jueves, 26 de agosto de 2010

la amenaza elegante

Fantomas de joven
por Jesús Chávez Marín
Durante los años setentas y ochentas aparecía en México una revista de historietas que narraba con lujo de detalles la historia de Fantomas, la amenaza elegante.
Aquel joven ladrón tendría 17 años cuando inició su odisea. En junio de 1953 permanecía encerrado en la oscura mazmorra de una tenebrosa cárcel de París, con un catorzal de sueños quebrantados por la desilusión.
Fantomas se llamaba a aquel entonces Giusephe Lestalinberg, nacido en París y echado a perder entre los acueductos y puentes erizados de clouchards de aquella hermosa ciudad. Había terminado su educación preparatoria en el colegio de los bachilleres de un barrio antiguo, e iniciado sus estudios de física en la Real y Pontificia Universidad de la France, donde conoció a dos personas que habrían de ser importantes para su vida y para su leyenda.
Una de ellas fue una bella joven de origen mexicano que estudiaba filosofía: Jousephine Jauregui, quien algunos años después sería conocida por su legendario nombre de Libra.
El otro era el sabio profesor Goumarielle Carrejo, de oscuras raíces moriscas y el más eminente matemático de su generación. Él sería conocido años después por uno de sus ocho seudónimos: el profesor Semo.
El primero de los sistemas de precisa estrategia que diseñaron juntos, luego de haber sido maestro y discípulo durante tres semestres, fue a la espectacular salida de prisión del joven ladrón. Con mecanismo de imaginación y nítida aritmética, reunieron en un diagrama de flujo la informarán completa de las acciones cotidianas de cada uno de los prisioneros y de los celadores que habitaban aquel palacio negro. Por supuesto, también los oficiales y jefes militares fueron observados con la lupa de alto rendimiento que escudriñaba cada una de sus movimientos y realizaba simultáneamente cálculos aritméticos de todos los procesos. De esta forma llegaron a conocer como a la palma de la propia mano las conductas y las sombras de aquel microuniverso: las viciosas y dañadas a los enfermos mentales; los quejumbres y reclamos de los frágiles y quebradizos; la crueldad y la codicia de algunos custodios que sabían hacer buenos negocios con la derrota ajena; la bondad obstinada de algunos otros, internos y cabos de guardia, que realizaban acciones de caridad y algunas otras de discreta piedad: bibliotecarios y enfermeros, atletas que defendieron siempre la justicia, tan escasa en aquel edificio punitivo.
Fueron tan cuidadosos y exhaustivos en su investigación y en su cálculo, que la información que reunieron fue un caudal de recursos para futuras correrías de aquellos ladrones científicos y burlones.
El primer propósito que cumplieron fue la liberación del joven Giusephe; el escape lo consiguieron mediante una sencilla estrategia. Todas las tardes, uno de los jefes de custodios recibía en una celda de lujo a una amante suya, que había sido supermodelo de la tienda Vogue. Ella se deslizaba furtivamente hasta la torre que se alza al extremo derecho de aquella muralla medieval. Dejaba a cargo del mando de vigilancia a un viejo sargento, Camille Odilón Delacroixe, quien era sordo porque un arcabuz, veinte años antes, había sido disparado adrede cerca de su oreja izquierda. Odilón es disciplinado y estricto, pero ya esta cansado de la habitual injusticia y crueldad con las que el oscuro político Jaime Garzón Chavalior, alcaide en aquella plaza de tortura administraba todos los asuntos en beneficio de su propia ambición desventurada.
Por eso y por muchas otras causas, Odilón se fue pacientemente seducido por el encanto brujo del profesor Semo, quien visitaba el lugar todos los viernes en su calidad de alfabetizador y corrector de estilo, labor social que realizaba sin remuneración, al servicio de algunos prisioneros ilustres que, a pesar de su encierro, formaban parte de aquella alta aristocracia que, según palabras del sabio mexicano David Hernández González, son los lectores, en este mundo de arco iris y tinieblas.
En complicidad con aquel viejo militar, Giusephe Lestalinberg puso en marcha su sistema de fuga. Mandó primero una carta a su amiga Jousephine Jáuregui, dándole precisas indicaciones; intercambio con el adusto Camille Odilón Delacroixe llaves secretas, navajas y puñales, por si acaso se desatara la violencia, atuendos y disfraces.
La tarde del jueves 26 de mayo de 1971, la curvilinea Jousephine cruzó muy garbosa el dintel de la puerta principal, caracterizada con exactitud de la ex supermodelo y amante del jefe de custodios.
A la misma hora, el profesor Semo entró por el torreón de servicio vestido con la elegancia y el estoicismo de los militares y su rostro labrado con las facciones del rostro del viejo sargento, mientras aquel a su vez entraba en la biblioteca interpretando con gran talento el papel del antiguo profesor.
Lo que siguió que siguió fue pan comido: la impostora Jousephine puso a dormir al amante de la supermodelo, quien había sido secuestrada el día anterior por dos clouchards inteligentes y fortachones. El profesor Semo, en su papel estelar de cristiano antiguo, se dirigió con paso firme a la celda de su juran protegido, y sencillamente lo sacó de la prisión hasta la rue Rosaire, donde los esperaba un carruaje para transportarlo hasta los montes. Allí está ubicada una cabaña austera y amplia, que habría de ser su refugio.
Para las nueve de la noche de aquel día, Goumarille Carrejo brindaba en aquel lugar con sus con sus dos discípulos, que desde ese entonces habrían de ser compañeros en el arte de la estratega. Su brindis: por la libertad.

jchavezm@uach.mx abril 2010. Publicado en la revista Chihuahua moderno.

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