lunes, 6 de septiembre de 2010

juan holguín rodríguez

Retratos, voces y fantasmas villistas: presentación del libro Una flor de Pancho Villa, de Juan Holguín Rodríguez

Por Jesús Chávez Marín

Uno de los personajes más simbólicos de la identidad colectiva chihuahuense es sin duda Francisco Villa, tanto por su leyenda dorada que lo fija como héroe grande, el guerrero que con su inteligencia natural supo manejar ejércitos y también imaginar un destino generoso para su pueblo; como por su leyenda negra que todavía despierta gritos de rencor que de asesino sanguinario no lo bajan.
Muchos libros se han escrito en esta región sobre su vida, su muerte y su memoria. Algunos son de historia, con el supuesto rigor científico de los datos exactos; otros son de testimonios y entrevistas de gente que lo conoció en vida y que lo recuerdan con las anécdotas reales o inventadas que ávidos investigadores redactan sintiendo que tienen el polvo de oro de la verdad histórica como respaldo a sus ideologías o a sus intereses villistas o antivillistas. Otros libros son los de ficción, los del arte narrativo, cuyo objetivo esencial es la forma, la expresión artística de un tema, en este caso el de la presencia histórica de un hombre inolvidable en medio de una guerra de muchos años.
Este nuevo libro de Juan Holguín Rodríguez es de ficción, y podría ubicarse como una expresión moderna de la narrativa de la Revolución Mexicana. En los 14 cuentos que lo componen, Villa es personaje constante, ya sea en el centro del relato como protagonista principal, o como presencia que proyecta un ambiente, un tono y un lenguaje o como referencia que enfoca la acción y el punto de vista o como fantasma que se oye en los muros de una casa o que deambula en las carreteras del extenso norte mexicano.
La Revolución Mexicana en este libro no sólo es una referencia temporal y cultural sino también es una señal trágica, un destino que pesa sobre los personajes y los marca para siempre, aún más allá de la muerte. Parece una derrota colectiva que relumbra enmedio del desierto a donde llegan los candidatos con sus falsas promesas, con sus tortas regaladas y sus banderitas de plástico. Parecen una derrota en la desesperanza de los viejos que en la resolana a veces distinguen las formas de su energía pasada, cuando cabalgaban por sus ideales y tenían fuerza y alegría de vivir, donde ahora sólo queda esta desesperanza y la certeza de haber sido traicionados.
El primer cuento del libro tiene este tono. Se cuenta la historia de un viejo que muere en 1999 y que a los 15 años fue fusilado, ejecutado y dejado por muerto. Sobrevive de manera misteriosa y se vuelve silencioso y melancólico el resto de su vida. Su mirada recorre hasta el cansancio más inaudito los episodios trágicos de la Revolución y luego con el mismo silencio y angustia sorda, la vida cotidiana de la paz sin justicia de los años que siguieron. El narrador cuenta que “casi a diario, en su viejo taller de zapatería, le buscaban la cara buena en la procura de una revelación exclusiva. Se arrimaron a él con el mismo interés, periodistas capitalinos, cronistas de donde mismo, historiadores de donde quiera, escritores de pacotilla sintiendo en su bolsa coladera una historia diamantina, hacedores de santería, enfermos desahuciados, candidatos presidenciales, hampones de media monta, psíquicos de los cuatro horizontes, tahúres venidos a más y hasta gente de las iglesias vestidos a medio rostro. Todos se quedaban si ninguna respuesta”.
El segundo texto es el relato de la muerte de Pancho Villa, sobre todo de la víspera y de los días siguientes, contado por un narrador testigo que muchos años después platica y reflexiona. El tercero es un cuento de muy buen humor, con un lenguaje elegante y de mucha gracia, cuya sorpresa al final es descubrir al narrador, en este caso la narradora, que cuenta los hechos en primera persona. El siguiente es un monólogo cuya voz narrativa es un contrapunto muy bien lograda con una mezcla de lenguaje solemne y religioso con un ingrediente picaresco muy bien construido para retratar la psicología de una madre que cuenta la historia de su hijo, quien murió en la Revolución siendo general.
Luego viene el cuento que da título al libro, Una flor de Pancho Villa, que inicia con un narrador omnisciente y a la mitad del texto se sigue contando con la voz del narrador personaje, en este caso también una narradora, cuyo lenguaje es a veces poético sin perder la verosimilitud de la historia de amor de Soledad Seáñez Holguín y Francisco Villa.
Enseguida aparece un cuento cuyo ambiente es uno de los marcos imaginarios más atractivos de la ilusión popular, el de los entierros, los tesoros escondidos en la tierra, en las montañas, en los patios o las bardas anchas de alguna finca antigua. Aquí se cuenta la historia de uno de los entierros más fabulosos: “Fue en tiempos de la bola, cuando llegaron hasta aquí con el entierro escondido adentro de un misterio asilenciado a la fuerza. Pero no hay nada oculto bajo la luz del sol. Todo lo que se esconde un día se ve otro día. De allí que todos dicen: el entierro de la sierra de Amolar son las campanas de una gran catedral. Enteritas. Hechas, según muchas razones, de puro platino. Para arrancarlas de sus hermosas torres, los charros plateados de Tomás Urbina doblaron el silencio sagrado de los que pidiendo al Señor misericordia se encontraban, en el albor de aquel día, en la casa del Santísimo de una ciudad capital que desde entonces se quedó sin su primera voz”. Por supuesto, el general despacha a balazos a los que durante varios días y con muchos sacrificios habían subido a esconder las campanas hasta lo más alto de la más oscura sierra, y los deja enterrados en el mismo lugar del tesoro, para quedarse solo con el secreto de su paradero.
En el cuento que se llama “La cuchara el santo” viene la deliciosa historia de un sacristán que había sido cocinero del general Villa y de una cuchara mágica que nada tiene que envidiarle a los utensilios de las intrigas medievales. En “Sota de corazones” se cuenta con gran agilidad la historia sorprendente de un caballerango, un cacique galante y una yegua fina. Luego aparece un cuento donde unos agraristas son la metáfora más clara de la revolución que dejó intacta la injusticia del mundo. El texto que sigue es una de las más logradas versiones narrativas de la leyenda tradicional de las apariciones del charro negro; aquí la identidad del narrador sorprende al lector a la mitad del relato y se comprende el foco narrativo y el punto de vista con el que se relatan los hechos, en un giro de composición muy bien logrado.
En “La tercera llamada” se ve el contraste grotesco entre la vanidad de un político y la pobreza recalentada de un pueblo casi fantasma donde relumbra la modesta dignidad de un antiguo guerrero que siembra sus tierras. En un tono diferente, en el cuento llamado “Calibre 45” otro general muy distinto, ante el ataque de una mazorca arrojada a la mitad de la función de cine, destruye a balazos la pantalla. Al día siguiente, los dos antiguos bandos de la revolufia, carrancistas y villistas, olvidan sus diferencias en el rito alegre y vital de la comida comunitaria.
En los dos últimos cuentos, la figura de Villa aparece como fantasma. Primero como pasajero en un trailer rumbo a Ciudad Juárez y en el segundo como presencia vital de una finca antigua y como delirio de un excéntrico señor que cuenta historias que todo el pueblo escucha y comenta cada semana.
Aunque cada uno de los 14 cuentos tiene su propio ambiente y tonos distintos, este libro tiene en su conjunto una atmósfera que los une. La mirada del narrador, en casi todos los cuentos, pertenece a la época actual, a la época nuestra, aunque los temas son de principios del siglo XX, como ya dijimos, en el marco de la Revolución Mexicana y de la biografía de Villa. Su lenguaje narrativo es firme e intenso, propio de un narrador maduro y de muchos recursos. Debe señalarse un error en la composición de este libro: Las absurdas citas de trovadores populares que se ponen al final de casi todos los textos, resultan molestas, rompen el efecto dramático con que termina cada cuento y la mayoría de las veces no vienen al caso con el tema.
Fuera de este pequeño señalamiento, hay que felicitar al autor de este bello libro de cuentos. Él ha sido un escritor constante y laborioso, uno de los más disciplinados y tercos en seguir construyendo la literatura en este desierto cultural y material. Y lo ha hecho con libros muy bien escritos, como este suyo, el más reciente, parte de una obra narrativa fundadora y trascendente.
Muchas gracias por su atención.

Æ     Junio 2001. Publicado en Armario, editores José Manuel García et Adriana Candia.

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