viernes, 30 de julio de 2010

la depresión

La depresión: enfermedad individual y social
por Jesús Chávez Marín

La depresión es la muerte de todos los deseos. Así lo afirma el escritor Federico Campbell en su libro Post scrptum triste, donde cuenta algunas historias personales acerca de ese padecimiento.
Cuando un hombre, o una mujer, entran en una etapa depresiva, las noche son terribles, muchas veces de insomnio atormentado. El pensamiento se llena de asuntos pendientes, inconclusos, que se presentan simultáneos, todos de golpe, y hasta los más sencillos parecen terribles y sin solución alguna. Jirones de sueño hacen más confusa esa mezcla con pesadillas extrañas, con temores y rencor sin fundamento.
Pero las mañanas son aún más dolorosas: el depresivo no tiene ganas de nada; la luz del sol es un tormento porque hay que levantarse de la cama sin hallarle ningún sentido a iniciar ninguna acción. Los compromisos y las obligaciones se imponen y al fin el sujeto, quien no tiene ánimo ni de bañarse, ni de comer, ni de salir de su casa, ni de ver a nadie, realiza penosamente sus actividades, como quien acepta un castigo.
Estudios recientes de psicología y de neurología afirman que la depresión es un padecimiento físico. El padecimiento tiene origen químico que afecta ciertas conexiones nerviosas, lo que origina esta alteración de la energía vital. Además se afirma, cada vez con mayor seguridad, que algunas sustancias pueden curar este padecimiento de una forma casi definitiva, siempre y cuando esos medicamentos se tomen de por vida, de la misma manera que los diabéticos tienen que controlar su padecimiento mediante dosis constantes de insulina, durante el resto de sus días.
Lo que no se sabe es el origen de este padecimiento. Se afirma con mucha seguridad que hay una clara tendencia hereditaria en la depresión. Los hijos de padres depresivos tienen gran riesgo de adquirir la enfermedad. Por otro lado, la depresión no necesita de ninguna causa terrible en la vida del paciente para desencadenarse, aunque claro que puede haberla. Una gran pena sufrida, una pérdida enorme, un dolor intenso puede ser antecedente, o puede no serlo, del pasado inmediato o lejano del depresivo.
Lo que también se ha observado, es que en la fase más grave y peligrosa de esta enfermedad existen muy claras tendencias suicidas en las personas depresivas. Podría afirmarse, con cierto dramatismo, que la etapa terminal de la depresión es la muerte por suicidio. En muchas de las notas sobre suicidas que aparecen, cada vez con más frecuencia, en los periódicos, se habla de que el protagonista de tan triste final anduvo en los días previos a su muerte cargando una gran tristeza, una melancolía pesada y oscura, con causa conocida o causa desconocida.
Los casos de depresión parecen haber aumentado en los recientes años. El índice de frecuencia de este padecimiento es más alto que en décadas anteriores. No resulta aventurado imaginar que nuestros tiempos son propicios para que esta enfermedad se desarrolle.
La crisis económica es, sin duda, un ambiente propicio para este mal tan insidioso. La sobrepoblación. El desempleo. El trabajo, que se paga cada vez más barato. La desintegración familiar, porque ahora las necesidades obligan a que cada vez más miembros de la familia, hombres y mujeres, trabajen una mayor cantidad de tiempo. La contaminación ambiental: el ruido y el humo.
Puede afirmarse que la depresión también tiene un origen social, no sólo orgánico y químico. La falta de oportunidades para tener una vida digna, la pérdida de las ilusiones de mejoramiento social y económico. También influye mucho el aumento masivo del consumo de alcohol en nuestra sociedad, que inicia en edades cada vez más tempranas, en todos los espacios, conducta social muy estimulada por un gran aparato publicitario y mercantil, que de esto también podría hablarse largamente.
Por otro lado, las conductas depresivas parecen ser contagiosas. Cuando se convive con personas depresivas, se va creando una atmósfera de tristeza en el que otras personas se van involucrando, sobre todo si esas personas tiene una influencia importante para los otros: un padre depresivo es imitado, consciente o inconscientemente, por sus hijos, por su esposa, y se van formando espacios de descuido, por la actitud indolente de todo el grupo.
El aislamiento y la creciente individualización de la vida social es también un ambiente propicio para este padecimiento. Parece que enmedio de las ciudades, cada vez más pobladas, la soledad crece para un mayor número de personas.
Para finalizar estas breves reflexiones sobre la depresión, pueden proponerse algunas soluciones sencillas e iniciales. Para empezar, se recomienda que no se deje solo y aislado a quien padece esta enfermedad. Debe dialogarse con él, o con ella, para que atienda de inmediato su mal. Convencerlo de que consulte a un médico, de preferencia con un especialista, un psiquiatra. No dejarlo a su suerte pensando que su mal es pasajero y circunstancial. En esto es muy importante la comunicación. Dejarlo hablar de sus problemas, crearle un ambiente propicio y comprensivo, que se sienta escuchado y despertar interés para que encuentre las claves de su mejoramiento.
Es muy útil tomar conciencia, junto con el enfermo, de que su mal tiene remedio y hay que buscarlo. Pero sobre todo, pensar junto con él de que su mal es una enfermedad verdadera, no una simple etapa de tristeza. Y de que las soluciones suelen ser sencillas y definitivas, de que mal es controlable con una cierta actitud y disciplina. Tomar en serio las posibles insinuaciones de suicidio del paciente, no echar en saco roto este tipo de afirmaciones, por superficiales que parezcan.
Para terminar, hace falta insistir en que cuando veamos a alguien que padece una tristeza que parece sin remedio, nos interesemos por esa persona sabiendo que su sufrimiento es real y no una simple conducta caprichosa.
De esta manera, podemos ser muy útiles para esa persona que, muy cerca de nosotros, sufre una etapa dolorosa, que, sin atención, podría repetirse durante el resto de su vida.
jchavezm@uach.mx junio 1999, publicado en Armario, editores: José Manuel García et Adriana Candia.

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