viernes, 12 de octubre de 2012

elvira catalina gutiérrez


Paisaje y pensamiento: la escritura de Elvira Catalina Gutiérrez

Por Jesús Chávez Marín

Trabajo en la unidad de producción del Departamento Editorial de la Universidad Autónoma de Chihuahua. En este taller de textos a veces llegan algunos estudiantes de letras españolas que cursan los últimos semestres y que aquí cumplen con su servicio social. Así llegó a trabajar conmigo el año 2003 una joven mujer que atendió a nuestra solicitud, en la que habíamos pedido solamente dos requisitos: que su ortografía fuera 100% correcta y que su promedio general fuera de ocho. Ella los cumplía con creces.
Desde el primer día, Elvira Catalina Gutiérrez desplegó en la computadora del trabajo su concentrada eficiencia, el aire místico de su presencia se manifestaba con una personalidad serena, la voz perfectamente modulada, sus manos laboriosas. Todas las mañanas se presentaba siempre dispuesta a resolver problemas, no solo los de la ortografía y el buen manejo de los signos de puntuación en los textos que corregía, que es el trabajo duro y más inmediato del oficio editorial, sino también se interesaba en aprender otros asuntos de la producción, como el diseño de un libro, la composición estructural, la concepción completa de la producción.
Muy pronto nos hicimos buenos amigos, con esa amistad un poco paternal que resulta casi de reflejo entre un editor de cincuenta años y una estudiante de literatura inteligente y hermosa de veinte. Con cierta timidez ella me mostró algunos textos suyos y así me di cuenta de que mi joven ayudante también era escritora. Eso me gustó mucho, porque en las escuelas de letras a veces los jóvenes que en su mayoría ingresaron con la ilusión de escribir van perdiendo esa intención, su vocación artística va marchitándose en la teoría y en el montón de lecturas obligatorias que tienen que cumplir, y luego van derivando en literatos o en profesores y párele de contar.
Luego de unas pocas semanas de trabajar todas las mañanas, Elvira Catalina ya se había convertido en una compañera valiosa. Recuerdo por ejemplo que con su serenidad habitual y su manejo casi experto en el internet y en los programas de computación me sacó de lo que para mí era un laberinto casi imposible: tramitar en la oficina nacional de los derechos de autor los nuevos números ISBN, que en ese entonces se otorgaban de a varios a la vez, y los que teníamos disponibles ya casi se habían agotado. Ella con toda calma investigó, leyó instructivos, consiguió en el espacio cibernético los documentos que se debían llenar y me los entregó ya listos para que nuestro jefe de la editorial ya solo los firmara y así mandarlos de nuevo.
También recuerdo que ese año publicamos el libro de un autor que como original solo había entregado un montón de calendarios donde venían sus textos revueltos con fotocopias de otros papeles que habrían de publicarse, pero sin ninguna estructura. Elvira Catalina se puso a transcribirlos uno por uno, haciendo también la labor sutil de corregirlos en su nueva versión en computadora y los mejoró notablemente. Y no solo hizo esa labor pesada, sino también organizó el libro, consiguió epígrafes muy bien seleccionados para vestir cada capítulo que ella misma había inventado y nombrado con su redacción llena de frescura y gracia. Recuerdo que también escribió la solapa de aquel libro: o sea, el trabajo completo y aún con esa leve señal anónima de todo editor profesional.
Teníamos en la editorial un tesoro inesperado, esa joven mujer que con aire sereno y como no queriendo la cosa era tan productiva y de tantos talentos. Porque también a veces nos sacaba de apuros escribiendo ella misma reseñas y reportajes breves que aparecían en nuestras publicaciones periódicas. Aquí va un ejemplo: 
Tecnología y estética
Por Elvira Catalina Gutiérrez C.
La era de la tecnología involucra al arte. En nuestro siglo nace un nuevo género llamado, entre otras formas: arte digital. En Chihuahua el maestro Raúl Sánchez Trillo y sus alumnos nos enseñan su obra, donde la computadora es caballete y pincel.
Pero la máquina, elemento formidable, todavía no es capaz de sustituir a la imaginación. La formación de imágenes se convierte en arte no solo por el manejo tecnológico. La belleza la genera sobre todo la sensibilidad estética del artista.
Avanza la ciencia, pero también  la creación. Si no fuera así, ¿cómo  Raúl Sánchez Trillo podría pintar con su cámara y su computadora una luna  capaz de estar en la boca silenciosa de la noche dormida? O ¿cómo se llena la pupila de rojo y azul en otra hermosa obra, entre muchas de los alumnos del Instituto de Bellas Artes? Estas imágenes digitales pueden entrarnos como poesía visual, igual que las grandes obras medievales, renacentistas, barrocas, románticas y así hasta llegar hasta la cristalización de nuevas estructuras, nuevos sistemas.
A quienes los que trabajan en lo nuevo: ¡felicidades!
Febrero de 2003

Vertiginosas y fecundas pasaron las 480 horas de su servicio social. En el trascurso de aquel semestre fui el primer lector de varios de los relatos de Elvira Catalina y también de algunos fragmentos de su tesis de licenciatura sobre Juana de Ibarbourou. Me asombró la investigación que por esos meses realizaba de la poeta desde diversos ángulos, no solo de teoría literaria sino también de la psicología y de la biografía y de su contexto histórico.
A pesar de ser tan joven, en la escritura de Elvira Catalina Gutiérrez ya se expresaba el origen y la esencia de un estilo. Sus relatos reflejaban no solamente la alegría y la frescura de su juventud vigorosa. En sus páginas podía disfrutarse un tono y una atmósfera, el misticismo de su actitud ante la vida, de su concentrada y lúcida manera de moverse, de hablar y de mirar el mundo, sino también el ordenado esfuerzo de pensar, de producir conceptos y respuestas, el sonido y la gracia de sus imágenes escritas, como por ejemplo esta: “Flores. Piropos de la tierra para igual que ellas creernos las más bellas flores en la fugaz existencia”.
Había en sus relatos algunos toques de nostalgia, a pesar de ser ella tan joven. Recuerdo en especial uno de ellos en los que una jovencita va en un camión, en el asiento de al lado una mujer hace pedacitos una hoja de papel y los bota en el cenicero; luego se baja en la siguiente estación. Para no aburrirse en el largo viaje, la joven toma los trozos de papel y con paciencia arma el rompecabezas de la página completa y lee una subyugante historia de amor que inicia así:
Esa noche se fue A, me quede sola en toda la casa, grande para los dos. Y con la costumbre de dormir con la cabeza en sus brazos, la almohada me estaba causando insomnio. La cama tan amplia era poca para moverme de lado a lado. Quise leer pero no pude. Prendí la televisión y no era capaz de tener un minuto el mismo canal. Por vencida intente dormir de nuevo, cuando pude empezar a cerrar los ojos, escuche el timbre con insistencia, en el reloj vi las dos de la mañana. Se despertó mi curiosidad que luchó con el miedo, me acerque a la ventana a ver si podía ver algo, a media calle estaba el bulto de un hombre, no lo pude reconocer pero bajé rápidamente las escaleras y abrí la puerta, una inercia me obligó, cuando el hombre volteó la cara, no sabía si ya lo había visto años antes, en mis mejores años de juventud.
Se notaba en sus textos una madurez que no suele ser frecuente en escritoras de su edad, y también la alegría de contar historias, la reflexión y la gracia de quien aún tiene completo todo el caudal de las ilusiones y de los ideales.
En el primer borrador de su trabajo de tesis, con la que luego se graduó como licenciada en letras españolas, se reflejaba ya en aquellos años la fortaleza intelectual de todos sus trabajos de escritura. Para muestra basta un botón, como este breve fragmento de su brillante ensayo:
Como enfoque parcial de la vida de la autora diría que nos encontramos con una mujer, y digo esto porque el género llevaría una implicación, considerando la poca participación de las mujeres en la literatura, no digo en el mundo. Y a la que me refiero, nace en Melo, provincia de Uruguay, se casa muy joven a los veinte años, tiene un hijo, contemporánea de otras grandes poetisas: Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Victoria Ocampo, Gabriela Mistral, entre otras. Después de muchos siglos de silencio femenino en la literatura, coincide en la historia con crisis políticas en su país, se acomoda en el posmodernismo, la segunda guerra mundial, vive una larga vida. Estos serían los momentos biográficos más destacados de su vida, el momento histórico o el que sea de provincia, se encuentra presente en su obra, al igual el hecho de ser mujer, su matrimonio, su hijo, y más delante lo veremos. Pero al tener presente a Juana de Ibarbourou y tratar de bajar de lo superficial de su vida a algo más personal, nos encontraremos sobre todo con un profundo temor a la muerte, con redes de asociación a una obsesión en ocasiones consciente que responde a su fantasma inconsciente, acerca de la reencarnación. Una admiración muy profunda a la naturaleza con la que crea toda una figura mítica, hay una analogía entre ella y su vida, ella depende de la naturaleza ella nos dice su estado de ánimo, en ella se identifica su yo social. También en su obra hay un afán de vivir la vida tranquila pero a la vez apasionadamente, y de repente cuando todo es tranquilo, se desespera quiere ruido, sufrimiento. Se refleja una personalidad inconsciente llena de contradicciones.
Cuando terminó sus estudios se dedicó a ser profesora de literatura, pero nunca ha dejado de escribir sus preciosos relatos y además algunos poemas que le salen muy filosóficos y un tanto rígidos, en los que aún no halla la gracia verbal de su narrativa. Pero como es muy joven y muy trabajadora, no dudo que muy pronto habrá de conseguirlo.
La mayoría de sus textos permanecen inéditos, pero estoy seguro de que muy pronto habrá de iniciar con la misma energía, serenidad y talento con la que realiza todos sus oficios, el encuentro con los lectores, quienes hallaremos en su escritura un panorama construido con imaginación y ternura.
Octubre 2012

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