miércoles, 28 de octubre de 2009

Solitaria compañía

Esta noche me recorre un escalofrío al haberme topado con una respuesta. Las respuestas destruyen todo lo que tocan, y la ignorancia siempre será una bendición.
Tus problemas ya no te pertenecen. Esto lleva un rato, pero apenas en estos momentos caigo en la cuenta de ello. Ahora eres tú la que le pertenece a ellos, y eso hace que poco a poco te distancies más de mí. Me estás matando lentamente como el más fino de los venenos. Bien, si se me ha de liquidar de alguna forma, esta me parece por demás adecuada. Elegante, casi noble…
Veo, querida, que eres demasiado fiel, y sólo te le puedes entregar a uno a la vez: a tus inconvenientes, o a este necio que tanto te ama. Ojalá y todo esto no fueran más que celos, para poder achacar mi actitud a la inmadurez. ¡Ser inmaduro me vendría tan bien ahorita! Echar por la borda todo lo que hemos vivido juntos. Gritarte, negarte y hacerte sufrir.
A tu lado desconozco el futuro. Esa línea del tiempo simplemente no existe. A diferencia de éste, el presente aparece en ráfagas. Son corrientes de aire que me refrescan cada que las siento. Sonrío, y las agradezco. Sé que en cuestión de tiempo el viento dejará de correr, y mi vida quedará atrapada una vez más en un lapso del tiempo. Eres un cielo cruel, ¿sabías?
Por encima del presente, el pasado contigo es lo que más disfruto. Es eterno y puedo recorrerlo una y otra vez. Tu pasado, nuestro pasado, es mío. Me pertenece, y esa victoria la blando cada que se me antoja. Espera… ¿y si muriera ahora y me llevara todos esos recuerdos conmigo? No, no. Voy a reconsiderar esta cuestión. Prefiero seguir viviendo y alojar más recuerdos dentro de mí. Así podré gozar plenamente de mi única victoria, y apoderarme de tu pasado siempre que me plazca.

Rubén Ricardo Rey R., octubre de 2009

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