viernes, 3 de julio de 2026

Zona de olvido

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Zona de olvido

 

Por JChM

 

Esta mañana, al subir al camión, un cantante arruinaba el ambiente. Su canción era tediosa y amargada, sin más esperanza que unas monedas. Me impresionaba su indiferencia absoluta por el entorno; tocaba la guitarra sin ánimo, el ruidoso instrumento astillado en algunas partes, reseco, la pintura desvanecida por los años.

Cuando terminó de cantar se dirigió al pasaje para pedir como pago de su canto una ayuda, lo que sea su voluntad.

Fue entonces cuando lo reconocí; esa voz venía desde un pasado lejano, de cuando existía la felicidad. Era mi hijo, a quien desde que él era joven escuché por última vez cuando nos dijo a su madre y a mí: Me voy. Esta familia no funciona, ustedes hace mucho debieron haberse separado y aquí siguen ofendiéndose de manera cada vez más sórdida. Ya me cansé de su vida tan envilecida, del odio que se tienen Por eso el que se va soy yo, ya lo tengo todo previsto. Nunca me busquen, no me hallarán y para nada quiero volverlos a ver. Adiós.

Y así fue por años hasta que llegó lo que parecía imposible: el olvido. Que el propio hijo se volviera opaco.

Y ahora veo a este humildísimo cantador que trata de juntar unos pesos, maltrecho, pero con aquella voz juvenil de cuando fue mi hijo, mi alma.

La noche en blanco

 

Diseño gráfico: Copilot IA

La noche en blanco

 

Por JChM 

Esteban despertó a las dos de la mañana, el foco de 5000 wats del insomnio iluminó el aire antes de que prendiera la luz del cuarto.

No sabía si levantarse o quedarse tirado en la cama, como un bulto en llamas.

Prefirió levantarse y del archivero de su estudio sacó una carpeta que decía “varios”. Allí aparecieron las tres novelas que no había escrito, vida en jirones, relatos inconclusos como tantas cosas de su vida inútil. También la redacción cuidadosa de varios proyectos con los que había concursado y perdido y guardado por si más adelante.

Nunca se decidía a tirar nada a la basura, se llenaba de papeles almacenados mientras su propia vida era la que se iba a la basura, a la vejez, hacia el absurdo.

Todo resplandecía cuando llegaba la euforia de la manía, pero para estas alturas ya sabe que eso no era el placer sencillo de la vida feliz, sino el quebradizo filo del infierno.

Por suerte, ya no le hacía daño a nadie más que a sí mismo, por lo menos en forma cercana.

Y a pesar de todo, la vida que este día inicia antes de la tormentosa madrugada estaría muy bien, si no tuviera a las nueve de la mañana que iniciar la labor cotidiana del trabajo en la oficina, todo para seguir subsistiendo y pagando la modesta vida de su soledad.