lunes, 17 de marzo de 2014

las brujas



Mi bruja light


 


Por Jesús Chávez Marín




Cuando te comparo, mi reina santa, con algunas de las mujeres que me he topado desde que me mandaste a volar, tú vendrías a resultar una bruja de lo más light.

Es cierto que tú eras levemente alcohólica y pisteabas como albañila con tus amigas de los viernes, pero no sabes las cantidades industriales de tequila que se meten algunas de mis nuevas amigas; como pelonas de hospicio recién liberadas de la cárcel conyugal por divorcio, viudez o abandono, algunas damas tragan licores de manera insensata y una que otra se disuelve literalmente en mis brazos hasta quedar allí tiradas, sucias y blandas, a veces confundidas en su propio vértigo. Para mí no hay problema, me concreto a bañarme, vestirme y salir de allí para siempre: de sus recámaras, sus oficinas o del motel en turno que haya sido el refugio para el encuentro amoroso, el último que conmigo habrá de tocarles a esas borrachas perdidas.

Otras son más celosas que tú, y ya sabes que esto es mucho decir: no se miden para sus reclamos ni respetan mis papeles, buscan huellas en mis camisas y revisan con lupa mi agenda, sobre todo el directorio: cada nombre femenino les parece sospechoso, las llamadas de mi teléfono son para ellas pruebas contundentes. Debo reconocer a tu favor que siempre respetaste la intimidad de mi oficina y hasta saludabas con respeto y claridad a mis compañeras de trabajo.

También hay otras, dulce mujer antiguamente mía, que están más neuróticas que tú, la histeria las mantiene oscilando entre la amargura del pasado y el miedo al futuro. Quieren que les firme papeles de registro civil, atraparme en redes legales y yo les digo: mira, preciosa, para serte franco ya me casé una vez y a pesar de que lo intenté veintitres años, mi matrimonio fue un acto que terminó en intercambio de rencores. No manchemos este amor libre que tan a gusto nos mantiene relajados y muertos de risa, ¿para qué quieres un marido?, tuviste uno y ya se te murió, ya viviste casada y te divorciaste, o ya pasaron los años y tuviste la precaución de no embarcarte en un matrimonio al que intuías como amenaza: ya te has salvado a ti misma de esa acechanza, para qué quieres entonces que firmemos esa acta civil tan peligrosa llamada contrato y apadrinada por Melchor Ocampo. Así estamos bien.

Por eso a veces me pregunto, ex esposa querida, ¿no seré yo el que está equivocado, llegaré a ser egoísta de tan pragmático o acaso mi lógica no embona con las ideas y prejuicios de mis amigas con derecho de piso?

Bueno, mi reina, ya con esta me despido. Espero que esta dulce misiva no te parezca un tanto cuanto cínica, no podría soportarlo. En todo caso te pido por favor de la manera más atenta que la borres de tu correo electrónico; que ni se te ocurra otra vez imprimirla y leérsela a tus amigas: prototipos, ellas sí, de las más peligrosas brujas de la ciudad. Un beso.

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