martes, 13 de marzo de 2012

22 septiembre 1990


Villa contra las caterpillars
Por Jesús Chávez Marín
El 22 de septiembre de 1990 cayó en la ciudad de Chihuahua uno de los mayores aguaceros de su historia. La memoria de los arroyos y ríos que había estado sofocada por una urbanización sin sentido ecológico despertó enloquecida y recuperó sus antiguos cauces. Las aguas arrastraron casas, muebles, animales, ropa, vidas humanas.
Esa noche la solidaridad de los hombres y las mujeres que salieron de su casa para auxiliar a sus semejantes no limitó sus afanes. Hoy se cuentan historias de heroísmo en todos los barrios donde muchas personas se enfrentaron a su destino. Al día siguiente grandes zonas de la ciudad estaban destruidas, principalmente allá donde el siglo pasado estuvieron las limpias arenas y los árboles centenarios, a las orillas del lecho natural de los ríos.
Y el lunes siguiente, ¿a qué se dedicaban varias brigadas de las obras públicas municipales?
—A seguir destrozando glorietas en la avenida Universidad.
Arrancaron árboles que habían sobrevivido veinte años en medio del humo y el ruido del tráfico absurdo de nuestros automóviles y camiones urbanos fumigadores de la ruta Vallarta. Esta acción parece la caricatura grotesca de lo que sucedió hace algunas décadas en lo que hoy es la triste calle Niños Héroes. En aquel tiempo le llamábamos avenida del Árbol: había a todo lo largo de esa vía álamos, lilas y pinos hermosos y enormes. Era la orilla del río Chuvíscar, donde hoy tenemos un canal sucio, unos puentes miserables y feos, unas calles mal pavimentadas sin jardines, sin estilo, sin el mínimo deseo de armonía. El esperpento del progreso.
Pues ahora resulta que hasta a la estatua ecuestre del general Francisco Villa quieren hacerla a un lado para que pasen más trocas y carros. Intentan meter a Pancho Villa con todo y su caballo Siete Leguas en una biblioteca triste, allí junto a los historiadores de a peso que investigan la historia dormida de nuestro pasado y le sacan copia fotostática.
Quizá ya no veremos al general de bronce cabalgando en medio de la calle, mirando nuestros afanes. Su estatua, construida por Ignacio Asúnsolo quien calculó con toda calma el espacio y las perspectivas de la luz para ponerla precisamente en ese lugar donde ha estado desde 1956, será empujada por las caterpillars amarillas, hágase a un lado, mi general, para que pase el progreso.
Muchos ciudadanos han expresado su desacuerdo con ese proyecto de fácil y provisional urbanización, al cual no le importa la identidad de una ciudad ni la vida de sus árboles ni sus sueños colectivos. Y más vale que su opinión sea tomada en cuenta, para que la estatua de Villa siga mirándonos de frente.
Octubre 1990

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