jueves, 1 de julio de 2010

cuentos

El texto breve
Épica mínima
Como genero literario, el cuento está cercano al poema sin dejar de ser narrativa, épica moderna que funciona perfecto para la mirada rápida de los lectores jóvenes de este siglo, acostumbrados a la agilidad extraordinaria de sus dedos que vuelan en el teclado y sus ojos en la pantalla de teléfonos celulares, computadoras y, más recientemente, el iphone.
En la columna de hoy aparecen cuentos de dos autores: Martha Estela Torres Torres y Ezequiel Mar.
Ella es licenciada en letras españolas, con maestría en humanidades, profesora de literatura y editora. Ha escrito varios libros, de los cuales ha publicado dos de poemas: Hojas de magnolia y Arrecifes de sal; dos novelas: La ciudad de los siete puentes y Cinco damas y un alfil, y uno de ensayo: Pasión literaria. También es compiladora del libro Taller Pablo Ochoa.
Él es autor de poemas haikú y de algunos artículos literarios publicados en revistas de Chihuahua; fue profesor de literatura en la preparatoria Ángel Trías y en el Cedart Alfaro Sequeiros. Actualmente se dedica a la corrección de estilo en dos casas editoras, una oficial y otra de la iniciativa privada.
La mujer de Lot
Desapareciste como el mejor de los cobardes, como el experto ladrón que huye después de cometer el hurto, como el asesino abandona a su víctima en el lecho húmedo de la desgracia: así te fuiste el día más inesperado y fortuito, sin dar una señal previa de tu abandono. Mas se cumplió la hora en que el fuego de tu ausencia desajustó mis huesos dejándome desamparada en medio de la tormenta, porque siempre fuiste experto para las conquistas, pero jamás enfrentarás ni asumirás la crueldad de una injusta despedida. Siempre huirás como el cobarde cuando ha saciado su instinto feroz argumentando el amor como la principal arma defensiva; te fuiste sin aclarar siquiera las razones más poderosas para el olvido. Claro que la causa mayor es que me dejaste de querer en la simpleza de un día, en ese cualquiera en que nadie puede sospechar que será la cumbre de la desolación terrena.
Ojalá que los vientos de la desesperanza no alcancen la premura de tus pasos ni que la luna caiga sobre ti pronosticando derrota en la tibieza de tus muslos. No deseo que la venganza cierna sobre ti sus alas oscuras ni que las llamaradas del infierno se eleven iracundas hacia ti, aunque te hayas marchado esgrimiendo el desamor y blandeando tu espada contra el aire que te concede la vida. Me has dejado como se olvida lo que no se compra y se tira lo que ya no halaga los sentidos, como la noche que ya no es útil para cubrir las mentiras ni las promesas falsas. Me has dejado en el laberinto inmisericorde de la realidad donde ya no se escuchan las frases perentorias de tus palabras amorosas. Palabras que siempre encubrieron el veneno de la mentira y disfrazaban con su mejor ropaje la verdadera apariencia de la calumnia. Porque de algo estoy segura: jamás me quisiste, solo fui la muñeca innovadora del momento, la que satisfacía la banalidad de tus caprichos corporales.
Debes sentirte satisfecho: ahora eres el astro resplandeciente de mis discursos y el protagonista de mis peores tragedias, eres el demonio que abrevó en mi pecho y me convirtió en la mujer de Lot, aquella que en el momento de la desesperación vuelve su rostro hacia atrás y sucumbe ante la advertencia divina convertida en estatua de sal.
Soy la mujer de Lot, la que se encuentra marcada por cometer el grandísimo error de amarte. Sin embargo ya he pagado la osadía de quererte y la torpeza de creer en ti, y ahora sufro, sin remedio, el castigo maldito al descubrir que fuiste un filibustero en caza de la mejor fortuna.
Soy ahora la mujer que espanta con los brazos elevados al cielo: el dolor y la soledad intentando recuperar la cordura y afianzar la vida entre los límites del tiempo. Estoy aquí, derrotada, escribiendo en la página inútil y nefasta del recuerdo. Porque ¿quién podrá escapar de las garras de la fatalidad cuando ha sido presa de las ansias enfermizas del amor? Nadie puede evitar la desdicha y el entierro al creer en las palabras del ser amado. Nadie puede evadir el desencanto, al ofrece al intruso con la mejor sonrisa, las viandas de la paz y la concordia. Solo los pordioseros malvados huyen con el botín que se les ha brindado con la nobleza y la generosidad del perdón. Por eso huyes en la espesa oscuridad llevando entre tus manos las riquezas que se te convertirán en piedras y en serpientes, y en el momento menos esperado te ahogarán cuando comprendas que lo que conseguiste tan fácilmente jamás lo volverás a recuperar. Nadie, ni tu madre, ni tus mejores estrategias, ni tus grandes inversiones financieras te ayudarán a conseguir un amor como el mío.
Tu silencio oscuro y tu abandono no me preocupan, es más, ni siquiera me inquietan ahora que conozco tu verdadero rostro. Eres un farsante que nada bueno me has dejado, al contrario con tus acciones me has hecho comprender tu egoísmo y tu falta de solidaridad para con quienes sufren.
Qué si la vida me dejó esperando en la calle de enfrente, y qué si la muerte me espera en la esquina, y qué si los cielos nublaron mis más caras ilusiones. Es cierto. Pero ahora estoy en actitud perpleja, asombrada ante la claridad que consigo al desprenderme de ti. [Martha Estela Torres Torres].
El clamor de la luna
Doy varias vueltas alrededor de la mesa, una, dos, tres y giro sobre mis talones y vuelvo a dar una , dos tres, cuatro, cinco vueltas más alrededor de la mesa y giro de nuevo sobre mis talones y vuelvo a dar una, dos, tres vueltas más, caminando en el círculo impreso por la desesperación: pensando, pensando, ¿por qué diablos me dejaste de querer? Vuelvo a dar una, dos, tres, una vez más, otra vuelta, una más alrededor de la mesa, pensado ¿por qué chingados me dejaste de querer? si te he dado mi tiempo, mis esperanzas y mis mejores sueños embrujada por tu olor; si te he dado mi cuerpo armónico y fortalecido por el ejercicio; claro que sin exageraciones, sin implantes ni cirugías ni artificios; ¿qué más quieres?, ¡hombre imbécil!, ¿qué no miras tu cuerpo flagelado por el tiempo y los excesos de tu sedición?
No sé por qué diablos tengo que confesar esto a usted, si no es ningún padre de la caridad ni sacerdote presbiteriano; si es solo un representante de la justicia. ¿Cuál justicia? Ante todo deseo externar que soy una mujer que ha sufrido y se atormenta por el amor inalcanzable que se presenta con apariencia de ternura y fuego, pero que es inevitablemente efímero, pues se evapora cuando uno menos lo espera, por su inconstancia, por su terrible fragilidad. ¡Y ahora esto… después de visitar el infierno!
¿Por qué me dejaste de querer?, ¿por qué te vas con tus amigos… en esta noche de luna? ¿Con tus amigos?, me pregunto desconsoladamente. Por qué me dejaste de querer si yo no veo telenovelas enajenantes, ni programas vulgares ni me mantengo en los té canasta apostando lo que tengo, ni tampoco me voy a tomar la copa con las amigas, ni me dedico a cosechar chismes, ni conversaciones superficiales y menos a exterminar al enemigo con difamaciones crueles ni tampoco soy como las que se inflaman por su excesiva producción de envidia: muda y seca, ni pierdo el tiempo en los cafés con las parlanchinas del grupo de los martes, ni tampoco despilfarro en las cenas del Saliñac como mis colegas que van todos los jueves, ni me entretengo despiadadamente en el juego de la ruleta, ni en el casino como la esposa de tu jefe, ni tampoco abrevo en la psiquiatría pagando honorarios excesivos ni consultas inútiles para liberarme de la apatía o de la flecha lacerante del olvido o de la carga esquizofrénica de los celos… y todo por tu maldita culpa: tú me tendiste una trampa mortal en aquella noche abominable cuando crucé la oscuridad espesa de tu traición; aún así con la cabellera al viento me sacudí el polvo y me incorporé en la perturbación del miedo elevando mis manos al cielo en señal de rendición perpetua. Curaste mis heridas con tus besos apasionados y me dejaste de nuevo en la hora más inhóspita del recuerdo, después de saborear, ingrato, la nobleza de mi perdón.
Doy una vuelta, una vez más alrededor de la mesa de la cocina, mientras el tiempo transcurre lento, interminable, sutilmente lento en este silencio inquisidor. Ahora escuchó el ladrido de los perros que se pierde bajo el clamor de la luna y me asomo a la ventana tratando de evadir el advenimiento mortal de los recuerdos y entonces escucho tus pasos… ¿Son tus pasos? Sí, claro, has regresado a nuestra casa. Finalmente has regresado a mis brazos. Son tus pasos, los reconozco en la brevedad de la madrugada… son tus pasos que te conducen hacia mí. Son tus pasos… al fin. Avanzó hacia la entrada esperando que abras la puerta para abrazarte. Cae el cristal de un golpe… las hojas se abren intempestivamente, un hombre se avienta sobre mí. No son tus manos ni el olor de tu cuerpo, no es tu peso sobre el mío, no es tu respiración, no eres tú… es un maldito que me produce un miedo feroz y me sacude rabiosamente el cuerpo. [Martha Estela Torres Torres].
El sapo
Un hombre estaba dormido cerca del arroyo, cuando un sapo se le metió en la boca abierta. Despertó desesperado. No alcanzaba respiración y sentía el viscoso cuerpo del animal ahogándosele en la garganta, pataleando con violencia, casi le rasgaba el cuello por dentro. Trataba de arrojarlo pero el sapo, al sentirse oprimido, intentaba avanzar hacia delante. El hombre corría de un lado a otro sin poder gritar, se convulsionaba tratando de jalar aire, pero no podía, a pesar de la fuerza con que su nariz se plegaba sobre sí misma. Hubiera muerto, de no ser porque, para su buena suerte, llegó un vecino suyo a quien le llamaban Mano Chiquita.
El Mano Chiquita le salvó la vida: primero lo tiró al suelo con un golpe en la espalda, luego lo sujetó del pelo y le levantó la cabeza, le abrió la boca lo más que pudo y metió sus pequeños, sus delicados dedos, hasta el fondo de la garganta. La pequeña mano cabía entera. Atrapó al sapo y lo jaló con mucho cuidado. El animal salió vivo. Aquel ya casi se había desmayado, pero entonces alcanzó a respirar, jadeando, bocanadas de angustia y aire; casi a gritos inflaba y desinflaba todo el cuerpo y así estuvo largo tiempo, hasta que se fue calmando poco a poco mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. [Ezequiel Mar].
Mariposas
Flores que de pronto vuelan y en su vuelo toda la armonía de los colores flota. Luego alguien las atrapa, las clava una por una con alfileres para coleccionarlas en cajas. Ataúdes abiertos a la luz y a la contemplación de quienes en el museo las miramos muertas, bellísimas: cementerio de flores que antes fueron mariposas. [Ezequiel Mar].
El grado cero del tiempo
Después de la destrucción nuclear, los relojes electrónicos siguieron marcando las horas de un tiempo que ya no existe. [Ezequiel Mar].
Columna en el periódico El universitario, mayo 2010, transcripción: J.Ch.M.

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