viernes, 1 de junio de 2012

zona del silencio


Presentación del libro Zona del silencio, de Alejandro Carrejo Candia
por Jesús Chávez Marín

Los pueblos y las ciudades se forman construyendo viviendas, puentes, edificios, canales, calles, y el conjunto de ese trazo más visible y concreto es el que se retrata en las vistas aéreas y en los mapas electrónicos. Pero hay otra parte de esa alma colectiva que se construye con palabras, imágenes, ideas y recuerdos, y cuya expresión más perceptible está en el arte y en los libros que producen las personas que por su trabajo artístico y espiritual también debe contárseles entre los forjadores de esos lugares que habitamos, donde nos nutrimos y de donde a veces nos vamos hacia otros horizontes.

El libro que ahora nos reúne para su presentación es el ejemplo exacto de esa acción edificadora, pues se trata de un libro de cuentos, más específicamente de relatos, que es uno de los géneros más difíciles de cultivar porque en su esencia se reúnen a la vez una forma de narrativa muy refinada y al mismo tiempo la más conectada a la imaginación popular; una redacción muy rigurosa y a la vez una memoria que solo vive con plenitud en la voz colectiva de una tradición oral. Por eso es tan difícil hallar en el mundo libros como este que se llama Zona del silencio; donde en sus páginas aparecerán una o dos imágenes que se quedarán en nuestros recuerdos para siempre y por razones de nuestro ánimo donde alguna luz iluminó de pronto un amor, una emoción o una idea que antes andaba difusa y que de pronto se concreta. Se forma.

Imaginemos como ejemplo que en días recientes tuvimos un fracaso personal o profesional, o una enfermedad en la que apenas la libramos o un pleito legal que casi nos dejó en la ruina. Tal vez en ese ambiente atribulado hemos pensado en la soledad, como idea y como cultivo del dolor. Vamos a suponer que es nuestra costumbre en ese ambiente tomar algún libro para despejarnos o para conectar un poco de nuestra experiencia existencial con una experiencia estética, la de leer. Sigamos suponiendo que tenemos a la mano este libro de Alejando Carrejo. Y que en uno de los relatos nos toca conocer a un hombre que viaja llevando a muchos poblados un circo donde él solo es el mago, el payaso, el que atiende la taquilla y, con distintos disfraces siempre, el que vende los refrescos y toma las fotos en los intermedios, un circo de un solo hombre. Y entonces sucede esa chispa, las taciturnas ideas de los días recientes se conectan con ese fulgor: un retrato muy certero de nuestro destino de solitarios, ese circo de un solo hombre que más allá de la multitud, de la fidelidad, de la buena o mala suerte del amor, de los hijos o de la amistad, más allá de todo, se enfrenta a esas zonas de soledad donde estamos fatalmente solos: la enfermedad, la tristeza, la muerte.

Y para que esto se produzca no hace falta que una aburrida serie de construcciones filosóficas o morales, ni un montón de lecciones o sentencias. No las hay. Al contrario. Estamos ante un autor que construye una narrativa muy nítida, muy transparente y de ceñidísima actualidad. No se entromete como autor escondiendo entrelíneas opiniones suyas, ni fragmentos de ideología, ni su muy sincera concepción del mundo. No. Construye solamente una atmósfera y unos personajes que viven con su propia personalidad, con su edad y sus manías, muy distintas a los otros. La voz del discurso narrativo no refleja para nada al autor y en cambio el lector sí es una presencia bien construida, con una técnica que resulta sorprendente. Por ejemplo cuando el personaje que habla es más ingenuo que el que está leyendo, por su edad o por su ignorancia, o con la muy bien fundamentada historicidad de algunos de los pasajes narrativos.

Aunque cada relato tiene su propio tema y ambiente, su singular estructura, también puede hallarse en el conjunto de los veinte textos un sistema de unidad que los forja, una atmósfera que los reúne. Por ejemplo las varias voces narrativas van formando una especie de narrador colectivo, donde por lo menos hay tres tipos: el niño que cuenta historias, el personaje del sacristán que trasciende el tiempo narrativo con su ancianidad y su sabiduría, y interlocutor joven del sacristán que lo conoció desde niño. También hay personajes que van de un cuento a otro con todo desparpajo sin dañar en ningún momento la singularidad de los relatos donde aparecen. Es el caso de la abuela, de los tres músicos o de el viejo soldado y aventurero que se llama Marce. Esta doble estructuración que le da unidad al libro me parece también uno de los valores técnicos más sólidos.

Entre muchas páginas que habremos de agradecer están aquellas donde aparece la construcción de la risa, lo que también es un tipo de escritura muy difícil de conseguir. Y la hallaremos sobre todo en forma de humorismo involuntario de los personajes, en el desarrollo de su lenguaje, en sus actos ingenuos y sus ideas confusas. Seguramente más de algunos nos vemos reflejados en el espejo de esa torpeza con la que se pasa la vida cotidiana de todos nosotros, donde la energía propia de las cosas que nos pasan y las palabras que decimos en ciertas circunstancias se quedan allí para siempre gravadas en nuestra propia identidad.

Aunque alguien dijo que un cuento se escribe en un solo impulso, y no lo dudo que así sea, hay en estas páginas días y meses y años de pulimiento, una especie de destilación. Un discurso ceñidísimo, de muy pocas palabras. Este libro no es sentimental y sin embargo hallamos una expresión casi poética de la vida cotidiana. Este libro no es filosófico y a pesar de todo nos hace pensar, con una sonrisa o con dolor o con nostalgia. Este libro no es de infancia y de todos modos nos actualiza aquel jardín desde donde le mundo era el día soleado y el río, donde las ilusiones eran posibles y tan lo eran que al final de la vida de algunos de los personajes aparecen como fruta, como estrellas, como agua fresca. Este no es un libro de leyendas y como de pasada contiene un buen racimo de ellas, el tesoro enterrado, la comunidad que se enfrenta a un animal fantástico, la bruja en la plenitud de sus poderes, el trío de músicos que son fantasmas de siglos y componen corridos populares, el aventurero perpetuo que sobrelleva con estoicismo la tormenta de un antiguo amor. Y otras que son de dominio popular de esta región y que tal vez el lector común no sabrá detectar.

También es una reunión de personajes inolvidable muy bien delineados con unas cuantas frases, una economía de lenguaje tan sorpresiva que hasta resulta ecológica en su similitud con las plantas y creaturas del desierto donde fueron escritas estas historias. El viejo guerrero que revive de su propio fusilamiento y su primer pensamiento de cariño y de nobleza es para su caballo muerto. El viejo zapatero que cultiva a la vez la amistad alegre y un poco alcoholizada, y también el rencor entre ideológico y aferrado. El personaje confundido entre la multitud que no entiende los mecanismos del furor colectivo pera trata de integrarse a la energía colectiva y vencer su propio escepticismo. La mujer que a pesar de los años y las chifladuras del transcurso amoroso conserva el ánimo suficiente para seguir siendo muy atildada y contar sus confidencias a los jóvenes del barrio y que recuerda el concierto ferroviario que le ofrecía uno de sus enamorados. Hay muchos más, cada lector encontrará los que estén más cerca de su cuerpo y de su corazón.

En la producción artística de Alejandro Carrejo, que incluye pinturas, esculturas, canciones, poemas, una novela de no ficción, y su magnífico arte cotidiano de platicar con ingenio y con la vasta cultura de la que hace gala, este precioso libro de cuentos será uno de los más amables, por su sólido valor artístico, por el misterio y la profunda humanidad que en sus páginas se expresan, y por el valor simbólico que alcanza su trabajo de escritura.

Agradezco a ustedes su atención.
Agosto 2011.

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