martes, 7 de septiembre de 2010

óscar erives

Óscar Erives en el escenario de sus memorias

Por Jesús Chávez Marín

En los veneros de la memoria y de la fantasía de los pueblos viven los actores, quienes usando su cuerpo como instrumento de expresión artística conjugan las palabras con los relatos, el movimiento con el destino, la voz con la esencia de las emociones y la acción en escena con el drama en vivo de las pasiones, la claridad de los pensamientos, la confusión del dolor o de la euforia, la nobleza y la vileza de los hombres. En los recuerdos de mucha gente de Chihuahua y de otros lugares vive el actor Óscar Erives, quien a lo largo de 34 años realizó un espléndido trabajo artístico en 51 obras de teatro y dos espectáculos musicales.
En este libro de memorias, el autor cuenta su historia: la de un niño que se imaginaba a sí mismo como el centro y el eco de muchas vidas posibles en el escenario de los juegos infantiles; en la celebración de la Misa donde él era monaguillo, o sea, protagonista que con toda seriedad aprendió los movimientos y los parlamentos de una ceremonia que se desarrolla frente a una comunidad; en las películas y en los relatos que su abuela, mujer inteligente y maestra de muchas generaciones, le platicaba en las tardes.
Aquel niño tenía muy claro que sería un artista y que algún día habría de actuar en el mismo escenario del Teatro Cine Colonial donde conoció algunos personajes famosos de su época. Muy joven decidió también que sería profesor. Inició su trabajo en el ejido La Norteña, un pueblo de mil habitantes en lo más intrincado de la Sierra, en el municipio de Madera, Chihuahua, donde había vivido de niño.
En ese mismo lugar también empezó el teatro. Con vecinos que ensayaban en las tardes dirigidos por el joven profesor, se formó un grupo representó varias obras, con textos que el mismo Erives escribía tomando como base las historias que halló en libros antiguos. En este libro se hace un delicioso relato de aquellos orígenes, que para los habitantes de aquellas lejanas tierras resultaron inolvidables y para Óscar Erives la materialización de su firme vocación por el teatro, que descubrió y desarrolló por intuición, con su clara inteligencia y con una sensibilidad bien educada en la disciplina del trabajo.
Con la misma habilidad narrativa, en este buen libro de memorias se sigue contando la historia de un hombre que realizó una obra cultural importante para nuestra región. Su trabajo como promotor cultural en Ciudad Madera, donde también siguió trabajando como actor y director de teatro, su llegada a Chihuahua para continuar su labor de maestro, sus estudios en la Escuela de Arte Teatral del INBA, en la ciudad de México, las sociedades culturales que fundó y animó y, en el centro de todo, sus puestas en escena donde fue uno de los actores de mayor presencia en el teatro de su época, con los principales directores de Chihuahua.
Además de disfrutar de esta autobiografía contada con gracia y emoción, los lectores hallamos en estas páginas información de primera mano de una época de la historia de la cultura de nuestra región, y no sólo la que se refiere a la actividad teatral, que es el tema principal, sino también de las formas que ha ido tomando el desarrollo artístico de nuestra sociedad, sus políticas culturales, sus errores y sus aciertos, su generosidad y su miseria. En una tierra donde el arte como actividad no se ve favorecido por la economía, existen hombres como Óscar Erives que empeñan su vida en las actividades del arte y así enriquecen la vida de sus semejantes, de sus contemporáneos, y fundan con su trabajo visiones de claridad para su tiempo y ventanas hacia la fantasía, el extrañamiento y los sueños.
Entre nuestros artistas muy pocos han tenido el cuidado de escribir sus memorias, estos textos tan útiles que iluminan la historia, que le dan vida y frescura a los datos escuetos que sólo quedan registrados en archivos oficiales, en las notas de prisa del periodismo, en programas de mano que muy pocos guardaron, en fotografías desordenadas y sin concierto o que, en el peor de los casos, no quedan escritos sino en la frágil memoria de protagonistas y espectadores que se van llevando a la tumba sus recuerdos, al silencio de la muerte.
Estos libros son necesarios para el patrimonio cultural de una comunidad. Porque suele pensarse con descuido que para la Historia son más interesantes los hombres que murieron derrotados en guerras civiles, siempre crueles y absurdas; o los que amasaron fortunas, fundaron empresas y administraron en su provecho el trabajo colectivo; o quienes gobernaron países con mano dura y asesina o con mente generosa y justiciera; o los que hicieron descubrimientos espectaculares de beneficio inmediato aunque a veces en perjuicio de la naturaleza y de la esencia de la vida.
Más interesante para la Historia deberían ser los hombres que trabajaron todos los días en buscar un mundo de más plenitud para sus semejantes: en el teatro, en la música, en la pintura: en el arte. El desarrollo cultural de un pueblo es la expresión más auténtica de su educación y de su evolución en lo material y en lo espiritual, por eso resulta valioso conocer su historia. Y más en el teatro, del que no queda una presencia material concreta, ya que su realización más plena sucede en la escena, en vivo, frente a los espectadores en un tiempo determinado que pasa y no vuelve.
Por eso resulta más fascinante leer las memorias de un actor quien además, como en este caso, ha sido uno de los principales protagonistas del desarrollo cultural de nuestra región: porque fundó sociedades artísticas, compañías de teatro, además de participar activamente en otras tantas. Erives ha sido uno de los animadores culturales más presentes y más productivos de Chihuahua.
En esta obra, la calidad del texto es otra de las sorpresas. La personalidad artística suele ser una riqueza que puede tomar muchas formas de expresión. Quien ha logrado madurar un oficio que exige tantas destrezas, como el oficio del actor, tiene ya más facilidad para escribir, si se lo propone, con elocuencia y precisión. Es el caso de Óscar Erives en este libro de memorias. Su prosa es clara y sencilla, esa sencillez que es siempre tan difícil de conseguir, sin adornos ni falsa grandilocuencia, efectiva para revelar con exactitud los datos que se propone registrar, con cierta ironía además de una sobria emoción poética que le dan carácter y profundidad. El placer de su lectura se inicia desde la primera página y se sostiene en todo el libro, con un manejo hábil de las imágenes y con una estructura bien cimentada.
Este libro será muy interesante para nuestra vida cultural, no sólo por los aciertos particulares que revelan a un escritor talentoso sino también por las historias que cuenta, los retratos de otros protagonistas de nuestra historia reciente y por muchos datos, hasta hoy desconocidos, de la actividad cultural de nuestra región, esa obra colectiva realizada por los artistas de Chihuahua, entre los que Óscar Erives tiene un lugar muy destacado.

Æ     Octubre 2001, prólogo a su libro El otro Óscar.

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