sábado, 29 de mayo de 2010

sergio armando

El periodismo, praxis de la verdad y fuente de todas las historias
por Jesús Chávez Marín
Uno de los placeres de esta vida es leer el periódico temprano cada mañana. Esta escena entrañable sucede en el hogar los sábados y los domingos frente a un café delicioso y negro y un cigarro Marlboro rojo: la dosis exacta de lo que el poeta Alejandro Carrejo llama el desayuno del diablo, con todo el tiempo del mundo en esos días maravillosos del descanso.
Y entre semana, durante los días navegables, una escena similar sucede en la oficina, pero de prisa y con un café cualquiera en la mano derecha, antes de iniciar con energía y empeño la acción fecunda del trabajo.
Por esta y por otras tantas costumbres, los periodistas tienen el privilegio de ser los escritores más favorecidos por la atención generosa y feliz de los lectores en todas las ciudades del mundo, y también en uno que otro rancho.
Sergio Armando López Castillo está muy consciente de esta enorme fortuna profesional. Y por eso su escritura es pulida; su narrativa cumple con elegancia y claridad las reglas del manejo del tiempo, la construcción de personajes, quienes aunque lo son en la vida real de la entrevista y la investigación antropológica, cumplen en la cuidadosa redacción de Sergio Armando esa verosimilitud tan difícil de lograr en el lenguaje escrito.
Desde el siglo xix y hasta el inicio trepidante de nuestro siglo xxi, no solo gozan de los favores inmediatos y complacientes de lectores en todos los ambientes sociales, sino además son los profesionales cuya imagen tiene más elementos góticos y románticos en el mundo moderno. En la imaginación popular, ellos son aventureros consumados, los conocedores de todos los restaurantes y bares, lo mismo oficinas policíacas que naves industriales, a donde nadie más penetra.
Ellos saben secretos recónditos de la política, la religión, la mafia, la empresa. Esos recintos de reuniones exclusivos, y solo para iniciados, donde se toman decisiones públicas, donde se decide la guerra, las finanzas, los operativos.
En las novelas, el cine, la televisión, la figura del periodista es mítica. Es el héroe que salva a la princesa, el político que desenreda los nudos del poder, la figura principal que junto a su novia Ariadna hallará la salida del laberinto donde el minotauro es un dinosaurio o un ejecutivo júnior que promueve la fiesta de las balas.
Y como les dije antes: Sergio Armando vive con naturalidad y desfachatez ese personaje público del escritor moderno: lo encarna y lo cultiva a la perfección:
redacta con el estilo generoso y feliz de los grandes narradores;
se hace presente a todas horas en el hipocentro de donde sucede la vida pública de la ciudad;
se viste y se peina como un galán desde el último grito de la moda, del perfume y del corte de pelo;
también él mismo ha sido protagonista de múltiples lances de la política y de los amores y de tal forma que anduvo muchas veces al filo de la violencia como también de la felicidad sin límites.
Sus amigos son una multitud en todos los ambientes y niveles socioculturales: lo mismo platica, entre la brillantez y la discreción que son divisas de su personalidad generosa y valiente, con gobernadores, arzobispos y financieros en los palacios de su poder y en los de su soberbia, que con indigentes y criminales en las calles y en las mazmorras de prisiones y penitenciarías a los que el mundo oficial ahora llama centros de rehabilitación social.
Ningún tema escapa a la rápida computadora donde escribe este autor. Su obra es torrencial y exuberante
No parece escritor de este desierto que habitamos, donde se supone que los hombres son de pocas palabras y viven casi en silencio. Al contrario. Él escribe como si no hubiera mañana, su rápida prosa llena páginas y pantallas de reflexión filosófica y de historias que parecen fantasía, tanto porque la vida de los seres humanos a veces pareciera ser de fábula, como también por el arte narrativo de Sergio Armando López Castillo, labrado con claridad y seducción.
Por ejemplo: durante los ocho años en los que fue director de la revista Chihuahua moderno, él redactaba el 80 % del material publicado:
el texto editorial que es autoría oficial del director y va sin firma;
cuatro columnas fijas, tres de tema político y una cultural, que firmaba con su nombre, con sus iniciales y con dos seudónimos;
las notas informativas del recuento mensual.
Todo eso además de dos o tres artículos de los que se ofrecieran al cierre de la edición.
Cualquier lector de esa revista sabía que la mesa de redacción era Sergio Armando, en la soledad de su escritorio.
Es bien conocido que la esencia del arte es la originalidad, y que el inicio de esta condición es el de asumir riesgos y desafíos, para buscar lo que nadie ha encontrado, para entrar en lugares jamás visitados, para quitar los velos de lo que nadie ha visto.
El origen del arte narrativo en nuestros tiempos es la escritura periodística como también es fuente documentada para historiadores, educación para la opinión pública, información actualizada para políticos y empresarios cuyo liderazgo está al servicio de nuestro destino colectivo y a veces también se mantiene para su perjuicio.
En este arte narrativo, el autor de Cronos, este libro que hoy sale a la luz de la imprenta, asume riesgos desde el título con el que aparece: le da el nombre del tiempo, khronos, oscuro y denso, y luego matiza un poco en el subtítulo: el otro sabor de la noticia, una frase un poco más ligera que toma de uno de sus grandes maestros, Ernesto Salayandía, quien así subtitulaba el programa de radio La voz de Chihuahua, como lo consigna el libro de Sergio Armando en una de sus crónicas.
Al llamarlo Cronos, el autor establece un pacto narrativo con los lectores y promete que lo que en este libro se diga tendrá el desafío de ser ni más ni menos que la crónica de su tiempo, la épica de nuestros años, donde se desarrollan grandes travesías, donde aparecen cíclopes y sirenas, jóvenes valientes que pierden la vida como la maestra Sonia Madrid, defendiendo la integridad económica y la ética magisterial y a quien el autor define en con una sola línea: “una luchadora humanista e intelectual que buscaba acabar con corruptelas y arbitrariedades de su sindicato”.
La valentía de Sergio Armando López Castillo resulta muchas veces temeraria, pero con tal de contar la historia en la frenética efectividad de su magnífico estilo, pone nombres completos y lanza sin piedad los reflectores de la crítica. Baste como ejemplo este párrafo de la crónica ya citada:
“La desastrosa y penosa situación de Miguel Ramírez Sánchez al frente de la sección 42 del snte, antes y después del cobarde asesinato de la maestra masona Sonia Madrid Bojórquez ha llegado a su clímax. Tenía que ser”.
O esta otra secuencia, donde describe con crudeza y casi crueldad la situación caótica y miserable que se vive en algunos centros regenteados por verdaderos de delincuentes que explotan sin piedad a clientes drogadictos a quienes les vendieron la promesa falsa de su rehabilitación:
“El trato es deplorable, la comida asquerosa y escasa. Te encierran en un baño, junto con otros hombres. Tienes que permanecer allí en una especie de bienvenida que más bien es castigo”.
Y así como cuando uno camina el domingo por las calles del centro, o cuando vamos de compras a El Paso, siempre te encuentras con muchos conocidos, algunos a los que no habías visto en muchos años, en las páginas de este libro aparecen de pronto personajes conocidos, a veces en situaciones extrañas y extremas.
Con la viveza de esta prosa erizada, elegante y alguna que otra vez hasta poética pude en mi experiencia de lectura ver caminando tan quitados de la pena a mi viejo cuate Andrés Vela escribiendo libros y corrigiendo pruebas de imprenta; a Isauro Canales fumando a lo bestia y haciendo bilis porque se robaron su escultura de la justicia que además estaba de lo más buena; a David García Monroy entregando su texto en la redacción del El Heraldo de la Tarde; a mi querido compañero de la escuela de Filosofía y Letras Enrique Perea muriendo abatido por las balas en un llano a las afueras de la ciudad; al oscuro y tormentoso Edmundo Fernández, azote cruel de profesores en tiempos de Barrio, policía federal en pugna contra peces gordos que jamás picaron el anzuelo y jefe municipal contra tiendas de barrio de la droga y muriendo a balazos en el estacionamiento de un oxxo; al actor Óscar Erives que en el papel del gran inquisidor se convierte en asesino y en monstruo a las luces y la sombra del escenario; al hijo del nuevo burro de oro Rubén Águilar amenazando al reportero y hallando en este escritor de horma de su zapato.
A cualquier cristiano le parecerá difícil de creer que esta es la vida cotidiana de este escritor llamado Sergio Armando López Castillo. Pero esa es, tal y como se las he contado.
jchavezm@uach.mx [publicado en El Heraldo de Chihuahua, diciembre 2009]

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