martes, 7 de junio de 2011

cuaresma 1970

La quema de los Judas
por Jesús Chávez Marín
En la cuaresma de 1970 era yo seminarista. El padre Camilo Daniel, quien es hoy político famoso, era en aquel tiempo un joven sacerdote recién ordenado y profesor del Seminario Conciliar. En marzo de aquel año Camilo nos invitó a mi compadre José Luis Armendáriz y a mí para que le ayudáramos en los oficios de Semana Santa en un pueblito cercano a ciudad Jiménez.
En la madrugada de un sábado, abordamos el automóvil azul de modelo antiguo que su familia le había regalado a Camilo en su primera misa, y tomamos la carretera del sur. Vimos el amanecer en Ávalos; íbamos felices y de buen humor. Los viajes, aunque sean aquí cerca, siempre son estimulantes, pertenecen al extrañamiento que hombres y mujeres necesitan para seguir viviendo y para seguir pensando.
Les diré que la semana santa de aquel año mi compadre y yo, que en aquel entonces éramos estudiantes llenos de ideales religiosos y socialistas, aprendimos un montón de lecciones.
Conocimos la profunda espiritualidad y el entusiasmo enérgico de Camilo Daniel. Participamos en los ritos católicos de aquella comunidad de campesinos donde abundan las canciones antiguas de cristianos viejos; las procesiones por las calles del pueblo en las que la emoción se sentía en los cuerpos y en las miradas de las mujeres. La fe sencilla que era cultura profunda y mexicana, enraizada en la tierra.
La noche del Sábado de Gloria conocí por primera vez una antigua tradición que se celebraba en Chihuahua como en muchos otros lugares al sur del país: la quema de Judas.
En una ceremonia que nada tenía de religiosa y sí mucho de pagana y de caraja, los señores del pueblo fabricaban varios muñecos grotescos, como piñatas gigantes, con los rostros esperpénticos pero reconocibles de algunos de los caciques, tenderos y gandallas del lugar.
En la noche, la gente colgó en medio de la calle a todos los judas del año, en medio de toda la algarabía general.
El ambiente solemne, austero y levemente amargo con el que habíamos andado todo el Viernes Santo y el sábado entero recordando la muerte de Jesús, se rompió con aquella especie de fiesta cruel.
Ahora parece que ya todos somos adultos, los años y la acumulación absurda de intereses creados nos han endurecido el corazón. En muchos sentidos, ahora los judas somos nosotros. Y quizá debiéramos aprender algo de aquella lección popular de la quema de Judas para colgar el próximo Sábado Santo nuestros personales engendros mentales.
Y también en la plaza pública deberemos quemar no a las personas sino a los vicios sociales que todos juntos hemos producido y con los cuales hemos ido formando una sociedad dañada e injusta.
Los judas de 1994 son estos: la antidemocracia institucional; la soberbia política de esos seres que se la pasan enderezando adjetivos contra sus adversarios con el fax de su hipocresía; la envidia a que nos hemos reducido por tanto rendirle culto a la competencia y al desafío; la lujuria sin cariño que nos convierte el corazón en hielo; la gula gigante que nos mantiene comprando toneladas de plásticos y nos llena de grasa el pensamiento; la pereza mental en la que nos tienen postrados la televisión y la pornografía; la furia con la que agredimos cotidianamente a nuestros seres más cercanos, nuestros familiares y compañeros de trabajo y, por último, la indiferencia cruel con la que vemos de reojo languidecer de hambre y de mugre a muchísimos indígenas y niños abandonados en las calles de nuestra ciudad.

Marzo de 1994

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