miércoles, 29 de junio de 2011

volver a santa rosa

Para no perder la memoria de la gente: presentación del libro Volver a Santa Rosa, de Víctor Hugo Rascón Banda

Por Jesús Chávez Marín

Víctor Hugo Rascón Banda siempre llega a su tierra con las manos llenas. Estrenos de teatro, ideas, proyectos, libros, son la expresión de su personalidad enérgica y generosa. Esta vez nos trae su primer libro de relatos.
Volver a Santa Rosa es una obra narrativa compuesta con trece textos cuya estructura no es tan sencilla como pudiera parecer a la primera mirada. Los relatos pueden leerse como independientes entre sí, y la experiencia será gratificante. Pero su mejor lectura se realizaría como la de una novela, un “edificio novelístico” como le llama Vicente Leñero en la contraportada.
El personaje que se perfila con mayor profundidad es el narrador, que es el mismo en la totalidad de los trece relatos. Se trata de un niño que está en quinto y luego en sexto grado de primaria. Su curiosidad está plena, llena de gracia y recursos. Sus ojos no se cansan de mirar al mundo, ni su memoria de registrar todo lo que sucede, ni su mente de aprender las palabras con las que se comunican las gentes. En un cuaderno él escribió, antes de irse de su pueblo, todo lo que quería recordar “para no perder la querencia”, tal como se lo había aconsejado su abuelo Ladislao.
Con la mirada de este niño se nos va revelando un panorama complejo, un lenguaje que perfila con precisión la cultura bien definida de una época, un grupo social, un territorio, unas costumbres, unas creencias. Todo sucede en Santa Rosa, más o menos a finales de los años cincuentas y principios de los sesentas. Doña Rita Benicio, personaje del relato “La casa de las golondrinas”, describe así a su pueblo:

Santa Rosa es como todos los pueblos mineros. Vivimos rodeados de cerros de metal que provocan fenómenos. Vivimos entre huertos de azahares que remueven sentimientos y hacen que la gente sufra pasiones. Vivimos en esta barranca profunda, donde no se puede mirar el cielo de frente, ni se puede salir con facilidad. Así son los pueblos mineros. ¿Cómo quieres que vuelen las almas de los muertos? Están entre nosotros, porque no encuentran el azul del cielo.

Hay una gran variedad de tonos narrativos a lo largo del libro. Cada uno de ellos está muy bien armonizada con los asuntos que trata.
El narrador tiene una expresión muy equilibrada sin perder la verosimilitud de su punto de vista y de su lenguaje de niño. Los lectores chihuahuenses nos emocionamos mucho con la lectura de este libro donde vamos hallando muchas voces que ya casi no recordábamos, pero que caen con el sonido claro de las moneditas de antes. Palabras nobles que suenan como recién nombradas.
Varias son las líneas estructurales que dan unidad al libro, no sólo la voz de un mismo narrador. Hay en varios de los relatos personajes que se repiten y que van creciendo y revelando su identidad: los papas del niño, los hermanos, los abuelos. Hay una atmósfera común, tramada con el paisaje, el clima, la descripción de las casas, los muebles, los objetos, la ropa y, sobre todo, unas relaciones familiares muy intensas, llenas de amor y seguridad. El manejo del tiempo está muy bien ceñido a la percepción del niño narrador: desde escenas que suceden al tiempo de la narración, o el día anterior, hasta cosas que sucedieron muchos años antes y son contadas con el tamiz del recuerdo. También los tiempos fantásticos, oníricos, donde se confunde la realidad con percepciones alteradas por el sueño o por la leyenda.
El ritmo de la escritura es quizá uno de los mejores regalos del libro. Leí en voz alta varios de los cuentos y me encantaba la fluidez de la prosa, la naturalidad de los diálogos, de los monólogos del narrador. A veces la persona que me escucha leerle en voz alta los cuentos de Víctor Hugo soltaba la risa, o mostraba emociones diversas: ternura, tristeza, añoranza. No es este libro como esa literatura que, estando bien hecha, no resiste la prueba del sonido sin convertirse en un espectáculo aburrido. Al contrario: Volver a Santa Rosa parece estar escrito para la voz humana, como los viejos cuentos tradicionales.
Los temas donde se borda este material narrativo son muchos: la búsqueda del tiempo perdido, la muerte, la violencia, los ideales maltrechos por el molino de los intereses, los inicios del narcotráfico, la honra, la injusticia, las derrotas de la emigración.
Hay un contrapunto que domina dos grandes líneas temáticas: por un lado la estrecha unidad familiar en la que se desenvuelven los personajes y por el otro la constante violencia en la que vive la sociedad de estos habitantes de la sierra. Las muertes y los hechos de sangre son abundantes: un suicida que se ahorca, una pelea con puñales en las manos, unos rurales que acribillan a dos jóvenes, siete guerrilleros torturados y con el tiro de gracia, una abuela asesinada.
El narrador cuenta todos estos hechos con una cierta naturalidad que asusta, con un estoicismo que comparte con los demás personajes. Sin duda este es uno de los elementos más originales del libro, pues para nada se parece al tratamiento escandaloso y lleno de morbo con el que se tratan estos temas en la literatura más reciente.
Volver a Santa Rosa habrá de tener muchos lectores, porque trata de la novedad de la Patria, como diría López Velarde: la patria de la infancia, de la familia, de la tierra a donde todos queremos regresar.

Octubre 1996.

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