sábado, 19 de junio de 2010

venustiano

Las noches del dinero
por Jesús Chávez Marín
Venustiano Trejo tenía, hace algunos años, un pequeño negocio que le dejaba medianamente para cubrir sus gastos y sus pequeños vicios. En aquellos tiempos lejanos el dinero mexicano aún existía, y él podía darse el lujo de ir al café a diario para platicar con sus amigos más estimados.
Durante doce años. Venustiano atendió personalmente su pequeña empresa, un estacionamiento de automóviles ubicado en la azotea de un edificio del centro. Al hombre le encantaba manejar los preciosos automóviles de sus clientes que eran, casi todos, último modelo y a veces de marcas que le parecían tan exóticas como los lincoln 71, oldsmobile 68, cadillac 53, mercedes 69 y hasta, una vez, un rolls royce 85.
Bueno, pero todo aquello, junto con las lindas historias de amores secretos y pleitos desgarradores de amantes y odiantes que sucedían a menudo en su estacionamiento, llegó a su fin el día que Venustiano ya no pudo negociar un nuevo contrato de arrendamiento con su casero, el dueño del edificio, y tuvo que irse de allí para siempre. Así es la vida.
Como él ya se sabía con los ojos cerrados los pequeños trucos del negocito, buscó desesperadamente otro lugar donde continuar sus actividades de cuidador de automóviles; el oficio de chofer le encantaba y le dejaba más o menos para vivir a gusto. Pero resulta que los locales en el centro de cualquier ciudad se cotizan como si fueran dólares a la pipiluya, cualquier lote baldío vale su metro pareciera que en polvo de oro y, en total, a Venustiano nadie quiso rentarle los mínimos quinientos metros cuadrados que hacen falta para poner estacionamiento, mucho menos las dos hectáreas que él ambicionaba.
A pesar de tanto que resistió, las penurias nuevas lo obligaron a buscar un empleo, aunque este hecho contradijera sus más firmes principios. Pocos días antes le había dicho a su jefa, Carmen Trejo, su máxima confidente y autora de sus días:
— Ni madre, jefa, a mí jamás me verá usted en alguna triste oficina.
Pero cae más pronto un hablador que un (te) cojo. Y ahí lo tienen, a Venustiano Trejo, allá cerquita de los archiveros más ratoneros, poniéndole por fin al camello.
— ¡Dios mío!, ¿qué karma estaré pagando, chingada madre? –Pensaba todas las mañanas mientras consumía ávidamente una torta de jamón con queso que su vieja le echaba de lonche en la mochila, como si de pronto lo hubieran regresado a la primaria por burro.
— ¡Qué gacho! Yo que antes desayunaba mis huevos a mis anchas en el Exelaris acompañado de mis cuates.
Al principio, Venustiano batalló mucho para evolucionar conforme a los requerimientos que le exigía, pero ya, su nueva ecología. Siguió aquel hombre firmando con mano segura los pagarés que le presentaban las cifras exactas de su tarjeta carnet (límite de crédito: cinco millones). Incluso pagó durante siete meses seguido la cuota mínima de sus estados de cuenta que le llegaban puntualitos a su casa, aunque en ello se le fuera la mitad del pequeño cheque quincenal que le daban en la oficina.
— No hay bronca. Son rachitas. Al rato se nos compone el barco.
Pero pasaron los días y el barco seguía en las mismas aguas negras de la adversidad, navegando cada minuto más maltrecho. En los primeros meses, Venustiano desdeñaba las quincenas de la oficina, las pequeñas cifras de su salario no remediaban maldita la cosa. Y hacía pequeños trabajos de gráfica, de fotografía o de escritura, con los cuales obtenía eventuales ingresos, pero esos oficios resultaban pesados para sus buenas costumbres, en las noches terminaba fatigadísimo y con insomnio.
Muchas horas nocturnas pasaron empleadas en aquellas angustias nuevas. La tarjeta de crédito llegó al tope; ayer vino un licenciado de pavimentos a embargar su querido falcon 68, el carro que compartía con su mujer; el niño necesita zapatos nuevos; no podremos viajar a Juárez este fin de semana porque simplemente no hay dinero.
— No hay dinero.
No existe, desapareció, se esfumó, era una ilusión frágil de poca importancia. Cortaron el teléfono. Completamos con monedas halladas en todas las canastitas de la casa el recibo de luz. Se acabó la gasolina. ¿Qué pasó?
— Ya tira esa camisa garrienta a la basura, cómprate otra. Gastaste los ahorros escolares de tu propio hijo, ya ni la haces, quesque pedirle prestado al niño, ya no tienes vergüenza.
Y así se pasó Venustiano todo el cabrón día. Andaba como alucinado contando las jornadas que faltaban para la quincena. Cuando le tocaba recibir su salario, sufría ridículas paranoias imaginando que a la salida ya lo estaban esperando en fila todos los acreedores que acumularon aquellos meses aciagos.
¿Y por qué será que en estos tiempos todos los cobradores ya son licenciados? Una tarde le llamó el licenciado Juan Orol para comunicarle que desde ese momento su tarjeta carnet quedó boletinada para siempre, y que si se atrevía a usarla una vez más, sería confiscada y cualquier cajero que la confiscare ganaría una recompensa de cincuenta mil pesos contantes y sonantes por ya jamás devolvérsela, donde quiera que fuera capturada. Desde entonces conoció Venustiano una forma nueva de la clandestinidad. Bueno, bueno, esto ya era el colmo.
Tantos pendejos insomnios, tantas feroces sacudidas de conciencia, tantos nervios ya lo traían atontado. Ojeroso, flaco, cansado y sin ilusiones.
— Ya basta
Aquello era demasiado. Total. Para qué tanto brinco estando el suelo tan parejo. Muchos gastos que antes hubiera considerado imprescindibles, dejaron de importarle. Se puso a leer las Memorias del subsuelo de Dostoievski y El proceso de Franz Kafka para consolarse. Chingada, más se perdió en la guerra. Dejó de fumar, de tomar café, de leer semanalmente Tvynovelas, el Proceso, la jornada semanal; mensualmente el Nexos, la Vuelta, Dosfilos, Contenido. Empezó a leer esos libros que todos compramos y dejamos para después. Dejó de rentar una película diaria como antes, de ir cada semana de parranda con sus amigos, de asistir a fiestas (no había para regalarle nada al del cumpleaños), de encerrarse de vez en cuando con alguna amiga buena en la confortable habitación de algún hotel la tarde entera. Se enclaustró en su casa y ya ni contestaba el teléfono, ¿para qué?
Se dejó arrastrar por una depresión profundísima. Con gran dificultad se levantaba en las mañanas, siempre tarde, para arrastrarse sin ganas hasta el escritorio de su oficina y cumplir burocráticamente con la vida, no fuera a ser que hasta lo corrieran del empleo sin ninguna dignidad de su parte.
Se tragaba sin ganas las tortas del almuerzo, llegaba casi muerto al mediodía y tomaba el camión para regresar a casa. Llegaba. Se echaba en el sillón. Prendía la tele. Si había, devoraba grandes cantidades de cheetos y papas fritas y tres coca-colas mirando en la misma secuencia a cómicos malísimos y actrices de telenovela. Después, las noticias. Y luego una película muy mala estrenada hace cuarenta años en aquella candorosa época que ha pasado a la historia como la del cine de oro nacional.
Luego dormía totalmente embrutecido pero, dos horas después, despertaba para tramar alguna estrategia originalísima de cómo obtener algún dinero extra. A las nueve de la mañana, en el escritorio de su desventura, tiraba al suelo todos sus proyectos empresariales que la noche anterior le parecieron tan fabulosos por considerarlos, con justa razón, irremediablemente imbéciles. Más le valía cuidar esta triste chambita, no fuera ser que algún día lo despidieran por pendejo y, lo peor: pendejo con iniciativa.
— ¿Qué hago?, ¿me suicido?
“Cálmate, no es para tanto, Venustiano”, pensaba. Hay zonas de depresión donde la idea de la muerte es consoladora para el enfermo. A ratos como broma cruel, a ratos peligrosamente en serio, él pensaba en la muerte y elaboraba historias de suicidio escandalosas y exhibicionistas para “ocupar la de ocho” en los amarillos periódicos de la patria. Le humillaba andar tan jodido pensando nada más en el dinero, dinero, dinero: el que debía, el que faltaba, el que pudiera ganar si tuviera algún ingenio. A la chingada. Él que siempre se había jactado de ser tan espiritual, tan liberal, tan libre y anarquista, ahora solo tenía mente y corazón para alucinar al famoso becerro de oro.
Le tocaba mirarse en el espejo de su derrota juntando moneditas para acabalar el camión, comprando un cigarro suelto (había vuelto a fumar) con sus últimos doscientos pesos, visitaba librerías para conocer portadas de libros que jamás serían suyos.
— Son rachas que tiene uno, al rato se compone el barco.
Pero la naturaleza es muy sabia. Mutante. El animal va formando en su organismo lo necesario para adaptarse en los nuevos territorios que le toca vivir, le nacen alas o glándulas nuevas para seguir existiendo. Venustiano empezó a levantarse muy tempranito por las mañanas y daba largas caminatas con ánimo alegre. El insomnio desapareció de repente y volvió a ser gozoso el acto de dormir a las buenas horas de la tarde.
Al final de aquella historia karmática, Venustiano Trejo emergió de entre las aguas de su penuria con una sabiduría nueva. Todos los antojitos de la calle dejaron de atraerle, de ahora en adelante no podría comprarlos. Entonces sus deseos y sus fantasías se hicieron más profundos y más altos. Al caminar con paso firme por las calles de su ciudad, descubrió ángulos de la belleza que antes no registraba por causa de los torpes kilos de grasa que se habían ido acumulando en su cerebro y le escondieron, durante los años de blandura, las sombras y las luces de un mundo que ahora, ya ligero, empezaba a conocer y a escribir con toda la pasión de su puño y letra.
Junio 1990 [páginas de la 64 a la 69 de mi libro Aventuras de coctel, crónicas, editorial del Instituto Chihuahuense de la Cultura, 1998, México, ISBN 968-6862-26-9].

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