viernes, 5 de agosto de 2011

novelistas de chihuahua

Tan jovencitos y ya tan amargosos: presentación de la novela Alguien se está muriendo, de Rodrigo Pérez Rembao

Por Jesús Chávez Marín

En Chihuahua hay pocos novelistas. Alfredo Espinosa, Jesús Gardea, Enrique Macín, Isauro Canales, Víctor Bartoli, Willivaldo Delgadillo, César Francisco Pacheco Loya, Guillermo Hernández Orozco y algún otro que escape a una rápida nómina de memoria. Por eso resulta notable que esta noche se presente aquí la novela titulada Alguien se está muriendo, la primera de Rodrigo Pérez Rembao, el joven escritor de 26 años que, junto con su amigo Jaime Romero Robledo, fundó la revista Artificios, donde varios de su generación iniciaron una carrera literaria.
Alguien se está muriendo es una novela breve muy bien escrita. Desde el primer párrafo se nota la fuerza de un lenguaje narrativo bien estructurado, el tono definido, la mezcla temática que nos propone, a los lectores, un pacto narrativo bien trazado que, desde el arranque, nos mete de lleno en una atmósfera de extrañamiento.
¿Quién es este personaje llamado Víctor, que tiene tan sólo veintitantos años, reflexivo y solitario, y enfrenta la vida con tanto desaliento?
Para que ustedes se ambienten, escuchen el tercer párrafo, que inicia así: “Un día como cualquier otro, notó que su ánimo se encontraba opaco. Sintió fastidio sólo de pensar en tramitar las siguientes horas. Le pareció absurda la rutina que seguía de tiempo atrás a la fecha: el despertador a las seis, el baño, gotas de loción; la corbata al cuello; un café con dos de azúcar y salir a la calle. Ingresar al tráfico primero y luego a un edificio donde un pequeño espacio habría de confinarlo la mayor parte del día. ¿Para qué? Para conseguir el sustento y prolongar la rutina. Le pareció insensato; le pareció una mera lucha por la superviviencia. ¿Consiste la vida únicamente en batallar por la preservación? Tal vez sí”.
La aventura de este personaje tiene este arranque. El proceso de degradación o de mejoramiento así inicia en esta historia. Más tarde, los lectores conoceremos a Rebeca, una bella muchacha que trabaja en una oficina y se inscribe en una agencia de modelos. A Gustavo, un ex compañero de universidad de Víctor, con quien éste confronta sus propios pensamientos desde la superioridad burlona de su escepticismo y capacidad reflexiva. A Carmen, una mujer de 50 años, clienta frecuente de videocentro, cuya ternura y buena fe han forjado la entrega para cuidar a su sobrino, a quien ama como a lo mejor de su vida.
Pero lo más intrigante de estas historias tejidas es la atmósfera que las envuelve. Por los pensamientos y por las palabras de Víctor asistimos, casi escandalizados al vacío existencial y autocomplaciente de algunos jóvenes de nuestro tiempo. Nada los salva. Ni ideales, ni esperanzas, ni ilusiones. El futuro está perdido, confundido con un presente sin asideros espirituales ni intelectuales. Jóvenes sin fe, sin padre, se enfrentan, en esta novela, al ruido constante de los mensajes que anuncian la moda y lo nuevo. El futuro está cancelado y el presente sólo se sostiene con dinero. Los niños y adolescentes que en los cruceros son payasitos trágicos en cuyas manos flotan, por el precario arte de sus malabarismos, tres naranjas, como espectáculo único de su vida miserable, éstos, digo, no son siquiera dueños del presente, de la dignidad mínima para vivir. En esta novela, como en la vida real de nuestros días, de nuestras calles, solamente son objetos de escenografía, parte del decorado de las ciudades de este supermercado sin piedad que todos hemos constituido.
En cierta forma, Alguien se está muriendo es una novela de terror. Porque ver la vida de estos jóvenes, tan precaria de sueños, tan llena de ruido, tan intranquila y egoísta, sin contacto con la naturaleza, sin árboles, sin flores, sin libros, sin agua; sin más paisaje que los alambres de la luz y los semáforos; sin más aire que el humo de los carros y de las plantas maquiladoras; sin recintos nobles ni lugares sagrados; metidos en antros viciosos y en oficinas monocromáticas donde la competencia es la única misión de la excelencia (palabras nuevas, injertadas en la ideología autoritaria de la administración pública de la globalización, este mito ridículo que se nos ha impuesto), ver todo esto en la fría y serena prosa de Rodrigo Pérez Rembao, pone los pelos de punta. Es doloroso enfrentar el espejo de esta novela con la vida real donde muchos jóvenes de hoy parecen tan semejantes a los personajes de sus páginas, donde el único vestigio de idealismo es la conducta impostadísima de Gustavo que, sin embargo, es uno de los retratos más trágicos, por atenerse tan cómodamente a una fe que, desde luego, se ve simplista y artificial.
Este mundo tan bien reflejado es la expresión de que su autor tiene, sin duda, un talento poco común para contar historias, y también para establecer con el lector un abanico floreciente de ideas. Que el personaje principal sea un joven solitario y reflexivo no hubiera bastado. Las situaciones en que se presentan los personajes, en espacios narrativos bien construidos con unas cuantas frases; la evolución neurótica de Víctor, que presenta todas las gamas de la angustia y la depresión perfectamente observables en las noches de claridad morbosa y en los días de doliente aburrimiento; los encuentros con otras personas que, sin embargo, no le importan realmente al obsesivo pensador; son todas ellas factores narrativos de amplio registro, de fuerte impresión. De veras sorprende que un escritor tan joven pueda construir este enredo con tanta verosimilitud.
Escuchen, como ejemplo, el breve relato de alguna de las noches atormentadas del protagonista: “No tenía la certeza de que estas visiones fueran sueños auténticos, pues no dormía del todo mientras se llevaban a cabo. No lograba definir hasta qué punto intervenía su voluntad en la construcción de semejante pesadilla”.
La estructura de la novela tiene tres partes, que corresponden distintos procesos mentales del protagonista más cercano al narrador, el cual conduce el punto de vista del relato; con un total de 32 capítulos breves, que se forjan con cierta independencia pero que están bien ceñidos a un hilo narrativo bien firme. El transcurso del tiempo narrativo, con varios planos de la memoria y con presagios del futuro cercano, se extiende con una lógica muy precisa de causas y efectos. Artesanía narrativa mezclada con ideas. No se trata aquí sólo de la anécdota brillante y efectiva que se queda hueca en sí misma queriendo competir con el lenguaje cinematográfico, situación de la que adolecen tantas novelas de moda, llamadas light, sino la mezcla certera de conceptos y escenas, de estructura y lenguaje, de buena prosa y claro pensamiento. Las conductas de los personajes evolucionan con secuencias bien tramadas, la atmósfera es nítidamente reconocible; en fin, los aciertos son abundantes.
Por todo esto, es una buena noticia para la literatura nuestra, la salida de este libro de Rodrigo Pérez Rembao. Como lectores, podemos esperar de él muchas otras buenas novelas que han de salir de sus manos de artista. Podría ser que, en el futuro, su talento narrativo traiga otras historias donde también sea posible la felicidad como en este lo fue tanto la tristeza; donde en sus páginas leamos la plenitud del amor y la alegría de la amistad, como en esta vimos tan bien contado el vacío espiritual y la soledad inaudita en personajes de tan poca edad. Donde el futuro pueda mirarse con un horizonte abierto y no sólo esta nube de humo que mancha, que oscurece, nuestra identidad colectiva, tan frágil siempre y tan rodeada de asechanzas, igualito que en esta limitada vida real en la que nos hemos metido todos, como imbéciles, y donde ya no hallamos la puerta.
Muchas gracias a Rodrigo Pérez Rembao, por invitarme a presentar su novela. Gracias a ustedes, por su atención.


Æ     Julio 2000

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