jueves, 8 de marzo de 2012

ramón armendáriz


Las calles de los poetas
Por Jesús Chávez Marín
El progreso es mito moderno que ya empieza a pasar aceite y aventar humo por todos lados. ¿Qué pasa cuando a una ciudad transparente y tranquila, muy de su casa, que madruga todos los días a poner el nixtamal y llevarlo temprano al molino, le instalan setecientas máquinas tortilladoras, quinientos mil televisores y cincuenta maquiladoras?
—Se transforma en rancho grande.
Chihuahua era esa ciudad transparente y limpia que se extendía a sus anchas en el llano. Las pocas lomas a su alrededor eran su paisaje y su límite. Antes a nadie se le hubiera ocurrido construir su casa en los cerros, ni arriba de otras casas, estando el suelo tan parejo.
Hoy a las piedras de río las han venido haciendo polvo. Cemento. Canalizan los arroyos, los vuelven tristes y sucios. En los puentes del canal hay niños que se visten de payasitos y de limosneros para montar un espectáculo desamparado y en las noches duermen sobre las banquetas de la central camionera.
A la nueva ciudad siguen bajando desde la sierra tarahumares, testigos silenciosos de estas historias que a ellos les parecen absurdas, tiempo agitado y vacío.
En las ciudades los hombres nunca están seguros de su destino. Viven una adolescencia perpetua cuyos ritmos son accidentados. A pesar de las programaciones de lo cotidiano, ellos viven las inquietudes de sus vagas esperanzas de cambio y de su confuso pasado.
Entre las casas y los edificios de una ciudad así, vivió entre nosotros un poeta que se llamaba Ramón Armendáriz. Él murió el mes pasado. Hasta el día de su muerte su figura era natural en las calles del centro, siempre muy serio vestido de traje y corbata lo mismo en junio como en enero. Quiero hacer para ti un poema violeta, un laudario en tisú y un soneto de grana y con tus palabras, Ramón, saludar contigo la muerte prematura de los poetas.
La ciudad se queda para siempre en el andén del ferrocarril y agita un pañuelito blanco para despedir hacie el éter a tres de sus artistas y esta vez las páginas de la revista Chihuahua me vuelve loco van quedando funerarias: también murió hace unos días nuestro amigo Fernando Saavedra. Este personaje protagonizó su verdadera vida en el foro de todos los teatros de esta ciudad, en las plazuelas y en las calles y en los patios donde montó tantos dramas, farsas, tragedias: él fue el director de teatro de esta mascarada nuestra. Director dramaturgo maestro generoso amigo actor y espectador apasionado de todo el teatro que hubo aquí en los últimos cuarenta años, Fernando Saavedra fue el gitano, el artista, el bello señor de nuestros escenarios.
También en estos días que rodean al grupo septembrino y nacional hemos hecho memoria del escritor Fuentes Mares, quien murió en 1986, pero cuyas palabras se derraman pródigas en los treinta y cinco libros que escribió. Emma Peredo y Eva Lucrecia Herrera organizaron en su recuerdo un novenario (cultural): cada viernes se montaron espectáculos y pláticas a las que llamaron Primeras Jornadas José Fuentes Mares.
El jueves 20 de septiembre Enrique Hernández Soto, Micaela Solís, Víctor Hugo Rascón Banda y Alma Montemayor hablaron de la dramaturgia de aquel autor. Lo hicieron con una lucidez y un cariño tales que el público volvió a sentir muy viva la buena vibra que siempre tenía Fuentes Mares cuando vivió con ese gran estilo suyo, mezcla de cortesía fina, socarronería norteña y curiosidad insaciable por los hechos de este mundo ingrato y fascinante.
Septiembre 1990

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