lunes, 23 de junio de 2014

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Familias ya de este siglo, ciudad Chihuahua



Por Jesús Chávez Marín



A mediados del siglo pasado, las nuevas formas de producción económica cambiaron costumbres tradicionales de la sociedad de Chihuahua, una ciudad que a finales de los años setentas del siglo XX tenía apenas la mitad de la población actual y cuyas dimensiones eran solo una tercera parte de lo que es hoy su territorio urbanizado. Empresas norteamericanas y japonesas encontraron aquí un mercado laboral ventajoso: mano de obra barata y, sobre todo, el hecho notable de que la mayoría de las mujeres, al casarse, dedicaban su tiempo completo a las fatigosas tareas de su casa y a la crianza de los hijos, dejaban de participar en forma definitiva en lo que se le llama la planta productiva, y la economía familiar se sostenía solo con el salario del esposo, el padre de familia, quien se asumía muy cómodamente como el jefe.

Antes, las mujeres casadas que trabajaban fuera de su casa eran la excepción. Las solteras trabajaban como secretarias, sirvientas, enfermeras, empleadas bancarias, o como cajeras y vendedoras en tiendas de ropa, zapaterías, papelerías o perfumerías. Nada más las que trabajaban de maestras seguían trabajando después de casarse, por la facilidad de los horarios. En 1970 se abrió la primera “supertienda” en la ciudad, que fue Futurama, y al año siguiente La Soriana, con modelos europeos y norteamericanos de comercialización, de autoservicio, donde había “de todo para toda la familia en un solo lugar”. Estas tiendas abrieron un mercado laboral que antes no existía, en el que las mujeres tenían una preferencia notable a la hora de las contrataciones.

Todavía en ese tiempo, la señora era llamada “ama de casa”, nombre de su oficio en documentos públicos: ella sola se ocupaba de cocinar y servir almuerzo, comida y cena, lavar la ropa de todos, asear la casa, llevar y traer a los hijos a la escuela, ayudarlos en las tareas, asistir a las juntas escolares, cuidar la salud en las noches. Pero de la noche a la mañana, casi de forma masiva, la mayoría de las mujeres dejaron el hogar. A partir de la instalación de las maquiladoras, consiguieron su independencia económica y escaparon de la esclavitud doméstica de tiempo completo. La mayoría de ellas sigue realizando en doble jornada los quehaceres de su casa, pero ya no de manera exclusiva. Se fueron a estudiar en las preparatorias y en las universidades, a donde antes muy pocas asistían; llenaron las oficinas y fueron consiguiendo cada vez más puestos de dirección, ante el desconcierto profundo de los señores, compañeros de trabajo y subordinados. También llenaron los salones nocturnos y aumentó con ellas el consumo de licores y cigarros; la nueva libertad fue tan frenética, que la ciudad fue extendiendo los espacios públicos y también los discretos para nuevas costumbres de las parejas, en todas las orillas de la ciudad creció el número de moteles y hoteles de paso, los más caros y también los más baratos; se abrieron salones de baile donde caben hasta seismil parejas, más o menos permanentes, más o menos ocasionales, y otros lugares para hombres y mujeres donde toman cervezas al parejo.

La mayoría de los machos de antes, de todas las edades, se fueron resignando a perder sus tradicionales y muy antiguos privilegios y servicios que las mujeres sus hermanas, madres, esposas, amantes e hijas le ofrendaban de manera que parecía tan natural como respirar. Algunos incluso se adoptaron a la época de relativa igualdad con las mujeres y hasta consiguieron algunas ventajas en el talento femenino, en la amistad, el amor y la sexualidad con ellas en la reciente libertad, y juntos iniciaron alegremente una nueva educación sentimental. Pero otros, hasta hoy, no han podido soportarlo, sobre todo porque a la mayoría de ellos, desde recién nacidos, los educaron y los siguen educando para la supremacía del varón. Además un buen número de mujeres asumieron con exagerada agresividad su nueva condición social. Se volvieron tan abusivas como los machos más cimarrones. La violencia aumentó de manera insidiosa y terrible: golpizas hogareñas, suicidios en la más oscura madrugada, asesinatos sañudos y sangrientos.

En 1982, cuando las maquiladoras eran recientes en esta ciudad, un hombre desempleado, vecino de la colonia Santa Rosa, mató a cuchilladas a sus tres hijos y luego se suicidó con la misma arma, desesperado y loco de celos cuando le dijeron, mentira o verdad, que su mujer, quien trabajaba y para entonces era la proveedora de la casa, andaba de novia con un ingeniero de la planta. Un solo ejemplo, aunque especialmente trágico, de lo que en los años siguientes llegaría a ser vinagre cotidiano en la nota roja de los periódicos: drogadictos terminales, ancianos solitarios, niños que les prenden fuego a los gatos del barrio para vencer el tedio y el abandono.

Los divorcios se dispararon al tope, a tal grado que la ciudad de Chihuahua se registra entre las que tienen índices más altos en las estadísticas de la desdicha conyugal. El 99% de los procesos que se llevan en los juzgados civiles son de divorcios de toda índole, desde los voluntarios y casi amistosos hasta los pleitos más sórdidos, donde se ventilan historias erizadas de crueldad, humillación e insultos. Nuestra sociedad nueva incluye una multitud de madres solteras, quienes viven con toda naturalidad una nueva composición de familia, lo cual no resulta ya desventajoso para ellas de ninguna manera, tampoco para sus hijos, que en la mayoría de los casos se desarrollan con la misma dignidad y las mismas oportunidades que los hijos de familias tradicionales.

Esta sociedad tiene un rostro distinto en los inicios de este siglo, una nueva vitalidad y formas nuevas de existir y de entender el destino colectivo.

De toda esta confusión, surgió un fruto muy claro y justiciero: las mujeres conquistaron para siempre su libertad esencial de seres humanos: ya no existirán jamás los charros cantores que las traten como seres dependientes y conquistables, territorio para avasallar. Ya nadie se atreverá a subestimar el talento de las mujeres para cualquier trabajo, pues en casi todos los espacios laborales la mayoría de ellas han demostrado mayor dedicación y cuidado en la realización de las tareas cotidianas de la producción. Los jóvenes de hoy ya ven como parte de la naturaleza la igualdad de las mujeres en todos los espacios públicos y privados.

En cada casa hay también muchas formas de familia: los hogares formados por mujeres solas con sus hijos son ya tan numerosos como los de la antigua familia de papá, mamá y los hijitos que antes había sido única forma de legitimidad social, y funcionan con la calidez y el buen sentido que son parte del talento natural de las mujeres, quienes además tienen una extraordinaria generosidad para hacer felices a los demás, con la que edifican la serenidad y la seguridad de sus hijos.



Febrero 2011, publicado en Exprés.

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