramírez era ingrato de nacimiento. A los dos años ya no podía soportar que David fuera su jefe, que viajara a México, a todos lados; que ganara más, siendo a todas luces tan inferior a su intelecto, según él, quien además seguía siendo el campeón de la alabanza en boca propia es vituperio. Una vez le dijo en una fiesta literaria, ya entrados todos en copas, muy entrados:

―Pues mira, David, y perdóname que te lo diga con brutal sinceridad. A ti lo que te molesta es mi grandeza. Y esa, óyelo muy bien porque no te lo voy a repetir, no tiene fecha de caducidad.

David no le contestó. Su talente fue siempre sereno y además conocía las necedades de su amigo, y que borracho era poquito peor. Se fue a otra tertulia, lo dejó hablando solo.

José Luis era como una mula, terco. El lunes siguiente inició una campaña para tumbar al director, a su amigo, al que le había dado trabajo incluso sin cumplir los requisitos escolares. Revivió antiguos lenguajes anarquistas, frases viejas de jerigonza sindical; logró convencer a dos conserjes y a un profesor de civismo de hora clase a que exigieran sus legítimos derechos en un parque del centro, con mantas y aparatos de sonido. Se estrenó como orador político, pero la gente se aburría porque le metía demasiada morcilla al discurso, nadie entendía ni papa.

El precario movimiento sindical fue un fracaso; uno de los conserjes fue despedido y al profesor no le dieron ya grupos. Ramírez salvó el pellejo otra vez por la magnanimidad de su amigo, aunque vivía convencido de que era por su prestigio de escritor; cómo no, en un pueblo donde nadie lo conocía y los pocos lectores del lugar jamás lo pelaban, leían a Borges y a Juan José Arreola, no a su imitador.

A pesar de todo, la carrera literaria de José Luis rendía algunas satisfacciones para él. Fundó el Taller Literario José Luis Ramírez, y algunos incautos de verdad andaban fascinados con su aparatoso magisterio. Escribió el libro de sus memorias de cuando era muy pobre y huerfanito recogía comida en los botes de basura. Hizo un libro de leyendas que no tuvo éxito, le metió demasiada mentirita de su cosecha a las desdibujadas historias populares que había recopilado en las cantinas. Pero ahi la llevaba. Varios libros suyos había impreso el Gobierno del Estado y estaban listos para la posteridad en bodegas oficiales.

También le llegaba alguna que otra invitación, una vez hasta fue a Canadá y le publicaron un libro bilingüe de sus poemas que durante años no se cansó de presumir. Agarró la costumbre de perorar sobre cualquier tema: a unas señoras de Juárez les dijo en un congreso feminista que a ellas las matan porque no han sabido guardar los valores familiares y a veces se vestían como pirujas; por poco lo linchan. Escribió un libelo donde afirmaba que a las mujeres poetas de Chihuahua les faltaba calidad literaria y les sobraba ginecología. Lo invitaron a un programa semanal de radio y ya no lo soportaron, tuvieron qué correrlo; él dijo que había sido por la injusticia y la envidia de su talento incomprendido.

Pronto llegó el segundo divorcio; no había mujer que pudiera vivir con un ego tan enfático. Y ese fue su Waterloo. No fue capaz de suicidarse, como lo había poetizado en uno de sus libros, pero le entró una depresión de meses que lo obligó a pedir un permiso en el trabajo y ausentarse del pueblo para buscar horizontes promisorios. A punta de suplicas por correo electrónico consiguió que lo invitaran a Chile, a un encuentro internacional de poetas, y que la presidencia municipal le pagara su pasaje en avión. Y ese avión, al caerse al mar y desaparecer en el fondo, fue el que puso punto final a la carrera literaria del prócer, y a su vida.

viernes, 10 de julio de 2026

La hija de Pascualita

 


La hija de Pascualita

 

Por JChM

 

Cuenta la leyenda que Pascualita, dueña de una tienda de vestidos nupciales, tenía una hija llamada Encarnación, Chonita, quien se iba a casar con un joven guapo y muy trabajador. Débora, ex amante de él, era peinadora y quedó con el corazón roto, pero Chonita no lo supo. El día que se iba a casar fue al salón de belleza de Débora, quien le hizo un peinado alto de crepé y le plantó en el hueco una tarántula muy venenosa. Murió en el altar en plena boda. Así vestida de novia muy bonita, su mamá la mandó transformar en maniquí y la puso en el aparador de la tienda. También se convirtió en fantasma; los viernes en la noche sale de parranda, se consigue novios y le da vuelo a la hilacha.

jueves, 9 de julio de 2026

El Siete Leguas


 El Siete Leguas

 

Por JChM

 

Me pidió Mariana que la llevara con la costurera, donde le estaban haciendo su vestido para la boda de su sobrino, o de su sobrina, no le puse mucha atención, y resulta que era en el barrio donde viví hasta la adolescencia. Cuando terminó, ya que le midieron todo y terminó su asunto, le dije:

Oye, vamos a tomarnos una cerveza en el Siete Leguas; queda por aquí cerca. Ella aceptó de inmediato, porque siempre acepta de inmediato cuando se trata de tomar o comer cosas, ni siquiera preguntó qué era el Siete Leguas.

Es cantina de mi barrio, donde se reúnen los del rumbo a tomar cerveza hasta caer a un lado de la mesa mientras algunos juegan billar; otros ponen canciones de Cornelio Reyna y de Javier Solís en la rockola, de esas rockolas antiguas que parecen máquinas del espacio. Recuerdo que allí tomé mis primeras cervezas con mi tío Filomeno, mis primos más grandes Nan y Chunny; allí me pelié por primera vez a trancazos ya en modo profesional, o sea, no los típicos tiros en la escuela a la salida, cuando un rufián quiso pasarse de listo diciéndome ay qué niño tan güerito, ¿no serás mariquita? En aquellos tiempos lejanos todavía se usaban esas palabrejas.

Cuando llegamos, típico, tres de los parroquianos eran mis conocidos y uno de ellos mi primo; me saludaban como a una celebridad porque hace poco había salido mi foto en el periódico presentando un libro.

Qué milagro, Chuy, no te miraba desde 1995, no te haces nada, tómate unas con nosotros.

Bueno pues, miren, les presento a Mariana.

Mucho gusto, señorita, ¿y qué anda haciendo con este fulano tan loco. No te creas, primo, es guasa. Dígame cuáles canciones le gustan para ponérselas en la rockola.

Ay, qué amables son tus amigos. Bueno, a ver si tienen algo de Andrea Bocelli.

¿Y esa quién es?, no me acuerdo de ella, pero déjeme buscar a ver si hay algo.

Antes de que Mariana pudiera explicarle, mi primo se lanzó a la otra orilla de la cantina con un montón de monedas de cinco pesos para echarle a la rockola, programó lo que le dio la gana y volvió a la plática.

A la tercera cerveza ya queríamos irnos, pero uno de los de otra mesa sacó a bailar a Mariana y ella tiene por costumbre siempre salir, para no humillar con un “no muchas gracias, en otra tanda” a nadie, así que al cuando menos pensamos ya andaba en la pista, que ni era pista sino un espacio entre la mesa de billar y la barra, donde había otras dos parejas a ritmo de La Sonora Santanera.

Mis amigos me pusieron al día en las cosas del barrio donde viví veinte años, los típicos chismes: A Beto por fin lo corrieron del ferrocarril porque de plano ya no le aguantaron que manejara la máquina pisteando hasta Los Mochis y de regreso; Oralia enviudó y anda de novia con un chilango que se vino a trabajar en Leche La Vaquita, a Margarito, el dueño anterior de la cantina, lo metieron preso porque mató de un balazos a un sujeto que andaba pretendiendo a su mujer, y así, las típicas historias de barrio.

Bueno, pues muchas gracias, señorita, baila usted divino le dijo el sujeto a Mariana mientras cortésmente la devolvía a su mesa después de haber bailado tres canciones.

Ella, muy educada, le dio un buen trago a su caguama y me dijo en voz baja:

Oye, me andaba agarrando las nalgas y me invitó a salir.

No te fijes, mi reina, así es aquí. A la casa que fueres haz lo que vieres, pero no se te ocurra salir con ese rufián.

Ay, cómo eres. Claro que ni loca saldría con él, le falta mucha clase.

A mi primo y a mis tres vecinos les cayó a todo dar Mariana, en cuanto veían que su cerveza estaba a la mitad, le traían otra. Le decían piropos según esto muy respetuosos, qué bonitas bubis, ese collar le queda precioso, qué a todo dar es usted, oiga, tiene mucha suerte el Chuy de andar con una ñorsa tan distinguida.

No nos querían dejar ir.

―Espérense, a dónde van tan pronto, al cabo que ya mero cierran, ándenle tómense la última y nos vamos a seguirla.

No, es que tenemos otro pendiente, primo, otro día volvemos con más tiempo.

N’hombre, Chuy, luego de tantos años sin verte esto hay que celebrarlo, la vida es corta y la fiesta sigue, no te agüites.

En eso estábamos cuando se acercó el galán de la mesa de enseguida.

¿Cómo que ya se iba, mi reina, la noche es joven, la invito a bailar unas que puse en la rockola escogiditas para usted.

¿Cómo que mi reina, Remigio? Más respeto aquí para Chuy y damita que lo acompaña, estamos en familia dijo mi primo en tono de bronca.

A ti no te estoy hablando, le estoy diciendo a ella, no te metas respondió el sujeto con un vozarrón.

Para esto, se acercaron a rodearlo los tres cuates de su mesa, que no le iban a servir de mucho porque dos de ellos se tambaleaban de borrachos con la mirada perdida.

Mi primo le colocó un puñetazo al galán pero no logró el nocaut, así que el otro se devolvió y le dio un patadón en una pierna mientras uno de nuestros amigos lo cubría contra los otros tres que se dejaron venir directo al pleito; mi primo tomó una silla menonita de alambrón y por fin logró descontar a primer atacante. Ya para entonces el pleito era campal y vi de reojo que la cantinera estaba llamando en su celular. Mariana estaba muy azorada con todo el movimiento, me acerqué a ella y le dije:

Vámonos porque no tarda la policía.

Bueno, pero ¿sin despedirnos de tus amigos?

La tomé de la mano y salimos corriendo hasta su carro; nos fuimos hechos la mocha. Cuando íbamos a dos calles de distancia vimos que venían a madre cuatro patrullas rumbo a la cantina.

martes, 7 de julio de 2026

Sus ojos desde el trapecio


Sus ojos desde el trapecio

 

Por JChM

 

Una tarde, Cristina vio llegar a su barrio un circo. De cuatro grandes camiones cargados con carpas, bocinas, un elefante, dos jaulas de tigres y una jirafa, bajó un grupo de hombros animosos que empezaron a clavar grandes estacas sobre el suelo de un terreno muy grande que estaba a mitad de la colonia. Recientemente ella había terminado la secundaria y la algarabía de aquellas personas la distrajo un poco de los pensamientos taciturnos que la habían ocupado en esos días. Había andado dándole vueltas a su futuro; sabía que su familia no tendría manera de ayudarla a que estudiara la preparatoria ni la universidad, al contrario, la presionaban a que consiguiera pronto trabajo y que ayudara en la casa. Y no se le ocurría qué empleo pudiera conseguir una jovencita de quince años, como no fuera de sirvienta, y eso le espantaba.

Tampoco tenía dinero para asistir a la primera función de circo al día siguiente. Quedó muy impresionada de la rapidez con que trabajaron aquellos hombres fuertes y rudos y aquellas mujeres tan raras que andaban con ellos, por eso es que se fue acercando tímidamente al lugar, y durante todo el día se dedicó a merodear por allí, a mirar los animales, observar el avance de la instalación. Nunca se fijó en que ella también era observada. Un muchacho musculoso y atractivo quedó prendado de la incipiente belleza femenina de la jovencita, y procurando no asustarla se acercó a preguntarle:

―¿Le gusta el circo?

Cristina era muy segura de sí misma, sin embargo, al ver aquel muchacho tan guapo, solo pudo responderle con demasiada timidez que sí.

―¿Y va a venir a la función?

―No.

―¿Y por qué? ¿Pues no dice que le gusta el circo?

―Sí pero… ―Cristina se interrumpió; su natural dignidad hacía que ocultara la razón, de que simplemente no tenía para el boleto.

―Uy, pues qué mala onda. Yo quería que viera usted mi acto, yo soy el artista del trapecio. Y también corro bien recio en una motocicleta dentro de una esfera; me encantaría que pudiera venir a una de las funciones. O a todas.

Rodrigo no podía explicarse por qué había dicho esto último, que la quisiera allí presente en todas las funciones; aquella muchachita tan chica lo había conmovido tanto a él, que era hombre de mundo. Le llevaba por lo menos 10 años de edad. Pero ese timbre de voz, el pelo negro, largo y brillante, ese aire de libertad, esos movimientos elegantes que eran tan poco comunes en esta colonia de la periferia, su timidez expresiva y delicada, lo tenían fascinado. No escuchó lo que ella le había contestado, solo le dijo:

―Mire, le voy a proponer una cosa. Voy a darle dos boletos por cada función de las que vamos a dar en esta ciudad, así usted podrá venir a las que quiera, y acompañada de su mamá o de alguno de sus hermanos, ¿qué le parece?

―Ay, pues no sé qué decirle. Me da pena aceptar.

―Ándele, no tiene por qué apenarse, acéptelo como un regalo de amistad.

―Bueno pues, deme dos boletos para la función de mañana. Y eso porque de veras me gusta mucho el circo, pero no le prometo nada, primero voy a ver si mi mamá quiere acompañarme y si no se enoja de que le haya aceptado a usted tan bonito regalo.

―Me pone muy contento que haya aceptado. Mañana voy a estar pendiente de verla en la función; aquí entre usted y yo, quiero decirle que le voy a dedicar mi acto, aunque no lo diga por el micrófono.

Cristina no pudo responder nada, un escalofrío desconocido le recorrió el cuerpo y le ruborizó el rostro. Tomó los boletos, se despidió con un gesto; se fue a su casa procurando que la emoción no entorpeciera ni apresurara sus pasos.

Al día siguiente asistió acompañada de su hermano menor. Oculto al fondo de la carpa y ya vestido para la función, Rodrigo la miró desde su llegada. Le pidió a uno de los mozos que los acomodara en una de las sillas reservadas al centro de la pista y les ofreciera un refresco. Ella aceptó con sencillez y se dispuso a disfrutar el espectáculo. No sería exagerado decir que Rodrigo desplegó esa tarde el movimiento artístico mejor logrado de toda su carrera; no cabía duda de que aquella tan joven mujer había conseguido conmoverlo.

Como la joven tan bien educada que era, Cristina esperó a que los artistas salieran de su precario camerino para ver salir a Rodrigo y agradecerle su generosa invitación. El muchacho no pudo ocultar su alegría de verla de nuevo; ella había tenido el cuidado de presentarse sola, le dijo a su hermano que se fuera para la casa y que ella llegaría más tarde. De esa manera no tuvo inconveniente en caminar un rato con él por todo el parque de la Deportiva José Vasconcelos. Platicaron ya más relajados, tomaron una nieve y al final hasta caminaron tomados de la mano con naturalidad. Ella le confió sus preocupaciones de los recientes días, que al terminar la escuela no hallaba que hacer ni a dónde dirigir su vida. Él le contó de sus viajes, de tantas ciudades donde había estado y del vacío que se siente cuando no se tiene una casa a donde llegar. No sintieron pasar el tiempo y parecía que había muchas cosas más que decirse, pero llegó el hermanito de ella con el apuro de que su mamá ya la andaba buscando. Se despidieron con la promesa de que al día siguiente seguirían platicando.

*

―Mamá, quiero decirte algo.

―No me asustes, tú.

―No se trata de nada malo. Como te dije hace unos días, ando saliendo con un muchacho de los del circo.

―Pues sí, y eso me tiene bien preocupada. Tienes que saber muy bien que esa gente no es de fiar, andan de aquí para allá, muchos de ellos han de ser pero si bien mañosos. Además, ese muchacho es muy grande para ti, él es un señor y tu eres una niña, apenas acabas de salir de la escuela.

―Pues sí, mamá, pero ya te he contado que me trata divino, se porta súper decente y educado conmigo. Pero lo que tengo que decirte es otra cosa y no quiero que te duela nadita.

―No me digas que estás embarazada.

―Claro que no, pues quién me crees; tú me conoces bien, tú me educaste. Y debes confiar en mí siempre, sobre todo con lo que voy a decirte.

―Ay, dime ya, no me tengas con el sucirio.

―Mañana se va el circo. Y me voy a ir con Rodrigo.

―¡Pero cómo se te ocurre, muchacha! Estás loca si crees que te voy a dejar ir con esa gente.

―Rodrigo y yo somos novios y queremos seguir juntos. Él va a juntar dinero para casarnos dentro de un año o dos. Más bien los dos vamos a juntar, porque me consiguió trabajo en la compañía, yo les voy a llevar las cuentas de todo, y me van a pagar muy bien.

―Pues claro que te va a pagar muy bien ese fulano, si te lleva de su querida.

―No, mamá, estás muy equivocada; él me quiere mucho y me respeta, si no fuera así yo no me atrevería a esa aventura tan grande. Por otro lado, yo no quiero quedarme aquí para terminar de sirvienta o de operadora de la maquila. No quiero eso para mí.

―Seguramente crees que es más divertido terminar de cirquera, pero no sabes lo dura que es esa vida, andar de aquí para allá durmiendo en casas de campaña y en hotelitos de la orilla. Además, qué quieres que piense si te vas con un hombre. Te prometió que se casará contigo, pero cuántos no dicen lo mismo para conseguir lo que quieren y luego te dejan chiflando en la loma.

―Para mí eso no es lo principal, mamá. Sí quiero mucho a Rodrigo, estamos enamorados y tenemos planes. Pero lo que más me interesa es que tendré una vida distinta, y no la que tendría si me quedo; tengo que arriesgarme a buscar otras cosas, otros lugares.

―Estás muy chica, Cristina, todavía no sabes que es lo que más te conviene en la vida.

―Déjame ir, mamá. Te prometo que voy a cuidarme mucho y te escribiré de todos los lugares a dónde vaya para que sepas que estoy bien.

*

Cristina se fue con el circo. Durante año y medio fue muy feliz con Rodrigo. Juntos reunieron una cantidad de dinero porque tuvieron buenas temporadas y los dos eran muy dedicados. La vida itinerante es dura, sin embargo, se compensa con la gran cantidad de sorpresas con las que amanece el día, cada lugar ofrece maravillas distintas y la vitalidad de los cirqueros no puede compararse con nada. Casi todos ellos eran buenas personas y existía una solidaridad que no suele verse entre la gente sedentaria. Cristina y Rodrigo establecieron una pareja muy alegre y feliz, dormían en el remolque de él, que era muy amplio, y ella lo había arreglado muy bonito.

Además de su trabajo llevando las cuentas del circo, Cristina aprendió algunas suertes y creó su propio número de trapecista. Su belleza y su gracia le procuraron éxito. Todo iba bien.

*

Un día, muy de mañana, llegó al campamento un automóvil que venía de prisa. Era la hermana de Rodrigo; venía a avisarle que su padre había muerto. En Acayucan, Veracruz, el hombre tenía una plantación de vainilla en la que trabajó durante cincuenta años, y labró una modesta fortuna. Rodrigo era el mayor. Su padre nunca había aceptado su profesión de cirquero, le parecía oficio de vagabundos y de gente con malas costumbres; por eso Rodrigo muy pocas veces visitaba la casa, a pesar de los ruegos de su madre que todas las veces lo despedía llorando y que siempre le demostró amor y respeto.

En cuanto se fue su hermana, quien se hospedaría en un hotel del centro para partir juntos al día siguiente, Rodrigo le contó a Cristina lo que había sucedido, y lo que estaba por suceder. Ella conocía al detalle toda la historia, sabía de las dificultades de su novio con su padre, de la forma en que se manejaban los asuntos de la familia; sabía que su hermana estaba casada con un buen hombre y que la madre sola no podría trabajar las tierras ni llevar los asuntos de la labranza, los préstamos agropecuarios, la venta, y todo lo que concernía al negocio. Era inevitable que Rodrigo tenía que establecerse unos años, o para siempre.

Te propongo que nos casemos y nos vayamos juntos a Acayucan, le dijo. Esperaba que ella le diría de inmediato que sí, porque en todo habían estado siempre de acuerdo. Cristina tuvo el impulso de hacer lo que él esperaba con tanta naturalidad, pero le pidió un día para resolverle. Era la primera vez que dudaba, sin embargo, esto parecía razonable, dado lo inesperado de la terrible noticia y el cambio tan radical que se presentaba.

*

La joven amaba profundamente a Rodrigo, lo admiraba como artista, compartía con él la disciplina física y la vida austera que tenían juntos. No lo imaginaba en una vida distinta donde ambos tuvieran que cumplir otro destino. Rodrigo era la aventura permanente, la cotidianidad suya ocupaba todo el espacio de un país, de otros países, la tierra de los dos era el aire del mundo sin límites ni muros. Con muchos sacrificios habían conseguido juntos la prosperidad y la más abierta libertad que pudiera imaginarse. Como se lo había dicho a su madre desde el principio, ella no se fue al circo por un hombre, sino por una vida que muy pocos podrían entender. Por fortuna entre esos pocos estaba Rodrigo, así que, por mucho que habría de dolerle, tendría que comprenderla cuando al día siguiente le dijera que no se casaría, que no lo seguiría a otra vida que no fuera la que ahora consideraba su propia, su única forma de existir.

lunes, 6 de julio de 2026

Desventuras de tener un jefe miserable

 


Desventuras de tener un jefe miserable

 

Por JChM

 

Cualquiera pensaría que los patrones despiadados y tacaños solo se dan de forma natural y lógica en el sector de la economía llamado iniciativa privada. Y que los jefes y funcionarios de la burocracia son menos hambreadores, puesto que no invierten ni arriesgan su propio dinero, sino recursos públicos. Pero no. Esa lógica sería muy elemental.

En la acción cotidiana de ganar el pan de los hijos y mi propia subsistencia, he trabajado en empresas de capital privado, y también en instituciones de Gobierno.

En las primeras, tuve jefes duros. Algunos intentaron pasarse de negreros conmigo, sin conseguirlo del todo; muy pronto aprendí a negociar con ellos al tú por tú, en su mismo código: la ley de la oferta y la demanda. Hallé en ese ambiente una firme estructura de elemental nobleza, la que da el trabajo diario y un sencillo y natural sentido de justicia.

Para conseguir trabajo en el sector público pueden pasar años, primero de tocar puertas y buscar amigos que ya estén dentro del sistema, muchos de los cuales te batean con la mano en la cintura, y a veces con aires de conmiseración; luego hay que trabajar algunos años por contratos temporales, que en ocasiones se suspenden y en otras se cancelan para siempre.

De pronto surge, donde menos lo esperas, el contacto que te abre una puerta segura a la casta burocrática. Para entonces ya sabes que ganarás poco sueldo y a cambio tendrás un empleo seguro y prácticamente vitalicio.

Bueno, estoy hablando de antes de que iniciara este siglo en que ya se acabaron esos usos y costumbres de la permanencia laboral, tanto en el sector privado como en las empresas globales.

En 1991, un cuñado mío ganó una beca para irse a estudiar una maestría a la Universidad de Nuevo México en Las Cruces. Al día siguiente fue a mi casa, me dijo que tenía manera infalible de que yo me quedara con su puesto en la editorial de una Universidad, que ya había hablado con la directora y ella estaba de acuerdo en facilitarme las cosas.

Y así fue. Al día siguiente me entrevistó, me pidió algunos documentos y me dio a firmar un contrato laboral de tres meses.

—Mera formalidad, Esteban, yo te conozco bien, fuimos compañeros en Filosofía y Letras, sé que estás capacitado para el trabajo.

—Te agradezco mucho, Silvia, vas a ver que no te voy a fallar.

Luego de seis meses desempleado, la verdad se lo agradecía de todo corazón tanto a ella como a Héctor.

Trabajé muy a gusto durante cuatro años, luego vino el cambio de rector en la universidad y mi directora se regresó a su plaza académica; la suplió un oscuro filósofo de la más reciente generación, que había bajado de los médanos de Samalayuca como dice a tamborazos.

Este joven señor se sentía bordado a mano, y eso que usaba la pose de una pretendida humildad y camaradería. Con los jefes era discretamente lambiscón, y con sus subalternos falsamente amistoso y verdaderamente traidor, todo en bajo perfil, taimado, reseco, igual que el desierto de donde venía.

Durante los primeros meses se dedicó con ahínco a la paciente tarea de aprender el oficio editorial, porque a pesar de que se decía ser filósofo de la ciencia, de libros no sabía ni papa, confundía los prefacios con los prólogos y las solapas con los mensajes de propaganda. Era muy afanoso, terco, y siempre vivía muy al pendiente de su importancia jerárquica, que todo mundo notara quién era el mero mero.

Al principio me cayó bien. Me hablaba de usted y me trataba de maestro, a pesar de que sabía que solo soy un viejo dinosaurio del oficio editorial que aprendió en los talleres y en las salas de redacción, cero maestrías ni doctorados ni licenciaturas, nada de grados, que es lo que lo hace a uno valer en el ambiente académico.

Él, en cambio se había inscrito en una maestría que debió terminar en dos años y ya iba para siete; todavía le zumbaba para la tesis: era duro de cabeza, pero, como ya dije, obstinado en todo lo que se proponía, paciente como el silencio.

A pesar de la áspera amistad que me profesaba, y de que una de sus cualidades innegables es que no tenía maneras autoritarias de tratar a la gente, a mí me fue guardando un recelo extraño que se manifestaba en los usos y costumbres de toda oficina.

Cuando yo le encargaba alguna tarea a la secretaria del departamento, él de inmediato le ordenaba un trabajo suyo inaplazable, sin importarle atropellar mis funciones.

Antes de que él llegara, el ambiente laboral había sido sencillo y de mutua colaboración, pero poco a poco, a su estilo tozudo, fue haciendo sentir que la secretaria era para su servicio exclusivo. Y no solo la secretaria sino también el equipo de diseño, al cual solía encargarle proyectos que eran ajenos a la Universidad, para atender vagos negocios privados que le dejaban algunas ganancias extra, y hasta planeaciones de sus clases, elaboración de material didáctico y diseños para algunos de los colegas.

Claro que, al final del mes, las tareas propias de la editorial llegaban con retraso y él jamás era el culpable: en las juntas de evaluación se ocupaba en repartir las fallas entre nosotros, editores y diseñadores, que habíamos esperado a que el señor atendiera antes que nada sus propios intereses.

La gota que derramó el vaso fue que, un semestre antes de que él llegara, yo había ingresado al departamento administrativo una requisición para gestionar una computadora nueva, pues los últimos años había venido trabajando en una Windows 98 que ya estaba obsoleta.

Todo mundo sabe que la burocracia en lenta y que, a pesar de eso, tarde o temprano llegan los recursos, así que los espera uno con paciencia de santo.

Me acuerdo de que un jueves hubo un pequeño alboroto porque llegaron por fin diez computadoras de muy buena marca: una de ellas estaba asignada para mí. Era absurdo que el jefe de producción editorial, o sea yo, anduviera usando tecnología tan arcaica.

Cuál no sería mi sorpresa cuando, a medio día que llegaron los jóvenes de informática a instalar el equipo nuevo, pusieron la nueva en el escritorio del jefe y a mí me llevaron la que desechó él.

No tuve a quién reclamarle porque, a su estilo, el filósofo de rancho se ausentó toda la mañana después de dejar la instrucción bien clara de lo que se hiciera y se dejara de hacer. No regresó hasta el día siguiente.

A primera hora toqué a su privado. Pásele, don Esteban, dígame usted, qué se le ofrece. Le expliqué que el equipo que acababa de llegar lo había solicitado yo tres años antes, le mostré las copias de la requisición, los presupuestos; todos tenían el nombre de mi unidad, la unidad de producción. Me dijo: Pues sí, todo eso ya lo sé, pero usted comprenderá que las tareas de la jefatura de departamento son complejas y requieren más funciones en el equipo. En cambio, la computadora que se le acaba de instalar está sobrada para lo que a usted le toca hacer. Es más, lo felicito, ya no va a andar batallando con la computadora de leña de la que tanto se quejaba. El torpe remedo de broma que intentó fue el punto final de esta historia. De su oficina me fui directo a recursos humanos, para iniciar los trámites de mi jubilación.

sábado, 4 de julio de 2026

Cucaracha

 

Cucaracha

 

Por JChM

 

Como vivió muchos años de alcoholismo intenso, Benjamín usaba su pasado como chantaje para ser casi un inútil. Diez años antes, su familia lo había abandonado, luego de aguantarlo con resignación largo tiempo, esperando que por fin cumpliera las promesas de curársela, pagar los recibos, no desvelarse, conseguir empleo, enderezar el rumbo.

A pesar de todo, algunos haraganes tienen suerte: la hermana de Benjamín tenía una casa grande, alma generosa y mente de ingeniera civil que funcionaba como relojito. Le ofreció un techo confortable e independiente; pero como lo conocía bien, le dijo:

―Aquí vas a vivir, y no tienes que pagarme renta, solo paga los servicios de tu lado. También tienes que buscar dónde comer, porque yo trabajo y no tengo tiempo de darte. Hay manera de poner tu cocina o algo, a ver cómo le haces. Vamos a ser buenos vecinos, ya verás, eres mi hermano y te quiero mucho.

Benjamín pudo vencerse a sí mismo y vivió algunos meses con armonía, hasta con alguna modesta felicidad. Consiguió empleo, pagó los mínimos gastos que le había encargado la hermana y se inscribió en un comedor familiar que había en el barrio; cocinar, ni pensarlo, era demasiado pedirle.

Pero cuando lo corrieron del trabajo otra vez, por las causas de siempre, tuvo la precaución de no decirle a su hermana. Esperaba que ella y su hijo salieran de la casa grande para entrar con mucho cuidado, buscaba en la alacena cosas discretas qué llevarse, latas, galletas; abría el refrigerador y vaciaba un poco de leche, cortaba una rebanada de queso, algún aguacate. Acomodaba las cositas para cubrir los huecos, que no se notaran.

Cuando regresaba a su cuarto le llegaba muy pesada la soledad, se sentía una cucaracha de la casa de junto cuyas antenas quizá detectan la alimentación y la buscan en los rincones, rogando al cielo que en ese momento no regresen los dueños y prendan la luz y lo miren, oscuro y tembloroso.

viernes, 3 de julio de 2026

Zona de olvido

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Zona de olvido

 

Por JChM

 

Esta mañana, al subir al camión, un cantante arruinaba el ambiente. Su canción era tediosa y amargada, sin más esperanza que unas monedas. Me impresionaba su indiferencia absoluta por el entorno; tocaba la guitarra sin ánimo, el ruidoso instrumento astillado en algunas partes, reseco, la pintura desvanecida por los años.

Cuando terminó de cantar se dirigió al pasaje para pedir como pago de su canto una ayuda, lo que sea su voluntad.

Fue entonces cuando lo reconocí; esa voz venía desde un pasado lejano, de cuando existía la felicidad. Era mi hijo, a quien desde que él era joven escuché por última vez cuando nos dijo a su madre y a mí: Me voy. Esta familia no funciona, ustedes hace mucho debieron haberse separado y aquí siguen ofendiéndose de manera cada vez más sórdida. Ya me cansé de su vida tan envilecida, del odio que se tienen Por eso el que se va soy yo, ya lo tengo todo previsto. Nunca me busquen, no me hallarán y para nada quiero volverlos a ver. Adiós.

Y así fue por años hasta que llegó lo que parecía imposible: el olvido. Que el propio hijo se volviera opaco.

Y ahora veo a este humildísimo cantador que trata de juntar unos pesos, maltrecho, pero con aquella voz juvenil de cuando fue mi hijo, mi alma.

La noche en blanco

 

Diseño gráfico: Copilot IA

La noche en blanco

 

Por JChM 

Esteban despertó a las dos de la mañana, el foco de 5000 wats del insomnio iluminó el aire antes de que prendiera la luz del cuarto.

No sabía si levantarse o quedarse tirado en la cama, como un bulto en llamas.

Prefirió levantarse y del archivero de su estudio sacó una carpeta que decía “varios”. Allí aparecieron las tres novelas que no había escrito, vida en jirones, relatos inconclusos como tantas cosas de su vida inútil. También la redacción cuidadosa de varios proyectos con los que había concursado y perdido y guardado por si más adelante.

Nunca se decidía a tirar nada a la basura, se llenaba de papeles almacenados mientras su propia vida era la que se iba a la basura, a la vejez, hacia el absurdo.

Todo resplandecía cuando llegaba la euforia de la manía, pero para estas alturas ya sabe que eso no era el placer sencillo de la vida feliz, sino el quebradizo filo del infierno.

Por suerte, ya no le hacía daño a nadie más que a sí mismo, por lo menos en forma cercana.

Y a pesar de todo, la vida que este día inicia antes de la tormentosa madrugada estaría muy bien, si no tuviera a las nueve de la mañana que iniciar la labor cotidiana del trabajo en la oficina, todo para seguir subsistiendo y pagando la modesta vida de su soledad.

sábado, 27 de junio de 2026

A la deriva

 

Diseño gráfico: Copilot IA

A la deriva

 

Por Jesús Chávez Marín

 

Abro los ojos y lo que veo son estas ramas negras y al fondo un lago tranquilo. Parece que estuvieran al principio del mundo, y no solo a principio del año; otro tiempo más de fracaso.

¿Quiénes son esas personas que ayer parecían tan felices comprando regalos de última hora, tomando brandy a hurtadillas como adelanto de la cena que viene, la Noche Buena? Las parejas van de la mano con absoluta confianza y cariño.

Por supuesto que no los envidio, jamás seré ese blando señor que por una brizna de alegría fue vendiendo su alma al tedio.

Nadie me ama, es cierto, pero tampoco dependo de ningún afecto. Soy el paria en las pocas casas a donde llega, el que se queda un rato y luego se va; sigue caminando por el rumbo de su completa libertad.

Si me hago alguna de las preguntas que nunca dejo llegar, podría saltar esta: ¿libertad para qué, para dónde? Soy un cuerpo a la deriva.

La Navidad frente a la televisión y el Año Nuevo en la botella de whisky, sin medida, no me procuran plenitud, por más que en los vapores del viaje alcohólico se revele algún espejismo de ingenio, que luego se esfuma.

Solo queda esta biología torturada que ahora late con violencia en las sienes queriendo reventar un cerebro estéril. Tengo 64, ¿ya para qué me esfuerzo? Nadie me espera, muy pocos habrán de acordarse de mí cuando haya muerto.