martes, 15 de junio de 2010

mi papá

Elegía para Pablo Chávez Mendoza

Así, con tal entender,
todos sentidos humanos
olvidados,
cercado de su muger
y de hijos y de hermanos
dio el alma a quien ge la dio,
el cual la ponga en el cielo
y en su gloria,
y aunque la vida murió,
nos dexo arto consuelo
su memoria.
Jorge Manrique

Hoy nos reúne un acto triste: la muerte de nuestro padre, de mi jefe, Pablo Chávez Mendoza. Él fue un hombre de gran estilo, de original sabiduría. Un hombre misterioso. Vivió como un solitario, pero amaba profundamente a sus hijos y a su esposa Carmen Marín. Luego también a sus nietos, sus yernos, sus nueras. Todos sentíamos el cariño la dulzura con que nos trataba, sobre todo a los niños. Fue señor de gran fortaleza física y espiritual: un hombre libre. Con sus muy contados amigos era bromista y platicador, aunque en otros días también fue taciturno y silencioso. Vivió entre serenidad y tormentas y siempre respetó la vida.
Con su ejemplo y sus palabras nos dejó lecciones de una alta educación, entre ellas están cuatro enseñanzas valiosas:
1. Nos enseñó a vivir con dignidad, porque era orgulloso, delicado y muy sensible.
2. Nos enseñó a respetar a todas las personas. A nuestros mayores. A los niños. A ser leales con nuestros amigos; amorosos y cuidadosos con la familia.
3. Nos enseñó a disfrutar el placer de la risa. Él vivió de buen humor, lo cual fue manifestación de su inteligencia clara, incluso en las ocasiones en que transitó por oscuras regiones de tristeza. Sabía reírse de sí mismo y, por supuesto, también de los mitotes y las incoherencias en que a veces caemos cuando perdemos el control del cuerpo o de las palabras y hacemos el ridículo o nos comportamos como mentecatos. Él se reía de todo eso y expresaba comentarios ingeniosos, con una mezcla de ironía y bondad. Vivió siempre con alegría profunda, sencilla y natural.
Y nos dejó la lección más importante: 4. Nos enseñó el valor de la libertad, el placer de disfrutar la frescura del campo, la lluvia, los alimentos, la tierra, las calles, la ciudad. A platicar con cualquier persona, a leer libros, a andar en bicicleta, a manejar automóviles, a caminar sin ataduras, a no someternos a tiranías públicas ni privadas, a pensar, a tomar decisiones con honradez y buen juicio. A llevar nuestros asuntos en forma ordenada, pero libre. A ser libres siempre. Libres para pensar, para amar, para hablar, para trabajar con dignidad, para disfrutar del tiempo, de la naturaleza y del cariño de nuestros hijos.
Hoy que lo despedimos para siempre, sabemos que en su memoria nacimos para ser felices, que su largo amor será manantial de nobleza y que su vida y el fulgor de su alta inteligencia trascenderá en la sangre, en la tierra, en el aire y en el fuego. Y en las acciones y el pensamiento de todos sus descendientes. Que Dios bendiga eternamente a Pablo Chávez Mendoza.
[Jesús, María Elena, Pablo, Carmen, Pedro, Herminia y Guadalupe, Chihuahua, 20 de septiembre de 2000] Página 40 de mi libro Coralillo, Aster ediciones, ISBN 970-92295-4-0.

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