lunes, 16 de diciembre de 2013

guadalupe salas


Fragancia de mujer



Por Jesús Chávez Marín



Es paradójico que siendo la prosa la forma escrita más próxima al habla y la más usada en nuestra expresión cotidiana, tenga menos estilistas que la cautiven con el cuidado y la perfección técnica con que los poetas líricos lo hacen en sus textos. Y precisamente porque la prosa es más funcional y más cercana a nuestros asuntos diarios que el verso, es más importante como generadora de imágenes y como recreadora del lenguaje, patrimonio común de los hablantes. No obstante, en la literatura moderna, los escritores han desarrollado una serie de recursos estilísticos y han transformado la prosa hasta hacerla más expresiva, bella y precisa.

         El trabajo de Guadalupe Salas se inscribe con toda naturalidad en este trabajo colectivo de escritura: el afinamiento estilístico de la prosa.

         En Chihuahua, recién llegada de Monterrey, Guadalupe Salas se integró al grupo Media Hora, cuya sede fue el café Ajos y Cebollas. Allí dio a conocer sus primeros textos. Eran poemas muy finos, de elegante acento lírico, en donde se expresaba esta mujer de íntima espiritualidad y de sutil sensualidad, con cierta ironía y cuya voz incluía palabras claramente norteñas. Pero su trabajo de redacción más cuidadoso lo aplicaba desde entonces a la prosa, no al verso.

         Quienes vimos a Guadalupe Salas trabajar en el taller coordinado por Guillermo Samperio, conocimos el rigor y las horas enteras en las que ella se aplicaba al minucioso tejido de su prosa. Guadalupe leyendo novelones y cuentos fantásticos, escribiendo meses enteros el mismo relato, anotando cuidadosamente las correcciones a la versión mecanográfica de la noche anterior o preguntando a sus amigos sobre el origen, la etimología y la historia de una palabra. Guadalupe escribiendo, burlandose, compadeciéndose, mirando socarronamente nuestros pequeños detalles ridículos. Algún día saldremos retratados en sus cuentos, diciendo:

Quitan a ese cabrón animal de allí. Siempre nos está viendo, Sara. O quizás escucharemos de pronto el eco de nuestra personal paranoia en el momento en que exclama:

Miren, mortales fascinerosos. La furia de Dios está cerca.

         O tal vez volveremos a conocer, en la intuición natural de algún relato, una versión más de nuestro orígenes, de donde nació toda la sangre, este río de simiente humana, cuando Adán afirma:

—También bebí del agua que multiplicaba nuestros cuerpos con lasciva claridad.

         O acaso sabremos también:

—...que en las bocas hay senos y códigos... que dentro y fuera de los cuerpos hay cuencas, ríos, erosiones, frutas húmedas.

         Pero antes de que todo ello suceda, tenemos tiempo para gozar estos once relatos de Guadalupe Salas. Un manjar exquisito.



El cuello de Adán, de Guadalupe Salas. Universidad Autónoma de Chihuahua. México, 1994.



Diciembre 1994

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