lunes, 17 de mayo de 2010

treviño

Rogelio Treviño Montijo, zahorí de premios literarios
por Jesús Chávez Marín
Un lunes muy temprano me habló Mariscal para citarme a una junta para ese mismo día, a las ocho de la noche. Conociendo el carácter duro del jefe, me presenté puntual en las oficinas de su editorial, pero lo que vi fue un recado escrito en una de las ventanas panorámicas del edificio: Chávez, mejor vente al Degá, acá te espero con un café de olla y unos frijoles refritos estilo francés, que tanto te gustan.
Como el Degá queda allí cerca, caminé sin titubear hasta la mesa que le tienen apartada al señor; allí despacha la mitad de sus asuntos de relaciones públicas y con eso evita que se amontonen en su edifico un montón de políticos que van a consultarle oráculos; modelos de noventa sesenta noventa que llegan hasta su escritorio para sugerirle que las saque retratadas en las páginas de Exprés; novelistas que le ofrecen kilos de originales mecanográficos para que los publique en su imprenta; en fin, la barandilla cotidiana de un editor exitoso como el de nosotros.
Cuando llegué a la junta, saludé muy propio a los demás colaboradores, a cuatro fotógrafos y a cinco de las asistentes del señor. En cuanto me vio llegar, me preguntó a boca de jarro: ¿Cuál es el tema de tu crónica para el siguiente número? Cuando se lo dije, explicó delante de todos lo cual me dio algo de vergüenza propia y ajena: no, Chávez, los fraudes corrientes de la burocracia cultural no le importan a nadie. Ubícate. Necesitamos que escribas algo con garra periodística, que interese a lectores modernos y progresistas. No sé; la nota donde aparecen fotos panorámicas de algún arzobispo en su toma del poder político y eclesiástico; algún hijo de Borruel cerrando un antro a punta de cuartazos; algún hijo no autorizado de Madero, qué sé yo.
Al escucharlo, allí mismo comprendí que tenía razón: en esta ciudad aparecen fotos en el periódico con niños en su carro asesinados a balazos; carteles de quinientas firmas de prestigio en apoyo al candidato; la figura resplandeciente de Shakira a todo color; entrevistas con Rubén Aguilar quince minutos antes de ser nombrado sucesor de sí mismo; en fin, a quién podrían importarle los enredos de unos cuantos escritores de la ciudad, a quienes la mayoría de los lectores ni en el mundo los hace.
Fue entonces cuando se me ocurrió contarles a ustedes esta historia de ficción, procurando que los nombres de mis personajes tan verdaderos no fueran a confundirse con los de la vida real, todos ellos modelos de la virtud y del arte.
Allá por los años setenta había un velador cuyos ilustres antepasados fueron piratas itálico portugueses, llamado Rogelio Montijo. Como pertenecía al grupo de teatro Agua viva, era de lo más bohemio que ustedes puedan imaginarse, y entonces escribió un montón de poemas y los puso en un libro al que sin el menor reparo de parafrasear un título semejante de Octavio paz, le llamó Lámpara de la piedra.
En le cuanto llegó al punto final del último haikú de a dos pesos, le llevó el libro a Rubén Mejía para que se lo sacara en ediciones del Azar con un tiraje de diez mil ejemplares. Párele, Rogelio, le dijo Mejía, cómo que diez mil. Lo más que te voy a sacar son doscientos volúmenes y además tienes qué cambiarle el título, porque Octavio Paz ya escribió Piedra de sol y se parece peligrosamente a tu lámpara de la piedra, ten cuidado.
Pero el tal Rogelio no entendía razones andando en la borrachera y se puso de lo más necio. Mejía para quitárselo de encima le prometió publicar tal cual su mamotreto. Un año más tarde las editoriales Azar y la Plancha convocaron todos los parroquianos del vino de honor de la ciudad para que asistieran a la presentación del libro Lámpara de la piedra, de Rogelio Montijo, en el museo de las artesanías, que en ese tiempo ere regenteado por la bella antropóloga Ana Belinda Ames Russek.
Luego de la euforia por la fiesta de presentación, Montijo pensó que la ciudad le quedaba muy chiquita y orejona, pues se consideraba a sí mismo un gran poeta, demasiado hermético, perito en los signos del zodiaco y vislumbrante de mayoría de los arcanos conocidos. Por eso muy joven abandonó la escuela primaria para abrevar en las fuentes originales: el Ulises de Joyce, El mar y yo, de José María Lugo, El sol que estás mirando, de Jesús Gardea y El profeta, de Gibrán Jalil Gibran.
Entonces se acordó que en la ciudad de México trabajaba como editor de la Universidad autónoma del estado de México un lejano conocido suyo, José Vicente Anaya, y para allá se fue.
¿Para qué quieres volver a publicar esto, si todavía no se vende la edición que te hicieron en Chihuahua, Montijo? Aunque la pregunta parecía razonable, no pudo contradecir los argumentos de aquel autor desesperado: no, maestro, la vida no es para principiantes; soy discípulo de Joyce y de Chema Lugo; necesito publicar en la ciudad de los palacios para trascender tal y como yo me lo merezco.
Al año siguiente salieron de imprenta quinientos ejemplares de una edición reluciente en la editorial de la uaem, gracias a la generosidad del editor Anaya, quien por cierto nació aquí por el rumbo de Villa Coronado.
Pero el tiempo pasó y el destino borró su terrible nostalgia; llegó el año 1983 del siglo pasado y el gobernador Ornelas fundó el premio Chihuahua de literatura: mediante concurso se habría de premiar cada año a los escritores más aventajados. El primero que metió sus obras al concurso fue Montijo y cada año puntualmente llevaba su montón de hojas escritas a máquina con las respectivas copias muy cumplidito, según lo dictaba el reglamento.
El que persevera alcanza, unos años después Montijo ganó ese premio con Septentrión las cuatro osas de la vía láctea, una recitación trepadona y hasta cantada a la que el autor llamaba poema épico sin tener la más remota idea de lo que es la épica.
No contento con ello, volvía a concursar cada año hasta que en 1995 otra vez volvió a ganar en el género de cuento con una novela que se llama La mujer que alguna vez fui. Algunos se enojaron porque ganó con un género distinto, pero a Montijo le valió: muy orondo caminó hasta el estrado a recibir su premio, porque además tenía saturadas las tarjetas y debía una corta feria.
La razón de esas deudas era la decisión definitiva que Montijo tomó desde la primera vez que ganó un premio literario: renunció a su empleo de velador en la secundaria federal número uno, y decidió dedicarse de tiempo completo a la literatura. Los 30 años que lleva desempleado algunos lo consideran un acto heroico y ejemplar; pero ese cartujo de la poesía hermética no tuvo misericordia con los seres queridos a quienes les faltó un respaldo económico responsable. Pero eso es vida privada y de eso casi no hablamos.
Como ya había ganado dos veces, los organizadores del premio Chihuahua le pusieron un candado a la ley para prohibir que antiguos ganadores volvieran a concursar. Pero no contaban con los poderes de un iniciado y hombre despierto como lo era Montijo.
Uno de sus amigos, desempleado también, que se llama Gregorio Sauza, le prestó su nombre para meter a concurso su más reciente y sincero libro de poemas. Este año volvió a ganar. Y de pilón su sobrina Renee Ana Cuesta, coordinadora de literatura del Instituto Chihuahuense de la Cultura, y el antropólogo Carrera el mismísimo director, le consiguieron la beca Siqueiros de maestro emérito. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
jchavezm@uach.mx [publicado en Exprés, febrero 2010]

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