jueves, 30 de junio de 2011

maría dolores guadarrama

El fuego violeta de María Dolores Guadarrama

Por Jesús Chávez Marín

En mayo conocí, en su tierra, a esa mujer, a esta escritora sensual y delicada María Dolores Guadarrama. Ella me dijo, con sencillez, que había leído algunos de mis textos, que algunos le habían gustado, lo cual me produjo una alegría extraña, ya que en estos lugares donde vivimos con áspera dureza un escritor no puede ser más que un iluso desconocido. Nadie lo lee, y quien lo lee no se lo dice a uno, ni para bien ni para mal. Por eso el saludo de Guadarrama me pareció excepcional y cálido.
Quince días después volví a la ciudad de Cuauhtémoc, a donde me invitó Raúl Manríquez, y tuve la suerte de asistir a una fiesta donde estaban todos los poetas de aquel lugar. Un artista de melena roja empezó a tocar la guitarra y varias personas cantaban; entre todas las voces se destacaba el sonido fino de una cantadora. Era María Dolores Guadarrama.
La noche seguía volando, se cruzaban las conversaciones y entre todos arreglábamos el mundo a punta de palabras, sensaciones y música. Un poeta que se apellida Zapata se burlaba de nosotros y bailaba al son de la guitarra para que también pudiéramos burlarnos de él y de su traje de pachuco elegante y desmadroso.
En medio de la plática le dije a María Dolores que su voz era muy educada, que parecía la de una cantante profesional. Me contó que ella había sido cantante y que dejó aquel arte para dedicarse a criar a sus hijas; que a veces extrañaba un poco la vida de artista, cuando su voz acompañaba la alegría y la tristeza de la gente.
Yo me quedé pensando que ella sigue siendo una cancionera, en la escritura de sus poemas hay una música más alta donde interpreta los sueños que existen en las palabras, donde todos vivimos. En la armonía del lenguaje, en los sonidos secretos y públicos de nuestra imágenes y de nuestras ideas ella compone canciones más intensas con la sensualidad de su visión poética.
En esta colección de poemas suyos titulada Molinos de viento encontré conexiones que había andado buscando, como lector, para interiorizar en mis pensamientos las imágenes de las infinitas criaturas de la naturaleza, “los seres que pueblan este singular universo”, como lo expresa Borges. Metidos en nuestras cajas de pavimento, alambres, cemento y máquinas, los hombres y las mujeres de este siglo nos hemos ido olvidando de las estrellas y de las flores, de los árboles y las espigas, lo cual ha resultado una trampa mortal para nuestra civilización construida con plástico y circuitos cerrados.
En este libro, la autora nos señala de nuevo aquel mundo que vamos olvidando y perdiendo. La naturaleza es la musa de sus nuevas canciones mientras “el rumor de las futuras flores fecunda la aurora del horizonte”, cuando “el sol se enreda como si fuera un niño en una blanca nube matinal”.
“Amo la aurora y el rumor de la vida, y, sin embargo, la soledad es mía”, dice la voz poética del libro. En esa soledad, el paisaje es el entorno que con toda naturalidad se expresa y se hace vida interior, tal como lo hacen los poetas orientales, quienes no han olvidado aquellos colores.
Cuando yo era niño, hace ya tiempo, esta ciudad de Chihuahua era veinte veces más pequeña. No habían televisiones en las casas y había más espacio para vivir. En esta tierra la lluvia siempre ha sido excepcional, desde entonces era “sólo un desierto blanco y espinoso donde la arena es obstinadamente seca”, como ahora.
Cuando llovía y había relámpagos y tronaba el cielo, mi madre tapaba los espejos de la casa rezaba con palma bendita en sus manos para que no nos cayera un rayo. Subíamos a las camas para que con nuestros el pies en el suelo no hiciéramos tierra con la electricidad de las tormentas.
La lectura de este pequeño libro, este lindo libro de poemas, me reconstruyó en la memoria aquel paraíso de mi infancia. Hay en él unos versos que dicen: “Llueve; la tarde viste un traje de plata. Los niños se suben a las camas, se tapan las orejas para no escuchar los rayos”.
Es imposible no amar a los poetas, a las poetisas, cuando suceden estas cosas. Cuando ponen en nuestra vida el sonido de nuestras propias voces en sus escrituras. “Vuelca tu corazón, abre los ojos de los extraños”, dice María Dolores Guadarrama. Se lo dice a sí misma, a la escritora. “Voces de viento resbalan por el vidrio”, la sensibilidad de la artista va recogiendo ese rocío y lo destila en sus pensamientos para darle armonía a las sensaciones desordenadas que produce el drama de la vida. El orden del mundo lo construye la poesía.
El oficio es arduo. Para escribir, el artista necesita una energía desmesurada, tiene que emplearse a muerte. “En este entorno denso que a veces me aniquila, en esta angustia tensa que me destempla el alma soy la humilde fuente de un parque imaginario donde alguien refresca su cara”, dice (palabras más, palabras menos) la voz poética de María Dolores Guadarrama.
Cuando escribía este ensayo, le platiqué a mi amigo José Piñón algunas de mis ideas sobre la poesía de Molinos de viento. El leyó el texto y se entusiasmó grandemente con el libro. Tanto que ya no hallaba como pararle la boca. Como él también es un vigoroso poeta, a quien admiro, encontró en Guadarrama muchas confluencias con su propio trabajo de escritura.
—Mejor escríbeme algo— le dije
Y escribió estos comentarios que yo decidí incluir en la presentación del libro de Guadarrama, la cual hoy celebramos en la bonita Quinta Gameros esta fresca noche de agosto.
El texto de Piñón se refiere al primer poema del libro. Enseguida se los voy a leer:

Piel de la tierra

El poema toma al entorno, la naturaleza, como objeto admirable. Es el pretexto sensual para definir una cosmovisión del alma. El sujeto es el espíritu mismo de nuestra poeta lo sepa o no la autora. Pero, vayamos por partes.

1. El primer fragmento anuncia la premonición de la inminente primavera. El invierno presente que se aleja con su desnudez de plomo, cede, a los ojos de Guadarrama, paso a la floración que viene, que se siente cuando fecunda la aurora del horizonte, allí, donde el sol festeja las llanuras y la piel de la tierra comienza a celebrar el cambio.
2. El invierno expira para no reaparecer jamás, vencido en los textos por la primavera (y vale decirlo, los veranos y otoños) que subyacen o afloran, alternativa, cíclica y vitalmente inmencionados y sobrepresentes. Escucho el canto de una torcaza triste, que se acompaña del murmullo del agua; respiro el aire apacible de mi tierra; me apego a la vida; susurra el viento sobre los pinos y el olor a yerbanís me anima. Vida que testimonia la vida inmersa bajo el encanto de una coreografía ambiental fresca, fría, joven y dinámica bajo la promesa implícita de la esperanza solar: danzan las grullas sobre mi cabeza y el sol se enreda, como si fuera un niño en una blanca nube matinal.
3. Luego aparecen petirrojos, manzanos, caracoles, la omnipresente lluvia menuda por ahora, porque se está trazando el preámbulo disfrazado como figura y definición del entorno rural y estamos a un instante de penetrar por los senderos, rectos y sinuosos, sombríos y deslumbrantes del espíritu humano. Es que las amapolas brillan como universo de soles amarillos.
4. Con el cuarto fragmento descubrimos, no sin asombro, un alma, aunque un alma anunciada: La voz de árbol me retracta, me hace llorar como en los viejos tiempos y entonces se me dilata el corazón. Han entrado a escena, con dulzura y fuerza, provocando sueños y alucinaciones, el árbol y la luz derramada como figura y definición del entorno interior. Figura y entorno que encontrarán en la aventura del poema un desenlace de singular importancia.
5. El cielo se estremece, afirma la poeta, para evocar, enseguida el pasado pero en tiempo presente: mi madre tapa los espejos, incrementando los vínculos entre los paisajes exterior-interior de su emotividad, pues uno de los espejos ve por la rendija de la sábana rota mientras la tarde viste un traje de plata (notemos con qué sencilla elegancia da cuerpo y vestido a lo incorpóreo). Los niños (Guadarrama misma) se tapan las orejas para no escuchar los rayos y las dalias, en el jardín, se esconden en tanto la tierra se estremece. Se recuerda el equilibrio con el texto estableciendo una comunión terrible y cotidiana entre la belleza desatada y el miedo.
6. Luego de la catarsis, la lluvia, el miedo desaparecen. No volverán a importunarnos. Se ha verificado una toma de conciencia. Ahora danzan las estrellas entre los pinos como pájaros azules a mitad del camino y a vueltatiempo aparecen lagos tornasol como espejos de venados, musgos naranja trepando voladeros, seres inexplicables e hilos de agua congelada como dedos de hielo acariciando el vacío azul. El poema para este momento, se ha convertido en poesía pura, estructurada bajo la apariencia de siete tercetos lineales que oscilan, unidos e independientes entre sí, y se ayuntan con otros. Son orden y caos: paisaje interior que memoriza, evoca e interpreta el instante natural y ecológico. Todo se transforma, ahora, en un ecosistema de testimonios y remembranzas. Incluso la misión, esa, la única: vuelca tu corazón, abre los ojos de los extraños.
7. María Dolores se ha manifestado. No son sólo palabras o ideas sino el corazón mismo que, tal vez, con una sencillez delicada y metafórica, se ha transformado en luna y con optimismo matinal se enreda en su reboso color naranja, se adorna con un collar de nubes perla y se va a soñar a La Habana.
8. Trazando la rosa de los vientos en ondas de espiral. Los sueños, entretanto, se han quedado dormidos en el alucinógeno estruendo matinal.
9. Cuando yo muera, quiero quedar bajo la sombra de un árbol, canta la poeta, empezando con ello la culminación de un viaje que nos llevó, en manos de la realidad y de la fantasía, a construir nuestros propios sueños y, tal vez, a liberarnos de nuestras pesadillas. Cuando yo muera, dice Guadarrama, manifestando el inicio de su espléndido testamento quiero quedar bajo la sombra de un árbol, un árbol de copa ancha, de abundante follaje, de raíces profundas y espaciadas con pequeños y grandes nidos, donde el calcio de mis huesos ayude a ese gigante a transformar, en su savia, una pequeña parte del que un día fuera mi mundo. Lo anterior, por si solo, es un poema, un drama completo, una historia total, una oración con sujeto, verbo y predicado, elevada bajo el rigor de esa claridad grande y sencilla que ya quisiéramos tantos.
José Piñón

Leer poesía siempre nos produce la sensación de que vivimos en un universo armónico y no en este caos del tiempo donde todos nos vamos muriendo vertiginosamente. La literatura es una ilusión racional colectiva que construimos entre todos, autores y lectores, para dar cauce a la angustia y al porvenir. “Hay un fantasma adentro de mi persona, es el fantasma de otro fantasma más viejo”, escribe María Dolores Guadarrama en alguna parte. Y en otra dice: “Cuando uno escribe hay que tocar los brazos de la pluma, viajar al corazón mismo de la tinta”. En ese centro de tinta hay una montaña de ideas y de sentimientos que muchos hombres y mujeres expresan desde hace siglos, a pesar de que “todo sea tan pasajero y milenario, todo tan transitorio y transitado”.
Me platicó Enrique Servín que en Alemania se estableció una línea telefónica donde uno marca y se escuchan poemas de todos los autores famosos del mundo. Esa línea ha tenido un éxito increíble, muchos llaman para no suicidarse; otros para aprender palabras amorosas, que, como cualquiera lo sabe, resultan tan efectivas para la seducción; otros llaman para buscar consuelo en los largos meses de invierno y otros más afortunados para acompañar las alegrías de su juventud o la plenitud de su amor correspondido.
En las horas de la derrota, yo quiero hallar en la línea una voz que me lea estos versos de María Dolores Guadarrama:

No llores, no llores, no llores.
Trágate las lágrimas y haz como que trabajas.
Fíngele al mundo también indiferencia.
Finge que no te importa que no llueva,
derrúmbate la tristeza en el hígado.
Haz que la rabia te cuadre.

En el vino de honor de esta noche voy a brindar por la literatura, como siempre lo hago. También brindo por María Dolores Guadarrama y por su bello libro Molinos de viento.

Agosto 1996.

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