jueves, 16 de junio de 2011

rosario sanmiguel

Presentación del número 2 de la revista Puentelibre
por Jesús Chávez Marín
El año pasado la escritora juarense Rosario Sanmiguel dio a luz su revista Puentelibre. Estrenaba en aquellas páginas del primer número uno de sus luminosos oficios, el de editora, ofreciendo a su ciudad una publicación que era además un objeto bello, decorativo, sensual, de alegre mirada.
A estas alturas, todos los que andamos aquí en la presentación chihuahuita de Puentelibre hemos leído ya una y que otra tonelada de libros y papeles. Por eso todos sabemos la importancia maternal y genital de una buena casa editora.
La mitad de la creación de cualquier texto la realizan los diseñadores, los correctores de estilo, los tipógrafos comandados por la mano maestra de un editor, de una editora linda como en esta publicación lo es esta mujer de Luvina llamada Rosario Sanmiguel, señora de Puentelibre. Nos queda por experiencia muy claro que la mitad del texto la pone el editor, la editorial.
La otra mitad también es creación colectiva, la construye el autor, los autores. En el caso de Puentelibre, ellos son en su mayoría los escritores juarenses nacidos entre 1953 y 1965. Esta generación vigorosa y caraja de autores de Juaritos tuvo su primera salida profesional en los tres únicos números de la vieja revista Nod. Le siguieron en Zona, suplemento donde sacaban a pasear sus poemas muertos de risa y dolor, sus relatos tremendos donde vivían las putas y los judiciales entre la demás gente, sus crónicas la verdad levemente ingenuas y deliberadamente pícaras y sus atormentadas reflexiones acerca de la condición (fronteriza) humana.
Entre todos esos escritores andaba ya desde el principio la novelista Rosario Sanmiguel que en esta noche vive (en su propia ausencia porque no pudo venir, se lastimó el cuello) su segundo debut.
Una revista se ayuda a sí misma a tener éxito cuando su diseño es bello, cuando se forja como a un objeto artístico, cuando uno pueda dejarla (orgullosamente) olvidada en el automóvil de su amada, o en la salita de centro en medio de la parranda para que adorne la noche, o también a orillas del lecho donde hacemos deliciosamente el amor.
Puentelibre sí tiene ese pasaporte fronterizo, se nos integra con naturalidad con la visión que queremos tener del mundo.
Entonces quizá la tomaremos al descuido y podemos leer estas líneas del poeta Marco Antonio García:
“Errante
¿dónde está tu casa de locos?
¿qué hechizo conjura tu jornada interminable”
Y nos pongamos un rato a pensar debidamente hasta la madre y nos distraigamos media hora divertidísimos y no tan clavados.
Ya encarrerado el gato, averiguaremos que nos escribe nuestro cuate Willivaldo Delgadillo con aquel asunto de las barbies:
“Las mujeres –siempre con más posibilidades de transfiguración– ya transitaban sin culpa derribando puentes, desdibujando sus propios rostros”.
Y uno, que siempre quiere conocer más a las mujeres, que lucha y se arrastra por saberles todo, agradece la sabiduría del escritor que nos amplifica al mundo con sus visiones.
El viaje de la lectura sigue, y así nos hallamos estos versos de Luis Felipe Fernández:
“Desperdigar amor en tanta tierra
ha tenido siempre el mismo génesis,
amor a los suelos, al espacio;
la peleamos palmo a palmo para morir en ella”.
Entonces la imaginación y el pensamiento siguen su vuelo con estas alas, con estos caballos de viento que nos regalan en todas las revistas literarias nuestros escritores, quienes, además, son nuestros amigos, nuestros compañeros de juerga, nuestras poetas.

Abril 1994.

No hay comentarios:

Publicar un comentario