martes, 24 de agosto de 2010

los años ochentas en chihuahua

Otra década: los ochentas

Por Jesús Chávez Marín

En nuestra ciudad casi nadie llega a tomarse en serio las actividades “culturales” y por eso jamás logra cristalizar algún producto sólido y a largo plazo. ¿Qué resulta entonces? Un calendario imprevisible de actos sueltos, eventos sin fondo, para justificar algún presupuesto oficial, cuando lo hay, o patadas de ahogado para seguir “existiendo”. Como dijo García Monroy en su visceral folletín titulado Culturas en Apuros: “lean a Gramci, señoritos etilitistas, y verán que cultura somos todos, incluso los ferrocarrileros”. Pero ahora vamos a referirnos a lo que se ha llamado “cultura de autor”, ¿qué se hizo en Chihuahua en 1989? Solo dos escritores chihuahuenses publicaron libros ese año: Oscar Robles: Sangre de Cince y Jorge Benavides Lee, un buen par: El asalto de la escritura y La sabiduría de los romanos, este último en colaboración de un profesor italiano que vive en Juárez. Y Jesús Gardea, El diablo en el ojo.
Se fundó la revista Azar, que dirigen Mejía y Nevárez y se consolidó Cuadernos del Norte, dirigida por Orozco y Vargas. El círculo cultural chihuahuense languideció en el limbo de sus propias obsesiones autocomplacientes y desinformadísimas. El último día del año se retiró de circulación el semanario Ahora, se acabó, lo cual es lamentable. En Guachochi el escritor Chumel Palma reunió una colección de cuentos y leyendas de la cultura tarahumara, hasta hoy inédita. Bajaron casi a cero los bonos de popularidad de aquellos escritores nacidos en Chihuahua y, según ellos, “autoexiliados” en el D.F. El motivo: los chistes y burlas que hacían en privado contra gentes y usos del terruño, al que fingieron tanto cariño en público y por micrófono. Pero, sobre todo, por la lectura de sus libros de mediana factura que no logran conmover ni figurar en el contexto nacional de la crítica literaria. Creció la popularidad de Jesús Gardea, a pesar de sus neuróticas rabietas de bronco norteño, porque devolvió el pequeño “premio Fuentes Mares” y decidió no participar en el sainete chafa llamado pomposamente “Encuentro internacional de literatura fronteriza de la UACJ”.
La televisión local transmitió en un 90% puros refritos de la programación nacional de IMEVISION, salió de cuadro Gastón Melo y en su lugar pusieron a Don Angel Alvarez y sus pronósticos atmosféricos.
En teatro, lo único que hubo fue la pieza Lillian Helman que montó Enrique Hernández Soto en el Teatro de Cámara: La mentira infame, muy bien puesta, a pesar de la tontísima escenografía instalada con tablas y escalones más gastadas que la tramoya de la carpa Manolo Fábregas. También hubo aquella imitación local de las comedias musicales gringuitas que apantalló a algunos ingenuos: Cats. Y, bueno, por ahí algún resto de teatrito infantil con la ingenua Blanca Nieves, la aburridísima durmiente o la pobrecita cenicienta, no saben otra, y en diciembre su respectiva pastorela.
El Centro Cultural Chihuahua no presentó nada en todo el año y por eso triunfó Capello con sus ollas y jarros de mayólica. Se opacó la estrella de dos pintores locales: Lucero, encandilado por las luces de bengala oriental, y Fermín, que se fue a México y encontró allá a cientos de artistas en busca del éxito y la fama, o por lo menos en busca de algún comprador de “arte spray” que los descubra. Aquí, lo más notable de la gráfica en 1989 fue la exposición del pintor zacatecano Chucho Reyes, en el Museo Regional. La más ambiciosa exposición fue la “muestra de las artes visuales de cuatro artistas chihuahuenses en el BCH” a donde asistió numeroso público y fue sonado fracaso. A Sebastián no le funcionaron esta vez sus poses de divo, había mucha gente irritada porque llegó cuarenta y cinco minutos tarde cargando en la espalda una de sus esculturas. Benjamín Domínguez presentó unas “alacenas” ya muy vistas en las que el despliegue de trabajo artesanal no logra cristalizar en arte original, se afana en la cerradísima competencia de pinceles contra cámara fotográfica.
A nadie gustaron las puertas de tambor neoyorquino que presentó Lucero. El único que vendió cuadros fue el maestro Alberto Carlos, que ya goza de una clientela formada y fiel. La famosa Puerta de Chihuahua, el proyecto grandote de Sebastián, no ha logrado cuajar, hasta hoy solo ha producido mucho ruido y pocas nueces. Y tienen que apurarse, porque el estilo Art Decó parece ir a la baja, según se registra en los índices más actualizados de la crítica mundial.
Por otro lado, nuestra ciudad sigue careciendo de salas permanentes de exhibición para las artes plásticas. Cualquier ciudadcita del sur cuenta con varias, y aquí ni sus luces.
Revivió Radio Universidad y pretende seguir existiendo con el modelo de hace quince años, nada nuevo en el cuadrante del aburrimiento, a pesar de la nueva generación de locutores que en 1989 estrenaron credencial.
El festival de mayo casi murió de inanición y los ecos del Cervantino sonaron muy poquito en otoño. Facundo Cabral siguió predicando en el Teatro de los Héroes y estafando al público con su guitarrita, caramba, no quiere gastar nada en músicos a pesar de que cobra tan caro.
El cine Olimpia proyectó, aunque sea con dos años de retraso en relación al D.F. una muestra interesante de cine, películas como Ojos negros, Mariposas de Bar y El amor es un perro infernal. En cambio, el ciclo del Tec de Monterrey, que en años pasados llegó a proyectar en premier películas tan importantes como Los motivos de Luz, en 1989 solo ofreció refritos de refritos y todo muy mal organizado. También resultaron ridículos los curiositos “requiem” a escritores famosos que el Tec de Monterrey produce con los neo-actores de la televisión. Ese año vimos, como escena filmada en color sepia, el reencuentro tardío entre el pueblo chihuahuense y Roberto Bañuelos, estrella internacional de la ópera, nacido en estas tierras. Hubo dos ciclos importantes de conferencias: una se llamó Valores culturales chihuahuenses organizado por Comermex. La otra, Reseñas y comentarios, por el grupo de neo-historiadores chihuahuenses, que tanta energía desplegó en 1989. Un grupo de ecologistas ganaron una batalla importante al defender al Cerro Grande contra depredadores urbanos que intentaban rebanarlo de tajo. Terminó, por fin, 1989 y puede decirse que, a pesar de la severa crisis económica, se hicieron algunas cosas, la “cultura de autor” no se extinguió del todo y, aún, dio algunas señales de vigorosa vida.

Æ     Diciembre 1989. Publicado en Armario, editores José Manuel García et Adriana Candia.

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